VEINTISEIS
EL DESHIELO

N o es más que una pobre necia enloquecida —pensó Konstantín Nikonóvich—. Él dijo que no la mataría, y necesito conseguir que me deje en paz. Nadie puede enterarse».

Un amanecer gris y un rojo sol naciente. «¿Dónde está la linde de la que habló? El bosque. Campanillas de invierno. Junto al viejo roble, antes del alba».

Konstantín fue al aposento de Anna sin hacer ruido, le tocó el hombro y le tapó la boca con la mano para amortiguar un grito. Su hija dormía a su lado, pero no despertó.

—Ven conmigo —ordenó—. Ahora. Dios nos llama. —La miró a los ojos y ella se quedó quieta, boquiabierta. La besó en la frente—. Ven.

Ella lo contempló con los ojos muy abiertos y de pronto le brotaron las lágrimas.

—Sí —respondió.

Fue tras él como un perro. El había estado dispuesto a susurrarle y decir majaderías, pero no había necesitado más que una mirada para que lo siguiese. Estaba oscuro, aunque el cielo de levante empezaba a iluminarse. El frío era intenso. El religioso la envolvió en una capa y la sacó de casa. Hacía meses de la última vez que Anna había salido al exterior incluso durante el día, pero ahora se dejaba guiar y atravesó la empalizada del pueblo sin que su respiración jadeante se alterase apenas.

En cuanto se adentraron un poco en el bosque, llegaron a un roble viejo, Konstantín nunca lo había visto. A su alrededor, el invierno: un manto de cruda nieve; la tierra dura como el hierro; un río como una losa de mármol azul. Pero debajo del roble, la nieve se había derretido y, al acercarse, Konstantín vio que el suelo estaba cubierto de campanillas. Anna se agarró a su brazo.

—Padre —susurró—. Ay, padre, ¿qué es eso de ahí? Todavía es invierno, es demasiado pronto para las campanillas.

—Es el deshielo —respondió Konstantín, hastiado, asqueado y convencido—. Vamos, Anna.

Ella le cogió la mano. Su tacto era como el de una niña. A la luz del alba, Konstantín le veía los huecos negros entre los dientes.

El sacerdote la llevó hacia el árbol, hacia la alfombra de campanillas prematuras. Más y más cerca.

De pronto, estaban en un claro que ninguno de los dos había visto. El roble estaba solo en el centro y las flores blancas se amontonaban alrededor de sus raíces grisáceas. El cielo estaba blanco. En el suelo había nieve medio derretida que empezaba a embarrarse.

—Buen trabajo —dijo la voz.

Parecía venir del aire, del agua. Anna emitió un alarido sollozante. Konstantín vio una sombra en la nieve que había crecido hasta adquirir proporciones monstruosas; era alargada y distorsionada, la sombra más negra que había visto. Pero Anna no la miraba, sino que se fijaba en el vacío de más allá. Lo señaló con un dedo tembloroso y gritó. Gritó y gritó.

Konstantín siguió su mirada, pero no vio nada.

La sombra parecía estirarse y temblar como un perro cuando lo acaricia su dueño. Los chillidos de Anna partían el aire vacío. La luz era tenue y mate.

—Buen trabajo, mi siervo —dijo la sombra—. Es todo lo que podría desear. Me ve y me teme. Chilla, viedma, chilla.

Konstantín sintió un vacío y una calma extraña. Aunque se aferraba a él con uñas y dientes, apartó a Anna. Ella le arañó el brazo a través de la lana.

—Ahora —repuso Konstantín— cumple tu promesa. Déjame. Devuelve a la chica.

La sombra se quedó inmóvil, como el jabalí que oye los pasos distantes del cazador.

—Vete a casa, hombre de Dios. Ve y espera. La chica regresará. Lo juro.

Anna, aterrorizada, chilló aún más alto. Se lanzó al suelo y le besó los pies al sacerdote, lo rodeó con los brazos.

—Bátiushka —imploró—. ¡Bátiushka! No, por favor. No me dejéis, os lo ruego. ¡Os lo ruego! Es un demonio. ¡Es el mismo diablo!

A Konstantín lo invadieron el hastío y la repulsión.

—De acuerdo —le contestó a la sombra.

Apartó a Anna.

—Te recomiendo que reces.

Ella sollozó todavía con más fuerza.

—Me voy—le dijo Konstantín a la sombra—. Esperaré. No olvides tu palabra.