Capítulo 21

—Me pregunto dónde se habrá metido Lady Macbeth —comentó O’Reilly, dirigiéndose al aparador de la sala de estar del piso de arriba.

Barry ni lo sabía ni le importaba.

—Métete esto en el cuerpo —ordenó, pasándole un vaso lleno de whiskey irlandés.

—Preferiría tomar un jerez. —O mejor cicuta, pensó. Había transcurrido más de una hora desde que la hemorragia cerebral del mayor Fotheringham había sido diagnosticada, y él y su esposa fueron enviados al Royal Hospital. O’Reilly condujo de vuelta a casa. Apenas habían intercambiado alguna palabra.

—Ése es un whiskey medicinal. Siéntate, bébetelo y calla.

Barry obedeció. El whiskey sabía a turba y le quemaba la lengua.

El médico encendió su pipa, dio un sorbo de su vaso, se acomodó en el otro sillón y, mirando a Barry a los ojos, declaró:

—Estoy decepcionado.

Barry dio un respingo. No estaba sorprendido porque O’Reilly sintiera que le había dejado en mal lugar, pero ¿tenía que ser tan brusco? Claro que sí, aquello era típico del hombretón. Y lo peor era que tenía motivos para estarlo.

—No sirve de nada poner excusas, así que no lo haré.

—¿Excusas? ¿Por qué?

—Vamos, Fingal. Ya le conté que anoche tenía prisa. No hice un examen neurológico completo.

—Y si lo hubieras hecho, ¿qué crees que habrías encontrado?

—Lo suficiente para haberle mandado al hospital antes de que la hemorragia de la cabeza hubiera ido a más.

—Tal vez, pero ¿qué dijo su mujer?

—¿A qué se refiere?

—Todo se desencadenó esta mañana. Horas después de que estuvieras allí.

—Pero…

—Si la hemorragia hubiera ocurrido anoche, ¿no crees que habría sido tan palpable como la nariz de tu cara? Hasta un estudiante de segundo año habría notado que algo iba mal. Pero no tenía hemorragia y no estaba tan claro.

—Pero anoche me equivoqué.

—Y por eso estoy decepcionado.

—¿Porque no hice bien mi trabajo?

O’Reilly se levantó y se inclinó sobre Barry.

—No, estúpido. Conocías el historial de hipocondría del paciente, sin embargo fuiste a verle cuando no tenías por qué. Lo colocaste por delante de ti y no había necesidad. Sé cuánto querías ver a esa jovencita. Podrías haber llegado tarde a tu gran cita.

—Lo hice.

—Pues no tenías por qué. Te dije que Kinky se haría cargo de todo. Fotheringham no habría estado mejor si no hubieras sido tan responsable yendo a visitarle anoche, y no habríamos tenido que ir allí hasta esta mañana.

—Aun así no tengo disculpa.

—Por Dios, hombre. ¿Quién te crees que eres? ¿Sir William Osler[20]? ¿Hipócrates? ¿El mismísimo Jesucristo todopoderoso?

—No. Pero los médicos tienen ciertas responsabilidades.

—Eres demasiado receloso y te crees siempre en posesión de la verdad.

—No tengo por qué oír esto. —Trató de levantarse, pero la presión de la mano de O’Reilly sobre su hombro le obligó a sentarse de nuevo.

—¡Por Dios que sí! ¿Qué te hace pensar que eres el único médico que comete errores? ¿Acaso crees que pasar por alto el jodido hipotiroidismo de Cissie Sloan o la hypospadias del bebé Galvin son los únicos errores que he cometido?

—Bueno, yo…

—Por supuesto que no. Y no haber estado anoche a la altura de tus exigencias te puede parecer el fin del mundo, pero no lo es. Cometerás errores. Incluso cuando hayas hecho absolutamente todo bien, todavía te preguntarás por qué alguien se ha ido al otro barrio a pesar de tus cuidados. Pero ninguno de nosotros es el Papa de Roma hablando ex cathedra.

—¿Qué?

—Ex cathedra, que significa que eres infalible. ¡Dios santo! Estás flagelándote porque piensas que deberías ser infalible. Por eso estoy decepcionado. A estas alturas ya deberías saberlo. —Soltó el hombro de Barry y retrocedió—. Afloja un poco, chico. No seas tan duro contigo. —Barry miró al hombretón. La sombra de una sonrisa asomó a la comisura de sus labios cuando le preguntó—: ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Dos semanas.

—Eso es más que suficiente para mí. Te lo dije, Laverty, tienes lo que hay que tener para ser un buen médico de cabecera. Pero no durarás si insistes en tomártelo todo tan a pecho.

—Todavía sigo pensando que podría haberlo hecho mejor.

—Sí —replicó abiertamente O’Reilly—, podrías, pero lo has reconocido y eso te honra. Lo que ha sucedido no pudo evitarse. Aprende de ello y déjalo estar.

Honestamente Barry no podía decir que se hubiera quitado un peso de encima, pero, de alguna forma, la presión parecía menor.

Una amplia sonrisa apareció en la cara de O’Reilly y Barry no pudo evitar corresponderla.

—Buen chico. —El médico apuró su whiskey—. ¿Sabes lo que hago cuando este maldito lugar se convierte en el séptimo círculo del infierno de Dante? —Se acercó al aparador y rellenó su vaso.

El joven resistió la tentación de decir: «Emborracharte».

—No lo sé.

—Me llevo al viejo Arthur a la ensenada de Strangford.

—¿De caza?

—Ésa es la excusa, pero en realidad los patos no importan. No hay nada como un día al aire libre, lejos de cualquier trabajo con el que te ganes la vida, para darte la oportunidad de aclarar la mente.

—Antes solía ir a pescar.

O’Reilly miró su reloj.

—Son sólo las dos de la tarde. ¿Por qué no coges tu caña y te acercas a la finca de su señoría? Probablemente habrá una buena subida de truchas esta tarde. Y siempre podrás intentarlo con el único salmón que queda en el río Bucklebo.

—Eso me encantaría, Fingal.

—Pues termínate el whiskey. Kinky te preparará unos sándwiches. Vete ya. Olvídate de Fotheringham. Olvídate de tu corazón roto. Las chicas son como autobuses: siempre acaba pasando otro.

—¿De veras lo cree?

—No —contestó O’Reilly—, pero no hay ninguna razón por la que no debas hacerlo tú.

—Ya veo.

—Yo cuidaré de la casa, y Barry, ¿me harías un favor?

—Por supuesto.

—Llévate a Arthur Guinness contigo. Le encanta pasar un buen día en el río.

* * *

Barry, caña en mano, con la nasa medio llena de los sándwiches de jamón de Kinky colgada de un hombro y las botas de goma altas abrochadas en el cinturón, se dirigió hacia la puerta trasera. Al menos si el perro quería subirse en su pierna, le pillaría vestido adecuadamente para la ocasión.

—Aquí, Arthur.

El enorme perro, meneando la cola a toda velocidad, salió de su caseta, dispuesto a montar la pierna de Barry, pero al llegar a ella dudó, olisqueó las botas de goma y se dio la vuelta con una mirada desdeñosa.

—Miserable. —Arthur miró a Barry, pareció debatirse antes de tomar una decisión y se sentó—. No te sientes, miserable. Ven aquí, grandísimo estúpido. —Así era como O’Reilly llamaba a su perro. Para sorpresa de Barry el gran labrador se levantó y se colocó junto a su pierna izquierda. Allí mantuvo el hocico mientras él atravesaba el jardín hasta el sendero y abría la puerta trasera de Brunilda—. Entra.

—Aarff —rezongó Arthur, obedeciendo inmediatamente. Barry cerró la puerta, subió al coche y arrancó. Siguió las indicaciones de O’Reilly: salir de Ballybucklebo y dirigirse a la carretera de la costa. Estaba a punto de pasar delante de la casa de Maggie cuando la vio sentada en una tumbona y rodeada de los perros de Sonny. Frenó y bajó la ventanilla.

—¿Qué tal está hoy, señorita MacCorkle? —Observó que llevaba dragonias en la cinta del sombrero.

—¿Es usted, querido doctor?

—El doctor O’Reilly vio a Sonny anoche. Está recuperándose.

—Eso espero —dijo Maggie—. Así podrá venir y llevarse a estas fieras pulgosas. —Sin embargo sus palabras parecían estar fuera de lugar a juzgar por la forma en que acariciaba la cabeza de uno de los perros y mostraba su sonrisa desdentada.

—¿Y qué opina el General Montgomery de tener perros en su casa?

Ella se rió.

—Nunca lo creería. El viejo General ha hecho buenas migas con el spaniel de Sonny. Ahora son tan buenos amigos como David y Jonatán, eso es lo que son. —Se levantó y se acercó al coche—. ¿No es Arthur ese que lleva ahí dentro?

—Lo es.

—Manténgalo donde está. El General se ha acostumbrado a tener a los perros de Sonny aquí, pero no creo que fuera muy amable con el compañero grandullón del doctor O’Reilly.

—En cualquier caso iba de paso. Sólo quería que supiera las noticias de Sonny.

—Ajá. —Se rascó la mejilla—. ¿Se está recuperando?

—Así es.

—Supongo que debemos estar agradecidos.

—Yo lo estoy. —Al menos uno de sus pacientes se recuperaría, pensó.

—Me pregunto si la neumonía le habrá curado su cabezonería.

—Eso no sabría decírselo, señorita MacCorkle.

—Si lo ha hecho, sería igual que el día en que el mismísimo Jesús convirtió el agua en vino. Un verdadero milagro.

Barry se rió.

—Tendremos que esperar y ver.

—¿Eso que lleva ahí es una caña?

—Lo es.

—Bueno, si va a ir de pesca, no le entretengo más, y gracias por parar aquí.

—Ha sido un placer. —Barry puso en marcha el Volkswagen y se alejó.

* * *

Pasó por delante de una caseta de ladrillo rojo que custodiaba dos puertas altas de hierro forjado, cada una con el blasón del marqués de Ballybucklebo. Un largo sendero llevaba hasta la mansión georgiana con decorativos parterres llenos de capuchinas y pensamientos. Al fondo de una pradera inmaculadamente segada eran visibles cinco árboles de hoja perenne recortados en forma de escultura, aunque Barry tuvo alguna dificultad en determinar si uno recreaba un caballo, un conejo o bien un pato.

O’Reilly le había explicado que la primera bifurcación a la derecha llevaba al río; se trataba de un camino lleno de baches que desaparecía bajo los altos olmos. El coche avanzaba dando tumbos. Arthur dio rienda suelta a una serie de excitados ladridos. Tres ramas rasparon las ventanillas hasta que, dejando el pequeño bosque atrás, Barry se encontró en un prado enorme. El camino atravesaba el campo y llevaba hasta lo que debía de ser la ribera del Bucklebo, en la que los sauces, algunos exhibiendo sus hojas plateadas colgantes, otros podados y de copa redondeada, discurrían en una línea sinuosa que presumiblemente seguía los meandros del río.

El sendero llegó a su fin. Barry aparcó y sacó su equipo del coche. Arthur salió de un salto y comenzó a escarbar la tierra delante de él, corriendo hacia la izquierda y luego a la derecha con el hocico pegado al suelo y agitando mucho la cola. Siguió al perro a través de la hierba que llegaba a la altura de la rodilla hasta que pudo ver ante él las aguas del Bucklebo. Alargó su zancada, un tanto torpe a causa de las botas.

El aleteo de una pareja de ánades le sobresaltó cuando éstos se esforzaron por ganar altura al abandonar un bancal de juncos tras haber sido asustados por un empapado Arthur Guinness. El perro volvió trotando hasta Barry y le miró como preguntándole: «¿Por qué no has disparado?».

—Ven aquí, Arthur. —Barry no quería que el perro removiera el agua. Sabía por experiencia que las truchas se asustaban con facilidad. Para su sorpresa Arthur obedeció al instante y le siguió escondido tras sus piernas mientras recorrían los últimos metros hasta la orilla—. Siéntate. —Arthur se recostó, con su lengua rosada estremeciéndose por el jadeo. No me sorprende, pensó. Galopar como lo había hecho el perro, a pleno sol, debía de ser un esfuerzo como para acalorarse.

Se quedó quieto y estudió las aguas. La corriente fluía suavemente de izquierda a derecha. Río arriba, en un ancho meandro, formaba un remolino, y las motas de sol se extendían desde la orilla más alejada hasta el centro. Tal vez hubiera un pez al final de ese remolino. Al otro lado, en la parte más alejada —Barry no tenía ninguna duda de que podía llegar hasta allí lanzando el sedal—, vio las aguas oscuras y quietas de lo que debía de ser una poza sombreada por las ramas de un sauce. Sería un buen escondite para las truchas, que esperarían hambrientas que algún desafortunado insecto cayese del árbol.

—Vamos, Arthur.

Barry caminó lentamente corriente arriba. O’Reilly tenía razón. Había algo relajante en la soledad de la orilla. ¿Sería el gorgojeo del agua, el mugido distante de un rebaño de bueyes Aberdeen Angus pastando en la orilla más alejada o el susurro de la brisa entre las hojas de los sauces? Quizá era solamente el saber que allí nadie podía llamarle, nadie podía obligarle a tomar otra decisión que no fuera qué mosca artificial debía utilizar. Fuera lo que fuese, la ribera —se acordó de Moley y Rata[21] en El viento en los sauces— era un lugar perfecto para la reflexión. Era un refugio en el que Barry podía analizar sus pensamientos y decidir si O’Reilly tenía razón sobre lo de aprender de los errores y continuar. O si, por el contrario, la calamidad, tal como él la veía, del mayor Fotheringham suponía una señal clara de que la medicina de cabecera era una elección equivocada, y que tal vez patología o radiología, especialidades con poco o ningún contacto con pacientes, irían mejor con su temperamento.

Estaba cerca del remolino del meandro del río. Barry soltó la nasa, apoyó la caña en un sauce y se sentó en la hierba bajo el árbol, recostándose en el tronco. Arthur se tumbó a su lado.

¿Y qué pasaba con Patricia? En eso O’Reilly estaba equivocado. En lo que a él concernía, y a pesar de la corta amistad —un viaje en tren, un paseo y una cena desastrosa—, sabía con absoluta certeza que aunque hubiera más peces en el mar (o en el río Bucklebo), para él no habría jamás otra Patricia. Qué condenadamente típico. Podía tomar una decisión respecto a la única parte de su vida sobre la que no tenía ningún control y, sin embargo, seguir confuso en lo relativo a la parte profesional, sobre la que le correspondía exclusivamente a él decidir.

Justo entonces advirtió movimiento en la superficie del río. Una serie de pequeños anillos concéntricos había aparecido y se propagaba exactamente hacia donde había anticipado que podría haber algún pez. Entendió por qué. La superficie del río estaba moteada de puntitos, cada uno de los cuales marcaba el lugar donde un insecto recién salido de la larva tras luchar buscando la luz descansaba para secar sus alas diáfanas y después emprender el vuelo.

Si pensaba coger alguna trucha, ése era el momento. Emergerían una y otra vez para atrapar insectos con los que alimentarse. Tendría que asegurarse de que su mosca artificial se pareciera a las naturales. Se levantó, ignoró el bufido de Arthur y se acercó al borde del agua. Había llegado la hora de concentrarse, de dejar de pensar en su profesión y en las mujeres.

Sonrió, reconociendo que le divertía estar involucrado en el día a día de la vida de Ballybucklebo. Los problemas de alojamiento de Sonny, los patos balancín de Seamus Galvin, el embarazo de Julie MacAteer y el tiroides de Cissie Sloan ahora mismo podían esperar. Las libélulas estaban saliendo de sus larvas.

Se agachó y llenó de agua el hueco de la mano. Dejó que se filtrara entre los dedos hasta que pudo ver, descansando en la palma, un único insecto. Lo estudió detenidamente y supo que tenía varias imitaciones preparadas. Abrió una cajita de aluminio, sacó una mosca artificial y la ató en el extremo del sedal.

* * *

—¿Cómo te ha ido? —preguntó O’Reilly cuando Barry entró en la cocina.

Éste sonrió y, dejando la caña a un lado, abrió la nasa y sacó dos brillantes truchas marrones que depositó en el fregadero.

—No está mal —reconoció el médico. Abrió un cajón, sacó un cuchillo y se lo tendió a Barry—. Tú las has pescado, tú las limpias.

—Me parece justo. —Barry abrió el grifo del agua fría, tomó el primer pescado y lo abrió con mano experta, sacando las tripas con los dedos de una mano. Un chorro constante de agua ensangrentada corrió por el vientre del pescado, desapareciendo por el desagüe.

—Eres muy habilidoso —admitió O’Reilly—. ¿Has considerado alguna vez hacer carrera como cirujano?

Barry sacudió la cabeza.

—No, pero sí he pensado mucho en lo que me dijo. —Dejó el pescado limpio a un lado y cogió el otro—. No hice todo lo que debía por Fotheringham, pero tiene razón, trataré de dejarlo estar.

—Buen chico. Errar es humano.

—Y perdonar, divino. —Barry abrió el segundo pescado—. Alexander Pope.

—Y te alegrará saber que la divinidad debe de haber estado cuidando de ti.

—¿Qué quiere decir?

—Fotheringham tuvo un pequeño aneurisma. El neurocirujano piensa que ha conseguido detenerlo del todo y que el mayor tendrá una recuperación razonable.

Barry dejó de mover los dedos. Se dio la vuelta y vio que O’Reilly estaba sonriendo.

—¿De verdad?

—De verdad. —El médico se echó hacia delante y dio una palmada con una de sus enormes manos sobre la encimera donde Lady Macbeth, que había surgido de la nada, estaba sentada mirando las dos truchas—. Maldita sea, mantente alejada de eso.

Ella saltó ágilmente al suelo y comenzó a restregarse contra las piernas de Barry.

—Bah —exclamó O’Reilly—. Amor interesado. —Le pasó una fuente a Barry—. Más vale que metamos el pescado en el frigorífico antes de que aquí la damisela lo coja.

—De acuerdo. —Barry colocó el pescado en la fuente.

—Bien —dijo O’Reilly—, mañana es domingo. No hay consulta. Me gustaría darme una vuelta por Belfast… a ver si puedo hacer algo con esos malditos patos balancín. ¿Crees que podrás arreglártelas solo? —Barry vaciló—. Es lo mejor que puedes hacer. Igual que cuando te caes de un caballo. La mayoría de los jinetes —excluyendo a Bertie Bishop— cree que es una buena idea volver a montarse en la silla lo más pronto posible. —Se volvió—. Me voy arriba. Sube a tomar una jarra cuando te hayas lavado.

Barry se quedó sujetando la fuente con el pescado, sintiendo la insistente presión del gato contra sus piernas, agradecido a O’Reilly por su comprensión. Presintió que el motivo de que el médico quisiera ir a Belfast al día siguiente era una simple excusa para que él tuviera que apañárselas solo.

Abrió la puerta del frigorífico Electrolux, respiró hondo y miró hacia el techo. Hacía años que había apartado a un lado la religión, incapaz de reconciliar el sufrimiento que había visto como estudiante y residente con el concepto de un Dios piadoso; pero hoy, sólo por si estaba equivocado, murmuró una silenciosa plegaria de agradecimiento, sin saber muy bien si daba las gracias por la buena fortuna del mayor Fotheringham o por tener una segunda oportunidad.