27
La alarma del reloj despertador fragmentó su sueño de un gato negro que merodeaba por los tejados en mitad de la noche, bajo las estrellas, larga y fría la noche…
Chen se levantó rápidamente, hizo café, se dio una ducha rápida. Tenía que mostrar un buen aspecto, se dijo mientras aspiraba el delicioso aroma del café recién hecho. Se reuniría pronto con Catherine para programar las actividades del día destinadas a la delegación. Se tomó la primera taza de café casi de un trago, intentando por todos los medios emerger de los recuerdos del sueño que había tenido. Había trabajado hasta muy tarde por la noche. Estuvo leyendo toda la información aportada por Catherine, primero, y escuchando después las grabaciones de las llamadas. Era consciente de las razones por las que ella le había facilitado todo aquel material; sin duda esperaba Catherine que, con eso, adoptase él las precauciones debidas. Tenía Chen la impresión de que alguien había puesto en marcha algo que no le favorecía precisamente, pero no acertaba a decirse exactamente qué era… Los nombres que salían a colación en aquellas grabaciones nada le decían, a excepción del de Pequeño Tigre, dicho además en un contexto en verdad alarmante. Por ello, se puso en contacto con el director del hotel y le pidió permiso para usar su ordenador. Así fue como hizo llegar a Yu la transcripción de las conversaciones, que le había anunciado a través del teléfono acudiendo a la terminología meteorológica, seguro de que su compañero acabaría por dar con la clave.
Tardó mucho en dormirse, pensando, sopesando, preguntándose cosas. Podría ocurrir, en todo caso, que aquella información tan abundante y precisa que Catherine le había pasado, finalmente no sirviera para nada. No sabía cómo estaban las cosas realmente en Shanghai. Pero de lo que no le cabían dudas era del porqué le había facilitado ella todo aquello. Tampoco podía dejar de lado el hecho de que había sido una acción voluntaria, que podría acarrearle problemas, pues actuó Catherine, al hacerlo, sin consultar con su jefe siquiera, sin obtener su permiso. Cuando en el campus de la universidad le hizo entrega del gran sobre, estuvo unos segundos apretándole las manos con mucho calor. Chen lo comprendió todo entonces. Supo leer en los ojos de ella, azules, profundos, serenos… Hermosos como el cielo de Beijing en el otoño.
Finalmente había conseguido dormirse, pero sólo para que al poco le asaltaran pesadillas que lo iban despertando una tras otra. Una de ellas le era recurrente desde los días de su niñez. La noche negra se deslizaba en su cuarto a través de la ventana, llegaba a todos y cada uno de los rincones con sus largas lenguas muy negras. Él se convertía de repente en un gato también negro que curvaba el lomo preso del pánico, para escapar hasta el ático y desde allí subir al tejado. Huía de un tejado a otro. Los tejados estaban unidos, aunque sabía que en un punto se desunían. Temía caer entonces al abismo porque no sabía en qué punto quedaba interrumpida esa unión de los tejados. Sabía que caería al vacío. Sólo pedía que aún no, aún no…
Una llamada en su teléfono celular le sacó de sus abstracciones. Era Catherine.
—¿Sabes qué quieren hacer hoy tus chinos?
—Buena pregunta —no sabía Chen qué decirle. Catherine, sin embargo, tenía que darse prisa con los preparativos del día, eligieran los delegados lo que fuese. St. Louis no es una ciudad que tenga demasiados atractivos turísticos para quien sólo quiere hacer turismo. Shasha podría dedicar el día a sus compras en las tiendas de la alameda, quizá, pues no en vano acababa de recibir un sustancioso anticipo de su próximo editor en América. En cuanto a los otros, Chen, la verdad, no tenía ni idea… Recordó entonces lo que le había contado Tian, a propósito de una de las cosas que gustaban de hacer los chinos de visita en Estados Unidos.
—¿No hay un barco casino anclado en el río? —preguntó.
—Sí, ¿pero qué pasa con las normas tan estrictas que rigen para tus delegados?
—Como anfitriona americana que eres puedes hacer sugerencias… Mark Twain escribió varios cuentos sobre barcos del Mississippi en los que sucedían muchas cosas, algunas francamente divertidas… No estaría mal seguir esa tradición literaria tan americana…
—Ya veo —dijo ella con la voz divertida—. Eso me recuerda un proverbio chino: Roba las campanas, pero tápate las orejas… Lo que no quieres tú es que se escuche el ruido…
Catherine hizo la sugerencia mientras desayunaban. Nadie puso objeciones, salvo Peng, que formuló algo más que una pregunta:
—He creído entender que ese barco no se mueve… Entonces, si no se mueve, ¿para qué abordarlo? Me parece una tontería subirse a un barco anclado.
—Bueno, es un barco en apariencia como todos los que navegan por el río, es cierto —comenzó a decir Catherine—. Pero es que se trata de un barco casino, por eso permanece anclado. Según las leyes de este Estado, el juego es ilegal en su tierra, pero nada dicen esas leyes de las aguas. Así que se puede jugar y apostar en el río. Da lo mismo si el barco está o no en movimiento.
—Una excusa vulgar —dijo Zhong.
—Pura hipocresía —observó Bao—, típica del capitalismo americano.
—Eso pasa en todas partes —intervino Shasha—. También en China está prohibido el juego, pero el Gobierno ha legalizado el mah-jong y hace la vista gorda con las apuestas… Todo el mundo sabe que el mah-jong es muy aburrido si no se juega con el dinero en la mesa, bien a la vista…
Pero nadie puso más pegas. Ni siquiera Bao, que parecía muy contento ante la posibilidad de hacer algo relativamente prohibido.
—Cualquier lugar es bueno para divertirse —dijo Chen, más que nada por decir algo, pues creyó que tenía que intervenir—. Sigamos los pasos de Mark Twain, no vamos a quedarnos todo el tiempo metidos en el hotel.
—Muy bien, pues vayamos para allá —dijo Catherine.
Salieron del hotel alrededor de las once de la mañana. Chen tomó asiento al lado del conductor de la furgoneta, y Catherine se puso junto a él, al borde del pasillo entre las dos hileras de asientos. Su cabello rubio con reflejos escarlata se mecía dulcemente con el viento que entraba por las ventanillas. Llevaba una blusa blanca, una chaqueta beige muy ligera, y falda a juego con la chaqueta. Chen la sentía próxima y sensual. Se percató, sin embargo, de que ella se acariciaba de vez en cuando el tobillo, pero hubo de reprimir su intención primera, la de hacer aquello mismo que esa noche en los jardines de Suzhou, cuando ella se torció un tobillo y él estuvo acariciándoselo largo rato. Pero entonces sonó su teléfono celular. Era el detective Yu, desde Shanghai.
—Ya está pillado, jefe —le dijo.
—¿Cómo?
—Que hemos pillado a Ming.
—¿De verdad? ¿Y cómo ha sido?
—Es una larga historia… Ha sido gracias a la transcripción de las llamadas que me pasaste.
—¿Dónde está? —Chen no quería que los demás tuvieran noticia de aquello. Era un caso muy sensible, y además no se fiaba ni del conductor de la furgoneta ni de los delegados. Tampoco quería que Catherine se enterase, al menos de momento, prefería contárselo con calma.
—Se lo he entregado al camarada Zhao…
—Bien hecho —Chen intuyó el porqué de aquello que hiciera su compañero. Para un tipo como Ming, con tantos contactos, no hubiera resultado difícil escapar de la comisaría, ni del despacho de Li, el secretario del Partido en la Policía. Al fin y al cabo, por lo demás, se trataba de una investigación alentada por el Comité de Disciplina del Partido—. Te llamaré más tarde —dijo Chen a Yu—. Estamos a punto de subirnos a un barco.
Era una gran noticia, sin duda. Ming no era tan importante como Xing, pero con su detención podrían tirar de la manta y descabalgar el entramado de empresas corruptas, para desmantelar de paso la organización en Shanghai, con lo cual quedarían al descubierto muchas ratas, que así serían fáciles presas de los cazadores. Con las pruebas acumuladas, el Gobierno de Beijing podría solicitar sin dilación, a las autoridades americanas, la extradición de Xing.
Chen estaba contento, además, pues con todo aquello sin duda la investigación por el asesinato de An avanzaría claramente hasta la resolución del caso. Igual en lo que se refería al asesinato del joven Huang.
Estaba orgulloso, como policía, de haber ayudado a la captura del delincuente, rindiendo así un servicio importante a su país. Una vez más le vinieron a la mente las ideas de Confucio acerca de las responsabilidades de un intelectual. El pueblo chino lamentaba que el Gobierno de Beijing se entretuviese cazando mosquitos, pero no tigres. Ahora las cosas eran muy distintas.
Se volvió hacia Catherine. La contempló impávida. Ni un cambio en su expresión. Podía ser que no se hubiera percatado del contenido de la conversación. Chen quería contárselo, quería darle cuenta de las muy buenas nuevas recibidas de Shanghai, pero no en la furgoneta.
Llegaron al muelle donde estaba atracado el barco, una imitación muy historiada de los tradicionales barcos de vapor del Mississippi. El muelle quedaba a muy corta distancia del Arco de St. Louis, a unos tres minutos caminando. A la entrada del casino salió a recibirlos un coro de cantantes y bailarines a cambio de propinas. Raudos acudieron a la máquina expendedora de los tickets para acceder al barco. Las luces de neón del vapor prometían fortuna, el mayor de los éxitos. Para los escritores chinos, el casino flotante, en sí mismo, fue como una especie de objeto surrealista, si no uno de esos reinos que se describen en la novela clásica china Peregrino hacia el oeste, que Chen había leído en su niñez.
Bao se pasó un rato dando pasitos cortos y nervioso de un lado a otro, hasta que al fin echó el ancla frente a una máquina tragaperras. Al poco pareció que lo habían pegado a la banqueta. Jugaba poco a poco, modestas cantidades. Sostenía en una mano un vaso de plástico con las fichas, que subía y bajaba mecánicamente, como si estuviese ante una de aquellas máquinas con las que había trabajado en una fábrica en los años 50, en sus días de proletario, antes de convertirse en un poeta proletario. Zhong y Peng paseaban por allí como cazadores en un bosque ignoto, pero al poco se perdieron hasta borrarse como la sal en el agua. Shasha se apalancó ante la ruleta. Parecía el personaje de una de sus novelas.
Quizá porque tenían muy presentes las normas que regían para la delegación, tanto como las que regían en China para el común de los mortales, no querían que los otros supieran lo que hacía cada cual, así que fueron dispersándose por ahí. Nadie requirió los servicios de Catherine como intérprete, de manera que al cabo de un rato Chen y ella pudieron quedarse relativamente tranquilos, pero al menos a solas, en la primera planta del vapor. Hasta allí les llegaba el fragor de las fichas, de las sirenas, de las trompetas electrónicas; de las llamadas a jugar, en fin, que hacían las máquinas.
—No sabes cuánto nos ha ayudado todo el material que me diste —le dijo Chen.
—¿Qué te di yo? —preguntó ella a su vez como si nada.
¿Es que no quería hablar del caso? ¿Quizá le daba a entender que no le interesaban los pormenores, porque todo lo había hecho por él, única y exclusivamente por él? ¿Le indicaba que mejor callar al respecto, pues no quería por nada del mundo que se supiera lo que había hecho para ayudarle? Bien, mejor no hablar del asunto.
Shasha apareció de repente, como solía, con un vaso de plástico como el de Bao, lleno de fichas de distintos colores.
—Mejor será que no juegues, jefe —dijo a Chen con una sonrisa de complicidad.
—¿Por qué?
—Como dice un viejo proverbio, el que goza de los frutos del amor no tiene la suerte del dinero…
—Ya estás con tus bromas, Shasha…
—Bueno, si lo intentas con ella a lo mejor te sale bien —replicó Shasha cada vez más risueña—. Voy a ver si pesco algo más…
Chen se sentía afortunado, sin embargo, por lo que le había comunicado el inspector Yu. Una vez más Gu le había resultado de gran ayuda, al entregarle a su colega el ordenador portátil gracias al cual pudo hacerle llegar la información que había conducido a la captura de Ming. Poco después tomaba Chen asiento ante la mesa de blackjack con fichas por valor de diez dólares. Pidió a Catherine que tomara asiento a su lado.
—Tendrás que ir explicándome las reglas del juego —le dijo, albergando no obstante la esperanza de que podría hablarle del caso mientras jugaba.
—Es muy sencillo —dijo ella—. Todo es cuestión de suerte.
Realmente su presencia pareció darle suerte a Chen. Ya en las primeras manos ganó veinte dólares. Cuando pareció que la suerte comenzaba a fallarle, el croupier vio llegado su momento, pero no. Chen se recuperó de inmediato, ella le había dicho que siguiera intentándolo. Tenía ya un montón de fichas apiladas ante sí.
—Tienes muy buena mano, realmente —le dijo Catherine.
—Qué va, es la suerte.
—La suerte del principiante, la suerte que te llega desde Shanghai —apostilló ella.
Supo así Chen que ella se había percatado del asunto. Pero vio que seguía sin poder contárselo todo, porque cada vez se arremolinaba más gente para seguir la partida.
Una chica vestida de conejita se llegó hasta la mesa de juego. Era alta, guapa, con mucho pecho. Puso unas bebidas y Chen, imitando a los americanos, depositó la propina de unas fichas en el platillo que llevaba. Chen apenas reparó en ella. Estaba muy ocupado con las cartas que tenía en la mesa, y con las fichas para apostar. Se sentía flotar plácidamente, como lo hacía el barco en el río. Se sentía mejor que nunca. Vio entonces que Bao se le acercaba, con el vaso a media altura. Lo tenía vacío. Estaba claro que había perdido. No le quedaba ni una ficha, y seguramente ni un centavo.
—Toma, juega conmigo —le dijo Chen tomando un puñado de fichas y poniéndolas en el vaso de plástico de Bao.
—¡Veinte dólares! —exclamó Catherine.
—Gracias —le dijo Bao con una extraña expresión en el rostro, mezcla de distintas sensaciones—. Yo no tengo la suerte que tú, así que prefiero seguir jugando en la máquina. Lo haré poco a poco, para no perderlo todo rápidamente.
—No sé cuánto me durará la suerte —dijo Chen a Catherine mientras Bao se alejaba con el vaso lleno de fichas—. Claro que, en realidad, mi suerte eres tú.
Era verdad. La captura del mafioso en Shanghai hubiera sido imposible de no aportarle ella tanta información como contenía aquel sobre. Ahora tenía un nuevo as en la mano.
—Bao no ha vuelto a recibir llamadas desde L.A. —le confió ella en un susurro, rozándole la oreja con sus labios.
Era más que seguro, por otra parte, que Bao fuese por completo inconsciente de lo que había desatado con sus confidencias sobre Chen hechas a ese tipo de Los Ángeles. Chen asintió con una sonrisa ante el susurro de Catherine, pero no dijo una palabra.
Otra buena mano, y ya iban dieciocho consecutivas. Apostó dos nuevas fichas. El croupier ya no mostraba en su rostro ninguna expresión. Se limitó a dar cartas.
Entonces sonó el teléfono celular del inspector jefe Chen. Echó un vistazo al número. Era otra llamada desde Shanghai. No se trataba de Yu esta vez. Le llevó unos segundos darse cuenta de que quien quería comunicar con él era el camarada Zhao.
—Perdona, tengo que atender la llamada ahí fuera, hay mucho ruido en esta mesa —dijo a Catherine, levantándose—. Sigue jugando tú…
Salió a la cubierta, apoyándose en la baranda, sobre las aguas del río. Llegaba atenuada la algarabía de chinos y americanos que en el interior seguían jugándose alegremente los cuartos.
—¿Cómo es que me llamas a este número, camarada Zhao? —dijo inclinándose aún más sobre el agua, la baranda a la altura de su cintura, como para mejor alejarse del ruido.
—No te alarmes, Chen. El detective Yu me ha dado tu número, aunque he tenido que insistir mucho, no creas… Es un buen policía y un ayudante muy leal.
—Lo siento, camarada Zhao. No es culpa suya… Es que le he pedido que no dé mi número particular a nadie, aunque cuando se lo dije no me refería a ti, por supuesto…
—No tienes por qué disculparte. Me ha complacido mucho que el inspector Yu me trajera directamente a Ming. Ha sido un gran trabajo. Ahora comprendo por qué me pediste que autorizara a tu ayudante a seguir las investigaciones durante tu ausencia —dijo Zhao—. Así que nuestra tarea ha concluido brillantemente.
—¿Concluido?
—Xing ya viene de camino a China —Zhao hizo una pausa que a Chen le pareció eterna—. A cambio, Ming volará hacia los Estados Unidos…
—¿Y eso? ¿Cómo…?
—Es una historia muy larga para contártela por teléfono, cuando estés de vuelta te daré los detalles. Nosotros, quiero decir, algunos de nuestros agentes en América, hablaron con Xing en Los Ángeles… Le prometieron que no sería condenado a muerte si se entregaba y prestaba colaboración a nuestro Gobierno.
—¿Pero… cómo es posible? Condenado a muerte o no, Xing sabe que si regresa a China ya no tendrá escapatoria… Será como un cangrejo en una urna, o peor aún, como un cangrejo hirviéndose en el agua que cuece los brotes de bambú… Él lo sabe mejor que nadie.
—Bien, el caso es que hemos conseguido llegar a la resolución del caso gracias a la información que nos has dado desde América. Eso ha supuesto el final de Xing. Sabe que no tenía otra elección —dijo Zhao—. Al fin y al cabo, es un buen hijo, como tú mismo, y no quería que su madre sufriera por Ming
—No puedo concebir que Xing se haya entregado, con todos los cargos que pesan contra él, para salvar a su hermanastro, al que ni siquiera ha reconocido públicamente… ¡Pero si Ming es su hombre de paja!
—Deja que te siga contando —dijo el camarada Zhao—. La detención de Ming supone un simple aspecto del caso tan complicado que investigamos… A su través hemos accedido a un montón de informaciones, de pruebas incriminatorias contra Xing. Con todo eso nos sería muy fácil pedir su extradición a los americanos, pero no hará falta. Xing no es tonto. Sabe que ya se le han esfumado las mínimas posibilidades que tenía de pedir asilo político, pues podríamos demostrar que no es más que un delincuente. No las tenía todas consigo, sabemos que intentó escapar de Estados Unidos, pero las autoridades americanas se lo impidieron. Ya era presa fácil, así que decidió entregarse a nosotros.
—Eso puede que sea verdad —dijo Chen, recordando que Xing había puesto en venta su mansión de Los Ángeles—. ¿Eso quiere decir que Ming queda en libertad para instalarse en Estados Unidos como le venga en gana?
—No he tenido tiempo de leer toda la información remitida por nuestros agentes en L.A., puede que haya algunas condiciones…
—Pero es que tengo la completa certeza de que Ming está implicado en el asesinato de An, ya te lo dije…
—No estás seguro de eso, Chen, no tienes pruebas… Por otra parte, en tu comisaría siguen investigando las circunstancias de ese crimen, y puedes estar seguro de que en cuanto caigan los culpables serán duramente castigados —dijo Zhao ahora con mucho énfasis—. Como te decía, el caso ha quedado resuelto satisfactoriamente, camarada inspector jefe Chen.
—Así que hemos llegado al final —dijo Chen dubitativo, intentando ganar tiempo, aunque se temía que continuar presionando a Zhao podía resultar contraproducente—. ¿También concluye con esto la campaña contra la corrupción que venimos librando con tantos esfuerzos?
—No, eso sigue siendo una tarea prioritaria, así como controlar el daño, también a nuestra imagen internacional, que los hechos nos hayan podido causar. Ahora tenemos a Xing en nuestro poder, y eso hablará mucho a nuestro favor. Además, para alguien como Xing, pasarse unos cuantos años en una oscura mazmorra será peor que la muerte. Un castigo extraordinario.
—Camarada Zhao, supongo que has oído algo sobre el asesinato en St. Louis del joven Huang, nuestro intérprete…
—Claro que he oído hablar de eso… ¿Pero qué podemos hacer? El crimen se ha producido en el extranjero. Recuerda que no estás autorizado a actuar en América como policía, no queremos suscitar ningún conflicto diplomático, precisamente en estos tiempos de distensión entre los dos países… Por nuestra parte, creemos que la delegación ha cumplido perfectamente nuestros objetivos, y creo que será mejor que estéis de regreso en China pronto. Del asesinato del joven intérprete tendrán que ocuparse las autoridades americanas, pues se trata de su responsabilidad. Ten por seguro que sabrán cómo resolver el caso.
No dejó de inquietar a Chen que Zhao supiera de sus actividades como investigador en América. Seguro que ésa era otra de las razones de que lo llamara a su teléfono particular. Prefirió Chen, en cualquier caso, no decirle nada a propósito de su certeza cada vez más arraigada: que mataron a Huang por haberlo confundido con él. Le parecía evidente que las cosas iban muy rápidas, y además por caminos de cuyo trazado nada sabía… Zhao barría sin más sus tesis sobre el asesinato de Ann. De hecho, la transcripción de las llamadas no probaba nada al respecto, eso tenía que admitirlo el inspector jefe.
—La lucha contra la corrupción —siguió diciendo Zhao—, es una batalla larga y a menudo cambiante, Chen… No se trata sólo de resolver un caso o dos. El Comité de Disciplina del Partido quiere darte las gracias por tu trabajo. Una vez más, has demostrado que eres un policía excelente y un cuadro del Partido muy leal… Te sabes mover perfectamente en las situaciones más complicadas y peligrosas. Necesitamos de las aportaciones de gente joven como tú, camaradas fiables… Sólo así veremos coronados con éxito nuestros esfuerzos en la lucha contra los corruptos.
—Gracias, camarada Zhao, pero…
—Es una llamada de larga distancia, Chen, y me va a salir muy cara… Hablaremos con más calma cuando hayas regresado a Shanghai. ¿Qué tal si nos reunimos a cenar en mi hotel? Sé que te gusta la buena mesa. Mira, el chef de este hotel es magnífico, ha ganado el oro en el concurso de cocina de Sichuan. Prepara como nadie la carpa frita con salsa de alubias y garbanzos… Tengo una botella de Maotai preparada para recibirte. Recuerda siempre, por favor, estos versos de Liu Guo: ¿Supo el general Li, que de haberse reunido con el Primer Emperador Han, / podría haber alcanzado el título de duque?
—Así lo haré —dijo Chen.
El general Li es una figura legendaria de mediados de la dinastía Han; sus desavenencias con el Emperador le impidieron acceder a los cargos que se merecía por su arrojo en la batalla. Liu Guo, un poeta mediocre de la dinastía Song, se limitó a hablar de sus propias frustraciones en la corte, utilizando arteramente la figura histórica del general Li. Chen no tenía la menor idea de cuál podría ser en la China actual el título equivalente al antiguo de duque. No creía, en cualquier caso, que le tuvieran preparada cualquier sorpresa al respecto.
—A tu edad, Chen, me repetía constantemente esos versos… Pero ya sabes lo que ocurrió aquellos años. Ahora, por ventura, las cosas son completamente distintas en China. Un hombre joven como tú puede acceder a los cargos más importantes —concluyó Zhao—. Espero que no me defraudes, Chen, confío mucho en ti.
Chen quedó sumido en un completo estado de confusión. Tenía los pensamientos embarrados, dándole vueltas en la cabeza como aquellas olas leves que contemplaba en las aguas del río. Nunca hubiera supuesto que el caso más importante de corrupción en China acabara de aquella manera.
Seguramente, el camarada Zhao le había dicho lo que tenía que decirle. Sin más. El resto era por completo ilógico, y como tal, inexplicable. Quizá ni el propio veterano dirigente supiera de qué se trataba.
Las autoridades del Partido habían tenido la intención de castigar severamente a Xing y a sus compinches, Chen no albergaba dudas sobre eso. Pero la situación, probablemente, se les había ido de las manos, a causa precisamente de los muchos y muy importantes cargos involucrados en la trama. Esa podía ser la razón de que el Comité de Disciplina del Partido hubiera tenido que dar marcha atrás. Chen contemplaba ya su papel en los mismos términos que le había adelantado Yu: el de un espectáculo, el de hacer ver que algo se movía, pero sin tocar realmente nada. Lo habían utilizado para dar a las investigaciones cierta credibilidad. Mientras, unos agentes del Gobierno de Beijing negociaban en secreto con Xing en Los Ángeles.
¿De veras se podría creer que Xing iba a colaborar hasta el fin, que iba a ayudar a las autoridades a desenmarañar aquella madeja de corruptos? Nadie podría asegurarlo, tal como estaban las cosas. Además, las autoridades de Beijing ya habían llegado al fondo del asunto, tal y como proclamaría en breve El Diario del Pueblo, con la colaboración de Xing o sin ella. Más bien le parecía a Chen que la vuelta de Xing a China bien podría ser utilizada por las autoridades de Beijing como cortina de humo. Un hecho puramente publicitario que dejaría a salvo al resto de los corruptos, enquistados en el aparato estatal. Puede que cayeran unas cuantas ratas más, las menos importantes. Nada que pusiera en duda la legitimidad del Partido. El Gobierno de Beijing ya tenía su demonio que ofrecer a las iras populares.
El mensaje que acaba de recibir el inspector jefe Chen era inequívoco: la investigación había llegado a su final. Tenía, pues, que darse por satisfecho. Tenía que sentirse feliz, así las cosas, con el reconocimiento de las autoridades del Partido, con los elogios recibidos por su trabajo.
¿Qué trabajo, sin embargo?, se preguntaba Chen.
¿Qué pasaba con el asesinato de An?
¿Qué pasaba con el asesinato del joven Huang?
También en esto había recibido ciertas sugerencias: no tenía que seguir por donde iba, los casos estaban en manos de otros policías. Podía hallar consuelo diciendo que no le quedaba otra opción, que era una cuestión de vidas o muerte, sobre todo para él… Y acaso también para el país, aunque desde otro punto de vista, desde luego. Como cuadro del Partido y oficial de la policía, tenía razones más que sobradas para estar contento con su trabajo. Eso le había dicho el camarada Zhao, un hombre importante.
No obstante, Chen no podía quitarse de encima el complejo de culpa que lo embargaba. Trató de pensar en algo, qué hacer a su regreso a China. El asesino de An seguía suelto, y mucho se temía que continuaría así. Las cosas estaban claras. El asesinato del joven intérprete, lo mismo; imposible ya que quienes habían urdido aquella trampa salieran a la luz pública, protegidos como lo estaban por las autoridades chinas. No fue un crimen, bien que fallido en su objetivo último, preparado en Los Ángeles, sino en Shanghai. Cada vez estaba más seguro de eso… Todo le conducía a tan terrible conclusión. Un crimen preparado con la anuencia de las autoridades de la Ciudad Prohibida.
Un barco pasaba por el río haciendo sonar la sirena. No obstante todos los parabienes expresados por el camarada Zhao a través del teléfono, estaba suspendido ya de su cargo de enviado especial del Emperador. Y despojado de su espada insobornable. No era más, a título oficial, que el jefe de la delegación oficial de escritores chinos. Así que haría mejor volviendo a entrar en la sala de juegos del barco casino. Tenía que cuidar de que no hubiera incidentes. No importaba si sus delegados perdían o no el dinero que tenían encima, pero que no hubiera ningún incidente, eso era lo que preocupaba a las autoridades chinas. No querían ningún altercado con posibles implicaciones diplomáticas. Otra cosa que le había dejado bien clara el camarada Zhao.
Cuando se presentan muchas cosas absurdas, nada es realmente absurdo.
Para su sorpresa, Chen se encontró a todos los chinos de su delegación juntos, rodeando a Bao, que seguía en su banqueta, ante la máquina tragaperras. Iba ganando. Ahora tenía lleno el vaso de plástico. Shasha sostenía elegantemente la copa de un cóctel. Peng y Zhong miraban y fumaban en silencio. Ambos lo habían perdido todo y sin duda aguardaban la entrada del jefe de la delegación suponiendo que también recibirían algo de lo que había ganado, para que pudieran seguir jugando. Todos suponían que acababa de hablar con alguien en China, de tan larga como fue la conversación. Catherine se plantó ante él con un cheque en la mano.
—Tardabas tanto en volver que fui a cambiar tus fichas por el dinero —le dijo sin más—. No está mal, has ganado, pero quizá no debas seguir tentando la suerte.
La suma no era excesiva, unos quinientos dólares, pero para haber empezado con diez, realmente no estaba nada mal. Supuso que Catherine tenía razón. Mejor no seguir tentando la suerte.
—Muy bien —dijo Chen sacando unos billetes de su cartera—. Veamos si es posible reunir entre todos dos mil dólares, para hacérselos llegar a la familia de Huang en nombre de la delegación.
—¡Maldita sea! —exclamó Shasha mientras rebuscaba en su bolso—. Sólo me quedan veinte dólares.
—No tenemos por qué hacer eso —protestó Bao agitando su vaso lleno de fichas—. Que se encarguen las autoridades del Partido, como siempre hacen.
—Es posible que no tengamos que hacer eso, ni lo de más allá —dijo Chen, ahora francamente enojado—. Pero podríamos considerar que el joven Huang murió por nosotros, ya que estaba aquí para ayudarnos… El no era eso que llamamos un escritor, como creemos serlo tú y yo.