DIECISEIS
EL DEMONIO A LA LUZ DE LAS VELAS
ra un otoño de cielos grises y hojas
amarillas, de lluvias repentinas y rayos de luz rabiosa e
inesperada. El hijo del boyardo llegó con Kolia tras la cosecha,
cuando habían puesto el grano a buen recaudo en bodegas y pajares.
Kolia había enviado a un mensajero unos días antes a recorrer el
camino embarrado y el día en que debía llegar el señor, Vasia e
Irina pasaron la mañana en los baños. Su espíritu era una criatura
barrigona con ojos de pasa llamado bánnik que contemplaba a las dos
chicas con ademán bondadoso.
—¿No puedes esconderte debajo de un banco? —dijo Vasia en voz baja antes de que entrase Irina—. Si mi madrastra te ve, se pondrá a chillar.
El bánnik sonrió de oreja a oreja y de entre los dientes le salió vaho. A duras penas le llegaba a la rodilla.
—Como quieras. Pero no te olvides de mí este invierno, Vasilisa Petrovna. Con cada estación que pasa, soy menos y no quiero desaparecer. El viejo devorador se despierta y este no sería el mejor invierno para quedarse sin un viejo bánnik.
Vasilisa dudó, sorprendida. «Pero voy a casarme. Me marcho de aquí. Cuidado con los muertos». Apretó los labios.
—No me olvidaré.
El bánnik sonrió aún más y el vapor le envolvió el cuerpo hasta que no se distinguían el uno del otro. Una luz roja le ardía en los ojos del mismo color que las piedras calientes.
—Ahí va una profecía, viedma.
—¿Por qué me llamas así? —susurró ella.
El bánnik se subió al banco, con ella. Su barba era la voluta de vaho.
—Porque tienes los ojos de tu abuela. Escúchame: antes de que llegue el fin, recogerás campanillas de invierno durante el solsticio, morirás por voluntad propia y llorarás por un ruiseñor.
A Vasia le entró frío a pesar del vapor.
—¿Por qué iba a querer morir?
—Morir es fácil —respondió el bánnik—. Vivir es más duro. No me olvides, Vasilisa Petrovna.
Y, donde él estaba, sólo quedó vapor. «Santa Madre —pensó Vasia—, ya estoy harta de estas advertencias disparatadas».
Las dos chicas sudaron hasta quedar sonrosadas y relucientes, se azotaron con ramas de abedul y se echaron agua fría sobre las cabezas. Cuando estuvieron limpias, Dunia llegó con Anna para peinarles y trenzarles las largas melenas.
—Qué pena que seas tan masculina, Vasia —dijo Anna mientras pasaba un peine de madera perfumada entre los rizos castaños de Irina—. Espero que tu marido no se decepcione demasiado.
Miró a su hijastra de reojo, y Vasia se sonrojó y se mordió la lengua.
—Pero qué pelo tienes —apuntó Dunia con brusquedad—. El mejor pelo de toda la Rus, Vásochka.
Era más largo y fuerte que el de Irina, de un intenso color negro con reflejos rojos.
Vasia consiguió sonreírle a la anciana. Desde que era un bebé, a Irina le habían dicho que era tan encantadora como un princesa, mientras que Vasia había sido una niña fea a quien a menudo comparaban desfavorablemente con su delicada hermana pequeña. Pero todas las horas que había pasado a lomos de un caballo en los últimos meses, donde los brazos y piernas largos eran útiles, habían reconciliado a Vasia consigo misma. Sea como fuere, tampoco era dada a contemplar su propio reflejo. El único espejo de la casa era un óvalo de bronce que pertenecía a su madrastra.
Aun así, ahora todas las mujeres de la hacienda parecían estar mirándola y evaluándola como si estuvieran engordando una cabra para llevarla al mercado. Vasia se planteó si ser hermosa implicaba algo.
Al final, las dos estuvieron ataviadas. Vasia llevaba un tocado de doncella en la cabeza con una cadena de plata que le enmarcaba el rostro. Por mucho que ella fuese la que iba a casarse, Anna jamás habría permitido que eclipsase a su hija, así que el tocado y las mangas de Irina llevaban perlas bordadas y su sarafán era de color azul claro con ribetes blancos. Vasia iba vestida de verde y azul oscuro, sin perlas. Llevaba algún detalle bordado en blanco, pero nada más. La sencillez de su atuendo era culpa suya, pues había dejado que Dunia lo confeccionase casi entero. Pero la simplicidad le sentaba bien. Anna torció el gesto cuando vio a su hijastra vestida.
Las chicas salieron al dvor, donde había medio palmo de barro y caía una llovizna fina. Irina no se alejaba de su madre. Piotr las esperaba rígido, engalanado con buenas pieles y sus botas bordadas. La esposa de Kolia había acudido con sus hijos, y Seriozha, sobrino pequeño de Vasia, corría en círculos dando gritos y ya tenía una mancha enorme que le afeaba la camisa de lino. El padre Konstantín estaba a un lado, en silencio.
—Qué época tan rara para una boda —le dijo Aliosha en voz baja a su hermana en cuanto se le acercó—. El verano ha sido muy seco y la cosecha, escasa.
El chico llevaba la cabellera castaña limpia y se había peinado la barba corta con aceite perfumado. La faja que destacaba en su cintura iba a juego con la camisa azul bordada.
—Estás preciosa, Vasia.
—No me hagas reír —contestó su hermana, pero enseguida continuó más seria—: Lo es, y nuestro padre lo sabe.
Aunque Piotr parecía jovial, la arruga que le surcaba el entrecejo lo delataba.
—Parece que lo estén obligando a hacer una tarea desagradable. Debe de estar muy desesperado por que me marche de aquí.
Intentaba bromear al respecto, pero Aliosha la miró de inmediato con comprensión.
—Quiere que estés a salvo.
—Amaba a nuestra madre, y yo la maté.
Aliosha calló un momento.
—Lo que tú digas. Pero lo cierto, Vásochha, es que intenta mantenerte a salvo. El pelaje de los caballos parece plumón de oca y las ardillas aún están por ahí comiendo como si su vida dependiera de ello. Será un invierno muy duro.
Un jinete traspasó la entrada de la empalizada y, a medida que se acercaba a la casa al galope, levantaba terrones de barro que salían volando de los cascos del caballo. Se detuvo en seco y saltó de la silla; era un hombre de mediana edad, bajo pero corpulento, de piel curtida y barba marrón. En la boca se le adivinaba un aire de juventud irrefrenable, conservaba todos los dientes y su sonrisa era la de un muchacho. Hizo una reverencia ante Piotr.
—Espero no llegar tarde, Piotr Vladímirovich —dijo entre risas.
Ambos hombres se cogieron del antebrazo.
«No me extraña que se haya adelantado a Kolia», pensó Vasia. La montura de Kiril Artamónovich era el caballo joven más magnífico que había visto en la vida. Hasta Burán, que era un príncipe de los caballos, parecía tosco en comparación con la musculatura perfecta del semental ruano. Quería acariciarle las patas y apreciar la calidad de sus huesos y sus músculos.
—Le dije a nuestro padre que era mala idea —le murmuró Aliosha al oído.
—¿El qué? ¿Y por qué? —preguntó Vasia, absorta en el caballo.
—Casarte tan pronto. Porque se supone que una doncella sonrojada debe codiciar a los terratenientes que compiten por su mano, no a sus caballos, por fabulosos que sean.
Vasia se rio. Kiril hizo una reverencia de exagerada cortesía ante la pequeña Irina.
—Un entorno muy tosco para semejante joya, Piotr Vladímirovich —dijo—. Pequeña campanilla, deberías venir al sur y florecer entre nuestras flores.
Sonrió, e Irina se sonrojó. Anna miró a su hija con cierta satisfacción.
Kiril se dirigió a Vasia con una sonrisa relajada en los labios que murió en cuanto la vio. Vasia pensó que debía de estar descontento con su aspecto y levantó la barbilla un poco con actitud desafiante. «Mucho mejor para mí; búscate otra mujer si yo te desagrado». Pero Aliosha había comprendido esa mirada oscura sin problemas. Vasia miraba a la cara: se parecía más a un guerrero sin curtir en batalla que a una doncella criada en una casa, y Kiril la contemplaba con fascinación. Le hizo una reverencia con una sonrisa danzando en los labios, pero no era igual que la que le había dedicado a Irina.
—Vasilisa Petrovna —comenzó—, tu hermano me había dicho que eras hermosa. Pero no lo eres.
Ella se puso tensa, y la sonrisa del recién llegado se amplió.
—Eres magnífica.
La miró desde la punta del tocado hasta los pies enfundados en cuero.
A su lado, Aliosha apretaba el puño.
—¿Estás loco? —preguntó Vasia entre dientes—. Estamos prometidos, tiene derecho a decir lo que quiera.
Aliosha observaba a Kiril con frialdad.
—Este es mi hermano —dijo Vasia atropelladamente—, Alekséi Petróvich.
—Encantado —saludó Kiril con cara de regocijo.
Tenía casi diez años más que él. Barrió a Vasia con la mirada, sin prisas, y a ella le picó la piel por debajo de la ropa. A su hermano le rechinaban los dientes.
Entonces se oyó un resoplido, un grito y una salpicadura, y todos se volvieron. Seriozha, el sobrino, se había acercado al flanco derecho del caballo ruano sin que nadie se diera cuenta para intentar subirse a la silla. Vasia lo comprendía (ella misma quería montar al potro), pero la sorpresa de notar un peso imprevisto había encabritado al joven semental, que miraba a su alrededor con pánico. Kiril corrió a hacerse con las riendas mientras Piotr levantaba a su nieto del barro y le propinaba una bofetada en la oreja. En ese momento, Kolia entró al galope en el patio y su llegada remató la confusión. La madre de Seriozha se llevó al niño, que iba dando alaridos. A lo lejos apareció la primera carreta de la comitiva, de color alegre en comparación con el follaje grisáceo del bosque otoñal. Las mujeres se apresuraron a la casa para servir el almuerzo.
—Es natural que prefiera a Irina, Vasia —dijo Anna mientras intentaban maniobrar con una enorme olla de estofado—. Un chucho jamás será como un perro de raza. Al menos tu madre está muerta; así es más fácil olvidar la desgracia de tu ascendencia. Eres fuerte como un caballo y eso cuenta.
El domovói salió del horno, decidido aunque vacilante. Vasia había derramado un poco de hidromiel para él sin que nadie se diese cuenta.
—Mirad, madrastra, ¿habéis visto al gato?
Anna miró. Se le quedó el rostro del color de la arcilla y se tambaleó. El domovói la contempló con el ceño fruncido, y ella se desmayó. Vasia la esquivó y se hizo con la olla hirviendo. Salvó el guiso, pero no podía decirse lo mismo de Anna Ivánovna, a quien le habían fallado las rodillas y, al darse de bruces contra la piedra de la chimenea, había hecho un ruido muy satisfactorio.
—¿Te ha gustado, Vasia? —le preguntó Irina cuando se acostaron por la noche.
Vasia estaba ya medio dormida; se habían levantado antes del alba para prepararse y esa noche habían festejado hasta tarde. Kiril Artamónovich se había sentado junto a su prometida y había bebido de su vaso. Tenía las manos carnosas y una manera de reír que hacía parecer que las paredes temblaban. A ella le gustaba su tamaño, pero no su insolencia.
—Es un hombre agradable —contestó mientras le rogaba a todos los santos que lo hicieran desaparecer.
—Es guapo —concurrió Irina—. Tiene una sonrisa amable.
Vasia dio media vuelta con la frente arrugada. En Moscú a las chicas no se les permitía relacionarse con sus pretendientes, pero en el norte no eran tan estrictos.
—Puede que su sonrisa sea amable —contestó Vasia—, pero su caballo le tiene miedo.
Cuando la fiesta tocaba a su fin, se había escapado a la caballeriza, donde habían alojado a Ogon, el potro de Kiril, en una cuadra. No podían dejarlo suelto en el prado.
Irina se rio.
—¿Cómo sabes lo que piensa un caballo?
—Lo sé —afirmó Vasia—. Además, es un hombre viejo, pajarito mío. Dunia dice que tiene casi treinta años.
—Pero es rico: tendrás joyas y comerás carne todos los días.
—Cásate tú con él, pues —bromeó Vasia, y le dio un toquecito con un dedo en la barriga—. Te pondrás gorda como una ardilla y te pasarás el día sentada encima del horno, cosiendo.
Irina soltó una risita.
—Puede que nos veamos cuando las dos estemos casadas, si nuestros maridos no viven muy lejos.
—Seguro que vivirán cerca —respondió Vasia—. Guárdame un poco de esa carne suculenta para cuando acuda a pedir a tu puerta con mi marido pordiosero y tú estés casada con un gran terrateniente.
Irina se rio de nuevo.
—¡Pero si eres tú la que se casa con un gran señor!
La hermana mayor no contestó ni volvió a hablar. Al cabo de un rato, Irina se dio por vencida, se acurrucó a su lado y se durmió. Pero Vasia permaneció despierta mucho tiempo.
«Ha engatusado a mi familia, pero su caballo lo teme. Cuidado con los muertos. Será un invierno muy duro. No debes marcharte del bosque». La cabeza le daba vueltas con tantos pensamientos y se dejó llevar por la corriente que formaban. Pero era joven y estaba cansada y, al final, ella también se tumbó de costado y se quedó dormida.
Los días transcurrían entre juegos y festines. Kiril Artamónovich le llenaba el cuenco a Vasia en las cenas y le hacía bromas desde la puerta de la cocina. Su cuerpo despedía un calor animal, y Vasia se enfadaba consigo misma al comprobar que su mirada la hacía sonrojarse. Por las noches se quedaba despierta pensando en lo que sentiría teniendo esa calidez entre las manos. Sin embargo, cuando su prometido se reía, la expresión no se le contagiaba a los ojos. Así que, en los momentos más inesperados, el miedo la estrangulaba.
Pasaron los días y Vasia no se entendía a sí misma. «Debes casarte —la reñían las mujeres—. Todas las chicas se casan. Al menos no es viejo y, además, es apuesto. ¿De qué tienes miedo?». No obstante, el miedo era real. Evitaba a su prometido cuanto le era posible e iba de un lado para otro como un pajarito encerrado en una jaula menguante.
—¿Por qué, padre? —le preguntó Aliosha a Piotr, no por primera vez, al inicio de otra cena alborotada.
En la penumbra del salón alargado apestaba a pieles y a hidromiel, carne asada, potaje y humanidad sudorosa. La fuente grande de kasha circuló por toda la mesa mientras se servían tragos de hidromiel que bebían de golpe. La estancia estaba llena de sus vecinos. No cabían todos en la casa y los visitantes se apiñaban en las cabañas de los campesinos.
—Faltan tres días para la boda, debemos honrar a nuestro invitado —dijo Piotr.
—Pero ¿por qué tiene que casarse ahora? —repuso su hijo—. ¿No puede esperar un año más? Han sido un invierno y un verano muy duros, ¿por qué debemos malgastar comida en ellos?
Hizo un gesto que abarcaba la larga habitación donde sus invitados devoraban los frutos del trabajo de todo un verano.
—Porque tiene que ser así —le espetó Piotr—. Y si quieres hacer algo útil, convence a tu hermana de que no castre a su marido la noche de bodas.
—Ese Kiril es como un toro —respondió Aliosha con tono cortante—. Tiene cinco hijos con distintas campesinas y se cree con derecho a flirtear con las esposas de los granjeros mientras se aloja ni más ni menos que en nuestra casa. Si mi hermana considera justo castrarlo, tendrá motivos para hacerlo, padre. Y no seré yo quien se lo quite de la cabeza.
Como si lo hubieran acordado sin palabras, ambos miraron hacia donde estaba la pareja en cuestión, el uno sentado al lado de la otra. Kiril le hablaba a Vasia haciendo gestos amplios e imprecisos. Ella lo observaba con una expresión que inquietó tanto a Piotr como a Aliosha. Pero Kiril no parecía darse cuenta.
—Y ahí estaba yo, solo —le dijo Kiril a Vasia, y derramó unas gotas al rellenar el vaso que compartían. Sus labios dejaron una mancha de grasa en el borde—. Estaba de espaldas contra una roca y el jabalí corría hacia mí. Mis hombres se habían desperdigado, excepto el que ya estaba muerto, el del enorme agujero rojo.
No era el primer relato que presentaba el heroísmo de Kiril Artamónovich, y, sin querer, Vasia se puso a pensar en otras cosas. «¿Dónde está el sacerdote?». El padre Konstantín no estaba en el banquete, y no era típico de él buscar la soledad.
—El jabalí cargó contra mí. Sus patas hacían temblar la tierra. Yo encomendé mi alma a Dios y…
«Y moriste allí mismo, con la boca llena de sangre —pensó Vasia con asco—. Ojalá yo hubiera tenido esa suerte».
Le posó la mano en el brazo y lo miró con una expresión pretendidamente lastimera.
—No sigáis, no lo soporto.
Kiril la contempló, confundido, y Vasia se estremeció.
—No quiero saber el resto. Tengo miedo de desmayarme, Kiril Artamónovich.
Kiril parecía perplejo.
—Dunia tiene muchísimo más temple que yo —dijo Vasia—. Creo que deberíais acabar de contar la anécdota para que Dunia pueda oíros.
A los oídos de Dunia no les pasaba nada (y, de hecho, al temple de Vasia tampoco); la anciana entornó los ojos con resignación y le hizo una advertencia a la joven con la mirada. Pero Vasia estaba decidida y ni siquiera la mirada de su padre desde el otro extremo de la mesa podía disuadirla.
—Ahora, si me perdonáis —dijo, y se levantó con elegancia teatral y cogió una hogaza de pan—, debo cumplir con un deber piadoso.
Kiril abrió la boca para protestar, pero Vasia se apresuró a hacer una reverencia, se metió el pan en la manga y huyó. Aparte del comedor lleno, la casa estaba fresca y en silencio, así que esperó un rato en el patio, respirando.
Después llamó a la puerta del clérigo.
—Adelante —dijo Konstantín tras una pausa gélida.
El cuarto entero parecía estremecerse a la luz de la vela con la que se iluminaba para pintar. Una rata había roído el mendrugo que él había abandonado. Vasia abrió la puerta, pero el religioso no se volvió.
—Bendito seáis, padre. Os traigo pan.
Konstantín se puso tenso.
—Vasilisa Petrovna. —Dejó el pincel e hizo la señal de la cruz—. Que el Señor te bendiga.
—¿Estáis enfermo? ¿Por qué no habéis venido a cenar con nosotros?
—Hago ayuno.
—Es mejor comer. Este invierno no habrá tanta comida.
Konstantín no dijo nada, y Vasia cambió el mendrugo mordisqueado por la hogaza nueva. El silencio se alargó, pero ella no se movió del sitio.
—¿Por qué me disteis vuestra cruz? —preguntó ella de repente—. El día del lago.
El clérigo apretó la mandíbula y no respondió de inmediato. Lo cierto era que ni siquiera él lo sabía. Se la había dado porque ella lo había conmovido. Porque esperaba que el símbolo le afectase el ánimo como él no había sido capaz. Porque había querido tocarle la mano y mirarla a la cara, inquietarla, ver cómo sonreía nerviosa y sin saber qué hacer con las manos, igual que les pasaba a las demás chicas. Porque había querido que lo ayudase a olvidar semejante fascinación perversa.
Porque jamás podría volver a mirar esa cruz sin ver la mano de ella rodeándola.
—La Santa Cruz te llevará por el camino recto —dijo al final Konstantín.
—¿Eso hará?
El religioso guardó silencio. Por las noches soñaba con la mujer del lago. No le distinguía el rostro, pero en sus sueños tenía una melena negra que se deslizaba por su piel desnuda. Despierto, Konstantín pasaba largas horas rezando, intentando extirpar la imagen de su mente. Pero no podía, porque siempre que veía a Vasia, recordaba que la mujer del sueño tenía sus ojos. Estaba turbado y avergonzado. Era culpa de ella, por tentarlo. Pero apenas faltaban tres días para que se marchase.
—¿Por qué has venido, Vasilisa Petrovna?
Su voz sonó áspera y demasiado alta, y se reprobó a sí mismo.
«Se acerca una tormenta —pensó Vasia—. Cuidado con los muertos. Primero es el miedo y luego las hambrunas. Es culpa vuestra: antes de vuestra llegada, nosotros teníamos fe en Dios y en los espíritus de nuestras casas, y todo iba bien».
Si el sacerdote se marchaba, tal vez sus vecinos y congéneres volverían a estar a salvo.
—¿Por qué os habéis quedado aquí? —preguntó ella—. Odiáis el campo y el bosque y el silencio. Odiáis nuestra iglesia tosca y sencilla. Y, no obstante, seguís aquí. Nadie os criticaría por marcharos.
Los pómulos de Konstantín adoptaron un color rojizo apagado. Rebuscó entre las pinturas con la mano.
—Tengo una tarea que cumplir, Vasilisa Petrovna. Debo salvaros de vosotros mismos. Dios castiga a los que se desvían del camino.
—Es una tarea autoimpuesta y está al servicio de vuestro propio orgullo. ¿Por qué decidís vos lo que quiere Dios? La gente no os veneraría como ahora si no les hubierais infundido miedo.
—Eres una doncella ignorante que vive en el campo; ¿qué sabrás tú? —le espetó Konstantín.
—Yo creo en lo que ven mis ojos —respondió Vasia—. Os he visto hablar. He visto a los míos temerosos. Y vos sabéis que digo la verdad y por eso tembláis.
Había cogido un cuenco de pintura a medio mezclar. La cera caliente del interior se agitaba. Konstantín lo soltó de golpe.
Ella se acercó un poco y un poco más. La luz de la vela le acentuaba las motas doradas de los ojos. La mirada del religioso se desvió a su boca. «Fuera de aquí, demonio». Aun así, su voz era la de una chica joven con un tono sutil de súplica.
—¿Por qué no regresáis a Moscú o a Vladímir o a Suzdal? ¿Qué os retiene aquí? El mundo es muy amplio y nuestro rincón, muy pequeño.
—Dios me ha impuesto una tarea —dijo masticando cada palabra, casi escupiéndolas.
—Somos hombres y mujeres —replicó ella—. No somos una tarea. Regresad a Moscú a salvar a la gente.
Se había acercado demasiado. A él se le escapó una bofetada. Vasia retrocedió y se protegió la mejilla con la mano. El avanzó dos pasos muy deprisa y la miró desde arriba, pero ella no cedió terreno. El sacerdote tenía la mano en alto para golpearle de nuevo, pero respiró y se contuvo. Pegar a una chica no era digno de él. Quería agarrarla, besarla, hacerle daño; no sabía qué quería. «Demonio».
—Márchate, Vasilisa Petrovna —ordenó con los dientes apretados—. No pretendas darme lecciones. Y no vuelvas.
Ella se retiró hasta la puerta; pero, cuando tenía una mano en el pomo, se volvió. La trenza reseguía la silueta de su garganta. La huella escarlata resaltaba sobre su mejilla.
—Como deseéis —dijo Vasia—. Asustar a las personas en nombre de Dios es una tarea cruel. Os la dejo a vos. —Dudó un instante y después añadió en voz baja—: No obstante, bátiushka, yo no tengo miedo.
Cuando ella se hubo marchado, Konstantín dio vueltas por el cuarto. Su sombra iba dando saltos por delante de él. La mano con la que la había abofeteado le quemaba. La furia lo ahogaba. «Se marchará antes de que lleguen las nieves. Para entonces habrá desaparecido: mi vergüenza y mi fracaso. Es mejor eso que tenerla aquí».
La llama de la vela titiló ante los iconos y arrojó sombras recortadas.
«Se irá. Debe marcharse».
Entonces una voz salió de la tierra, de la luz de la vela, de su propio pecho. Suave y clara y brillante.
—La paz sea contigo —dijo la voz—, aunque veo que algo te turba.
Konstantín se detuvo en seco.
—¿Quién eres?
—Anhelas a tu pesar y odias lo que amas. —La voz suspiró—. Qué hermosura.
—¿Quién habla? —preguntó Konstantín enfadado—. ¿Te ríes de mí?
—Yo no me río de nadie —fue la respuesta inmediata—. Soy tu amigo. Tu amo. Tu salvador.
La voz estaba empapada de compasión. El sacerdote se volvió para buscarla a su alrededor.
—Sal —ordenó, y se obligó a quedarse quieto—. Muéstrate.
—¿Qué pasa? —preguntó la voz con un leve indicio de ira—. ¿Tienes dudas, mi siervo? ¿Acaso no sabes quién soy?
La habitación estaba vacía, salvo por el catre y los iconos, y las sombras se acumulaban en los rincones. Konstantín buscó hasta que le escocieron los ojos. Allí..¿qué había sido eso? Una sombra que no se movía con la luz del fuego. No, era la suya, creada por la vela. No había nadie fuera, nadie detrás de la puerta. Entonces, ¿quién…?
Konstantín examinó los iconos con la mirada y estudió sus rostros solemnes y extraños. Su expresión cambió.
—Padre… —susurró—. Señor. Ángeles. Después de tanto silencio, ¿me habláis por fin?
Tembló de arriba abajo. Afinó todos los sentidos, deseando que la voz hablase de nuevo.
—¿Lo dudas, hijo mío? —preguntó la voz, que volvía ser cordial—. Siempre has sido un siervo leal.
El sacerdote se echó a llorar con los ojos abiertos y sin hacer ruido. Se dejó caer sobre las rodillas.
—Te vigilo desde hace mucho tiempo, Konstantín Nikonóvich —continuó la voz—. Has trabajado para mí con valentía. Sin embargo, esta joven te tienta y te desafía.
Konstantín entrelazó los dedos de ambas manos con fuerza.
—Me avergüenzo —afirmó con ademán febril—. No puedo salvarla yo solo. Está poseída, es una mujer demonio. Os ruego que, con vuestra sabiduría, le mostréis la luz.
—Aprenderá muchas lecciones —contestó la voz—. Muchas. Muchísimas. No temas. Estoy contigo, jamás volverás a estar solo. El mundo se rendirá a tus pies y sabrá de mis prodigios a través de tu voz, porque me has sido leal.
Era como si hubieran de sonar trompetas cada vez que hablaba. Konstantín se estremeció de placer; las lágrimas aún le surcaban las mejillas.
—No me abandonéis, Señor —dijo—. Siempre os he sido fiel.
Apretó los puños con tal fuerza que se clavó las uñas en la palma de las manos.
—Sé fiel —le advirtió la voz—, y jamás te dejaré.