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Al inspector jefe Chen no le dejaron mucho más tiempo para seguir la pista de las últimas investigaciones hechas.

El canto del grillo se confundió con el timbre del teléfono cuando apenas comenzaba a despuntar el nuevo día. Abrió los ojos desorientado. Le llamaba desde Beijing el presidente de la Asociación de Escritores, Wang Yitian.

—Inspector jefe Chen, tenemos una tarea que encomendarte, de gran importancia… Te hemos designado jefe de la delegación china de escritores que participará en un encuentro entre escritores chinos y norteamericanos, a celebrar en Los Ángeles la semana próxima… Bueno, para ser más exactos, tendrás que viajar pasado mañana.

—No puedes hablar en serio, presidente Wang —le dijo Chen, casi sin poder abrir los ojos, herido por la claridad que comenzaba a filtrarse en su cuarto—. Tendría que disponer de más tiempo para preparar ese encuentro como es debido. Además no tengo la menor noticia de ese encuentro entre escritores.

—Lo comprendemos —dijo Wang—. Pero te aseguro que llevamos meses hablando con los americanos para prepararlo todo. La responsabilidad de encabezar nuestra delegación recayó primero en el camarada Yangjun, pero ha caído súbitamente enfermo, por desgracia… Teníamos que reemplazarlo rápidamente y por eso hemos pensado en ti.

—¿Pero cómo voy a reemplazarle? Yang es un escritor reconocido internacionalmente. Hay otros escritores mucho más conocidos y reconocidos que yo… ¿Quién era el segundo de Yang en la delegación?

—Bao Guodong, ya sabes, un escritor perteneciente a la clase obrera, pero hubiera parecido una broma ponerlo al frente de la delegación… No habla ni una palabra de inglés ni tiene el menor conocimiento de la literatura americana… Para colmo, suele referirse a los americanos según la equivalencia fonética, que no traducción, de sus nombres. Así, por ejemplo, como el doctor Hegel deviene en chino en el doctor Hei, le llama doctor Negro, imagínate…

—Bien, pues que no sea Bao el jefe de la delegación, nombrad a otro… Cualquiera puede ostentar esa representación.

—El encuentro ha levantado muchas expectativas, habrá un montón de gente pendiente de lo que allí se diga. No se celebraba algo igual desde 1989, por lo que es un evento que adquiere características de gran conferencia internacional… No, un escritor cualquiera no puede encabezar nuestra delegación, nada de eso…

—No estoy de acuerdo, presidente Wang… No sé qué pretendes —volvió a protestar Chen.

—Estamos ante una oportunidad única de mejorar nuestra imagen internacional, Chen… Por eso acudimos a ti, porque eres un escritor de gran talento, que hablas inglés; un escritor políticamente serio, además… ¿Cómo no pensar en ti como jefe de nuestra delegación? Además, como cuadro prestigioso del Partido que eres, no podíamos pensar en otro más digno de representarnos. Eres un poeta moderno y un gran traductor de inglés; tienes un profundo conocimiento de la literatura occidental, y además has sido anfitrión de muchos escritores extranjeros que nos han visitado… Hablas muy bien inglés, repito, pero creo que no hay ningún escritor americano que hable chino, con lo cual sale reforzada nuestra imagen internacional… Podemos presumir de ser más cosmopolitas que ellos… Ten en cuenta además… —Wang hizo una pausa, para proseguir—: Ten en cuenta además que no sólo pensamos en tu categoría como escritor, sino también en que, por tus responsabilidades políticas, sabes bien qué decir y qué callar… Como representante del Congreso del Pueblo en Shanghai eres, pues, el más idóneo para encabezar nuestra delegación.

—Es un honor que hayas pensado en mí, camarada presidente Wang —dijo Chen mientras su mente intentaba buscar más excusas—, pero, en contra de lo que dices, me parece que soy demasiado joven y por lo tanto inexperto como para encabezar una delegación oficial de nuestro país… Creo que sería mejor enviar a un escritor de aspecto más venerable… Y no creo que mi posición en el Partido sea una ventaja, al contrario.

—Eso ni se discute, camarada Chen. Eres un cuadro importante del Partido y me parece por completo innecesario discutir al respecto.

—No creo, honestamente, ser tan popular como dices, camarada presidente Wang; sobre todo, no lo soy entre los escritores de mayor edad. Es más, apenas tengo obra, sólo he publicado un poemario… No me parece currículo suficiente como para encabezar una delegación oficial.

—No creas que hay tantos escritores capaces de encabezar una delegación. Si hemos pensado en ti, ha sido también porque no perteneces a los círculos literarios convencionales. Por otra parte, no creo que los escritores de más edad te critiquen, ni creo que desaprueben nuestra elección.

—Claro, no lo harán por mi trayectoria política y profesional —dijo Chen.

—No pienses en esas cosas ahora… Pero, ya que lo dices, sí; también hemos pensado en ti por ser una persona muy disciplinada… cuando hay que serlo.

—Ya, también se trata, me parece, de reforzar la disciplina del grupo de escritores seleccionados…

—Camarada Chen Cao, no puedes negarte a la designación. Es en el mayor interés del Partido.

—Claro, en el mayor interés del Partido —dijo Chen, aplastando violentamente la colilla del cigarrillo, un gesto que el otro no podía ver.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea telefónica. Wang esperaba su respuesta, sin duda porque consideraba que ya había dicho cuanto tenía que decir. Desde unos minutos atrás comenzaba a levantarse mucho ruido en la calle. Chen se acercó a la ventana y vio un coche rojo descapotable en el que ladraba sin cesar un perro. Un gran atasco de tráfico en la calle a pesar de la hora temprana. De un tiempo a aquella parte se habían puesto de moda en China las mascotas. Nunca había visto una escena como la que contemplaba ahora, salvo en las películas americanas.

—No sé si estarás al tanto —dijo Chen finalmente—, pero estoy inmerso en una investigación de capital importancia, encargada además por el Comité de Disciplina del Partido.

—Sí, lo sabemos. Hemos hablado con varios camaradas responsables del Partido en Beijing.

—¿Sí? —aquello, realmente, no sorprendió a Chen; al parecer todo el mundo estaba ya al cabo de la calle de la investigación que le había encargado el Comité.

—Todos los camaradas responsables tienen en gran estima tu trabajo, pero no creen que el hecho de que encabeces durante un par de semanas la delegación pueda afectar a tu tarea. En cualquier caso, el camarada Zhao Yan ha salido en dirección a Shanghai.

—¿De veras? ¿Sabes por qué razón?

—No, no lo sé… Los viejos camaradas como Zhao acostumbran salir de Beijing en verano… Supongo que se pondrá en contacto contigo, claro.

—Claro —dijo Chen, suponiendo que sería en vano continuar argumentando—. Te llamaré en breve, presidente Wang.

Incluso bastante después de concluida la conversación no había conseguido Chen barrer la desazón que invadía sus sentimientos.

¿De veras podría tratarse todo aquello de una simple coincidencia?

Como policía, no podía creerlo. Pero tampoco estaba seguro de que hubiera podido ser Jiang, por ejemplo, quien moviese los hilos para que lo nombraran jefe de una delegación de escritores en viaje a Estados Unidos, apartándole así de sus investigaciones. Pero, ¿de dónde partía todo aquello? El inspector jefe Chan no tenía otra, sino recapitular.