EL VATICANO BAJO AMENAZA FRANCESA
En 1494 surgió una terrible crisis entre Nápoles, los Estados Pontificios y la poderosa Francia. En la primavera de dicho año Alfonso II ocupaba el trono napolitano. Un suceso que, como es obvio, no pasó desapercibido ante los ojos franceses y menos para su flamante monarca Carlos VIII, quien vio en este acto, y en la alianza matrimonial que unía los intereses aragoneses a los vaticanos gracias al enlace entre Jofré Borgia y Sancha de Aragón, una agresión de alto calado para las aspiraciones galas en la península Itálica. El soberano francés, de natural impetuoso y heredero lejano de la casa de Anjou, ordenó a sus mejores mariscales que preparasen una invasión en toda regla de Italia. El propósito del ejército galo pasaba por realizar la invasión a través del norte italiano para posteriormente transitar las fronteras pontificias hasta culminar en Nápoles. Era un plan ambicioso y no exento de riesgo, pero si tenemos en cuenta que los franceses contaban con más de 50.000 efectivos bien pertrechados, una imparable caballería acorazada y la mejor artillería de la época con 104 piezas de campaña, otras 36 de asedio y más de doscientas bombardas, podemos decir que Carlos VIII, comandante en jefe de aquel contingente ofensivo, tenía algo más que argumentos teóricos para imaginar una victoria aplastante sobre sus debilitados enemigos. Este detalle no era ignorado por el astuto Alejandro VI, quien, en la esperanza de evitar semejante vendaval bélico, intentó que sus diplomáticos convenciesen al rey francés sobre la conveniencia de dirimir las cuitas napolitanas en un tribunal creado al efecto. Estos esfuerzos políticos fueron baldíos y en la propia Francia se barajó la posibilidad de organizar un concilio disidente que analizase de forma crítica la mismísima figura del papa Borgia, con lo que la sombra cismática de Aviñón comenzó a extenderse por el panorama convulso de la cristiandad. Lo peor para Alejandro VI en esta crisis vino cuando una suerte de cardenales francófilos, a cuya cabeza se situó el siempre conspiranoico Giuliano della Rovere, planteó su oposición frontal al gobierno del papa español. El propio Della Rovere abandonó los Estados Pontificios rumbo a Francia tras haber izado en su fortaleza de Ostia la bandera francesa. A estas deserciones cardenalicias que dejaban al pontífice prácticamente solo se sumaron a favor de los galos los apoyos tácitos de diferentes familias italianas como los Colonna romanos o los Sforza milaneses, con lo que napolitanos y pontificios quedaban a merced del imparable enemigo externo mientras sus pilares eran socavados por múltiples facciones opositoras del interior. No es de extrañar que Alejandro VI tuviera que recurrir a una necesaria alianza con España a fin de establecer la única defensa posible ante el ataque. Este conflicto sería a la postre definitivo para evitar la anhelada unión italiana que llegaría casi cuatro siglos más tarde. Pero, en ese momento, todo parecía conjurado para desatar el caos en aquel territorio sembrado de odio y venganza desde tiempos pretéritos. Baste comentar que esta invasión francesa supuso el inicio de la intervención bélica española en Nápoles con las famosas campañas protagonizadas por Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido popularmente como el Gran Capitán y catalogado el mejor militar europeo del momento. Dichas campañas acabaron en victoria española sobre los franceses, con lo que el flamante imperio español se aseguró la presencia en aquellas latitudes por casi tres siglos más.
Pero volviendo a los albores de esta severa crisis, digamos que el 14 de julio de 1494 Alejandro VI y Alfonso II se reunieron en el castillo de Tívoli a fin de trazar planes ante el inminente ataque francés. Les acompañaban dos mil jinetes e infantes con un testigo de excepción, encarnado en la figura de César Borgia vestido con la impedimenta de cardenal. En la reunión se acordó movilizar una escuadra naval bajo el mando de Federico de Aragón —hermano del monarca napolitano— con la misión de tomar al asalto la ciudad de Génova. Por otra parte, una fuerza terrestre capitaneada por Ferrandino —hijo del monarca napolitano— avanzaría sobre la región de la Romaña con el propósito de frenar la ofensiva francesa. Asimismo, se dispuso que los soberanos pontificio y napolitano se establecieran en el castillo vaticano de Sant Angelo, lugar elegido como centro de mando en aquella guerra tan difícil para ambos reinos. Todo parecía preparado para una tremenda sangría y Alfonso II animaba al papa para que excomulgara al agresor Carlos VIII, si bien Alejandro VI se mostró reticente en la adopción de la concluyente medida, ya que sabía que tarde o temprano tendría que negociar con el joven rey francés. Mientras tanto, en Francia, una vez fracasadas las iniciativas diplomáticas, se habían iniciado los preparativos para la invasión. En agosto de 1494 se reunieron en torno al soberano mariscales, generales y cardenales, entre los que se encontraba por supuesto el flamígero Giuliano della Rovere, quien no cesaba de alentar a Carlos VIII en aquel capítulo que él suponía decisivo para su inevitable entronización papal. El 2 de septiembre las tropas francesas irrumpían por el norte de Italia. Tres días más tarde tomaban sin oposición la ciudad de Turín y el 9 de dicho mes eran recibidas en la localidad de Asti por Ludovico el Moro, quien no reparó en fiestas y alharacas en el intento de agasajar al nuevo amo de la situación. En verdad, el Sforza sacó beneficio de esta guerra, pues a cambio de su lealtad recibió el ansiado ducado milanés tras haber fallecido su sobrino Galeazzo. Por otra parte, Venecia se declaró neutral a pesar de las peticiones vaticanas de ayuda a su causa, con lo que el ejército francés avanzaba por Italia como si fuera en marcha triunfal sin enemigos a la vista. En cuanto a la contienda por mar, ésta no pudo ser más negativa para los buques napolitanos, los cuales fueron echados a pique en las aguas toscanas de Rapallo facilitando la ocupación francesa de Génova en medio de un gran saqueo. Florencia no soportó la presión y en noviembre las masas instigadas por el dominico Girolamo de Savonarola expulsaban a los Medici, entregando la ciudad a Carlos VIII, quien era proclamado por el rebelde fraile «enviado de Dios y reformador de la Iglesia». Por tanto, el camino a Roma quedaba expedito para el ejército francés. Las tropas pontificio-napolitanas parapetadas en la Toscana se vieron forzadas al repliegue sobre la Ciudad Eterna, a fin de plantear la resistencia en torno al indefenso papa, el cual tuvo que esgrimir desde entonces sus mejores virtudes como hombre de Estado ante el vendaval que se cernía sobre él y el trono que representaba.
Mientras estos acontecimientos se desarrollaban, la familia Borgia procuraba mantenerse unida ante la adversidad. En mayo de 1494, Lucrecia Borgia viajó a Pésaro en compañía de Adriana Milá y Giulia Farnese. Los planes pasaban por que las tres mujeres regresasen a Roma durante el mes de julio dada la amenaza que se cernía sobre el papado. Pero en el caso de la bella Farnese esto se trastocó al enterarse de que uno de sus hermanos agonizaba tras cruel enfermedad en la localidad de Capodimonte. La joven no quiso desatender la obligación moral de cuidar a su hermano en sus últimos días, y con tal motivo retrasó su llegada a Roma un tiempo, justo el necesario para que la invasión francesa la sorprendiese lejos de la protección vaticana. Precisamente, el 29 de noviembre de 1494 fue capturada cuando regresaba a Roma escoltada por treinta jinetes que no pudieron enfrentarse a una columna francesa dirigida por el capitán Yves d'Allegre, quien trasladó a la ilustre rehén y a su acompañante Adriana Milá al castillo de Montefiascone, desde el cual, una vez informado Carlos VIII, se solicitó un rescate de tres mil ducados por la liberación de la muchacha y sus acompañantes. La noticia de la captura llegó rauda a la Ciudad Eterna, y una vez enterado el papa tardó poco en confiar la suma solicitada a Juan Marrades, uno de sus sirvientes de confianza, que cumplió con éxito la misión de recuperar a la preciada amante de Rodrigo Borgia.
En diciembre, la situación era opresiva para Alejandro VI y sus súbditos. El emperador alemán también le había negado cualquier tipo de ayuda y todo parecía abocado a la más absoluta tragedia. El propio papa había desestimado las encarecidas peticiones napolitanas de abandonar Roma a su suerte para protegerse en la fortaleza de Gaeta, un bastión sureño considerado más seguro. Pero a esas alturas el papa valenciano ya había decidido clavar su bandera en el Vaticano y si debía morir, esto sólo podría ser defendiendo in situ el trono para el que fue elegido dos años antes. Carlos VIII se sentía vencedor en aquella partida tan desigual y ahora anunciaba su entrada en Roma como un capítulo más de una fiesta en la que interpretaba el máximo papel otorgado a los figurantes. Lo que ignoraba el soberano galo es que la astucia de Alejandro VI aún iba a reportar grandes sorpresas en aquella trama más propia del teatro fingido que de la realidad.
En el mencionado mes de diciembre, la vanguardia del ejército francés hizo acto de presencia ante las murallas romanas. Desde las torres del castillo de Sant'Angelo el cada vez más solitario papa contempló con gesto sereno como las unidades de la orgullosa caballería gala se desplegaban con pintoresca parafernalia tomando las posiciones más estratégicas que dominaban la Ciudad de las Siete Colinas. En ese momento, el Borgia fue consciente de que sus súbditos no se enfrentarían a los invasores. De hecho, la práctica totalidad de las casas señoriales romanas pactaron con los franceses, siendo los Orsini los últimos en negociar con el enemigo. Estaba claro que nadie desenvainaría su espada para defender la Santa Sede y únicamente pequeños grupos de guardias españoles permanecían fieles al pontífice, custodiando los pasos clave del Vaticano, así como el último bastión del castillo de Sant'Angelo. Ante esta situación, el papa aceptó negociar con los franceses. La reunión se produjo en las estancias de la Capilla Sixtina y, tras escuchar lo que tenía que decir la embajada de Carlos VIII, el pontífice determinó que lo mejor para empezar a resolver aquel trance era disponer la salida de Roma de Alfonso II de Nápoles, al que después de una emotiva ceremonia invistió con el ducado de Calabria, proclamándole miembro de la Orden de Jerusalén. Después de esto, Alejandro VI se quedó solo ante sus oponentes con la única virtud de su talento para resolver aquel nudo político difícil de desenmarañar. Acto seguido aceptó las condiciones galas que le exigían el perdón para los cardenales rebeldes, con Giuliano della Rovere a la cabeza. Asimismo otorgó permiso formal al ejército francés para que transitara libre por los territorios pontificios hasta su objetivo final en Nápoles. A cambio consiguió de Carlos VIII que Roma sólo fuese ocupada en parte sin superar la orilla izquierda del río Tíber, lo que dejaba a salvo de las inminentes tropelías el reducto vaticano y el castillo de Sant'Angelo. Esto era, sin duda, una pequeña gran victoria para Alejandro VI, quien empezó a albergar fundadas esperanzas en la resolución del problema más grave al que tuvo que enfrentarse en su vida papal. El 31 de diciembre de 1494, las primeras formaciones francas entraron en Roma por la puerta del Popolo. La población civil les vitoreó con gran entusiasmo. De paso, algunos alborotadores pagados por la familia Colonna promovieron disturbios por las calles romanas con la intención de hacer ver al resto de la ciudadanía quiénes estaban ahora al mando de la situación.
Las tropas francesas quedaron acantonadas en la ciudad durante casi un mes. En estos días la soldadesca realizó terribles expolios en palacios, villas y casas aun de la más humilde condición. Los asesinatos y violaciones eran asunto cotidiano y pronto el sentir popular comenzó a exigir que se pusiese fin a semejante abuso. Cabe comentar, para nuestra historia, que la propia residencia de Vanozza Catanei fue saqueada el 8 de enero de 1495, noticia que un consternado César Borgia comunicó a su padre mientras éste se disponía a rubricar los acuerdos con Carlos VIII. Lo cierto es que la hecatombe prevista para los Estados Pontificios tan sólo tres meses antes se convertía ahora en escenario adornado por un razonable equilibrio de fuerzas. Alejandro VI, presionado por las armas francesas, tuvo que transigir en el perdón a los cardenales irredentos, la marcha del ejército invasor a Nápoles y en algunos detalles tales como la entrega de su hijo César a Carlos VIII en calidad de rehén amistoso durante cuatro meses, además de ceder la posesión de algunas fortalezas relevantes y la custodia del príncipe otomano Djem, hermano del sultán Bayaceto, por el que éste pagaba la bonita suma de 40.000 ducados a cambio de su estancia en el Vaticano. Frente a esto, ¿qué obtuvo Alejandro VI? En primer lugar, su permanencia como cabeza visible de la Iglesia, que no era poco, dado lo que se llegó a especular en Francia tan sólo seis meses atrás. En segundo orden obtuvo el reconocimiento del rey francés, quien aceptó el poder terreno y espiritual del papa, prometiendo su incorporación a una hipotética cruzada contra los turcos. Por otra parte, Alejandro consiguió, para alivio de sus subditos, que las tropas francesas abandonasen Roma, devolviendo al papa las llaves de la ciudad. Estos logros, que parecían imposibles a fines de 1494, eran ahora gozosa realidad gracias al talento conciliador del sumo pontífice, el cual no tardó en ser alabado por su pueblo libre al fin del yugo invasor. El 19 de enero de 1495, Carlos VIII escuchaba con devoción la misa oficiada por el Santo Padre. Al concluir la ceremonia ambos gobernantes se abrazaron con emoción. El soberano francés por entonces contaba veinticinco años de edad y su afán de gloria inmerso en un mundo lleno de frivolidad no le impedía ser consciente de aquel momento profundo protagonizado por él y por el hombre con mayor autoridad moral de la cristiandad, quien ahora le daba su especial bendición. En ese sentido, debemos decir que Alejandro VI fue generoso hasta el extremo en la concesión de dádivas, condecoraciones, homenajes... Al igual que hicieron otros grandes de la historia, siempre atentos a las pequeñas circunstancias que consiguen motivar acuerdos, protocolos o en este caso, la supervivencia de la mayor institución religiosa del mundo.
Con el forzoso beneplácito del papa, el ejército francés encaminó sus pasos hacia Nápoles. En ese trasiego se recibieron las airadas protestas de España por el comportamiento nefasto de los galos durante la campaña. Como hemos dicho, la futura guerra entre franceses y españoles estaba a punto de estallar. Además, el enérgico César Borgia no soportó por más tiempo su situación de prisionero y en cuanto se le presentó la oportunidad escapó del campamento francés, asunto que se interpretó como una traición del papa, si bien esta huida no fue más que una decisión personal del vástago Borgia. Finalmente, el 22 de febrero de 1495 los soldados de Carlos VIII entraban sin oposición en la ciudad de Nápoles. Previamente, el rey Alfonso II había abdicado en su hijo Ferrante II para posteriormente marchar al exilio en Sicilia, donde pretendía tomar los hábitos religiosos, aunque esto último no pudo ser, pues falleció ese mismo año de 1495 en la localidad de Messina. El propio hijo de Alfonso también tuvo que renunciar a su flamante corona ante la presión de las armas francesas y acabó recluido en una pequeña isla de la bahía napolitana. En consecuencia, Nápoles, reino ambicionado por Francia desde tiempos de los Anjou, pertenecía al fin a Carlos VIII, primo en vigésimo grado de la mencionada casa nobiliaria y que por tan nimio vínculo genético había organizado la invasión de Italia y puesto en peligro la monarquía vaticana.
Desde luego, el botín merecía la pena, pero su particular sueño italiano le iba a durar un breve espacio de tiempo, el suficiente hasta que desembarcasen en la punta de bota italiana los tercios españoles. Por cierto, como curiosidad médica apuntaremos que en estos meses de presencia francesa en Nápoles se cometieron abundantes tropelías sexuales, lo que al parecer desató una enfermedad conocida en aquel momento como el mal francés por los napolitanos o el mal napolitano por los franceses, y que comúnmente pasó a la historia con el nombre de sífilis, un terrible mal venéreo del que el propio César Borgia sería víctima.
Por su parte, Alejandro VI no perdió un minuto en preparar su especial vendetta contra Carlos VIII, quien, a pesar de proclamar a los cuatro vientos su rendida obediencia al papa, no por ello había dejado de poner en jaque a los Estados Pontificios, enseñoreándose a posteriori del reino napolitano, lo que le convertía de facto en enemigo de media Europa. El propio papa volvió a tejer el entramado de una liga santa contra el francés animando desde posiciones discretas a Venecia para que ocupase la cabeza visible de la magna empresa. La Serenísima aceptó el reto y pronto diferentes potencias como España, Alemania y la propia Inglaterra se sumaron a este esfuerzo. Por añadidura las otrora incondicionales francófilas Milán, Florencia y resto de las repúblicas italianas tornaron intenciones, apuntándose al vigoroso grupo de naciones aliadas contra Francia, lo que provocó a finales de marzo de 1495 que Carlos VIII y sus tropas, cada vez más menguadas en el sur de Italia, quedasen a merced de una inminente encerrona poco deseable para el sorprendido monarca galo.
El 1 de abril, César Borgia, al mando de su eficaz guardia española, masacró a decenas de mercenarios franceses que intentaban saquear iglesias y palacios romanos tal y como lo habían hecho en su primer paso por la ciudad. En esta ocasión las cosas no les fueron bien y el joven Borgia pudo vengarse en carne enemiga de todo el odio acumulado por la humillación sufrida a manos francesas. Lo cierto es que estos soldados, en esencia suizos y alemanes al servicio de Francia que regresaban a casa y que murieron en su totalidad perseguidos y descuartizados por las tropas vaticanas, fueron el primer aviso sobre lo que podía ocurrir al resto del contingente galo. Once días más tarde Alejandro VI, en una florida ceremonia, proclamaba la santa liga contra el francés, y el ejército aliado comenzó a preparar la guerra. Italia, todavía sin recuperarse de la tormenta bélica anterior, se disponía a ser nuevo campo de batalla donde se iban a batir los intereses de media Europa. Aunque en esta ocasión el trémulo Carlos VIII rehusó, dada su precaria situación, el enfrentamiento directo y preparó su contingente expedicionario para el regreso a casa, mientras entregaba al duque de Montpensier el control del reino conquistado.
A decir verdad, las cosas habían cambiado drásticamente en tan sólo cinco meses, y ahora Carlos VIII solicitaba hablar con el pontífice para mejorar sus delicadas relaciones. Pero en esta ocasión Alejandro VI no quiso parlamentar, y escoltado por 7.000 hombres abandonó Roma sabiendo que la baza decisiva la jugaba él en un tablero ajedrezado donde las piezas cambiaban de bando según soplara el viento del poder. Por tanto, a Carlos VIII no le quedó más opción que retroceder con los restos de su ejército, acosados por las tropas de la coalición. El 6 de julio, ambas formaciones chocaron con resultado incierto en la batalla de Fornovo. Al poco el rey francés consiguió escapar de su desastrosa aventura italiana atravesando los Alpes. Los resultados no habían sido desde luego los más adecuados. Las arcas francesas se encontraban muy mermadas por la empresa, miles de hombres sucumbieron en el empeño y en Nápoles las tropas del Gran Capitán deponían al virrey Montpensier para nuevamente instalar en el trono al rey Ferrante II, quien poco pudo saborear este oropel, pues falleció en 1496. La rúbrica a esta crisis internacional la puso, como es lógico, el papa Alejandro VI, y el 9 de agosto de 1495 enviaba una orgullosa bula a Francia en la que se decía entre otras cosas lo siguiente:
A nuestro queridísimo en Cristo, hijo nuestro Carlos cristianísimo rey de los franceses, a tus duques, barones, condes e ínclitos capitanes, a todos y cada uno de los que en Italia estén a sueldo tuyo, militando contigo, y a los otros que son tus secuaces o aliados, o que te dan auxilio y consejos o favores, invito a desistir de sus propósitos de guerra en Italia.
Este fragmento representa la voluntad de un hombre que supo resistir con estoicismo innato una avalancha que otro, seguramente, no hubiese soportado sin la magnífica preparación política y la sólida estructura mental de las que hacía gala Rodrigo Borgia. En el documento se explayaba a gusto contra los excesos cometidos por su súbdito moral, y tal fue el efecto producido por este documento, que muchos franceses reprobaron la actitud de su monarca en esa empresa caprichosa y, en definitiva, estéril. Sea como fuere, Carlos VIII salió perdedor de este conflicto y poco más pudo decir o hacer, pues falleció en abril de 1498 sin que su biografía pueda ser considerada la más luminosa de Francia.
En lo que se refiere a los Borgia, diremos que tras la salida de los franceses de Italia Lucrecia pudo finalmente regresar a Roma para abrir de nuevo su palacio de Santa Maria in Portico, mientras dilucidaba cómo serían sus años venideros en compañía de su marido, el inestable Giovanni Sforza, cuya familia engrosaba la lista de la traición a la Santa Sede ante el peligro francés. Por otro lado, César cobraba protagonismo dada su valentía ante los invasores y Juan permanecía a la expectativa desde España con la clara intención de regresar a Roma en cuanto fuese requerido por su padre para asumir el mando de los ejércitos pontificios, que estaban en absoluta reorganización. Finalmente, el joven Jofré seguía al lado de su fogosa Sancha de Aragón sin enterarse mucho o nada acerca de cómo transcurrían los acontecimientos a su alrededor. En resumen, una vez superado el trance de la invasión francesa, todo hacía ver que el reforzado Alejandro VI gozaría de un tiempo dominado por la estabilidad. Sin embargo, su reinado no estaba llamado a navegar por mares tranquilos y pronto surgieron nuevas intrigas y despechos que alteraron sensiblemente los aconteceres de la Santa Sede en aquellos años finales de siglo XV.