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Cuando llegó a la comisaría ya estaba en su mesa toda la documentación referida a la delegación de escritores chinos que partiría al encuentro de Los Ángeles. Las cosas funcionaban bien en China, estaba visto, sólo cuando el Gobierno de Beijing se ocupaba de que funcionaran bien… Estaba claro que la orden había partido directamente del Gobierno. Incluso le enviaban su tarjeta oficial de identificación para el encuentro en América.
Chen Cao, poeta, traductor y crítico literario.
Presidente de la delegación de escritores chinos.
Miembro del Congreso del Pueblo de Shanghai.
Miembro de la Asociación de Escritores chinos.
Teléfono: 280-9435.
Quien hubiera hecho la tarjeta, se había cuidado muy mucho de no referir su cargo policial. Chen tachó la tercera línea. Tal y como se presentaba el viaje, y ya que no habían hecho constar su posición como policía, mejor presentarse como escritor, sin más; no como un político. El teléfono que allí aparecía no era sino el de la Asociación de Escritores en la delegación de Shanghai. Bueno, al fin y al cabo se pasaba por allí de vez en cuando.
Descolgó el teléfono para marcar el del despacho de Jiang. Jiang no estaba. Según su secretaria, Jiang se encontraba en una reunión muy importante en Nanhui, pasaría allí todo el día. No tenía teléfono celular, según parecía, lo que a Chen le resultó difícil de creer. No obstante, la secretaria le dijo que Jiang había quedado en llamarla al despacho a la hora del almuerzo.
Chen llamó entonces al sargento Kuang, que no le había dejado en la mesa informe de ninguna clase, aunque era cierto que no tenía obligación de hacerlo. Al fin y al cabo, el asesinato de An era cosa del Departamento de homicidios.
No pasó mucho, tras la llamada hecha a Kuang, para que recibiera en su despacho un sobre remitido por Kuang. Contenía la relación de llamadas telefónicas hechas desde el teléfono de An durante los últimos tres días. Sin duda, Kuang no le había entregado el sobre en mano para demostrarle su reluctancia a darle información sobre un caso que no le concernía. Chen comenzó a leer el informe. En esos tres últimos días, An había hecho seis llamadas telefónicas. Tres de ellas al colegio de su hijo. Una a su secretaria. Dos más, a un representante del Gobierno de la ciudad, para tratar de un posible festival cultural. Ni una sola llamada a quienes pudieran ser Xing o Ming.
¿Habría eliminado alguien algunas llamadas que hiciera An? No, no podía aceptar esa posibilidad. En el sobre, junto al informe, había una nota, en la que Kuang le decía tener una lista de las personas con las que An se había visto en esos tres últimos días de su existencia. La lista era, al parecer, larga. No se aludía al encuentro de Chen con ella en el restaurante, pero suponía el inspector jefe que la cosa podría salir a relucir en cualquier momento.
Volvió a marcar el teléfono del Departamento de Kuang, pero daba señal de comunicando. Chen guardó el sobre en su escritorio.
La Asociación de Escritores no tenía rango oficial, pero todos sabían de su control por parte del Gobierno desde los días en que fue creada. Una de las funciones más importantes de la Asociación era la de procurar un número importante de escritores que pudieran escribir para los distintos órganos oficiales de nueve de la mañana a cinco de la tarde… Recibían de la Asociación, a cambio, un gongzi, una compensación económica para redondear ingresos. En los años inmediatamente anteriores al inicio de las reformas económicas había, pues, una gran cantidad de solicitudes de ingreso en la Asociación. Era todo un honor entrar allí, y por supuesto, una oportunidad de obtener algún beneficio extra. Por supuesto, todos los escritores seleccionados para formar parte de la delegación china que partiría hacia Estados Unidos, eran miembros de la Asociación, y todos ellos eran, igualmente, escritores profesionales en el sentido antes dicho, a excepción de Chen. El inspector jefe había renunciado a cosas semejantes, para así mejor burlar las imposiciones y las limitaciones creativas. Hubiera tenido que escribir al dictado oficial, de haber entrado en ese grupo de «escritores selectos» empleados al servicio de los órganos oficiales. La subvención traía como consecuencia la dependencia política.
Los cambios operados en el país a mediados de los 90 eran dramáticos en muchos casos, más que radicales, y lo mismo había ido aconteciendo, aunque acaso más lentamente, en la escena literaria, incluso a despecho del control gubernamental. De una parte, el mundo del libro se orientaba a la producción de obras de venta masiva. El nuevo sistema de derechos de autor hacía, así, que algunos escritores obtuvieran notables beneficios con la publicación de sus obras, mientras otros, de mucha menor venta, por ejemplo los poetas, seguían dependiendo de los subsidios canalizados a través de la Asociación de Escritores, que tampoco es que fueran substanciosos.
En la delegación irían escritores de distintos géneros. En lo más alto de la lista se encontraba Bao Guodong, un poeta cuyos trabajos conocía bien Chen. Sobre todo, los que escribiera durante la Revolución Cultural… Y de aquellos días recordó Chen varios de los versos más conocidos de Bao:
El pez no puede nadar sin agua. / Las flores no revientan de hermosura sin el sol. / Y para hacer la Revolución, / no podremos avanzar sin el pensamiento de Mao Zhedong.
El poema en cuestión llegó a convertirse en una canción popular que recorría el país de punta a cabo. Tras la Revolución Cultural, sin embargo, Bao escribió muy poco, pero seguía siendo un punto importante en la escena cultural del país, y por supuesto, el secretario y administrador de la sede central de la Asociación de Escritores en Beijing. En la delegación Bao ostentaría el cargo de Secretario delegado del Partido en la misma.
El segundo en importancia política era Zhong Taipei, un dramaturgo más conocido por su vida que por sus obras. Acusado de derechista durante la Revolución Cultural, había pasado los mejores años de su vida en un campo de trabajo, donde no pudo dar rienda suelta a sus tendencias románticas. Después de la Revolución Cultural, sin embargo, vivió sus mejores días, de febril actividad no precisamente literaria, al extremo de acabar casi devastado físicamente a causa de sus excesos sexuales, y más muerto que vivo en el aspecto literario. Pero, como escribió Lao Zi, la fortuna emerge desde el lodo del infortunio. Una vieja cocinera, iletrada y que le llevaba diez años de edad, se había apiadado de él, alimentándole a base de los panecillos y otras cosas que preparaba con mimo. Como resultado de tan misterioso avatar urdido por los poderes del yin y el yang, acabaron viviendo juntos. En los ochenta, Zhong escribió una obra basada en sus experiencias en el campo de trabajo. Fue todo un éxito. Su vida quedaba expuesta con absoluta franqueza, casi tanto como sus fotos, en las que se le veía con los cabellos blancos y las mejillas encendidas, lo que contribuyó a popularizar su obra.
También andaba por allí Shasha, autora de «literatura galante» aun antes de que el término fuera de uso común en China. Nacida en una familia de altos cuadros del Partido, eligió desde muy joven transitar por senderos nada convencionales. Primero fue bailarina y de ahí, con sus experiencias a cuestas, se convirtió en novelista. Se decía que su éxito, más que a las truculentas historias que contaba, era debido a los muy fuertes contactos que tenía con destacados protagonistas de la vida pública. Según una de las historias que se referían por ahí, a propósito de la autora, medio Politburó chino había pasado por su «dormitorio dulcemente rojo y perfumado con las mejores esencias». Puede que todo aquello no fuera más que un cuento, pero no era menos cierto que resultaba difícil de creer que su éxito se debiera a su calidad como autora.
Otro en liza era Peng Quan. Peng había escrito una cuantos ensayos, muy celebrados antes de 1949, para pasar después a tener la consideración de «contrarrevolucionario histórico», por lo que en realidad había escrito muy poco hasta llegada la era de las reformas. Al contrario que Zhong, Peng prefirió seguir guardando silencio acerca de su vida una vez rehabilitado. Sometido durante más de treinta años a la «autocrítica» había acabado con el cerebro por completo lavado. No le quedaba ni un ápice del talento que había demostrado en aquellos ensayos de cuarenta años atrás. Chen no podía imaginar la razón de que hubiera sido seleccionado a esas alturas de su vida.
Y finalmente, allí estaba Huang Jialiang, un joven que figuraba como intérprete de la delegación, licenciado por la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Beijing, la misma en la que había estudiado Chen a principios de los años 80.
No era cosa, sin embargo, de perder más tiempo con la lista de seleccionados. Chen tenía trabajo urgente por hacer. Pero igualmente tendría que convivir con todos ellos durante al menos un par de semanas. Se temía que, al margen de algún que otro discurso oficial, poco más tuviera que hacer como jefe de la delegación. Prefirió, por ello, pensar en algo que resultaba clave en los honorables tiempos del imperio del taoísmo: No hacer nada es hacerlo todo. Unos escritores seleccionados por criterios oficiales a buen seguro no causarían problemas, y a despecho de lo que pudiera sugerir el presidente Wang, no habría que vigilarlos estrechamente, que tal era, se temía Chen, la razón principal de que hubieran pensado en él. Según la documentación recibida, su tarea consistiría en reunir a los escritores de la delegación a diario, y darles directrices políticas de comportamiento antes de encontrarse con los americanos. Una mera rutina, pues.
Llamó por teléfono a la Biblioteca pública de Shanghai para solicitar la reserva de varios libros. No le quedaba mucho tiempo para preparar el encuentro con los americanos, pero, no obstante su trabajo rutinario como comisario político de la delegación, quería aprovechar el largo vuelo para leer algo. Al poco, sin embargo, cuando iba a marcar el número del despacho del detective Yu, comenzó a recibir llamadas telefónicas que no se esperaba.
Zhu Wei, del Wenhui Daily, tenía preparada para Chen la última edición del GMAT, un libro de auténtica referencia en los Estados Unidos. Zhu era un reportero muy conocido y muy bien relacionado, que estaba al día en ese tipo de publicaciones. La siguiente llamada que recibió el inspector jefe fue de Xi Ran, secretario de la delegación de la Asociación de Escritores en Shanghai, quien sugirió a Chen que llevase consigo ejemplares de la obra Literatura en Shanghai para repartir entre los asistentes al encuentro. La tercera llamada, para su sorpresa, fue la de su anciana madre. El secretario Li acababa de informarle del próximo viaje de su hijo y de su designación como jefe de la delegación china, diciéndole de paso que la comisaría se haría cargo de cuanto pudiera necesitar durante la ausencia del inspector jefe. La anciana sugirió a Chen que comprase ginseng americano genuino para regalar a los amigos una vez estuviera de vuelta en China. Y acto seguido aludió a lo inevitable:
—Quizá te encuentres allí con tu amiga americana…
—No sé si dispondré de tiempo para eso —dijo Chen, sabedor de lo que se le pasaba por la cabeza a su madre—. Puede que ella no sepa nada de mi visita. Además, como cabeza visible de la delegación he de cumplir ciertas normas, que no me dejarán mucho tiempo libre.
Una de aquellas reglas establecía que los miembros de la delegación no podrían verse ni con amigos ni con posibles parientes que residieran en Estados Unidos, salvo que les fuese concedido un permiso especial para hacerlo. Chen sabía, por lo demás, que habría de cuidarse mucho y, en tal sentido, no establecer contactos «políticamente sensibles», y tampoco estrictamente personales, por ejemplo con su «amiga americana», como había dicho la anciana. No obstante, lo cierto es que Chen, antes de recibir la llamada de su madre, ya había considerado la posibilidad de verse como fuera con su amiga americana.
Cuando ya salía de su despacho, no sin haber recibido antes varias llamadas más felicitándole por su designación, siguió pensando en el viaje, haciendo planes. Muchos de los que le llamaron le habían dicho que era una oportunidad envidiable, que era en realidad un enviado del Gobierno, una especie de embajador… Las llamadas recibidas podían probar que así era. Chen, sin embargo, pensaba que, por encima de todo, sería una buena ocasión para practicar su inglés y mejorar en lo posible su pronunciación. Aunque tampoco desdeñaba el hecho de que el viaje pudiera servirle para promocionarse como escritor en Estados Unidos. Pero no dejaba de ser consciente, en ningún caso, de lo más cierto: que su designación era un encargo político.
Aquello hubiera estado muy bien de no ser por el momento en que se producía. Mientras caminaba alejándose de la comisaría llamó de nuevo a Jiang con su teléfono celular. La secretaria del director se disculpó de nuevo. Le dijo que suponía que Jiang lo llamaría pronto, pues a buen seguro estaba ya al tanto de su designación como jefe de la delegación de escritores chinos y querría felicitarle. En tanto no le quedaba más que un día de estancia en la ciudad, supuso Chen, sin embargo, que Jiang aprovecharía para tomarse más tiempo, justo el par de semanas que iba a estar en el extranjero, para llamarlo entonces, cuando hubiera regresado. Chen, por supuesto, seguía contando con la baza de las fotos, pero en esas dos semanas que iba a estar en el extranjero las cosas podrían descontrolarse sin que él fuese capaz de hacer nada. Sólo hallaba tranquilidad al pensar en eso, en que Jiang sabía que las fotos estaban en su poder.
Se dijo finalmente que no tenía que preocuparse tanto, que en esas dos semanas tampoco iba a tener Jiang la ocasión, por el miedo a que se hicieran públicas las fotos, de muñir cualquier estratagema. Serían sólo dos semanas.
Se dirigió a la Biblioteca pública de Shanghai para recoger los libros que había reservado telefónicamente. Luego, inopinadamente, decidió cursar visita a Gu en el despacho de su KTV. Tenía que informarle de los pormenores de su viaje, si es que no lo sabía, y de la muerte de An, de la que también tendría ya noticias.
Gu, en efecto, parecía estar al tanto de todo, y no quiso hablar mucho más de lo que Chen iba a contarle.
—Mis negocios son completamente legales, inspector jefe Chen, y no creo que haya nada que reprocharme al respecto, ¿o sí?
—No, por supuesto que no.
—Hemos de tener cuidado de no despertar a la serpiente dormida —dijo Gu, cambiando de conversación y alargándole un sobre junto con un paquete pequeño—. Esto es para el viaje —le dijo—. Y no creas que te hago un regalo. Simplemente, quiero pedirte un favor.
—Si está en mi mano, cuenta con ello.
—Quiero que me compres películas en alguna de esas tiendas americanas ultramodernas. Me vendrán muy bien para proyectarlas en Nuevo Mundo, ya sabes… Las películas son caras, y no puedo permitir que las compres con tu dinero, aunque a la vuelta yo te lo devuelva, pues como miembro de la delegación en el extranjero no vas a recibir de nuestro Gobierno más que cien dólares para esas dos semanas de estancia.
Una vez más, Gu le hacía un favor pretendiendo, sin embargo, que era el inspector quien se lo hacía a él. El astuto hombre de negocio ayudaba de nuevo a su amigo, poniéndole en el sobre dólares más que de sobra para comprar unas cuantas películas. Era cierto que de acuerdo con las disposiciones del Gobierno, Chen no recibiría más que cien dólares para su estancia en América. El Banco de China no autorizaba a cambiar yuanes en moneda extranjera sin un permiso oficial, y Chen no quería acudir al mercado negro, así que la moneda norteamericana recibida de Gu le solucionaría muchos problemas.
—Gracias, Gu… Te compraré esas películas y guardaré los recibos para dártelos a mi vuelta.
—No me las des —dijo Gu—. Y, por favor, haz todo lo que puedas por verte con tu amiga americana… ¿Cómo se llama, que no me acuerdo? ¡Es bellísima!
—Sí, se llama Catherine Rohn… Pero no creo que pueda verla…
—Toma, esto es un pequeño regalo para ella, por si la ves —Gu sacó del bolsillo de su chaqueta un estuche, que contenía un clásico pincel chino rematado en una pequeña cabeza de león, con su tintero negro, lacre y sello, un secante, otro pequeño tintero con tinta china roja, y además un palillero con una plumilla de oro—. Recuerdo que estaba enamorada de la cultura china…
—Es todo un detalle por tu parte, Gu —dijo Chen. Gu era un hombre con mil recursos, capaz de sorprender a cualquiera, en cualquier momento. También al inspector jefe Chen, que, no obstante, albergaba algunas preocupaciones—. Quiero pedirte un favor, Gu…
—Lo que quieras, Chen.
—Te pido que cuides de mi madre en las dos semanas que estaré lejos. Como sabes, no goza de buena salud.
—Por supuesto, cuenta con ello… ¿Qué te parece si le envío a Nube Blanca? Ya la atendió cuando estuvo en el hospital. Es una chica muy capaz.
No mucho tiempo atrás, cuando la madre de Chen estuvo hospitalizada y él se hallaba ocupado haciendo traducciones para una de las empresas de Gu, Nube Blanca trabajó para él como secretaria. También visitaba a la madre del inspector jefe, para atender a las necesidades que tuviese en el hospital. La anciana apreció mucho aquellas visitas de la chica, no obstante tuviera que explicarle Chen qué significaba ser una secretaria, en muchos casos, en la sociedad china actual.
—Es una chica encantadora y muy capaz, como dices, pero no creo que mi madre acepte la presencia constante de nadie en su casa… Ya le he ofrecido contratar a una señora que la cuide, pero nada… Y el caso es que estoy preocupado —dijo Chen con énfasis—. En ese vecindario se suceden los robos de un tiempo a esta parte.
—Puedes estar tranquilo, que a tu madre no le sucederá nada malo, yo me encargaré de eso… Te doy mi palabra —dijo Gu pomposamente—. Conozco a mucha gente, que vive tanto en lo blanco como en lo negro.
Al hablar de lo negro, se refería a las tríadas; al hablar de lo blanco, aludía Gu a los servidores del Gobierno local. El peligro que podría suponer para la madre de Chen la presencia de ladrones en su vecindario, quedaría conjurado sólo con que Gu tocara ciertos puntos sensibles en las organizaciones negras… Por eso se mostró tan seguro y solemne al asegurar al inspector jefe Chen que su madre estaría perfectamente mientras durase su estancia en América.
—No sé cómo agradecértelo, Gu…
—Repito que no tienes que agradecerme nada, Chen. Eres mi amigo, mi buen amigo… Sabes que puedes contar con mi caballo para cabalgar por donde quieras, no importa de qué senda se trate.
En tanto que policía, ¿qué podría decirle Chen a su amigo, un empresario que tenía tratos con las tríadas?
Después de todo, Chen se dijo que no estaba mal eso de contar con unos dólares extra para su viaje. No es que pensara en comprar muchas cosas, pero no era menos cierto que no sabía con qué podría encontrarse.
Es verdad que no estaba muy seguro, en ese sentido, de que pudiera reunirse con su amiga americana. Desde que Catherine estuvo en Shanghai, por aquellas investigaciones en las que trabajaba, apenas se habían escrito, salvo para mandarse tarjetas de felicitación por las fiestas. Nada íntimo. Cualquiera podía leer lo que se decían. Pero en los últimos tiempos habían cesado incluso en esa escueta correspondencia. También él pensaba llevarle algún regalo a Catherine, como Gu. Recordó Chen el interés de ella por la literatura china. Tuvo una idea. Le llevaría algo muy especial.
Fue la primera vez que realmente se sintió encantado con el viaje.
El agua se remansa en sus ojos. / Las montañas emergen de la urdimbre de sus cejas. / ¿A qué otro lugar puede ir el viajero / si no es al paisaje encantador de sus ojos y de sus cejas?
No recordaba de quién era el poema, que le llegó como con la brisa. Quizá de algún poeta de la dinastía Tang. Chen albergó la esperanza de que acaso fuera capaz de escribir un par de versos durante el viaje.