24

Fue inevitable que se produjeran cambios en las actividades de la delegación. La visita prevista al pueblo natal de Mark Twain quedó cancelada. Zhong lo aceptó como consecuencia de las necesarias medidas de seguridad, añadiendo además que por allí había cuevas en las que se podría perder la gente, y Bao, que en L.A. se mostró muy interesado en cursar esa visita, despotricó contra la misma en St. Louis. Chen, por su parte, en ningún momento había tenido ganas de ir a Hannibal.

Catherine se esforzaba en organizar nuevas actividades para la delegación durante su necesaria, tanto como imprevista y larga, estancia en St. Louis. El detective Lenich no se dejó ver por el hotel hasta última hora de la mañana, pero Chen ya había tenido visita en la habitación apenas subió tras el desayuno: Shasha. Fue para darle las gracias. Aún en Los Ángeles, Chen le había servido como intérprete con un agente literario americano, y éste acababa de llamarla por teléfono para decirle que un gran editor se mostraba interesado en publicar sus obras en Estados Unidos.

—Gracias, muchas gracias, Chen —le dijo Shasha—. Eres un buen jefe y un buen amigo.

—Yo no he hecho nada importante, Shasha. El mérito es de tus libros.

—Me gustaría ayudarte en algo, Chen. Me parece que tienes demasiadas cosas en la cabeza, mucho trabajo.

—Bueno, es que la investigación sobre la muerte del joven Huang no avanza mucho, y sin embargo tenemos que seguir en St. Louis… Como jefe de la delegación no puedo hacer otra cosa que preocuparme.

—Tú no has fallado en nada. Te viste metido en esto de improviso y sin embargo resuelves muy bien las cosas… No creo que nadie lo hubiera hecho mejor que tú.

—Ya que hablamos de eso, quiero preguntarte una cosa, Shasha… El presidente Wang me llamó justo dos días antes del viaje. Yo no tenía mucha información sobre el encuentro entre las dos delegaciones de escritores, ni sobre la composición de la nuestra… Los americanos creen que los de nuestra delegación son sospechosos del crimen, salvo tú y yo…

—¿Cómo?

—Desde las cinco a las seis y media de aquella tarde, yo, por ejemplo, estuve leyendo en un café que hay en la alameda… Luego entré en una librería. Han podido confirmar mi coartada. En la recepción han confirmado igualmente que recogiste la llave de mi habitación, para que pudieras venir a darte un baño… En otras palabras, que tú y yo tenemos una coartada sólida.

—Tú eres policía, Chen —dijo ella dando un respingo—. No me creo capacitada para discutir contigo nada de todo eso…

—No, mira… Si yo no sospecho de nadie de nuestra delegación. Pero para poder discutir el caso con el detective Lenich tengo que hacer acopio de información.

—Claro —dijo ella mirándole fijamente—. Pero antes quiero hacerte una pregunta.

—Adelante, Shasha.

—Catherine y tú ya os conocíais, ¿verdad?

—Sí, nos conocimos en Shanghai —respondió él, sorprendido por la observación de la escritora pero resuelto a no decir más de lo estrictamente necesario.

—Lo he sabido por la manera que tiene de mirarte —dijo Shasha—. Vas a pensar que soy una entrometida, pero es que tu amiga Ling me pidió que te vigilara… Ya veo que tenía razones para hacerlo… Sean cuales sean los problemas que hayáis podido tener, lo que sí puedo decirte es que ella sigue muy interesada en ti. Y está preocupada.

—Claro, claro… Os movéis en los mismos círculos… Tenía que haberlo supuesto. Pero no quiero hablar de eso, Shasha, compréndelo.

—Déjame acabar… Ling me dijo que tenía motivos para estar preocupada por ti. Y no tanto por las relaciones que puedas tener por ahí, como por cosas que, según ella, tú conoces mejor que nadie… No quiso darme más detalles.

—Ya veo —dijo Chen, cortante. Le molestaba que Ling no lo hubiera llamado para hablar con él sobre lo que quisiera; suponía que, en efecto, estaba preocupada por los problemas que podría acarrearle seguir una investigación sobre corruptelas en los más altos niveles—. Muchas gracias, Shasha.

—Comprende que yo también me sienta concernida de alguna manera… Ling es muy buena amiga. No todos los hijos de altos cuadros del Partido quieren ser un HCC. Ni Ling ni yo lo hemos querido jamás… Y ahora, dime qué quieres saber.

—¿Sabes cómo se escogió a la gente para formar parte de la delegación? Por ejemplo, Peng lleva qué sé yo cuántos años sin escribir un verso… Y apenas habla en los encuentros con los americanos. Aunque, en su caso, supongo que habrán querido compensarle por lo mucho que sufrió en otro tiempo, por las persecuciones políticas que padeció…

—¿Y quién so sufrió en aquellos años? —lo interrumpió Shasha con una sonrisa cínica—. Pero es que su hija está casada con un HCC?

—¿Un HCC?

—Sí, un cuadro del Partido e hijo de un alto cuadro… En otras palabras, los HCC que también se han convertido en altos cuadros del Partido… El yerno de Peng ha subido muy rápido en la nomenclatura comunista… Es miembro del Comité Central del Partido, ya ves… Así que no es difícil imaginar que habló con la Asociación de Escritores para que incluyesen en la lista a su suegro. Es verdad, sin embargo, que el pobre viejo ha sufrido mucho. Pensemos, como dices, que con este viaje han querido compensarle por esos sufrimientos. Y también porque con ello China da una buena imagen, es como traer un símbolo. Quizá tú puedas arreglarle más viajes…

—Así que lo escogieron por eso, no por su obra…

—También a Bao lo incluyeron por ser un símbolo, aunque en otra dirección, ya sabes. Así, todos contentos. Un viejo disidente y un poeta del proletariado, juntos ahora aunque en tiempos de la Guerra Fría estuviesen tan alejados… La gente que mangonea en la Asociación de Escritores sabe más de mis contactos que de mi obra, por ejemplo… En cuanto a Zhong, aunque podría estar aquí por sus méritos literarios, en realidad vino porque su amante en Beijing es una escritora con muy buenas relaciones en las altas esferas, que hizo unas cuantas llamadas telefónicas para que lo pusieran en la lista.

—Vaya, no sabía nada de todo eso —ahora se hacía Chen una idea acerca de las llamadas que hacía Zhong a Beijing—. Por mi parte, no considero que en la Asociación piensen que tengo méritos para ser jefe de la delegación… ¿Por qué supones que me designaron?

—Siempre dices que no estás cualificado para esto y no es verdad… Por otra parte, ¿quién lo está? No seas tan duro contigo mismo, Chen. En la China de hoy, donde tanta gente sube y baja cada día, uno tiene que pugnar por sacar la cabeza… Creo que es lo que tienes que hacer tú, sin preguntarte más cosas ni reprocharte nada. Mira por ti mismo, no te preocupes de los demás. Es el signo de los tiempos. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

—Te agradezco mucho todo lo que me cuentas, Shasha.

—Una cosa más —dijo ella, que parecía crecida—. Precisamente porque Ling me encargó que no te quitara ojo, he observado unas cuantas cosas que suceden a tu alrededor… Bueno, ya has visto que Bao tiene un teléfono celular… Pues una noche lo vi y escuché hablando con alguien. Decía tu nombre.

Poco después del almuerzo, Catherine propuso a los chinos un nuevo plan para el día: ir por la noche a una ópera, en el Teatro Fox; antes, salir de compras, por ejemplo a las tiendas de comestibles asiáticos cerca de la Grand Avenue. Chen hizo otra propuesta: visitar la casa natal de Eliot, en el Central West End. Nadie pareció precisamente interesado.

—T. S. Eliot es todo un guiren para ti —le dijo Zhong con una sonrisa.

Chen también le sonrió, a modo de respuesta. En chino, guiren significa el que ayuda sin que se lo espere, como si alguien le hubiera ordenado que lo hiciera. Era cierto que muchos lectores conocían a Chen gracias a sus traducciones de Eliot.

—¿De veras quieres hacer esa visita? —fingió sorpresa Catherine.

—Bueno —se justificó Chen—, el éxito de las traducciones de Eliot al chino se debe a que se trata de un poeta radicalmente moderno. Muchos críticos han proclamado con embeleso que es necesario comprender la modernidad para hacer las modernizaciones que requiere China.

—Sí —intervino Shasha con voz cantarina—, una chica puso un ejemplar de La tierra baldía, para dar cuenta de que era una mujer moderna, en el techo de su triciclo, y fue así por toda la calle Nanjing para que se viera bien.

—No me extraña —dijo Catherine con sorna—. Seguro que Mr. Chen hubiera hecho lo mismo de habérsele presentado esa oportunidad.

Llegaron finalmente a un acuerdo. Como Peng siempre se echaba una siesta después del almuerzo, la delegación iría de compras a la caída de la tarde, y luego a la ópera, como había propuesto Catherine. Chen iría en ese lapso de tiempo al Central West End, solo. «Como un peregrino», según dijo Shasha.

Aunque no fue precisamente solo.

—No hace falta que se dé tanta prisa en regresar —dijo Catherine—. No creo que me necesiten como intérprete en las tiendas chinas. Ni en el teatro, pues allí la gente no puede hablar… El conductor de la furgoneta se encargará de llevarles, tanto de tiendas como a la ópera. Hay muchos restaurantes chinos en la Grand Avenue, pueden elegir el que sea de su preferencia —y añadió Catherine dirigiéndose a Chen—: Permita que lo acompañe al Central West End, Mr. Chen. Comentaremos de paso las posibles actividades para la delegación.

—Sí, claro —dijo Shasha—. Eso es muy considerado por su parte, Catherine. Nuestro poeta trabaja muy duro y se merece visitar un lugar que le parece importante.

—No es mal plan —dijo Chen—. Camarada Bao, quedas a cargo del grupo.

Era una manera de contentar a todos, incluido el jefe de la delegación. Nadie puso objeciones, excepto Bao, que dijo en tono muy desagradable:

—Eso de ir a la ópera es realmente yangzhui. Prefiero quedarme en el hotel.

—¿Yangzhui? —dijo Catherine, que no conocía la expresión.

Yangzhui, literalmente, significa tortura extranjera. En un sentido más amplio, se utiliza para hacer hincapié en lo desagradable de una experiencia. Para Bao, una ópera en lengua extranjera, y con una duración cercana a las tres horas, no podía por menos que resultar un espectáculo muy largo y aburrido. Chen prefirió no hacerle a Catherine la traducción. Se limitó a decir:

—El camarada Bao parece estar un tanto cansado.

Pero Bao cambió de opinión casi al instante. A despecho de su enfado ante la propuesta, dijo que acompañaría a la delegación al teatro.

—Tiene que haber en todo momento un responsable con la delegación, Chen —precisó—. Así que ve tranquilo al Central West End.

Ya fuera del hotel, Catherine condujo a Chen hasta su automóvil, de fabricación alemana. No era un Volkswagen, sino de una marca no conocida aún en China. Chen tomó asiento junto a ella y automáticamente quedó enlazado por el cinturón de seguridad. Ya iba Catherine a poner el coche en marcha cuando sonó su teléfono celular. Metió la llave, no obstante, y comenzó a conducir con una mano mientras sostenía el aparato con la otra. Aquello no le pareció a Chen una conversación de trabajo. Miró hacia atrás para ver a través del cristal. A pesar del tiempo que se había tomado en el estudio de un plano de St. Louis, no tenía idea de por dónde iban. Volvió a sacar el plano de su bolsillo y empezó a mirar la zona centro de la ciudad.

—Vamos al distrito de Euclides —dijo ella mientras cortaba la comunicación—. Allí está Central West End.

Central West End le pareció una zona con diferencias notables del resto de la ciudad. Calles cortas y estrechas, edificios pintorescos, aceras con muchos cafés, boutiques elegantes y coloristas… Casas de una o dos plantas, antiguas y señoriales, las propias de la parte antigua de la ciudad. Chen se dijo que aquello tenía que haber cambiado muy poco desde los tiempos en que viviera allí Eliot.

Tardaron en encontrar un sitio donde estacionar el coche. Cuando comenzaron a caminar, la brisa de la tarde les acarició como un poema muy amado que de repente acude a la memoria. No tenían la menor intención de hacer planes para la delegación. Había sido una excusa, ambos lo sabían.

Aquella tarde, en pleno Central West End, por fin pudo sentirse él como quería… Como un poeta chino recorriendo las calles por donde en tiempos lo hiciera un poeta en lengua inglesa, su poeta favorito.

Y como un hombre que pasea en la compañía de la mujer a la que ama. Era la primera vez que realmente estaban solos.

No quería Chen ni pensar en lo que vendría después, prefería vivir el momento, cada momento… Total, ella tampoco demostraba mayor interés en hablar de cosas relacionadas con el trabajo.

—Es una maravilla pasear por aquí en las tardes de verano —dijo ella.

—Sí, aquí todo es diferente…

Le llegaban versos sueltos de distintos poemas, versos como llevados por la brisa hasta los cielos. Todo parecía perfecto, a pesar de las parcas posibilidades.

¿Seré capaz? ¿Me atreveré?

Quizá era como un poeta al que acuden las palabras, pero no el impulso necesario para dejarlas volar libremente. Quizá era en exceso precavido, si no escrupuloso, para aprovechar el momento propicio.

Trató de contemplarse. Era ridículo que pretendiera ser como Eliot. No era más que un policía, y en aquel momento más que nunca, siempre atento a sus responsabilidades. Para colmo le había estallado en las manos un caso de homicidio. Y tenía pendiente la resolución de un crimen en China, cosa en la que le prestaba ayuda otro policía responsable.

—¿En qué piensas, Chen?

—Me siento muy feliz aquí, contigo…

—¿Soñaste alguna vez con una tarde como ésta?

—Sí, alguna vez.

Caminaban juntos, a menudo rozándose sus hombros. Ella lucía un vestido negro con finos tirantes. Quizá era, se dijo Chen, el mismo que había llevado aquella noche en el Auditorio del Gobierno de la ciudad de Shanghai, cuando fueron a ver una ópera de Beijing.

Una ardilla bebía en un charquito de lluvia. Chen vio entonces que una mujer de cabellos grises caminaba hacia ellos. Chen se dirigió a ella.

—Discúlpeme —dijo—. ¿Sabe dónde está la casa de Eliot?

—¿Eliot? ¿Quién es? —dijo la mujer muy sorprendida mientras se ponía en la nariz las gafas con montura dorada. Tenía pinta de maestra de escuela y llevaba una bolsa de plástico con alimentos.

—T. S. Eliot, ya sabe… El poeta que escribió La tierra baldía…

—Nunca he oído hablar de ese Eliot y vivo aquí desde hace veinte años… ¿Qué es eso de la tierra baldía?

—Gracias, señora —cortó Catherine—. El Central West End es muy grande, Chen… Preguntemos en alguna librería.

—Sí, esa gente es muy amable —terció la mujer mirándoles con interés—. Lamento no poder ayudarles.

—No esperes que todo el mundo sepa algo de Eliot, por mucho que estemos en St. Louis, Chen —le dijo Catherine—. Te diré algo… El año pasado vi una película titulada Tom and Viv. Parecía escrita por ti… Cuando comenzó la proyección yo era la única persona que había en la sala.

—¿De veras? He leído sobre esa película. Parece que está hecha a partir de un punto de vista feminista un tanto exagerado… Puede que Vivian hubiera podido ser poeta, pero todo lo que hizo fue a expensas de Eliot.

—No voy a discutir contigo sobre eso. Mucho menos sobre feminismo —dijo ella con sonrisa de suficiencia—. Aquella tarde hubiera querido que estuvieses sentado a mi lado en el cine. No entendía algunas referencias de la película, pero sí capté que Vivían llegó a hacerle mucho daño a Eliot… En fin, entremos en esa librería. Ya sé que para ti Eliot será siempre lo primero.

—Sabes que eso no es verdad —dijo manteniéndole la mirada, aunque ella parecía ahora ausente. En la incipiente oscuridad de la tarde Chen volvía a no estar seguro del color de sus ojos.

La librería en cuestión era un lugar muy agradable, una de las pocas librerías independientes que aún lograban subsistir en la ciudad, según le dijo Catherine. El encargado era muy joven, pero culto.

—La casa no está lejos de aquí —dijo mientras les acompañaba a la puerta para indicarles el camino—. Es una casa muy bonita, de piedra marrón. Seguid rectos por esta calle hasta el final. Llegaréis a la Westminster Place, donde está la casa. No tiene pérdida.

Nada más salir de la librería, vio Chen un café a mano izquierda. El café tenía una terraza con mesas y sillas de plástico, bajo sombrillas muy coloristas. Había unas cuantas personas, plácidamente sentadas, acompañando con sus copas y tazas emotivos recuerdos o deseos acuciantes. A Chen le pareció una escena tantas veces leída. Y yuxtapuesta a otra que había visto. Una foto que Catherine le había regalado en Shanghai, cuando se relajaban tras resolver el caso que les había ocupado.

—¿Recuerdas aquella foto que me regalaste? —preguntó—. Esa en la que estabas sentada en una terraza…

—Sí, en la terraza del café Delmar —dijo ella—. Cerca de mi apartamento.

—Me gustaría ir a ese café —dijo él con gran sinceridad.

La visita a la casa de Eliot devino en cierta frustración. Era una casa más, antigua, eso sí, de las que se alzaban en un vecindario tranquilo. La parte frontal estaba coloreada en chocolate, más que en marrón, y tenía dos grandes contraventanas simétricas pintadas de negro, que hacían del lugar algo así como un pequeño edificio de apartamentos en alquiler, más que una casa de familia. No obstante la decepción inicial, Chen subió aprisa los peldaños que llevaban a la puerta para que Catherine le tomara una foto. Al fin y al cabo era la casa que fue propiedad de Henry Ware Eliot, el padre del poeta, según se leía en una placa. Se preguntó si haría bien en llamar a la puerta.

Catherine resolvió su dilema tomándole de la mano para conducirle hasta el jardín trasero de la casa. Había allí un tablón que tenía grabadas estas palabras «estoy en el jardín», para indicar que, en efecto, aquello era el jardín… Ella se puso de puntillas para mirar por encima de la valla de madera. El la imitó. Al hacerlo contempló los hermosos hombros desnudos de Catherine. En el jardín no se veía más que una parra.

El vecino de la casa adyacente se asomó para decirles que no había nadie, que el propietario, un empresario que se dedicaba a la venta de alta tecnología, estaba de vacaciones.

«Las golondrinas, / visitantes antaño de las mansiones de familias nobles, / han volado hasta las casas de la gente común».

—¿Te ha dado otro arrebato poético? —le preguntó Catherine.

—Me pregunto si estaremos realmente ante la casa de Eliot.

—Puedes estar seguro… Pero aunque hubieras podido entrar, no creo que vieses nada digno de mención después de tantos años…

—Tienes razón.

Salieron de allí. No querían regresar al hotel. La visita a la casa de Eliot había sido, al cabo, no más que una excusa para estar a solas. Tenían cosas que decirse.

—Sentémonos en un café para charlar tranquilamente —propuso Chen.

Fueron a uno más grande que el que habían visto cerca de la librería. Parecía haberse celebrado allí alguna actuación. En los cristales de las ventanas había notas musicales de neón, que sugerían estar en plena danza. El café tenía también una hermosa terraza en la acera. Un hombre dormitaba plácidamente ante un vaso de cartón.

—Sentémonos fuera —propuso ella.

Chen pidió un café sólo y ella una copa de vino blanco.

El inspector jefe sabía, no obstante, que era forzoso que hablaran de trabajo. Pero también se decía que no podía dejar escapar aquella oportunidad, largamente ansiada, de estar con ella. Tardaron en hablar, sin embargo.

—Cuéntame más de tus investigaciones en China —le pidió ella finalmente para romper el hielo, aunque tampoco quería desaprovechar la ocasión de hablar de otras cosas.

Chen pensó que ella tenía que estar al tanto, al menos en parte, de sus investigaciones, pero no le quedaba más remedio que desvelarle en todo caso algunos aspectos del asunto en que se ocupaba. Al fin y al cabo, ya le había demostrado en Shanghai que podía confiar en ella, y también en St. Louis, con la añagaza del teléfono celular para hacerse con los datos del que utilizaba Bao.

Se hallaban sentados muy cerca el uno del otro. El inspector jefe Chen no estaba dispuesto a revelar datos, sin embargo, que pudieran comprometer al Gobierno chino. Bastaría, se dijo, con no decir nada de los altos funcionarios a los que investigaba. La corrupción en China no era algo de lo que no se tuviese noticia fuera del país, sobre todo en los Estados Unidos a raíz del caso Xing, así que habló a Catherine de las investigaciones al respecto alentadas por el Comité de Disciplina del Partido, añadiendo algo a propósito del asesinato de An. Catherine lo escuchaba con suma atención, interrumpiéndole brevemente para hacerle alguna pregunta.

—Seguro que habló con algunos de sus contactos, después de entrevistarse contigo —le dijo.

—Sí, es más que probable que lo hiciera…

No dijo nada Chen, sin embargo, de sus sospechas acerca de la delegación, ni de la manera en que se conformó la lista de participantes chinos en los encuentros literarios con escritores americanos, limitándose a referir a Catherine las razones que le había dado el presidente Wang para nombrarlo jefe del grupo.

—Realmente parece que, como me dijiste, te quieren apartar del caso, al menos durante un tiempo… ¿Pero sólo durante un par de semanas? ¿Por qué?

Ya le había sugerido lo mismo durante la visita al Arco de St. Louis, pero entonces no pudieron hablar más. Sin duda, Catherine tocaba un punto sensible. Si lo que pretendían era borrar a Chen de la foto, podían haberlo hecho por otros medios, no enviándole a un viaje relativamente corto.

—Pienso mucho en eso —le confió él—. No tiene sentido, salvo que pretendieran una maniobra drástica en este corto espacio de tiempo, o alguna acción dramática… Pero no se me ocurre nada al respecto.

—Permite que te pregunte otra cosa, Chen… ¿Te pidieron que hicieras aquí algo con lo de Xing?

—No, nadie me ha pedido nada de eso, puedes creerme, Catherine —dijo tomándole las manos sobre la mesa, en un impulso irrefrenable—. No creo, además, que a nadie se le ocurriera en ningún momento mandarme aquí para hacerlo.

Ella asintió, tomándole con calor las manos entre las suyas.

—Nadie me ha pedido que investigue a Xing en L.A. —repitió él—. Estoy, en cierto modo, dando palos de ciego.

—¿A qué te refieres?

—No estoy aquí como policía. ¿Qué voy a hacer? Tengo las manos atadas —quiso ser honesto con ella, al menos hasta donde la prudencia se lo permitía—. Lo único que puedo hacer es buscar información sobre Xing.

—¿Y bien?

—No sabría decirte… La información a la que he accedido resulta conocida en Estados Unidos, pero no en China, por la censura, ya sabes… Es como jugar una partida de ajedrez. Tienes que mover ficha a veces, aunque no estés seguro de la jugada, pero eso no quiere decir que hacerlo te sirva de algo… Te arriesgas a perder la partida.

Le hizo un resumen más amplio del caso, pero sin decirle los nombres de aquellos a los que suponía, no sin fundamento, implicados en la trama Xing. Aprovechó el silencio que se hizo entre ambos para echar un vistazo a la lista de vinos. Había muchos que no conocía.

—Pide tú —dijo a Catherine.

Así lo hizo, pidiendo uno que ni le sonaba, pues además lo dijo ella en otra lengua, no sabía Chen si en francés o en italiano.

Catherine, mientras esperaban la vuelta del camarero con lo pedido, se echó hacia atrás en la silla, cruzando las piernas de manera tan despaciosa, relajada y sutil, como encantadora. Cuando tuvieron el vino sobre la mesa, el camarero le sirvió un poco. Ella sorbió despacio un leve trago y asintió con la cabeza. Chen, no sabía bien por qué, se sentía un tanto incómodo. Se preguntaba si proceder o no como los galanes de las series de televisión. Al fin y al cabo estaban en un café de América.

Las nubes oscurecían el cielo, volando lentamente, como henchidas de sensualidad. O como si las moviesen dedos que se deleitaban en ello. Allí, contemplando el vino a través del cristal de su copa, entre las sombras que comenzaban a ceñirse sobre la calle, arrullado por la voz de Catherine, cada vez se sentía más confuso.

La delegación regresaría al hotel en un par de horas, supuso Chen, pero no importaba si él llegaba más tarde. Todo el mundo sabía de su pasión por Eliot… Más de uno, seguramente, pensaría que «anda por ahí, perdido en la tierra baldía de Eliot», bromeó para sí.

No estaba dispuesto, sin embargo, a pasarse las horas hablando de la corrupción en China, como si fuera un simple cazador de ratas. Era un impulso que crecía por momentos en su interior. Estaba sentado con ella, tenían las manos entrelazadas y los dedos del uno acariciaban los del otro suavemente. No estaban en Shanghai, sino en un bonito café del Central West End. Seguro que ni Eliot ni Prufrock hubieran tenido la osadía de desaprovechar una noche como aquella, cuando la ciudad comenzaba a deslizarse hacia una calma que permitía cien visiones y revisiones del día en retirada.

—¡Mirad, un chino! ¡Un chinglish! —unos muchachos, llegados de no se sabían dónde, detuvieron sus motos en la calzada para señalar a Chen. A Chen, cuando tuvo su edad, la moto le había parecido un vehículo mítico, fabuloso, imposible, cuando supo de su existencia a través de algunas lecturas.

Lo que habían hablado Catherine y él hasta entonces, le hizo pensar más cosas, llevar sus pensamientos en otra dirección. Discutir, confrontar, siempre ayuda, lo sabía bien… Sospechaba de repente haber cometido algún error grave en sus investigaciones.

—Tengo algo para ti —le dijo ella entonces mientras sacaba un sobre de su bolso, rompiendo en cierto modo el encantamiento—. Aquí lo tienes, es una transcripción de las llamadas hechas por Bao desde su teléfono celular. Puede que saques algo en claro…

—Gracias, Catherine, eres realmente buena…

—Nuestra gente en L.A. lleva un tiempo siguiendo estrechamente a Xing y a sus asociados, por así decirles… Sobre todo, siguen los pasos de su extraño vecino. El hombre al que llama Bao ha sido visto varias veces en su compañía, así que también le han intervenido sus teléfonos.

En la primera página se daba cuenta de la llamada que recibió Bao justo el día en que la delegación arribó a St. Louis. El que hacía la llamada parecía conocer muy bien a Bao, le trababa con mucha familiaridad.

«Te he llamado varias veces al hotel, maestro Bao, pero me dijeron que aún no habías llegado. Estaba preocupado. Por eso te llamo al celular».

«No te preocupes. Había mucho tráfico en la autopista. Acabamos de registrarnos en el hotel».

«¿Es el hotel que me enseñaste en la lista?»

«Sí, es un buen hotel. Un hotel de cinco estrellas, está cerca del Arco. No sé cómo se dice en inglés».

«¿Al policía le han dado otra vez la mejor habitación?»

«Oh, no me hables de él… Tiene incluso una bañera de esas que dan masajes con el agua… Es uno más de sus privilegios. Seguro que ahora está disfrutando lujuriosamente de esas burbujas americanas».

«Claro, es un burgués típico… Tienes razón, maestro Bao, es muy deprimente hablar de ese sujeto… Te llamo porque conozco a alguien que tiene un establecimiento en la alameda que hay frente al hotel. Es el viejo Fan, propietario de un gran buffet chino. Dile que vas de mi parte y verás lo bien que te trata. Aunque me temo que no habrá leído tu poesía».

«De acuerdo, iré a verle».

«Bueno, te llamaré cuando tenga algo nuevo».

Había, claro, otras cuantas transcripciones de llamadas. Chen pensó que sería más conveniente revisarlas después, no quería perder el tiempo con eso. La que había leído le bastaba para hacerse una idea. Bao se acababa de convertir, para él, en un sospechoso claro. La misteriosa llamada parecía de un gran admirador de la poesía de Bao, pero un simple admirador, por muy fanático que pueda ser, no hace una llamada desde un teléfono público, para preguntarle a su «maestro» por la habitación «lujuriosa» de otro escritor, o para comentarle que tiene cerca un buen restaurante a cuyo propietario conoce. Daba toda la impresión, por lo demás, de que habían hablado de él con anterioridad. Tampoco era normal que Bao le hubiese informado del itinerario de la delegación, así como del hotel en que se hospedarían.

—Según el detective Lenich —dijo entonces Catherine—, un chino preguntó en la recepción el número de tu cuarto y después hizo una llamada desde el mismo vestíbulo.

Chen recapituló. Aquella tarde, nada más regresar a su habitación, sonó el teléfono. Cuando descolgó, cortaron la comunicación.

No había vuelto a pensar en eso.

Supo de golpe que estaba en mayor peligro del que había imaginado, por mucho que se negara a admitirlo. Pero ya tenía la impresión grabada a fuego en su subconsciente. Tomó un sorbo de vino intentando no demostrar ningún cambio en su expresión.

—¿Sabes? Con esto de ser poeta te ocurren algunas cosas extrañas —dijo al cabo—. A veces surgen por ahí admiradores capaces de seguirte a cualquier parte…

—Aquí tienes también la cinta con las grabaciones de esas llamadas —le dijo Catherine, entregándosela—. Por si quieres escucharlas…

—No sé qué podría hacer para agradecerte todo esto, Catherine.

—Estoy seriamente preocupada por ti, Chen. Creo además que, por el mayor interés de nuestros países, mejor será que no le ocurra nada más a ningún miembro de tu delegación —dijo ella echando un vistazo a su reloj—. Creo que ha llegado la hora de irnos.

—Sí, eso me temo.

Era un hecho claro, por mucho que le fastidiara. Pero no lo iba a hacer patente. La música suave que llegada desde el interior del café parecía desmayarse hasta morir.

Un murciélago revoloteó por unos instantes sobre sus cabezas.