Capítulo 11
—Te pareces al mismísimo Héspero[6], una completa ruina —señaló O’Reilly, inclinándose hacia delante en un sillón del piso de arriba y mirando por encima del Sunday Times.
—Me acosté tarde —bostezó Barry.
—Lo sé. Oí a Arthur. Parecía contento.
—Desearía… —comenzó Barry con intención de decirle a O’Reilly que habría que hacer algo con ese maníaco sexual de perro, pero el médico le interrumpió.
—Debían de ser las dos de la mañana. Menos mal que hoy no hay consulta. ¿Qué te entretuvo tanto?
Barry se derrumbó en el otro sillón.
—El destino —contestó—. Kismet. —Miró hacia la ventana sin ver el campanario de la iglesia sino el rostro de Patricia.
Barry dudó si hablarle a O’Reilly de ella, pero decidió que no era el momento. Ella era suya para saborearla en privado. Al menos por un tiempo. Sin duda el médico haría alguna broma cruel, y no deseaba oírla.
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por un rítmico ruido de arañazos.
—¡Deja de hacer eso! —gritó O’Reilly, tirando el suplemento del Times en su dirección.
—¿Dejar de hacer qué? —preguntó, esquivando la revista.
—No te hablo a ti. Es a ella. A Lady Macbeth.
La gata blanca abandonada ante la puerta había recibido ese nombre después de arañar, hasta hacerle sangre, el morro de Arthur Guinness, provocando que el perro se refugiara en su caseta dos veces. O’Reilly había comentado que saltaba a la vista que la gata tenía una clara ambición de mandar en toda la casa y, al igual que el personaje del que recibía su nombre, bien podría matar para conseguirlo.
El animal se mantenía medio erecto sobre sus patas traseras, con el cuerpo arqueado con una curvatura similar a la de los corvejones de un caballo cojo. Arañaba y rasgaba con sus garras delanteras la tapicería de la butaca de Barry con el entusiasmo de una segadora fuera de control.
—Alto ahí, damisela —ordenó O’Reilly, poniéndose delante del animal, que se desenganchó y se limitó a lanzarle una mirada felina como preguntándose: «Buen hombre, ¿está usted por alguna remota casualidad dirigiéndose a moi?»—. Para —insistió el médico, cogiendo a la gata, levantándola y haciéndole cosquillas bajo la barbilla.
Barry observó mientras la gata clavaba sus ojos verdes en el hombretón, echaba las orejas hacia atrás y emitía un sonido ronco, manteniendo la cola muy tiesa. Una cola que trazaba círculos cuya amplitud fue en aumento a medida que sus gruñidos se hacían más profundos.
—No creo que esté contenta, Fingal.
—Tonterías. Los animales me adoran. ¿No es así? —Continuó haciéndole cosquillas hasta que ella le arañó, clavándole las garras en la piel de la mano—. ¡Maldita zorra! —protestó.
Lady Macbeth se soltó de sus brazos, aterrizando con agilidad en la alfombra, donde se sentó, contempló a O’Reilly como si mirara un trozo de lechuga pocha en su plato de pescado y deliberada y despreocupadamente alzó una pata de atrás y comenzó a lamerse el trasero.
—«Tigre, tigre, que ardes puro —O’Reilly miraba enfurecido a la gata— en los bosques de la noche…».
—Blake —adivinó Barry, tratando de esconder una sonrisa.
—Ya sé que es el maldito Blake. —O’Reilly columpió una de sus botas hacia atrás—. Estoy casi decidido a dar a Lady Macbeth tal patada que le voy a poner el culo de collar.
—Vamos, espere un momento, Fingal. —Barry se levantó y se interpuso entre O’Reilly y la gata.
El médico refunfuñó y bajó el pie.
—No lo habría hecho. Es sólo un cachorro. —Miró su mano arañada—. No es más que un mordisco de amor.
—Tal vez —repuso Barry—, pero más vale que lo desinfectemos. Hay una cosa llamada enfermedad por arañazo de gato, ¿sabe?
—Y tétanos —subrayó O’Reilly—. Doctor Laverty, ya puedes ir desechando la idea de clavar una maldita aguja en mi trasero. Ya me la he puesto.
—Esa idea nunca ha pasado por mi cabeza —mintió Barry, pensando en el Dettol que habría que verter en la herida—. Ni por un segundo.
* * *
—Uff —resopló O’Reilly—, ese Dettol escuece. —Esperó a que Barry le frotara con un algodón—. Tal vez deberías probarlo la próxima vez que te cortes.
—No, gracias.
—No, en serio. —O’Reilly levantó la mano—. No estaría mal si todos los matasanos nos pusiéramos en el lugar de los pacientes de vez en cuando. Tal vez eso nos haría sentir más empatía hacia ellos.
—¿Quiere sentirse como uno de sus pacientes? —Barry pegó una tirita en la herida de O’Reilly—. Aunque diría que es usted bastante pesado, Fingal, podría intentar lanzarle contra los setos de rosas.
O’Reilly soltó una carcajada.
—Puedes intentarlo cuando quieras, hijo.
Sí, claro, pensó Barry, y de paso podría intentar lanzar la cucaña de Ballybucklebo como un tronco[7].
—No, gracias —contestó. Escuchó que la puerta principal se cerraba.
—Ésa es Kinky, que vuelve de la iglesia —anunció O’Reilly—. Vamos a ver si nos prepara una taza de té.
* * *
O’Reilly estaba de nuevo refugiado en su sala de estar. Señaló con la cabeza hacia donde Lady Macbeth se había enroscado bajo un rayo de sol.
—En fin, antes de que esta damisela recordase que es descendiente de una larga dinastía de tigres albinos con dientes como sables, creo que estaba tratando de descubrir por qué llegaste tan tarde anoche. Habías murmurado algo sobre kismet, lo que, dicho sea de paso, debió de ser lo que realmente le dijo lord Nelson a Hardy en Trafalgar. No puedo imaginarme al viejo lobo de mar diciendo: «Bésame, Hardy, ¿puedes?».
Barry había estado dándole vueltas a cómo pedirle a O’Reilly más tiempo libre. Un sábado de cada dos era claramente insuficiente para que un incipiente romance tuviera alguna posibilidad de éxito. Incapaz de pensar en la forma adecuada de sacar el tema, decidió dejar que la conversación siguiera por otros derroteros.
—Está en todos los libros de historia —bromeó.
—La mayoría de los libros están llenos de basura. ¿Bésame? ¿Kismet[8]? ¡Que me aspen si sé algo sobre Nelson y Hardy…! Pero, sin embargo, sí me gustaría oír lo que te hizo llegar tan tarde.
—Me subí al tren equivocado. El de las diez no para en Ballybucklebo. Tuve que venir caminando desde Kinnegar. Eso es todo.
O’Reilly se rió entre dientes.
—El ejercicio te hará bien. —Miró fijamente a Barry—. Aunque yo difícilmente llamaría «destino» a equivocarme de tren.
—¿Destino?
—Kismet, de la palabra turca kisma, significa «destino», y a su vez proviene de la palabra árabe kasama, que significa «dividir».
—Me asombra, Fingal.
—A veces, hijo mío, yo también me asombro a mí mismo. —O’Reilly se inclinó hacia delante—. ¿Cómo se llama la chica?
—¿Cómo…?
—Llevas toda la mañana con mirada soñadora. Has estado murmurando sobre el destino. Dos y dos normalmente suman cuatro. Yo también fui joven una vez. —Su voz contenía una lejana tristeza, como si recordara algo del pasado, algo muy preciado.
Barry vaciló.
O’Reilly se levantó y se acercó a la ventana.
—Eres demasiado joven —declaró sin mirarle— para involucrarte con una mujer. Sigue mi consejo. La medicina ya es una amante suficientemente egoísta para cualquier hombre.
—Creo, doctor O’Reilly, que eso sólo me concierne a mí juzgarlo.
—Ya lo comprobarás. —Por primera vez desde que se habían conocido la amargura se había filtrado en la voz del hombre mayor.
La señora Kincaid entró apresuradamente, trayendo una bandeja.
—El té —anunció— y pan de pasas tostado con mantequilla, así es.
Barry reconoció el olor de las pasas y la levadura en las negras tostadas calientes.
—Muchas gracias, señora Kincaid —dijo—. ¿Qué tal por la iglesia?
—Todo estupendo. El reverendo Robinson es un predicador muy enérgico. Cuando da el sermón los perdigones de saliva se sienten en los bancos de la sexta fila. —Sonrió y dejó la bandeja en el aparador—. ¿Y cómo está mi princesita? —Se inclinó sobre Lady Macbeth y le acarició la cabeza. Ésta se estiró, se levantó, arqueó la espalda, estremeciéndose y bostezando, y comenzó a restregarse en las espinillas de la señora Kincaid—. No eres más que una niña mimada, eso es lo que eres.
—Con dientes afilados —murmuró O’Reilly, enseñándole su tirita.
—¡Huh! —exclamó la señora Kincaid—. Quien duerme con perros, con pulgas se levanta, y quien molesta a los gatos debe pagar las consecuencias, así es.
—¿Yo? —se extrañó O’Reilly—. ¿Ha visto lo que esa bestia está haciendo con el mobiliario?
—Tendrá que enseñarle a no arañar.
—¿Y cómo sugiere que lo hagamos?
—A mí no me mire —se excusó la señora Kincaid, dándose la vuelta para marcharse—, pero Maggie MacCorkle sabe tanto de gatos como usted de medicina.
—Bueno, ésa sí es una idea —reconoció O’Reilly, sirviéndose una taza de té—. Le preguntaremos la próxima vez que vayamos a verla.
Barry apenas había prestado atención a la discusión sobre la gata. Estaba molesto por la actitud de O’Reilly hacia las mujeres. Si eso era lo que pensaba, las posibilidades de Barry de tener más tiempo libre para ver a Patricia serían muy escasas, pero si no preguntaba…
—¿Fingal?
—¿Qué? —O’Reilly llevó su té hasta su sitio y se sentó cómodamente en la butaca—. ¿No estás de acuerdo en que debemos hablar con Maggie?
—No estoy pensando en la gata. —Barry tragó saliva—. Me gustaría tener más tiempo libre.
—O sea que hay una chica. —Dio un sorbo a su té y miró a Barry fijamente—. ¿Cómo se llama?
—Patricia. Patricia Spence.
—Y supongo, por citar el Eclesiastés, si la memoria no me falla, que es una «mujer que hace que los hombres pierdan la cabeza».
—Lo único que estoy pidiendo es un poco más de tiempo libre.
—¿Cuánto? —preguntó, con la vista clavada en su taza.
—Una hora o dos alguna tarde, tal vez un domingo de cada dos.
O’Reilly dejó su taza en el plato.
—Pensé que querías ser médico de cabecera. Esto no es un campamento de verano.
Barry encorvó los hombros. Debería de haber sabido que esperar un poco de simpatía sería inútil, pero no estaba dispuesto a rendirse. Miró a O’Reilly a la cara. Al menos la punta de la nariz tenía su color habitual.
—Maldita sea, tampoco estoy pidiendo mucho.
Incapaz de enfrentarse a la mirada de O’Reilly, agachó la cabeza. Por eso se quedó muy sorprendido cuando éste contestó:
—Está bien. Una vez que esté seguro de que has entendido cómo marchan las cosas, y cuando pueda confiar en que no vas a matar a demasiados pacientes, no me importará poder tener un poco de tiempo libre para mí también. Había pensado que nos turnáramos los fines de semana y tuviéramos dos noches libres entre semana.
Barry levantó la vista.
—¿En serio?
—No. Sólo estaba hablando conmigo mismo porque me gusta el sonido de mi voz. Ya te lo he dicho, aunque te resulte difícil de creer, no siempre he tenido cincuenta y seis años. —Barry se levantó. Sentía ganas de abrazar al hombretón y a punto estuvo de hacerlo, pero éste continuó—: Imagino que querrás cogerte esta tarde libre. Adelante. Yo vigilaré el fuerte. —El joven no apreció ningún sarcasmo en su voz, ni tampoco rastro alguno de la anterior frialdad.
—Se lo agradezco mucho, Fingal.
—Adelante, telefonea a tu Patricia… Ése es su nombre, ¿verdad?
—Lo es. —Barry se apresuró a la puerta—. Gracias, Fingal. Muchas gracias.
Kinnegar 657334. Ese número se repetía en su cabeza una y otra vez, como un mantra budista, mientras bajaba las escaleras de dos en dos. Estaba a punto de levantar el auricular cuando el sonido del teléfono le sorprendió. Cogió el aparato.
—Hola. Consulta del doctor O’Reilly.
—¿Es usted el doctor Laverty? —preguntó una voz de mujer.
—Sí. ¿Quién habla?
Ninguna voz llegó por la línea, sólo un quejido que se transformó en un gemido ronco y luego una respiración profunda.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Está usted ahí?
—Doctor Laverty, soy Maureen Galvin. He roto aguas hace tres horas y tengo dolores cada cinco minutos. He mandado llamar a la comadrona. ¿Podrían venir ahora?
—Por supuesto. El doctor O’Reilly estará allí enseguida.
—Gracias —colgó.
Barry subió las escaleras a toda prisa.
—Fingal, ha llamado Maureen Galvin. Ha roto aguas y tiene contracciones cada cinco minutos.
—Todavía le queda bastante. Terminaré mi té, y luego más vale que me pase por allí. —O’Reilly bebió de un trago, se levantó y puso su taza en la bandeja. Después miró a Barry y añadió—: No vive muy lejos de aquí.
Barry pensó en Patricia; luego declaró:
—Cogeré mi maletín.
—Buen chico. Tal vez necesite ayuda.
* * *
O’Reilly organizó rápidamente el equipo: dos pesadas bolsas que Barry imaginó que contendrían el instrumental, toallas esterilizadas, anestésico y guantes de goma. Juntos llevaron todo hasta el coche, y por una vez O’Reilly impidió los avances amorosos de Arthur Guinness diciéndole que se metiera en el asiento trasero.
—Cuando hayamos terminado le daremos una vuelta por la playa.
El corto trayecto en coche habría sido más agradable si Arthur no hubiera insistido en ponerse de pie, colocando sus patas delanteras en los hombros de Barry y lamiéndole la nuca. Estaba tan distraído que no prestó atención para ver hacia dónde se dirigían, y cuando por fin se detuvieron se encontró en una zona desconocida de Ballybucklebo. Por el aspecto de las estrechas casas adosadas que se alineaban a ambos lados de la calle podría tratarse de un suburbio de Belfast.
—¿Dónde estamos, Fingal?
—En un barrio de casas de protección oficial. Viviendas baratas para los menos afortunados. —O’Reilly sacó las bolsas del coche—. Toma. Cógelas.
Barry recogió el equipo.
—Un lugar bastante lúgubre.
—El ayuntamiento aprobó el presupuesto y eligió al contratista. Bishop les vendió el terreno y amañó el contrato. Ya te dije que posee la mitad del maldito pueblo.
—¿Construido chapuceramente?
—Bishop recortó tanto el presupuesto que es un maldito milagro que estas casas no sean de cartón. Ni siquiera tienen cuarto de baño. —O’Reilly cerró la portezuela de golpe—. Venga. Pongámonos en faena —declaró, cruzando el sendero y llamando a la puerta.
Les abrió una mujer delgada vestida con el uniforme azul de comadrona.
—Doctor O’Reilly.
—Señorita Hagerty, éste es el doctor Laverty.
Ella hizo una inclinación de cabeza.
—¿Qué tal está Maureen?
—Genial. Contracciones cada tres minutos; la última vez que la examiné la cabeza del niño era sólo un nudillo, y ha dilatado unos buenos cinco chelines y está totalmente retraída. Las pulsaciones del feto son buenas.
Barry tradujo mentalmente el antiguo sistema de calcular el progreso del parto. Un nudillo —la longitud de la última articulación del dedo del examinador—, lo que significaba que la cabeza del bebé estaba cerca de la pared pélvica. Y también que la parte más ancha de la cabeza había conseguido pasar con éxito por la zona más estrecha del canal pélvico. La dilatación cervical de cinco chelines indicaba que el cuello del útero estaba a medio camino de abrirse del todo, y al estar completamente borrado había pasado de tener el tamaño de una zanahoria gruesa al de una cartulina.
—Está progresando —indicó O’Reilly—. Los dolores se repetían cada cinco minutos cuando nos llamó.
—No tardará mucho —asintió la señorita Hagerty, girándose hacia el interior de la casa.
—De acuerdo —afirmó el médico, apresurándose por un pasillo estrecho hacia una escalera empinada—. Vamos arriba.
Apenas había espacio para Barry en el pequeño dormitorio. Maureen Galvin yacía en la cama. La comadrona había extendido una sábana de hule rojo debajo de la mujer. No se veía ninguna otra ropa de cama. O’Reilly y la señorita Hagerty estaban cada uno a un lado de la cama. El médico terminó de atarse el cinturón de un delantal de goma que le cubría hasta el pecho, se inclinó hacia delante y pegó su oído al estetoscopio fetal apoyado en el vientre de Maureen.
—¡Uuuuuuuhhh! —gimió la parturienta. Barry observó cómo su cara se contorsionaba y los dientes superiores dejaban sin color el labio inferior. Tenía los ojos cerrados y la frente sudorosa.
O’Reilly se enderezó y le tomó la mano.
—Aprieta —ordenó—. Lo estás haciendo muy bien.
Barry recordó la fuerza que una mujer de parto podía ejercer con su apretón. Había sostenido suficientes manos durante sus prácticas en obstetricia. Observó cómo los nudillos de O’Reilly se ponían blancos. El hombretón no mostró ningún signo de incomodidad.
—¡Uuuuhhhh! —Maureen se inclinó hacia delante y apretó los dientes. Los músculos de su garganta se tensaron como los cables de una polea—. ¡Uuuhhhhhh!
—Sopla, Maureen, sopla. Así. —La señorita Hagerty comenzó a resoplar soltando pequeños jadeos por sus labios ligeramente abiertos.
Maureen resopló y miró a O’Reilly.
—Buena chica —dijo—. Todavía no estás lista para empujar.
La contracción cesó. Maureen volvió a recostarse sobre la almohada.
—¿Podría abrir el paquete grande, doctor Laverty?
Barry se puso a preparar las gasas esterilizadas, tijeras, fórceps, cuencos y un equipo de sutura.
—Ahora, Maureen, la señorita Hagerty y yo vamos a bajar a la cocina a lavarnos las manos. El doctor Laverty te estará vigilando. —Ladeó su enmarañada cabeza hacia la comadrona y se marcharon.
Barry se acercó y deseó que O’Reilly se diera prisa. Una cosa era haber practicado partos bajo la supervisión de las comadronas y el personal médico cuando era estudiante, y otra quedarse a solas con una parturienta.
Maureen le agarró la mano.
—Oh, Jesús. Ya viene, doctor.
—Doctor O’Reilly. —Barry sintió que se le quebraba la voz—. Doctor O’Reilly.
—Santa María, madre de Dios… ¡Aaaah!
Barry se quitó la chaqueta, tirándola a un lado, y se subió las mangas. No tenía tiempo para lavarse las manos, y menos aún para ponerse guantes. Bueno, pensó, si los taxistas son capaces de hacerlo…
—¿Podrías doblar las rodillas hacia arriba, Maureen?
Ella separó las piernas y dobló las rodillas. Barry se colocó a su lado dándole la espalda para poder observar de cerca cuando el círculo de pelo negro y húmedo del bebé apareciera por la abertura de la vagina.
—Santa Maaaría… ¡Uummmh! —Maureen estaba empujando con todas sus fuerzas. El círculo visible de la cabecita creció.
Sus manos se pusieron a trabajar espontáneamente mientras iba recordando todo lo que le habían enseñado. Con la mano izquierda controlaba el avance de la cabeza del bebé. Con la otra separaba hacia abajo la piel entre el ano y el final de la vagina para liberarlos de la presión por encima de ellos. Se quedó sin habla cuando unas heces cayeron en la sábana de hule.
La contracción pasó.
—¿Está bien, Barry?
Levantó la vista para ver a O’Reilly a los pies de la cama y a la señorita Hagerty detrás.
—Eso creo.
La señorita Hagerty se colocó en la cabecera, haciendo ruidos tranquilizadores.
—Prepararé el equipo —indicó O’Reilly—. Tú sigue.
Barry no tuvo tiempo de pensar si se sentía adulado por la muestra de confianza del médico o aterrorizado porque el hombre no se había hecho cargo inmediatamente. Maureen volvió a incorporarse, ayudada por la señorita Hagerty.
—Venga, Maureen. ¡Un gran empujón!
La cabeza del bebé avanzó bajo los dedos de Barry, que la dejó salir poco a poco, cada vez un poco más. Ahora que la parte más ancha estaba claramente fuera de la abertura permitió que la cabeza se liberara. Al girarse apareció una frente arrugada, mojada y manchada de vernix caseosa, la resbaladiza capa impermeable que cubre la piel del bebé en el útero. Una nariz aplastada vino a continuación e, inmediatamente después, una boca como un capullo de rosa y una diminuta y puntiaguda barbilla. Antes incluso de que salieran los hombros el bebé dio su primer y débil gemido.
Barry utilizó las dos manos para guiar al resbaladizo niño fuera de su madre hasta la sábana de hule, cuidando de evitar la maloliente montaña de heces y consciente del calor del cuerpecillo y del latir del corazón bajo su palma derecha.
—¿Es un niño o una niña? —oyó que preguntaba Maureen.
—Es un niño —informó—. Y está perfecto.
El bebé Galvin gritó en protesta por haber sido obligado a salir de su confortable nido al áspero y frío mundo.
—Trae —dijo O’Reilly, alargando las manos cubiertas por guantes para envolver al pequeño en una toalla esterilizada verde—, lo pondremos sobre el vientre de su madre.
Barry estiró el brazo por encima del cuerpo del niño y colocó la mano sobre el vientre de Maureen. Sus dedos encontraron el bulto firme que coronaba el ahora encogido útero. Firme. Bien. Se había contraído. De no haberlo hecho, la placenta no habría sido expulsada.
—Hazme sitio —pidió O’Reilly, poniendo dos pinzas en el cordón umbilical y cortando la retorcida cuerda gelatinosa y los vasos sanguíneos con unas tijeras—. Vamos, ven a conocer a tu mamá. —Levantó el bebé rodeando a Barry, que estaba ocupado observando cómo se estiraba el final del cordón umbilical, dejando un pequeño rastro de sangre en la sábana de goma.
—¿Podrías volver a empujar una vez más, Maureen?
Sintió que los músculos abdominales de la mujer se tensaban y la placenta caía sobre la cama, rojiza y plagada de brillantes membranas. Tenía las manos calientes y ensangrentadas, la camisa salpicada de líquido amniótico y vernix. Soltó un profundo suspiro, se enderezó y se volvió para mirar a Maureen Galvin con el bebé feliz en su pecho derecho. Su sonrisa podría equipararse a la de la Madonna a la que momentos antes había invocado pidiendo alivio.
—¿Está la placenta completa? —preguntó O’Reilly.
—Eso creo.
—Muy bien. Esto te escocerá un poco, Maureen —advirtió, clavando la aguja hipodérmica en un muslo.
Ergometrina, pensó Barry, para asegurar que el útero continuara contraído y prevenir el riesgo de hemorragias posparto, una complicación que mataba a muchas mujeres no hacía tanto tiempo. Sonrió a Maureen.
—Gracias, doctor Laverty —dijo—. Tiene usted manos de oro, eso es lo que tiene.
Se rió ante la sincera descripción de su delicadeza.
—Lo has hecho muy bien, Maureen. ¿Cómo piensas llamar al pequeño?
—Bueno, le dije al doctor O’Reilly que si era niño como me prometió, lo llamaría Fingal, pero si a los dos les parece bien, me gustaría llamarle Barry Fingal Galvin.
—Suena muy grandilocuente para semejante renacuajo —comentó Barry, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Y qué va a pensar Seamus? —preguntó la señorita Hagerty.
—¿Seamus? Ya debe de estar bastante «alegre». Se fue al Cisne Negro con sus colegas a atiborrarse de cerveza a la salud del niño.
* * *
Barry apenas notó que el tiempo pasaba mientras la señorita Hagerty se ocupaba de limpiar los restos del parto y se iba a preparar un té a la flamante mamá. O’Reilly examinó atentamente al recién nacido mientras él recogía el instrumental.
—Bien —informó O’Reilly—, el joven Barry Fingal está sano como una pulga. —Devolvió el bebé a Maureen.
—Gracias de nuevo, doctor —declaró Maureen—. Será un buen niño americano, ¿no es así?
—Desde luego —asintió O’Reilly—, todo un Abraham Lincoln.
Barry recordó que los Galvin pensaban emigrar una vez que el niño hubiera nacido.
—La señorita Hagerty volverá mañana. Se asegurará de que tú y el pequeño estéis bien. Maureen, si te preocupa cualquier cosa, llámanos.
—Lo haré.
—Ahora —repuso O’Reilly—, más vale que nos marchemos. Al doctor Laverty le vendrían bien un baño y una camisa limpia. Ha quedado para salir por ahí esta noche.
Barry estuvo a punto de dejar caer el maletín que llevaba. Con la excitación del alumbramiento, el terror de que las cosas salieran mal por sus manos inexpertas y la alegría de que todo hubiera transcurrido a la perfección, se había olvidado por completo de Patricia.
—Apresúrese, doctor Laverty —indicó Maureen—. Lo ha hecho muy bien, así ha sido. Doctor O’Reilly, no sé cómo lo hizo, pero Seamus va a dar saltos de alegría cuando sepa que ha sido niño como nos prometió.
¿Cómo demonios podía haber prometido O’Reilly a nadie cuál sería el sexo del bebé?, se preguntó Barry.
Tan pronto se sentaron en el coche Barry quiso saberlo.
O’Reilly sonrió.
—Ésa es una de las pocas cosas útiles que mi predecesor me enseñó. La primera vez que vienen para averiguar si están embarazadas les preguntas qué querrían.
—Pero no podemos hacer nada para cambiarlo.
—Ya lo sé, de modo que escribes lo contrario en el informe.
—No lo entiendo.
—Verás, imagina que la señora Hucklebottom viene en su tercer mes de embarazo y te dice que quiere un niño. Entonces escribes «niña» en el informe.
Barry frunció el ceño.
—Seis meses después, si el bebé Hucklebottom es un robusto niño, la señora H estará encantada.
—¿Y si tiene una niña?
—Entonces le enseñas el informe de seis meses antes. ¿Qué está escrito en él?
—Niña.
—Exacto. Le dices a la señora Hucklebottom que lo sientes, pero que debe de haber olvidado lo que pidió cuando te vio por primera vez.
—Pero eso no es honesto.
—Claro que lo es; pero todavía tengo que encontrar a una madre que realmente se preocupe por el sexo del bebé siempre que éste tenga todos los dedos de las manos y de los pies, y además obra maravillas para tu reputación.
Barry dio un respingo.
—Respinga lo que quieras, pero una parte importante de curar a la gente es hacer que tengan fe en su médico… Muchas veces nosotros, los médicos, no somos mucho mejores que un puñado de druidas. Incluso podríamos lanzar las runas y hacer conjuros a Lugh o Morrigan o a cualquiera de los antiguos dioses celtas.
Barry reconoció la verdad en las palabras de O’Reilly, pero cada año se hacían nuevos descubrimientos. Si Jonas Salk hubiera descubierto su vacuna tres años antes, Patricia y todas las demás víctimas de la epidemia de polio de 1951 no habrían tenido que sufrir. Desde 1953 había empezado a conocerse la relación entre fumar y el cáncer de pulmón. Nuevos antibióticos aparecían con regularidad. O’Reilly debía tener eso en cuenta.
—Pero hay muchas cosas que podemos hacer que funcionan —repuso Barry.
—Sí, y debemos dar gracias a Dios por ello. Pero el problema todavía reside en hacer que los pacientes crean que sabemos lo que estamos haciendo… Y si creen que eres especial, estarán más predispuestos a seguir tus consejos, y de todas formas, salvo que se trate de algo realmente serio, el tiempo cura a la mayoría de ellos. Ambroise Paré ya lo dijo hace cien años: «Yo limpié la herida, pero Dios curó al paciente».
Cuando O’Reilly dijo «curó al paciente», Barry recordó algo que había estado preocupándole: Jeannie Kennedy. Jack había tenido que volver al hospital infantil para operar de nuevo un absceso de apendicitis.
—¿Fingal?
—¿Qué?
—¿Ha vuelto Jeannie Kennedy ya del hospital?
—No. Le salió un absceso. Tuvieron que abrirla de nuevo ayer, pero ahora está en vías de mejorar.
De modo que Jack había tenido que asistir a la operación de Jeannie.
—Sí —continuó O’Reilly, entrando por el sendero trasero de su casa—. Siempre llamo al hospital para ver cómo evolucionan los míos. Sir Donald habló conmigo esta mañana…, cuando todavía estabas durmiendo…, así que he podido hacer saber a los Kennedy que no tenían por qué preocuparse.
—Es muy noble por su parte.
—Tonterías. —El coche se detuvo—. Me llevaré a Arthur a dar su paseo mientras entras a lavarte, haces tu llamada de teléfono y le dices a tu chica que no podrás verla hasta después de cenar.
—Pero…
—Sin peros. Todavía tienes que ir a decírselo al orgulloso padre.
—¿No podría usted hacerlo por mí?
—Yo no he traído al mundo a la criatura, has sido tú, e, hijo, lo has hecho muy bien.
—Estaba atenazado por el miedo.
—No fue eso lo que me pareció. Ahora largo, organízate y reúnete conmigo en el Pato Mugriento.
—¿En dónde?
—El Cisne Negro, más conocido por todos como el Pájaro Sucio o el Pato Mugriento.