DIEZ
LA PRINCESA DE SÉRPUJOV

Llegado el siguiente otoño, Kolia se casó con la hija de un boyardo vecino: una chica fornida y rechoncha de pelo rubio. Piotr hizo construir una casita para ellos con un buen horno de arcilla.

Sin embargo, la boda que todos esperaban era la grande, la que convertiría a Olga Petrovna en princesa de Sérpujov. Habían tardado casi un año en negociar las condiciones. Los regalos habían empezado a llegar desde Moscú antes de que el barro atascase los caminos, pero los detalles costaron más: el trayecto entre Lesnaya Zemliá y Moscú era duro y los mensajeros se retrasaban o desaparecían; se partían la cabeza, les robaban o sus monturas se rompían una pata. Pero al fin habían llegado a un acuerdo. El joven príncipe de Sérpujov acudiría con su séquito a casarse con Olga y llevársela a su hogar de Moscú.

—Para ella es mejor que se case antes del viaje —dijo el mensajero—. Así no estará asustada.

El mensajero podría haber añadido que Alekséi, el metropolitano de Moscú, quería que el matrimonio se consumase antes de que Olga partiera hacia la ciudad.

El príncipe llegó justo cuando la pálida primavera se convertía en un verano cegador de cielos delicados y caprichosos, cuyas flores se perdían enterradas bajo un manto de hierba veraniega. El paso de un año lo había madurado. Los granos habían desaparecido, aunque seguía sin ser bello, y ocultaba su timidez con un talante afable y exuberante.

Lo acompañaba su primo Dmitri Ivánovich, el rubio, que iba saludando a voces. Los dos llevaban halcones y perros de caza y caballos y carretas de madera tallada con mujeres y muchos regalos. Los chicos viajaban con un guardián: un monje no muy mayor de ojos claros que pasaba más tiempo en silencio que hablando. El desfile iba acompañado de mucho ruido, una nube de polvo y vítores, todo el pueblo había acudido a contemplarlos y muchos ofrecían la hospitalidad de sus cabañas a los hombres y pastura para los caballos, que estaban cansados del viaje. Con algo de timidez, el joven príncipe Vladímir le colocó a Olga un anillo en el dedo que lucía una gema de berilo verde, y toda la familia y sus trabajadores se abandonaron al júbilo como no hacían desde que Marina había respirado su último aliento.

—Al menos, es buena persona —le dijo Dunia a Olga en uno de los pocos momentos de tranquilidad que tuvieron.

—Sí —contestó la joven—. Y Sasha vendrá conmigo a Moscú. Va a acompañarme hasta la casa de mi marido antes de entrar en el monasterio. Me lo ha prometido.

El anillo de berilo resplandecía en su mano. Su prometido también le había decorado la garganta con ámbar y le había regalado un rollo de tela maravillosa, encarnada como las amapolas. Dunia estaba hilvanándola para hacerle un sarafán. Vasia, por su parte, fingía que cosía: tenía los puños apretados y apoyados en el regazo.

—Te irá muy bien —afirmó Dunia con seguridad, y cortó un hilo con los dientes—. Vladímir Andréyevich es rico y lo suficientemente joven como para hacer caso de su esposa. Ha sido muy generoso por su parte al venir hasta aquí para casarse contigo, en tu casa.

—Ha venido porque el metropolitano lo obligó —la corrigió Olga.

—Pero el gran príncipe lo tiene en muy alta estima. Es el mejor amigo del joven Dmitri, de eso no cabe duda. Cuando lván Krasni haya muerto, será un hombre importante. Y tú serás una gran señora. No podrías casarte mejor, Olia.

—Bueno, sí —dijo Olga, despacio. A sus pies, Vasia dejaba colgar la cabeza; se agachó a acariciarle el pelo—. Supongo que es un joven bueno, pero…

Dunia le ofreció una sonrisa sarcástica.

—¿Esperabas un príncipe de pelo azabache como el pájaro del cuento que se llevó a la hermana del príncipe lván?

Olga se sonrojó y se rio, pero en lugar de responder, cogió a Vasilisa en brazos y la acunó, aunque ya era grande para eso. Vasia se puso tensa en el regazo de su hermana.

—Shhh, ranita —le susurró Olga como si fuera un bebé—. Todo irá bien.

—Olga Petrovna —dijo Dunia—, Olia mía, los cuentos de hadas son para los niños, y tú eres una mujer que pronto será esposa. Casarse con un hombre decente, adorar a Dios y criar hijos fuertes: todo eso es real y correcto. Es hora de dejar los sueños atrás. Los cuentos valen para las noche de invierno, pero para nada más.

De pronto, le vino a la mente la imagen de unos ojos pálidos y fríos, y una mano aún más gélida. «Muy bien. Pero sólo hasta que crezca, no más». Se estremeció y, mirando a Vasia, añadió:

—No todas las doncellas de los cuentos tienen finales felices. Alenushka se convirtió en pato y fue testigo de cómo la bruja malvada masacraba a sus patitos.

Al ver que Olga continuaba abatida y le acariciaba el pelo a su hermana, continuó con tono algo áspero:

—Hija mía, es el destino de las mujeres. No creo que quieras ser monja y, quién sabe, quizás acabes amándolo. Tu madre no conoció a Piotr Vladímirovich hasta el día de la boda, y recuerdo que estaba asustada, aunque ella se habría atrevido a enfrentarse incluso a Baba Yaga. Sin embargo, se quisieron desde la primera noche.

—Mi madre murió —respondió Olga sin entonación alguna—. Hay otra en su lugar. Y yo me marcho para siempre.

A Vasia se le escapó un sollozo ensordecido contra el hombro de su hermana.

—Ella nunca morirá —repuso Dunia con firmeza—, porque tú estás viva y eres hermosa como era ella y serás madre de príncipes. Sé valiente. Moscú es una ciudad bonita y tus hermanos te visitarán.

Esa noche, Vasia se metió en la cama con Olga y le susurró con urgencia:

—No te vayas, Olia. Nunca más me portaré mal. No treparé por los árboles.

Miró a su hermana con ojos de búho, temblando. Olga no pudo contener la risa, aunque se le quebró.

—Tengo que irme, ranita. El es príncipe y rico y bueno, como ha dicho Dunia. Debo casarme con él o irme a un convento. Y quiero tener hijos, diez ranitas como tú.

—Pero ya me tienes a mí, Olia —respondió Vasia.

Olia la abrazó.

—Pero crecerás y un día dejarás de ser una niña. ¿De qué te servirá entonces tener una hermana vieja y frágil?

—¡Siempre me servirá! —exclamó Vasia con fervor—. ¡Siempre! Huyamos a vivir en el bosque.

—No sé si te gustaría vivir allí —contestó Olga—. A lo mejor nos come Baba Yaga.

—No —le aseguró Vasia—. En el bosque sólo vive el tuerto. Si no nos acercamos al roble, no nos encontrará.

Olia no supo qué pensar.

—Tendremos una isba entre los árboles —continuó Vasia—, y yo te traeré frutos secos y setas.

—Se me ocurre algo mejor —dijo Olga—: eres muy buena niña y dentro de pocos años te harás mujer. Cuando hayas crecido, haré que te vengan a buscar desde Moscú. Seremos dos princesas viviendo juntas en un palacio y tú tendrás tu propio príncipe. ¿Qué te parece?

—¡Ya soy mayor, Olia! —gritó Vasia de inmediato. Se enjugó las lágrimas y se sentó—. Mira cuánto he crecido.

—Creo que todavía no puede ser, hermanita —respondió Olga con cariño—. Sé paciente, haz caso de lo que te dice Dunia y come muchas gachas. Cuando nuestro padre diga que ya eres mayor, enviaré a alguien para que te venga a buscar.

—Se lo preguntaré —dijo Vasia con confianza—. A lo mejor dice que ya soy mayor.

Sasha había reconocido al monje nada más entrar en el patio. Entre el barullo de los regalos de bienvenida y para la novia, y los preparativos para el banquete entre los abedules, corrió hacia el monje, le cogió la mano y se la besó.

—Padre, habéis venido.

—Así es, hijo mío —respondió el monje sonriente.

—Pero el camino es muy largo.

—En absoluto. Cuando era joven, recorrí toda la Rus y la palabra del Señor era mi camino y mi refugio, mi pan y mi sal. Ahora que soy viejo, no salgo de la Lavra; pero para mí el mundo sigue siendo un lugar amable, sobre todo el norte del mundo cuando es verano. Me alegro de verte.

Lo que no dijo, al menos en ese momento, fue que el gran príncipe estaba enfermo y que, en consecuencia, el matrimonio de Vladímir Andréyevich había ganado urgencia. Dmitri acababa de cumplir los once años y era un niño pecoso y malcriado. Su madre no se apartaba de él y dormía junto a su lecho. Los jóvenes herederos de príncipes tendían a desaparecer cuando su padre sufría una muerte prematura.

Esa primavera, Alekséi había llamado al hombre santo Sergui Rádonezhski a su palacio del kremlin. Sergui y Alekséi se conocían desde hacía mucho tiempo.

—Voy a enviar a Vladímir Andréyevich al norte, a casarse —le había dicho el metropolitano—. Lo antes posible. El matrimonio debe celebrarse antes de la muerte de Iván. El joven Dmitri viajará con la comitiva nupcial, así lo alejaremos del peligro. Su madre teme por su vida si permanece en Moscú.

El ermitaño y el metropolitano bebían hidromiel mezclada con mucha agua. Estaban sentados en el mismo banco de madera, en el huerto de palacio.

—Entonces, ¿Iván Ivánovich está muy enfermo? —preguntó Sergui.

—Está gris y amarillo a la vez; suda y huele mal, y tiene los ojos vidriosos —contestó el metropolitano—. Vivirá si Dios quiere; pero, en caso contrario, estaré preparado. No puedo abandonar la ciudad y Dmitri es muy joven. Quiero pedirte que lo acompañes al norte para vigilarlo y asegurarte de que Vladímir se case.

—La novia es la hija de Piotr Vladímirovich, ¿verdad? Conocí a su hermano, al que llaman Sasha. Vino a verme a la Lavra. Nunca he visto semejantes ojos: será monje o santo o héroe. Hace un año quería hacer los votos, y espero que aún lo desee. Nos hace falta alguien como él.

—Pues ve y averigúalo. Convence al hijo de Piotr de que regrese contigo a la Lavra. Dmitri debe vivir en tu monasterio mientras sea menor de edad: mucho mejor para él si tiene a Aleksandr Petróvich como compañero, un hombre de su misma sangre y dedicado a Dios. Si Dmitri es coronado, necesitará todos los aliados que le consiga el ingenio.

—Y tú también —respondió Sergui.

Las abejas zumbaban a su alrededor; las flores del norte compensaban la condena a una vida breve con fragancias embriagadoras.

—Entonces, ¿serás el regente? —añadió Sergui con vacilación—. Los regentes tampoco sobreviven mucho tiempo si los príncipes jóvenes perecen.

—¿Tan cobarde me crees como para no interponerme entre el chico y sus asesinos? —preguntó Alekséi—. Lo haría aunque me costase la vida. Dios está con nosotros y tú debes ser el metropolitano cuando yo muera.

Sergui rompió a reír.

—Antes veré el rostro de Dios y quedaré cegado por su gloria que ir a Moscú a intentar dominar a tus obispos, hermano. Pero acompañaré al príncipe de Sérpujov al norte. Hace mucho tiempo que no viajo y me gustaría volver a ver los bosques.

Piotr vio al monje entre los jinetes y su expresión se entristeció. Aun así, no le dispensó más que cortesías hasta esa velada, después de su llegada. Al caer la noche, todos festejaron juntos y, cuando las risas y las antorchas de los vecinos saciados empezaron a desfilar hacia el pueblo, Piotr se acercó a Sergui y lo cogió del hombro. Se detuvieron junto al riachuelo.

—¿Así que habéis venido a robarme a mi hijo, hombre de Dios? —le preguntó Piotr a Sergui.

—Los hijos no se roban como si fueran caballos.

—No, Sasha es peor que un caballo —le espetó Piotr—. Al menos los animales obedecen.

—Es un guerrero nato y un hombre de Dios —repuso Sergui con voz muy afable.

Piotr tuvo tal arranque de rabia que se atragantó con sus propias palabras y, al final, no dijo nada.

El monje frunció el ceño, como tomando una decisión. Entonces habló:

—Piotr Vladímirovich, Iván Ivánovich se muere. A estas alturas, tal vez haya muerto.

Piotr no tenía ni idea. Se sorprendió y lo miró inclinándose hacia atrás.

—Su hijo Dmitri es vuestro huésped —continuó Sergui—. Cuando el chico salga de aquí, irá directo a mi monasterio, donde permanecerá escondido. Hay aspirantes al trono para los que la vida de un niño no significa mucho. Un príncipe necesita hombres de su familia que lo instruyan y lo protejan. Vuestro hijo es primo de Dmitri.

La sorpresa había dejado mudo a Piotr. Los murciélagos empezaban a salir. Cuando él era joven, las noches transcurrían entre sus chillidos, pero ahora revoloteaban en silencio, como el avance de la oscuridad.

—Mis compañeros y yo hacemos más cosas aparte de hornear obleas y cantar —añadió Sergui—. Aquí estáis seguros, rodeados de un bosque que podría tragarse a un ejército; pero son pocos los que pueden decir lo mismo. Nosotros hacemos pan para los hambrientos y blandimos la espada para defenderlos. Es una vocación noble.

—Mi hijo empuñará la espada por su familia, víbora —espetó Piotr sin pensar, más enfadado aún que antes, porque no estaba seguro.

—Sin duda, por su primo: un niño que un día tendrá a todo Moscú a su cargo.

Piotr se quedó callado de nuevo, su rabia coartada.

Sergui se percató de la pena de Piotr y agachó la cabeza.

—Lo siento. Es difícil, rezaré por vos.

Se alejó entre los árboles y el arroyo se tragó el sonido de sus pasos.

Piotr permaneció inmóvil. La luna estaba llena y su borde plateado se elevaba sobre el follaje.

—Tú habrías sabido qué decir —musitó—. Pero yo no. Ayúdame, Marina. Me niego a perder a mi hijo aunque sea por el heredero del gran príncipe.

—Cuando me enteré de que habías vendido a mi hermana en un lugar tan lejano, me enfadé —le confesó Sasha a su padre.

Hablaba como a trompicones mientras domaba a un potro. Piotr iba a lomos de Burán, y el semental gris, que no tenía nada de bestia ni de tiro, contemplaba con asombro al joven animal que se encabritaba a su lado.

—Pero Vladímir es un hombre decente, aunque sea tan joven. Es bueno con los caballos —continuó.

—Me alegra que así sea, por Olia. Pero aunque él fuera un sátiro borracho, además de viejo, yo no podría hacer nada al respecto. El gran príncipe no pidió permiso.

Sasha se acordó de pronto de su madrastra, una mujer que su padre jamás habría escogido, de lágrima fácil, beata, asustadiza y miedosa.

—Tu tampoco tuviste elección, padre —dijo.

«Debo de estar muy viejo —pensó Piotr—, si mi hijo se porta con amabilidad».

—Eso no importa.

La luz se colaba entre el follaje de los abedules esbeltos formando rayos dorados y todas las hojas plateadas temblaban a la vez. El caballo de Sasha se asustó con el resplandor e hizo una corveta, pero Sasha lo dominó antes de que diese el brinco y le hizo bajar las patas. Burán se acercó, como para mostrarle al potro cómo se comportaban los caballos de verdad.

—Ya has oído lo que dice el monje —empezó Piotr despacio—. El gran príncipe y su hijo son nuestros parientes. No obstante, quiero pedirte que lo pienses mejor, Sasha. La vida monacal es muy dura: soledad constante, pobreza, oración y un lecho frío. Aquí te necesitamos.

Sasha miró a su padre de soslayo. De pronto, su rostro bronceado parecía mucho más joven.

—Tengo hermanos —repuso el hijo—. Debo marcharme y medirme contra el mundo. Aquí el bosque me limita. Quiero irme y luchar por Dios. Nací para ello, padre. Además, el príncipe, mi primo Dmitri, me necesita.

—Qué amargo es para un padre —gruñó Piotr— que lo abandonen los hijos. Tanto como ser un hombre sin hijos que lloren su muerte.

—Me llorarán mis hermanos cristianos —repuso Sasha—. Y tú aún tendrás a Kolia y a Aliosha.

—Sasha, si te vas, será sin nada —le espetó Piotr—. La ropa que lleves puesta, tu espada y ese caballo loco que quieres montar. Ya no serás mi hijo.

Sasha parecía más joven que nunca. Bajo el bronceado, su rostro estaba pálido.

—Debo ir, padre —contestó—. No me odies por ello.

Piotr no respondió, sino que dirigió a Burán hacia casa con tal fiereza que el potro de Sasha enseguida quedó muy atrás.

Esa tarde, Vasia entró sin hacer ruido en la caballeriza mientras Sasha inspeccionaba a un capón alto y joven.

Mysh está triste —dijo ella—. Quiere irse contigo.

La yegua marrón tenía la cabeza gacha, por encima de la puerta de la cuadra.

Sasha le sonrió.

—Esa yegua se hace demasiado mayor para viajes —contestó, y estiró la mano para acariciarle el cuello—. Además, en un monasterio no hay lugar para una yegua de cría. Este me servirá muy bien.

Le dio una palmada al caballo castrado, que movió las orejas puntiagudas.

—Yo puedo ser monje —dijo Vasia.

Sasha reparó en que había vuelto a robarle la ropa a su hermano y tenía un saquito de cuero en la mano.

—No lo dudo —respondió Sasha—, pero los monjes suelen ser más grandes.

—¡Siempre con que soy demasiado pequeña! —exclamó Vasia con gran indignación—. Voy a crecer. No te vayas todavía, Sashka. Un año más.

—¿Te has olvidado de Olia? Le prometí que la acompañaría a casa de su marido. Y cuando haya hecho eso, me llama Dios, Vásochka. No hay nada que hacer.

Vasia pensó un momento.

—Si yo también prometo acompañarla, ¿podré ir?

Sasha no contestó. Ella se miró los pies y arrastró la punta por la tierra.

—Anna Ivánovna me dejaría —dijo con atropello—. Quiere que me vaya, me odia. Soy demasiado pequeña y demasiado sucia.

—Dale tiempo —respondió Sasha—. Se crio en la ciudad, no está acostumbrada al campo.

Vasia frunció el ceño.

—Ya lleva aquí una eternidad. Ojalá se marchase ella a Moscú.

—Venga, hermanita —dijo Sasha mirándole la cara pálida—. Vamos a montar.

Cuando Vasia era más pequeña, lo que más le gustaba era cabalgar con él, sentada en el borrén delantero de su silla, con el rostro al viento, a salvo entre sus brazos. Se le iluminó la cara, y Sasha la subió al caballo. Cuando salieron al dvor, montó de un salto detrás de ella, Vasia se inclinó hacia delante con la respiración acelerada y salieron galopando con el estruendo de los cascos.

Vasia bajó la cabeza con regocijo.

—¡Más, más! —gritó cuando Sasha frenó al caballo y lo dirigió hacia casa—. ¡Vamos hasta Sarái, Sashka! —propuso, y se volvió hacia él—. O a Tsargrad o a Buyán, donde vive el rey del mar con su hija, la doncella cisne. No está muy lejos. Al este del sol y al oeste de la luna.

Miró al cielo con los ojos entornados para asegurarse de que iban bien encaminados.

—Queda un poco lejos para una cabalgata nocturna —dijo Sasha—. Sé valiente, ranita, y haz caso de Dunia. Un día volveré.

—¿Será pronto, Sasha? —susurró Vasia—. ¿Pronto?

Su hermano no respondió, pero no hacía falta. Habían llegado a casa. Tiró de las riendas del caballo y posó a su hermana en el patio del establo.