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Tras la visita del detective Yu, el inspector jefe Chen decidió seguir estudiando su plan.

Chen volvió a las carpetas con aquellos informes. Había un punto en el que coincidían varias fuentes. Xing había hecho viajes frecuentes a Shanghai, según dichas fuentes, para visitar a su madre. Todos sabían que un natural de Fujian, como Xing, no podía por menos que ser un buen hijo. Su padre había muerto cuando él sólo tenía tres años, y su madre hubo de luchar denodadamente para sacarlo adelante. Unos dos años atrás, Xing había comprado una mansión en Shanghai para ella. Meses después de escapar a los Estados Unidos, llevó a la anciana consigo. Nadie parecía saber, sin embargo, la razón por la que, antes de que todo esto sucediera, la madre había preferido seguir en Shanghai no obstante Xing viviera en Fujian ocupado en sus actividades.

Cabía la posibilidad, pues, de que Xing hubiera hecho aquellos viajes a Shanghai para verificar tratos importantes en sus negocios clandestinos, bajo el pretexto del amor filial. Shanghai se había transformado en una de las ciudades más fastuosas y desarrolladas del mundo. Un buen lugar para que Xing metiera sus dedos capitalistas en el pastel socialista.

La gente con la que Xing había contactado en Shanghai podría ser clasificada en dos grupos, el de los que detentaban cargos oficiales y el de los que no. Ambos grupos, sin embargo, compartían fiestas y actos públicos. Xing solía organizar grandes recepciones y banquetes suntuosos, a los que acudían cientos de personas que si no disponían de dinero contante y sonante sí tenían sus buenas tarjetas de crédito, todos ellos, pues, habituales de los negocios y las diversiones más caras, a los que el potentado reunía alrededor de una mesa. Había también, entre toda esta purrela de festejantes, pequeños grupos de personas a las que Xing había conocido y tratado a puerta cerrada, por así decirlo; en los karaokes para VIPS y otros antros privados. Gente que en principio no tenía por qué ser sospechosa, pensaba Chen. Xing sabía de la necesidad de tener contactos de toda especie, incluso entre los que no estuvieran directamente relacionados con los negocios.

Chen no reparaba en aquello que dice un antiguo proverbio, eso de buscar un caballo según la distancia que hayas visto antes en el mapa, por lo que se dijo que habría de ir a interrogar a las personas de la lista, despacio, uno a uno. Eso, bien lo sabía, podría llevarle meses de trabajo sin resultados aparentes. Lo haría, por supuesto, después de empaparse bien de cuanto más significativo hubiera en los informes que le había remitido el Comité, e iría él, a su vez, enviando al Comité sus informes, no importaba si tenían éstos como destino unos anaqueles llenos de polvo, en los que a las carpetas de sus informes les cayera aún más polvo encima. Optó por focalizar su tarea, por un punto concreto de partida. Empezaría por aquellos que detentaban cargos oficiales, incluso si no pertenecían al primer rango del funcionariado, susceptibles de haber participado en los negocios de Xing de una u otra manera. No había prisa, se trataba de ir tirando del hilo. El inspector jefe Chen, por lo demás, quería ir viendo poco a poco cual era el rol a él asignado, antes de lanzarse de lleno y sin freno a la tarea.

Empezó por acudir a la comisaría central, encerrarse en el cuarto de los ordenadores y pasar todo el día haciendo un buen acopio de datos. En la sala de ordenadores de la comisaría no había más que dos computadoras. El inspector jefe era uno de los pocos que tenía plena autorización para usarlas. Había algún que otro inconveniente: allí no se podía fumar, por lo que hubo de salir varias veces para echarse un pitillo. Al final de aquella jornada haciendo acopio de datos, buscando posibles objetivos, dependiendo de lo que encontrara en las pantallas acerca de los que tenía en la lista del Comité, Chen decidió que empezaría por cursar visita a un funcionario que sí era de primera categoría, a Dong Depeing, director del Comité Estatal para la Reforma de la Industria, una institución clave para el desarrollo de la reforma económica.

A la mañana siguiente, a hora temprana, Chen inicio sus pesquisas sobre el terreno. La delegación de Shanghai del Comité tenía que enfrentarse de continuo a la ruina que suponían las grandes empresas estatales, que trataba de sacar a flote aplicando nuevas prácticas de gestión y bastante rigor a la hora de ponerlas en marcha. Como Chen, Dong era considerado un cuadro intelectual del Partido, que además tenía una alta titulación específica en estudios de gestión de empresas. El año anterior habían coincidido en cinco o seis ocasiones. Además, Chen acababa de encontrar algo, digamos un picaporte, con el que conseguir que Dong le abriese alguna puerta. Chen pensó pretextar que buscaba un apartamento para su madre, así que Mang Ke, amigo y asociado de Dong, le había recomendado cierta zona y ofrecido una lista con las propiedades compradas allí por funcionarios veteranos del Partido. Le diría además que deseaba comprar algo pronto, pues corrían rumores de que, con el desarrollo, a no mucho tardar se revalorizarían dichas propiedades, algo de lo que ya estaban al tanto los funcionarios. Dong, por supuesto, era uno de ellos, propietario no ya de un apartamento sino de una gran casa cuyo precio no estaba al alcance del sueldo oficial de los cuadros del Partido. Por todo ello había reparado Chen en Dong. Un hombre como él tenía que estar al tanto de las compras, préstamos y otros agujeros que pudieran darse en aquellas historias, lo que facilitaría en cierto modo su investigación.

Chen se puso antes en contacto con Zhu Wei, un periodista del Wenhui Daily especializado en información económica. Cuando Chen le dijo que buscaba información sobre las propiedades adquiridas en Shanghai por funcionarios del Partido, Zhu se mostro encantado de colaborar. Zhu había querido escribir algo a propósito de todo eso, pero su jefe le había echado para atrás la idea.

—¿Sabes algo de la casa que se ha comprado Dong? —le pregunto Chen.

—¿Que si sé cosas de Dong? No tuvo que pedir préstamos ni firmar una hipoteca. Pagó su mansión al contado —le contó Zhu—. ¿He de suponer que andas investigando algo sucio?

—No, qué va… Es simple curiosidad… Alguien me sopló que tener una casa como la de Dong en esa zona supone hacer un gran negocio, una grandiosa inversión. Estoy buscándole un apartamento a mi madre.

—Inspector jefe Chen —dijo solemne el periodista—, ya va siendo hora de que alguien meta mano a los cuadros podridos del Partido… ¿Has visto algún episodio de la serie de TV El Juez Bao?

—Lei hace mucho tiempo historias acerca de la dinastía Song —respondió Chen.

—¿Te has parado a pensar en las razones por las que esa serie de televisión tiene tanto éxito entre las gentes de la China de hoy? —insistió el periodista sin esperar una respuesta clara—. La gente ansía la aparición de un funcionario incorruptible como el juez Bao.

—Eso es verdad —aceptó Chen, pensando que, en efecto, la popularidad reciente del histórico juez Bao se debía a su excepcionalidad como personaje, totalmente irreal en la China del presente, una especie de sustitutivo de las fantasías colectivas del pueblo.

Por la tarde, Chen se presento en el despacho de Dong en el edificio de la delegación gubernamental en Shanghai, en plena Plaza del Pueblo.

Chen había estado allí muchas veces. Aquella tarde, cuando el soldado de guardia en la entrada le saludaba militarmente, se sintió orgulloso, no obstante el pequeño devaneo que había tenido en la casa de baños y no obstante los negros augurios que le hiciera Yu mientras almorzaban en su casa. El inspector jefe, ahora convertido en una suerte de enviado especial del Emperador, de ejecutor de sus ordenes, poseedor de una espada limpia y poderosa, volvió a sentir con fuerza en su mente el repiqueteo de una poderosa frase de Confucio: Una mujer hermosa tiene que mostrarse siempre dispuesta a enseñar a las otras cómo ser tan bellas como ella, y un hombre ha de estar dispuesto a entregar su vida por quienes le aprecian.

El despacho de Dong era austero. Se trataba de un hombre de baja estatura pero fuerte, de apariencia solida, muy seguro de sí mismo, que frisaba los cincuenta años de edad. Dong se levantó presto para saludar a Chen, con todo el aire de quien se siente seguro de su posición privilegiada. Tan seguro de su posición como lo estaba Chen. Vestía Dong una camisa blanca perfectamente planchada y pantalones negros. Con sus gafas de montura dorada parecía más un estudioso que otra cosa, y desde luego que se expresaba como tal.

—Bienvenido, inspector jefe Chen. Tu visita, que no esperaba, ilumina este modesto despacho.

—Discúlpame por no haberte avisado, director Dong; he tenido que venir a una entrevista en el edificio y aprovecho la ocasión para saludarte.

—No tienes que pedirme disculpas, tú siempre eres bienvenido —dijo Dong—. Toma una taza de té. Sé que te gusta el buen té, sobre todo el de la marca Buen Dragón, de Hangzhou, aunque tengo también otras variedades.

Dong puso en una taza una pequeña bola verde, sobre la que vertió después un arco de agua caliente que tenía en un termo.

—Gracias —dijo Chen, sorprendido por el conocimiento que tenía Dong a propósito de su preferencia por una marca de té. El que le sirvió el funcionario era distinto, muy especial. Al verter el agua caliente sobre la bola verde, se abría ésta en pétalos de los que brotaba un pistilo rojo en el centro. Los pétalos y el pistilo podían ingerirse con cada sorbo—. Es un té exquisito —dijo Chen—. ¿Cómo sabes cuál es mi marca favorita?

—Recuerdo una entrevista que te hizo en el Wenhui Daily aquella reportera tan hermosa, Wang Feng… Se marchó al Japón, ¡qué pena! La entrevista en cuestión tuvo un toque más bien humorístico. Hacía ya tiempo de aquello, por lo que Chen ni se acordaba. Nadie pareció prestarle mayor atención, tampoco, en su día. Chen rememoraba ahora la entrevista, así como a su entrevistadora, una bonita muchacha con falda verde, cuya imagen le llegó de súbito, con gran potencia, a la memoria.

—Sí que está usted bien informado…

—Bueno, la gente sabe muchas cosas de ti —dijo Dong—, nuestro gran poeta e inspector jefe… Alguien me contó que tu hongyan zhiji es muy conocida, y no sólo la de Beijing, también la de los Estados Unidos.

Aquello le sonó a Chen como lo que dijera un antiguo maestro tai chi: Lo sabemos todo de ti, así que mejor harás quedándote fuera. El hongyan zhiji es un término propio de la literatura clásica china; se usa para expresar la presencia en los relatos de una amiga muy bella del hombre, al que aprecia y entiende incondicionalmente; no tiene que ser por fuerza una amante, aunque se le haya dado con el tiempo esa connotación. Es un viejo arquetipo chino, propio de las evocaciones poéticas de los hombres de letras solitarios. Hacía tiempo que se contaban muchas historias sobre Chen y su amiga Ling, de Beijing, que había devenido en un cuadro importante del Partido siendo casi una niña. Esas historias propaladas entre los funcionarios mostraban a Chen como un arribista, como todo un trepa que había llevado de la mano a su amiga, para que también ella escalara los puestos de responsabilidad del aparato político, algo que no había ayudado precisamente a que consolidaran al cabo sus relaciones… Pero la alusión a su hongyan zhiji norteamericana alarmo a Chen. Dong, evidentemente, se refería a Catherine Rohn, una Marshal a la que había conocido cuando ella anduvo por Shanghai haciendo unas investigaciones. Habían congeniado, se habían gustado… Pero no pasó nada. En la comisaría central de Shanghai nadie osó hacer bromas con eso, ni siquiera mentarlo, precisamente porque un posible affaire con una extranjera bien podría haber frenado en seco la carrera política de un cuadro joven e importante del Partido, como lo era Chen. ¿Por qué salía Dong con esa historia justo entonces?

Estaba claro que Dong lo tenía convenientemente fichado. Pero el inspector jefe Chen quería sorprender a Dong, no dejarse sorprender. Dong, sin embargo, había conseguido sembrarle un cierto grado de desconcierto.

—Vamos, director Dong… La gente exagera y dice muchas tonterías —dijo Chen intentando llevar las cosas a su terreno—. Bien sabes que los funcionarios no podemos consentirnos ciertas cosas, por la posición que ocupamos.

—Tienes razón —dijo Dong asintiendo vehemente con la cabeza—. Pero, precisamente por mi posición, me veo obligado a bregar a diario con exageraciones, mentiras y tonterías sin el menor fundamento… Los problemas que presentan las empresas estatales, por ejemplo… Los cuadros del Partido hablan de ello todo el tiempo, en la esperanza de reconducir la situación y lograr que esas empresas sean rentables, pero no siempre se ajustan a la verdad.

—Claro, te han encomendado hacer un trabajo completamente nuevo —dijo Chen—. Nada menos que la histórica transición de la economía estatal a la de mercado.

—¿Quizá trabajas en un caso de corrupción que atañe a empresas estatales, camarada inspector jefe Chen? —pregunto Dong abruptamente.

—Así es —le concedió Chen—. Veo que estas bien informado…

—Pura intuición. Un detective de tu importancia no entraría en mi despacho para nada —Dong hizo una pausa y prosiguió muy serio y solemne—: Puedo decirte que no dejo de pensar ni un momento en la corrupción que atenaza a esta sociedad nuestra del presente. China ha hecho un gran esfuerzo por su desarrollo y prosperidad en los últimos diez años. Una evidencia que no se pueden explicar ni los economistas occidentales. Pero, ¿te has parado a pensar que la corrupción pueda ser precisamente una consecuencia de ese progreso?

—¿Qué quieres decir exactamente, director Dong?

—Bueno, puede que la corrupción haya facilitado en gran medida nuestros avances en materia económica. Una gran paradoja, ¿no te parece?

—No tengo elementos de juicio, no he estudiado ese aspecto… Tú sí eres una gran autoridad en lo que se refiere a la nueva economía.

—Exacto. Lo que digo viene en un artículo de fondo que acabo de leer —dijo Dong tomando de una estantería próxima, que cubría toda una pared, una revista en inglés. Tenía en aquella estantería, además, títulos que Chen no había visto ni por asomo. De entre muchas de las páginas de aquellos volúmenes sobresalían marcadores de libros, lo que significaba que su propietario los había leído y estudiado detenidamente—. Según el autor de este artículo —prosiguió Dong— el éxito económico de la China del presente está indisolublemente ligado a una epidemia de corrupción entre los funcionarios locales, y muy en concreto, entre los funcionarios chinos destinados a sentar las bases para la reforma de nuestro sistema económico… ¿Cuál es la razón de todo ello? La mera conversión de los cuadros del Partido, acostumbrados a una economía improductiva, en hombres de empresa, en gestores de compañías que han de ser productivas. ¿Y a qué se debe eso? Pues parece claro que todo viene de una contradicción radical entre el sistema de economía socialista y la praxis capitalista. La muy honorable propaganda comunista hecha durante muchos años por los miembros más destacados del Partido en realidad no ha servido sino para presentarlos como servidores del pueblo, sin más, sin mayores incentivos. Sus sueldos siguen congelados, mientras el país prospera. No avanzan, no sube su nivel de vida. ¿Eso resulta deseable? El caso es que no pocos cuadros del Partido han visto en las prácticas corruptas una especie de compensación a sus esfuerzos, algo parecido a lo que se percibe por el trabajo en las economías occidentales. Eso, naturalmente, hace que nuestra lucha contra la corrupción sea ciertamente una ardua tarea…

La conversación comenzaba a tornarse mucho más azarosa y compleja de lo que Chen había supuesto. Dong siguió hablando de economía, de las nuevas teorías económicas que habrían de consolidar el progreso de la nación, como si quisiera con ello rebajar la autoridad del inspector jefe Chen para acometer la tarea que le había sido encomendada. Estaba claro que Dong no sólo era un alto cargo del Partido, sino uno de sus oradores más seguros y contundentes. Chen decidió ir directamente a lo que le ocupaba.

—Ya te he dicho que sí, que tengo el encargo de llevar a término una investigación sobre los funcionarios corruptos, más en concreto, sobre aquellos relacionados con Xing Xing… Una investigación que me ha sido encomendada por el Comité de Disciplina del Partido… Quiero hacerte algunas preguntas… Sabemos que Xing venía a Shanghai con frecuencia, que lo hizo muchas veces el año pasado… Y que se reunió contigo en varias de esas ocasiones… ¿Te refirió algo acerca de sus actividades, de sus negocios aquí?

—Vaya, así que se trata de Xing… Quería invertir en una compañía estatal de Shanghai. Ya sabes que ese tipo de inversiones suponen un fenómeno radicalmente nuevo en nuestro sistema, un principio básico de nuestra reforma económica… Xing vio la posibilidad de convertirse en el gran socio, en el primer inversor de dicha compañía. En efecto, se reunió conmigo en un par de ocasiones para tratar el asunto.

Aquello tenía sentido, no había nada sospechoso. A los empresarios se les permitía, se les llamaba a participar en las empresas estatales. Y era lógico que Xing hubiera acudido a Dong para informarse de las condiciones, pues no en vano detentaba el cargo de director.

—¿Qué consejos le diste al respecto? —pregunto Chen.

—Le dije que pensara bien las cosas, antes de decidirse… Al fin y al cabo, uno de nuestros proyectos es el de la privatización completa de las empresas estatales, más allá de la entrada de capital privado en su gestión. Puedes estar seguro, por otra parte, de que en ese momento yo no tenía la menor noticia de las actividades ilegales que al parecer desarrollaba Xing.

Estaba claro que Dong no quería decir más. Mantenía cerrada su defensa como en el tai chi, sin conceder a Chen la ocasión de rompérsela. Chen, sin embargo, decidió jugar su carta triunfal.

—Eres toda una autoridad, sin duda por eso Xing te consultaba de vez en cuando sobre sus posibles inversiones —dijo Chen después de sorber lentamente un poco de té—. Es un té magnifico… Director Dong, he oído contar algunas cosas sobre ti. Pura coincidencia, pero ocurre que mi madre, ya septuagenaria, vive en un ático. Resulta por eso que le estoy buscando un apartamento más cómodo. He oído hablar de tu casa en la zona de Hongqiao, por la que te felicito, director Dong.

—Ah, es eso —dijo Dong mirando fijamente a Chen—. No sabes cuánto tiempo me llevó reunir el dinero para compraría, que pedí prestado a parientes y amigos… No te lo podrías ni imaginar.

—Sí, supongo que tiene que ser muy difícil reunir una suma tan grande —Chen sabía que, de seguir por ahí, a Dong le iba a resultar muy difícil mantener la compostura, pues se le notaba que no estaba cómodo. Y Dong también lo sabía.

—Puede decirse que rogué esos préstamos —dijo Dong tras beber con ansia de su taza de té—. Permite que te cuente una cosa, inspector jefe Chen… Cuando mi sobrino Junjun era un niño de corta edad, solía comprarle una Coca-Cola, algo que le encantaba, así que me convertí en su tío favorito. Ahora que tiene apenas veinticinco años, Junjun es millonario, ha sabido trabajar bien en la nueva economía. Mi sueldo mensual es para él poco menos que una botella de Coca-Cola, por lo que puedo presumir de su generosidad, ya que fue Junjun quien me dio la mayor parte del préstamo para la compra de mi casa, algo que de otra manera no hubiera sido para mí sino un sueño imposible… No obstante, hay que aceptar que el mundo está cambiando tan radicalmente como si el mar azul se convirtiera en un campo de moras.

Aquello podía ser cierto, al menos en parte. Chen comprendía perfectamente que hubiese un buen número de cuadros del Partido incapaces de resistirse a las tentaciones materiales devenidas de la reforma económica. Tal y como había dicho Dong, el sistema estaba muy lejos de ser ideal. Chen, por su parte, aun tratándose del inspector jefe que era, un hombre que trabajaba duramente a lo largo de jornadas agotadoras, no percibía un salario superior al de uno de los conserjes de la comisaría central. Por supuesto que disponía de dietas complementarias y algún plus en reconocimiento de su rango policial, como un coche, un subsidio de ayuda para el pago de su vivienda y cosas así… No estaba mal, pero carecía de dinero en efectivo para poner gasolina en el coche si quería darse una vuelta. Una vez vio un escritorio de caoba de la dinastía Ming en una vieja tienda de muebles. Le costó seis meses reunir la suma que le pedían. Cuando la tuvo hacía ya tiempo que el escritorio no estaba en la tienda.

No obstante, no se quejaba; sabía que su estatus era de privilegio, en comparación con el de tantos trabajadores de las empresas estatales al borde de la bancarrota, o en comparación con el de muchos otros que habían tenido que acogerse a los planes de jubilación anticipada. ¿Cómo no comprender que muchos funcionarios, cuadros o no del Partido, aspirasen a ganar cien veces más de lo que percibían? Pero Chen era un hombre educado en los 60 y seguía manteniendo el sueño romántico de una sociedad igualitaria y justa. Otros también mantenían esos sueños, de ahí que fueran muchos los que clamaban contra la corrupción.

—Nuestra tarea —volvió Dong a la carga— no es otra que la de estudiar los problemas económicos del presente y encontrar las soluciones más realistas.

Dong parecía así recuperar el paso perdido, de nuevo inquebrantable en su intento de callar al inspector jefe. A Dong, por lo demás, no le sería difícil conseguir del director del banco unos documentos, reales o no, que dieran cuenta del préstamo hecho por su sobrino, existiera o no. Chen lo sabía. Comenzó a considerar la posibilidad de que estuviera perdiendo el tiempo en aquel despacho.

Ya se disponía Chen a irse, cuando Dong dio inicio a otra de sus peroratas mientras vertía más agua caliente en la taza del inspector jefe.

—En el mundo de hoy —decía—, la gente tiene que moverse, buscar contactos. Todos lo hacen, sin excepción, si quieren prosperar. Incluido tú, inspector jefe Chen. Cuando el agua es transparente a los peces les resulta más difícil escapar del pescador.

—Bueno, eso depende de lo que entiendas por contactos, director Dong… Yo sólo soy un policía. A lo único que aspiro es a hacer bien mi trabajo.

—¿Preguntas quién ha de definir lo que son contactos? Pues supongo que los cuadros del Partido que trabajan duro, como tú y como yo, precisamente porque sabemos lo difícil que resulta desarrollar bien nuestro trabajo… Tú eres algo más que un cuadro de los comunes en el Partido. Tú eres, además de un policía muy destacado, un poeta muy conocido y un buen traductor. Sé que acabas de publicar un poemario, y sé que tiene mucho éxito y se vende muy bien.

—¿Te interesa la poesía?

—No exactamente, pero un amigo tuyo, el señor Gu, del Grupo Nuevo Mundo, me regalo un ejemplar de tu libro… No sé si lo sabrás, pero el señor Gu ha regalado ejemplares de tu libro a mucha gente.

—¿De veras? Pues nunca me ha comentado nada…

Gu era un hombre de negocios muy conocido, con el que Chen había hecho cierta amistad en el curso de una investigación. Aquello resulto bien para Gu, que se beneficio del buen trabajo del inspector jefe, por lo que se considero desde entonces como un gran amigo de Chen. Quizá por eso consideraba hacerle un favor regalando su libro.

—Por lo que he sabido, Gu compro al editor cientos de ejemplares de tu poemario incluso antes de que estuviera impreso —dijo Dong con una amplia sonrisa—. Bueno, ya sabes que los editores pierden dinero publicando poesía.

De modo que así estaban las cosas. Así se había producido el éxito de su poesía. Tenía que haberse cuestionado su éxito, por completo aparente, ahora lo sabía, desde el principio. El loco, o el tonto, era él, no el editor que parecía había asumido el riesgo de publicarle. Por lo demás, no le extrañaba que Gu hubiera hecho aquello, pues siempre le había dado muestras de su agradecimiento. Aunque lo más importante del asunto era saber cómo había llegado Dong a hacerse con los detalles.

Le pareció claro que Dong había estado leyendo informes sobre él antes de que entrara en su despacho. Parecía tenerlo todo muy fresco. Eso, naturalmente, llenaba de dudas al inspector jefe, pues no había dicho a nadie que fuera a visitar a Dong. Comprendió que la información acerca de que andaba tras su pista no podía haber llegado de otra parte que no fuese el cuarto de ordenadores de la comisaría. Alguien, sin duda, vio que había estado allí investigando a Dong y corrió de inmediato a darle el chivatazo.

Eso quería decir que, si Dong insistía en el asunto del libro de poemas, las relaciones entre Gu y Chen podrían interpretarse de manera muy diferente a como realmente lo eran. Chen estaba seguro de no haber hecho nada injustificable, nada que ocultar, pero muchos otros podrían ver las cosas de manera muy distinta.

—Eres todo un experto en el análisis de las situaciones, director Dong —dijo Chen tratando de ganar tiempo, aunque en vez de sorprender a Dong sintió que el sorprendido, y aun atribulado, lo era él. La conversación había derivado, en última instancia, hasta llegar a tocar aspectos en nada relacionados con el objeto de sus pesquisas, con la razón por la que había encaminado sus pasos hasta el despacho de Dong. Quizá hubiera tenido que ser más cauto, como le recomendó el inspector Yu. Llamar a las puertas del Partido podría resultarle realmente peligroso.

Dong, para colmo, no estaba dispuesto a dejar aquello como estaba.

—Reconozcamos que las cosas en China no son precisamente fantásticas —dijo—. Por ejemplo, tú no dispones de un apartamento lo suficientemente grande como para llevar a tu madre y que viva contigo. Una anciana obligada a vivir en un ático, a subir una oscura escalera… Cualquier día podría sufrir un grave accidente.

—Un accidente —musitó Chen, francamente alarmado, preguntándose la razón por la que Dong había dicho aquello—. Gracias por tu interés, director.

Sin esperar a que el inspector jefe dijera más, Dong siguió con su discurso:

—Tú trabajas muy bien, cumples perfectamente con tus obligaciones, inspector jefe Chen. Por eso deberías tener un apartamento de tres habitaciones por lo menos; así tu madre podría vivir contigo, así podrás cuidar de de ella mucho mejor de lo que ahora lo haces… Estarías en disposición de darle todos los cuidados que precisa una anciana para que nada malo pueda pasarle… Todo el mundo sabe que eres un ejemplo de cariño filial. ¿Sabes una cosa? Puedo hablar con el Gobierno de la ciudad para que se te solucionen los problemas de la vivienda.

Ahí estaba la primera insinuación, más allá de las amenazas veladas. Chen no tuvo la menor duda al respecto. El tipo que tenía ante sí era un diabólico gánster de las tríadas, disfrazado de honorable cuadro del Partido. Fue un instante crucial. Si se achantaba, si volvía grupas al caso, jamás podría olvidar el inspector jefe Chen que había actuado como un cobarde.

—Muchas gracias, director Dong. Tendré bien presentes tus palabras. Ahora, he de irme.

Cuando salía del despacho le vinieron a la mente los versos de un poema escrito por Wang Changling, poeta de la dinastía Tang, después de la batalla:

La brillante luna de la dinastía Qing… / El paso antiguo y esplendoroso de la dinastía Han… / Soldados tras soldados, ni uno de ellos regresó de tan larga marcha… / Una larga marcha de miles de millas. / Mas con el victorioso general de la Ciudad del Dragón aquí acampado, / los caballos de los tártaros jamás cruzaran la montana Yin.