EL ASESINATO DEL DUQUE DE BISCEGLIE

En el verano de 1500, Lucrecia completaba dos años de felicidad en compañía de su esposo e hijo. La suerte parecía venir de cara para la bella duquesa, la cual albergaba la secreta esperanza de haber encontrado para siempre su lugar bajo el sol. Pero los Borgia no serían los Borgia sin su leyenda negra y, en ese sentido, la hija del papa español fue la más acosada por la desgracia. El 15 de julio de dicho año, Alfonso de Aragón regresaba a su palacio acompañado por dos servidores tras haber disfrutado de una cena organizada por Alejandro VI en el Vaticano. Según parece, el pequeño grupo se topó bruscamente con unos supuestos menesterosos que resultaron ser agresivos atacantes. La escena transcurrió en las escalinatas de la propia iglesia de San Pedro y los en apariencia mendigos, sin mediar palabra alguna —que sepamos—, extrajeron por sorpresa de sus ajironados ropajes sendas dagas con las que hirieron gravemente al noble en la cabeza y demás partes de su cuerpo. Sólo la valiente acción defensiva de Tommaso Albanese, uno de los escoltas del duque, logró evitar una más que segura muerte allí mismo. Según reza en la leyenda borgiana, cuarenta jinetes cuyos rostros se encontraban enmascarados dieron protección a los sicarios en su huida al amparo de la noche, aunque se nos antoja complicado que tanto caballo pudiese pasar inadvertido ante la cercana vigilancia de los soldados vaticanos que hacían guardia a pocos metros del lugar donde ocurrieron los hechos.

Algunos inscriben el atentado contra Alfonso de Aragón en el mismo capítulo de los irresolubles misterios que rodearon a los Borgia, y no falta quien lo asocie con la enigmática muerte del segundo duque de Gandía. Los más prefieren apuntar como culpable al mismísimo César Borgia, acaso molesto con la presencia del napolitano en la corte vaticana, o incluso celoso por el amor que su hermana demostraba hacia su bello marido. Sea como fuere, en esta historia incógnita concurren diversas hipótesis, que dados los aconteceres conspiranoicos de esta época no conviene menospreciar. Posiblemente la versión más consolidada sea la que acusa al flamante gonfalonero vaticano, pues no olvidemos que el duque Valentino se sentía por entonces más francés que otra cosa y no veía con buen talante que los napolitanos prosperasen en un contexto preparado para ser de dominio de los Borgia. En ese sentido, Alfonso se constituía en personaje tan molesto como su hermana Sancha, la cual seguía siendo amante de César, si bien su frívolo descaro la convertía en otro personaje candidato a ser suprimido de aquel cuadro de conjuras. Por otra parte, no podemos despreciar la hipotética intervención de los clanes rivales de los Borgia. En ese momento, Colonna y Orsini ocupaban la primera línea en el odio profesado hacia los valencianos, aunque los primeros se encontraban muy unidos a los intereses napolitanos, por lo que serían los segundos probables instigadores de un asesinato perpetrado con la intención de hacer todo el daño posible a la familia del papa. Ya en el asesinato de Juan Borgia se especuló que los Orsini bien pudieran ser artífices del homicidio, pero no se pudo verificar dicha acusación. Finalmente, nos resta la versión menos poética: que fueran en realidad simples pordioseros con ánimo de robar a un rico aristócrata. En ocasiones los investigadores policiales más acreditados nos han enseñado que no debemos ofuscarnos con las hipótesis enrevesadas, y que más bien debemos aplicar la sencilla lógica en la resolución de estos casos tan en apariencia complicados.

Sea como fuere, el duque de Bisceglie no murió de inmediato en esta inicial intentona de acabar con su vida. Su malherido cuerpo fue trasladado por orden del papa a unas estancias sitas en la Torre Nueva que daba a los jardines de San Pedro, justo un piso por encima de los apartamentos privados de Alejandro VI. La alevosa agresión contra Alfonso causó gran revuelo y la consiguiente alarma general por entenderse que aquello representaba un golpe directo a la Santa Sede. El propio pontífice dio instrucciones a su hijo César para que redoblase la guardia en los puntos neurálgicos de la ciudadela vaticana. Y nada menos que dieciséis soldados fueron encargados de velar por la seguridad del dolorido moribundo, quien presentaba un aspecto lamentable, con su cráneo abierto y con múltiples heridas cortantes en el pecho, brazos, costado y piernas. A los pies de su lecho quedaron permanentemente las angustiadas Lucrecia y Sancha. Las dos jóvenes cuidaron de forma conmovedora a su querido Alfonso, el cual, dada su fortaleza física, logró superar el trance de los primeros días gracias, no sólo a los desvelos de su esposa y hermana, sino también al magnífico cuidado de los galenos enviados por el papa, la familia Colonna y el reino de Nápoles.

Acceso principal a los aposentos de los Borgia en Roma. La familia valenciana de los Borja participó, desde Roma, en los hechos decisivos que transformaron Europa durante el Renacimiento.

Todo hacía ver que el duque podría recuperarse de sus heridas. Sin embargo, el 18 de agosto, poco más de un mes después del incidente, Alfonso de Aragón murió repentinamente. Y es aquí donde vuelven a surgir las dudas sobre su fallecimiento. Unos dijeron que fue César quien ordenó rematar la faena concebida por su truculenta mente, encargando esta triste misión a Miguel Corella, un hombre leal a su señor Borgia y de absoluta confianza en la comisión de delitos que pudiesen beneficiar a la familia de Alejandro VI. Otros sostienen que el napolitano sucumbió por los estragos ocasionados en su cuerpo a causa de las infecciones y la abusiva pérdida de sangre, sin que interviniera ninguna circunstancia ajena a ese episodio. La verdad es que a Lucrecia le comunicaron que su amado cónyuge se había ido de este mundo víctima de una convulsión que le provocó a su vez una violenta caída de la cama donde reposaba. Todos dieron el suceso por zanjado y, dados los calores estivales, se aceleraron los trámites para enterrar el cuerpo del duque, cuyo disfrute en la tierra tan sólo se pudo prolongar diecinueve escasos años, dos de ellos compartidos en absoluta gracia con la ahora doliente Lucrecia Borgia. El sepelio y la posterior sepultura del cadáver se dieron en la iglesia de Santa María de las Fiebres, con el oficio dirigido por el arzobispo de Cosenza, Francesco Borgia, otro pariente del clan español que ejercía oficio de tesorero en la corte vaticana. El 25 de agosto, Alejandro VI encabezó una procesión solemne hacia Santa Maria del Popolo con el propósito de rendir un último homenaje a la figura de su yerno desaparecido. Eran tiempos de jubileo en el Vaticano y no fue difícil que se sumaran miles de peregrinos al cortejo funerario, en cuya vanguardia iba también un circunspecto César Borgia, quien dio visibles muestras de estar afligido. Lo que ignoramos es si este alarde sentimental era fingido o no. Por su parte, Lucrecia aceptó de su padre la sugerencia de viajar a la ciudad de Nepi con el propósito de intentar mitigar la pena que invadía su desolado corazón. A estas alturas, contaba veinte años de edad y tres matrimonios frustrados, en gran medida por la política de Estado. En Nepi, la bella Borgia pasaría un tiempo en compañía de su pequeño hijo Rodrigo hasta conocer el nuevo destino que su familia había designado para ella. Lucrecia era ciertamente la más sufrida en esta tragedia italiana.