Capítulo 12

Barry se desvistió. Tanto los pantalones como la camisa estaban manchados de sangre. Se bañó, se cambió y entregó agradecido sus ropas salpicadas a la señora Kincaid para que se las lavara. Entonces telefoneó a Patricia. Su mano tembló levemente cuando escuchó su voz, y murmuró un suave «Oh, sí» cuando ella le respondió que estaría encantada de que la recogiera a las siete. Adónde irían después era algo que nadie sabía, pero no le importaba mientras pudieran estar juntos.

Caminó con paso ligero por delante de la iglesia y de la fila de casas con tejados de paja. ¡Qué día! El sol brillaba; había traído al mundo a Barry Fingal Galvin, y encima con la aprobación del doctor Fingal Flahertie O’Reilly. Ahora se pasaría por la taberna para felicitar al padre, volvería a casa para una rápida cena y luego… (dio un brinco como un niño de diez años al salir del colegio para las vacaciones de verano).

Se detuvo ante la cucaña y esperó a que el semáforo cambiara. Un poco más adelante estaba el Cisne Negro. No quería demorarse demasiado allí. No estaría bien aparecer en casa de Patricia completamente borracho.

Cruzó la carretera y entró en…, ¿cómo lo llamaban los lugareños?, ¿el Pato Mugriento?

El bar, muy ruidoso por las voces que se superponían y las risas roncas, consistía en una única habitación de techos bajos con vigas vistas. A su izquierda había estanterías llenas de botellas detrás de una barra donde un hombre calvo, vestido con un chaleco de flores sobre una camisa de rayas, servía pintas de cerveza. Barry contó seis vasos medio llenos de Guinness puestos en fila sobre el mostrador de mármol.

El local estaba abarrotado. Hombres en mangas de camisa sin los cuellos rígidos y con pintas en la mano atestaban el bar. Seamus Galvin, con el tobillo izquierdo vendado, se bamboleaba en medio de la multitud. Tenía un brazo por encima de los hombros de un joven pelirrojo. ¿Donal…? Donal Donelly, eso era. Barry sonrió. Ya empezaba a reconocer a algunos pacientes de O’Reilly por su nombre.

A pesar del aire cargado del humo de tabaco de pipa que hacía que le picaran los ojos pudo distinguir en el pequeño espacio mesas y sillas tan atiborradas que no cabía un alfiler. O bien los lugareños de Ballybucklebo se tomaban la bebida muy en serio o la noticia del bebé de Galvin había llegado hasta allí con la velocidad del rayo. Barry sospechó que más bien se trataría de lo último. Buscó entre la multitud, pero no vio señales de O’Reilly.

El concejal Bishop, sentado a una mesa, agitaba su dedo vendado. El gesto le recordó al de un cliente llamando a un camarero lento.

—Laverty, aquí. Laverty, ¿dónde demonios está O’Reilly?

Barry, demasiado contento para dejar que las formas dictatoriales del concejal le abrumaran, se encogió de hombros y levantó las manos con las palmas hacia arriba.

—Cuando vea a O’Reilly, Laverty, dígale a ese viejo chiflado que ya es hora de que le eche un vistazo a mi dedo.

—Es doctor O’Reilly, Bishop —lo corrigió educadamente Barry—, y ya sabe a qué horas está abierta la consulta.

—Para usted soy el concejal Bishop, joven cachorro —respondió Bishop, comenzando a levantarse.

Un hombre sentado a la mesa puso una mano sobre el hombro del concejal.

—No seas tan quisquilloso, Bertie. Toma otra pinta. —El hombre le guiñó un ojo a Barry—. No haga caso, doctor. Está medio cocido.

Barry se dio la vuelta justo cuando la puerta se abrió y entró O’Reilly seguido por un jadeante Arthur Guinness con la lengua colgando y cubierto de arena. Horrorizado, se miró los pantalones de pana, los únicos que le quedaban limpios.

—Buenas tardes a todos los de la casa —bramó O’Reilly.

La conversación cesó. Todos los ojos se volvieron hacia la puerta. Los hombres sentados a la mesa más cercana se levantaron, uniéndose a los que estaban de pie junto a la barra. Sin una palabra de agradecimiento, O’Reilly cogió una de las sillas.

—Métete debajo y túmbate —ordenó. Para alivio de Barry, Arthur obedeció—. Ya puedes respirar tranquilo, Barry —declaró.

Barry se sentó, ocultando cuidadosamente las piernas bajo la silla para alejarlas del baboso perro.

—¿Lo de siempre, doctor? —preguntó el tabernero.

—Sí, y una pinta para el doctor Laverty.

En un segundo dos pintas de Guinness fueron depositadas sobre la mesa.

Sláinte[9] —brindó O’Reilly, vaciando la mitad del contenido de su vaso de un trago—. Hace calor ahí fuera.

—Sláinte mHath —contestó Barry, dando un sorbo a la amarga cerveza.

El tabernero regresó trayendo un cuenco. Se agachó y lo colocó bajo la mesa.

—A Arthur le gusta la cerveza —explicó O’Reilly—, pero sólo bebe Smithwicks amarga.

Barry escuchó ruido de chapoteo bajo la mesa. El zumbido de la conversación aumentó.

—Una ronda a cargo del doctor Laverty —anunció O’Reilly. Barry apretó los labios, pero pagó—. Riquísima —opinó O’Reilly, apurando el vaso—. Venga, chico, no dejes que se baje la espuma.

Barry tragó más Guinness, pero estaba decidido a limitar su bebida a una sola pinta. Había alguien detrás de él. Se volvió para descubrir a Seamus Galvin, con una sonrisa torcida en su delgada cara. Tenía un asombroso parecido con una comadreja borracha.

—¿Asssí que esss un niño, no, doctoresss? ¿Esss un chiquillo?

O’Reilly asintió.

—Oootra ronda, Willy —hipó Galvin, llamando al tabernero—. De mi cuenta.

—Tranquilo, Seamus —aconsejó O’Reilly—, necesitarás tu dinero ahora que tienes otra boca que alimentar.

Seamus trató de poner el dedo índice sobre la nariz, pero sólo consiguió meterlo en la fosa nasal.

—Ah, claro, soy como Paddy Maginty; me va a caer una fortuna. —Regaló a O’Reilly un guiño.

—¿En serio? —se sorprendió el médico, mirando a Barry—. ¿Y de dónde va a salir, Seamus?

—Cuanto menos diga, mejor. —Se sacó el dedo y miró la punta.

Dos nuevas pintas aparecieron. Barry sintió algo moviéndose entre sus pies, y la cabeza cuadrada de Arthur Guinness asomó.

—Una para Arthur —pidió Seamus.

El tabernero recogió el cuenco de Arthur.

Barry bebió de su primer vaso y miró el segundo.

Seamus Galvin se encaramó a una silla y se quedó quieto, meciéndose como un sauce en un vendaval. Soltó un silbido, casi tan penetrante como el aullido de la sirena de un remolcador.

Silencio total.

—Sssólo quiero deciiür… sssólo quiero decir… decir. —Se tambaleó y se agarró al respaldo de la silla—. Sssólo quiero…

—Suéltalo de una vez, Seamus —rugió alguien.

—Sssólo quiero decir… los dos mejores médicos del Ulster…, de toda Irlanda.

—¡Sí, señor! ¡Sí, señor!

Barry levantó la vista. Esta última intervención había venido de Donal Donelly, que estaba observando a O’Reilly. El joven pelirrojo tenía una mirada que parecía una mezcla de adulación y terror.

—¡Chorradas! —gritó el concejal Bishop—. Ese maldito O’Reilly no podría curar ni a un gato enfermo.

—Calla, Bertie —le recomendó el amigo.

Barry miró a O’Reilly, quien levantó el vaso hacia Bishop y sonrió. Notó que su sonrisa tenía suficiente hielo para hacer un agujero en el Titanio.

—¿No piensa decir nada, Fingal?

El médico negó con la cabeza.

—La venganza —recitó— es un plato que se sirve frío. No diré nada más por hoy.

Barry miró fijamente al corpulento concejal y pensó que preferiría no estar en la piel de Bishop cuando O’Reilly hiciera efectiva su promesa.

El tabernero regresó con el cuenco de Arthur. Sus sorbetones bajo la mesa dejaron de oírse cuando Seamus Galvin bramó:

—Sólo quiero decir… los mejores médicos de Irlanda. Me han traído un niño pequeño, eso han hecho. Que todo el mundo beba por Farry… Bingal… Gavlin. —Apuró su pinta entre los aplausos de la multitud.

Barry se sintió obligado a unirse al brindis. Contempló su vaso vacío con sorpresa. Esa cerveza había desaparecido demasiado rápido.

—Un pequeñín —continuó Galvin cuando por fin hubo un amago de silencio—. Y diré más… diré más: nuestro médico es muy listo porque —respiró hondo y paseó la mirada por toda la habitación— «cualquier viejo chatarrero puede hacer un agujero en el fondo de un cubo…, pero… pero se necesita un artesano para poner el pitorro en una tetera».

Palmeó a O’Reilly en el hombro y, ante los vítores renovados de los parroquianos, agitó ambos brazos sobre la cabeza, las manos apretadas en un puño como un boxeador que acaba de dejar K.O. a su oponente. Entonces se cayó desmayado de la silla con gran solemnidad.

—¡Jesús! —exclamó O’Reilly—. La bebida. Es la maldición de la tierra. Te hace pelear con tu vecino. Te hace disparar a tu patrón y te hace fallar. —Echó un vistazo alrededor—. Donal Donelly, mira a ver si puedes llevarte a este orgulloso, aunque paralítico, papá a casa.

—Lo haré, doctor, lo haré, así lo haré. —Donal dio un codazo al hombre que estaba junto a él—. Habrá que cogerle por las axilas. —Juntos se llevaron al desvanecido Galvin, arrastrándolo hasta la puerta.

—«No en la total desnudez,/ pero sí venimos rodeados por vapores de gloria» —recitó O’Reilly al grupo que se alejaba. Se volvió a Barry y añadió—: Bebe.

—Wordsworth, Atisbos de inmortalidad —reconoció Barry, dando un buen trago a su segunda pinta, y sorprendido porque le supiera mucho mejor que la primera.

—Willy, mi cerveza, y no te olvides de la de Arthur —rugió O’Reilly.

Barry sacudió la cabeza.

—Fingal, tengo que…

—Ver a cierta muchacha esta noche, ¿no es eso?

—Sí —contestó Barry, sonriendo con cara de tonto.

—Bueno, una más no te hará daño.

Alguien comenzó a cantar.

Un día, cuando caminaba errante y sin rumbo,
observé a una joven pareja que cariñosamente paseaba.
Ella era una doncella en la flor de la vida,
él era un soldado y un intrépido granadero
.

Barry, desentonando, se unió al coro.

Y se besaron dulce y amorosamente
mientras se apretaban el uno contra el otro
.

Por Dios que esa noche besaría a Patricia. Por Dios que la cerveza sabía bien. Y por Dios si no era Ballybucklebo el lugar más cercano al cielo en la tierra.

* * *

Había sido una tarde maravillosa, pensó Barry mientras acompañaba a O’Reilly y a Arthur de vuelta a la casa del médico. Maravillosa. Se rió mientras observaba a Arthur haciendo eses por la acera; el perro interrumpía constantemente su paso cada vez que sus patas delanteras se cruzaban como las de un caballo en una exhibición de doma. Tú, Arthur Guinness, pensó, tú debes de ser medio alcohólico. Al menos tu ardor ha sido aplacado y mis pantalones están a salvo. Barry tropezó y se agarró del brazo de O’Reilly.

—¡Quieta la tropa! —declamó O’Reilly.

—¿El duque de…? —Barry trató de recordar.

—Wellington —completó O’Reilly—. En Waterloo.

Barry empezó a percibir que no estaba del todo sobrio. Más valía que se recuperara. Nada podía estropear esa noche.

—Me pregunto… —comenzó O’Reilly, abriendo la puerta trasera— cómo le va a caer una fortuna a Galvin.

—¿Por qué? —se interesó Barry, cerrando la puerta a su espalda.

—No me gustaría pensar que se trata del dinero que Maureen ha estado ahorrando para emigrar.

Barry también se habría preocupado si Arthur Guinness no hubiera comenzado a emitir unos extraños aullidos al sentarse en el césped, con la cabeza hacia atrás, tratando de rascarse la oreja con la pata trasera, que aleteó en el aire como una bandera con la driza rota.

—Perro chiflado —murmuró O’Reilly—. Ven aquí.

Arthur se tambaleó sobre sus patas, dio unos cuantos tumbos y se quedó entre O’Reilly y Barry. Entonces levantó una pata y con la infalible precisión de un tirador de élite del ejército, hizo pis en todo el pantalón de Barry.

* * *

Barry aparcó a Brunilda, se alisó el mechón encrespado y miró hacia abajo. Su aspecto era todo un espectáculo. Maldito perro. Con unos pantalones todavía húmedos de la colada y los otros apestando a orines de perro, no le había quedado más remedio que aceptar el ofrecimiento de O’Reilly de prestarle unos. Los llamativos pantalones de cuadros, cortados para un hombre que medía metro noventa, incluso con el dobladillo dado la vuelta y la cintura ceñida por el cinturón, le hacían parecer como salido de un circo ambulante. Tampoco estaba muy convencido de que la breve cabezadita que se había echado, las grandes dosis de café negro de la señora Kincaid y los fritos grasientos que ésta le había hecho comer para que se repusiera le hubieran devuelto la sobriedad. De haberlo hecho, seguramente no estaría delante del número nueve de la Explanada, en Kinnegar, dando toda la impresión de ser un payaso.

Miró la fila de timbres, cada uno acompañado de un letrero escrito a mano. Patricia Spence. Piso cuarto. Apretó el timbre y esperó.

La puerta se abrió y Patricia salió.

—Hola, Barry Laverty. —Se volvió para cerrar la puerta y su alta cola de caballo ondeó con impertinencia mientras se giraba de nuevo hacia él con los ojos oscuros bien abiertos, los labios gruesos y el hoyuelo acentuándose con la sonrisa. Llevaba una blusa de seda blanca, una falda verde a media pierna y unos zapatos negros de tacón bajo.

El aliento se le atragantó.

—Pero ¿qué demonios…? —exclamó ella mirando fijamente los pantalones de Barry.

—Es una larga historia. —Sintió el calor en sus mejillas—. Te la contaré en el coche.

—Apenas puedo esperar para oírla.

Caminó a su lado mientras ella renqueaba; sostuvo la portezuela de Brunilda hasta que ella se sentó. La cerró, corrió hacia el otro lado, subió, encendió el motor y condujo.

—Ahora cuéntame lo de esos pantalones, señor Laverty.

—Señor Laverty —repitió él. La noche anterior no le había contado que era médico porque no quería que ella pensara que trataba de impresionarla—. Sólo tengo dos pantalones. Ambos se me han manchado hoy y he tenido que pedir prestados éstos a un amigo.

—¿Un zancudo?

Barry se rió.

—No, aunque es muy grande.

—También lo es el océano Atlántico, y pareces estar ahogándote en ellos. —Apoyó una mano sobre su brazo—. No te preocupes por eso. La ropa no siempre hace al hombre.

Sintió ganas de besarla, pero tenía que concentrarse en conducir.

—¿Adónde vamos?

—Había pensado que podríamos ir a la cañada de Strickland y dar un paseo hasta el mar.

—¿Le estás pidiendo a una chica coja que vaya a dar un paseo?

¿Se estaba burlando de él? ¿Estaba siendo sarcástica? Por el tono de su voz no había modo de saberlo.

—Patricia —dijo directamente—, si prefieres no ir a pasear, dímelo.

Ella se inclinó y le besó en la mejilla.

—Me gustas, Barry Laverty.

* * *

El resto del camino hablaron del tiempo, de la victoria de María Bueno ante Margaret Smith en Wimbledon (Patricia era una gran admiradora del tenis aunque no pudiera practicarlo) y de música pop. A ella le gustaban los Beatles, pero no lo tenía tan claro con respecto a ese grupo nuevo, los Rolling Stones.

Somos como dos perros extraños con el rabo muy tieso, andando en círculos y olfateándonos el uno al otro, pensó Barry. Sin embargo, y a pesar de la confianza que le daban los efectos subyacentes de las pintas de la tarde, no era capaz de llevar la conversación a un terreno más personal, como hubiera querido. Deseaba saber todo sobre ella.

—Ya hemos llegado —anunció—. Salgamos.

Ella le cogió la mano, y pudo sentir su seco calor. La guió hacia un sendero lleno de agujas de las coniferas por el que soplaba una ligera brisa inundada del aroma de los pinos. Caminaron a través de oscuros laureles y bancales con campánulas tardías. Los rayos de sol que se filtraban a través de los árboles formaban pequeños charcos dorados en la tierra pardusca.

Otros paseantes aprovechaban también el sol del atardecer. Pero Barry apenas si era consciente de ellos.

—Escucha —susurró ella. Percibió el canto de un pájaro en un tono aflautado que iba in crescendo—. Es el canto de un zorzal —puntualizó—. Se puede reconocer a más de un kilómetro. Me encantan los pájaros.

—¿Te gustan?

—Mi padre es ornitólogo. Nos enseñó a mi hermana y a mí cosas sobre ellos cuando éramos pequeñas y vivíamos en Newry.

—El mío me enseñó astronomía.

—Tienes algo de observador de estrellas, ¿no es eso?

—Sí —contestó suavemente, y sin hacer caso de los paseantes se inclinó para besar sus labios.

—Hummm —dijo ella—, me gusta, pero deberíamos darnos prisa si queremos llegar a la orilla.

—No está lejos —contestó, todavía saboreándola.

Un niño de unos cinco o seis años pasó corriendo junto a ellos, se detuvo y, señalando a Barry, gritó: «¡Mamá, mira ese hombre con pantalones de payaso!».

Sintió la risa de Patricia, cálida como la mantequilla en una tostada caliente.

—No señales, Sammy —recriminó la madre al niño, sonriéndoles al pasar—. No le hagan caso, es sólo un niño.

—Sigamos, Pagliacci —propuso Patricia, agarrando la mano de Barry.

—¿Pali qué?

—Un payaso. De una ópera. Los Beatles no son los únicos a los que escucho.

—No sé mucho de ópera.

—Yo te enseñaré. Tengo montañas de discos en mi apartamento. Voy a la Universidad Queen’s. Me he apuntado en unos cursos extra de verano. Quiero graduarme lo más rápido que pueda. Newry está demasiado lejos de Belfast para ir y venir en el día, y los alquileres son más baratos en Kinnegar.

—Ya entiendo. De modo que eres estudiante y te gusta la ópera. ¿Y leer?

Ella frunció el ceño levemente.

—Lo he intentado con Hemingway, pero es demasiado árido. Prefiero a John Steinbeck.

—¿Cannery Row?

—Me encanta Dulce jueves.

El sendero había comenzado a descender y tuvo que ayudarla para que no tropezara con las raíces de los árboles que sobresalían de la tierra como serpientes petrificadas. Saltó por encima de una rama caída.

—¿Podrás hacerlo?

—Creo que sí —saltó—. Cógeme.

Lo hizo sosteniéndola con delicadeza contra él, a pesar de que el cinturón que sujetaba los pantalones enormes se le estaba clavando en el vientre.

—Muchas gracias, señor —le besó—. Es lo que me parecía: sabes a cerveza.

—He tenido que tomarme una pinta con mi jefe esta tarde.

—Así que eres un poco borrachín, Barry Laverty.

—Nunca estoy sobrio —hipó—. Normalmente a la hora de comer ya estoy trompa.

Ella se rió.

—Deja de hacer el ganso.

—Vamos. —Le cogió la mano—. Está al otro lado del puente —indicó, caminando por una estrecha pasarela de madera que salvaba un arroyo—. Puede que haya truchas ahí abajo, en esa hondonada pegada a la orilla.

—O un hobbit escondido bajo el puente. Acabo de terminar de leer El Señor de los Anillos.

Conocía a Steinbeck y a Tolkien.

—Así que estás haciendo una licenciatura en arte.

—No —dejó de caminar—. ¿Por qué lo dices?

—No lo sé. Pareces estar muy al día sobre el tipo de autores que debe conocer una estudiante de arte.

—Y crees que las mujeres deben estudiar arte o enfermería, ¿no es eso? Y que siempre hay trabajo para las buenas secretarias.

—Yo…

—Tengo veintiún años y soy la estudiante más joven de mi clase…, mi clase de ingeniería civil…, y sólo somos seis.

—¿Seis qué? ¿Ingenieros?

—No. Hay ochenta y dos alumnos en la clase, pero sólo seis son mujeres.

—Sigo sin entenderlo. Nosotros teníamos diez mujeres en nuestro grupo en la universidad.

—¿Y qué es exactamente lo que no entiendes? —Sus ojos se estrecharon, frunció los labios y cruzó los brazos.

—¿Por qué te pones así? ¿Por qué no habría de haber mujeres ingenieros o médicos?

—A mucha gente no le gusta. ¿Tienes idea de lo mucho que me costó entrar?

—Todas las carreras son duras.

—Y todavía lo son condenadamente más si eres una mujer. —Dio un paso hacia atrás.

—Bueno, pues no debería serlo. —A Barry no le gustó el curso que estaba tomando la discusión.

—¿Lo dices de verdad?

—Claro que sí. —Vio que sus hombros se relajaban.

—¿En serio?

—Si quieres ser ingeniero deberías tener la oportunidad.

Ella apretó los labios y declaró más bien para sí misma:

—Maldita sea si no es así.

Barry se acercó a ella.

—Pensaba que querías ser ingeniero civil.

—Y quiero serlo.

—Bien, pues empieza practicando conmigo.

—¿Qué?

—Estabas a punto de cortarme la cabeza. No veo nada cívico en eso.

—Verás, me costó un infierno que me admitieran. Las mujeres tienen que luchar por sus derechos.

—Muy cierto. Pero no hace falta que luches conmigo.

—Tienes razón.

—Por supuesto que la tengo —afirmó, y le sonrió.

Su rabia cesó al igual que una tormenta de verano.

—No debería haberte gritado, pero… maldita sea. —Lo agarró y lo besó con fuerza—. ¿Estoy perdonada?

La habría perdonado no por uno, sino por los siete pecados capitales y algunos mortales más para completar el lote.

—A la playa, mujer —ordenó con fingida severidad.

—Sí, señor. —Le cogió de la mano.

* * *

—Fíjate en aquello —indicó. Al otro lado de la bahía de Belfast sobre la orilla de Antrim se erigía el castillo de Carrickfergus, una fortificación sólida y cuadrada de oscuros muros de granito construida por los normandos, que en su día fue refugio de Robert Bruce y lugar de desembarco de Guillermo de Orange en 1690.

Uno de los herrumbrosos cargueros de carbón de la Compañía Kelly se abría paso hacia el embarcadero de Bangor, al otro lado del cabo. El humo de su chimenea alta y estrecha ensuciaba el nítido cielo, desgarrándolo en jirones por la brisa del noroeste.

—Solía venir a pasear por aquí cuando era pequeño.

—Es encantador.

—En verano sí, pero en invierno el agua puede llegar a estallar. —Igual que alguien que estoy empezando a conocer, pensó.

Ella se levantó mirando hacia arriba; su cola de caballo se movía con el viento. Sobre su cabeza dos pájaros marrones con picos largos y curvados planeaban con sus rígidas alas por la corriente de aire invisible. Sus gritos sonaban melancólicos.

—Zarapitos —señaló, volviéndose hacia él—. Ahora ya sabes todo sobre mí.

Y un cuerno, pensó, y distinguió la luz del sol brillando en sus ojos.

—Cuéntame cosas sobre Barry Laverty.

—Bueno, aparte de mi incurable alcoholismo y mi inquebrantable creencia en que las mujeres nunca deben ser admitidas en las facultades de ingeniería…

—Corta esa parte —sonrió—. Siento mucho haberla tomado contigo.

—Está bien. —Bajó la vista y luego volvió a levantarla—. Tengo veinticuatro años, sin hermanos ni hermanas. Me gusta leer y pescar. Solía salir a navegar, pero ahora estoy demasiado ocupado. —Se detuvo antes de mirarla a los ojos y decir—: Mi padre es ingeniero.

—¿De qué?

—De minas. Él y mi madre están en Melbourne.

—¿Y qué hace el hijo del ingeniero de minas?

—De hecho… de hecho, soy bailarina en el ballet de Sadler Wells.

—¿Cómo?

—Bueno…, ¿por qué no puede ser un hombre bailarina?

Ella le golpeó en el pecho.

—Estúpido. Está bien. Touchée.

La cogió por la muñeca.

—Soy médico. Soy el ayudante del doctor O’Reilly en Ballybucklebo.

—¿Eres médico de cabecera?

—Eso es.

Señaló sus ridículos y enormes pantalones y se rió.

—Bien, doctor, espero por tu bien que ninguno de tus pacientes te haya visto esta tarde. —Se acurrucó contra su pecho mientras el sol se deslizaba tras las colinas de Antrim, dejando que una última franja de luz iluminara el oscuro mar. Él la besó, buscando su lengua y sintiéndose invadido por un suave estremecimiento.

—Eso es lo que yo llamo conducta cívica —declaró, y volvió a besarla.

* * *

Barry echó un vistazo por la rendija de la puerta de doble hoja de la sala de estar. La luz de una lámpara de sobremesa le permitió distinguir a O’Reilly con los pies sobre la mesita del café, repantingado en su sillón. Un ejemplar del libro de Winston Churchill Historia de los pueblos de habla inglesa yacía abierto encima de la mesa. La cabeza de O’Reilly estaba caída hacia la izquierda, mientras que Lady Macbeth estaba enroscada entre su cuello y el hombro derecho. El hombretón roncaba tan fuerte que el ronroneo de la gata sólo se apreciaba cuando aquél espiraba.

A Barry le vino a la memoria el proverbio que decía: «Y el león yacerá con el cordero». Pero era difícil saber quién era quién, dada la propensión de Lady Macbeth a morder y la habilidad del médico para convertirse en un león cuando se excitaba.

O’Reilly abrió un ojo.

—Ya estás en casa.

—Lo siento, Fingal. No pretendía molestarle.

—¿Qué hora es?

—Las once.

O’Reilly se rascó la tripa. Sus movimientos descolocaron a la gata, que se deslizó por la chaqueta y se enroscó en su regazo, rodando hacia un lado y torciendo la cabeza en ese ángulo imposible que sólo los gatos son capaces de conseguir. Barry pensó que parecía como si la hubieran dado la vuelta.

—¿Has pasado una buena velada?

Barry saboreó los recuerdos del lento camino de vuelta a través del aire plagado de polillas, deteniéndose para observar el vuelo en picado de los murciélagos, riéndose juntos de los chillidos que emitían. Deteniéndose para besar sus labios, su pelo. La vuelta al apartamento de Patricia, su invitación para que entrara y su cortés negativa. Había sabido desde el momento en que la vio que ella era diferente, especial, y después de su estallido de mal humor en la cañada creyó que si la presionaba demasiado lo rechazaría. Era mejor que las cosas se asentaran gradualmente a tratar de acelerarlas hasta su punto de ebullición.

—Deduzco por tu silencio que la respuesta es sí —dijo O’Reilly, acariciando la cabeza de la gata.

—Ha sido maravillosa.

—Uff. Mujeres.

Barry miró de reojo a O’Reilly, esperando descubrir por su tono de voz el desagrado escrito en la cara del hombretón, pero sólo vio tristeza en sus ojos castaños.

—Vamos, Fingal. No lo dice en serio.

—¿Que no? ¡Por Dios! —Se levantó. Lady Macbeth se deslizó hasta la alfombra. O’Reilly se acercó a la ventana con las manos unidas a la espalda y miró fijamente hacia fuera—. Mujeres. No dan más que disgustos. —Se dio la vuelta, y durante un instante Barry creyó ver los ojos humedecidos—. Jesús, ¿no vas a parar nunca? —increpó a Lady Macbeth, que toda contenta había vuelto a convertir la tapicería en jirones—. Déjalo ya.

Lady Macbeth rasgó un último jirón, dio un salto hasta el sillón de O’Reilly y se agazapó con la espalda arqueada, agitando la cola.

Barry se sintió aliviado porque el animal les hubiera distraído. Fuera lo que fuese que disgustaba a O’Reilly no era de su incumbencia.

—Tal vez Kinky tenga razón. Deberíamos preguntarle a Maggie qué podemos hacer con esta damisela.

—No es a Maggie a quien necesitamos, sino a un maldito exorcista.

—¿De qué está hablando?

—Creo que está poseída.

Barry se rió.

—¡Venga ya!

—No le gusta Stravinsky —explicó O’Reilly, puede que también aliviado por encontrar un tema diferente del que hablar.

—¿Y cómo lo sabe?

—Observa. —O’Reilly se acercó al montón de discos y puso uno en el aparato negro. Los coros de la Sinfonía pastoral de Beethoven inundaron la habitación. Barry pensó en la cañada del pinar y en la dulzura de Patricia.

Lady Macbeth se sentó muy tiesa, con los bigotes apuntando hacia delante; acto seguido saltó al suelo con la cola erecta y se frotó contra las piernas de Barry, rodeándolas confiadamente.

—Parece una gata feliz.

—Lo es. Le gusta el viejo Ludwig, pero observa esto. —O’Reilly cambió el disco.

Barry escuchó las desconocidas cadencias y pensó que rozaban la cacofonía.

Los topetazos de Lady Macbeth cesaron. Muertos. Sus pupilas se agrandaron y todo lo que Barry pudo percibir en ellas fue oscuridad. Bufó. Escupió. Movió la cola en círculos y sin previo aviso se lanzó contra él mordiéndole en la espinilla.

—Bicho asqueroso. —La apartó y se subió la pernera de los pantalones prestados. Al menos no le había alcanzado la piel.

O’Reilly levantó el brazo del gramófono y la música cesó. Lady Macbeth se sentó y comenzó a lamerse.

—Ya hemos tenido bastante de La consagración de la primavera. Y si piensas que se trata de una casualidad… —O’Reilly dejó caer de nuevo la aguja.

Lady Macbeth cargó contra O’Reilly. Cruzó la habitación en diagonal dando una serie de brincos laterales, con las patas rígidas, la espalda arqueada, como un canguro saltando, pensó Barry, pero un canguro con intenciones homicidas.

—¿Ves? —O’Reilly detuvo la música—. Poseída. Tal vez el padre O’Toole pueda practicar algún exorcismo con ella.

—Nunca he visto nada igual. —Barry miró al animal que ahora estaba tranquilo—. Me pregunto si le gustarán los Rolling Stones.

—¿Quién?

—Los Rolling Stones. Son una banda de rock.

—Probablemente le vuelvan loca —contestó el médico, bostezando—. En cualquier caso, yo me voy a dormir. Vamos a estar muy ocupados los próximos días.

—¿Y eso?

—El jueves es 12 de julio, día de inmortal y gloriosa memoria. Salvo que alguien esté a las puertas de la muerte, nadie querrá perderse el desfile, de modo que todo aquel que tenga blefaritis, ampollas, juanetes, bursitis o un corazón roto estará retorciéndose de dolor en la sala de espera a primera hora de mañana, del martes y del miércoles.

—Oh.

—Así que tendrás que esperar unos cuantos días para volver a ver a la luz de tu vida.

—Bueno, yo…

—No te preocupes —interrumpió O’Reilly mientras se retiraba—, podrás tener la noche del viernes libre.

—Gracias, Fingal —dijo a la espalda que se alejaba. Decidió que se quedaría un rato más allí sentado. Era demasiado pronto para irse a la cama y sabía que no podría dormir. Tenía mucho en que pensar.

Patricia. Suave, cálida, deliciosa, y con carácter. Patricia Spence. Ahora tenía veintiún años. Hizo un cálculo rápido. Eso significaba que no debía de tener más de ocho cuando tuvo la polio. Muchos niños —los había visto como pacientes— cayeron en la autocompasión, utilizando la incapacidad en su provecho para granjearse la simpatía de los demás. Ella no lo hacía. Era impresionante que estuviera estudiando ingeniería civil. La telefonearía mañana, y confiaba en que estuviera libre el viernes. Tal vez pudiera permitirse llevarla a cenar.

Lady Macbeth saltó a su regazo, asustándole e interrumpiendo sus reflexiones. Jesús, vaya casa. Una gata asesina, un labrador salido, un toque de dipsomanía para redondear y un colega mayor que, por oscuras razones, no parecía tener en muy alta estima al sexo opuesto. ¿Quería de verdad formar parte de este zoológico?

—Discúlpeme, doctor Laverty. Tengo unos pantalones suyos lavados y planchados para usted, así es. —No había oído acercarse a la señora Kincaid.

—Gracias —se levantó.

—Ya puede quitarse los de él. No parece que le sienten demasiado bien.

—Lo sé. —Y tampoco creo estar preparado para meterme en los zapatos del hombretón, pensó—. Debería estar en la cama, señora Kincaid.

—Iba de camino. ¿Necesita algo más antes de que me vaya?

Su tono servicial sonaba un tanto feudal.

—No, gracias. Aunque… —Barry dudó—. Señora Kincaid, ¿le importaría si le hago una pregunta?

—Adelante.

—Es sobre el doctor O’Reilly. —Notó cómo ella se ponía tensa y sus labios se convertían en una línea—. Estoy un poco preocupado por él.

Ella se relajó casi imperceptiblemente.

—¿Y eso?

—Parece incomodarse cada vez que menciono a una joven con la que he empezado a verme.

—¿Lo hace?

—Sé que es una tontería, pero antes —y, por favor, no se ría— me dio la impresión de que iba a echarse a llorar.

—¿En serio? —Sus ojos se suavizaron y se meció ligeramente sobre sus talones—. A veces pido a Dios que lo haga.

Barry comprendió que no era el momento de interrumpirla.

—¿Puedo sentarme, señor?

—Por favor.

Acomodó su voluminosa figura en el sillón, miró de soslayo la puerta cerrada y bajó la voz.

—¿Guardará lo que voy a decirle para sí?

—Por supuesto.

—Él no sabe que yo lo sé. Es un hombre muy reservado, así es. —Barry aguardó—. Me lo contó el viejo doctor Flanagan. En 1941, en el mes de abril, el martes de Pascua, los alemanes, esos condenados bastardos, lanzaron bombas sobre Belfast, sí, y sobre Bangor. —Su mirada se endureció. Apretó los puños—. Una de ellas alcanzó a una joven enfermera y murió. Llevaban casados seis meses. Él la había cortejado durante tres duros años. Adoraba a esa chica, así es.

—¡Dios mío!

—Por entonces él estaba lejos en aquel barco enorme. No supo hasta junio que ella había muerto. —Le miró a la cara—. Aquello le causó un daño terrible, doctor Laverty.

—Y todavía le duele —susurró Barry.

—Sí, así es. —Se levantó, poniéndose delante de él—. Sé que él se alegra por usted y su chica, pero creo que le preocupa que pueda sufrir como él. Le ha cogido mucho cariño, doctor. Puedo asegurárselo.

—Señora Kincaid, le agradezco mucho que me lo haya contado.

—No se hable más, aunque… —Le sonrió—. Sólo estamos usted y yo para cuidar de este hombretón chiflado.

—Entiendo.

—Confío en que así sea, porque no me gustaría verle hundido de nuevo. —La señora Kincaid se irguió como un centinela, sacando hacia fuera sus tres papadas, con los ojos encendidos.

—No se preocupe, señora Kincaid.

—Eso espero. Bueno, váyase a la cama. Ustedes dos estarán corriendo de un lado a otro como abejas sobre un ladrillo caliente los próximos días, y él ya no es tan joven. —Se llevó una mano a los riñones—. Yo misma ya no soy un pimpollo de primavera. —Cruzó la habitación y se volvió—. Sé que no me corresponde decirlo, doctor Laverty, pero me alegraría mucho si decidiera quedarse aquí. Permanentemente.

Barry se levantó.

—Lo pensaré, señora Kincaid. Lo prometo.

—Bueno, pues piénselo muy mucho —añadió—. Porque él es un buen hombre y le necesita aquí.