Capítulo 7
Sonó un teléfono. Barry encontró a tientas el aparato. La hermana enfermera del turno de noche debía de querer que se presentara para una de las guardias. Su mano, la que se había cortado con la verja del señor Kennedy, se chocó con una mesilla. ¡Ay! El dolor consiguió despertarlo de golpe, y recordó que no estaba en su habitación de residente del Royal Hospital, sino en la buhardilla de la casa de O’Reilly.
La puerta se abrió y un rayo de luz del descansillo entró en el cuarto. Una figura alta estaba en el umbral.
—Arriba —ordenó O’Reilly—, y no hagas ruido. No vayas a molestar a Kinky.
—De acuerdo. —Barry se frotó los ojos, salió de la cama, se vistió y bajó las escaleras para encontrarse con que O’Reilly, maletín en mano, le estaba esperando en el vestíbulo.
—Vamos. —Se dirigió hacia la cocina. Barry le siguió y cruzó la puerta del jardín trasero, apenas iluminada por la tenue luz de una farola lejana. Arthur Guinness asomó la cabeza fuera de la caseta.
—No voy a cazar —le advirtió O’Reilly.
—Ump —farfulló Arthur, mirando de reojo el pantalón de Barry. El perro debió de pensar que a esa hora un encuentro amoroso suponía demasiado esfuerzo. Retrocedió en su caseta, murmurando algo en idioma labrador.
Barry se subió al Rover.
—¿Qué hora es?
—La una y media de la madrugada —contestó O’Reilly, conduciendo por el sendero.
Barry bostezó.
—Ha llamado la señora Fotheringham. Dice que su marido está enfermo, pero yo lo dudo mucho. —Se dirigió hacia la carretera—. El mayor Basil Fotheringham tiene todas las enfermedades humanas conocidas y algunas más con las que sólo los marcianos han soñado. Siempre se pone en lo peor después de la medianoche, y, por lo que yo sé, está tan sano como una maldita pulga. Todo está en su mente. —Dobló hacia la izquierda en el semáforo.
—Entonces ¿qué hacemos por las colinas de Ballybucklebo a estas horas de la madrugada?
—¿Sabes la historia del residente y el cirujano? —preguntó O’Reilly, poniendo las luces largas del coche.
—No.
—El cirujano llega para hacer la ronda de la mañana. «¿Cómo está todo el mundo?», pregunta. «Estupendamente», contesta el residente, «excepto aquel que pensaba que era un neurótico, señor». «¡Oh!», exclama el gran hombre, «¿se ha ido a casa?». «No exactamente, señor. Murió la pasada noche». De vez en cuando incluso el cretino que se finge enfermo se pone malo.
—Mensaje recibido.
—Bien. Ahora estate calladito. No queda lejos, pero tengo que recordar cómo se llegaba.
Barry guardó silencio y contempló cómo los faros del coche se abrían paso en la oscuridad. Ahora que Ballybucklebo había quedado atrás, las tinieblas los envolvían tan estrechamente como una mortaja. Miró hacia arriba y vio el Triángulo de Verano: Altair, Vega y Deneb hacia el noroeste, cada estrella clavada en un cielo azabache iluminado por la mancha plateada de la Vía Láctea. Su padre había sido un hábil astrónomo aficionado, probablemente porque durante la guerra fue oficial de marina. Él fue quien le había enseñado todo sobre las constelaciones.
Ahora sus padres estarían viendo unas estrellas muy diferentes, pensó. La Cruz del Sur centellearía sobre sus cabezas. La última carta desde Melbourne, donde su padre cumplía un contrato de dos años como ingeniero consultor, estaba llena de entusiasmo por Australia, y sugería que allí había toda clase de oportunidades para los médicos. Barry contempló una estrella fugaz que cruzaba resplandeciendo hacia Orión, y supo que estaba en casa entre las estrellas del norte.
El coche frenó en un camino de acceso, y Barry volvió a la tierra.
—Cuando lleguemos allí quiero que me des la razón en todo lo que diga, ¿entendido? —advirtió O’Reilly.
Barry vaciló.
—Pero los médicos no siempre están de acuerdo. A veces una segunda opinión…
—Tú sígueme la corriente, hijo. Y hazme el favor de abrir la verja.
Barry bajó del coche, abrió la verja, esperó a que el Rover pasara para volverla a cerrar y caminó por un sendero de grava que llegaba hasta una casa de dos pisos. Un farol imitación de los de los carruajes estaba encendido en el porche de ladrillo rojo. «Estar de acuerdo en todo lo que diga. Seguirle la corriente». ¿Y qué sucedería si O’Reilly cometía un error? Barry miró hacia delante. Allí estaba el médico, una figura oscura a contraluz de una puerta abierta, hablando con una mujer en bata.
—Señora Fotheringham, éste es mi ayudante, el doctor Laverty —dijo cuando Barry llegó.
—¿Cómo está usted? —saludó, en una pobre imitación del acento de una terrateniente inglesa—. Me alegra tanto que hayan venido. El pobre Basil no se encuentra bien, nada, nada bien. Nada en absoluto.
Barry reconoció el áspero acento del Ulster bajo su afectada delicadeza. Eso, pensó, es lo que yo llamo suero de mantequilla apareciendo debajo de la nata. La siguió mientras les guiaba a través de un vestíbulo costosamente empapelado, decorado con grabados de escenas de caza, y por una escalera enmoquetada hasta un gran dormitorio. Unas cortinas de terciopelo rosa tapaban la ventana, desentonando con la tela de tul naranja pálido que recubría la cama con dosel.
—Han llegado los médicos, querido —anunció la señora Fotheringham, acercándose a la cama y acariciando la frente del hombre que yacía en ella.
El mayor Fotheringham se arrellanó en las almohadas y soltó un leve gemido. Barry le observó para encontrar algún signo de fiebre o de dolor, pero no vio sudor en la frente del paciente; tampoco había agitación en sus acuosos ojos azules, ni una gota resbalando de su estrecha nariz y colgando del recortado bigote de aire militar.
—Bien —empezó O’Reilly—, ¿cuál es el problema esta vez?
—Se encuentra mal, doctor —habló la señora Fotheringham—, como sin duda puede apreciar, ¿no?
—Oh, desde luego —contestó, haciendo sitio entre la hilera de cremas y ungüentos que descansaban sobre el cristal de un ornamentado tocador para colocar su maletín—. Pero me ayudaría mucho si el mayor Fotheringham pudiera describirme los síntomas.
—Pobrecillo —continuó ella—, apenas puede hablar, pero creo que son sus riñones.
—Ah, por supuesto —repuso el médico, sacando el estetoscopio de su maletín—. Los riñones, ¿no es eso?
—Oh, sí —asintió ella, retorciendo el borde de su bata de seda—. Definitivamente. Creo que necesita un examen completo.
—Entonces será mejor que le eche un vistazo —declaró O’Reilly, acercándose a la cama—. Saque la lengua, Basil.
Ya empezamos otra vez, pensó Barry. O’Reilly no había hecho ni el más mínimo signo de mencionar ninguna clase de historial, y había pasado directamente al examen físico. «Dame la razón en todo lo que diga». Bueno, ya veremos.
—Hummm —murmuró O’Reilly, bajando el párpado inferior del paciente y mirando el color del iris—. Humhummm. —Le cogió una muñeca y, con grandes florituras, consultó su reloj—. Hummm.
Barry observó la estrecha cara de la señora Fotheringham, que no perdía de vista cada movimiento que hacía O’Reilly, y escuchó sus leves inhalaciones con cada «hum» que él murmuraba.
—Desabróchese el pijama, por favor. —El médico colocó su palma izquierda en el pecho sin vello del paciente y golpeó el dorso de la mano con los dos primeros dedos de la derecha—. Hummm. —Se colocó los audífonos del estetoscopio en sus orejas de coliflor y llevó la campana de éste hasta el pecho—. Quiero grandes aspiraciones.
El mayor Fotheringham cogió aire y aspiró, dentro y fuera, dentro y fuera.
—Siéntese, por favor.
El paciente obedeció. Hubo más golpecitos con los dedos; más estetoscopio —esta vez en la espalda—; más resoplidos e inspiraciones; más «hums».
La señora Fotheringham abrió enormemente sus pequeños ojos.
—¿Es serio, doctor?
O’Reilly se quitó el estetoscopio de los oídos y se volvió hacia ella.
—Disculpe, ¿qué decía?
—¿Es grave?
—Ya veremos —contestó, volviéndose hacia el mayor Fotheringham—. Túmbese. —Efectuó con mano experta un rápido y completo examen del vientre—. Hummm, huh. Ya veo.
—¿De qué se trata, doctor? —La voz de la señora Fotheringham sonaba con la misma expectación que Barry había oído en las voces de los niños cuando deseaban un regalo.
—Tiene razón —declaró O’Reilly—. Pueden ser los riñones.
¿Y cómo demonios habría llegado a ese diagnóstico?, se preguntó Barry. Nadie había dicho nada sobre fiebre, escalofríos o dificultad y dolor al orinar, ni el médico había hecho nada que se acercara al examen de los órganos en cuestión.
—Ya te lo dije, querido —comentó la señora Fotheringham con aire satisfecho, mientras ahuecaba las almohadas de su marido. El mayor se tumbó lánguidamente, más silencioso que nunca, en su cama con dosel.
—Pero puede que no sean los riñones —prosiguió O’Reilly cogiendo su maletín—. Creo que deberíamos hacer una prueba para cerciorarnos, ¿no piensa lo mismo, doctor Laverty?
Barry se encontró con la mirada de O’Reilly y tragó saliva.
—No termino de ver…
—Por supuesto que lo ve. —El médico entrecerró los ojos; su tono se endureció.
—Pero…
—En un caso así debemos ser muy cautelosos. ¿No está de acuerdo, señora Fotheringham?
—Oh, desde luego, doctor. —Le sonrió—. Sí, claro.
—Entonces ya está decidido —zanjó, mirando con furia a Barry, que apartó los ojos. O’Reilly revolvió en su maletín y sacó un frasco que el joven reconoció inmediatamente. En su interior había pequeñas tiras de cartulina que se utilizan para detectar el azúcar o las proteínas en una muestra de orina. ¿Qué estaría tramando ahora?
—Necesitaré su ayuda, señora Fotheringham —solicitó el médico, entregándole varias tiras.
—Sí, doctor —contestó con ojos brillantes y sonrisa apenas contenida.
—Quiero que… —miró su reloj—. Ahora son las dos y cuarto…, de modo que debe empezar la prueba a las tres. Haga que Basil beba medio litro de agua.
—¿Medio litro? —exclamó.
—Medio litro completo. A las cuatro déle otro medio, pero no antes de que haya dejado una muestra.
—¿Una muestra?
—De orina.
—Oh.
—Sumerja una de estas tiras en ella y después déjela sobre el tocador.
La señora Fotheringham miró dubitativa el puñado de tiras de su mano.
—Muy bien —contestó con un suspiro. Sonaba, pensó Barry, como una señora inglesa en la India colonial a quien se le hubiera pedido que limpiara un montón de estiércol de elefante de las calles de Bombay y estuviera dispuesta a hacerlo únicamente por el bien del imperio.
—Y quiero —prosiguió implacable O’Reilly— que repita el test cada hora hasta que el doctor Laverty y yo volvamos para examinar los resultados.
—¿Cada hora? Pero…
—Es una imposición terrible, señora Fotheringham, pero… —apoyó una manaza en su hombro— sé que puedo confiar en usted.
Ella suspiró.
—Eso debería darnos la respuesta, ¿no cree, doctor Laverty?
Barry asintió, sabiendo que sus anteriores intentos de replicar habían sido infructuosos. Sin duda cualquier protesta que pudiera hacer sería aplastada por una colosal fuerza destructiva, pero aun así se despreció por su falta de coraje.
—Bien —ratificó O’Reilly, mirándole. Se volvió hacia la señora Fotheringham, que estaba colocando el puñado de tiras—. Debe empezar a las tres, y recuerde: esta prueba nos dirá de una vez por todas lo enfermo que está su marido. Fíjese, estoy casi seguro de saber lo que tiene.
Ella asintió débilmente.
—No se moleste en acompañarnos a la salida —dijo O’Reilly, dirigiéndose hacia la puerta—. Va a tener una noche muy ocupada.
* * *
Barry se sentó muy tieso en el Rover. Estaba enfadado por los trucos de O’Reilly y por su propia incapacidad para intervenir. Observó cómo las franjas amarillas creaban sombras pastel en el gris del falso amanecer y se revolvió en su asiento.
—Venga —dijo O’Reilly—, suéltalo.
—Doctor O’Reilly, yo…
—Crees que mi historia apesta, y que no voy a ninguna parte con toda esa estupidez sobre las tiras.
—Bueno, yo…
O’Reilly se rió entre dientes.
—Hijo, conozco a los Fotheringham desde hace años. Ese hombre nunca ha tenido una enfermedad real en toda su vida.
—Entonces ¿por qué no les dijo que esperaran hasta mañana?
—¿Lo habrías hecho tú?
—Si conociera al paciente tan bien como usted obviamente parece conocerlo, lo haría.
O’Reilly sacudió la cabeza.
—Ésa es otra de mis pequeñas reglas. Si alguien está lo bastante preocupado para llamar por la noche, a pesar de que yo esté condenadamente seguro de que no es nada, acudo.
—¿Siempre?
—Dios, sí.
Nada en el tono de O’Reilly sugería orgullo. No había ni un ápice de autosuficiencia, sólo la constatación de cómo funcionaban las cosas en el particular universo del gran doctor.
—Ya veo —repuso Barry, aceptándolo a regañadientes—, pero ¿qué eran todas esas tonterías sobre el test? Nunca he oído hablar de ese procedimiento.
—¡Ah! —exclamó el médico, doblando hacia el sendero de la parte trasera de su casa—, «hay más cosas en la tierra y el cielo, Horacio, de las que tu filosofía puede imaginar».
—No conseguirá eludirme por mucho que me recite Hamlet, doctor O’Reilly.
—No —reconoció O’Reilly mientras frenaba—. No pensaba hacerlo; pero tendrás que esperar a que volvamos a casa de los Fotheringham para conocer la respuesta. Ahora sé un buen chico, sal del coche y ábreme la puerta del garaje.
Mientras O’Reilly aparcaba el coche, Barry le aguardaba en el sendero. Miró por encima del torcido campanario de la iglesia, donde las nubes estaban iluminadas por el sol naciente.
—¡Buen Dios! —exclamó O’Reilly, por encima del hombro de Barry y mirando también hacia arriba—. «Cielo rojo en la alborada: marinero, ten cuidado». Me pregunto qué nos deparará el resto del día.