TRES
EL MENDIGO Y EL DESCONOCIDO

Los primeros aullidos del viento de noviembre sacudían los árboles desnudos el día que Marina sintió los dolores, y el primer llanto de la niña se mezcló con su bramido. Al ver a su hija recién nacida, Marina rio.

—Se llama Vasilisa —le dijo a Piotr—, mi Vasia.

El viento remitió al amanecer y, en mitad de aquel silencio, Marina espiró una vez sin hacer ruido y murió.

El día que Piotr entregó a su esposa a la tierra con expresión pétrea, la nieve caía con la prisa de las lágrimas, y su hija chilló durante todo el funeral: un llanto demoníaco como el del viento ausente.

Durante todo ese invierno, en la casa se oyó el eco de sus lloros y más de una vez Dunia y Olga perdieron la esperanza, pues era un bebé pálido y escuálido, toda ojos, y no paraba de agitar los brazos y las piernas. Más de una vez, Kolia había amenazado medio en serio con lanzarla fuera de la casa.

Pero el invierno pasó y la niña sobrevivió. Dejó de llorar y se hizo fuerte con la leche de las campesinas.

Pasaron los años como hojas con el viento.

Un día muy parecido al que la vio llegar al mundo, en el umbral acerado del invierno, la hija de cabellera negra de Marina entró en la cocina de invierno sin hacer ruido, apoyó las manos en el borde de la chimenea y estiró el cuello para mirar. Le brillaban los ojos. Dunia estaba sacando tortas de entre las cenizas y toda la casa olía a miel.

—¿Ya están listas, Duniashka? —preguntó con la cabeza en el horno.

—Casi —respondió Dunia, y apartó a la niña antes de que le prendiera fuego el pelo—. Si esperas sin hacer ruido y remendando tu camisa, te daré una entera para ti, Vásochka.

Vasia pensó en las tortas y se sentó con resignación. En la mesa ya se enfriaba una pila; estaban tostadas y salpicadas de ceniza. Mientras miraba, a una se le rompió una esquina y Vasia vio que el interior era de un dorado veraniego. De dentro salió una voluta de vapor. Vasia tragó saliva. Le parecía que las gachas de la mañana se las había comido hacía un año.

Dunia le hizo una advertencia con la mirada, así que Vasia frunció los labios con decoro y se puso a coser. Pero el roto de la blusa era grande, el hambre apremiante y su paciencia, negligible incluso en las mejores circunstancias. Las puntadas fueron separándose cada vez más, como los huecos entre los dientes de un anciano; hasta que Vasia no pudo aguantar más. Apartó la blusa y se acercó un poco al plato humeante que estaba sobre la mesa, fuera de su alcance. Dunia, que estaba agachada frente al horno, le daba la espalda.

La niña se acercó un poco más sin hacer ningún ruido, con el sigilo de un gatito cazando saltamontes. Entonces atacó, y tres tortas desaparecieron en la manga de su camisa de lino. Dunia dio media vuelta y alcanzó a verle la cara.

—Vasia… —dijo con aire severo.

Pero ella, asustada y risueña al mismo tiempo, ya había sobrepasado el umbral de la casa y salía al día taciturno.

El tiempo ya cambiaba y los campos parduzcos permanecían cubiertos de los restos de la siega y de una fina capa de nieve. Mientras masticaba una torta de miel y sopesaba distintos escondites, Vasia atravesó el patio al trote, pasó entre las cabañas de los campesinos y salió por la puerta de la empalizada. Hacía frío, pero ni lo pensó. Había nacido rodeada de él.

Vasilisa Petrovna era una niña menuda y feúcha: delgada como un junco, de dedos largos y pies enormes. Como tenía los ojos y la boca demasiado grandes en comparación con el resto, Olga la llamaba rana sin remordimiento alguno. Pero los ojos de aquella niña eran del color del bosque durante una tormenta de verano y sus labios gruesos tenían encanto. Era sensata y lista cuando le convenía, tanto que sus familiares se miraban anonadados siempre que dejaba de lado la prudencia y se le metía otra idea descabellada en la mollera.

Junto a un campo de centeno segado, entre los restos de nieve, Vasia vio un montículo de tierra removida que no había estado así el día anterior, así que fue a investigarlo. Olió el viento mientras correteaba y supo que esa noche nevaría. Las nubes colgaban sobre los árboles como lana mojada.

Al fondo de un agujero de dimensiones respetables, había una réplica de Piotr Vladímirovich de nueve años que excavaba la tierra gélida. Vasia se acercó al borde y lo miró.

—¿Qué haces, Lioshka? —preguntó con la boca llena.

Su hermano se apoyó en la pala y levantó la cabeza con los ojos entrecerrados.

—¿A ti qué te importa?

A Aliosha Vasia le caía bastante bien, pues estaba dispuesta a todo. Pero él le sacaba casi tres años y debía mantenerla en su lugar.

—No sé —respondió Vasia sin dejar de masticar—. ¿Quieres torta?

Le ofreció la mitad de la última con cierta reticencia: era la más gorda y la que menos ceniza tenía.

—Dame —ordenó Aliosha, que soltó la pala y le tendió una mano sucia.

Pero Vasia se apartó para que no llegase.

—Dime qué haces —insistió ella.

Aliosha la miró con rabia, pero ella entornó los ojos e hizo ademán de ir a comerse la torta. Su hermano cedió.

—Es un fuerte —dijo—. Para cuando vengan los tártaros. Me esconderé aquí y los coseré a flechazos.

Vasia nunca había visto a un tártaro y no tenía una idea clara del tamaño que debía tener un fuerte para protegerse de uno de ellos. No obstante, miró el agujero con reservas.

—Pues no es muy grande.

Aliosha entornó los ojos.

—Por eso sigo excavando, conejito. Para hacerlo más grande. ¿Me das o no?

Vasia fue a estirar el brazo, pero vaciló.

—Yo también quiero cavar y disparar flechas a los tártaros.

—No puedes. No tienes arco ni pala.

Vasia torció el gesto. A Aliosha le habían regalado una navaja y un arco el día de su séptima onomástica, pero un año de súplicas no habían dado fruto y la niña seguía sin poseer ningún arma.

—Da igual —contestó—, puedo excavar con un palo, y padre ya me dará un arco.

—No te lo dará.

Sin embargo, cuando Vasia le entregó la mitad de la torta y fue a por un palo, Aliosha no se opuso. Durante unos minutos, trabajaron en silencio amistoso.

Cavar con un palo aburre enseguida por mucho que te alces a cada momento para ver si vienen los tártaros, y Vasia empezó a preguntarse si podría convencer a su hermano de dejar el fuerte para ir a trepar por los árboles cuando, de pronto, una sombra se alzó sobre ambos. Era su hermana Olga, furiosa y sin aliento, que había tenido que dejar su asiento junto al horno para descubrir por qué sus hermanos estaban eludiendo sus deberes. Los miró con desaprobación.

—Estáis hasta arriba de barro, ¿qué pensará Dunia? Nuestro padre…

Olga dejó la frase inacabada para lanzarse de repente y agarrar a Aliosha del cuello del abrigo, pues era el más torpe de los dos, justo cuando los niños intentaban huir como un par de codornices asustadas.

Vasilisa era patilarga para ser una niña y se movía con rapidez. Pensó que merecía la pena llevarse una regañina a cambio de comerse las últimas migas en paz. Echó a correr sin mirar atrás y atravesó el campo baldío como una liebre, esquivando tocones con gritos de alegría hasta que se la tragó el bosque vespertino. Olga jadeaba con Aliosha agarrado del cuello.

—¿Por qué a ella no la atrapas nunca? —se quejó el niño con resentimiento mientras Olga lo arrastraba hacia casa—. Sólo tiene seis años.

—Porque no soy Koschéi el Inmortal —respondió Olga con aspereza— ni tengo un caballo que corra más que el viento.

Entraron en la cocina y Olga dejó a su hermano junto al horno.

—Con Vasia no he podido —le dijo a Dunia.

La anciana clamó al cielo con la mirada; la niña era muy difícil de atrapar cuando quería que la dejasen en paz, y el único que lo conseguía con regularidad era Sasha. Dunia descargó su ira sobre un Aliosha empequeñecido. Lo desnudó ante el fuego y, antes de ponerle una camisa limpia, lo frotó con un trapo que, según pensó él, debía de estar hecho de ortigas.

—Qué travesuras… —musitaba Dunia mientras frotaba—. La próxima vez se lo diré a tu padre, ya lo verás. Te pasarás el resto del invierno cargando cosas, cortando leña y limpiando los establos. Qué comportamiento… Tanta suciedad y tanto hacer agujeros…

De pronto interrumpió la diatriba. Los hermanos de Aliosha, dos jóvenes altos, habían entrado en la cocina oliendo a humo y a ganado, y se sacudían los pies. A diferencia de Vasia, no recurrieron a ningún subterfugio, sino que fueron directos a las tortas y cada uno se metió una entera en la boca.

—Sopla viento del sur —le dijo Nikolái Petróvich, a quien llamaban Kolia y era el mayor, a su hermana Olga con la boca llena sin que se le entendiese nada. Olga había recobrado su compostura habitual y estaba tejiendo junto al horno—. Esta noche nevará. Menos mal que hemos resguardado a las bestias y el tejado está terminado.

Kolia dejó las botas empapadas cerca del fuego, cogió otra torta por el camino y se dejó caer sobre un taburete.

Olga y Dunia contemplaron las botas con idéntica expresión de desagrado. La chimenea limpia estaba salpicada de barro helado. Olga se santiguó.

—Si el tiempo cambia, mañana medio pueblo estará enfermo —se lamentó—. Espero que nuestro padre llegue antes que la nieve.

Contó las puntadas con el ceño fruncido.

El otro joven no habló, sino que depositó la leña que cargaba, engulló la torta y se arrodilló frente a los iconos que había en el rincón opuesto a la puerta. Se santiguó, se levantó y besó la imagen de la Virgen.

—¿Ya estás rezando otra vez, Sasha? —preguntó Kolia con tono travieso y alegre—. Reza por que la primera nevada no sea fuerte y por que padre no se resfríe.

El joven era de hombros estrechos y los encogió aún más. Tenía la mirada seria, los ojos grises y las pestañas tupidas como las de una chica.

—Sí, Kolia, rezo. Podrías probarlo tú mismo.

Se acercó al horno sin hacer ruido y se quitó las medias húmedas. El olor acre de la lana mojada se sumó al olor general a barro y col y animales. Sasha había pasado el día con los caballos. Olga arrugó la nariz.

Kolia no reaccionó a la mofa: estaba examinando una de sus botas de invierno empapadas; una costura se había abierto entre las puntadas. Gruñó con desagrado y la soltó junto a la otra bota de la pareja. El calzado empezó a soltar vaho. El horno se alzaba más alto que cualquiera de los cuatro, Dunia ya había metido el estofado de la cena a cocer y Aliosha vigilaba la olla como un gato ante una ratonera.

—¿De qué comportamiento hablabas, Dunia? —quiso saber Sasha, que había entrado en la cocina a media regañina.

—Vasia —contestó Olga con brevedad, y relató la historia de las tortas de miel y de la huida de su hermana al bosque.

Mientras hablaba, tejía. Una leve sonrisa triste le rizaba los labios. Aún conservaba la gordura y las facciones rollizas y hermosas de la abundancia veraniega.

Sasha se rio.

—Ya volverá cuando tenga hambre —aventuró, y se centró en cosas más importantes—. ¿Hay lucio en el estofado, Dunia?

—Tenca —contestó Dunia con parquedad—. Oleg ha traído cuatro al amanecer. Esa hermana vuestra tan rara es demasiado pequeña para estar tanto rato en el bosque.

Sasha y Olga se miraron y se encogieron de hombros sin decir nada. Vasia llevaba escondiéndose en el bosque desde que había aprendido a caminar. Como siempre, aparecería sonrojada y arrepentida a la hora de cenar, con un puñado de piñones a modo de disculpa, silenciosa como un gato.

Pero ese día se equivocaban. Un sol quebradizo recorrió el cielo y las sombras de los árboles se alargaron monstruosamente. Cuando Piotr Vladímirovich llegó a casa con una faisana agarrada por el cuello roto, Vasia aún no había regresado.

A las puertas del invierno, el bosque estaba tranquilo y entre los árboles se acumulaban capas más gruesas de nieve. Vasilisa Petrovna, medio avergonzada y medio agradecida por la libertad, se comió la última media torta de miel tumbada sobre la rama fría de un árbol y escuchó los suaves ruidos del bosque adormecido.

—Sé que duermes cuando llega la nieve —dijo en voz alta—. Pero ¿no podrías despertarte? Mira, traigo tortas.

Estiró la mano con la prueba, que se había quedado en unas migas, e hizo una pausa como si esperase respuesta. Pero no se oyó más que un suave viento que agitó las copas de los árboles.

Vasia se encogió de hombros, se terminó las migas de la torta y correteó por entre los pinos buscando piñones. Pero las ardillas se los habían comido todos y hacía frío incluso para una niña nacida en invierno. Al cabo de un rato, se sacudió el hielo y las cortezas de la ropa y se dirigió a casa sintiendo, al fin, cargo de conciencia. Las sombras se habían espesado; los días, cada vez más cortos, se sumían rápido en la noche, así que se apresuró. La regañina sería sonada, pero Dunia tendría la cena preparada.

Caminó y caminó, y al final se detuvo con el ceño fruncido. A la izquierda, al llegar al aliso gris, alrededor del viejo olmo retorcido. Al fondo debería ver los campos de su padre. Había recorrido ese camino miles de veces, pero en ese momento no había aliso ni olmo; sólo un grupo de píceas de hojas negras y una pequeña pradera nevada. Dio media vuelta y probó en otra dirección. No, allí había hayas esbeltas y blancas como doncellas que temblaban desnudas en el abrazo del invierno. Vasia se preocupó. No podía haberse extraviado, eso nunca había sucedido. Antes se perdería en su casa que en aquel bosque. Se levantó un aire que agitó los árboles, sólo que eran árboles que ella no conocía.

«Me he perdido», pensó Vasia. Se había descaminado al anochecer, a las puertas del invierno y de una nevada. Dio media vuelta de nuevo y echó a andar en otra dirección. Pero en aquel bosque tembloroso no había ni un árbol conocido. De pronto, se le llenaron los ojos de lágrimas. «No sé dónde estoy». Quería ver a Olia o a Dunia, a su padre y a Sasha. Quería sopa y una manta, y hasta se habría puesto a remendar.

Al frente se alzaba un roble y la niña se detuvo. No era como los demás árboles, sino más grande y más negro y más retorcido que una vieja malvada. El viento sacudía las ramas oscuras.

Vasia, que empezaba a temblar, se acercó despacio. Posó la mano sobre la corteza y vio que era como cualquier otro árbol: áspero y frío incluso a través de la piel de sus manoplas. Lo rodeó contemplando las ramas, Al bajar la mirada, estuvo a punto de tropezar.

A los pies del árbol había un hombre acurrucado como un animal, profundamente dormido. No le veía la cara porque la tenía escondida entre los brazos. A través de las rasgaduras de la ropa, vio piel blanca y fría. Cuando se acercó, el hombre ni se inmutó.

No podía quedarse durmiendo allí ahora que la nieve se acercaba desde el sur: moriría. Además, tal vez supiera dónde estaba la casa de su padre. Vasia fue a sacudirlo para despertarlo, pero se lo pensó dos veces y prefirió decir:

—¡Despierte, abuelo! Nevará antes de que salga la luna. ¡Arriba!

Durante un instante muy largo, el hombre no se movió. Pero, justo cuando Vasia se armaba de valor para tocarle el hombro, se oyó un gruñido y un resoplido, y el hombre levantó la cara, la miró y parpadeó con su único ojo.

La niña dio un paso atrás. La mitad del rostro del hombre era hermosa, aunque de rasgos toscos; tenía un ojo gris. Pero le faltaba el otro y tenía el párpado cosido. Ese lado de la cara era un amasijo de cicatrices azuladas.

El ojo bueno parpadeó con ademán malhumorado, y el hombre se sentó sobre los cuartos traseros como para verla mejor. Era una criatura escuálida, andrajosa y sucia, y Vasia le veía las costillas a través de las rasgaduras de la camisa. Pero, cuando habló, lo hizo con voz fuerte y grave:

—Vaya —dijo—, hacía mucho tiempo que no veía a una niña rusa.

Vasia no comprendía.

—¿Sabes dónde estamos? —preguntó ella—. Me he perdido. Mi padre es Piotr Vladímirovich. Si me llevas a casa, él mandará que te den de comer y que te sienten junto al fuego. Esta noche va a nevar.

De pronto, el tuerto sonrió. Tenía un par de colmillos más largos que el resto de los dientes que le mellaban la sonrisa. Se levantó, y Vasia vio que era un hombre alto de huesos grandes y rudos.

—¿Que si sé dónde estamos? Claro que sí, dévochka. Te llevaré hasta tu casa, pero debes acercarte y ayudarme.

Vasia, consentida desde que tenía uso de razón, no tenía motivos para desconfiar de él y, sin embargo, no se movió del sitio.

El ojo gris se entrecerró.

—¿Qué clase de niña viene aquí sola? Qué ojos… —añadió en voz más suave—. Casi los recuerdo… Bueno, ven aquí —insistió con tono persuasivo—. Tu padre estará preocupado.

La miró desde arriba con su ojo gris. Vasia frunció el ceño y avanzó medio paso. Y otro. Él le tendió la mano.

De pronto, oyeron el crujido de la nieve bajo los cascos y los resoplidos de un caballo, y el tuerto retrocedió. La niña dio un traspié al apartarse de la mano tendida y el hombre se desplomó al suelo y se encogió. Un caballo y su jinete llegaron al claro. Era una yegua blanca y fuerte, y cuando el jinete desmontó, Vasia vio que era un hombre esbelto de huesos prominentes, con la piel tersa sobre las mejillas y la garganta. Llevaba vestiduras gruesas de piel y le brillaban los ojos con un resplandor azul.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

El hombre harapiento se encogió.

—Nada que te importe —respondió—. Ha venido a mí. Es mía.

El recién llegado le clavó una mirada clara y fría.

—¿De veras? Duerme, Medved: es invierno.

Y, aunque protestaba, el durmiente se acurrucó de nuevo entre las raíces del roble y su ojo gris se cerró.

El jinete se dirigió a Vasia. La niña retrocedía, a punto de salir huyendo.

—¿Cómo has llegado hasta aquí, dévochka? —preguntó el hombre con autoridad y presteza.

Lágrimas de confusión surcaron las mejillas de la niña. La expresión ávida del tuerto la había asustado y la urgencia y fiereza de aquel otro también la atemorizaba. No obstante, tenía algo en la mirada que le impidió seguir llorando. Se fijó en su cara.

—Me llamo Vasilisa Petrovna. Mi padre es el señor de Lesnaya Zemliá.

Se miraron un momento. Y entonces el poco valor que Vasia había reunido la desertó; la niña dio media vuelta y echó a correr. El desconocido no hizo ademán de seguirla. Cuando la yegua acudió a su lado, se volvió hacia ella. Se miraron durante un largo momento.

—Cada vez está más fuerte —dijo él.

La yegua sacudió la oreja.

El jinete no volvió a hablar, pero miró una vez más en la dirección por donde se había marchado la niña.

Al salir del abrigo del roble, Vasia se sorprendió de lo rápido que había anochecido. Debajo del árbol había habido una especie de penumbra indeterminada, pero allí fuera había anochecido de pronto. Hacía una noche algodonosa de aire plomizo y la nevada estaba a punto de caer. El bosque estaba lleno de antorchas y de los gritos desesperados de varios hombres. Vasia no hizo caso; por fin reconocía los árboles y sólo quería estar en brazos de Olga y de Dunia.

Un caballo cuyo jinete no llevaba antorcha salió galopando de la oscuridad. La yegua vio a la niña un instante antes que el jinete y se detuvo derrapando con las patas delanteras en alto. Vasia cayó de costado y se rasguñó la mano, pero se metió el puño en la boca para ensordecer un grito. El jinete masculló un reniego en una voz conocida y, al cabo de un segundo, estaba en brazos de su hermano.

—Sashka —sollozó Vasia, y enterró la cara en su cuello—. Me había perdido. Había un hombre en el bosque. Dos hombres. Y una yegua blanca y un árbol negro. He tenido miedo.

—¿Qué hombres? —exigió saber Sasha—. ¿Dónde están? ¿Te han hecho daño?

La separó de él y la palpó de arriba abajo.

—No —respondió ella con voz temblorosa—. Tengo frío, nada más.

Sasha no dijo nada. Ella sabía que estaba enfadado, aunque la subió a la yegua con cuidado. Montó detrás de ella y la arropó con su capa. Vasia, a salvo y con la mejilla apoyada en el cuero cuidado de su tahalí, enseguida dejó de llorar.

Sasha estaba acostumbrado a tolerar que su hermana pequeña lo siguiera a todas partes e intentase levantar su espada o tensar la cuerda de su arco. Era indulgente con ella y le daba trozos de velas o puñados de avellanas. Pero el miedo lo había hecho enfurecer y cabalgó sin dirigirle la palabra.

Fue gritando a diestro y siniestro, y poco a poco corrió la voz entre los hombres de que habían rescatado a Vasia. Si no hubieran dado con ella antes de la nevada, habría muerto durante la noche y no la habrían encontrado hasta que acudiera la primavera a aflojarle la mortaja, si es que aparecía.

—¡Dura! —gruñó Sasha al final, cuando había acabado de dar voces—, pequeña insensata, ¿cómo se te ha ocurrido? ¿Por qué huyes de Olga a esconderte entre la maleza? ¿Te crees un hada del bosque o es que has olvidado en qué época estamos?

Vasia negó con la cabeza. Temblaba dando fuertes sacudidas y le castañeteaban los dientes.

—Quería comerme la torta —explicó—, pero me he perdido. No encontraba el olmo cortado y me he encontrado con un hombre debajo de un roble. Dos hombres. Y una yegua. Y se ha hecho oscuro.

Sasha frunció el ceño por encima de su cabeza.

—Háblame del roble.

—Es uno muy viejo —contestó Vasia—. Con raíces que sobresalen del suelo. Y sólo tenía un ojo. El hombre, no el árbol.

Temblaba más fuerte que nunca.

—Bueno, no lo pienses más —dijo Sasha, y apremió a su montura, aunque estaba cansada.

Olga y Dunia esperaban junto al umbral. La buena mujer tenía lágrimas en los ojos y Olga estaba blanca como la doncella del hielo de los cuentos. Habían sacado todas las brasas del horno y vertieron agua sobre la piedra caliente para hacer vapor. Desnudaron a Vasia sin miramientos y la colocaron en la puerta del horno para que se calentase.

La regañina empezó en cuanto la sacaron.

—¿Cómo se te ocurre robar las tortas? —dijo Dunia—. Y escapar de tu hermana. ¿Cómo nos das estos sustos, Vásochka? —preguntó entre lágrimas.

Vasia murmuró arrepentida y con los ojos entornados:

—Lo siento, Dunia. Lo siento mucho.

Le hicieron unas friegas horribles con semillas de mostaza y la azotaron con un atado de ramas de abedul para reavivar la sangre. La envolvieron en una manta de lana, le vendaron la mano rasguñada y le dieron sopa.

—Has sido muy mala, Vasia —dijo Olga mientras le alisaba el pelo y la mecía en el regazo.

Pero Vasia ya estaba dormida.

—Ya está bien por hoy, Dunia. Ya hablaremos con ella mañana.

Acostaron a la niña encima del horno y Dunia se tumbó a su lado.

Cuando su hermana ya descansaba, Olga se sentó con pesadez junto al fuego. Su padre y sus hermanos estaban en un rincón dando cuenta del estofado, los tres con la misma expresión iracunda.

—No le pasará nada —dijo Olga—. No creo que haya cogido frío.

—Pero puede que alguno de los hombres sí —espetó Piotr—. Cualquiera de los que han tenido que abandonar su hogar para ir a buscarla.

—O yo —repuso Kolia—. Después de todo el día reparando el tejado de su padre, un hombre quiere la cena, no salir a cabalgar con una antorcha. Mañana le daré unos azotes.

—¿Y qué? —replicó Sasha sin alterarse—. Ya lo hemos hecho antes. Disciplinar a niñas no es tarea de hombres. Eso lo hacen las mujeres. Dunia es vieja. Olga se casará pronto, y entonces la anciana tendrá que criar sola a la niña.

Piotr no dijo nada. Habían pasado seis años desde que había entregado a su esposa a la tierra y no había pensado en ninguna otra, a pesar de que había muchas mujeres que habrían atendido a su petición. Y su hija le había dado un buen susto.

Cuando Kolia se hubo ido a la cama y Sasha y él estaban solos a oscuras viendo cómo la vela ardía frente al icono, Piotr habló:

—¿Quieres que tu madre caiga en el olvido?

—Vasia no llegó a conocerla —contestó Sasha—. Una mujer sensata, no una hermana ni una aya bonachona, le haría mucho bien. Pronto será indomable, padre.

Hubo una larga pausa.

—No fue culpa de Vasia que nuestra madre muriera —añadió en voz baja.

Piotr no contestó y Sasha se levantó, hizo una reverencia y apagó la vela.