ONCE
DOMOVÓI

Tras la partida de Sasha y Olga, Dunia notó que Vasia había cambiado. En primer lugar, desaparecía más que antes; en segundo, hablaba mucho menos. Y cuando lo hacía, a veces sobresaltaba a la gente. La niña se hacía demasiado mayor para parloteos infantiles; sin embargo…

—Dunia, ¿qué eso que vive en el río? —preguntó un día, poco después de la boda de Olga, cuando el calor cubría los bosques y los campos como un manto.

Bebió un buen trago del vaso de savia y miró a su aya con expectación.

—Son peces, Vásochka. Si te portas bien hasta mañana, comeremos uno recién pescado, cocinado con hierbas y nata.

A Vasia le encantaba el pescado, pero negó con la cabeza.

—No, Dunia, ¿qué más vive en los ríos? Es una cosa que tiene ojos de rana y pelo como las algas, y le sale barro de la nariz.

Dunia le clavó la mirada a la niña, pero esta se entretenía con los últimos bocados de col del cuenco y no se dio cuenta.

—¿Ya has estado escuchando las historias de los campesinos? —preguntó Dunia—. Es el vodianói, el rey del río, que siempre busca niñas pequeñas para llevárselas al castillo que tiene en el fondo.

Vasia apuraba las últimas migajas con aire distraído.

—No es un castillo —dijo, y se lamió la sopa de los dedos—. Es un agujero en la orilla, pero hasta ahora no sabía cómo se llamaba.

—Vasia… —empezó Dunia sin apartar la mirada de los ojos brillantes de la niña.

—¿Qué? —respondió ella antes de posar el cuenco vacío y levantarse.

Dunia tenía una advertencia en la punta de la lengua, pero ¿sobre qué? ¿No hables de cuentos de hadas? Se tragó las palabras y le dio una cesta cubierta con un paño.

—Toma —le dijo—, llévale esto al padre Semión, que ha estado enfermo.

Vasia asintió. La habitación del sacerdote estaba dentro de la casa, pero también se accedía a ella por una puerta independiente que había en la fachada encarada al sur. Cogió una empanadilla, se la metió en la boca antes de que Dunia pudiera objetar y salió de la cocina canturreando en voz alta y desafinada, como solía hacer su padre años atrás.

Dunia metió la mano en un bolsillo que había cosido dentro de la falda, despacio, como a regañadientes. La estrella que rodeaba a la piedra azul relucía, perfecta como un copo de nieve; la gema tenía un tacto gélido a pesar del calor sofocante que hacía y de que ella llevaba toda la mañana trabajando delante del horno.

—Todavía no —susurró—. Aún es pequeña. Todavía no, por favor.

La gema refulgía en la palma ajada de su mano. La guardó sin miramientos en el bolsillo y se volvió para remover la sopa con un resentimiento tan impropio de ella que el caldo ligero rebosó e hirvió con rabia sobre las piedras calientes del horno.

Algo más tarde, Kolia vio a su hermana asomar la cabeza por encima de una mata de hierba e hizo un mohín. Estaba seguro de que ni en diez pueblos a la redonda encontrarían a alguien que se las apañase como Vasia para estar siempre en medio.

—¿No deberías estar en la cocina? —le preguntó con impaciencia.

Hacía calor, y su esposa estaba sudorosa e irritable. Al bebé le salían los primeros dientes y berreaba sin pausa. Al final, Kolia había resuelto aguantarse, coger un cesto y el hilo de pescar y dirigirse al río. Pero allí estaba su hermana para interrumpir su tranquilidad.

Vasia estiró el cuello un poco más, pero sin salir de su escondite.

—He tenido que venir, hermano —argüyó con zalamería—. Anna Ivánovna y Dunia estaban chillándose, e Irina llorando. Otra vez.

Irina era su nueva hermanastra y había nacido poco después que el hijo de Kolia.

—Además, cuando Anna Ivánovna está por casa ni siquiera puedo coser. Se me olvida cómo se hace.

Kolia soltó un resoplido.

Vasia se revolvió en su escondite.

—¿Puedo ayudarte a pescar? —preguntó con esperanza.

—No.

—¿Puedo ver cómo pescas?

Kolia abrió la boca para negarse, pero se lo pensó. Mientras estuviera sentada en la orilla del río, no estaría causando otros problemas.

—De acuerdo —contestó—. Pero tienes que sentarte aquí. En silencio. No hagas sombra en el agua.

Vasia obedeció y se acercó despacio al lugar indicado. Kolia no le prestó más atención y se concentró en el agua y en notar el hilo entre los dedos.

Una hora más tarde, Vasia continuaba sentada tal como le había ordenado su hermano y él tenía seis buenos peces en el cesto. Pensó que quizás así su esposa le perdonaría la ausencia y miró a su hermana preguntándose cómo había aguantado tanto tiempo sin moverse. Miraba el agua con tal embelesamiento que lo inquietó. ¿Qué veía que la hacía contemplar el agua de ese modo? El río canturreaba, como siempre había hecho, y las matas de berros se mecían en ambas orillas.

De pronto, notó un tirón fuerte en el hilo, y en cuanto empezó a recogerlo dejó de pensar en Vasia. Aun así, antes de poder sacar al pez del agua, el anzuelo de madera se partió. Kolia soltó un reniego. Acabó de recoger el hilo con impaciencia y cambió el anzuelo. Mientras se preparaba para lanzarlo de nuevo, miró a su alrededor. El cesto había desaparecido. Renegó en voz más alta y miró a Vasia, pero ella estaba sentada en una roca a diez pasos de él.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—¡Ha desaparecido el pescado! Debe de haber venido algún durak del pueblo…

Pero Vasia ya no lo escuchaba. Se había plantado en la orilla.

—¡No son tuyos! —gritó—. ¡Devuélvelos!

Kolia creyó oír una nota extraña en el sonido de la corriente, como si el agua contestara. Vasia dio un pisotón en el suelo.

—¡Ahora! ¡Pesca tus propios peces!

De las profundidades salió un gruñido grave como el roce de dos piedras y el cesto salió volando de la nada, se le estrelló a Vasia en el pecho y la derribó. La niña lo agarró por instinto y se volvió hacia su hermano sonriendo de oreja a oreja.

—¡Aquí están! —exclamó—. Ese glotón sólo quería…

Al ver la expresión de su hermano, calló y le tendió el cesto sin decir nada.

Kolia habría querido regresar al pueblo y dejar que el cesto y la rara de su hermana se apañasen, pero era un hombre y el hijo de un boyardo, así que se acercó a ella con paso rígido y recuperó la pesca. Por cómo abrió la boca una o dos veces —como un pescado, pensó Vasia— dio la impresión de que quería decir algo, pero dio media vuelta y se marchó sin mediar palabra.

El otoño al fin posó sus dedos frescos sobre la hierba seca del verano; la luz fue del dorado al gris y las nubes se volvieron mullidas y húmedas. Si Vasia seguía llorando por su hermano y su hermana, no lo hacía donde su familia pudiera verla y había dejado de preguntarle a diario a su padre si ya era lo suficientemente mayor para ir a Moscú. No obstante, se comía las gachas con hambre feroz y a menudo le preguntaba a Dunia si había crecido. Evitaba tanto las labores de costura como a su madrastra. Anna protestaba y daba órdenes con voz estridente, pero Vasia las desobedecía.

Durante todo ese verano había merodeado por los bosques mientras había luz, pero también al llegar la noche. Sasha no estaba para ir a por ella cuando se escapaba, y lo hacía con frecuencia a pesar de las riñas de Dunia. Pero los días fueron acortándose, el tiempo empeoró y, con la llegada de las tardes cortas y ventosas, de vez en cuando se quedaba sentada en casa, comiendo pan y hablando con el domovói.

Era pequeño, achaparrado y de color marrón. Tenía barba larga y los ojos brillantes. Por las noches salía del horno sin que nadie lo viera para limpiar los platos y barrer el hollín. Antes también remendaba la ropa si alguien se la había dejado por ahí, pero Anna se ponía a chillar siempre que veía una camisa fuera de lugar y eran pocos los sirvientes que se arriesgaban a hacerla enfadar. Antes de la llegada de la madrastra, le dejaban ofrendas: un cuenco de leche o un pedazo de pan. Pero Anna también les chillaba por eso. Dunia y las sirvientas se habían acostumbrado a esconder las ofrendas en los rincones adonde Anna no solía acercarse.

Vasia hablaba entre bocado y bocado, dando patadas a las patas del taburete. El domovói estaba cosiendo, porque ella le había pasado sus labores de manera furtiva. Los dedos diminutos se movían rápido como los mosquitos en un día de verano. Como siempre, su conversación era bastante unilateral:

—¿De dónde eres? —le preguntó Vasia con la boca llena.

Ya le había hecho la misma pregunta en otras ocasiones, pero a veces la respuesta variaba. El domovói no levantó la mirada ni paró de trabajar.

—De aquí —respondió.

—¿Quieres decir que hay más como tú? —inquirió la niña mirando a su alrededor.

La mera idea parecía desconcertar al domovói.

—No.

—Entonces, si tú eres el único, ¿de dónde vienes?

Las conversaciones filosóficas no eran el fuerte de la criatura. Frunció la frente arrugada y sus manos delataron cierta vacilación.

—Estoy aquí porque la casa está aquí. Si la casa no estuviera aquí, yo tampoco lo estaría.

Vasilisa no le veía ningún sentido a la respuesta.

—O sea —intentó de nuevo—, si los tártaros queman la casa, ¿te morirás?

El domovói tenía cara de estar lidiando con un concepto inabarcable.

—No.

—Pero acabas de decir que…

Llegado ese punto, el domovói dio a entender por la brusquedad con que movía las manos que no quería continuar hablando. En cualquier caso, Vasia se había terminado el pan, así que, cavilando para sus adentros, se bajó del taburete y, al hacerlo, salpicó migas por toda la cocina. El domovói la miró con los labios apretados. Ella puso cara de culpabilidad y se sacudió el resto de las migas de la ropa. Al final, salió corriendo de allí, pero tropezó con un tablón suelto y chocó contra Anna Ivánovna, que estaba en el quicio de la puerta, observando boquiabierta.

En su defensa, Vasia no había tenido la menor intención de empujar a su madrastra contra el marco, pero era fuerte y muy huesuda para su edad y corría muy deprisa. Le ofreció una mirada de disculpa, pero se quedó parada. Anna estaba blanca como la sal, aunque tenía algo de color ardiendo en las mejillas. Respiraba con dificultad. Vasia retrocedió.

—Vasia —dijo Anna con la voz estrangulada—, ¿con quién hablabas?

Vasia, atónita, no contestó.

—¡Contéstame, niña! ¿Con quién hablabas?

Vasia, desconcertada, se decidió por la respuesta más segura:

—Con nadie.

Anna miró hacia la cocina. De repente, le propinó una bofetada.

Vasia se llevó la mano a la mejilla, pálida de asombro y de rabia. Al cabo de un momento, le brotaron las lágrimas. Su padre le pegaba a menudo, pero aplicando su justicia severa. Nadie la había abofeteado por estar enfadada con ella.

—No pienso preguntártelo otra vez —amenazó Anna.

—Hablaba con el domovói —susurró la niña con los ojos muy abiertos—. Es el domovói.

—¿Y qué clase de demonio es ese? —exigió saber Anna con voz estridente.

Vasia, confundida y tratando de no llorar, no dijo nada.

Anna levantó la mano para darle otra bofetada.

—Ayuda con la limpieza de la casa —se apresuró a contestar con atropello—. No hace daño a nadie.

Anna miró la habitación con ojos encendidos y se le enrojeció el rostro.

—¡Fuera de aquí! —chilló.

El domovói levantó la mirada confundido y agraviado, y Anna se volvió hacia Vasilisa.

—¿Domovói? —susurró, y se acercó a su hijastra—. ¿Domovói? ¡Eso no existe!

Vasia, furiosa y desconcertada, abrió la boca para contradecirla, pero vio la expresión de su madrastra y la cerró de golpe. Nunca había visto a nadie tan asustado.

—Sal de aquí —gritó Anna—. Sal, ¡fuera!

La última palabra había sido casi un aullido, y Vasia dio media vuelta y salió huyendo.

El calor de los animales subía desde abajo y calentaba el altillo. Allí arriba había un olor agradable, y Vasia se enterró en un montón de paja; tenía frío y estaba magullada y confundida.

¿Cómo que los domovói no existían? Claro que existían. Todos lo veían a diario. Estaba allí.

Pero ¿de verdad lo veían? No recordaba que hubiera nadie más hablando con él, sólo ella. Aunque era evidente que Anna Ivánovna al menos lo veía: «Fuera de aquí», le había ordenado. ¿No había dicho eso? Tal vez no existiera. Quizá su madrastra estuviese loca. Puede que su destino fuera volverse demente y rondar por los pueblos pidiendo limosna. Pero no, a esos pobres los protegía Jesucristo. No eran tan malos como ella.

Le dolía la cabeza de tanto pensar. Si el domovói no era real, ¿qué pasaba con los otros? El vodianói del río, el hombre hecho de ramas que estaba en las copas de los árboles, la rusalka, el polevik, el dvorovói. ¿Los había imaginado todos? ¿Se había vuelto loca? ¿Acaso lo estaba Anna Ivánovna? Deseó poder preguntárselo a Olia o a Sasha: ellos lo sabrían, y ninguno de los dos le pegaría. Pero estaban muy lejos.

Vasia enterró la cara entre los brazos. No estaba segura de cuánto tiempo permaneció así, pero las sombras avanzaron por el establo. Se quedó dormida como una niña cansada y, al despertar, la luz del pajar era gris y ella tenía un hambre furiosa.

Se estiró, pues notaba el cuerpo rígido, abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba mirando los de una personita extraña. Vasia se lamentó consternada y se acurrucó de nuevo con los puños apretados contra los ojos.

Pero cuando miró otra vez, los ojos seguían allí, grandes y marrones y tranquilos, en un rostro amplio de nariz enrojecida y barba blanca y oscilante. La criatura era bastante pequeña, del mismo tamaño que Vasia, y estaba sentada sobre un montón de paja, observándola con expresión de simparía y curiosidad. A diferencia del domovói, que vestía una túnica limpia, aquella criatura llevaba una colección de harapos y los pies descalzos.

Eso fue todo lo que vio antes de cerrar los ojos de nuevo. Pero no podía quedarse enterrada en la paja para siempre, así que hizo acopio de valor, abrió los ojos y preguntó temblorosa:

—¿Eres un demonio?

Hubo una pausa breve.

—No lo sé. A lo mejor sí. ¿Qué es un demonio?

La criatura tenía la voz como el resoplido de un caballo bonachón.

Vasia lo pensó.

—Una criatura grande y negra con una barba hecha de llamas de fuego y una cola bifurcada, y que quiere arrebatarme el alma y arrastrarme a una hoguera, donde me torturará para siempre.

Miró al hombrecito otra vez.

Fuera lo que fuese, no parecía encajar con esa descripción. Tenía la barba bien blanca y espesa, y estaba mirándose el trasero del pantalón como para confirmar la ausencia de cola.

—No —respondió al final—. Creo que no soy un demonio.

—¿Estás aquí de verdad? —preguntó Vasia.

—A veces —contestó el hombre con calma.

La respuesta no tranquilizó a Vasia, pero tras reflexionar unos instantes, decidió que «a veces» era mejor que «nunca».

—Ah —dijo satisfecha—. En ese caso, ¿qué eres?

—Cuido de los caballos.

Vasia asintió, había comprendido: si había una pequeña criatura que cuidaba de la casa, era de lógica que hubiera otra para los establos. Pero la niña había aprendido a ser prudente.

—¿Pueden…? ¿Te pueden ver todos? ¿Saben que estás aquí?

—Los mozos lo saben; al menos, me dejan ofrendas las noches frías. Pero no, nadie me ve. Sólo tú. Y la otra, pero ella nunca entra aquí.

Entonces hizo una pequeña reverencia, y Vasia lo miró cada vez más consternada.

—¿Y el domovói? A él tampoco lo ve nadie más, ¿verdad?

—No sé qué es un domovói —respondió la criatura sin alterarse—. Soy del establo y de los animales que viven aquí. No salgo más que para ejercitar a los caballos.

Vasia abrió la boca para preguntar cómo lo hacía: no era más alto que ella y el lomo de todos los caballos le quedaba varios palmos por encima de la cabeza. Pero en ese momento se dio cuenta de que Dunia la llamaba con su voz ronca y se levantó de un salto.

—Debo irme —dijo—. ¿Volveremos a vernos?

—Si quieres —contestó el otro—. Nunca había hablado con nadie.

—Me llamo Vasilisa Petrovna. ¿Y tú?

La criatura pensó un momento.

—Nunca he necesitado llamarme nada —respondió, y se quedó pensando—. Soy el vazila, el espíritu de los caballos —afirmó al final—. Supongo que puedes llamarme así.

Vasia asintió una vez con respeto y dijo:

—Gracias.

Entonces se volvió y corrió hacia la escalera del pajar mientras dejaba un rastro de la paja que se le había enredado en el pelo.

Pasaron los días y las estaciones. Vasia creció y aprendió a ser precavida. Se cuidaba de no hablar más que con personas a menos que estuviera sola; decidió gritar menos, correr menos, darle menos preocupaciones a Dunia y, sobre todo, esquivar a Anna Ivánovna.

Tuvo cierto éxito, y pasaron casi siete años en paz. Si Vasia oía voces en el viento o veía caras entre las hojas, no hacía caso. Casi nunca. El vazila era la excepción.

Era una criatura simple. Como todos los espíritus domésticos, le había explicado él, su existencia había empezado con la construcción de la caballeriza y antes de eso no recordaba nada. Tenía la sencillez generosa de los caballos y, a pesar de sus travesuras, Vasilisa hacía gala de una seguridad que, sin ella saberlo, atraía al pequeño espíritu de los establos.

Siempre que podía, Vasilisa se escondía allí dentro y era capaz de contemplar al vazila durante horas. Sus movimientos eran de una ligereza y destreza sobrehumanas, y trepaba por los lomos de los caballos como una ardilla. Hasta Burán se quedaba inmóvil como una piedra cuando se le encaramaba. Al cabo de un tiempo, a Vasia le pareció natural coger el cepillo y ayudarle.

Al principio, las lecciones del vazila se limitaban al cuidado de los caballos: almohazar, curar, castrar. Pero Vasia era una aprendiz entusiasta, y enseguida le enseñó cosas más extrañas.

Le enseñó a hablar con los caballos.

Era un lenguaje corporal y de miradas, de sonidos y gestos. Como Vasia aún era joven, aprendió rápido y no tardó en entrar en el establo, no sólo por la comodidad de la paja y el calor de los animales, sino por la conversación. Se sentaba en las cuadras a escuchar durante horas.

Los mozos la habrían echado de haberla descubierto, pero ella se sorprendía de que casi nunca la viesen. A veces se preocupaba porque nunca se percataban de su presencia. Sólo tenía que pegarse al panel de madera de la cuadra, agacharse por detrás del caballo y salir corriendo, y el mozo ni siquiera levantaba la mirada.