UN AÑO DECISIVO

El año de 1492 quedará sembrado para la historia de grandes y trascendentales episodios. Acaso el principal de ellos fue el del descubrimiento oficial de América, con la consiguiente proyección universal de la flamante corona española, en la concepción de la cual, como ya sabemos, Rodrigo Borgia tuvo tanto que ver. En lo que respecta al veterano cardenal, esta fecha fue desde luego la más recordada de su biografía, pues accedió, tras paciente espera, al ansiado solio pontificio. En realidad, para el ilustre valenciano la llegada al papado fue la meta final de una larga y consolidada carrera eclesiástica en la que consiguió ser mano derecha y eficaz asesor de nada menos que cinco papas. Ahora, tras la muerte de Inocencio VIII, el eterno vicecanciller, que ya contaba sesenta y un años de edad, no quiso esperar más tiempo ni desvelar cómo serían las incógnitas de un nuevo pontífice en su vida, por lo que se lanzó sin ambages a la conquista de un trono para el que estaba preparado y más que cualificado. Todo esto a sabiendas de que la asunción de este poder absoluto y las decisiones que tendría que tomar le granjearían un sinfín de envidias enemigas que a la postre supondrían el desencadenamiento de la famosa leyenda negra que rodeó a los Borgia. Pero a buen seguro que Rodrigo sopesó pros y contras del horizonte que se abría para él y su dinastía, y el resultado del análisis debió de convencerle, pues tras el fallecimiento de Inocencio VIII, acontecido el 25 de julio de 1492, inició su particular carrera para hacerse con la máxima dignidad de la Santa Sede. Como era costumbre, la muerte del papa desató en el interregno toda suerte de algaradas y protestas públicas por parte de un pueblo siempre enojado con sus corruptos gobernantes teocráticos. Cardenales, obispos y clérigos relevantes se parapetaron en sus fortalezas y palacios del Borgo y del Ponte. El propio vicecanciller se tuvo que reunir con diferentes representantes del pueblo romano a los que prometió la concesión de algunas exigencias formuladas al calor del evidente debilitamiento pontificio. Lo cierto es que cada vez que fallecía un papa todo el mundo intentaba obtener justo beneficio del caos, y para esto nadie mejor que Rodrigo Borgia, un hombre avezado en estas lides después de haber vivido tan de cerca cinco exequias pertenecientes a otros tantos vicarios de Cristo en la tierra. Al fin, calmada la plebe y enterrado el papa con el ritual preceptivo, el colegio cardenalicio se pudo reunir con aparente tranquilidad. Fue un cónclave extraño que ha pasado a la historia como ejemplo de escandalosa simonía, aunque en realidad no fue muy distinto a otros anteriores y posteriores en los que prevalecieron intereses más mundanos que celestiales. Recordemos que cada vez que se elegía a un nuevo sumo pontífice concurrían a las reuniones del cónclave de príncipes electores todas las vertientes del poder encarnadas en monarcas poderosos, familias influyentes e incluso cardenales de patrimonio elevado con aspiraciones a lo máximo. Nadie reparaba en gastos a la hora de proyectar a su candidato. Reyes que pretendían papas afines que levantasen la mano en guerras expansionistas o imposición de tributos exagerados, clanes que ambicionaban colocar a uno de los suyos en el trono de Pedro con el fin que podemos intuir y prebostes eclesiásticos instalados en la dulzura del cargo que soñaban, por qué no, con las mieles de aquel que alcanza la cúspide de su carrera. Sea como fuere, estas cuestiones tan crematísticas solapaban los verdaderos fundamentos de la Iglesia católica, basados en el amor al prójimo, la caridad con el necesitado y la entrega sin interés a las verdaderas cuestiones de la fe cristiana. Y, como ya hemos apuntado, los papas de esta época histórica se caracterizaron más por su visión terrena de las cosas que por su pretendido mando sobrenatural, otorgado desde los cielos para hacer el bien en este valle de lágrimas asolado por la guerra, el hambre o la enfermedad.

En el caso de Rodrigo Borgia, no podemos asegurar que pretendiera desde el principio acceder a la cabeza de la Santa Sede. Fueron acontecimientos y reuniones posteriores los que le abrieron camino en esta sinuosa elección papal, donde se jugaban diferentes bazas pertenecientes a las más variadas posiciones ideológicas. Al fin, el 6 de agosto de 1492 se pudo reunir el cónclave con asistencia de 23 de los 27 miembros del sacro colegio cardenalicio. Curiosamente faltaban los dos cardenales españoles: Luis Juan de Milá y Borja —primo de Rodrigo— y don Pedro González de Mendoza. Asimismo, tampoco hicieron acto de presencia los dos prelados franceses, André Spinay y Pierre d'Aubusson. Esto nos da una pista sobre las primigenias pretensiones de Rodrigo Borgia, pues si en verdad quería ser el nuevo pontífice, ¿por qué no mandó llamar a los cardenales hispanos durante la agonía de Inocencio VIII? Es difícil precisarlo, pero a nadie escapa que estos dos votos hubiesen sido primordiales para una elección rápida y favorable de Rodrigo Borgia. Por otra parte, ocho de los congregados y uno de los ausentes provenían del nepotismo más flagrante, ya que eran sobrinos ungidos por papas anteriores: tres de Pablo II, tres de Sixto IV, uno de Inocencio VIII y dos de Calixto III —el mencionado Luis Juan de Milá y el propio Rodrigo Borgia—. La lista de electores se completaba con miembros representativos de las más ilustres familias italianas y un único foráneo, el cardenal portugués Costa, con lo que los inminentes debates se planteaban más que ardorosos. En todo caso, la figura de Rodrigo Borgia no era en principio una de las favoritas para triunfar en aquel cónclave cuajado de Sforza, Medici, Colonna, Orsini... Por añadidura, el valenciano perdía puntos al ser considerado extranjero en un monopolio religioso más confiado en sostener el poder en nombres de rancia tradición italiana tras el susto de Aviñón. El primer papable que quedó descartado fue, no obstante, el cardenal napolitano Oliviero Carafa. En las siguientes discusiones comenzaron a destacar Giuliano della Rovere —sobrino de Sixto IV— y Ascanio Sforza, este último muy apoyado por el vicecanciller Borgia y por los votos que él controlaba. Por su parte, el cardenal Della Rovere recibía la inestimable ayuda de Francia, Génova y Nápoles, cuyas fuerzas militares habían tomado posiciones en los arrabales romanos en previsión de cualquier acontecimiento poco ventajoso para su causa. Era de hecho una descarada medida de presión sobre los demás, de la que esperaban obtener un magnífico fruto. En cuanto al candidato Sforza, seguramente su poderoso apellido y la hegemonía de su clan en Milán impidieron que su vigor, elegancia y porte sobresaliesen por encima de otras cuestiones, y el resto de los príncipes temerosos de los milaneses comenzaron a desestimar esta opción. Fue entonces cuando el Sforza se dio cuenta de su dificultad para avanzar y volcó sus votos a favor de quien le había ayudado desde el principio, y éste no era otro que Rodrigo Borgia, quien a mitad del cónclave empezó a perfilarse como un serio rival frente a Giuliano della Rovere. Sin embargo, no se puede afirmar que las cosas fueran fáciles para el Borgia, pues, como ya hemos apuntado, era extranjero y estaba considerado fuerte enemigo de franceses, venecianos, florentinos y napolitanos. El propio rey Ferrante de Nápoles llegó a comentar que la elección del Borgia sería una catástrofe para su reino. Aun así, la candidatura de Rodrigo siguió prosperando en las reuniones del cónclave. Poco a poco, su poder de convicción y las promesas de riquezas y cargos para los electores incubaron en el alma de aquéllos una presunta necesidad de elegir al más adecuado entre sus iguales, y éste fue el vicecanciller Rodrigo Borgia, quien tras una votación unánime, incluido el voto del propio Giuliano della Rovere, fue elegido para ser el nuevo sucesor de San Pedro. Era la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1492.

El sistema tradicional imperante obligaba al electo a repartir sus bienes entre sus colegas a su propio criterio, pues debía entrar en la Santa Sede pobre e inmaculado. Lo cual impulsaba a los candidatos a realizar grandes promesas económicas a cambio de los necesarios votos. Tras la victoria de Rodrigo, se empezaron a propagar los pormenores y secretos de las cinco extenuantes jornadas. Fueron, precisamente, los enviados especiales y los embajadores quienes revelaron las promesas efectuadas por el flamante pontífice a sus votantes. Por ejemplo, se supo de inmediato que antes de que los cardenales entraran en la clausura del cónclave fueron vistas cuatro muías cargadas de plata saliendo del palacio Borgia en dirección a la plaza Navona, domicilio de monseñor Ascanio Sforza. Más tarde se concretaron otros acuerdos y por ellos se entregaron al cardenal Orsini los castillos de Monticelli y de Soriano, así como 20.000 ducados; al cardenal Savelli, la iglesia de Santa María la Mayor y 30.000 ducados; al cardenal de Sant Angelo, el obispado de Porto; al cardenal de Genova, la iglesia de Santa Maria in Via Lata; al propio cardenal Della Rovere, el castillo de Ronciglione y diversos beneficios y cargos; y al cardenal Sforza, el puesto de vicecanciller de la Santa Iglesia. Se supo así que el hermano del duque de Milán se habría instituido en gran elector del futuro papa a cambio de la promesa de la cancillería vaticana y de su palacio, el castillo de Nepi y la iglesia de Eger en Hungría, que tenía un rendimiento de 10.000 ducados al año. Como vemos, la obtención de la máxima dignidad católica le supuso a Rodrigo Borgia un desembolso enorme que no tardaría en reponer, gracias, en buena parte, a las concesiones depositadas en sus hijos.

Otros documentos de la época aseguran, en cambio, que se habían depositado 200.000 ducados de oro en una banca romana, a petición del rey de Francia, para asegurar la elección de Giuliano della Rovere. Era mucho más que todo lo que Rodrigo poseía; en todo caso y de ser cierto, este esfuerzo francés se reveló estéril.

Al alba del sábado 11 de agosto, la plaza de San Pedro se vio cubierta por un delicado manto lluvioso, bajo un cielo gris surcado por rayos. Lentamente, los escasos romanos que se habían dado cita a la espera de noticias comprobaron como empezaron a caer los ladrillos que tapiaban la ventana que protegía el cónclave. Cuando ésta se abrió apareció una cruz portada por un prelado, el cual elevó su voz con solemnidad pronunciando la consabida fórmula ritual: «.Nuncio vobis quadium magnum: pontificem habemus». Según se cuenta, Rodrigo Borgia, presa del entusiasmo, comenzó a agitarse de forma enérgica, recorriendo los pasillos vaticanos al grito de: «¡Soy papa, soy papa, el pontífice, el vicario de Cristo!», lo que nos hace sospechar que ni siquiera él confiaba en su elección al principio del cónclave, y de ahí esta inesperada reacción, más propia de un juvenil que de un maduro y experimentado dirigente eclesiástico. A hombros del robusto cardenal Severino, el nuevo papa se presentó entonces ante el pueblo, siendo proclamado sucesor del apóstol San Pedro con el nombre de Alejandro VI. Hacía el número 214 en la nómina papal. Las reacciones de los contemporáneos fueron entusiastas y alabaron sin tapujos su inmejorable presencia física sumada a su más que probada inteligencia, lo que auguraba un magnífico papado. Nadie, por entonces, osó recordarle, como se había hecho con otros, que era padre de una numerosa prole, ignoramos por qué, cuando esto era un asunto mal visto entre los que aspiraban al solio pontificio, pero sospechamos que Rodrigo cuidó este detalle hasta conseguir crear neblina suficiente para tapar el origen de sus presuntos vástagos. Y a fe que aún hoy en día hay quien piensa que la descendencia de Rodrigo habría que situarla entre sobrinos y tutelados y no hijos de línea directa. Sea como fuere, la proclamación de Alejandro VI sentó muy bien en el mundo católico. Por ejemplo, en Milán se celebró el acontecimiento con fiestas y repique de campanas, al igual que en otras ciudades italianas como Florencia o Siena, mientras que en España la noticia fue recibida con una explosión de alegría y, en general, no se escucharon más que loas en las cancillerías de la Europa cristiana.

El 16 de agosto se completó la liturgia papal coronando a Rodrigo con el nombre de Alejandro VI. Algunos investigadores sostienen que eligió dicha gracia para igualarse al griego Alejandro Magno. Aunque otros afirman que dicha decisión obedece a la voluntad de Rodrigo de parecerse a Alejandro III (1159-1181), el papa que obligó al emperador Federico Barbarroja a respetar la Iglesia romana.

Fueron, desde luego, días en los que el alborozo y el júbilo se convirtieron en protagonistas de las calles en la Eterna Ciudad de las Siete Colinas. Roma nunca antes había visto unos festejos de coronación papal como los que se organizaron con ocasión de la ascensión del cuarto pontífice español. La ciudad permanecía engalanada, mientras miles de curiosos y visitantes contemplaban bajo el sofocante calor la comitiva que trasladaba al recién ungido desde San Pedro hasta San Juan de Letrán.

Coronación del papa Alejandro VI, por Pinturicchio (1454-1513).

Rodrigo Borgia, tras ocupar la vicecancillería del Vaticano bajo cinco papas, se convirtió en sumo pontífice en 1492, uno de los años decisivos en la historia universal y especialmente importante para España.

A estas alturas, algún lector se puede preguntar si los hijos de Rodrigo asistieron a estas celebraciones. La respuesta es negativa, pues el propio Borgia se encargó personalmente de evitar una escena familiar que perturbase su día más importante en la tierra. Incluso César Borgia, que por entonces se encontraba en la ciudad de Pisa terminando sus estudios teológicos, fue advertido por algunos heraldos de que no cabalgase hacia Roma para reunirse con su progenitor y que más bien buscase refugio en la plaza de Spoleto a la espera de noticias. En cuanto a los demás, diremos que en esas jornadas fueron enviados a lugares discretos donde pasar este momento decisivo para su padre.

Pero volviendo a la ceremonia de proclamación, hay que decir que toda la ciudadanía romana se volcó por entero en ese día luminoso, más propio, según algunos cronistas, de la Roma pagana e imperial que del siglo XV. Desde el Vaticano, el elegante cortejo se dirigió a la vecina catedral de San Pedro, donde fueron admitidos los canónigos a besarle el pie y los cardenales le renovaron su adoración, mientras el nuevo pontífice permanecía sentado en su silla de oro. Después de una misa y de su rezo personal, en el que invocó el auxilio divino, fue coronado por el primer cardenal diácono Francesco Todeschini-Piccolomini, sobrino de Pío II, que sucedería al propio Rodrigo con el nombre de Pío III en uno de los papados más cortos de la historia. Desde San Pedro, la comitiva se dirigió lentamente a la iglesia de San Juan de Letrán, pasando por el castillo de Sant'Angelo, cerca del cual la colonia judía de Roma le rindió el tradicional homenaje. El conde de Pitigliano precedía a los portadores del Santo Sacramento y dos cardenales de la cámara apostólica, junto con el conde Della Mirandola, enarbolaban el estandarte papal, cuyo resplandeciente blasón —el buey bermejo de los Borgia con tres bandas de azul sobre campo de oro— se repetía en las fachadas de las viviendas romanas y de los arcos de triunfo, así como el símbolo de las llaves. Después de tres largas horas de ceremonia de coronación, el desfile papal llegó a San Juan de Letrán, antigua residencia de los papas y sede episcopal de Roma. El día resultó agotador para el flamante Alejandro VI, quien había acumulado cansancio suficiente en el último mes para derribar diez hombres. Finalmente, la extenuación hizo presa del pontífice y cuando se encontraba en las inmediaciones de la catedral de San Juan de Letrán, no pudo más y se desplomó en redondo ante el sobresalto de prelados y fieles, los cuales, alarmados por la salud del papa, profirieron gritos de lamento en medio de una terrible polvareda que a buen seguro causó estragos entre los humildes peregrinos de aquella jornada. Por suerte, el nuevo soberano de la Iglesia católica sólo sufrió un leve desvanecimiento. El propio cardenal Riario, que se encontraba a su lado, le recogió en sus brazos dándole una primera asistencia. Segundos más tarde, unos improvisados aguadores rociaron con el líquido elemento la cara del papa hasta que éste se recuperó lo suficiente para proseguir con los actos ceremoniales, que concluyeron sin mayores alteraciones. La noticia sobre la proclamación de Alejandro VI llegó a Valencia el 20 de agosto. Como es lógico, la nueva despertó una enorme ilusión entre los habitantes de la capital mediterránea, donde las campanas de la Seo repicaron sin interrupción y los valencianos salieron a las calles en procesión para cantar el Te Deum como gesto de homenaje hacia el valenciano más ilustre del momento. Obviamente, Játiva —localidad natal de Rodrigo— también se sumó a la explosión de alegría y sus gentes se reunieron en la plaza del pueblo para desde allí anunciar el orgullo que sentían hacia su querido paisano. Asimismo, los Borja, que seguían residiendo tanto en Játiva como en Valencia, recibieron múltiples muestras de reconocimiento y admiración. No en vano eran familiares del hombre más poderoso del orbe católico.