Capítulo 18

Barry se miró por última vez en el espejo. Probablemente no hubiera hecho falta que se afeitara por segunda vez en el día. Dio un respingo cuando la loción de afeitado Old Spice le escoció y se cepilló el pelo, sabiendo que era un gesto inútil. En poco tiempo el mechón volvería a levantarse como la tapa de un sombrero roto, pero al menos lo intentó. Se hizo un nudo Windsor en la corbata de la Universidad Queen’s. Bajó la vista. Los zapatos estaban recién cepillados, y los pantalones, planchados. Dio gracias en silencio a la señora Kinc…, no, Kinky.

Corrió escaleras abajo hasta el vestíbulo. Antes de recoger su chaqueta del respaldo de la silla en que estaba colgada sacó la cartera y la revisó. Lo positivo de estar tan terriblemente ocupado era que no quedaba mucho tiempo para gastar dinero. Tenía aproximadamente treinta y cinco libras. Suficiente. La volvió a guardar en el bolsillo.

—Pórtate bien, Lady Macbeth. —La gata blanca, que estaba tumbada en la alfombra de la chimenea, abrió un ojo—. Me voy —anunció.

El teléfono comenzó a sonar cuando bajaba el último escalón. Vaciló. O’Reilly había dicho que dejara que Kinky se hiciera cargo de las llamadas. Levantó el auricular.

—¿Sí?

—Quiero hablar con el doctor O’Reilly.

—Lo siento, está en Belfast.

—¿Es usted el joven Laverty?

—Sí, el doctor Laverty. ¿Con quién hablo?

Pudo escuchar una conversación de fondo al otro lado de la línea: «O’Reilly no está». «Quiero ver a O’Reilly». «No puedes. Tendrás que conformarte con Laverty».

Barry resopló y elevó los ojos al cielo en dirección a Kinky, que acababa de aparecer desde la cocina.

—¿Sigue ahí, Laverty?

—Sí.

—Soy la señora Fotheringham. Es muy urgente.

—Ya veo.

—Quiero que venga inmediatamente. El mayor se ha puesto enfermo. Muy enfermo.

—¿Cuál es aparentemente el problema? —Miró su reloj: las seis y cuarto.

—Su cuello. Tiene un dolor terrible en el cuello.

Yo más bien diría que él es un terrible dolor de cuello, pensó Barry.

—¿No puede esperar hasta mañana?

—Quiero que le vea ahora.

Barry sabía que no había justificación para enviar una ambulancia para un hombre con dolor de cuello.

—Muy bien —contestó—. Estaré ahí enseguida.

—No tarde. —Y colgó.

—No pasa nada, Kinky. El mayor Fotheringham tiene dolor de cuello. Me pasaré un momento por allí. Me pilla casi de camino.

—¿Por qué no llama a su chica y le dice que tal vez se retrase?

—Lo haré. —Levantó el auricular y marcó. Maldición, estaba comunicando—. Línea ocupada —anunció—. Más vale que coja mi maletín.

—Váyase, doctor, y no se preocupe. Yo me haré cargo de todo. ¿Cuál es el número?

—Kinnegar 657334. —Barry pasó a toda velocidad por la consulta, cogió su maletín y se dirigió hacia la cocina. Entonces se detuvo. Aunque Brunilda estaba aparcada en el sendero, prefería morir antes que pasar por delante de Arthur Guinness. Se dio la vuelta y salió por la puerta principal.

* * *

La gravilla crujió bajo sus pies cuando, maletín en mano, Barry salió del coche tras aparcar su Volkswagen y caminó hacia la casa cuyas luces del porche imitaban antiguos faroles de carruajes. La señora Fotheringham abrió la puerta. Llevaba zapatos marrones de tacón bajo, gruesas medias de hilo y un traje de chaqueta con falda de tweed. Un broche de plata en forma de cardo coronado por una amatista brillaba en su solapa izquierda. Y de su cuello pendía un collar de una fila de perlas.

—Señora Fotheringham —saludó.

—Pase, Laverty. El mayor está en el salón. —Su tono era arrogante.

Barry la siguió sorprendido por su cambio de actitud. La última vez que había estado allí se deshacía en elogios hacia O’Reilly; ahora, sin embargo, estaba tratándole como a un subordinado. La señora Fotheringham debía de tener muy claras sus ideas sobre las clases sociales de Ballybucklebo. Ciertamente iba vestida como la mujer de un terrateniente escocés y lo que ella llamaba «su salón» no era más que una forma altisonante de lo que la mayoría de la gente consideraría un cuarto de estar.

—Laverty está aquí, querido —anunció, echándose a un lado para permitir que Barry le precediera en la espaciosa habitación.

Una chimenea, sobre cuya repisa había un recargado reloj dorado, estaba flanqueada por dos sillones con fundas protectoras en brazos y respaldo. Barry se sintió decepcionado al no ver el típico tiesto con una aspidistra en un rincón. El reloj marcaba las siete menos veinticinco. Más valía que se diera prisa.

—Mayor Fotheringham —saludó a su paciente, tumbado en un gran sofá entre los sillones—, ¿cómo se encuentra?

El mayor apoyó una mano lánguida en la parte izquierda de su cuello, entre la mandíbula y el nudo, perfectamente hecho, de la corbata.

—Es el cuello —declaró.

—¿Y cuál cree que es el problema?

—Está terriblemente rígido.

—¿Cuándo empezó la rigidez?

—Esta mañana, por eso creímos que sería mejor pedirle al doctor O’Reilly que viniera antes de que se hiciera demasiado tarde.

Más bien por si se le ocurría mandarles otra prueba nocturna, pensó Barry.

—¿Qué estaba haciendo cuando la rigidez comenzó? —preguntó.

—Estaba moviendo una escalera —intervino la señora Fotheringham—. Le dije que esperara al jardinero, pero no, tenía que hacerlo él solo —dijo con un resoplido.

—Probablemente no sea más que una contractura. —Barry apoyó el dorso de la mano derecha sobre la frente del mayor. La meningitis podía estar en el origen de la rigidez de cuello. Pero si ése fuera el caso, el paciente tendría fiebre, y la piel del mayor estaba normal y seca—. ¿Podría incorporarse y quitarse la corbata?

La señora Fotheringham se acercó para ayudar a su marido, bloqueando con su cuerpo la visión del reloj de la chimenea. Barry alargó el brazo y cogió la muñeca del hombre. No le haría ningún mal que le tomara el pulso, y además le proporcionaría una excusa para mirar su reloj. Las seis y treinta y siete, y el pulso era normal.

—Bien —declaró—. Discúlpeme, señora Fotheringham. —Se puso delante de ella—. Quiero que me mire a los ojos —pidió al mayor. Ambas pupilas tenían el mismo tamaño. No había ninguna señal de aumento de presión dentro de la cabeza—. Muéstreme dónde es más incómoda la rigidez.

—Me duele cuando trato de acercar la barbilla al pecho, especialmente a la izquierda.

Barry puso la mano en el costado del cuello del mayor. Pudo percibir la tensión en el esternocleidomastoideo, las fibras musculares que van desde la clavícula hasta la base del cráneo. Seguramente se trataba de una simple contractura o, con más probabilidad, una tortícolis, un espasmo del músculo que con frecuencia se considera una manifestación de histeria. Pudo divisar el reloj. Las siete menos veinte.

—Tiene una contracción, mayor Fotheringham.

Observó que los hombros de la mujer se tensaban y apretaba los labios.

—Su nombre científico es tortícolis —explicó, y notó cómo ella se relajaba. Aquello era interesante. Los términos técnicos habían confundido a Maureen Galvin, pero, en el caso de la señora Fotheringham, parecía que el viejo dicho era verdad: las sandeces anonadan la mente. Tal vez el vocablo «tortícolis» tuviera un caché social más elevado que una simple contractura de cuello—. Haremos que se le pase muy pronto. —Abrió su maletín y sacó un aerosol con cloruro etílico—. Esto está bastante frío. —Apretó el botón rojo y una nube de vapor siseó hasta posarse en la piel.

—¡Ay! —El mayor soltó un respingo cuando se formó una fina capa de escarcha—. Eso está muy frío.

—Lo siento, pero hace que los músculos se relajen. —Volvió a guardar el aerosol en el maletín—. Si no ha mejorado por la mañana o se encuentra peor, llámenos.

El reloj de la repisa emitió un zumbido, hizo clic y comenzó a dar los cuartos. Ding-dong, ding-dong…

—Tengo que hacer otra visita. —No era del todo exacto, pero ojos que no ven, corazón que no siente—. No se moleste en acompañarme a la puerta.

El hecho de que la señora Fotheringham le llamara doctor Laverty cuando se despidió no le pasó inadvertido.

* * *

Barry tamborileó el volante con los dedos mientras conducía por el Ulster en su máximo esplendor rural. Eran casi las siete e iba a llegar tarde. Sólo podía confiar en que Patricia entendiera que el tiempo de un médico no siempre le pertenecía, y que también la gente a veces se queda atascada detrás de un tractor en una carretera comarcal. Mientras el coche avanzaba lentamente pensó en la reciente consulta. O’Reilly hubiera estado satisfecho por la manera en que la había manejado, sobre todo por el uso del cloruro etílico. Nadie tenía ni la más remota idea de por qué funcionaba como un antiespasmódico, pero lo cierto era que había servido para establecer su superioridad como médico. Lo único que le preocupaba era la molesta sensación de que tal vez el examen del paciente había sido un tanto apresurado. No había realizado una evaluación neurológica completa, comprobando el tacto de la piel y los reflejos, pero eso le habría llevado al menos media hora más y estaba casi seguro de que no habría mostrado nada en absoluto. La rigidez de cuello podía deberse a causas peligrosas, pero la mayoría de ellas eran tan raras como una gallina con dientes, y, como a uno de sus profesores le gustaba decir: «Siempre habrá más posibilidades de que un pájaro posado en un poste de teléfonos sea un cuervo que un canario».

Ese maldito tractor de delante iba a una velocidad de tortuga coja. Su reloj marcaba las siete. ¡Mierda! Vio que el conductor extendía el brazo derecho, indicando que iba a torcer hacia ese lado. Barry frenó. El tractor se arrimó a la derecha y luego, como si de repente hubiera cambiado de idea, hizo un giro de ciento veinte grados y se metió en un campo situado a la izquierda de la carretera. Al menos ahora tenía el camino despejado.

Pisó el acelerador. El traqueteo del motor de Brunilda aumentó, tosió, resopló y murió. Maldición. Sabía que todos sus conocimientos sobre motores de coches cabían en un sello de correos. Giró la llave del encendido provocando un quejido del motor; un quejido que poco a poco se fue haciendo más débil al ir perdiendo carga la batería. Cuando sacó la llave sólo el gruñido del tractor cercano quebró el silencio.

Salió del coche con los labios apretados.

El tractor, que momentos antes se había metido en un campo, volvía a incorporarse a la carretera. Tal vez, pensó Barry, el conductor tenga experiencia mecánica.

—¡Hola! —gritó, aliviado al ver que la máquina se detenía—. Mi motor se ha parado.

El conductor, un hombre de mediana edad con la cara llena de marcas de acné y el cabello pajizo revuelto, tocó la punta de su gorra, descendió del vehículo y cruzó la carretera. Barry reconoció al hombre por su forma de caminar, consecuencia de unas piernas espectacularmente arqueadas. Había acudido la semana anterior a la consulta a buscar un poco de linimento para sus doloridas rodillas.

—Siento molestarle, señor O’Hara, pero ¿sabe usted algo de motores?

—Sí.

—¿Podría echar un vistazo al mío?

—Sí. —Se inclinó hacia el interior del coche y Barry pudo oír el clic de una palanca al soltarse. O’Hara se dirigió a la parte delantera del coche y levantó la cubierta. Dio un paso atrás.

—¡Dios mío! —Los ojos se le desorbitaron y abrió la boca. Se dio la vuelta y miró a la carretera—. ¡Que me aspen, querido doctor! Se le ha caído el motor.

A pesar de su frustración Barry tuvo que sonreír.

—En los Volkswagen el motor está atrás. Déjeme que se lo muestre. —Se dirigió a la parte trasera del coche y levantó el capó de lamas. O’Hara miró por encima de su hombro.

—Hay un montón de arquitectura ahí dentro —declaró—. Voy a hacer un intento. —Se acercó a la puerta del conductor y echó un vistazo dentro—. Discúlpeme, doctor, pero ¿querría mirar este indicador? —Antes de que Barry llegara a la puerta abierta escuchó que O’Hara añadía—: Los motores funcionan mejor si hay una gotita de gasolina en el depósito.

—No.

—Sí. Se ha quedado seco.

—Maldición. Y encima llego tarde.

O’Hara se rascó la cabeza.

—Podría acercarle hasta el taller de Paddy Farrelly.

—¿Lo haría?

—Sí. —Comenzó a andar y Barry le siguió. Su reloj marcaba las siete y diez. Ahora sí que iba a retrasarse. Sólo podía confiar en que Patricia lo comprendiera.