UN VIAJE DECISIVO
En 1472 el papa Sixto IV decidió no esperar más en su ambicionada intención de plantarle cara a la Sublime Puerta otomana, y en consecuencia despertó los engranajes de la maquinaria diplomática vaticana, la cual se puso a trabajar de manera febril, dado que para tan magna empresa se precisaban ingentes recursos económicos y humanos, por lo que sólo una participación consensuada por parte de los reinos integrantes de la cristiandad podría fructificar con los resultados deseados por el orbe católico. En la primavera de dicho año, los cinco cardenales más emblemáticos de la curia partieron rumbo a diferentes geografías con el ánimo de convencer a los grandes monarcas de la época. El cardenal Bessarion viajó rumbo a Francia, Inglaterra y Borgoña; por otro lado, el cardenal Barbo fue enviado a Hungría, Alemania y a otras cortes centroeuropeas. Asimismo, el cardenal Carafa se encaminó a Nápoles y el cardenal Capránica recibió el encargo de convencer al resto de las repúblicas y territorios italianos. Quedó pues para el vicecanciller Borgia la importante tarea de visitar la península Ibérica con el propósito de entrevistarse con los reyes de Aragón, Castilla y Portugal. El 15 de mayo de 1472, el cardenal valenciano inició uno de los viajes más determinantes en la historia, no sólo de España, sino del mundo, pues en él se sentaron las bases del moderno Estado español con todas las consecuencias que eso traería para el fin de la Reconquista hispana, posterior descubrimiento de América y nacimiento del imperio español. Claro está que el Borgia ni siquiera sospechaba, cuando emprendió la ruta hacia su tierra natal, que todos estos capítulos fundamentales ocurrirían gracias a su decisiva mediación ratificada veinte años más tarde cuando proclamó reyes católicos a los soberanos hispanos Isabel y Fernando. Por el momento, el ya veterano dirigente eclesiástico se contentaba con llegar sano y salvo al lugar de destino. Esto ocurrió sin mayores inconvenientes un mes después, cuando arribó con sus dos majestuosas galeras venecianas al puerto de Valencia. En la populosa ciudad mediterránea fue recibido en loor de multitudes con la pompa propia de grandes y reconocidos mandatarios. El júbilo ante la llegada del insigne paisano se instaló por las calles adornadas de la capital del Turia, y nadie quiso perderse el desfile protocolario que avanzaba por Valencia en medio de alabanzas y aplausos. Nobles y altos funcionarios locales y de la corte salieron a recibirle. Las casas, a lo largo del camino que recorrió, aparecían embellecidas con tapices. El cardenal iba a caballo, bajo un elegante dosel que sostenían miembros de la nobleza a pie. El pueblo, en larga procesión, le acompañó en las visitas a las iglesias, donde se cantaron diversos Te Deum. El propio Rodrigo quiso agradecer el entusiasmo vertido hacia él con palabras en las que se excusaba por su larga ausencia, elogiando de paso a su tierra, mientras lanzaba un mensaje de optimismo al clero valenciano en un discurso que todavía se conserva y del que extractamos estos interesantes párrafos que nos ponen en contacto con la personalidad del futuro papa Alejandro VI:
Si hasta hoy, pues, nos ha sido vedado estar con vosotros y por ello hemos tenido que delegar en otro el cumplimiento de nuestro deber, ello no ha sido por elección nuestra y decisión de nuestra libre voluntad, sino obligados por las circunstancias. De esta guisa han delegado en otros, que los representen para desempeñar sus propias labores, rectores de muchas iglesias, reyes y príncipes y las más altas autoridades; de esta suerte, también los pontífices romanos, de mayor consideración que todos, nombran sus delegados para una diócesis especial, a fin de que ejerzan el poder en su nombre. [...] Haced que los actos de vuestra vida se ajusten, en cuanto sea posible, a vuestra profesión, y observad tal modestia, que el corazón u ojos de los que os miran no sean turbados. Nuestra consagración a ser modelo de ejemplaridad hace que el pecado de olvidar tan alto sacerdocio sea aún más reprobable que la culpabilidad misma de la trasgresión. Procedamos honradamente y velemos por nuestra buena reputación; esto es primordialmente necesario para el éxito de nuestro ministerio. [...] Si se destruyera la cabeza [Roma], también perecería el resto del cuerpo cristiano. Si es incumbencia de alguien correr en ayuda de Roma, si alguien tiene el deber de prepararse para defender la religión, ciertamente a nadie le incumbe más que a nosotros. [...] Es preciso que los demás imiten nuestro ejemplo.
Estas palabras pronunciadas por el Borgia nos pueden poner sobre la pista de su filosofía vital, aunque él no cumpliera a rajatabla con los propósitos que recomendaba a los absortos oyentes. Pero al margen de discursos correctos y formalistas, lo cierto es que toda la ciudad demostró gran entusiasmo en festejar y honrar aquella presencia de su paisano más ilustre. En este periplo de reencuentro con su tierra, el capítulo más emotivo se dio sin duda cuando visitó su natal Játiva. Como era de esperar, la ciudad se volcó en la recepción a su hijo pródigo, quien por unos días recuperó el apellido original Borja para compartir con parientes y amigos mil recuerdos felices de sus años mozos.
A pesar de tantos escenarios gratos y placenteros, el vicecanciller no olvidó la misión por la que había regresado a su patria, pero pronto comprendió que la amenaza turca inquietaba apenas nada a los aragoneses y castellanos, por entonces enzarzados en un difícil conflicto dinástico que iba a desembocar en guerra fratricida. La llegada de Rodrigo serviría pues para conciliar posturas y evitar más derramamiento de sangre católica muy necesaria para afrontar otros litigios bélicos, verbigracia la interminable Reconquista cuyo último foco de resistencia se situaba en el reino nazarí de Granada. El problema hispano radicaba en las pretensiones desarrolladas por Juana la Beltraneja e Isabel de Castilla a la hora de heredar el trono del rey castellano Enrique IV.
Detengámonos un momento para intentar explicar este grave conflicto de sucesión. El rey de Castilla, Enrique IV, conocido como el Impotente, y su esposa Juana de Portugal habían sido padres de una sola hija, Juana, en 1462. Para muchos, la niña era el fruto de los amores de la reina y su favorito Beltrán de la Cueva, de ahí el apodo de la Beltraneja. La polémica hubiera sido menor de no ser porque estaba en juego la herencia del trono castellano, al que aspiraba Isabel, hermana de Enrique IV y casada de forma discreta con su primo en tercer grado Fernando de Aragón, un matrimonio realizado en todo caso sin permiso del rey castellano y sin la debida bula que dispensara a ambos de la prohibición de casarse, debido al problema de consanguinidad. Al parecer, los príncipes hispanos habían recibido una bula falsa que el Vaticano no reconocía; asunto que los desafectos a la causa isabelina esgrimieron como justificante de su lealtad a la princesa primogénita. El contubernio dinástico estaba en un momento álgido cuando Rodrigo Borgia llegó a Castilla, donde los nobles y el alto clero dividían sus lealtades entre la Beltraneja y su tía Isabel. Así, mientras el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, estaba contra la hija del rey, otro poderoso prelado, Pedro González de Mendoza, se inclinaba a su favor. En realidad, la mayoría del pueblo ya se había decantado, puesto que, con razón o sin ella, pensaban que la heredera oficial era bastarda, lo que malograba sus esperanzas dinásticas. Este sentir popular fue recogido por el cardenal Borgia, quien decidió defender sin tapujos la causa de Isabel. Para ello entró en contacto con los principales magnates de la corte castellana, como el marqués de Villena, a quien convenció para que ejerciera su influencia sobre el rey con el claro propósito de conciliar las tesis expuestas por ambas facciones. Finalmente se organizó un banquete en el que se reunieron todos los litigantes dispuestos a rubricar un acuerdo que calmara momentáneamente las aguas de la discordia. Pero la fatalidad quiso que Enrique IV saliera del festín gravemente enfermo por un inesperado ataque hepático que acabó con su vida. En este triste suceso muchos quisieron ver la mortal acción del veneno, sin que se pudiese demostrar quién había proporcionado la dosis letal al soberano, aunque hay quien apunta directamente al príncipe Fernando de Aragón. Sea como fuere, el óbito del Impotente dio paso a cinco años durante los cuales ambos partidos pugnaron por el poder: Isabel estaba apoyada por su marido aragonés, mientras que Juana recibía la ayuda de Alfonso V, rey de Portugal, el cual aportaba tropas y recursos económicos para sostener la contienda. Al fin, la situación bélica se decantó, en 1479, por el bando isabelino con una clamorosa victoria en la decisiva batalla de Albuera. El triunfo consolidó a la Católica como reina de Castilla, dejando a Juana recluida de por vida en el convento de Santa Clara de Coimbra, donde falleció en 1530.
Llegados a este punto nos podemos preguntar qué hubiese sido de la historia en el caso de que Rodrigo Borgia hubiese apoyado a la primogénita de Enrique IV. Seguramente, la crónica de nuestra civilización se hubiese escrito de una manera bien distinta a como aconteció posteriormente y acaso en América se hablaría más portugués en estos días que nuestro idioma español.
En otro orden de cosas, gracias a Rodrigo Borgia se terminó de solucionar la delicada situación que suponía el presunto matrimonio ilegal de Isabel y Fernando. Hasta la fecha, la unión conyugal de los príncipes hispanos había sido relegada a la mera condición de concubinato, con su primogénita Juana condenada a la categoría de bastarda. Sólo una bula papal podía legitimar la alianza entre Castilla y Aragón. La pareja la había solicitado en vano a Pablo II, y Rodrigo Borgia intervino con eficacia para obtener de Sixto IV el documento definitivo por el que se legalizaba ante Dios y los hombres aquel matrimonio otrora casi clandestino. De facto, esta autorización de la Iglesia legitimaba también la unión entre Aragón y Castilla, con lo que se daba el primer paso hacia la nueva realidad española.
También en el reino de Aragón el cardenal Borgia tuvo que mediar en un problema que parecía abocado a la tragedia. Por entonces la ciudad de Barcelona se había sublevado y las tropas del rey aragonés Juan II sitiaron la Ciudad Condal, sometiéndola a condiciones casi desesperadas. Rodrigo Borgia apoyó al rey aragonés, pero solicitó encarecidamente clemencia para los rebeldes, petición que fue aceptada con el consiguiente alivio de los barceloneses, los cuales siempre agradecieron este gesto del astuto Borgia. El propio vicecanciller, como magnifico visionario, apostó desde entonces por la unión de los reinos de Castilla y Aragón, pensando quizás en las ventajas que la nueva potencia podía representar en el mantenimiento del precario equilibrio europeo. En cuanto a su quehacer religioso, no descuidó este aspecto a pesar del maremágnun político en el que se vio inmerso, y organizó un concilio en Segovia donde, tras reunir dirigentes eclesiásticos de toda la Península, dispuso algunas medidas para el buen gobierno de la nave católica en aquella tierra de frontera y convivencia con otras dos religiones, la hebrea y la islámica. Como ejemplo baste decir que condenó la ordenación masiva de sacerdotes ignorantes y animó a las diócesis a que mejorasen la formación cultural de los futuros clérigos.
En septiembre de 1473, tras dieciséis arduos meses de trabajo en la península Ibérica, el vicecanciller emprendió el viaje de regreso a Roma. Desde luego no se puede afirmar que las dos galeras que transportaban al cardenal y a su abundante séquito tuvieran una singladura apacible: más bien lo contrario, pues en octubre, cuando se acercaban a las costas italianas, se las vieron con una implacable tormenta que hundió uno de los navíos con casi doscientos pasajeros a bordo, los cuales, en su mayoría, perecieron ahogados. Los pocos supervivientes del desastre lograron subir al buque en el que se encontraba Rodrigo Borgia, y aunque en condiciones pésimas por las tremendas averías sufridas, la galera consiguió recalar en el puerto de Livon, en el litoral de la Toscana. Pero aquí no terminaron las zozobras acumuladas por la comitiva vaticana, y al poco del desembarco, Rodrigo Borgia y los suyos fueron atacados por un grupo de bandidos que les despojaron de sus bolsas y equipajes. De nada sirvió la carta que el legado papal envió a Lorenzo de Medid —señor de aquellas tierras—, quien hizo oídos sordos a la petición compensatoria efectuada por el maltrecho vicecanciller. En todo caso, el Borgia se encontraba sano y salvo en Italia. La misión para la que había sido enviado a la península Ibérica presentaba luces y sombras, pues si bien era cierto que su intervención había sentado las bases para el futuro Estado español, también era verdad que no se había conseguido por parte de los reinos hispanos el más mínimo apoyo para el esfuerzo de la cruzada contra el turco. No obstante, el fracaso del valenciano quedó atenuado por las respuestas que sus iguales trajeron de Europa y es que nadie, dentro de la cristiandad, estaba dispuesto a emprender ninguna lucha contra los enemigos otomanos. Las pésimas experiencias de otros siglos no invitaban a que se enarbolase bandera alguna frente al islam con gastos aparatosos en vidas y patrimonios que tan sólo servirían para debilitar aún más la precaria situación en la que se desenvolvía la mayor parte de los primigenios Estados modernos europeos. Por tanto, Sixto IV, muy a su pesar, tuvo que aceptar la decisión de los poderes terrenales. Desde entonces quedó claro y manifiesto que la cristiandad ya no estaba para más cruzadas.
En sus años de reinado, este papa no destacó por sus virtudes en cuanto a la gestión de los Estados Pontificios, aunque ha pasado a la historia por alguno de sus mecenazgos culturales. Transformado de modesto franciscano a opulento vicario de Cristo, no reparó en desembolsar 100.000 ducados para la confección de su tiara pontificia, aunque, seguramente, su hazaña más recordada sea la de ordenar la construcción de la Capilla Sixtina, un lugar que más tarde se realzaría con los frescos del inmortal Miguel Ángel y en el que se reunían los doscientos miembros de su corte personal. Además de esto, mandó construir el Ponte Sixtino sobre el río Tíber, gracias al cual se descongestionó notablemente el antiguo puente del Santo Ángel, única posibilidad desde la Antigüedad para cruzar el cauce fluvial y que provocaba grandes aglomeraciones entre los peregrinos que acudían a las convocatorias de los años jubilares. Sixto IV, sin poder jugar su baza de cruzadas, dedicó los años finales de su reinado a malgastar los fondos de las arcas vaticanas: emprendió una guerra contra Florencia y apoyó a los venecianos en su contienda contra Ferrara; aunque, como hecho más significado, debemos decir que animó a los reyes hispanos Isabel y Fernando a la constitución en 1478 de la Santa Inquisición, una institución severísima que otorgó tintes de leyenda negra a la Iglesia católica durante los siglos en los que se mantuvo vigente. Cuando falleció en el caluroso verano de 1484, pocos le lloraron, ni siquiera su leal vicecanciller Rodrigo Borgia, más ocupado por entonces en su querida prole legítima, unos niños que darían mucho que hablar como herederos del poder Borgia.