INTRODUCCIÓN

En el inconsciente colectivo de los humanos perduran, incomprensiblemente, algunos mitos históricos cubiertos por la oscuridad y el engaño. Un ejemplo de ello es, sin duda, el de la familia Borgia, representada durante siglos como paradigma de la perversión en aras de obtener poder y gloria a costa de lo que fuera. Hoy en día, si preguntamos a cualquiera por los integrantes de este clan español, que alcanzó una enorme dimensión en los tiempos de la Italia renacentista, con presteza surgirán tres nombres: César, Lucrecia y el padre de éstos, Rodrigo, más conocido como el papa Alejandro VI, último pontífice de origen hispano que ocupó el trono de Pedro (entre los años 1492 y 1503). Por añadidura, nuestro interpelado sumará al recuerdo de dichos personajes acciones malvadas asociadas a ellos como envenenamientos, asesinatos, traiciones, conjuras, ostentación, riqueza, lujuria... En todo caso, hechos terribles, cuya imagen el discurrir de los siglos ha aumentado de forma incontrolada hasta convertir a los Borgia en seres depravados impulsados por un afán maligno propio de las estancias infernales.

A decir verdad, nadie discute que los Borgia pudieran ser así. Pero, a fe de ser justos, no todo sucedió como nos lo contaron plumas y mentes más o menos condicionadas. La vida de los Borgia se deformó y tergiversó por parte de algunos enemigos declarados, pertenecientes a dinastías rivales que no repararon en esfuerzos difamatorios a la hora de vilipendiar uno de los apellidos más ilustres del Renacimiento europeo. El propio papa Julio II, uno de los sucesores inmediatos de Alejandro VI, se convirtió en el más obstinado detractor de este linaje español incardinado en el núcleo del poder vaticano. Más tarde, serían autores románticos del siglo XIX como Víctor Hugo o Alejandro Dumas los que se fijarían en los Borgia para el entramado dramático de sus obras, eligiendo como víctima propiciatoria a la bella Lucrecia, quien, muy a su pesar y sin posibilidad de defensa, soportó, una vez pasados los siglos, un injusto maltrato en su persona. Se la transformó en auténtica diablesa envenenadora al servicio de los intereses alzados por su parentela. Pocos conocían a Lucrecia Borgia en el siglo XIX. Sin embargo, todos, en especial los franceses, adoraban las obras de Víctor Hugo. No es de extrañar, pues, que al célebre autor de Los miserables se le concediera crédito cuando supuestamente recuperó la biografía de Lucrecia en una obra teatral de escasa calidad. Si bien el recuerdo de aquellas representaciones pasó al olvido, no en cambio la nefasta aura que desde entonces rodea a la hija del papa Alejandro VI. Desgraciadamente, todavía hay quien piensa que lo expuesto por los románticos del XIX poseía rasgos de verosimilitud histórica.

Bueno será que en estas páginas reivindiquemos el recuerdo fidedigno de los Borgia, una familia constituida en privilegiada embajadora de la fascinante época que los albergó.

La Italia del siglo XV era un hervidero cultural y político. En ese contexto, diferentes naciones y familias combatían por el control de aquella península sumida en un Renacimiento deslumbrante. En el sur, España extendía sus influencias, lo mismo que Francia en el norte. Entre ambas potencias, los Estados Pontificios y las pequeñas repúblicas pugnaban por la hegemonía de ricos territorios abiertos al comercio con el mundo conocido. En dicho conglomerado de intereses, el carisma del papa era evidente y poderoso, con escasos opositores que osaran contravenir los dictados vaticanos, ya que aún quedaban algunos años para la explosión protestante en el centro de Europa. Mientras tanto, Italia seguía siendo el epicentro para las apetencias de los que movían el concierto internacional. Las dinastías poderosas constituían el eje en torno al cual giraban los acontecimientos más destacados del momento: los Sforza, Medid, Orsini, Colonna y otros como ellos dominaban de punta a punta una Italia protagonista de un siglo fundamental para la historia.

Roma, a finales del siglo XV, era poco más que un villorrio poblado por 80.000 almas que a duras penas conseguían integrarse en el milagro de una vida abandonada al recuerdo de un tiempo glorioso, en el que la Ciudad Eterna se arrogaba el derecho de ser la urbe emanadora de civilización. En 1492, buena parte del antiguo esplendor imperial se encontraba en ruinas, sepultado por la escoria o por las malas hierbas. Los ciudadanos romanos recuperaban estos restos, no para su restauración, sino más bien para el uso cotidiano o para las nuevas construcciones que se repartían por la capital del Tíber. El clima insalubre procuraba epidemias casi endémicas, como la malaria o la peste, y la llegada del asfixiante estío auguraba una nueva lista de fallecidos que se sumaban a los ocasionados por la guerra, las vendettas o la falta de higiene. No obstante, durante el periodo en el que los Borgia ostentaron el poder en los Estados Pontificios, un cierto bienestar llegó a los territorios de los que se enseñoreaban los valencianos. César, hijo predilecto del papa y heredero moral de éste, hizo gala de sus dotes para el gobierno y la guerra, siendo orgullo de su padre y modelo de Nicolás Maquiavelo, quien se fijó en el arrogante muchacho para diseñar el argumento esencial de su obra El príncipe, un texto en cuyas páginas se trazaron las líneas maestras de actuación para todo aquel que pretendiera gobernar un Estado con la herramienta de la fría razón ante cualquier impulso emotivo que obstaculizara el camino común de los pueblos.

En este libro quiero tratar de explicar con objetividad el especial universo que envolvió la trayectoria vital de los Borgia, desde sus orígenes en tierras aragonesas hasta su final en aquella hermosa Italia que se adentraba en la modernidad: los primeros años de Rodrigo Borja bajo el amparo de su tío Alfonso, futuro papa Calixto III; los once años de Alejandro VI en el trono de San Pedro; la formación de sus vástagos; amoríos, conjuras, vaivenes políticos, guerras, intrigas... O los matrimonios de Lucrecia, las amantes de Alejandro VI, el porte y la frivolidad de Juan Borgia, la soberbia luminosa de César, la discreción apocada de Jofré, los adversarios merodeadores de las estancias palatinas vaticanas y las luchas intestinas entre clanes que supusieron, dados los venenosos métodos empleados, un claro referente para las futuras mafias italianas, que aún siguen operando impunes en nuestros días. En fin, todo el esplendor y la miseria de un tiempo dominado por un escudo de armas en el que se podía contemplar la representación de un buey bermejo, símbolo de los Borgia, una de las familias más influyentes del Renacimiento, a cuyo servicio trabajaron y se inspiraron espíritus tan geniales como Leonardo da Vinci o Miguel Ángel Buonarroti.

Entre pues sin temor en esta apasionante historia de la Europa moderna y descubra la verdad de una de las historias más asombrosas que vieron los tiempos. Es turno ahora para recuperar, sin complejos, la legítima memoria de los Borgia. Le aseguro que este libro puede ser el mejor antídoto ante un pertinaz envenenamiento histórico.

Juan Antonio Cebrián

14 de julio de 2006