Capítulo 10

El sábado, el primer día libre de Barry, fue lo que los lugareños suelen llamar «un magnífico día tranquilo». Se subió el cuello de la gabardina para protegerse de la humedad, que no llegaba a ser lo suficientemente densa para ser lluvia ni lo bastante ligera para considerarla bruma. La señora Kincaid le había dicho que el tren para Belfast salía de Ballybucklebo a las diez y cuarto. Tardaría media hora en llegar a la ciudad, quince minutos en caminar hasta el centro, donde pretendía gastar parte de su primera paga semanal en unas botas Wellington, y después emplearía otra media hora yendo en autobús hasta Grosvenor Road, donde llegaría a tiempo para pasar un rato con Jack Mills en el bar O’Kane, enfrente de las puertas del Royal Victoria Hospital.

Caminó por la calle principal de Ballybucklebo, respondiendo a los saludos de los transeúntes. Reconoció a algunos. Habían formado parte de los muchos que, en la última semana, se habían encaramado a la silla de madera de la consulta. Otros le eran desconocidos, pero todos parecían saber quién era él. No como en Belfast, pensó girando hacia la apropiadamente llamada calle de la Estación, donde todo era tan impersonal que se ignoraban los unos a los otros y todo el mundo era un extraño, sin intercambiarse siquiera un «buenos días». Descubrió que la familiaridad del pueblo era muy reconfortante.

Compró el billete y se dirigió al andén. Dos raíles, brillantes como la plata por su uso constante, corrían entre los andenes elevados. En el lado opuesto a la plataforma estaba situada la sala de espera, con su tejado de pizarra oscurecido por la llovizna. Había viejos anuncios en planchas metálicas clavados a los muros, uno de ellos de plumas estilográficas Waverley —letras blancas sobre un fondo azul, el mensaje interrumpido por churretes de óxido—, que probablemente llevaba allí desde la Primera Guerra Mundial, y nadie se había molestado en quitar. Leyó el eslogan: «Ellos (mancha de herrumbre), un regalo y bendición para los hombres, el (otra mancha de óxido) búho y las plumas Waverley».

Escuchó el silbido de un tren acercándose y pudo notar el humo de la carbonilla. Los frenos chirriaron y el tren se detuvo. Barry se metió en un compartimento con dos bancos tapizados, uno frente al otro, y se alegró al comprobar que estaba vacío. Se acomodó en el espacio familiar preguntándose cuántas veces siendo estudiante se había subido a ese tren desde su casa en Bangor hasta el final de trayecto en la terminal de Queen’s Quay de Belfast. ¿Cuántas veces habría pasado por Ballybucklebo sin darse cuenta siquiera de que existía?

El tren se estremeció, resolló y se alejó de la estación. Barry miró por la ventanilla y vio el paisaje pasar ante sus ojos. Un ancho canal corría paralelo a la vía. Familias de ánades nadaban en él, las cabezas de los machos de un verde incandescente. Los patos oscuros, salvo por los brillos azul esmeralda de las plumas de las alas, picoteaban a sus polluelos amarillos. Un verso de Yeats le vino a la mente: «O’Driscoll espantó al cantar /al pato y el ánade silvestre /en los altos cañaverales /del inhóspito lago Hart». El fragmento le recordó que además de las botas Wellington quería comprarse el último libro de poesía de ese tipo nuevo: Seamus Heaney. Tenía una forma muy interesante de utilizar las palabras para describir la vida del Ulster; una forma que Barry sentía que se hacía eco de sus propios pensamientos sobre el lugar.

Se preguntó cómo describiría Heaney la tierra entre el canal y el mar. Una ancha ciénaga silvestre donde los juncos y las zarzas crecían en libre abandono; al menos ésas serían las palabras que él utilizaría para describirla. El mar estaba en calma, de un gris acerado, bajo un cielo amenazador, y en la lejana costa las nubes bajas estaban tan inmóviles que parecían clavadas a las crestas de las colinas de Antrim. Era uno de esos días tan habituales que, sin duda, dejaban impronta en el sombrío carácter de la gente del Ulster, pensó, aunque él no se sentía nada deprimido. Desde luego se había hecho una idea bastante aproximada de cómo funcionaban las cosas desde que trabajaba en la consulta de O’Reilly, y a eso había venido. Tenía mucho en que pensar, y estaba lejos de poder contestar a la pregunta de si realmente estaba hecho para ser un médico rural.

Lo que había visto, sin duda, constituía toda una revelación. No había imaginado la infinidad de tareas que tendría al trabajar en un lugar como Ballybucklebo, y O’Reilly era uno de los hombres más extravagantes que había conocido jamás. Era impredecible, en ocasiones malhumorado, infatigable y dado a las prácticas médicas más extrañas. Se volcaba en sus obligaciones y, sin embargo, no daba importancia —hasta el punto de enfadarse— si alguien sugería que tenía un lado amable. Barry se preguntó por qué no se habría casado. Quizá las exigencias de la consulta no le habían dejado tiempo para la vida social, o quizá, sonrió para sus adentros, ninguna mujer pudo soportar sus rarezas. Tendría que preguntárselo a la señora Kincaid.

El tren hizo una parada en la estación de Kinnegar. Dos chicas jóvenes se subieron a bordo y se sentaron en el otro extremo del compartimento, una enfrente de Barry y otra a su lado. Él trató de ignorarlas dándose la vuelta para mirar por la ventanilla. Su charla se lo impidió. Era imposible pensar en nada mientras una de ellas insistía en exponer sus pensamientos en alto, como si fueran de tal importancia que todo el maldito mundo debiera participar de sus secretos.

—No te creo. Charlie Simpson no se ha encaprichado de Hielen. —La voz de la que hablaba era áspera, con el acento plano de Belfast—. Esa Eileen tiene cara de oveja.

—Está loco por ella…

—Eso no es lo que he oído.

Pobre Charlie Simpson, quienquiera que fuera, colado por una chica, pensó Barry. Él también había estado colado por una estudiante de enfermería. Cerró los ojos y evocó sus ojos verdes, el pelo castaño, la esbelta figura; pensó en las noches en el asiento trasero de Brunilda, las ventanas del Volkswagen empañadas por la condensación de sus alientos, las subrepticias escapadas a su habitación en las dependencias para el personal médico joven, la dulzura y su suavidad…, y el corrosivo vacío que sintió cuando ella le anunció, en un tono casual, como quien está pidiendo medio quilo de beicon en una carnicería, que iba a casarse con un cirujano. Habían transcurrido seis meses y todavía le dolía.

—¿Sabes que creo que a ella le haría bien liarse con Charlie? Es un tío tan corto como un par de tarugos, eso es lo que es.

Barry deseó que la joven se callara. Tenía una voz afilada capaz de cortar metal.

La otra chica se rió. Su risa era de contralto, profunda y resonante. Barry la miró. Tenía el pelo negro y lustroso como el de un animal salvaje. Su rostro era duro, de barbilla firme y labios gruesos que lucían un leve rastro de lápiz de labios rosa pálido. Mejillas eslavas. Ojos negros ligeramente rasgados hacia arriba con un brillo profundo e insondable, como la calidez de la caoba pulida. Su piel era suave y bronceada, y un pequeño hoyuelo asomaba en su mejilla izquierda cuando se reía. Salvo por ese hoyuelo podría haber sido Audrey Hepburn en My fair lady.

Su risa se desvaneció y Barry se descubrió deseando que se riera de nuevo. No quería que le pillara mirándola, de modo que apartó la vista, pero pronto volvió a observarla. Ella estaba mirando por la ventanilla. Pudo distinguir su perfil. Llevaba una gabardina blanca sin abrochar.

—De todas formas, Patricia —continuó la amiga—, le dije a Eileen…

¿Es que no dejaría nunca de cotorrear? Bajó la cabeza y aprovechó para echar otro vistazo. Patricia, así se llamaba. Patricia se volvió, se encontró con sus ojos y le sostuvo la mirada. Él se llevó una mano a la cabeza y se aplastó el maldito mechón.

—Discúlpame —dijo, sabiendo que se había ruborizado—. Lo siento mucho…

Ella volvió a reírse de forma cálida y ronca.

—Un gato puede mirar a un rey… siempre que no piense que el rey es un ratón.

—Lo siento.

El tren redujo la velocidad. Pudo ver el letrero de la estación de Belfast deslizarse al otro lado de la ventanilla. En cuanto el tren se detuvo las chicas se bajaron. Barry cerró los ojos y se apoyó en el respaldo. ¿Por qué demonios no había tenido el valor de averiguar algo más sobre Patricia? En las películas, ella se habría dejado algo olvidado en el vagón, algo que él pudiera utilizar como excusa para correr tras ella. Pero no tuvo tanta suerte. Has perdido el barco, pensó, y sin embargo, sin embargo…

Dejó el compartimento sin esperanzas de ver ningún rastro de Patricia y su charlatana amiga, pero allí estaban ellas un poco más adelante, Patricia apoyada en el brazo de la parlanchina, cojeando ligeramente. Debía de haberse hecho daño jugando al hockey, pensó. Desde luego tenía porte atlético. Respiró hondo, se aplastó el pelo y alargó la zancada hasta ponerse a su lado.

—Disculpa —declaró—, disculpa.

Patricia se detuvo y le miró.

—Venga, vámonos ya, Patricia —pidió la amiga, tirando de la manga de la joven y mirando a Barry con el ceño fruncido.

Las palabras parecieron faltarle.

—Mira, me llamo Barry Laverty. Querría…, es decir…, me gustaría…

—Márchate y déjanos en paz. —Más tirones de la manga de la gabardina.

—¿Querrías cenar conmigo esta noche? ¿Por favor?

Patricia le dirigió una mirada escrutadora de la cabeza a los pies, como un mirón desnudando a una mujer con los ojos.

—Eres un caradura, eso es lo que eres —le increpó la amiga, mirándole furiosa—. De todas formas, estamos muy ocupadas esta noche.

Patricia sonrió.

—Es cierto, lo estamos.

—Oh. —Barry sintió que, a pesar de haber podido alcanzar a la pareja, sólo había logrado aplazar un minuto su ejecución. Patricia le había dejado muy claro con sus palabras que la llamada a medianoche al alcaide no se había producido ni se produciría. Encorvó los hombros.

—Pero cogeré el tren de las diez de la noche de vuelta a Kinnegar.

Pudo ver la risa en sus ojos oscuros y se quedó sin aliento.

* * *

Barry se sentó en una silla de plástico delante de la mesa de fórmica pegada al mirador de la planta de arriba del bar O’Kane, el tugurio para refrescarse más cercano al Royal Victoria Hospital. A sus pies unas botas Wellington descansaban dentro de una bolsa de papel marrón. Miró su reloj. Jack Mills se estaba retrasando, y eso no era propio de él.

Las cortinas detrás de Barry se mecían con la corriente que entraba por la ventana. Trató de vislumbrar algo a través de los churretes de hollín y lluvia. Se echó para atrás y miró hacia Grosvenor Road hasta el pabellón de urgencias, frente al cual una estatua de bronce, muy regia y digna, de su serenísima majestad Victoria, Regina, Dei Gratia, Fid. Def., Ind., Imp., estaba sentada en su trono. Su cetro, cubierto de excrementos de pájaro, servía de cómoda percha para una pareja de palomas.

Una sombra cayó sobre la mesa y Barry se volvió para ver a Jack Mills con una larga bata blanca, su habitual sonrisa pegada a un rostro campechano que no habría estado fuera de lugar en una granja de Cullybackey, que era donde la familia de Jack tenía un rebaño de vacas lecheras.

—Siento llegar tarde —se disculpó Jack—. He tenido una noche de guardia del demonio y esta mañana ha sido de muerte. —Sacó un paquete de cigarrillos—. ¿Un pitillo?

Barry negó con la cabeza.

—Lo dejé el año pasado. ¿No te acuerdas?

—Es verdad. —Jack se encendió uno—. Estoy exhausto. —Estiró las piernas.

—¿Una pinta? —preguntó Barry, ansioso por pasar la tarde con su viejo amigo.

—No puedo, lo siento. —Jack inspiró hondo y sacudió la cabeza.

—Vaya.

—Sí. El residente del pabellón infantil está enfermo y necesitan que alguien les eche una mano en una operación dentro de una hora. Me ha tocado la pajita más corta, maldita sea. —Jack sonrió para desmentir sus palabras—. Aunque no me importaría comer algo rápido.

Barry se tragó su decepción. Iba a ser un día largo antes del tren de las diez de la noche. Recordó unos ojos oscuros y confió en que la espera mereciera la pena.

—Comida —dijo Jack. Se volvió y llamó al camarero—. Brendan, ¿podrías traerme un pastel de carne y champiñones, patatas y un zumo de naranja?

—Entendido, doctor Mills. —Brendan dejó el vaso que estaba limpiando en su sitio—. ¿Y a usted qué le pongo, doctor Laverty?

—Eso mismo estaría bien. —Barry nunca dejaba de sorprenderse de cómo Brendan, dueño y camarero, un hombre de mediana edad con cara de novillo malhumorado, era capaz de recordar los nombres de todos los estudiantes y médicos residentes que acudían a su establecimiento.

—En fin, ¿cómo te trata el mundo? —preguntó Jack.

—No me puedo quejar.

—Y aunque lo hicieras nadie te escucharía. —Jack apagó su cigarrillo—. Bueno, cuenta —añadió—, ¿qué tal la medicina general?

—Es diferente. Estoy trabajando con un tal doctor O’Reilly en Ballybucklebo.

—¿O’Reilly? ¿No será por casualidad Fingal Flahertie O’Reilly? ¿Un hombre de alrededor de cincuenta o cincuenta y cinco años?

—El mismo.

—¡Buen Dios! Antes de la guerra era uno de los mejores delanteros que jugaban al rugby por Irlanda.

—No lo sabía. —Barry se quedó impresionado.

—Tú, hermano Laverty, no distinguirías a un jugador de rugby irlandés de un panecillo de un penique. —Guiñó un ojo a Barry—. Pero me salvaste el trasero en clase de anatomía y eso nunca lo olvidaré.

—Tonterías. —Barry recordó el problema que había tenido Jack cuando eran estudiantes. Su latín era muy pobre, y aprenderse los nombres de las partes del cuerpo, una tarea sencilla para él, constituía una lucha para su amigo. Las posibilidades de Jack de progresar en la facultad se habían puesto en entredicho, pero, con la ayuda de Barry, consiguió un aprobado raspado en los exámenes del tercer año de anatomía.

—Aquí tienen. —Brendan dejó los dos platos en la mesa—. Traeré las bebidas enseguida.

—Al ataque —dijo Jack, cogiendo el cuchillo y el tenedor—. Venga, quiero oír todo lo que te ha sucedido.

Barry hizo todo lo posible por describirle su primera semana como ayudante de O’Reilly, así como la tendencia del médico a pisotear a todo aquel que se cruzara en su camino. Jack soltaba simpáticos gruñidos, riéndose entre dientes cuando Barry describió las excentricidades de O’Reilly.

—Pero ¿estás disfrutando?

Brendan reapareció con las bebidas.

—Te he preguntado que si estás disfrutando de trabajar en el campo.

—Creo que sí, aunque desde luego hay un montón de trabajo rutinario.

—Eso es fácil —contestó Jack—. ¿Te acuerdas de lo que te dijo aquel engolado residente inglés cuando te quejaste de todas las cosas aburridas que había que hacer cuando éramos estudiantes?

—¿El qué?

Jack, que era un consumado imitador, recitó en el tono de alguien de clase alta: «Viejo amigo, en esta vida siempre habrá una determinada cantidad de basura que barrer. Yo te aconsejaría que compraras una escoba con el palo largo y sencillamente te pusieras manos a la obra».

—Vale, vale —se rió Barry—. También he visto algunos casos interesantes. —Le contó a Jack cómo O’Reilly había llevado a la niña de los Kennedy hasta Belfast en su propio coche. Jack asintió con la boca llena cuando le mencionó que el conocimiento del médico sobre cada paciente parecía enciclopédico.

—¿Ves?, eso sí es distinto —reconoció—. Yo nunca puedo conocer a nadie. Estamos demasiado ocupados. Meterlos en el quirófano, cortarlos, sacarlos. Y fíjate que hasta me gusta lo de cortar.

—No me extraña. Siempre has sido un sádico sangriento.

—«Vámonos y cuida tu cabellera». Es lo que solía decir Jim Hardie en aquel programa de televisión.

—¿Tales of Wells Fargo?

—Eso es, colega. —Jack adoptó un fuerte acento tejano—. «A veces un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer». —Volvió a su voz normal—. Hablando de lo cual… —Levantó la vista para mirar el reloj del bar, se puso de pie, rebuscó en su bolsillo y dejó un billete de una libra sobre la mesa—. Mi parte. Lo siento, compañero, pero más vale que me vaya. Sir Donald Cromie es como la cólera de Dios cuando un ayudante se retrasa.

—¿Sir Donald qué? —¿No se trataba del hombre a quien había consultado O’Reilly el martes?, recordó.

—Sir Donald Cromie, cirujano pediatra de dedos ágiles y un temperamento como el volcán Etna en un mal día. Practicó una apendicitis la otra noche. Ahora al paciente le ha salido un absceso en la pelvis. Está más enfermo que un perro.

—¿No sabrás por casualidad el nombre del paciente?

Jack se rió.

—No. Ni siquiera sé si se trata de un niño o una niña.

—Oh.

Jack se dirigió hacia la escalera.

—Me largo. Me ha gustado verte, compañero. Ya te daré un toque la próxima vez que esté libre. Tal vez podamos tomarnos un par de pintas como se merece.

—Me encantaría.

—Y con respecto a O’Reilly: Noli Illegitimi carborundum.

—No lo haré —contestó Barry a la espalda de su amigo que se alejaba, y luego dio un sorbo a su bebida. El zumo de naranja Cantrell & Cochrane estaba asquerosamente dulce. Barry se levantó, cogió la bolsa con las botas y se acercó a la barra—. ¿Cuánto se debe, Brendan?

—Espere un momento. —El tabernero, con gran movimiento de labios y contando con los dedos, anotó algo con un lápiz amarillo en un trozo de papel.

Mientras Barry esperaba se preguntó quién sería el paciente con el absceso en el apéndice. ¿Podría tratarse de Jeannie Kennedy? No había forma de saberlo, y, sin embargo, la coincidencia era preocupante.

—Aquí tiene, doctor Laverty.

Barry pagó la cuenta.

—Cuídate mucho, Brendan.

—Lo haré, señor.

Barry descendió la estrecha escalera, cuyos peldaños estaban desgastados por las pisadas de innumerables clientes. Cuando salió a Grosvenor Road la llovizna había cesado. Decidió caminar hasta el centro. Tenía un montón de horas que matar hasta el tren de las diez de la noche.

Caminó entre el aire cargado del hollín de los tubos de escape de los coches, del constante rugido del tráfico y del olor de las alcantarillas taponadas por periódicos sucios. En la acera la gente circulaba apresuradamente, los hombres con gabardinas Dexter, uno paseando a tres galgos de carreras, y las mujeres con pañuelos en la cabeza, los rulos rosas y blancos ocultos ligeramente, las caras apretadas y los labios fruncidos y las bolsas de la compra en los brazos.

Pasó por delante de algunas tabernas y casas de apuestas, ajetreadas con el ir y venir de hombres con chaquetas de tweed con coderas y cigarrillos pegados al labio inferior, y luego establecimientos de fish and chips que apestaban a grasa de cerdo y bacalao, las envolturas grasientas tiradas en el pavimento entre las cagadas de perro.

Las calles por las que pasaba tenían nombres familiares: Roden Street, Distillery Street, Cullingtree Road. Las casas estaban pegadas unas a otras, sombrías y sucias de hollín. En sus años de estudiante había visto a sus inquilinos con bronquitis crónica, fiebres reumáticas, raquitismo, piojos y sarna, todas las enfermedades inherentes a la pobreza, la suciedad y el hacinamiento. Había traído al mundo a niños en los minúsculos dormitorios de esas casuchas, un número más arriba o más abajo, donde las sábanas eran hojas de periódico, los colchones tenían manchas de orina y humedad y las mujeres tendidas en ellos, desde veintidós hasta cincuenta años, mostraban las manos enrojecidas, las mejillas consumidas y el cabello como briznas de una mopa grasienta.

Se había sentido tan condenadamente impotente… No importaba lo mucho que avanzara la medicina. Había aprendido de la forma más dura que los médicos ocupaban la última línea de las trincheras en una batalla que debía ser ganada en el frente. Por mucho oxígeno que se diera a unos pulmones destrozados, por muchas vitaminas que se administraran a los escuálidos niños, o DDT para los piojos, nada tendría la mitad de efectividad que una dieta decente y una casa limpia y caliente.

Barry apretó el paso y corrió por el puente del ferrocarril hasta Sandy Row, bastión de supremacía lealista[4]. En vísperas de la gran celebración orangista de la semana siguiente, el 12 de julio, las piedras del bordillo estaban recién pintadas de rojo, blanco y azul. Las banderas del Reino Unido ondeaban en cada ventana alta, y los golfillos corrían en pantalones cortos y jerséis de la isla de Fair medio descosidos y los mocos dejando un rastro de baba de caracol en el labio superior. Sus gritos eran estridentes, broncos: «Oye, mangas de plata, fuera de casa, y límpiate esos mocos». «Sammy McCandless, tu madre te busca». «Te estoy vigilando, Bertie. Deja de conspirar y échanos una mano con este jodido árbol». Esta última afirmación la hizo un niño de ocho años que arrastraba una rama de Dios sabe dónde con intención de arrojarla a una de las múltiples hogueras que arderían la noche del 12. Las llamas teñirían las nubes de un resplandor como aquel de las piras que los protestantes del reinado de Enrique VIII encendían para quemar a los católicos que no se retractaban. La cálida cordialidad de las hogueras de la semana próxima traería un poco de alegría a la existencia gris de los habitantes de Sandy Row y serviría para recordar a los fenianos[5]. de los guetos de Falls Road y Divis Street, a menos de ochocientos metros de allí, su lugar en la provincia unionista del Ulster.

Belfast, pensó, eres como una vieja y sucia bruja, una ciudad que no echo en absoluto de menos. Hay mucho que decir sobre Ballybucklebo.

Se detuvo en la confluencia de Grosvenor Road, College Square y Great Victoria Street, donde se ubicaban dos cines, uno en cada esquina: una de las marquesinas anunciaba Dr. Insólito; la otra, La Pantera Rosa. Ambas con Peter Sellers como protagonista. Barry miró su reloj. Tenía tiempo para pasarse por la librería de Donegall Square y volver al Ritz antes del comienzo de La Pantera Rosa. Después cenaría algo rápido. Tal vez podría ir al restaurante chino de Church Street, pensó, con lo que sólo le quedaría una hora que matar antes de las diez.

* * *

Puede que no venga. ¿Por qué debería hacerlo? Puede que me haya dicho que cogería el tren de las diez de la noche para librarse de mí.

El tren saldría en cinco minutos, y al haber llegado demasiado pronto a la estación había dejado que su impaciencia le llenara de dudas. Por Dios santo, ¿por qué una chica joven que no le conocía de nada habría de decirle que se encontraría con él en el tren por la noche? Echó un último y largo vistazo a Queen’s Quay. Estaba desierto. Las grúas que descargaban el carbón se erguían desoladas y esqueléticas contra el cielo en penumbra. Oh, bueno. Barry cogió la bolsa con las botas, se dio la vuelta y emprendió el camino hacia el andén. Esperó su turno para picar el billete.

—Barry. Barry Laverty.

Se volvió y la vio renqueando apresuradamente hacia él. La sorpresa hizo que la bolsa estuviera a punto de caérsele. Ella se colocó a su lado, jadeando.

—Vamos —le urgió, agarrándole del brazo—, muévete o perderemos el tren. Lo conseguimos —resopló ella, ocupando un asiento mientras Barry cerraba la puerta del compartimento y se sentaba enfrente.

—Pensé que no vendrías.

Ella se rió; sus ojos negros brillaron en la penumbra del compartimento.

—Así que te llamas Barry Laverty.

—Eso es. Oí que tu amiga te llamaba Patricia.

—Patricia Spence. —Estrechó la mano que ella le ofrecía sintiendo la suavidad de su piel, la firmeza de su apretón. Sabía que la estaba reteniendo un instante más de lo adecuado, pero no quería soltarla. La miró a la cara. Definitivamente no quería soltarla—. Me gustaría que me la devolvieras, si no te importa.

Él aflojó la presión, pero ella dejó la mano un momento más. Entonces Barry se recostó en el asiento. ¿Y ahora qué? Maldita sea, ¿por qué siempre le faltaban las palabras con las mujeres?

—Eres muy callado —comentó ella—. ¿Se te ha comido la lengua el gato?

El tren avanzó a trompicones en la oscuridad de la noche, balanceándose sobre las vías desniveladas y rechinando al pasar por encima de las juntas de los raíles.

—La verdad es que no.

—¿No sabes qué te pasó por la cabeza para pedir a una completa desconocida que saliera a cenar contigo?

—Eso es.

—Si te hace sentir mejor, te confesaré que yo no sé lo que me pasó para decirte que cogería este tren. —Sacudió su oscura melena, los reflejos bailando entre el ébano—. Creo que fue la forma en que tu cabello se dispara hacia arriba…, como el de un niño pequeño, y parecías tan perdido…

Su mano voló hasta el maldito mechón. Vio cómo ella le sonreía.

—Me lo lavé esta mañana y no consigo dominarlo. —¡Dios!, pensó, qué estupidez acabo de decir. Ella se rió ante lo manido de la conversación. Ahora o nunca, se dijo a sí mismo—. Simplemente tenía que conocerte, eso es todo. —Tragó saliva. Sintió que los dedos se le clavaban en las palmas—. Nunca había visto a nadie tan encantador. —Sabía que se estaba poniendo colorado. El tren chirrió al detenerse—. Estación Sydenham —anunció.

—Muchas gracias, señor —contestó ella.

—¿Por decirte el nombre de la estación?

—No, por decirme que te parezco encantadora.

—Lo eres —aseguró, agradecido de que nadie hubiera subido al tren. Sabía que Kinnegar estaba a tan sólo dos paradas más de trayecto y, a pesar de todo, se sintió contento de que el tren se moviera de nuevo y a la vez ansioso porque su tiempo con ella se estaba acabando—. Encantadora. —Hubiera querido tocarla, coger su mano, pero le aterrorizaba que ella saliera huyendo como un pájaro asustado. Se sentó muy tieso. Debía seguir hablándole—. Así que vives en Kinnegar.

—Eso es. En el número nueve de la Explanada. Al borde del mar. Adoro el mar.

—Yo me crié en Bangor. Sé a lo que te refieres respecto al mar. Nunca es igual. Es… —hurgó en su bolsillo y sacó un libro de Seamus Heaney—. No soy muy bueno con las palabras, pero…

Abrió el libro, rebuscó entre las páginas y leyó:

"Tal vez pienses que el mar es compañía
estallando cómodamente en los acantilados,
pero no: cuando comienza, el oleaje alcanza
las ventanas, escupiendo como un gato manso
que se hubiera vuelto salvaje
".

La miró a los ojos —ojos de gato— y vio que se dulcificaban.

—Es precioso —dijo amablemente—. ¿Quién es el poeta?

—Un tipo llamado Seamus Heaney.

—No he oído hablar de él.

—Ya lo harás. Si te gusta la poesía.

—¿A ti te gusta? —preguntó con solemnidad, sin que su mirada se apartara en ningún momento de los ojos de él.

—Oh, sí. —Bajó la vista. Notó que algo le impulsaba hacia delante al llegar el tren a una parada. Entonces sintió la cercanía de ella. Su perfume hacía que la cabeza de Barry flotara. La miró a la cara, alargó el brazo y le tocó la mano. Ella enredó sus dedos en los de él, sonriendo. Pudo ver unos dientes blancos, uniformes, entre sus labios gruesos.

El tren dio una sacudida.

—Me bajo en la siguiente parada —anunció ella—. Lo siento.

—Lo sé… Patricia, me gustaría volver a verte.

—Mi número de teléfono es Kinnegar 657334.

Kinnegar 657334, repitió mentalmente una y otra vez.

—¿Puedo llamarte mañana?

—Me gustaría mucho. —Le apretó la mano, se inclinó hacia delante y le besó con suavidad, un beso tan leve como el batir de alas de una mariposa—. Me gustaría muchísimo.

—Jesús —susurró Barry—. Oh, Jesús.

—Bangor no está lejos de Kinnegar —declaró ella mientras el tren reducía la velocidad.

—Ahora no vivo en Bangor. Estoy en Ballybucklebo.

—¿Que estás dónde? —Se recostó en el asiento y comenzó a reírse en un tono ronco. A él le encantó ese sonido, pero ¿qué podía tener de divertido Ballybucklebo?—. ¡Oh, cielos! —exclamó—. ¡Oh, cielos!

El cartel de Kinnegar apareció tras la ventanilla. El tren se detuvo. Ella se puso de pie.

Barry se levantó y abrió la puerta.

—¿Qué es tan divertido?

—El tren de las diez no para en Ballybucklebo. Tendrás que bajarte aquí y caminar hasta casa.

—¿Qué?

—Así es, más vale que bajes aquí si no quieres seguir hasta Bangor. —El tren comenzó a sacudirse. Él la empujó suavemente hacia el andén y saltó tras ella—. Lo siento. No debería haberme reído —se disculpó.

—No importa. Al menos podré acompañarte hasta tu casa.

—Entonces vamos. No está lejos —indicó al tiempo que las luces traseras del tren desaparecían tras una curva.

Maldita sea. Se había dejado sus botas nuevas en el compartimento.

Ella le cogió de la mano haciendo que se olvidara de las botas. Caminó a su lado bajando los escalones de la estación, fuera de los débiles puntos de luz que arrojaban las ventanas del edificio, hasta una oscura carretera rural. Después de la lluvia del día el aire de la noche era suave, inundado del aroma del heno y la madreselva mezclado con el penetrante olor del mar. En la distancia percibía el susurro de las olas en la orilla.

Tuvo que acortar su zancada para acompasarla a los pasos desiguales de Patricia.

—¿Cómo te hiciste daño en la pierna? ¿Jugando al hockey?

—No me he hecho daño. —Pudo detectar un rastro de amargura.

—¿Qué te ha pasado entonces?

—Fue en 1951.

Él se detuvo, petrificado, y la cogió de los hombros para que le mirara.

—¿La epidemia de polio?

—Tuve suerte —asintió—. Mi pierna izquierda es un poco más corta, pero no acabé con un pulmón de acero como algunos niños.

—Jesús.

Ella le soltó la mano y dio un paso atrás.

—Imagino que a partir de ahora no volveré a saber más de ti. A los hombres no les gustan las mujeres que no son perfectas. —Sus palabras sonaban indiferentes, como si se limitara a constatar un hecho. Él pudo percibir que le habían hecho daño con anterioridad, tal vez de forma dolorosa—. No quiero compasión —aseguró, y Barry sintió su cálido aliento en el cuello. Miró hacia arriba y vio a Orión, muy alta, cada estrella centelleando, brillante y orgullosa. Para él, la pierna corta no marcaba ninguna diferencia, ni la más mínima.

—No soy bueno compadeciendo —confesó— y me importa un bledo tu pierna, Patricia. No me importa nada en absoluto.

—¿Lo dices en serio? —Ella retrocedió como si quisiera mirarle a través del alma.

Él no dijo nada, sólo esperó y contempló su rostro, tratando de leer la expresión en la penumbra de la noche estrellada y confiando en que no dijera que no le creía.

—Sé que no debería, Barry Laverty, sé que no debería, pero siento que te creo.

Pudo ver algo plateado brillar en el ojo izquierdo de ella y deseó probar su sabor salado, pero no creyó oportuno atosigarla.

—Vamos —indicó—, te acompañaré a casa.

—Está bien —concedió—. Barry…

—¿Qué?

—Me gustaría mucho que me llamaras.