DOS
LA NIETA DE LA BRUJA

El cordero nació, por fin, sucio y cenceño, negro como un árbol muerto bajo la lluvia. La oveja empezó a lamer al pequeño con urgencia y, poco después, la criatura diminuta se levantó y se tambaleó sobre sus minúsculas pezuñas.

—Molodets —le dijo Piotr Vladímirovich a la oveja, y se puso en pie. Al enderezarse, su espalda protestó—. Aunque podrías haber escogido mejor noche.

Fuera, el viento hizo rechinar los dientes y la oveja agitó la cola como si nada. Piotr esbozó una sonrisa amplia y los dejó. Era un macho sano y fuerte, nacido entre las fauces de una ventisca tardía: un buen presagio.

Piotr Vladímirovich era un gran señor: un boyardo que contaba con tierras fértiles y muchos hombres que obedecían sus órdenes. Y si pasaba las noches ayudando a parir al ganado era porque él así lo quería. Estaba presente siempre que una nueva criatura hacía crecer sus rebaños y, a menudo, las sacaba él mismo con las manos ensangrentadas.

Había dejado de caer aguanieve y la noche despejaba, y cuando Piotr cerró la puerta del establo, algunas estrellas valientes asomaban entre las nubes. A pesar del aguanieve, la casa estaba prácticamente sepultada bajo las nevadas de casi todo un invierno. Sólo escapaban el tejado inclinado, las chimeneas y la entrada a la vivienda, que los hombres de la hacienda se afanaban por mantener despejada.

La parte de la vivienda que usaban en verano tenía ventanas amplias y una chimenea abierta, pero esa ala se cerraba al llegar el invierno y ahora se veía desierta, enterrada bajo la nieve y sellada con escarcha. El ala invernal contaba con hornos enormes y ventanas pequeñas colocadas en lo alto. De las chimeneas escapaba un hilillo constante de humo y, con las primeras heladas negras, Piotr colocaba bloques de hielo en los marcos de madera de las ventanas para impedir el paso del frío, pero no de la luz. En ese momento, el fuego del dormitorio de su esposa arrojaba un rayo de luz trémula sobre la nieve.

Pensó en ella y se apresuró. Marina se alegraría por el cordero.

Entre los edificios había pasadizos que estaban cubiertos y entarimados con tablones de madera para resguardarse de la lluvia, la nieve y el barro. Pero ese día había caído aguanieve inclinada desde el amanecer y sobre los troncos empapados se había formado una capa de hielo que ofrecía un agarre traicionero; los bancos de nieve se alzaban hasta la altura de un hombre, agujereados por las gotas de agua helada. No obstante, con las botas de fieltro y piel, Piotr caminaba con seguridad. En el calor adormecido de la cocina se detuvo para echarse agua en las manos sucias. Encima del horno, Aliosha dio media vuelta y gimió entre sueños.

El dormitorio de su esposa era pequeño como deferencia al hielo, pero estaba bien iluminado y, según el estándar del norte, era lujoso. Las paredes de madera estaban cubiertas con tapices y la hermosa alfombra —parte de la dote de Marina— había llegado hasta allí por carreteras largas y serpenteantes, ni más ni menos que desde Tsargrad. Los taburetes de madera estaban adornados con tallas fabulosas y había varios montones mullidos de mantas hechas con pieles de lobo y de conejo.

La estufa del rincón arrojaba un resplandor ardiente. Marina no se había acostado, sino que se peinaba la melena sentada junto al fuego, arropada con una túnica de lana blanca. Aun después de haber dado a luz a cuatro hijos, tenía una cabellera gruesa y oscura que le llegaba casi hasta las rodillas. En aquella luz indulgente, recordaba mucho a la novia que Piotr había llevado a la casa tanto tiempo atrás.

—¿Ya está? —preguntó Marina.

Dejó el peine a un lado y empezó a trenzarse el pelo sin apartar la mirada de la estufa.

—Sí —contestó Piotr, distraído, mientras se quitaba el caftán al calor agradecido—. Un macho hermoso. Y su madre también está bien; es buena señal.

Marina sonrió.

—Me alegro, porque nos hará falta. Estoy encinta.

Piotr la miró con la camisa a medio quitar. Abrió la boca y la cerró. Era posible, sin duda. No obstante, ella era demasiado mayor para algo así y ese verano había adelgazado mucho.

—¿Otro? —preguntó.

Se irguió y dejó la camisa a un lado. Marina le adivinó el miedo en la voz y le vino una sonrisa a los labios. Se ató el extremo de la trenza con un cordón de cuero antes de responder.

—Sí —dijo, y se echó la trenza por encima del hombro—. Una niña. Nacerá en otoño.

—Pero Marina…

Su esposa escuchó la pregunta silente.

—Quería tenerla. Y aún quiero. Una hija como era mi madre —añadió en voz más baja.

Piotr frunció el ceño: Marina nunca hablaba de su madre, y Dunia, que ya había vivido con ella en Moscú, sólo la mencionaba de vez en cuando.

Cuentan las historias que, durante el reino de Iván I, una joven harapienta cruzó las puertas del kremlin acompañada tan sólo de un caballo alto y gris. A pesar de estar sucia, hambrienta y agotada, los rumores se extendieron como la pólvora. La gente decía que tenía una gran elegancia y ojos como los de la doncella cisne de los cuentos de hadas. Al final, los rumores llegaron a oídos del gran príncipe.

—Traédmela —ordenó Iván con una leve sonrisa—. Nunca he visto a una doncella cisne.

Iván Kalitá era un príncipe duro, frío, astuto, avaro y corroído por la ambición. No habría sobrevivido de otro modo, pues Moscú aniquilaba pronto a sus príncipes. Con todo, más tarde los boyardos afirmaban que, cuando Iván conoció a la joven, permaneció inmóvil durante diez minutos. Los más fantasiosos llegaron a asegurar que, cuando se acercó a ella y le tocó la mano, tenía los ojos húmedos.

Para entonces, Iván había enviudado ya dos veces y su primogénito era mayor que su joven amante; pero, un año más tarde, se casó con la chica misteriosa. Aun así, ni siquiera el gran príncipe de Moscú podía silenciar los rumores. La princesa se negó entonces y siempre a revelar de dónde venía, y las sirvientas murmuraban que era capaz de domar animales, soñar el futuro y hacer que lloviese.