22
Hacia las ocho y media de la mañana todos los de la delegación sabían ya la mala nueva de la muerte del joven Huang.
El teléfono de la habitación de Chen no paraba de sonar, como una campanilla fúnebre.
Bao fue el primero en acudir, con voz de trueno dijo:
—¡Esto es por completo inaceptable! ¿Cómo ha podido pasarle algo así a un miembro de una delegación china? ¡Hemos de pedir responsabilidades a los americanos!
—Ya están trabajando en el caso —dijo Chen—. He hablado con el policía encargado de la investigación.
—Informemos a la Embajada china.
—Ya lo he hecho. La gente de la Embajada se ha puesto en contacto con la familia de Huang. Saldrán hacia aquí mañana.
—Pues informemos al ministerio chino de Exteriores en Beijing. Esto es un incidente diplomático muy serio.
—De acuerdo, así lo haremos, aunque supongo que ya se nos habrá adelantado la Embajada.
—¿Y qué se supone que hemos de seguir haciendo aquí? —intervino Shasha, cubierta aún con su salto de cama y en chanclas, pintadas las uñas de sus pies de un rojo sangre.
—Aquí seguiremos, vamos a colaborar con la Policía. Vendrán unos detectives a tomarnos declaración.
—¡Eso es absurdo! —protestó Zhong, que acababa de irrumpir en la habitación de Chen—. El Gobierno americano nos invita a venir, y uno de los nuestros muere asesinado… ¿Por qué hemos de prestar declaración a sus policías?
—No te preocupes por eso, es cosa de rutina… No creas que te consideran sospechoso —dijo Chen medio en broma—. La Embajada china está de acuerdo en que hemos de colaborar de todas las maneras posibles.
—Y además de prestar declaración, ¿en qué más podríamos colaborar? —insistió Zhong.
—Se nos hará muy difícil seguir con el programa de actos y visitas, porque la noticia atraerá a los medios de comunicación y la universidad tampoco será ajena al caso. Así que aguardemos, esperemos expectantes el desarrollo de los acontecimientos. Mientras, seamos precavidos…
—¿Quién nos servirá de intérprete ahora? —se interesó Shasha.
—Haré todo lo que pueda —dijo Chen—. Hablaré sobre eso con los americanos.
Chen se pasó la siguiente media hora haciendo llamadas telefónicas, dando explicaciones, tomando notas sin parar ni un minuto… Las dos instituciones americanas encargadas de atender a la delegación china eran universitarias. Una de ellas, la Universidad de Washington, que disponía de un Departamento de chino, prometió enviar algún intérprete.
Pasadas las nueve de la mañana, recibió Chen una llamada de la recepción del hotel. El detective Jonathan Lenich acababa de llegar acompañado por una intérprete. Esperaban en el vestíbulo. Chen y Bao bajaron de inmediato.
—¡Ah, usted debe de ser Mr. Chen Cao! —dijo a modo de salutación una mujer rubia vestida con blusa blanca y pantalones vaqueros, que se expresaba en chino—. Soy Catherine Rohn… La universidad me ha enviado para que les sirva de intérprete, aunque me han dicho que usted habla inglés.
—¡Oh, Catherine! —Chen estaba atónito, apenas supo reaccionar tras darse cuenta de que, al hablar en chino, Catherine no se dirigía precisamente a él, aunque le hubiese aludido—. Gracias por su ayuda, Miss Rohn.
Había quedado claro que al presentarse así no pretendía, en efecto, otra cosa que actuar como intérprete. Pero tenía que haber alguna razón más para que la hubiesen asignado esa tarea, siendo como era policía. Una policía experta, además. Era un caso sensible, ciertamente; mucho más de lo que sin duda pensarían algunos americanos. De lo contrario, no habrían enviado a una Marshal como intérprete de incógnito.
No era, pues, el momento de que Chen demostrase que la conocía, ni muchos menos que tenía con ella una cierta relación de amistad. Intuía cuál era la razón de su presencia junto al detective. No podía consentir Chen que el resto de los chinos especularan tontamente. Aquello era, en suma, un asunto de trabajo, por así decirlo. Mejor haría, pues, no diciéndole nada de carácter privado, ni siquiera en inglés.
Fuera cual fuese el porqué de su presencia allí, en cualquier caso, podía confiar en ella, de eso estaba seguro. Incluso después de tan largo silencio entre ambos… ¿O acaso no?
Tantos días desde que partiste cual nube viajera que olvidó regresar, ignorante del trazo de la primavera en busca de un final…
—Ya habrá oído hablar de la situación en que nos encontramos —atajó Bao, en chino, a la intérprete. Hasta entonces, debido a la barrera del lenguaje, apenas había podido ejercer como secretario del Partido en la delegación, y ahora creía llegado su momento. En cualquier caso, no podría responder ella a las preguntas que le hiciera Bao, aunque supiera las respuestas.
—He oído decir que ha sido un accidente —dijo ella, alargándole su tarjeta de visita personal—. La Universidad de Washington me ha llamado a hora temprana para que les sirva de intérprete, pero no me han dado más detalles… Para eso, hable usted con el detective Lenich.
Catherine, acto seguido, tradujo todo aquello al inglés para ponerlo en conocimiento del detective.
—Soy el responsable de la investigación —dijo Lenich—, pregúnteme lo que desee —añadió para que se lo tradujese a Bao.
Pero todo lo que pudo preguntarle Bao sonó retórico, oficial, como si le fuera soplado desde los despachos de Beijing para los que trabajaba. Chen se dio cuenta de que Bao no podía estar en ningún caso a la altura de las circunstancias, todo aquello se le iba de las manos. No obstante, mientras Bao seguía diciendo sus cosas, Chen aprovechó para lanzar una mirada significativa a Catherine. La encontró cambiada, y no precisamente a peor. Alta, esbelta, aún más bella que antes, encendido su rostro… Y aquella melena rubia que le caía hasta los hombros… Pero observó otra diferencia: sus ojos eran marrones en vez de azules, luminosos y vivaces, como se los recordaba. ¿Un efecto quizá de la luz del vestíbulo del hotel?
Es difícil encontrar… Una sentencia de Li Shangyin, que le llegó a la memoria aunque no sabía si con otro significado. Una dificultad, acaso, que no hubiese que expresar en términos de distancia, sino en los de la imposibilidad de comunicarse en el encuentro. Quizá como en otro verso del tiempo de la dinastía Tang: A veces no decir expresa mucho más que el mero decir.
Catherine se ocupaba de traducir a Bao y a Lenich, respectivamente, y lo hacía rápido y bien. De vez en cuando deslizaba una mirada rauda hacia Chen, en la que pretendía ver el inspector jefe cierta familiaridad, que sin embargo no le concedía a través de una sonrisa.
Comenzaron a bajar al vestíbulo más escritores chinos. No paraban de preguntar cosas a los americanos, lo que obligaba a Catherine a un esfuerzo demoledor.
—Me gusta mucho China —dijo para responder a una de las preguntas que le hicieron—. Hace algún tiempo viajé a vuestro maravilloso país. Tuve un guía extraordinario, fue una experiencia maravillosa. Confiad en mí, intentaré hacer mi trabajo lo mejor que pueda.
Catherine le acababa de mandar un mensaje, que alegró profundamente a Chen. Supo ella, además, ganarse la confianza de los chinos con unas pocas palabras, pues se encontraban perdidos sin el joven Huang.
—La verdad es que este viaje ha estado plagado de infortunios desde el principio, parece una maldición —dijo Zhong, que se mostraba muy abatido—. Ya antes de partir tuvimos el contratiempo de la enfermedad de Yang…
Chen no hizo caso de la indirecta de Zhong. Intentaba hablar con el detective Lenich, pero apenas podía, interrumpido de continuo por los otros, que parecían más locuaces, aparte de preocupados, que nunca. Un grupo de chinos nerviosos hablando a voces en el vestíbulo de un hotel americano, no sería digno de verse, mucho menos en tanto los periodistas norteamericanos comenzarían a caer en breve sobre la noticia. El director del hotel, agobiado por aquel espectáculo, les ofreció entonces un salón, para que se reunieran y desde el que poder ofrecer información a la prensa sí así lo deseaban.
—Tiene usted un gran trabajo por delante, con tantos chinos preguntándole cosas, Miss Rohn —le dijo Chen en tono amistoso mientras el grupo se dirigía al salón ofrecido—. Están en sus manos. Me alegra que se encuentre con nosotros, apreciamos mucho lo que hace.
—Llámeme Catherine… Me gusta hacer lo que hago, Mr. Chen.
La entrevista con el detective Lenich no produjo nada digno de mención. El policía americano sólo se ratificaba en su tesis primera: aquello había sido un asesinato callejero típico, en el que daba la casualidad, sólo eso, de que la víctima era un chino que formaba parte de una delegación oficial. Uno de sus ayudantes investigaba acerca de los delincuentes habituales de aquella parte de la ciudad, y en efecto, la toma de declaración a los chinos no parecía ir más allá de lo puramente rutinario.
Los escritores, pues, irían desfilando ante él, uno a uno, para responder a sus preguntas. Zhong fue el primero. Catherine, claro, haría de intérprete. Chen y los demás permanecían a la espera en el salón ofrecido por el director del hotel, mientras los interrogatorios se producían en un cuarto anejo. Casi no hablaban. Chen aprovechó que había teléfono para seguir haciendo gestiones. Poco después entraba Zhong con el rostro lívido. Bao fue el segundo en prestar declaración. Chen oyó voces, las de la prestación de declaración de Bao, que hablaba muy alto, y las de la traducción de Catherine. Seguro que Catherine sudaba tinta. Luego iría a declarar el propio Chen. Para el detective Lenich aquello era cosa de trámite, pero Bao se lo tomó muy a pecho, sin cejar en su afán de pedir responsabilidades a los americanos. Hubo de intervenir Chen, de tan fuertes como eran las voces del chino, aunque sin obtener resultados.
Incapaz de reconducir la situación, Chen sugirió una pausa.
—Quizá ha llegado el momento de que nos vayamos a almorzar para seguir después —dijo.
—Podemos comer aquí mismo —dijo Bao, ciertamente colérico—. Fuera del hotel ya no podemos sentirnos seguros. Hay un restaurante chino en la alameda, podemos ordenarles el almuerzo.
Tras echar una mirada significativa a Chen, Catherine tradujo al policía americano la sugerencia del chino. Lenich y Chen se mostraron de acuerdo con que les llevaran comida china al salón donde estaban. Cuando Chen se dirigió al grupo de escritores para comunicárselo, Shasha, sin embargo, preguntó si cada uno podía comer en su habitación, pues le vendría bien tomarse un descanso y estar a solas.
Tras consultarlo con Lenich, Chen aceptó la propuesta de la novelista.
—Bien, el que guste, que vaya a comer a su habitación una vez haya recogido su plato —comunicó Chen—. Yo me quedo con los americanos.
Cuando llegó la comida el detective Lenich decidió regresar a su despacho, aprovechando la pausa. Dijo que volvería en una hora. Catherine y Chen quedaron por fin a solas en el salón, sentados a una mesa, frente a frente. Chen tenía ante sí una ración de langostinos con salsa dulce y nueces, y ella comenzaba a atacar un plato con carne de cerdo a la barbacoa. Tardaron en hablarse, sin embargo.
—¿Cómo es que vienes como intérprete? —rompió finalmente Chen el fuego, reposando sus palillos.
—Bueno, llevo años estudiando chino —respondió Catherine. No parecía cómoda con la pregunta—. No me avisaste de tu viaje —le reprochó después.
—Intenté comunicar contigo varias veces, pero nunca descolgabas el teléfono. Además, ya sabes que nuestras delegaciones tienen normas estrictas. Ayer mismo, por la tarde, intenté llamarte por teléfono de nuevo, pero fue en vano, saltó el contestador automático. No te dejé un mensaje porque en ese momento no recordaba el número de mi habitación.
—¿No llamaste desde tu habitación? —preguntó ella, aguda, y antes de esperar la respuesta de Chen añadió—: Creí que te habías olvidado de mí…
—No… Claro que no… Pero no he dejado de preguntarme todo el tiempo si sería buena idea que nos viésemos, pues ya ves en qué condiciones he venido aquí y ya sabes quién soy.
—Eso es muy considerado por tu parte —dijo un tanto sarcástica ella mientras se llevaba la copa a los labios—. Bueno, mis superiores me han pedido información sobre ti, precisamente por ser quien eres…
—Claro, debí suponerlo.
—Como jefe de la delegación tendrás un montón de responsabilidades, me hago cargo… Sobre todo, a la vista de algunas noticias…
—¿Has oído hablar de eso? Realmente, sabes mucho… —dijo Chen sin acabar la frase que pretendía.
Sintió el inspector jefe Chen que no había entre ambos aquella confianza que los unió en Shanghai. Le resultaba difícil hablar con franqueza.
¿Y ella? ¿Cómo iba a comportarse de otra manera, hallándose en la situación en que estaba?
Catherine no le quiso decir algo que Chen intuía: que estaba allí como parte del equipo de investigación de un caso de asesinato, no porque supiera chino.
—Lamento no haberme puesto en contacto contigo —dijo él a modo de resumen de sus sentimientos—. ¿Te acuerdas de Gu, el dueño del Dynasty Karaoke Club, donde te presenté como mi novia?
—Claro que lo recuerdo, un astuto hombre de negocios…
—Le dije que vendría a América y que quizá te viese, y me dio un regalo para ti, recordándote como mi bella novia americana, ya ves… Lo tengo en mi habitación.
—¿Y qué le dijiste de mí?
Pero no pudo responder Chen, porque les interrumpió Bao, que hizo acto de presencia con un plato de albóndigas de masa guisada. Dijo que quería preguntar algunas cosas a Catherine.
—El camarada Bao —terció entonces Chen sin poder ocultar su frustración por no poder seguir hablando a solas con ella— es un escritor muy conocido en China y secretario del Partido en nuestra delegación —ya no era una sorpresa que Bao quisiera hacer valer su cargo, al menos si la situación no era muy complicada, aunque tenía Chen la sensación de que, por encima de todo, vigilaba sus pasos… Una sensación que podría llegar a resultarle exasperante, por ejemplo en momentos como aquel, cuando por fin se había podido quedar a solas con Catherine—. El camarada Bao —añadió Chen con sorna— no hace dejación de sus obligaciones ni siquiera a la hora del almuerzo…
—Bueno, ante un caso así todo el mundo se siente concernido —dijo ella.
—Realmente —comenzó a decir Bao—, ¿cuáles podrían ser las responsabilidades del Gobierno americano en este crimen? ¿Cómo han podido permitir que a una delegación oficial china le pasara algo semejante?
—No es una pregunta que tenga que responder ella, Bao… ¿Cómo podría responderte en nombre del Gobierno americano, si es una intérprete? Bastante trabajo le estamos dando a lo largo de toda la mañana —Chen trató de ser cortante, y añadió dirigiéndose a ella—: Catherine, si quieres tomarte un descanso te llevaré a mi habitación.
Pero en su habitación había dos policías americanos buscando huellas. El joven Huang había tomado un baño allí antes de salir a la calle. Tendría que buscarse Chen, por ello, otra excusa para seguir viéndose a solas con ella.
—Quizá debiéramos hablar con la seguridad del hotel, Catherine. No estoy muy familiarizado con estos asuntos, así que podrías echarme una mano.
—De acuerdo, vayamos a hablar con ellos.
Pero no había manera de que pudieran charlar. Sonó el teléfono celular de Chen. Una llamada desde el ministerio de Exteriores en Beijing. Pura formalidad diplomática, pero no le cupo más remedio que escuchar y responder largo rato. Ella se mantenía a una cierta distancia, de pie, apoyada contra la pared y con las piernas cruzadas, como tantas veces la había visto en Shanghai, sobre todo en el Hotel de la Paz. No tardó mucho en regresar al hotel el inspector Lenich, deseoso de hablar con Chen. Shasha, por su parte, aguardaba a Catherine en el salón, quería hablar con ella.
Supo Chen por boca del detective americano que la investigación daba un viraje: el asesino, según sospechaba con fundamento, era un miembro de la delegación, o alguien en contacto con un miembro de la delegación… La teoría del detective Lenich se basaba en el detallado análisis del lugar del crimen. Tomó un mapa cruzado de líneas rojas y azules, que mostró a Chen. Es cierto que cualquier turista sale a dar un paseo, apenas llega a una ciudad, y que no suele ir muy lejos, al menos el primer día. Recorrer un par de manzanas, respirar un poco de aire fresco tras el viaje… Echar un vistazo rápido a modo de primer contacto con la ciudad… Todo eso. La localización del hotel hacía plausible la hipótesis. Se abría a la Market Street, una calle comercial del centro de la ciudad, de la que no estaba muy lejos el Arco, hacia el este. El cuerpo de Huang, sin embargo, había sido encontrado en una calle más apartada y estrecha, hacia el sur. En tanto que turista, ¿cómo pudo Huang aventurarse en una zona apartada, sucia y bastante desolada? Puede que se hubiera perdido, pero con tantos edificios altos como se avistaban desde allí, entre otros el del hotel, no le hubiera resultado difícil encontrar el camino de vuelta, y mucho más extraño resultaba que hubiera encaminado sus pasos hacia la calle donde lo mataron, con tantas cosas más interesantes por ver.
Basándose en este análisis, el inspector Lenich desarrolló una teoría complementaria. Podía haber sucedido que Huang no fuese asesinado en aquella sucia calle, sino más cerca del hotel. Apoyaba esta hipótesis Lenich en el hecho de que habían encontrado en las ropas de la víctima unas fibras de fabricación extranjera, que provenían casi con toda certeza del interior de un coche en el que pudieran haber trasladado el cadáver hasta la calle donde lo encontraron.
Lenich había tocado un punto tan interesante como delicado. Aquello, desde luego, complicaba mucho más el caso. Chen se dio cuenta, igualmente, de que ya había pensado en alguna situación extraña que se dio durante el viaje, y a la que hasta entonces no había prestado mayor atención. Cosas que concernían a Huang y a otros miembros de la delegación.
Bao, por ejemplo, parecía espiar a Chen, cada vez estaba más convencido el inspector jefe. A Bao le había molestado, incluso indignado, el nombramiento de Chen como jefe de la delegación, pero eso no podía justificar que lo espiara. Shasha, por lo demás, turbaba sobremanera a Chen con sus cosas, sus insinuaciones, sus preguntas, su actitud indiscreta. Y Peng, con su reticencia continua, con su soberbia. Además, ¿por qué lo habían incluido en la delegación, cuando llevaba años sin escribir una línea y ni siquiera hablaba como un escritor? ¿Acaso se trataba de una presencia simbólica? En cuanto a Zhong… Una vez había pedido a Chen ayuda para llamar a China, probablemente a su vieja esposa, que estaba en Nanjing. Pero cuando Chen le explicó cómo hacer uso de la tarjeta, se dio cuenta de que el prefijo del número al que pretendía llamar era de Beijing. A Chen no le quedaba sino pensar, a la vista de tantas cosas, que al menos uno de los miembros de la delegación había recibido instrucciones muy concretas.
Nada dijo, sin embargo, al detective Lenich, si bien el policía americano decidió comprobar la coartada de cada cual, incluida la suya. Donde tomó café, y en la librería a la que entró, pudieron verle unas cuantas personas. Era además, al margen de la víctima, el único de aquel grupo de chinos que hablaba inglés y podía relacionarse por ello con la gente. Sólo él, pues, tenía una coartada clara.
De los otros miembros de la delegación no podía decirse lo mismo. Shasha había tomado un baño en la habitación del inspector jefe después de que lo hiciera Huang. Sólo podía dar su palabra de que no había vuelto a verle. Bao, por su parte, dijo haber estado en el restaurante chino con buffet, donde pasó unas dos horas «porque tienes un montón de cosas para comer». Había hablado con el propietario del restaurante, pero faltaba por comprobar a qué hora. Peng sólo dijo que se había ido a dormir un rato, antes de la reunión política de cada día. Era más que probable, en un hombre de su edad, pero nadie podría confirmarlo. Zhong sostenía que después de comer algo se había ido a dar una vuelta por las tiendas de la alameda. Nadie recordaba haberlo visto, con tanta gente yendo de un lado para el otro, como él decía no haber visto ni a Chen ni a Bao.
Así que tuvo mucho trabajo el detective Lenich. No fue hasta pasadas las cinco de la tarde que terminó de hablar con los escritores de la delegación. Después de eso, Chen se sintió en la obligación de reunirse con los delegados. Les dirigió un discurso lleno de formalismos, tratando de tranquilizarlos.
—Hemos de tener mucho cuidado —les dijo—, hemos de cuidar de la seguridad de la delegación, hemos de mantener la disciplina. Os lo repito: no salgáis solos, no vayáis a ninguna parte sin antes informar al jefe de la delegación. Tened cuidado cuando os aborde algún desconocido, da igual si es chino o no. Además, entregadme vuestros pasaportes, que yo cuidaré de ellos.
Lo cierto es que no eran normas nuevas. Desde los comienzos de la apertura de China al exterior, las delegaciones que viajaban al extranjero tenían que seguir al pie de la letra lo que acababa de decirles Chen. Así y todo, una buena cantidad de viajeros chinos se habían logrado escabullir, solicitando asilo político muchos de ellos. Sólo se les permitía salir por las ciudades extranjeras en grupo, vigilantes los unos de los otros y con los pasaportes en manos del jefe de la delegación. Pero las cosas habían ido cambiando con el paso del tiempo y la relajación era más evidente. Muchos de los viajeros procedían como si estuviesen en China, donde por lo general tenían un buen nivel de vida, con lo que ya eran pocos los que se aventuraban a un incierto futuro allende los mares.
—Si tenéis alguna duda para manejaros por ahí en grupo, preguntad a Catherine, nuestra intérprete —concluyó Chen—. Nos está ayudando mucho.
—¿Y qué podremos hacer esta noche? —preguntó Shasha—. Será muy aburrido quedarnos aquí, mirándonos los unos a los otros.
Aquello le dio a Chen una idea, pedirle a Catherine que se quedara al menos un par de días en el hotel, con la delegación. Sonaba razonable. Chen se sentía desbordado con tantas cosas a las que atender, y los miembros de la delegación precisaban realmente de la presencia de un intérprete.
Ella se mostró de acuerdo.
—Eso me evitará los atascos de tráfico para venir aquí por las mañanas —dijo.
El director del hotel colaboró abiertamente. En vez de ofrecer a Catherine la habitación que había sido de Huang, le dio una en la misma planta que el resto de la delegación. A Chen le encantó el arreglo. Así, quizá, podrían verse después de la charla política de cada día, al menos un rato en el pasillo.
Así pasó. Mientras Chen dirigía la reunión política, Catherine llamó a su habitación.
—Miss Rohn —dijo Chen a los delegados después de atender la llamada— quiere reunirse conmigo para revisar las actividades de mañana. A los americanos les gusta cumplir siempre el programa establecido.
—Eso es verdad —apuntó Shasha—. Les gusta tener siempre la sartén por el mango. No imaginan, no improvisan… Pero hay que reconocer que es una mujer muy atractiva y que habla chino bastante bien.
Para su sorpresa, Chen se topó con el detective Lenich en la habitación de Catherine. Su auténtica identidad, la de una U.S. Marshal, no podía quedar solapada por mucho tiempo. Vestía Catherine unos pantalones cortos, sandalias y una camiseta amarilla. Acababa de tomar una ducha, pues aún tenía mojado el cabello. Se puso a preparar un café para Chen.
El detective Lenich siguió abundando en sus tesis:
—El crimen se hizo mediante la colaboración entre uno de la delegación y otro de fuera, estoy ya plenamente convencido. El de la delegación señaló el objetivo y el de fuera trajo el coche para trasladar el cadáver. Mis compañeros han hecho un registro minucioso en la habitación de Huang, sin encontrar ni una pizca de la fibra sin duda fabricada en el extranjero que encontramos en las ropas del muerto. Tampoco tiene esa tapicería el autocar que les trajo a ustedes a St. Louis, es de cuero de imitación.
Chen observó que esa tesis abría un sinfín de posibilidades.
De tratarse efectivamente de un plan, el asesinato de Huang debieron prepararlo mucho antes y preverlo con cuidado en todos sus extremos. Aquella tarde, sin embargo, la delegación tenía que haber llegado al hotel a la hora del almuerzo, pero se retrasó casi dos horas por culpa de un accidente de tráfico que había provocado retenciones en la autopista. Estaba, además, el hecho nada previsible de que Huang hubiera acudido a su habitación para tomar un baño. Así, el cómplice exterior al que aludía el detective Lenich, tendría que haber esperado durante horas a distancia prudencial del hotel, y el de la delegación, por fuerza, tenía que haber estado siguiendo a Huang incluso cuando salió del hotel, para señalarle el objetivo al de fuera. Un tiempo en el que tuvo que darse algún tipo de contacto entre los asesinos, cosa difícil habida cuenta de las circunstancias y sobre todo de la precipitación de los acontecimientos una vez hubieron llegado los chinos al hotel.
Lenich había investigado las llamadas hechas en el hotel. Nada de particular, como suponía Chen. El mismo había decidido no hacer uso de la línea telefónica del hotel, salvo para tratar de asuntos oficiales. Nadie implicado en un crimen dejaría pistas tan evidentes. Las únicas llamadas que encontró el detective Lenich fueron la que hiciera Shasha a la habitación de Chen, y otra desde el vestíbulo del hotel, sin respuesta, probablemente equivocada, pues no contestaron cuando al no descolgar nadie en la habitación de Chen repicó en la recepción.
—Y otra llamada interna, de la habitación de Shasha a la de Huang —dijo el detective Lenich—. Sobre las seis menos veinte… Nadie respondió. Eso prueba una cosa: el joven Huang ya había salido a esa hora, lo que señala a Shasha como posible culpable.
Luego pasaron a discutir las actividades previstas para el día siguiente. Lenich pensaba que sería mejor mantener a los escritores chinos en el hotel, pero Chen dijo que se sentirían molestos e incómodos, que el día les resultaría en exceso tedioso y frustrante.
—Iremos al Arco —dijo Catherine—. Está cerca del hotel y si hay alguna novedad el detective Lenich podrá localizarnos fácilmente.
Lenich y Chen salieron de la habitación de Catherine sobre las diez y media de la noche. Ella les acompañó a la puerta luciendo una amplia sonrisa. Había sido un día largo, extenuante, y parecía pálida a la luz del pasillo. Chen acompañó después al inspector americano hasta la puerta del hotel.
De vuelta a su habitación vio que le había llegado un fax con varias páginas, de la Asociación de Escritores chinos, con información acerca de Huang. No había nada sospechoso en su currículo. No había entrado a trabajar en la Asociación nada más graduarse; antes ejerció como profesor en una escuela de enseñanza media. Había entrado como intérprete en la Asociación luego de que otro renunciara a ese puesto. Aunque no era miembro del Partido, le dieron el trabajo porque parecía capacitado para hacerlo. Llegado el momento se le incluyó como intérprete de la delegación en viaje a Estados Unidos, precisamente por su idoneidad. Era el tercer viaje que Huang hacía al extranjero. En la última página se comunicaba un cambio de planes en el viaje de la familia de Huang a Estados Unidos. El padre de Huang había sufrido un ataque al corazón al conocer la noticia de la muerte de su hijo.
Había otro fax, remitido éste por Fang, su antiguo compañero de estudios en la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Beijing. Contenía más información sobre Huang, acerca en este caso de sus años de estudiante. Un buen estudiante, de familia muy pobre y natural de la provincia de Anhui. Había trabajado como profesor ayudante, aun sin graduarse, y como profesor particular de inglés los fines de semana. No se le conocieron actividades políticas de ninguna clase en sus años de estudio. «Le gustaba la poesía», añadía Fang, «como a ti. Creo que por eso se buscó el trabajo en la Asociación de Escritores».
Catherine llamó por teléfono a Chen sobre las once y media.
—Disculpe que le llame tan tarde, Mr. Chen, espero no haberle despertado…
—Todavía no, estaba pensando en llamarla, pero tenía un fax por leer.
—Era sólo para confirmar la hora de mañana… ¿Le parece bien a las ocho y media?
—Muy bien, a las ocho y media de la mañana, en el vestíbulo.
—Bueno, será mi primera experiencia como guía e intérprete. Espero no defraudar a nuestros escritores chinos…
—Seguro que no.
—El detective Lenich es un investigador muy experto, no se preocupe, que todo se resolverá… Si puedo hacer algo, no dude en decírmelo… Ha sido un día muy largo y duro, no tarde en dormirse.
—No, espero que no… Cuídese usted también.
Nada más que una conversación estrictamente profesional entre el jefe de la delegación china y la intérprete americana. Ambos eran conscientes de que las líneas telefónicas podían estar intervenidas.
Así y todo, Catherine no tenía que haber llamado, se dijo Chen.
Se asomó a la ventana, tras colgar el auricular, pensando en un poema de la dinastía Tang que Ezra Pound había traducido. Podría recitarlo en su próxima charla sobre poesía clásica china traducida, si es que se presentaba la ocasión de reunirse de nuevo con los escritores americanos en los días que restaban.
Mientras espera, contempla ella sus medias de seda húmedas del rocío de la mañana, brillantes al subir los escalones de mármol del palacio. Al fin se gira y deja caer la cortina de cuentas de cristal mientras contempla de nuevo la glamorosa luna del otoño.