5
El siguiente nombre de la lista, marcado por Chen como susceptible de ser investigado, en virtud al menos de su táctica elusiva, era el de An Jiayi.
Quizá tenía que haberla abordado en primer lugar, pero la había postergado, sin saber muy bien por qué.
No obstante, tras su conversación con Qiao, y sobre todo, tras su conversación telefónica con Viejo Cazador, el inspector jefe Chen no tenía ya excusas para seguir postergando el encuentro con ella. Estaba en su despacho de la comisaría cuando decidió ir a por la dama en cuestión.
Viejo Cazador le había llamado a primera hora de la mañana. El veterano policía de Shanghai parecía haber removido cielo y tierra, lo que es decir que se había puesto en contacto con sus fuentes en Fujian. Según dichas fuentes, Xing tenía, en efecto, un «hermano pequeño» llamado Ming, que en realidad era un hermanastro… Xing nunca hablaba de él en público, ni aparecía en los medios a su lado, pero todo el mundo, al parecer, lo sabía. El padre de Xing había muerto cuando éste era todavía un niño, y su madre hubo de luchar denodadamente, como tantas madres, por sacarlo adelante. Corrían por la ciudad un montón de historias sobre aquel tiempo, a propósito del potentado. Según una de las versiones, su madre había trabajado como criada para un alto cargo del Partido y su familia. Por lo que se decía, la mujer pasó a convertirse muy pronto en la amante de aquel hombre, del que dio a luz un hijo en la discreción del campo, en un lugar al que fue enviada cuando su embarazo comenzaba a resultar evidente. Xing lo supo, cuando ya iba siendo mayor, pero nunca habló de eso con nadie. Según se contaba en distintos círculos, sin embargo, Xing contó con el apoyo de aquel importante cuadro del Partido que había sido amante de su madre, por lo que ascendió tan rápido en el organigrama oficial. Xing, por lo demás, era un hombre que miraba mucho por la familia, así que, una vez su madre le hubo contado cuanto se refería a su hermano pequeño, cuido de él y lo ayudó en todo lo que estuvo en su mano.
Ming nunca había destacado mucho en Fujian, pero al parecer, en los tres últimos años, había sido capaz de señalarse como un importante hombre de negocios en Shanghai. Eso explicaba la razón por la que Xing había comprado a su madre la gran casa de Shanghai. No mucho después de la fuga de Xing desapareció igualmente Ming.
Aquella información alteró a Chen sobremanera. No se explicaba cómo siendo Ming conocido en los círculos oficiales de la ciudad, por lo que le había referido Viejo Cazador, nada hubiera sobre él en ese amplio dossier que le había remitido la Comisión de Disciplina del Partido. Era lógico que un policía de Shanghai nada supiera de Ming, pero resultaba evidente que en medios de la policía de Fujian se conocía bastante acerca del hermanastro de Xing, lo que tenía que haber ido a parar, en última instancia, a los archivos del Comité de Disciplina del Partido. Un asunto más a investigar.
Chen comenzó a hacer averiguaciones, a través de su red de confidentes en Shanghai. Quería saber cosas de los negocios de Ming en la ciudad. Pronto se llevaría más de una sorpresa. El hermano pequeño de Xing había mantenido relaciones fluidas con una buena cantidad de altos funcionarios de la ciudad. Todo fue bien mientras se mantuvo en un segundo plano, casi en la clandestinidad; incluso tenía sus negocios a nombre de un testaferro… Que, curiosamente, resulto ser aquella por la que Chen había optado como segunda persona a interrogar: An Jiayi.
El inspector jefe había sabido aquella misma mañana que An acudía alguna vez como invitada a las fiestas que organizaba Xing, y que era la socia y testaferro en los negocios que el potentado hacía en la ciudad a través de su hermanastro Ming.
Presó de una cierta ansiedad que casi le cortaba el aliento, Chen se sirvió otra taza de té. El té le sabía rancio, el agua estaba casi fría y los pétalos de jazmín amarilleaban… No tenía por qué haber ido a la comisaría aquella mañana, pero Yu estaba muy ocupado en un caso y Chen pensó que era su obligación echarle una mano. Yu, sin embargo, no se encontraba allí, pues el caso requería que hiciera algunas patrullas por la ciudad. Una vez más, Chen desplego sobre la mesa la lista del Comité.
Caen las flores, brota el agua, se va la primavera / y estamos ya en otro mundo.
A comienzos de los 80, cuando Chen abandono la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Beijing, atraído por las expectativas que se abrían ante sí merced a su ingreso en la Policía de Shanghai, entró, sin embargo, en un grupo literario al que pertenecían otros jóvenes escritores. Para Chen, era un intento necesario por mantener vivos sus sueños poéticos, algo que igualmente les sucedía a muchos de los que estaban en el grupo, los cuales se veían obligados a ganarse el sustento en actividades poco gratificantes que nada tenían que ver con la literatura, no obstante fueran todos titulados universitarios. Se reunían una vez al mes para hablar largamente de los libros que habían leído en ese tiempo, así como para leer ante los demás lo que llevaban escrito, y someterlo luego a discusión. An y su esposo, Han, componían una pareja moderna y entusiasta, eran dos de los miembros más activos del grupo literario. An era locutora, y Han reportero, de una cadena occidental de TV que había comenzado a emitir en China.
El grupo estuvo reuniéndose durante algo más de un año, antes de que Chen fuese requerido para redactar los discursos políticos de Li, secretario del Partido en la Policía y su superior más inmediato. An, por su parte, comenzó a hacerse muy popular entre la audiencia de su cadena, y Gong, el animador por excelencia del grupo, hubo de trasladarse a Shenzhen para trabajar allí en un negocio privado de venta y alquiler de coches. Ya se sabe que, como dice el adagio popular, no puede haber banquete si no hay comensales… Aquel grupo de lectura y debate, pues, acabó disolviéndose al poco.
Chen seguiría viendo a An, pero sólo en la TV, como presentadora en ciernes. Alguien le contó un día que su matrimonio atravesaba por algunos problemas, como consecuencia del cambio de estatus social que iba experimentando debido a su éxito como presentadora. Al principio, cuando ambos ingresaron en aquella cadena, no había muchas diferencias entre ambos. Con las máximas del presidente Mao aún repiqueteando en la cabeza de tantos chinos, lo que es decir en la memoria nacional, todo el inundo aspiraba a «servir al pueblo». Pero las cosas empezaban a cambiar. Y al parecer lo hicieron de manera muy especial para aquella bella presentadora, que pronto pasó a convertirse en toda una estrella mediática, mientras Han, un reportero, sin más, seguía en segundo plano. La gente se refería a él como «el marido de An», como alguien que estaba a la sombra de la estrella.
Chen, sin embargo, nunca había mantenido con ellos una relación estrecha. Siempre se le notó a Han que era muy celoso, especialmente con aquellos que parecían congeniar con An, o con los que ella se mostraba más simpática. Finalmente, Han decidió irse a cursar estudios a Alemania, a buen seguro por ver si así podía situarse a la altura de su esposa. Fue, no obstante, una decisión desastrosa. No pasó mucho tiempo hasta que hubo de abandonar sus estudios, por los problemas que tenía para aprender el idioma, colocándose entonces en un restaurante chino de Berlín. Prefirió hacer eso antes que volver a casa con la sensación del fracaso a cuestas. En aquel tiempo, y gracias a su popularidad como presentadora de TV, An fue contratada como relaciones públicas de una compañía.
Así, siendo ella una celebridad, no era extraño que hubiese de acudir, en su condición de tal, a las fiestas que organizaba Xing. Pero sus relaciones con Ming eran otra cosa. No es que resultara extraño que un personaje muy popular fichara como responsable de las relaciones públicas de una gran compañía, ¿pero por qué precisamente An? ¿Y por qué en las constructoras de Ming, de las que apenas se conocían los anteproyectos?
An tenía que saber por fuerza muchas cosas acerca de Xing, y no digamos de Ming. Pero, ¿querría hablar con el inspector jefe Chen?
Tras la disolución de aquel grupo literario, sus pasos jamás habían vuelto a cruzarse. En una conferencia del Congreso local, celebrada no mucho tiempo atrás, Chen había visto a An desde lejos. Se la notaba tan ocupada, entrevistando a gente importante para su cadena de TV, que el inspector jefe decidió no acercarse siquiera a ella. Ahora, sin embargo, tenía que hacerlo, iba a intentar sacarle alguna información. No se imaginaba Chen, en cualquier caso, cómo podría reaccionar ella.
Comenzó por recopilar datos sobre An, para ampliar los pocos que aparecían en el dossier que le enviara el Comité de Disciplina del Partido. No había nada que pareciese sospechoso, relacionado con su carrera como presentadora estrella de TV. Incluso había sido galardonada en repetidas ocasiones. Y era común que las celebridades desempeñaran también algún papel de relevancia en la nueva situación empresarial que vivía el país. Era común que muchos famosos abrieran negocios, como restaurantes cuyas paredes llenaban de inmediato con sus fotografías. Pero no era corriente que esos famosos ficharan por compañías, de cuyas actividades puramente empresariales poco o nada sabían. Ni mucho menos, que acabaran montando una compañía propia de relaciones públicas, como era el caso. A la gente, además, no le costaba mucho dinero entrar en un restaurante regentado por alguien a quien admiraban. Pero, las grandes compañías… Eso era otra cosa… No todos los famosos, por mucho que lo fueran, terminaban desempeñándose como relaciones públicas en grandes empresas, ni fundando una propia. ¿Qué podría aportar An a los clientes de su compañía? Al fin y al cabo, no era más que una presentadora de televisión, alguien sin ninguna experiencia en el mundo de los negocios.
Chen conoció alguna historia a propósito de An, no precisamente a través de fuentes oficiales. Historias propias de la basura con que suelen regalar los tabloides a sus lectores… Historias por otra parte propias de una celebridad televisiva a la que seguían millones de espectadores. El inspector jefe encendió un cigarrillo y leyó algo que le había facilitado una de sus fuentes, no precisamente oficiales, referido a las relaciones muy estrechas que la presentadora había tenido con ciertos y muy importantes cuadros del Partido. Según eso, An podría ser capaz de contaminar el viento, de atrapar en sus garras las sombras. Pero Chen recordó un viejo adagio popular: No hay ola que se levante si no la sopla el viento.
Presionándola con todo aquello, sin embargo, no conseguiría que hablase, estaba seguro. Aplastó la colilla del cigarrillo en el cenicero de cristal, ya repleto.
Era la hora del almuerzo. Llevaba tres horas dando vueltas en su cabeza a propósito de cómo abordar a la mujer, y aún no había conseguido hacerse una idea mínima de cómo dar un paso más en la construcción de una estrategia, de su senda Chen. Enfiló hacia la cantina de la comisaría, que, como de costumbre, estaba llena. Comió un plató hondo de fideos con carne cocida, pimienta roja y cebolletas. Apenas cruzó un par de palabras con algunos. Todos sus colegas parecían informados acerca de que trabajaba en una investigación de la máxima importancia. Los fideos estaban fuertes, calientes, y al acabar el plató se sintió un poco pesado y soñoliento. No había café suficiente en toda la comisaría para reanimarlo. Pero entonces sonó su teléfono celular.
—Hace mucho que no nos vemos, inspector jefe —le dijo Gu—. Hace semanas que no te pasas por mis dominios…
—Perdona, he estado muy atareado, ya sabes —se disculpo Chen.
Al contrario que otros empresarios, Gu estaba lejos de ser un incordio. A Chen le molestaba, sin embargo, que sus relaciones hubieran servido para ofrecer una tabla de salvación a Dong. No era culpa de Gu, desde luego, pues no era su costumbre fanfarronear con los funcionarios, era un hombre discreto como no suelen serio los hombres de negocios. Además, Dong no tenía en el fondo nada con qué presionar a Chen, nada que no fuera algo tan normal como que había hecho algunos trabajos de traducción para la empresa de Gu, Nuevo Mundo. Gu en todo caso no había dicho más que aquellos fueron unos trabajos que Chen le hizo como un favor, aunque el inspector jefe ya sabía cómo le habían sido pagados, sin que él se enterase.
—Ya, ya sé que estas muy ocupado —le dijo Gu—, pero también lo están muchas otras celebridades como tú y no dejan de venir a mi KTV Club… Liu Wei, que sale ahora mismo en tres series de TV, viene a verme por lo menos una vez a la semana.
—¿De veras? —dijo Chen. Liu Wei era una estrella emergente, famoso por sus vigorosas escenas de cama. Aquello hizo que a Chen se le encendieran las luces—. ¿Te visita mucha gente del cine y la televisión?
—Sí, vienen unos cuantos —dijo Gu—. ¿Por qué no te pasas este sábado por la noche? Estará Nube Blanca, una chica encantadora.
—Sí, es preciosa, pero no creo que pueda sacar algo de tiempo para darme una vuelta por ahí el sábado —dijo Chen, y añadió tras una breve pausa—: ¿Por qué no quedamos esta misma tarde? Tomaremos un té. Tienes razón, hace mucho que no nos vemos.
—De acuerdo… ¿Te parece bien el Starbucks que hay cerca de Nuevo Mundo?
—Muy bien. Nos vemos allí en media hora.
Chen abandono la cantina, echó un vistazo en su despacho y salió de la comisaría. El viejo Liang, el agente veterano que hacía guardia en la puerta, le saludo con una mano mientras en la otra sostenía el recipiente de plástico con su almuerzo. El veterano llevaba unos cuarenta años de servicio en la Policía, ya se le había pasado la edad de jubilación. Pero la pensión de retiro establecida para los policías en los años 80 no le daba para vivir en los 90, así que la comisaría había solicitado un permiso especial para que el hombre pudiera seguir en su puesto, ahora como un simple conserje.
Chen tomó un autobús, lo que solía devenir en una experiencia nada grata. «¡Moveos, no os quedéis en la puerta!», gritaba sin parar el conductor. En cada parada subía un montón de gente más. Chen se veía obligado a utilizar los codos para protegerse de la avalancha. El hedor era insoportable, quizá aún más que la aglomeración. Otra muestra de la enorme distancia que había entre aquellos a los que las cosas les iban bien y aquellos a los que las cosas les seguían yendo como siempre. Un empresario como Gu tenía coche propio, y un cuadro honesto del Partido, como Chen, tenía a su disposición un coche oficial, pero la gente común no podía aspirar a otra cosa que no fuera un autobús atestado.
Una provinciana que viajaba de pie, cerca de Chen, ataviada con un vestido negro con tirantes, se apretaba contra él haciéndole sentir aún más incomodo. En la siguiente parada, aún a bastante distancia de su destino, se sintió de nuevo aplastado por otra oleada de gente que subía al autobús. La joven provinciana se le apretó mucho más todavía, de tal manera que se le cayeron los botones de sus tirantes. Comenzó a gritar pidiendo al conductor que parase, alborotados sus cabellos, el vestido arrugado cayéndosele casi… El conductor no le hizo caso, y la gente del autobús no le prestaba la menor atención. La muchacha lloriqueaba mientras hacía esfuerzos por evitar que se le cayera el vestido. Así durante varias calles.
El aire acondicionado del Starbucks hizo sentir bien a Chen. Era uno de los primeros locales americanos de Shanghai, que se extendía en cadena por distintas ciudades atrayendo a una gran clientela. Una nueva clase, la de los llamados trabajadores de cuello blanco, la de los empleados de empresas nacionales o extranjeras, acudía allí, gente por lo general joven, con un buen nivel de educación y decididos todos a hacer carrera en la nueva situación económica. Gu lo esperaba sentado al fondo.
—Aquí se está bien, muy fresco —dijo Chen mientras se quitaba el sudor de la frente con una servilleta de papel.
—¿Cómo habrá podido vivir la gente de Shanghai tanto tiempo, sin un lugar como éste, en el que tomarse un buen café? —dijo Gu—. La gente necesita estos sitios.
—Buena pregunta… Pero el viejo Marx sigue teniendo razón. El café se corresponde con la superestructura, es una cuestión mental, no algo que atañe a las necesidades básicas del cuerpo —dijo Chen—. La gente tendría que tener cubiertas sus necesidades más perentorias, antes de atender a las exigencias de su superestructura mental.
—No puedes negar que eres toda una estrella de la política, inspector jefe Chen. Eres capaz de aplicar el marxismo incluso a una taza de café —bromeó Gu—. Hay un montón de gente que viene aquí para sentirse inmersa en la sociedad de nuestros días… Supongo que eso es también una necesidad mental básica.
Era probable. Sentados en un café americano podían sentirse la élite del país. Pero Chen no había acudido allí para sentirse como ellos, ni para hablar de eso.
—Un café no puede hacer que uno se sienta integrado en una sociedad —dijo Chen, que había decidido no empezar hablando de Dong, con quien sin duda tendría que vérselas Gu, a no mucho tardar, como se las tuvo que ver él antes. Fue directamente a lo que más le interesaba—: Tengo que hacerte una pregunta, Gu.
—Adelante.
—¿Conoces a An Jiayi?
—¡Claro! Es toda una celebridad.
—¿Tienes amistad con ella? ¿Acude a tu club?
—No, eso no, no va por allí. Ya sabes, los hombres no tienen por norma ir con mujeres a un karaoke.
—¿Qué quieres decir?
—Ellos acuden a un karaoke por las chicas K, camarada inspector jefe, no es un secreto, como no se trata tampoco de un negocio clandestino, el de los karaokes… Pero nadie va acompañado por una mujer. Esa gente tiene en sus casas equipos de alta fidelidad, por lo que no necesitaría ir a un karaoke por la música, ya sabes… Y alguien como An tiene que cuidarse especialmente. No sería bien visto que una estrella de televisión se pavoneara en un KTV en compañía de otro hombre.
—¿En compañía de otro hombre?
—Supongo que quieres saber con quién anda asociada…
—Bueno, digamos que tengo una cierta curiosidad al respecto, ya sabes que soy muy curioso —dijo Chen, antes de hacer otra pregunta—: Empezó como relaciones públicas de una empresa y ahora tiene una empresa propia de relaciones públicas, ¿me equivoco?
—Algo de eso he oído.
—Veras, hay algo que no me cuadra… An no tiene la menor experiencia en los negocios. Ni tiene un gran capital, al menos hasta donde yo sé —dijo Chen.
—Mira, creo que hay cosas que desconoces —le replico Gu—. La sociedad actual es como un gran mercado en el que todo está en venta, todo… También su fama como presentadora de TV. No necesita más capital.
—Enciéndeme las luces, Gu. Ya sabes que no soy precisamente un hombre de negocios.
—¿Crees que An entrevista a las gente así, por las buenas? No, hay gente dispuesta a pagar grandes sumas por hacerse publicidad, por salir en televisión. ¿Y qué puede haber más eficaz, para eso, que un gran show televisivo? —Gu dio un largo sorbo a su café—. Con eso An presta una gran ayuda a unos cuantos…
—¿Y puede hacer impunemente lo que sugieres que hace?
—Lo creas o no, las celebridades cobran incluso por sentarse a tu lado en un banquete… Cuando abrí mi bar de la calle Hengshan, pagué una bonita suma a Hei Ling, una actriz que salió desnuda en la edición de Playboy en Taiwan, para que acudiese y tomara asiento a mi lado. Pagué mil yuanes sólo por eso. Esas fotos en las que se nos veía juntos salieron en unos cuantos periódicos y la gente comenzó a acudir en masa a mi bar. Es un precio que hay que pagar si quieres poner en marcha algo.
—Todo tiene un precio —dijo Chen dejándose llevar de una cierta melancolía. Ahí radicaba el problema. La gente asumía el comunismo con la boca chica, pero, a pesar de los editoriales de El Diario del Pueblo, la realidad social indicaba que cada uno miraba por sí mismo, por su mayor interés y provecho, no importaba a costa de quién.
—Bueno, quizá An no cobre siempre a sus entrevistados, pero sí te digo que lo hace casi siempre. Todo el mundo mira por el dinero, nada más —apostilló Gu con una sonrisa cínica—. ¿Por qué otra cosa habríamos de interesarnos, tal y como va el país?
—¿Pero ha podido llegar tan lejos sólo por salir en TV?
—Para algunos negocios, la imagen es fundamental. Salir en televisión ofrece muchos beneficios, tanto directos como indirectos. La imagen de un empresario triunfante, entrevistado por una presentadora bella y muy famosa, vale más que una página entera de publicidad en el Wenhui Daily.
—Supongo que lo que dices de ella es verdad, que ha hecho mucho dinero gracias a su programa —dijo Chen—. Pero, si le iba bien así, ¿por qué montó una empresa de relaciones públicas? Eso habría de traerle más complicaciones, lo otro era mucho más cómodo. Simplemente, hacía negocios bajo cuerda, sin arriesgar nada.
—¿Pero cómo no iba a querer hacerse aún con más dinero? Seguro que su negocio le reporta unas ganancias que dejan pequeñas las de la televisión, eso es una propina en comparación con lo que pilla a través de su empresa… Tiene otros clientes… Muchos más clientes.
—¿Cómo los consigue?
—Bueno, el sistema burocrático que aún impera en nuestro país hace que los funcionarios se demoren durante meses, a veces durante años, en la concesión de los permisos que se requieren para que una empresa pueda llevar adelante sus planes. A veces es difícil llamar a una de esas puertas porque sí, o hacerlo con las manos vacías. Mejor ir por la puerta de atrás y llevando un sobre rojo lleno de dinero. Además, tienes que estar en el guanxi, tienes que estar relacionado con personas que puedan llamar a esas puertas traseras para llevarte el sobre y engrasar a base de dinero la maquinaria burocrática. Ahí es donde una empresa de relaciones públicas tiene todo el campo abierto, más si la dirige una persona famosa y con crédito popular. An ha tenido tiempo de conocer a muchos funcionarios gracias a su trabajo en la cadena de TV. Tiene además una voz muy dulce, con la que sabe susurrar al oído de esos funcionarios las palabras precisas. A veces le vale con una simple llamada telefónica; fíjate, eso, por sí solo, le resulta suficiente. Así que hay un montón de compañías dispuestas a pagarle las altas tarifas que tiene, pues no obstante eso y los sobres rojos, una vez se pongan en marcha con sus proyectos, salvados todos los obstáculos de la burocracia, ganaran muchísimo dinero, y además, como han pagado bien por los permisos, dispondrán de una completa manga ancha, nadie osara hacerles una inspección.
—Eso que dices tiene sentido —concedió Chen mientras sorbía un poco de café. Estaba claro que la empresa de An contaba con los mejores contactos institucionales. Estaba claro que ella, por lo demás, tenía que estar muy bien relacionada con las altas esferas del funcionariado gubernamental—. ¿Crees entonces que Ann trata directamente con quienes conducen la economía y los negocios desde las instituciones oficiales?
—Claro, pero eso no es ninguna sorpresa —respondió Gu mirando fijamente al inspector jefe—. Esos departamentos, de los que depende la aprobación o no de los proyectos empresariales en marcha, son el gran agujero negro de nuestros días, al igual que todo lo relacionado con el campo y el suelo… Antes del inicio de las reformas económicas, la tierra y el suelo para construir pertenecían al Estado, y cualquier proyecto para su desarrollo era cosa que competía en exclusiva al Gobierno. Ahora es diferente. Las empresas privadas dedicadas a la construcción, que obtienen unos beneficios exagerados, negocian la compra de terrenos directamente con los gobiernos locales. Todo el mundo tiene sus razones y apetencias de beneficios, y además no disponen los funcionarios, sobre todo en zonas apartadas, de tiempo real y personal especializado para supervisar los planes de dichas empresas. Para el empresario, es casi una cuestión de vida o muerte obtener los permisos requeridos, los que llevan a optar por la compra del suelo, que al final obtienen muy barato una vez han depositado convenientemente los sobres rojos. Los precios, claro está, varían dependiendo de las regiones y hasta de las zonas de una misma región.
—La verdad es que todo eso parece muy complejo —dijo Chen, agradecido por aquella información que Gu le daba, pues, como propietario de Nuevo Mundo, una empresa que se dedicaba a los negocios de la construcción, entre otros, Gu le hablaba de cosas que conocía al dedillo—. Te aseguro que estoy aprendiendo mucho… Así que son los funcionarios públicos quienes conceden o no los permisos y hasta venden los terrenos… ¿Pero de verdad que ella, con su linda voz, puede condicionar de tal manera a los funcionarios, con una simple llamada telefónica, por mucho que sepan que después habrá dinero? ¿Acaso no tiene competencia, no hay otros que se dedican a lo mismo?
—¿Es que no lo sabes?
—¿Qué tengo que saber?
—Lo de las relaciones tan especiales que mantiene An con alguna gente del Gobierno —dijo Gu sonriendo misteriosamente—. Para ser más concreto, te diré que tiene unas relaciones muy especiales con alguien del departamento para el desarrollo del campo y el suelo… Hay un viejo proverbio, querido camarada inspector jefe Chen, que puede servirnos en el presente para explicar el estado de cosas: La gente desdeña la pobreza, pero no la prostitución. Y cuando a un hombre, o a una mujer, se los juzga sólo por el dinero… pues ya sabes.
—Así que…
—Te podría contar muchas más cosas. Cuenta conmigo, Chen.
—Gracias —dijo Chen, aunque Gu no le había dado ningún nombre, que era lo que más le interesaba. Gu era muy inteligente e intuitivo; un hombre capaz de escuchar la más leve, la más imperceptible vibración de una cuerda. Chen agradecía no obstante la información recibida, que le abría alguna pista por la que producirse, así que le dijo—: Sólo te pido una cosa, que no hables a nadie de nuestra conversación.
Apenas había salido Chen del café cuando recibió una llamada del camarada Zhao.
—Xing ha enviado un nuevo comunicado a los periódicos, diciendo que en breve hará una rueda de prensa. Dice que entonces les ofrecerá los nombres de los funcionarios implicados en sus negocios clandestinos, si no cesamos en nuestra persecución contra él.
—Pues que lo haga —dijo Chen—. Eso facilitaría mucho nuestro trabajo.
—¿Pero es que te crees que diría la verdad? Ese canalla es capaz de urdir las mentiras más imposibles, y para colmo los americanos podrían utilizar contra China lo que dijera.
—¿Y qué podríamos hacer?
—Creo que Xing ha lanzado una bravuconada… En realidad, me parece que no pretende otra cosa que llegar a un acuerdo con nosotros, así que hemos de seguir con el trabajo en marcha, golpeando tan fuerte como nos sea posible.
—Muy bien —dijo Chen, aunque sentía que la tarea encomendada se le complicaba por momentos. No veía claro que el magnate fugado pretendiera un acuerdo, como decía Zhao, pero tampoco iba a darle, por el momento, ningún dato sobre las cosas que iba descubriendo—. Seguiré trabajando con denuedo.
—Perfecto. No hace falta que te diga que cuentas con los máximos poderes, que eres el enviado especial del Emperador en Shanghai.
A la caída de la tarde, Chen decidió visitar a su madre. No lo había hecho después de su preocupante entrevista con Dong.
No había mucho que pudiera hacer por ella, sin embargo… más de una vez le había hablado de llevarla a vivir con él, pero la anciana siempre se negaba. El apartamento del inspector jefe sólo tenía una habitación. Su madre le decía que, por ello, no tendrían más que incomodidades e inconvenientes; sobre todo, abundaba la mujer, cuando tuviese que recibir él visitas, especialmente de chicas… Así las cosas, Chen había propuesto a su madre pagarle la visita diaria de una señora que pudiera hacerle compañía y ayudarla en lo que más necesitara, pero ella no quería ni oír hablar de eso.
El tráfico era terrible, como se correspondía con esa hora punta. Cuando desde el taxi avistaba al fin la calle Jiujiang, la contaminación del ambiente, la densa neblina gris que todo lo envolvía, le pareció más agobiante que nunca. El sistema imperante para el alquiler de las viviendas era aún más intrincado y proceloso que antes. Como había gente que empezaba a comprar las viviendas en las que hasta entonces había vivido de alquiler, los que no podían hacerlo continuaban siendo esclavos de la cuota gubernamental a pagar en concepto de alquiler, que además había aumentado. Un cuadro del Partido, uno de esos cuadros promovidos a un rango de importancia, tenía, sin embargo, subsidios suficientes para pagarse el alquiler e incluso obtener beneficios, tales como comprarse la casa con descuentos. Para él, sin embargo, la cosa seguía siendo complicada, pues había un montón de policías, incluso de menor graduación que él, en la lista de espera para acceder a dichos beneficios. Muchos de ellos sabían moverse en los despachos como a Chen nunca se le había ocurrido hacerlo. Estaba claro que la oferta de Dong, lo de conseguirle una vivienda más grande a través del Gobierno local, era toda una tentación.
En la esquina de la calle vio a varios niños que jugaban bajo una marquesina con el anuncio de la Coca-Cola. Proliferaban esos anuncios por toda la ciudad; podría decirse que en muy poco tiempo habían brotado como hongos rojos y blancos. Según el Shanghai Morning, sin embargo, aquello embellecía el paisaje urbano, pues no eran pocas las estrellas locales del espectáculo que salían en los cartelones publicitarios de la bebida refrescante. No dejaba de sorprenderle, sin embargo, aquel anuncio de la marquesina, en una zona de la ciudad en la que la bebida era muy cara para la gran mayoría de sus habitantes. Y por cara, también exótica.
La tía Qiang, una mujer baja, de cabellos grises, que vivía en el portal próximo al de la madre de Chen, se lo quedó contemplando con mucho interés cuando le vio bajar del taxi. Llevaba consigo una cesta de bambú llena de bolsas de pastor, una delicia del campo de la que ya había leído Chen en un antiguo poema de Qiji. La mujer se acercó para saludarle.
—Oh, eres tú, pequeño…
Era como si nada hubiese cambiado desde los días de su niñez. Aunque la anciana con el cesto repleto de bolsas de pastor, tan aromáticas y deliciosas, no se atrevió a llamar al inspector por el nombre de su niñez, aquel diminutivo con que se le conocía en su calle.
Chen pasó después ante un salón de juegos de ajedrez chino que estaba frente a una sucia y pobre tienda de agua caliente y sopa, a la que solían acudir los jugadores, tras la partida, para fumar, beber y calentarse el estómago. El salón de juegos pertenecía desde hacía mucho tiempo a uno de los jugadores, Wong Ronghua, antiguo miembro del equipo de ajedrez chino de Shanghai, por lo que atraía a mucha gente. Wong, un hombre siempre quejumbroso y demacrado, sonrió con cierta prevención a Chen, mostrando sus dientes podridos por los cigarrillos baratos y el té fuerte y amargo de muchos años. Estaba sentado a la puerta de su local, en un extremo de un banco de madera, junto a otro hombre, sentado en el otro extremo, como si quisieran mantener un difícil equilibrio en el asiento de consistencia dudosa. Ambos, a horcajadas, se veían separados por el tablero de ajedrez en el que disputaban una partida. Con pantalones cortos negros y sin camisa, a Wong se le marcaban todas las costillas, parecía una tabla de lavar.
Tenían en el suelo tres o cuatro botellas de agua caliente, para servirse té de vez en cuando, y se veían rodeados por una audiencia expectante, silenciosa, que permanecería inmutable hasta el final de la partida. Los típicos moradores de un barrio pobre, los desheredados de la dudosa fortuna de los nuevos tiempos y sus reformas económicas, de la transición social que vivía el país.
Su madre veía la televisión en el ruinoso ático de la casa. La misma televisión de quince pulgadas que él le había conseguido comprar muchos años atrás, a un precio especial por ser funcionario del Estado. Ella había hecho una especie de capucha de terciopelo escarlata para cubrir el aparato receptor cuando no estaba encendido, y evitar así que se le acumulase el polvo. Pasaba muchas horas allí. Salía poco de casa, sobre todo después de su estancia en el hospital.
—Con la televisión de cable puedo ver muchos canales —dijo la anciana sonriendo, mientras apagaba el receptor con su mando a distancia para preparar al hijo un té verde—. Es el té que me mandó al hospital un amigo tuyo de Hangzhou, del que no recuerdo el nombre. Lo hacen con las mejores hojas del año, el té Antes de la lluvia. Me parece que es una marca muy cara.
Le pareció detectar cierto tono de sarcasmo en lo que decía su madre, pero no hizo comentarios. Mientras soplaba el té recién servido en la taza, pensó que, por mucho que dijeran que era un buen hijo, no podía tenerse por tal.
En tiempos de Confucio, lo peor, lo más deshonroso que podía pasarle a un hombre, era no tener parientes de los cuales llevar el nombre, ni dejar descendencia. Aquello, por lo demás, era un tema de conversación favorito de su madre, aunque nunca lo abordaba directamente. Le pareció, sin embargo, que aquella tarde la anciana no iba a insistir en eso.
—Me parece, hijo mío, que tienes en la cabeza algo que te preocupa.
—No, no es eso.
—No sé nada de tu trabajo, pero sí sé qué te pasa algo.
—Estoy bien, de veras. Es que estoy muy atareado en la comisaría y no puedo venir a verte tanto como quisiera. ¿Por qué no te vienes conmigo un par de semanas, sólo eso? Así podría atenderte mejor un tiempo…
—Aquí todo está bien, no necesito más. Los vendedores me traen vegetales frescos y carne por un yuan. Los vecinos me ayudan mucho y se preocupan por mí —dijo la madre—. Tú tienes demasiado trabajo y si me fuera contigo me preocuparía mucho en tu casa porque siempre vuelves muy tarde.
Era verdad. Y si volvía relativamente pronto a casa, el teléfono no paraba de sonar, lo que sin duda imposibilitaría que la anciana descansara debidamente. Por no hablar de sus discusiones cuando estaban juntos.
—Es que me preocupo por ti —dijo Chen.
—Yo también estoy preocupada por ti —dijo la madre después de tomar un largo sorbo de té—. Mira todos esos regalos que he recibido, por no hablar del té… Tus amigos me mandan muchos regalos.
—¿De veras?
—Sí, supongo que lo hacen por tu posición.
—Ya, madre… Conozco a mucha gente por mi trabajo, pero no tengo influencias, sigo una línea muy clara que me he trazado… Mira, resulta que el Comité de Disciplina del Partido me ha encargado una misión muy importante.
—¿El Comité de Disciplina del Partido? ¿Y qué misión te ha encargado el Comité?
Desde hacía unos años, el Comité era el órgano que se dedicaba a combatir la corrupción, de ahí su buena fama y aprecio entre la gente. La mujer parecía perpleja y encantada a un tiempo.
—Un caso de corrupción —dijo Chen.
—Ya veo… El Comité viene a ser algo así como la Policía del Partido. La corrupción se ha descontrolado sobremanera, hay un montón de funcionarios públicos implicados. Ya era hora de que el Gobierno de Beijing hiciera algo.
—Las autoridades del Partido están decididas a acabar con todo eso —dijo él y bebió otro sorbo de té—. Es un trabajo que me va a llevar mucho tiempo, bastante engorroso y prolijo, por lo demás, y no voy a poder ocuparme bien de ti.
—No tienes que preocuparte tanto por mí. Decidiste tomar un camino distinto al que siguió tu padre, pero estoy segura de que él se hubiera sentido orgulloso de ti; es más, estoy segura de que te admira desde el otro mundo y aprecia lo que haces… A veces sueño con tu padre… Quizá no esté muy lejos el día en que vaya a reunirme con él —dijo dulcemente la anciana.
—Los sueños sólo son sueños, madre… Lo que te ocurre es que lo sigues echando mucho de menos.
—No sé qué buen consejo podría darte, hijo mío, pero recuerdo algo que solía decir tu padre: Hay cosas que un hombre debe hacer, y hay cosas que un hombre no debe de hacer…
—Sí, lo recuerdo.
Era otra cita de Confucio, que en aquellos momentos el inspector jefe Chen no sabía cómo aplicar convenientemente. Sobre todo, en lo que concernía al caso que le ocupaba. En tanto que una obviedad, la máxima de Confucio podía aplicarse a cualquier cosa, dependiendo del punto de vista de cada cual.
—No todo el mundo está en disposición de aplicarse esa máxima —dijo la madre.
Se percató Chen de que acababa de producirse un cambio drástico en la actitud de la anciana. Realmente, nunca había aprobado que se dedicara a su profesión de policía, pero, como viuda, no le había quedado más remedio que resignarse, acaso por pensar que su difunto esposo sí hubiera visto con buenos ojos que su hijo sirviera a su país como mando policial. La madre se levantó de su asiento, se acercó a un viejo arcón y extrajo de allí un rollo de papel de seda caligrafiado.
—Mira, esto es algo que dejó tu padre… Estará mejor contigo, así que llévatelo. No creo que esta casa sea el mejor lugar para guardarlo.
En el rollo de papel de seda estaba escrito un poema, Río de nieve, que su padre había copiado con caligrafía excelsa. Los versos pertenecían a Liu Zhongyuan, poeta dieciochesco de la dinastía Tang:
No se ve un solo pájaro en cientos de montañas, / ni se observa una huella en miles de sendas, / sólo una barca solitaria, / el sombrero de juncos con que se toca un anciano que pesca solo. / La nieve ha caído en el río frío.
Chen leyó el poema como un hombre que estuviese en medio de un mundo solitario. La imagen del sombrero de juncos llenaba la escena descrita por el poema. Chen parecía conmovido por la ambigüedad de los últimos versos, no tanto por la pesca con caña en sí que haría el hombre de la barca, sino por la nieve cayendo lentamente sobre un río de aguas frías. Aquello era algo más que un detalle, que la mera descripción de una escena.
Liu era el mismo poeta autor de la fabula de las ratas en el granero. Recordó entonces Chen el comentario que al respecto hiciera Yu: Es sólo una fabula… Pero, en la vida real, Liu se encontró siempre tan solo y desprovisto de ayuda como el viejo pescador de su poema.
Chen comprendió la razón por la que su madre quería que cuidara él de ese rollo de papel de seda en el que su padre había copiado con mimo los versos. A despecho de su edad y de la enfermedad, la mente de la anciana seguía siendo vivaz, quizá como consecuencia de haber sido una gran estudiosa del budismo, y como tal, pensó Chen, carece de la ilusión del yo, por lo que puede ver claramente.
Salió de la casa de su madre sin haberse aclarado los pensamientos. Era incapaz de ver más allá de sí mismo.
La partida de ajedrez seguía. Ninguna de los que atendían al juego le miró cuando pasó ante ellos. Era, evidentemente, alguien sin la menor relevancia ante una partida de ajedrez. Sólo Chang, el dueño de la tienda de agua hervida y sopa caliente, pareció reparar en él al cabo, y le saludo cariñosamente, como siempre lo hacía desde que Chen era un niño. La madre del inspector jefe, además, le compraba sopa de vez en cuando. No obstante, Chang volvió de inmediato a poner toda su atención en la partida.
Chen no podía dejar de preguntarse una cosa: ¿Por qué su madre había decidido así, de repente, que se llevara el rollo de papel de seda con aquellos versos, algo que guardaba como un tesoro desde hacía tantos años? Pugnaba con todas las fuerzas de su pensamiento para que la mente le diera una respuesta acertada.
Ya muy entrada la noche, recibió Chen en su domicilio un paquete urgente. Nadie le había avisado de que lo recibiría. Lo miró entre sus manos, más bien confuso. El joven empleado de la empresa que se lo había llevado parecía no querer decirle quién se lo remitía.
—No, no, no… no puedo decirlo, no lo sé —se excusaba el muchacho con el rostro rojo como un langostino cocido—. Mi cliente me ha obligado a decirle que no le descubriré y se lo he prometido —confesó al fin.
—Vaya, eso está muy bien —dijo Chen, poniéndole en la mano un billete de diez yuanes—. Gracias.
Cerró la puerta de su apartamento, abrió con cuidado el paquete y vio que no contenía más que fotos… Un montón de fotos que de inmediato extendió sobre la mesa.
Eran fotos de An en situaciones comprometidas. En realidad, en poses y actitudes escandalosas con un hombre. Chen tomó aire varias veces. En una de las fotos se la veía con una toalla a la cintura, al aire sus pechos blancos como dos lunas brillantes; el hombre, sentado en el borde de la cama, alargaba sus manos como para tomarle los pechos. En otra imagen se la veía completamente desnuda, tumbada sobre la cama, que estaba cubierta por pétalos de flores. Y en otra, el hombre y ella se veían sentados en la cama desnudos, besándose y abrazándose. Y en otra, An se cernía sobre el hombre acariciándole su… Las fotos no tenían mucha calidad, varias estaban incluso desenfocadas, pero se la reconocía bien. A buen seguro habían sido tomadas con una cámara oculta en la habitación de un hotel.
Lo cierto es que el hombre que salía en aquellas imágenes no era Han. Chen acercó una foto a la lámpara, para tratar de identificar al amante clandestino. Era un hombre alto y fuerte, delgado, de mediana edad, con el cabello gris. Como rasgo destacable tenía un lunar grande junto a la comisura izquierda. Chen no pudo reconocerlo.
Chen no era un moralista. A mediados de los 90 las relaciones extramatrimoniales no eran tan mal vistas como en otros tiempos, no resultaban escandalosas en sí mismas. Mucho menos, si se tenían en cuenta las circunstancias personales y profesionales de An. Era una mujer que había triunfado, famosa, bella, dueña de una gran empresa… Escondía su soledad tras una fachada luminosa.
Exquisita como el jade, / pero no puede competir con el otoño / que como un cuervo vuela sobre su cabeza, / por mucho que aún lleve en sus cabellos / la cálida atmosfera del Palacio Imperial…
Estaba claro que había otro hombre en su vida, al margen de su esposo que seguía en el extranjero. Un hombre, o varios hombres… Chen no quería juzgarla, pero lo cierto es que aquellas fotos le causaron una cierta sensación depresiva.
Le hubiera gustado saber quién le había remitido un material tan comprometedor. Únicamente había hablado de An con Gu. El astuto hombre de negocios no le había prometido nada en concreto, pero el hombre que salía en las fotos no era, a todas luces, un tipo común. Ahí estaba el mensaje: a buen seguro que se trataba de un peso pesado. El remitente, así, tendría sus buenas razones para permanecer en el más completo anonimato.
Era una noche tranquila. Abrió la ventana y el aire le llegó cargado con la tibieza del verano inmediato. Una cigarra comenzó a cantar entre el follaje y al instante le hicieron coro muchas más. A pesar de todo, el inspector jefe Chen no vio la necesidad de acceder a An so pretexto de una investigación especial. O al menos, no por el momento.
Volvió a su escritorio para consultar los informes. An, además de su trabajo en TV y sus negocios, se introducía en otros ambientes: acababa de publicar un libro. Según lo que decían las reseñas, el libro abundaba en anécdotas y estaba ilustrado con un sinfín de fotografías. Al parecer se vendía bien, no obstante su edición reciente, porque es cierto que a la gente le gusta saber cosas de las celebridades. Chen se había hecho con un ejemplar, que hasta ese momento ni siquiera había abierto. Tampoco pensaba leérselo, con ver las fotos tendría suficiente. En ellas, An lucía elegante, profesional, muy digna. Un gran contraste con las fotos que le habían hecho llegar en aquel paquete.
Tras tomar unas cuantas notas en un papel, levantó el teléfono de la mesa y marcó un número.
—Hola, An… Me gustaría hablar contigo.
—¿Quién eres?
—Chen Cao, tu antiguo compañero.
—¡Ah, eres tú! ¡El famoso detective! —An lo dijo con un tono de reconocimiento sincero en la voz—. ¿Y cómo es que me llamas a estas horas?
—Te llamo por tu libro, lo acabo de terminar —mintió—. También he visto con mucha atención tus fotos. Estás bellísima, hasta los peces y los gansos saldrían a tu paso para rendirte admiración.
—Vamos, Chen, no creo que me llames por eso, te estás burlando de mí…
—No, de veras que no… La gente se compra el libro porque te adora… Están locos por ti, como yo mismo, un rendido admirador tuyo.
—Vaya, no lo sabía… La verdad es que hace tanto tiempo de aquello, que tendrías que haberte olvidado de mí.
—¿Cómo iba a olvidarme de ti? He estado muy atareado, como supondrás, pero siempre que puedo te veo en la TV y me compré tu libro tan pronto como supe que lo habías publicado —y añadió con mucho énfasis—: ¡Me encanta tu prosa, tu estilo!
—¿Me lo dices en serio?
—Completamente en serio. An, permite que te invite a cenar para que celebremos juntos tu éxito literario.
—Me estas halagando en exceso, inspector jefe Chen… ¿Cuándo quedamos?
—Bien… ¿Qué te parece mañana?
—¡Fantástico! Conozco un restaurante, La Isla Dorada, recién inaugurado. No va mucha gente, pero te aseguro que es muy bueno. Está en el Bund.
—Vale, en La isla dorada, he oído hablar de ese sitio… En el Bund… Me firmaras el libro, ¿verdad?
—Me encantara hacerlo, Chen… Mira que estoy pensando hacerte una entrevista en mi programa…
—Sería todo un honor para mí. Estar en tu programa, y tú vestida con tu cheongsam escarlata… Siempre me recordaste ese poema de Li Bai, que dice: Las nubes quisieran ser / tu vestido de baile, una peonía, / e imitar tu belleza como brisa de primavera / que acaricia el tallo / el pétalo / bañados en rocío…
—Para, Chen, por favor, para —dijo ella echándose a reír—. ¡Pero si eres todo un romántico!
—Nos veremos en el restaurante —dijo Chen, y añadió imitándola—: Algún día me veréis en TV.
—Oh, aún te acuerdas de eso…
Era, en efecto, algo que ella decía a menudo, años atrás. Lo decía entonces con cierta coquetería, la misma que se le notaba ahora a través del hilo telefónico.
Aquella forma de hablar del inspector jefe, por lo demás, no extrañaba a nadie. Era un poeta apreciado. Y era también, acaso, todo un romántico.
Todo eso, en fin, era lo que menos se había esperado An que pudiera sucederle aquella noche.