CÉSAR, SEÑOR DE LA ROMAÑA
El año de 1500 finalizaba el convulso siglo XV y, según normas antiguas establecidas por la Iglesia, debía ser año jubilar en Roma. El propio Alejandro VI se vio inmerso en un periodo de máxima actividad ceremonial y diplomática. En aquellos meses miles de peregrinos acudían a la Ciudad Eterna con el ánimo instalado en sus almas y dispuestos a recibir indulgencia plenaria para sus vidas penitentes. El Santo Padre se multiplicaba en febril actividad oficiando misas conmemorativas por la mañana, recibiendo embajadores y príncipes por la tarde y firmando acuerdos internacionales que mejorasen la situación de los Estados Pontificios por la noche. En consecuencia, el vicario de Cristo en la tierra poseía una agenda de trabajo que pocos mortales hubiesen podido soportar. Pero el papa español estaba hecho de buena pasta y se superaba constantemente para asombro de los que le rodeaban, incluido su leal y eficaz secretario personal Johannes Burchard, un impecable y experimentado maestro de ceremonias vaticano cuyas actitudes diplomáticas solventaron más de un obstáculo en aquellos meses frenéticos y plenos de conflicto. Burchard nos legó unas memorias, antes de fallecer en 1506, en las que reflejaba valiosos detalles sobre su vida al lado de los Borgia, y la verdad es que capítulos emocionantes no faltaron para que este buen sacerdote nacido en Estrasburgo pudiese completar su voluminoso compendio de recuerdos.
En aquel verano jubilar, los valencianos habían visto morir envuelto por la neblina de una supuesta venganza al infortunado Alfonso de Nápoles, aunque las exigentes cuestiones internas se imponían con tal severidad que no hubo tiempo para más duelos familiares, y con Lucrecia refugiada en Nepi, el resto de la familia se dispuso a preparar el segundo asalto sobre la Romaña, ya que aún quedaban algunos dominios en rebeldía que debían ser sojuzgados lo antes posible a fin de concluir la magna empresa liderada por César Borgia. Por otra parte, el sumo pontífice acababa de cumplir setenta años de edad y se encontraba algo mermado en su capacidad física por tantos eventos a los que debía atender con su acostumbrado vigor intelectual. Según expresaron algunos próximos al Santo Padre, éste les comunicó en voz alta que deseaba ver, antes de su inevitable encuentro con el Ser Supremo, a su hijo César ciñendo una corona regia en Italia. Ése era el hasta entonces secreto y ambicionado anhelo del patriarca Borgia, y ahora dicha aspiración podía al fin concretarse con el sometimiento romañolo.
El 1 de octubre de 1500, el bravo gonfalonero vaticano y sus condottieros más ilustres pasaban revista a 12.000 efectivos dispuestos para la guerra. La formidable tropa se pertrechó gracias a diferentes donativos enviados por una docena de poderosos obispos a los que se prometió capelo cardenalicio y posesiones en la región pendiente de conquista. A estas cifras se sumó la aportación papal extraída, básicamente, de las recaudaciones efectuadas en el año jubilar. Por tanto, la expedición punitiva emprendió camino hacia la gloria con las despensas llenas y los polvorines colmados. Incluso César ordenó reforzar su artillería con la fundición de nuevas piezas de grueso calibre, cuya visión en aquel desfile triunfal que partía a la contienda impresionó profundamente a todos los testigos del evento militar. El contingente, que partió de Roma, avanzó con presteza hacia su objetivo. Sin embargo, su comandante en jefe realizó una breve parada en Nepi para reunirse con su querida hermana Lucrecia, la cual mantuvo con César una agradable conversación que al parecer le sirvió de hondo consuelo. Este encuentro desmitifica en parte la versión que defendía una agria relación entre ambos hermanos desde el asesinato de Alfonso de Aragón, por entender, tanto Sancha como Lucrecia, que César era el artífice intelectual de dicha muerte. Tras su breve estancia en Nepi, las tropas vaticanas reanudaron su marcha sobre la Romaña, sin que se encontrasen con grandes dificultades dado que la práctica totalidad de las ciudades enemigas se rindieron sin presentar batalla alguna. Lo cierto es que los habitantes de estas plazas vieron en César Borgia a un liberador de sus oprimidas existencias bajo el yugo de tantos y tan despóticos tiranos, y se sumaron con entusiasmo al esfuerzo bélico del papa, interviniendo en algunos casos como quinta columna intramuros, lo que facilitó decisivamente el éxito de la ofensiva pontificia. De ese modo, plazas como Cesena, la poderosa Rímini o Pésaro cayeron sin lucha en manos del ejército vaticano. Únicamente la ciudad de Faenza, en manos de Astorre Manfredi, planteó una férrea resistencia ante el asedio planteado por César Borgia, pero el empeño de la urbe fue inútil y en abril de 1501 sus defensores se rendían víctimas del hambre y de alguna traición intestina.
Después de esta victoria, César pretendió continuar con la guerra amenazando de forma insolente a ciudades como Bolonia o Florencia. Sin embargo, algo había cambiado en el panorama internacional, y es que una nueva alianza había fructificado entre Francia y España, potencias que pretendían repartirse el apetitoso reino de Nápoles. El 11 de noviembre de 1500 se firmó el Tratado de Chambord-Granada, por el que se fijaban las aspiraciones de ambos Estados europeos en el sur de Italia. Su propósito pasaba por destronar al débil rey Federico de Nápoles para luego distribuir el territorio, con los españoles dueños de las regiones de Apulia y Calabria, integrantes del futuro ducado de Calabria, mientras que los franceses se apropiarían del territorio que iba de Nápoles a Gaeta, pasando por el Benevento, Avelino y Salerno, lo que constituía la mayor parte de las ricas tierras de labranza napolitanas. Si bien el bocado más exquisito de aquel singular dividendo era el propio trono de Nápoles, siempre deseado por la monarquía gala, que implicaba, no sólo el dominio de aquella estratégica latitud latina, sino también asumir el simbólico pero importante título de rey de Jerusalén asociado a la corona napolitana desde los tiempos de las cruzadas en Tierra Santa.
Por tanto, el rey francés Luis XII se preparó para una nueva invasión de Italia y, en consecuencia, reclamó a su lado a cuantos militares galos se encontrasen sirviendo en las tropas vaticanas, incluido el propio César Borgia, a quien le unían con Francia sus férreos compromisos adquiridos en años anteriores. A esas alturas, la Romaña estaba prácticamente sometida y Alejandro VI había establecido honorables acuerdos de paz con los vecinos norteños, con el propósito de restablecer el equilibrio político y estratégico en aquella zona donde se debería levantar más adelante el soñado reino de los Borgia. Bolonia aceptó negociar sin lucha, y de Florencia se consiguieron para el duque Valentino hombres y dinero para su inminente campaña sobre Nápoles. En mayo de 1501, un complacido Alejandro VI concedía a su hijo el ducado de Romaña, aunque existen investigadores que sospechan que dicha dignidad fue otorgada en octubre, al inicio de la guerra; tal era la confianza del Santo Padre en su belicoso vástago. En estos meses primaverales, César se entregó por completo a su nueva condición de gobernante, trabajando de sol a sol en la administración de su recién adquirido feudo, pero sin olvidar las parcelas de ocio que tanto placer le proporcionaban. En ese sentido, la llegada del buen tiempo provocó que el Borgia dedicase buenas horas a la caza, al ejercicio físico, a la organización de festejos taurinos y a las juergas nocturnas. Asimismo, en aquel periodo el ilustre Leonardo da Vinci ofreció sus servicios a César como ingeniero militar experto en la construcción de estructuras defensivas de toda índole, y de paso, el genio florentino, que por entonces contaba cuarenta y nueve años de edad, aprovechó para desplegar su magnífico currículo de conocimientos, lo que impresionó gratamente a César, quien le contrató ipso facto para integrarle en la extensa nómina de talentos bajo el influjo de los valencianos. No olvidemos que en este capítulo de esplendor borgiano muchas mentes lúcidas trabajaron para el linaje de Alejandro VI. Incluso el propio Miguel Ángel Buonarroti pudo, gracias al papa, dar vida a La Piedad, una de sus obras más celebradas. En todo caso, el lector podrá encontrar más datos sobre estos dos genios cercanos a los Borgia en el apéndice que se ofrece en las páginas finales de este libro.
Pero volviendo a la narración, diremos que César Borgia, muy a su pesar, tuvo que abandonar momentáneamente su novísimo ducado para acudir a la llamada del rey Luis XII. Corría el mes de junio de 1502 y otra inevitable guerra estaba a punto de estallar en la sangrante península Itálica.
Retrato de César Borgia, por Leonardo da Vinci. El duque Valentino, gracias a su carisma y a sus dotes para la guerra y la política, se ha convertido con los siglos en una de las figuras más emblemáticas del Renacimiento, al mismo nivel que su padre, el papa Alejandro VI.