Capítulo 27

O’Reilly se había marchado a Belfast para recoger a Sonny. Barry bostezó y jugueteó con una tostada. Miró por la ventana del comedor. El pronóstico del tiempo había acertado. Sol y algunas nubes bajas. Tal vez la carpa que estaban levantando en el jardín trasero no fuera necesaria. Creía que, llegado el momento, estaría deseando asistir a la fiesta de los Galvin, pero se sentía cansado y decepcionado.

Se encogió de hombros. ¡Dios, el jueves y el viernes habían sido de locos! Hubo hordas de pacientes y, para colmo, un accidente de tráfico ayer noche. Dos hombres —uno con el brazo roto y el otro con fractura de fémur, además de pequeñas laceraciones— habían necesitado que se les suministrara morfina, les entablillaran y suturaran antes de ser enviados al Royal. Eran más de las cuatro de la madrugada cuando él y O’Reilly pudieron irse a dormir.

No le habría venido mal haber podido dormir hasta tarde, pero los ruidos que hacían Seamus Galvin y su cuadrilla montando la tienda le habían despertado. El incesante martilleo de las mazas clavando las estacas de la carpa, acompañado de los ladridos de Arthur Guinness, habían hecho imposible que se durmiera.

Barry suspiró, recogió los platos y cubiertos sucios y los llevó a la cocina. Quizá el cansancio hacía que de alguna forma su decepción fuera más palpable. Al parecer, el consejo de Jack de esperar a que Patricia le llamara, por bienintencionado que fuera, estaba equivocado. No había tenido noticias de ella y ya habían pasado ocho días desde entonces… Acéptalo, se dijo, no quiere saber nada de ti.

Kinky se enderezó después de meter algo en el horno.

—Deje los platos en el fregadero —indicó—. Ya me ocuparé cuando termine de hornear los rollos de salchicha, eso es. —Se apartó un mechón de la frente con el brazo—. Un gran día para la fiesta.

—Supongo —contestó, dejando los platos en el fregadero.

—No parece muy contento —observó.

—No estoy de humor para fiestas.

—¿Y cómo es eso? —Barry se encogió de hombros—. Parece realmente deprimido, eso es lo que parece. ¿Le ayudaría otra taza de té?

—No, gracias, Kinky. —El golpeteo de las mazas aumentó de volumen—. Dios, desearía que acabaran ya. ¿No se ha quedado medio sorda con todo ese jaleo?

—¿Quién? ¿Yo? Ni una pizca, pero a Lady Macbeth no parece gustarle mucho. Ha desaparecido para esconderse en algún lado.

—Una gata lista.

—¿Podría hacerle una pregunta, doctor Laverty? —Kinky se irguió solemne con los pies bien plantados en el suelo de azulejos de la cocina.

—Por supuesto.

—No es de mi incumbencia, pero…

—Pero ¿qué, Kinky?

—¿Esa jovencita suya le está haciendo pasar un mal trago?

Barry se preguntó cómo había podido leer su mente tan fácilmente. Sopesó si contestar que no era asunto suyo, pero una mirada a su cara grande y franca le indicó que lo preguntaba por preocupación y no por simple curiosidad.

—Un poco —confesó.

—Eso pensé yo. La semana pasada estaba más contento que unas pascuas. Ahora sé que no le ha telefoneado y que usted no ha salido con ella desde entonces.

Barry suspiró.

—Las cosas no funcionaron. Me dijo que no quería involucrarse demasiado.

Kinky resopló.

—Chica tonta. Si uno no da, no recibe. Eso es un hecho, así es.

Barry siempre había sentido curiosidad por saber qué le había sucedido al señor Kincaid. Después de todo, Kinky no sería la señora Kincaid si no se hubiera casado.

—Ha estado casada, ¿no es así, Kinky?

Ella asintió lentamente.

—Lo estuve y fue estupendo, así fue. Pero le perdí.

—Lo siento.

—No hace falta que lo sienta, pero es muy amable por decirlo. —Barry vaciló. Kinky metió las manos en los bolsillos de su delantal—. Sólo tenía dieciocho años. Él era un pescador de Cork. Se perdió en el mar y yo me perdí en tierra. Fue como si la mitad de mí se hubiera ido —confesó, acercándose a la encimera en la que había un bol con carne de salchicha junto a una tabla de madera donde se acumulaba un montón de masa de repostería—. Pero la vida sigue. —Agarró un rodillo y, con movimientos enérgicos y regulares, comenzó a aplastar la masa—. Me apetecía ver mundo. —Se rió—. Fue un gran paso cambiar Cork por el condado de Down antes de la guerra; luego acepté el trabajo con el viejo doctor Flanagan aquí en Ballybucklebo…, sólo durante un tiempo…, mientras decidía cuál era mi camino. Como ya le he dicho, me sentí perdida cuando mi Paudeen se ahogó.

—¿Y no volvió a casarse?

—No encontré a otro como Paudeen. —Espolvoreó un poco de harina sobre la masa ya aplanada—. Después de un año o dos de compadecerme de mi suerte busqué con ahínco otro hombre, pero no lo encontré.

Barry pensó que sentía lo mismo por Patricia, pero al menos Kinky había hecho un esfuerzo después de quedarse viuda. Tal vez debería aceptarlo, dejar de lamentarse y ver qué otras chicas había por ahí.

—¿Es feliz aquí, Kinky?

Ellas se echó el pelo hacia atrás con el brazo, dejando un rastro de harina en la frente.

—Lo soy. Tengo una buena vida, así es. No me puedo quejar, pero me duele ver a un hombre joven tan tristón.

—Es absurdo, ¿no es cierto? —Maldita sea, estaba empezando a creerlo. Era absurdo.

Ella sonrió.

—Sin duda hay veces en las que el corazón manda sobre la cabeza. —Espolvoreó harina sobre el papel para horno—. Los periódicos están en el vestíbulo. Suba a la sala. Estará más tranquilo allí. Yo le avisaré si viene algún paciente.

—Seguiré su consejo.

—¿Y quién sabe? Tal vez las cosas acaben solucionándose después de todo.

—Ojalá.

Kinky entrecerró los ojos y frunció el ceño.

—¿Sabe lo que significa «videncia», doctor Laverty?

—¿Un sexto sentido? ¿Un presentimiento?

—Más bien una maldición —precisó Kinky.

—Eso no es más que una superstición.

—Piense lo que quiera, señor, pero las cosas van a salir bien. Lo sé.

A pesar de toda su experiencia científica, Barry sintió que se le erizaba el vello de la nuca.

—¿Está segura?

Ella volcó unas cucharadas de pasta de salchicha en la masa. Sus dedos regordetes la enrollaron hábilmente hasta sellar el relleno.

—Vaya arriba y lea el periódico —declaró—, y mire a ver si encuentra a la gata.

Él la miró con atención, pero ella estaba concentrada en su tarea.

—Está bien, Kinky —repuso, sabiendo demasiado bien que por lo que a ella concernía el tema estaba zanjado.

Recogió el periódico y subió a la sala. No puso ningún empeño en encontrar a la gata. Siseó un par de veces y luego se sentó en una butaca. Ignoró las noticias y fue directo al crucigrama, pero, a pesar de sus intentos por concentrarse, su mente seguía dando vueltas a lo que Kinky había dicho.

No era de extrañar, teniendo en cuenta su propia pérdida, que la mujer sintiera simpatía hacia O’Reilly; sin embargo, ¿no estaba ligeramente decepcionada por la negativa del hombretón a volver a intentarlo? Si era así, no lo demostraba.

Cuando Kinky le explicó cómo él había perdido a su esposa años atrás había sentido pena por el médico. ¿Sabes, Barry Laverty?, se dijo, está muy bien admirar a O’Reilly —tratar de emular su forma de atender a los pacientes—, pero no tienes que convertirte en una réplica viviente. Sólo porque él haya dado la espalda a las mujeres no significa que tú tengas que hacer lo mismo. Patricia es oro puro. Tal vez nunca vuelvas a encontrar otra como ella. ¿Por qué no ser como Kinky e intentarlo de nuevo?

Debió de ser terrible para ella quedarse viuda tan joven. Barry sabía que muchos hombres de las aldeas de pescadores morían ahogados, tantos que a menudo los lugareños terminaban por acostumbrarse. En las islas Arran, por ejemplo, los famosos jerséis de lana tenían diseños reconocibles que atraían a los turistas americanos. No obstante, los visitantes desconocían que cada uno de ellos representaba a una familia en particular, de modo que si un hombre se perdía en el mar y su cuerpo era arrastrado a la orilla, podía ser identificado por el jersey.

La creencia común de los lugareños era que la muerte repentina de un ser querido podía proporcionar el don de la clarividencia. ¿Era Kinky una vidente? No era una cuestión fácil de responder. Podía recordar a su propia abuela, sentada muy recta en su silla, anunciando solemnemente: «Mi hermana Martha acaba de morir». Su tía abuela Martha vivía en Inglaterra. Pocas horas después una llamada de teléfono confirmó su fallecimiento. ¿Cómo pudo saberlo su abuela? Sacudió la cabeza.

Quería creer que Kinky tenía razón sobre Patricia, pero si no era así, más le valía ser como las mujeres de Cork. Tendría que empezar a buscar otra chica. Desde luego, eso es lo que Jack Mills haría.

El condenado martilleo del jardín trasero cesó. Se frotó los ojos, se estiró, se recostó en la butaca y dio una cabezadita.

Soñó con Patricia y con los ojos de ahogado del marido de Kinky, Paudeen, y también con esta última como una de las brujas de Macbeth soltando conjuros y adivinando el futuro.

* * *

Barry arrugó la nariz. Algo le estaba haciendo cosquillas en las fosas nasales. Era levemente consciente de un suave soplido y un persistente ronquido. Notaba un peso sobre su torso. Parpadeó, abrió los ojos y sacudió la cabeza. Todavía medio dormido, vislumbró una mancha blanca borrosa. Lady Macbeth estaba recostada en su pecho, con las patas delanteras escondidas bajo el cuerpo en esa actitud que los gatos adoptan cuando se sienten seguros.

El cosquilleo en la nariz y el resoplido, se dio cuenta ahora, habían sido causados cuando la gata le acercó su hocico rosa a la cara y dirigió la respiración hacia su nariz. El ronquido era el ronroneo continuo. Sabía que ésta era la forma que tenía la damisela de decir: «Despiértate. Exijo el placer de tu compañía».

Se revolvió en la butaca, parpadeó, acarició la cabeza de la gata y preguntó en voz alta: «¿Qué hora es?». Miró su reloj. ¡Buen Dios! Las dos menos cuarto. Bostezó y se estiró, con los ojos bien cerrados, los puños apretados y los hombros encorvados. Notó que Lady Macbeth saltaba al suelo, molesta por sus repentinos movimientos.

Subió a toda prisa a la buhardilla, seguido por Lady Macbeth, que se sentó sobre el cesto de la ropa sucia, observando atentamente, mientras Barry se lavaba la cara y se peinaba.

La gata le precedió cuando bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, inundada del dulce aroma de la masa recién horneada. Kinky estaba colocando platos con sándwiches en una bandeja grande.

—¿Ha tenido una buena siesta? —preguntó.

Barry asintió.

—¿Ha vuelto ya el doctor O’Reilly? —inquirió.

Ella negó con la cabeza.

Barry intentó robar un sándwich y ella le pegó en la mano.

—Déjelos como están —ordenó—. Son para los invitados. En la estantería he dejado un plato para usted, así es. —Señaló una fuente con sándwiches de jamón, rollos de salchicha y huevos rellenos picantes—. Coma todo lo que pueda.

—Gracias, Kinky. —Barry se sirvió—. Por cierto, encontré a la gata.

—Ya lo veo —repuso Kinky—. Vamos, mimosa, bájate de esa estantería. Los rollos de salchicha son malos para los gatos. —Empujó al minino y levantó la bandeja—. Más vale que me lleve esto fuera.

Barry le abrió la puerta. Kinky, cargada con la bandeja, pasó de canto. Lady Macbeth, con el rabo tieso, se deslizó entre sus piernas e irrumpió en el jardín trasero.

Barry sentía curiosidad por ver los arreglos que habían hecho. Siguió a Kinky hacia la radiante luz del sol. La carpa se erguía en el lado izquierdo del jardín, cerca de la casa. Era una tienda de dos mástiles cuyos apoyos centrales sobresalían del techo de lona, formando una cumbrera. Cuerdas con tensores salían de las cuatro esquinas de la estructura y se anclaban a estacas de madera que sobresalían de la hierba. Las lonas laterales y trasera habían sido bajadas, pero la tela del frente estaba enrollada hasta arriba y sujeta por una serie de correas que le recordaban las velas plegadas de un bergantín.

El interior estaba agradablemente sombreado, con parches de luz en la hierba allí donde los rayos de sol se filtraban a través de los pequeños agujeros y de —levantó la vista— dos hendiduras del techo.

Willy, el tabernero, estaba listo para la acción detrás de una mesa montada con caballetes que ocupaba casi todo el fondo. Llevaba puesto un chaleco floreado, y las mangas de la camisa estaban sujetas por ligas elásticas forradas de terciopelo negro. Sólo le faltaba una visera verde para ser la personificación de un jugador de un vapor del Mississippi, pensó.

—¿Qué tal está, doctor? —le llamó Willy—. ¿Listo para la primera?

—Todavía no, gracias, Willy. Sólo estaba echando un vistazo.

—Mire hasta hartarse. Todos estamos preparados y deseosos de empezar.

Barry pudo apreciar que Willy tenía razón. Había cuatro barriles de aluminio, cada uno con una hilera de mangueras que llegaban hasta los grifos sobre el tablero de la mesa. Jarras para pintas y medias pintas, vasos de whiskey y de vino estaban colocados en fila, alineados como soldados de infantería delante de la caballería pesada compuesta por botellas de vino y licores. Como avanzadilla, una hilera de limonada y zumo de naranja para los niños había sido dispuesta a ambos lados del grueso de la tropa.

En los laterales de la carpa se alineaban más mesas cubiertas de fuentes con sándwiches, rollos de salchicha, quesos, hogazas de pan de pasas, un jamón y una pata de cordero fría. Kinky terminó de depositar su carga y se volvió hacia él.

—Creo que esto debería ser suficiente, así es.

—¿Suficiente? Creí que sólo iban a venir unos cuantos. Aquí hay comida para cinco mil.

Kinky sonrió.

—¿Unos cuantos? Se habrá corrido la voz y en las próximas horas caerán por aquí como una plaga de langostas, y yo tendré que asegurarme de que nadie pase hambre.

—Es como Las carreras de Galway, Kinky.

—¿Qué quiere decir?

Barry citó la vieja canción, sin tratar de cantarla. Sabía que aunque le gustaba la música, cuando llegaba la hora de cantar no era capaz de dar una nota sin desafinar. «Caramelos y naranjas, limonada y uvas, / pan de jengibre y especias para complacer a las damas…».

—«Y un montón de manitas de cerdo por tres peniques para picotear mientras puedas». —Kinky terminó la frase—. Fíjese que a mí no acaban de gustarme las manitas. Nunca he podido soportar su aspecto cuando están hervidas. Nada que ver con el drúishin de Cork, eso ya es otra cosa, así es.

Barry trató de ocultar un estremecimiento. Había probado sólo una vez la famosa exquisitez de Cork, una especie de morcilla hecha con una mezcla de sangre de cerdo y vaca y harina de avena. Su olor casi le revolvió el estómago.

—No a todo el mundo le gusta —reconoció Kinky con un respingo, y Barry supo que su repulsión no había pasado inadvertida.

—Ha hecho un trabajo fantástico —alabó.

—Sí, así es —admitió—. Todavía me queda traer otra fuente. —Se marchó. Barry salió de la carpa. Filas de sillas plegables de madera y de lona se alineaban desde un lado de la tienda hasta la verja del fondo. Un gran claro se abría entre la casa, la carpa y las sillas.

Observó algo en el extremo del jardín, junto a la caseta de Arthur bajo el castaño. Una forma irregular cubierta con una lona.

—¿Tienes idea de qué es eso, Willy?

El tabernero dejó de abrillantar los vasos.

—¿Ese bulto?

—Sí.

—No tengo ni idea, pero no se acerque, doctor. Seamus Galvin lo trajo antes. Es una sorpresa para el doctor O’Reilly.

—Oh —exclamó, a punto de tropezarse con uno de los tensores. Fue empujado desde detrás mientras trataba de recobrar el equilibrio.

—Aaarf —bufó Arthur contento, envolviendo con las patas delanteras el muslo de Barry, arqueando la espalda y jadeando como una apisonadora de vapor con una caldera sobrecargada.

—Ahí quieto, Arthur. Siéntate, bicho asqueroso.

Arthur pareció desconcertado, se detuvo y se echó en la hierba, con la lengua fuera y dando coletazos con el rabo a la vegetación.

—Eso está mejor —admitió Barry—. Ahora pórtate bien.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la casa. A su espalda oyó un siseo parecido al de un nido de víboras, seguido por un súbito aullido. Barry giró sobre sus talones. Lady Macbeth, con la espalda arqueada, la cola ahuecada y las pupilas dilatadas a pesar de la radiante luz del sol, se lanzó a su segundo ataque sobre el hocico de Arthur Guinness. Sus garras, con las uñas desenvainadas, centellearon al dar una certera estocada, arrancando un grito a Arthur y sangre de su hocico. El perro metió el rabo entre las patas y se escabulló hacia la caseta, mirando a Barry por encima del hombro con una expresión de: «No comprendo la razón por la cual soportas a esa criatura infernal».

—La vida es así de dura, Arthur —sentenció Barry, y mientras el perro desaparecía, Lady Macbeth se desinfló y comenzó a lamerse. El médico oyó el crujido de la puerta trasera y levantó la vista para descubrir a los invitados de honor: Seamus, Maureen y Barry Fingal Galvin.

Seamus vestía su mejor traje. Unos pantalones negros ajados que, a juzgar por la raya, estaban recién planchados, una camisa y una corbata con los colores reglamentarios de la Brigada de Guardias. Dudó que Seamus hubiera servido en ese regimiento. El intento del hombre por parecer pulcro resultaba en parte arruinado por una gorra encajada en un ángulo inverosímil en la coronilla de su cabeza en forma de pera.

Maureen tenía dificultades para caminar por el blando césped. Sus altos tacones se hundían en la tierra a cada paso. Llevaba una falda amarilla plisada, una blusa verde pálido, una pamela y guantes blancos. Empujaba un cochecito de niño, un armatoste montado sobre unas ruedas altas con radios, el tipo de carricoche que popularizaron las niñeras de la clase alta en la época victoriana.

—Buenas tardes, señor. —Seamus se tocó la gorra.

—Seamus. Maureen. —Se acercó al cochecito—. ¿Y qué tal está el pequeño Barry Fingal?

—Genial, así es como está —contestó Maureen, con sus ojos verdes sonriendo intensamente al bebé en el interior del cochecito—. Creciendo como una mala hierba.

—Madre de Dios, ¿quieres mirar eso? —indicó Seamus, abarcando la carpa con un movimiento del brazo—. Un festín digno de un rey.

—¿Quiere que le traiga algo, Maureen? —preguntó Barry.

—Yo iré a buscarlo —se ofreció Seamus, con los ojos fijos en los barriles de aluminio, pasándose la lengua por los labios—. Puede que yo también tome un traguito.

Maureen se tambaleó. Barry la cogió del brazo para sostenerla y la condujo hasta la silla más cercana.

—Siéntese, Maureen.

Ella obedeció, sujetándose la pamela con una mano mientras con la otra sostenía el manillar del cochecito. Barry Fingal gorgojeó contento cuando ella le acunó.

—Es un gran día para una fiesta —comentó, mirando alrededor del jardín, posando la vista un momento en el misterioso bulto cubierto por una lona—. ¿Dónde está él? —preguntó.

Como si la pregunta hubiera invocado al doctor Fingal Flahertie O’Reilly, el Rover apareció por el sendero trasero y se detuvo. O’Reilly abrió la puerta del pasajero y ayudó a salir a Sonny.

—Abre la puerta —bramó el médico.

Arthur Guinness asomó la cabeza por su caseta. Lady Macbeth, que se había encaramado al tejado de ésta, se inclinó hacia delante y lanzó un zarpazo al hocico del perro, que volvió a esconderse. Luego continuó lamiéndose.

Barry abrió la puerta.

—¿Qué tal está, Sonny? —preguntó mientras O’Reilly guiaba al anciano por el jardín. Llevaba el cabello gris pulcramente peinado y sus ajadas mejillas no tenían el mínimo rastro del tinte azul que Barry había advertido la primera vez que le vio.

—Estoy muy bien, gracias, señor —respondió Sonny.

—Y estarás mucho mejor cuando te quites el peso de los pies —intervino O’Reilly, ayudando a Sonny a sentarse junto a Maureen Galvin—. ¿Conoces a la señora Galvin?

—No he tenido el placer —contestó Sonny, tratando de levantarse, al tiempo que hacía el gesto automático de quitarse el sombrero.

O’Reilly apoyó su mano en el hombro de Sonny.

—Siéntate. Todavía no has recuperado todas tus fuerzas.

Sonny obedeció.

—Le pido disculpas —declaró, haciendo sonreír a Barry ante la galantería del hombre.

—Éste es Sonny. —O’Reilly le presentó a Maureen.

—¿El hombre del automóvil?

—El mismo —respondió él, bajando la cabeza con una leve inclinación.

—Buenas tardes, señor doctor. —Seamus Galvin apareció bamboleando en una mano un vaso de limonada en un plato lleno de sándwiches y sosteniendo una pinta medio vacía en la otra—. Aquí tienes, amor. —Entregó el plato a Maureen y miró a O’Reilly—. Nunca pude agradecerle como se merecía el haber hecho que esos tipos de Belfast se llevaran los patos balancín, señor. ¿Podría invitarle a una jarra?

—No —objetó O’Reilly con una gran sonrisa—. Estoy tan seco como el desierto del Sahara. Puedes invitarme a dos. —Se dirigió a la carpa con Seamus, pero se detuvo para pedirle a Barry que cuidara de Sonny.

Barry asintió.

—¿Quiere que le traiga algo, Sonny?

El hombre hizo un gesto afirmativo y luego arrugó la nariz.

—Después de la comida que me han dado en el hospital… —miró de reojo al plato de Maureen—, un poco de ese jamón sería muy bien recibido, ¿y cree que podría tomar un vasito de cerveza?

—Por supuesto —respondió Barry—. Iré a buscarlo.

Cuando volvió con el plato y el vaso de Sonny la concurrencia había crecido. Kinky tenía razón cuando dijo que debía estar preparada para dar de comer a cinco mil personas. El jardín estaba a rebosar. Aparecieron grupos de mujeres, todas vestidas con su mejor vestido de domingo. Barry tuvo que abrirse paso entre los hombres, algunos de los cuales, reconoció, eran miembros de la Compañía Escocesa de Ballybucklebo.

El señor Coffin, con la nariz roja brillando a la luz del sol, estaba profundamente sumido en una conversación con el agente Mulligan, que iba vestido de civil.

—Fue muy desagradable —oyó que decía el señor Coffin—. Cuando el sacristán echó la primera palada sobre el ataúd dejó al descubierto una calavera oculta entre el montón de tierra que había sido extraído de la tumba. —Sacudió la cabeza con fuerza—. Era una tumba de la familia, ¿comprendes?

—¿Una calavera? —El agente Mulligan abrió unos ojos como platos.

—El sacristán, y debo reconocer que lo hizo con mucha destreza, empujó con la pala la cosa, que cayó rodando en la fosa, chocando ruidosamente contra la tapa de caoba del ataúd.

—¡Dios mío! —se estremeció el agente Mulligan.

—Uno siempre piensa que los huesos viejos se romperán…

—Me vale su palabra para creerle, señor Coffin.

—Oh, desde luego, eso es lo que podría esperarse, pero la calavera rebotó dos veces y allí se quedó. Todos los asistentes miraron hacia abajo y… nunca creería lo que dijo el hermano del fallecido.

Barry percibió un asomo de sonrisa en la cara del sepulturero.

—¿Qué dijo?

—«Creo que ésa era una parte de la tía Bertha que alguien metió aquí hace diez años. Se está aferrando al lugar con brío, así es».

El agente jadeó, pero luego debió de ver la sonrisa en el rostro del señor Coffin.

—¿Me está tomando el pelo?

—Oh, no, es muy cierto. —Se rió con disimulo con un ligero resoplido.

¡Dios santo!, exclamó Barry para sus adentros, tal vez esa pócima que O’Reilly le había sugerido, la infusión de hipérico, había contribuido a levantar el ánimo del lúgubre señor Coffin. Asintió a modo de saludo a los dos hombres, que ahora se reían abiertamente, y continuó abriéndose paso. Un pensamiento le vino a la mente. Lo que acababa de escuchar debía de ser el mejor ejemplo jamás oído de lo que se conocía como humor de ultratumba.

Había leído en alguna parte que las mejores fiestas eran aquellas que se improvisaban. A juzgar por la longitud de la cola que salía de la carpa, el jardín invadido de sillas ocupadas y el goteo constante de nuevos invitados, esa teoría no era cierta.

El patizambo señor O’Hara, que había recogido a Barry en su tractor, estaba conversando animadamente con Francis Xavier MacMhuir… —se trabó con la pronunciación gaélica— Murdoch. Por la forma en que el hombre gritaba para hacerse oír por encima del estrépito, no había duda de que el dolor de garganta había remitido.

Voces adultas, risas y los tonos agudos de los niños se mezclaban en un barullo que no hacía sino aumentar. Alguien le dio un golpecito en el hombro. Se volvió para descubrir el rostro franco y campechano de Jack Mills.

—¿Qué pasa contigo, Barry? —saludó Jack.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí?

—Tu jefe vino hoy al Royal. Estuvo de cháchara con sir Donald Cromie y él me lo presentó. Por lo visto, O’Reilly me vio jugar al rugby con el Ulster. Me preguntó si yo era tu Jack Mills y me dijo que me pasara por la fiesta.

—Estoy encantado —declaró Barry, dando una palmada en el hombro de su amigo.

Jack adoptó el tono de John Wayne.

—«Estoy bastante contento, socio, pero un hombre podría morir de sed en este corral».

Barry se rió.

—Entonces vamos, tomemos algo.

—«Eso estaría bien, amigo». —Jack se encaminó hacia la tienda. De pronto se detuvo—. ¡Por Dios santo! —Había vuelto a su voz normal—. ¡En nombre del Señor!, ¿qué es eso? —señaló a una mujer abriéndose paso en dirección contraria.

Barry tuvo que parpadear dos veces para reconocer a Maggie MacCorkle. La falda le llegaba por los tobillos, pero en lugar de la negra que solía llevar, ésta era escarlata.

—Es como la enagua de Mammy en Lo que el viento se llevó —bromeó Jack.

Como siempre, Maggie llevaba varias chaquetas superpuestas, cada una abotonada únicamente en el cuello. Todas eran de diferentes colores y recordaban a la capa de azúcar glas de un esponjoso bizcocho. Completaba el conjunto un sombrero de asombrosas proporciones que, Barry pensó, podía ser un descarte del guardarropa de Cecil Beaton para la escena de Ascot de My Fair Lady. Y, como de costumbre, había flores frescas en la tira del sombrero, esta vez un ramo de lirios naranjas. Llevaba un bulto en una mano y a Lady Macbeth bajo el brazo.

—Aquí está, doctor Laverty —dijo cuando se acercó—. Tenga. —Le entregó la gata—. A esta pequeña no le gustan las multitudes. Debería llevarla dentro.

—Está bien, Maggie —asintió Barry.

—Entonces me voy a dejar este bizcocho de pasas en la mesa de la comida —declaró, agitando el hatillo. Escudriñó entre la muchedumbre—. Alguien me ha dicho que esa vieja cabra de Sonny estaba aquí. ¿Le ha visto por ahí?

—Está sentado bajo el manzano —indicó Barry, distraído por una Lady Macbeth que se revolvía.

—Bien —afirmó—. ¿Y no podría, por el amor de Dios, llevarse a esa asustada gatita lejos de aquí? Ésta es la típica juerga de Ballybucklebo, y apenas si ha comenzado.