Capítulo 15

El martes y el miércoles pasaron volando. Barry sabía que si le pedían que escogiera los momentos más sobresalientes de sus extenuantes horas de consulta y de las apresuradas visitas a domicilio, le costaría recordar algo en concreto, excepto aquellos acontecimientos que más tarde reconocería que condicionaron el futuro de los pacientes más importantes del doctor O’Reilly.

Las llamadas de éste al Royal Hospital les iban informando de que Sonny seguía aguantando. No estaba fuera de peligro, pero su situación no había empeorado.

Maggie había aceptado hacerse cargo de los perros.

Seamus Galvin se pasó por allí para que le miraran el lastimado, e inmaculadamente limpio, tobillo, revelándoles, de paso, la fuente de su fortuna.

O’Reilly y Donal Donelly tuvieron una conversación de lo más curiosa sobre un perro.

En algún lugar del pueblo Julie MacAteer trataba de no preocuparse por los resultados de su test de embarazo, sin éxito.

El dedo del concejal Bishop requirió nueva atención.

Y a pesar de las largas horas de trabajo Barry comenzó a sentirse verdaderamente en casa por haber elegido la medicina general y ese pueblo en particular. Ballybucklebo, donde las órbitas de las vidas de la gente seguían su curso ordinario, predeterminado, cada una por su lado hasta que fueron impulsadas con suavidad por el destino en una gran conjunción planetaria, o mejor dicho, por el mensajero local del destino, el doctor Fingal Flahertie O’Reilly.

Seamus Galvin se presentó en la consulta el martes por la mañana. Se sentó en la silla de los pacientes y se quitó la gorra de su cabeza con forma de pera. Sus ojos pardos, pequeños y juntos, acechaban entre la línea del pelo y la de la barbilla como un par de tímidos animalillos, siempre inquietos, pero sin enfocar a nada en particular.

—Buenos días, doctor O’Reilly. Buenas, doctor Laverty.

—Buenos días, Seamus. ¿Cómo está el joven Barry Fingal? —preguntó Barry.

—Magnífico. Fíjese usted que es una buena cosa que los hombres no puedan amamantar a los pequeños. Tiene a Maureen levantada la mitad de la noche, eso hace.

—Huh —exclamó O’Reilly—, y supongo que no se te ha pasado por la cabeza darle al niño un biberón de vez en cuando.

—¡Quia! De ninguna manera. Uno no se compra un perro para ser él el que ladre. Ése es trabajo de Maureen, eso es lo que es.

O’Reilly miró a Barry por encima de sus gafas y sacudió la cabeza.

—No quiero contradecirte, Seamus, pero como un hombre más inteligente que yo dijo una vez: «El trabajo es el azote de las clases bebedoras».

—Wilde —adivinó Barry—. Oscar.

—El mismo —admitió O’Reilly—. Pero ésa no es la razón por la que estás aquí, ¿no es así, Seamus?

—Ah, no, señor. Es hora de que eche un vistazo a mi tobillo.

—Huh —murmuró el médico—, y supongo que querrás que te escriba una nota.

—Oh, desde luego, señor, me gustaría. Tengo que ir a la ODDE.

Barry lo entendió al instante. Seamus quería un certificado médico para poder demostrar su invalidez en la Oficina de Desempleo, ODDE en la jerga local.

—Ya veremos —contestó O’Reilly—. Enséñame tu tobillo.

Galvin se agachó y se quitó la venda.

O’Reilly se sentó con las rodillas juntas.

—Ponlo sobre mi regazo.

Seamus obedeció. Barry se acercó. El tobillo en cuestión parecía perfectamente normal. Sin hinchazón ni moratón.

—¿Puedes doblarlo hacia abajo? —preguntó O’Reilly.

Galvin hizo mucho teatro al intentar estirar el pie.

—¡Aah! ¡Ooh!

—Ahora hacia arriba.

—¡Ooh! ¡Aah!

O’Reilly tomó el pie entre sus enormes manos y torciéndolo hacia la izquierda preguntó:

—¿Duele?

—¡Aah! ¡Ooh! ¡Ay!

—¿Estás seguro?

—Desde luego, señor.

—Hummm. Está bien. Veamos cómo caminas.

Galvin se levantó y se tambaleó por la habitación, arrastrando su presuntamente dolorido tobillo. Podría haber estado imitando a una madre chorlito tratando de alejar de su nido a un depredador, si no fuera porque las avefrías no suelen gemir «ooh, aah» mientras revolotean surcando los páramos.

—Eres digno de figurar en los libros de texto, Seamus —indicó O’Reilly—. Parece como si te las hubieras arreglado para hacerte daño en el lado que estaba bien cuando me enseñaste la herida por primera vez.

Galvin agachó la cabeza.

—Tal vez deberíamos nominarte para un Oscar. ¿A mejor actor secundario?

—Pero me duele, señor. Si trato de apoyarme en él siento un dolor terrible hasta la rodilla.

—Parecía sostenerte perfectamente en el bar el domingo, cuando estabas gastando tus ahorros.

Galvin mostró una sonrisa aduladora que hizo pensar a Barry en el personaje de Charles Dickens Uriah Heep[11].

—Ah, pero como usted sabe, señor doctor, el alcohol mata el dolor. —Durante un instante los ojos apagados de Galvin centellearon. A Barry le vino la imagen del Coyote de los dibujos animados con una bombilla brillando encima de su cabeza—. Sé que bebí una o dos. Y debió de ser entonces cuando me lastimé el otro lado.

—«Ecce Galvinus. Homo plumbum oscillandat» —recalcó O’Reilly a Barry, quien lo entendió de inmediato. Contempla a Galvin. El hombre está intentando zafarse.

—¿Ese «plumbum» es algo malo, señor? —Galvin cojeó por la habitación y se sentó pesadamente, con su estrecha cara contraída en un rictus.

—Todo depende —contestó O’Reilly—. Levanta otra vez tu pie. —Galvin obedeció y el médico volvió a vendarle rápidamente—. ¿Quieres que te escriba una nota?

—Sí, por favor, señor —contestó resplandeciente—. ¿Para dos semanas estaría bien?

—Podría —respondió O’Reilly—, pero…

—Pero ¿qué, señor?

—Pero antes necesito saber algo más sobre la fortuna que decías que te iba a caer.

Galvin se recostó en la silla inclinada.

—Oh, no lo necesita, señor. Oh, no.

—Oh, sí, Seamus, lo necesito. O no habrá nota. —Por las arrugas en la frente de Galvin y el rechinar de sus dientes Barry comprendió que el hombre estaba librando un combate titánico consigo mismo—. Sin monedas no hay lavandería, Seamus.

Galvin respiró hondo.

—Maureen me dio el dinero.

La punta de la nariz de O’Reilly empalideció.

—¿Que hizo qué? ¿El dinero para iros a California? —Galvin agachó la cabeza—. Monstruo despreciable. Solemne idiota. Devuélveselo, ¿me has oído?

—No puedo, señor. Lo he gastado. En patos.

—¿En el Pato Mugriento? —O’Reilly se levantó y se abalanzó sobre Galvin—. Te mato. Yo acabo contigo ahora mismo.

Galvin se echó las manos a la cabeza para protegerse y ladeó el cuerpo en la dirección opuesta.

—No, en el Pato no. Bueno, sólo un par de libras. El resto del dinero se fue en los patos. Patos balancín.

O’Reilly enarcó una de sus pobladas cejas.

—¿De qué demonios estás hablando?

Galvin bajó los brazos lentamente.

—Patos balancín, señor. Voy a fabricar patos balancín. Son como los caballos balancín. No habrá niño en Ballybucklebo que no se vuelva loco por tener uno. La madera y la pintura ya están compradas. Podré venderlos por el doble de lo que costará hacerlos. Ése es el motivo por el que necesito dos semanas libres, para terminarlos y luego venderlos. Entonces Maureen y yo y el crío podremos irnos a América con un poco de calderilla.

—¿Y Maureen consintió en esa estúpida idea?

—¡Dios, sí! ¡Sí, señor!

Por la forma en que Galvin rehuía la mirada de O’Reilly, Barry supo sin la menor duda que el hombre estaba mintiendo.

—¿Cuántos piensas fabricar?

—Alrededor de cien, señor.

—¡Por los clavos de Cristo! ¿Y cuántos niños que quieran tener un pato balancín crees que viven en Ballybucklebo?

—No lo sé, señor. —La nuez de Galvin subía y bajaba.

—Cuarenta, tal vez cincuenta. ¿Acaso piensas que los comprarán por pares? ¿En juegos de dos?

—Nunca pensé en eso, señor. Pero todo saldrá bien. Ya verá.

—Lo dudo.

Galvin se echó hacia atrás en la silla ayudándose, observó Barry, de un buen empujón de su supuesto tobillo lesionado.

—¿Entonces me pondrá la nota, señor doctor?

Barry se quedó atónito cuando O’Reilly contestó:

—Una promesa es una promesa. —Regresó a su escritorio para garabatear un formulario administrativo. Se suponía que los médicos debían ser honestos cuando daban el visto bueno a legítimas reclamaciones para obtener el dinero por discapacidad.

—Aquí lo tienes —indicó, entregándole el formulario—. Dos semanas. Pero tienes que fabricar esos malditos patos. Tal vez conozca una tienda en Belfast que quiera quedarse con todos.

Galvin se echó hacia atrás el flequillo y se levantó.

—Dios le bendiga, doctor. Y los fabricaré, eso haré. —Se dirigió hacia la puerta, acompañándose de lamentaciones y muchos «oohs» y «aahs».

—Y Seamus —añadió suavemente O’Reilly.

—¿Sí, doctor?

—Levántate de tu maldita cama y echa una mano a tu mujer. ¿Me has oído?

—Sí, señor. Así lo haré. —Y se marchó.

—Maldito inútil —espetó O’Reilly—. Te dije que era un chiflado cuando te reías de mí por haberle arrojado a los arbustos.

—Entonces ¿por qué le ha dado un certificado de discapacidad cuando los dos sabemos que está fingiendo?

O’Reilly se sentó en la silla giratoria.

—Solía tener demasiados conflictos con mis pacientes cuando no les daba las notas.

—Pero eso es parte de nuestro trabajo.

—Tonterías. Nuestro trabajo es cuidar de ellos cuando están enfermos, y no comportarnos como cualquier maldito funcionario.

—Lo sé, pero…

—¿Qué sabes sobre el inspector médico?

—No mucho.

—No todos los políticos son unos incompetentes. Hace unos años tuvieron la brillante idea de que tal vez un médico independiente, un inspector pagado por el ministerio, podría examinar a todos aquellos médicos de familia locales que pensaran que se estaba aprovechando del sistema, y de esa forma librar de parte de la responsabilidad a los médicos de familia. De vez en cuando el inspector sacaba un certificado al azar e invitaba al paciente a que lo visitara. Eso hizo que mucha gente fuera honrada y que el médico del ministerio fuese el malo, pues nunca más volvería a ver al paciente.

—Eso tiene sentido.

—Pues no funcionó. Tú seguías siendo el villano desde el momento en que decías a alguien que le ibas a mandar al inspector. Ellos lo llamaban «el Gran Doctor». Le tenían pánico. Era igual que si les estuvieras diciendo a la cara que pensabas que se estaban aprovechando de ti.

—Entonces ¿qué se puede hacer?

O’Reilly se rió.

—Pues resulta que el Gran Doctor fue compañero mío de clase y entre los dos nos inventamos un código. Observa. —Le tendió un certificado en blanco—. ¿Ves donde dice «firma del médico de referencia»?

—Sí.

—Pues bien, si lo firmo como F. F. O’Reilly, mi amigo entiende que creo que la reclamación es auténtica. Eso le evita a él y a los pacientes un montón de problemas, y de paso se ahorra llamar a gente realmente enferma. En cambio… —la risa de O’Reilly se tornó en carcajada— si firmo como F. F. O’Reilly, M. B., B. Ch., B.A.O., el implicado estará visitando las oficinas del ministerio antes de que la tinta del papel se haya secado.

—Zorro astuto.

—El paciente no sabe que yo he dado el soplo. Ya no hay más peleas aquí. Y funciona como la seda.

—¿Y cómo, si puede saberse, ha firmado la nota de Garvín?

—Ah —respondió O’Reilly—, digamos que mi recomendación estaba sin calificar. Ahora sé un buen chico y ve a ver quién es el siguiente.

* * *

—Puede que sea un poco difícil aparcar el coche en la calle principal. Deben de estar engalanándola para el jueves —advirtió O’Reilly, terminando su almuerzo—. Tenemos que ir a ver a Declan Finnegan. Vive encima de la tienda de ultramarinos. No hace mal día. Caminemos. Ya recogeremos el coche más tarde.

—De acuerdo. —Barry estaba encantado de poder hacer ejercicio. Tenía la sensación de no haber hecho otra cosa últimamente más que estar sentado en la consulta de O’Reilly o en el Rover. Pensó con añoranza en su caña de pescar, olvidada y arrumbada en la buhardilla. Le vinieron a la mente un par de estrofas de una antigua canción, El convicto de Clonmel:

En mi cama de pies podridos
mi palo de hockey yace;
por encima de los chicos del pueblo
mi pelota dorada vuela
.

La consulta difícilmente podría considerarse la cárcel, pero no le importaría tener tiempo libre para ir a pescar; el viernes y la cena con Patricia parecían quedar demasiado lejos.

—¿Se está bien allí? —preguntó O’Reilly.

—¿Dónde?

—Dondequiera que te hayas evadido con la mente. No estamos en primavera, pero «supongo que tu joven imaginación ha vuelto alegremente a pensamientos de amor».

—Tennyson no lo dijo con esas palabras, pero, aunque no sea de su incumbencia, estaba pensando en pescar.

—¿Lo estabas? Vi que tenías una caña. ¿Te gusta la pesca?

—Mucho.

—Intentaré hablar con su señoría.

—¿Con quién?

—Con el marqués de Ballybucklebo. Un simpático viejo chiflado. Posee una parte del río Bucklebo. Seguramente te dejará acceder a sus aguas si se lo pido.

—¿Lo haría?

—La próxima vez que lo vea.

—Me encantaría pasar un día en un buen río truchero.

—Trataré de conseguirlo. —O’Reilly se levantó—. Pero quedarnos aquí sentados de cháchara no nos va a dar de comer. Vámonos.

Al menos, pensó Barry, cerrando la puerta verde de la entrada principal, salir por aquí me evita tener que correr como un descosido huyendo del Casanova del mundo canino.

—Hace un día fantástico, Fingal.

—Está demasiado bochornoso. Puede que tengamos algunos truenos —anunció O’Reilly mientras caminaba a lo largo del sendero, abriéndose paso entre los grupos de paseantes—. Buenas tardes, Aggie. Buenas tardes, Cecil.

Barry mantuvo el ritmo de su zancada, haciendo una inclinación de cabeza a aquellos que le saludaban. El pueblo estaba muy bullicioso. Compradores y niños de vacaciones escolares llenaban las estrechas aceras, invadiendo la calzada y codeándose con un granjero y el rebaño de bueyes Aberdeen Angus que atravesaban la calle principal, ignorando las bocinas de los coches atascados detrás.

Una cuadrilla de hombres pintaba en el bordillo franjas rojas, blancas y azules. La cucaña había sido retocada en los mismos colores lealistas, y de su punta, ondeando perezosamente con la brisa marina, colgaba una bandera enorme: en el centro, la mano roja del Ulster sosteniendo la cruz roja de san Jorge sobre un fondo blanco hacía compañía a sus hermanas pequeñas y a las banderas de Gran Bretaña colocadas en las ventanas de los pisos altos.

Unos hombres luchaban por levantar un arco en la calzada.

—¿Quieres mirar eso? —indicó O’Reilly.

Barry observó la estructura. Postes cubiertos de contrachapado soportaban un delgado cuarto de círculo del mismo material que se curvaba de un lado a otro de la calle. En el centro había un cartel de un hombre vestido a la usanza del siglo XVII con una pluma cayendo de su sombrero de tres picos y botas altas negras y pulidas. Iba montado en un caballo blanco. Con una mano sujetaba las riendas; con la otra blandía un sable por encima de la cabeza.

—Una pena que el corcel de Guillermo de Orange sea bizco —apuntó O’Reilly.

Barry se fijó con más detenimiento. Efectivamente, el retratista había conseguido que cada ojo enfocara a un punto justo delante de los brillantes ollares.

—Derry, Aughrim, Enniskillen y el Boyne. —O’Reilly leyó los nombres de las batallas escritas en rollos de pergamino a cada lado de la figura ecuestre—. Todas acaecidas hacia 1690 aproximadamente. Viejas batallas que deberían ser olvidadas, pero por la forma en que se comporta algún lugareño, se podría pensar que tuvieron lugar ayer.

—Creí que había dicho que todo era dulzura y claridad entre los protestantes y los católicos de Ballybucklebo.

—No hay nada palpable. No como las recriminaciones, vituperios y aullidos que se producen en Belfast. Pero, aun así, no me gusta —confesó O’Reilly—. Una vez vi un noticiario sobre Alabama o Mississippi. Un hatajo de imbéciles con capirotes y túnicas blancas quemando una cruz, simplemente para recordar a los negros que eran ciudadanos de segunda clase. Me produjo escalofríos.

—Sin duda un poco de decoración, unas cuantas banderas y un desfile no pueden compararse con las batidas del Ku Klux Klan, ¿no?

—Yo era un niño cuando ocurrieron los «Problemas»[12]…, los Black & Tans[13] y la guerra civil… allá por los años veinte. Detestaría ver que los «Problemas» vuelven, y cuando te empeñas en seguir restregando en las narices de la gente banderas y desfiles…

—Estoy seguro de que nunca se repetirá algo parecido a los «Problemas». No aquí.

—Ojalá tengas razón —repuso O’Reilly pensativo—, pero los viejos recuerdos son la maldición de Irlanda. El 12 es simplemente un día de fiesta para la mayoría de la gente, pero hay un grupo de fanáticos que continúan agitando el cotarro, manteniendo vivo el viejo odio…, entre ellos nuestro «honorable» concejal. Si le sobrara tiempo, aparte de intentar expulsar a un viejo decente de su propiedad, estoy seguro de que disfrutaría colgando a cualquier feniano de una farola.

—Es un auténtico miserable, ¿no es así?

—Un completo y asqueroso incompetente —precisó—. No sé tú, pero yo estoy muy lejos de encontrar una solución para ayudar a Sonny, y ahora, además, tengo que dar con la forma de hacer que Maureen Galvin recupere su dinero.

—Pensé que conocía un comercio en Belfast que querría comprar los patos balancín.

—Puedo telefonear a un colega con el que jugué al rugby, pero ¿te gustaría intentar vender esa cosa? —Barry negó con la cabeza. O’Reilly comenzó a cruzar la calle—. Ya se me ocurrirá algo —comentó, subiéndose a la acera—. ¿Qué demonios crees que pasa?

Barry distinguió al pelirrojo Donal Donelly haciéndoles señas mientras se abría paso desde el otro lado de la calle dando palmetazos en las ancas de uno de los bueyes. Iba acompañado de un perro gris. Él y su acompañante subieron a la acera.

—Doctor, doctor O’Reilly, señor. ¿Podría hablar con usted un momentito? —Los dientes de Donal temblaban contra su labio inferior.

—Por supuesto.

—Ésta de aquí es Bluebird. —Tiró de una cuerda fina. El perro levantó su estrecho morro y miró a Donal con cara de adoración con sus acuosos ojos marrones.

—¿Bluebird?

—Sí, señor. Como la lancha motora de su señoría.

Barry miró más de cerca al animal. Tenía las patas largas y finas y llevaba su delgada cola curvada en un arco bajo su vientre. Cada costilla era tan visible como los huesos de un esqueleto para aprender anatomía.

—¿Se refiere a sir Donald Campbell?

—El mismo. El mismísimo tipo.

—Está en Australia —informó Barry—. Va a intentar batir el récord mundial de velocidad por mar a finales de este mes.

—Este perro compite en las carreras, ¿no es así? —preguntó O’Reilly, agachándose para examinar los flancos del galgo.

—Lo hace, señor, pero todavía no ha ganado.

—Pero si es lenta, ¿por qué la has llamado Bluebird? —O’Reilly frunció el entrecejo.

—Porque, señor —el párpado izquierdo de Donal se cerró en un guiño lento—, corre en el agua.

O’Reilly se sorprendió.

—¿En el agua?

Barry estaba desconcertado.

—Pero el viernes en Dunmore Park correrá en seco.

—¿Lo hará?, ¡buen Dios! —O’Reilly abrió los ojos como platos.

¿De qué demonios estaban hablando?

—Pensé que le gustaría saberlo, señor. —Donal miró furtivamente a su alrededor—. Y no diré nada más.

—Un guiño es tan bueno como una inclinación de cabeza para un caballo ciego. Gracias, Donal. Lo tendré en cuenta. Tal vez haga un viaje hasta Dunmore. El doctor Laverty puede hacerse cargo de la consulta.

Barry dio un respingo. ¡Oh, no, el viernes iba a ser su noche libre!

—Tenemos que irnos —anunció Donal, tirando de la cuerda—. Debo ponerte en forma, chica.

—Fingal —dijo Barry. Todas sus preguntas sobre la extraña conversación que acababa de presenciar habían sido barridas ante la posibilidad de no ver a Patricia—. Fingal, usted dijo que podría tener la noche del viernes libre.

—¿Lo dije?

—Sí.

—Debo de haberlo olvidado.

Barry se enervó.

—Mire, Fingal…

—No te preocupes. Nos iremos los dos. Tú te quedarás vigilando el fuerte hasta que sea la hora de marcharte.

—Pero ¿quién cuidará de todo mientras estemos fuera?

—Kinky. No lo hago muy a menudo, pero si nadie está de parto y la casa parece estar razonablemente tranquila, Kinky coge las llamadas, o bien le dice al paciente que espere hasta el día siguiente, o, si cree que es urgente, avisa a una ambulancia para que se lo lleve al Royal.

—Oh.

—Así que podrás ver a la luz de tu vida y yo podré tener un poco de diversión. —O’Reilly se rió—. El Señor actúa de forma misteriosa para hacer sus maravillas.

—Me tiene totalmente confundido.

—Lo hago algunas veces —afirmó—. Pero ahora no tengo tiempo para explicártelo. Vamos retrasados. Venga, echemos un vistazo a Declan Finnegan.

Declan Finnegan debía de tener más de cincuenta años y estaba gravemente afectado por la enfermedad de Parkinson. A Barry no le resultó difícil hacer su diagnóstico desde el momento en que entró en el apartamento encima de la tienda de ultramarinos. El rostro del hombre era una pura máscara, inexpresiva e inmóvil. Un hilillo de saliva le colgaba de la comisura de la boca. Sus ojos no guardaban preguntas para los médicos. Cualquier esperanza de curación había desaparecido hacía largo tiempo. Levantó una mano para saludar y Barry pudo ver el significativo roce del pulgar contra los dedos, los temblorosos movimientos circulares.

Su esposa, una mujer con cara de preocupación que se comportaba como una viuda de la alta sociedad, llevaba el cabello brillante como el mármol negro italiano, peinado hacia atrás en un severo rodete al estilo de las dueñas españolas.

Bonjour, monsieur le docteur[14].

Bonjour, madame Finnegan. Comme il faut aujourd’hui? —preguntó O’Reilly en un francés sin apenas acento.

Je crois qu’íl est encore plus mal. C’est très triste, ça.

Barry pudo apreciar tristeza en sus ojos. Escuchó y observó; su francés del colegio apenas era suficiente para permitirle seguir las preguntas y respuestas. Parecía que la salud del hombre había empeorado desde la última vez que le visitó el médico. Los temblores habían aumentado, y cuando O’Reilly le pidió a Declan que caminara un poco, lo hizo en pasos muy cortos y arrastrando los pies.

O’Reilly les ofreció el poco consuelo que pudo y dijo que estaría bien que mantuvieran la cita que habían concertado hacía varias semanas con un neurocirujano del Royal. Tal vez fuera el momento de que le practicaran una cirugía estereotáctica para destruir la parte del cerebro que iba por libre, provocando que los músculos se rebelaran.

Au revoir, madame. Nous vous verrions un jour pendant la semaine prochaine[15]. —se despidió O’Reilly al marcharse.

—No sabía que hablara francés —comentó Barry mientras regresaban a pie a casa para recoger el coche.

—Oh, sí —contestó el médico—, y también chapurreaba un poco de italiano. Los aprendí cuando estuve en el Mediterráneo. A bordo del Warspite. De vez en cuando me es útil. Fíjate que es la única mujer francesa que conozco en Ballybucklebo. Declan estuvo en el regimiento de tanques. La conoció en Normandía en 1944.

—Pobre hombre. Es una enfermedad terrible.

—Hay algunos pacientes verdaderamente enfermos por aquí. No todo son cortes y moratones. Desearía que pudiéramos hacer algo más por gente como Declan. —Su voz parecía tan afilada como la de un escalpelo.

Barry no tuvo ocasión de responder porque O’Reilly bajó la cabeza, alargó su zancada y se lanzó como un toro furioso hacia los peatones.

* * *

Como se diría en el dialecto local, O’Reilly atendió las llamadas del martes por la tarde —y a la mayoría de los pacientes que acudieron a la consulta el miércoles por la mañana— con la misma facilidad que si le hubieran «untado grasa de pato». Barry apenas pudo aguantarle el ritmo. Por eso se alegró de tener un respiro cuando la señora Kincaid puso la comida sobre la mesa.

—Su lista, doctor. No está demasiado mal. —Le tendió la hoja de papel a O’Reilly.

—Gracias, Kinky. —O’Reilly echó un vistazo rápido—. No está mal del todo. No sé tú, Barry, pero yo me siento un poco cansado.

—Hummm —murmuró Barry con la boca llena de chuleta de cordero.

—Kinky, ¿ha tenido suerte averiguando algo sobre Julie MacAteer? —preguntó O’Reilly.

—No he sacado mucho en claro. La joven vive por aquí, pero nadie sabe dónde exactamente.

—Siga insistiendo, ¿lo hará?

—Lo haré…

Su respuesta fue interrumpida por el sonido del timbre de la puerta.

—Iré a ver quién es, eso haré. —Se marchó y cuando regresó estaba sofocada, con un centelleo en sus ojos negros—. Es el pequeño Hitler. Su exaltada excelencia el concejal Bishop. El Gran Arrogante dice que le importa un… —vaciló—, bueno, que le da igual que sea su hora de comer y que quiere que le reciba ahora. ¿Le digo que espere?

—No —contestó O’Reilly, apartando su plato—. Mete esto en el horno, Kinky. Vamos, Barry.

—Muy bien.

El concejal Bishop estaba en el vestíbulo con las piernas separadas, los brazos cruzados y los ojos entornados.

—Se lo ha tomado con calma.

—Ah —farfulló suavemente el médico—, si la tejedora está cansada, el bebé no tendrá su gorro nuevo.

—¿De qué demonios está hablando?

—El doctor Laverty y yo hemos estado terriblemente ocupados los últimos dos días. Estábamos en nuestra hora de comer —indicó O’Reilly—. ¿No podía haber venido en horas de consulta?

—¿Y esperar eternamente con todos esos sucios pordioseros? No sea estúpido.

Barry vio brillar una chispa en los ojos castaños de O’Reilly; una chispa que reflejaba las llamas del infierno. La visita iba a ser interesante, pensó.

—Pase a la consulta —señaló O’Reilly, cruzando el vestíbulo y abriendo la puerta. Se sentó en el escritorio y esperó a que el concejal Bishop lo hiciera en la silla de los pacientes—. ¿Qué puedo hacer por usted?

Mientras Barry se acomodaba en la camilla, el concejal puso su dedo vendado bajo las narices de O’Reilly.

—Ya se lo dije el domingo. Necesito que esté mejor para mañana.

—Muy bien —respondió el médico, acercándose a una bandeja con instrumental y cogiendo unas tijeras y unas pinzas—. Había olvidado que el Pato es una extensión de mi consulta. Nada como dar consejos médicos mientras estás tomando tranquilamente una pinta.

—¿Qué?

O’Reilly volvió a sentarse.

—Enséñeme el dedo.

Bishop tendió la mano a O’Reilly, quien cogió la punta del vendaje con las pinzas, deslizó la hoja de las tijeras bajo las vendas y comenzó a cortar.

Cuando el vendaje estuvo dividido en dos desde la base hasta la yema del dedo agarró un extremo con las pinzas y, utilizando su mano libre para inmovilizar la muñeca del concejal Bishop, dio un fuerte tirón con las pinzas.

Barry estaba convencido de que habría podido escucharse el desgarrón de la gasa al separarse de la piel cicatrizada de no haber sido por el gemido ensordecedor del hombre rechoncho.

—Lo siento, concejal —se disculpó O’Reilly—. Podría haberlo humedecido en Savlon durante quince minutos para ablandar la sangre seca, pero sé que siempre tiene mucha prisa.

Barry se alegró de estar sentado detrás del concejal para que éste no pudiera ver su sonrisa de oreja a oreja.

—Vaya a aclararse en el lavabo —ordenó O’Reilly.

El concejal obedeció.

—¿Todo preparado para el gran día de mañana? —preguntó O’Reilly.

—No me hable de días grandes. Cuanto antes se acabe, mejor. —El concejal mantuvo el dedo bajo el agua—. Tengo cosas más importantes que hacer.

—¿Ah, sí? —O’Reilly miró de reojo a Barry.

—Sonny está en el hospital y ese terreno…

—No se atreverá… —interrumpió O’Reilly—. Oh, no.

—Claro que sí —respondió Bishop.

Barry no necesitó oír más. Se deslizó de la camilla.

—Pienso que eso es lo más malvado…

—Nadie te ha pedido que pienses —le espetó O’Reilly, sacudiendo la cabeza.

Barry se mordió los labios. Sintió el calor en sus mejillas. Su respiración se aceleró.

El concejal Bishop cerró el grifo y se miró el dedo.

—No tiene muy mal aspecto —admitió—. ¿Necesitará otro vendaje? —Se acercó a O’Reilly, quien examinó el dedo.

—Yo lo veo bien.

—Perfecto. Entonces me marcho. Tengo cosas que hacer.

—Estupendo —declaró O’Reilly, acompañando al concejal a la salida—. ¿Y qué tal está la señora Bishop?

Barry les siguió, todavía dolido por la recriminación. Estaba sorprendido ante la amabilidad de O’Reilly y desilusionado porque no hubiera discutido sobre el problema de Sonny. Escuchó la respuesta del concejal mientras cruzaban el vestíbulo.

—Está que trina. Nuestra nueva doncella, una chica de Antrim, nos ha anunciado que se marcha, ¿y dónde demonios se puede encontrar estos días una buena sirvienta?

—No sabría decirle —contestó O’Reilly, sonriendo a la señora Kincaid, que estaba atareada en el comedor. Abrió la puerta de entrada y dejó salir al concejal. Cuando el orondo hombrecillo se alejó por el sendero dijo—: ¿Qué me decía?

—¡No he dicho nada! —gritó por encima del hombro el concejal.

—He debido de equivocarme —replicó el médico en voz alta—. Hubiera jurado que le había oído decir «gracias» —y murmuró—: Imbécil.

—Me dijo que nunca había que dejar que los clientes se te subieran a la chepa —le reprochó Barry, que estaba detrás de O’Reilly—. Ha estado demasiado educado con ese hombre —le increpó—. Pensé que íbamos a enfrentarnos con él por lo de la parcela de Sonny. Tenía razón. Bishop pretende quedarse con el terreno. Cuando comprendí que no pensaba hacer nada y traté de ayudar, ¿por qué me reprendió?

—Las palabras amables no sirven para ablandar rábanos, pero tampoco endurecen el corazón de un repollo —replicó O’Reilly—. Discutir con hombres como Bishop no lleva a ninguna parte. Lo único que se consigue es reafirmarlos en su decisión. Si queremos ganarle la partida, necesitamos un comodín. Un argumento que no pueda resistir.

—¿Y qué demonios podría ser? —Barry no estaba satisfecho.

—Me gustaría saberlo, aunque creo que se me está ocurriendo una idea. No sabía que su doncella viniera del condado de Antrim. —O’Reilly miró hacia el cielo como si buscara inspiración divina—. Jesús, ¿quieres mirar eso? Ya te dije que el tiempo estaba muy bochornoso.

Barry miró al cielo. Aunque la parte baja estaba azul, por encima de las colinas de Antrim, a no más de quince kilómetros, ejércitos de cumulonimbos marchaban como dragones con negras corazas hacia la pequeña población de Ballybucklebo. De hecho, la avanzadilla estaba disparando sus rifles; los truenos lejanos sonaban agudos después de los relámpagos dispersos.

—Creo —vaticinó Barry— que se avecina una tormenta.

—Desde luego —asintió O’Reilly, mirando la lejana figura del concejal Bishop—. No podrías tener más razón.