FABULADA CARTA DE UN PAPA MORIBUNDO
Yo, Rodrigo Borgia, consagrado papa Alejandro VI, sumo pontífice de Roma y vicario de Cristo en la tierra, estoy a punto de comparecer ante el Sumo Hacedor. Mi agonía se prolonga con tal exceso, que en ocasiones despeja el camino que conduce mi entendimiento mortal, dejando libre el corazón, atormentado por el dolor, físico y espantoso. Mi alma se agita convulsa ante la desesperación provocada por el mal intangible que se adueña de mi cuerpo. Mis ojos endurecidos por la enfermedad intentan escapar de mi rostro. Hace días que dejé de sentir las extremidades. Mi lengua, apéndice húmedo del que obtuve tanta satisfacción en prodigiosos discursos o en íntimas reuniones, es ahora un pedazo de carne inservible y grotesco. Apenas puedo moverme del lecho y tan sólo consigo, en lentos y dolorosos trasiegos, acercarme al reclinatorio en el que rezo por el futuro incierto que le espera a mi familia. Sí, precisamente ellos, mis adorados hijos, centro permanente de desvelos y alteraciones, símbolo vivo del poder Borgia, y que ahora llorarán desconsolados por la pérdida del padre que tanto les quiso. Hora es de ponerme a bien con Aquel que me eligió para tan digno laborar; hora es de alzar mi espíritu hasta los cielos y olvidarme con ello de la tortura terrenal. Poco importa ya mi deambular por el mundo de los humanos, y únicamente ansío la liberación del cuerpo a fin de paliar la terrible zozobra física a la que me veo sometido por culpa de una mente negra. El hedor que desprendo y que mis cardenales disimulan con escaso éxito invade la estancia que contempla mi declive. Estoy hinchado como un buey arrojado al Tíber y sé que todos esperan la muerte del papa de un momento a otro. En mi cabeza se aglutinan sensaciones, imágenes, recuerdos... ¡Ay, Dios! Cuán efímera es la existencia, y más breves aún sus instantes gozosos. Cuánto sufrimiento para alcanzar el poder, y con qué presteza se evapora una vez logrado. ¿Mereció la pena este empeño? ¿Serán los Borgia respetados tras mi óbito? ¿Cómo me recordará la historia?
Mi único deseo es que el trascender de los siglos no deforme este capítulo insignificante para el acontecer humano pero que, al fin y al cabo, condicionó mi vida. Tan sólo anhelo que la memoria de los Borgia sea evocada con la dignidad y honor de los que hicimos gala durante nuestro tiempo, aunque sé fehacientemente que esto no será así y que mis enemigos se esforzarán hasta el más mínimo detalle por tergiversar, trastocar y confundir a las generaciones venideras. Pero también estoy convencido de que, tarde o temprano, nuestra gloria sepultada resurgirá, y será entonces cuando se vigorice nuestro mensaje de esplendor, el mismo por el que se hablará de nosotros en las centurias que aún están por llegar. Hoy, 18 de agosto de 1503, entrego mi alma a Dios con la paz de aquel que ha culminado la obra encomendada. A El dejo, en Su infinita bondad, mi destino en el Reino que estoy a punto de conocer. No fui peor que otros e intenté transmitir un legado digno a mis sucesores. Ahora, llegado este momento decisivo, dejo que mi espíritu trascienda. Sólo quiero descansar, sólo descansar, mientras rememoro con la última lucidez mi vida, la vida de un Borgia.