DE CARDENAL A DUQUE

La muerte de Juan Borgia en extrañas circunstancias generó una difícil incógnita sobre qué decisiones adoptaría desde entonces Alejandro VI en la búsqueda de un hombre con intachable reputación militar al que poner en el gobierno de las desmoralizadas tropas vaticanas. El más claro aspirante era César Borgia. Él mismo abanderaba su propia candidatura a ocupar el puesto de gonfalonero en detrimento de otros pretendientes como su hermano Jofré, a quien Alejandro VI había descartado de inmediato dada la debilidad manifiesta de carácter que su hijo menor había acreditado. El Santo Padre no ocultaba el ilusionado anhelo de instaurar en el Vaticano su particular dinastía de papas bajo el apellido Borgia. Sin embargo, su hijo César no había sido llamado a los caminos de la vocación religiosa y, a pesar de haber asumido desde joven lo que su progenitor escogió para él, siempre mostró mayor querencia por los asuntos terrenos que por las cuestiones de la fe. Ya en sus tiempos de adolescencia dio claros síntomas de ambición mundana, lo que no le impidió destacar como buen estudiante universitario y consumado políglota, ya que llegó a dominar con solvencia cinco idiomas que le permitieron ser adelantado en las múltiples relaciones diplomáticas tan necesarias en aquel conglomerado internacional.

El más descollante de los Borgia tuvo una posición más que discreta hasta el fallecimiento de su hermano mayor en 1497. En dicho año, César ni siquiera había cumplido los veintidós años de edad, pero venía soportando desde tiempo atrás las pesadas obligaciones de sus numerosos e impuestos cargos eclesiásticos. Desde luego que el fogoso muchacho se sentía llamado para otras metas y su rabiosa juventud le impelía a protagonizar acciones heroicas para mayor gloria de su escudo heráldico. César sentía fascinación por la guerra y soñaba con dirigir ejércitos contra los enemigos de su causa, arrebatándoles cuantas tierras se le antojasen en un capítulo de grandeza creciente para los todopoderosos Borgia. El 24 de diciembre de 1497, Alejandro VI dejó entrever que seguramente su ahora hijo mayor era el más aconsejable para ocupar la dirección de los ejércitos del papa. Dicho reconocimiento tiraba por tierra la esperanza de ver a un miembro de su familia ocupando algún día el trono de San Pedro, pero César era la única baza real que le quedaba a un sumo pontífice instalado en el nepotismo más clasista, lo que le impedía pensar en alguien externo a su clan para asumir aquel importante grado castrense. César fue informado ese mismo día de lo comentado por su padre y no pudo por menos que expresar la alegría sentida por la decisión de su progenitor.

Aun así, las semanas comenzaron a sucederse en el primer trimestre de 1498 sin que el Santo Padre se pronunciase nuevamente sobre lo que todos estaban esperando. En realidad fue como si Alejandro VI aguardara una señal divina para tomar la trascendental decisión. Ésta llegó en abril de ese año, con los fallecimientos en el mismo día de dos molestos enemigos, Savonarola y Carlos VIII de Francia. Los óbitos no alegraron especialmente al papa, aunque suponemos que respiró aliviado al verse libre de los que habían sido los principales problemas para el Estado pontificio en los últimos tiempos.

Carlos VIII fue sucedido en el trono por Luis XII (14621515), un monarca que retomó la vieja pretensión francesa sobre Milán y Nápoles, si bien antes necesitaba solucionar la integración definitiva en su reino de la región bretona, asunto sujeto con alfileres gracias al enlace de su antecesor con Ana de Bretaña. El rey Luis estaba casado con Juana de Valois, mujer que gozaba de algunas virtudes, pero no precisamente las de poseer un cuerpo perfecto ni una belleza sublime; tampoco eran necesarios dichos dones para la razón de Estado. Sea como fuere, el soberano galo necesitaba con urgencia disolver su matrimonio para organizar otro raudo con la bretona a fin de asegurar el señorío de Francia sobre dicha geografía tan estratégica desde los tiempos de la Guerra de los Cien Años. En realidad, lo que Luis XII precisaba del papado era una acción moral que le permitiese ajustar la boda adecuada para garantizar la unidad territorial francesa. Por su parte, Alejandro VI no estaba dispuesto a consentir un estrago similar al que le habían causado las tropas invasoras de Carlos VIII. Estaba claro que los franceses no olvidaban el sueño italiano y el propio Luis asumió en su coronación regia celebrada en la catedral de Reims el ducado de Milán y el reino de Nápoles como propiedades pertenecientes a Francia. El propio Alejandro VI, conocedor de estas intenciones y previendo lo que se podía abatir sobre Italia, optó en esta ocasión por la prudente estrategia de la negociación, y no dudó en enviar embajadores al país galo para iniciar las conversaciones sobre protocolos que beneficiasen a ambas partes. El Vaticano no se quedaría solo y a merced de los enemigos como cuatro años antes, y la alianza con el otrora rival francés se antojaba lo más recomendable en aquel contexto de inminente contienda bélica. El cruce de embajadas dejó patente que las monarquías francesa y pontificia se mostraban en esencia dispuestas a rubricar acuerdos de entendimiento en los que el papa se lavaría las manos ante una futura anexión francesa del Milanesado, siempre que los territorios vasallos de la Santa Sede fuesen respetados. Por otra parte, Luis XII sugirió que sólo trataría la cuestión napolitana mediante intercesión vaticana, lo que rebajó ostensiblemente la presión sobre el sur italiano.

Pero Alejandro VI, gran experto en el manejo de las cuestiones políticas internacionales, vio en estas conversaciones una gran oportunidad para la proyección definitiva de su hijo César, quien en aquella primavera de 1498 ya no evitaba comentar su malestar por el silencio de su padre ante su petición de abandonar el capelo cardenalicio. Finalmente, la situación con Francia posibilitó este definitivo paso en su vida y el Santo Padre consintió que su vástago abandonase los oficios para los que se había preparado desde pequeño, dispuesto a entrar con oropel y boato en la gran historia universal. El 17 de agosto de 1498, César Borgia comparecía ante un consistorio de cardenales convocado por su progenitor. El soberbio príncipe ceñía las vestimentas purpuradas del cardenalato y sin perder un instante se dirigió a los congregados para declarar que jamás había albergado en su interior vocación religiosa alguna, abrazando el sacerdocio contra su voluntad. Reconoció además que la dignidad que ostentaba, así como los cargos que le había confiado Su Santidad, resultaban incompatibles con el estilo de vida que él desarrollaba. Finalmente argumentó con enérgica convicción que su incapacidad para poner de acuerdo sus impulsos y el sagrado hábito exponía su alma a un peligro mortal. Por ello y por sus deberes con la Santa Madre Iglesia llegó a suplicar a los que juzgaban el caso que le devolvieran a su estado laico. Tras escuchar las alegaciones de César, los atónitos prebostes eclesiásticos decidieron trasvasar la decisión final al propio Alejandro VI, quien, ausente por decisión personal del consistorio, aprobó la petición de su querido descendiente. César, libre al fin de sus opresivas ataduras eclesiásticas, se preparó para disfrutar de su nueva situación seglar, en cuyo horizonte se atisbaba una interesante aventura por tierras francesas, ya que el papa había decidido que su vástago formase parte de la brillante alianza que estaba a punto de firmarse con el nuevo amigo galo.

En los acuerdos se estipuló que César, una vez liberado de su condición religiosa, pudiese viajar a la corte francesa. Asimismo se establecía que el Borgia contrajese matrimonio con una relevante noble de su país de adopción, asunto que una vez puesto en conocimiento de Fernando el Católico, siempre vigilante desde España, consiguió crear cierto malestar entre los aragoneses, los cuales no veían con buenos ojos cualquier tratado que afectase sus intereses en Nápoles. En este episodio Alejandro VI supo manejar con astucia la situación planteada y logró calmar el enfado del rey español distribuyendo entre dirigentes eclesiásticos españoles todos los cargos y dignidades de los que se había desprendido César Borgia en su renuncia. Este detalle supuso para España un abundante caudal económico que acalló las voces discrepantes con la alianza que el papa estaba ultimando con Francia. Ese mismo verano César sufrió un empeoramiento generalizado de la sífilis que padecía, lo que hizo temer incluso por la vida del Borgia. Sin embargo, su fortaleza física y las ganas de emprender nuevas hazañas le repusieron en pocas semanas y el 1 de octubre de 1498 pudo subir a bordo de una fabulosa galera puesta a su disposición por las arcas del rey francés. La nave iba escoltada por otras cinco, y era tal la suntuosidad desplegada por la comitiva que muchos llegaron a pensar que César se había llevado toda la riqueza existente en Roma. Lo cierto es que el futuro modelo de príncipe sonreía feliz ante las posibilidades que se le abrían en aquella peripecia francesa. Por los acuerdos firmados por su padre y el rey Luis XII se garantizaba al hijo del papa una fuerza de cien lanzas en tiempo de paz y de otras trescientas o cuatrocientas en caso de guerra en Italia, para apoyarlo en la conquista de la Romaña, en permanente revuelta contra la Santa Sede.

El documento estipulaba además que, en el caso de que el rey de Francia emprendiera alguna acción exitosa en tierras de Lombardía, el susodicho duque recibiría para él y para los suyos el condado de Asti. En el marco de la normalización de las relaciones entre Francia y la Santa Sede, los cardenales Giuliano della Rovere y Raymond Peraud, obispo de Gurck, instalados ambos en la corte francesa, obtendrían seguridad para regresar al Sacro Colegio sin que se les tuviese en cuenta su anterior actitud hostil contra Su Santidad. Entre Aviñón y Lyon se encontraban los condados de Valence y de Diois, dos hermosas ciudades del Delfinado cuyas tierras habían sido unidas para formar el Valentinois. Una cláusula adicional del convenio franco-vaticano prescribía que estos territorios serían elevados a categoría de ducado para destinarlos a monseñor César, quien, por una coincidencia sin duda acordada, recibiría el título de duque de Valentinois. A esta casa ducal correspondían diez mil escudos de renta, un estimable regalo del rey de Francia. Por su parte, el agradecido Luis XII había conseguido de forma rápida, gracias a la dispensa papal de Alejandro VI, anular su matrimonio con la incómoda y más tarde canonizada Juana de Valois para casarse como deseaba con Ana de Bretaña, asunto que garantizaba la permanencia de la Bretaña francesa en el seno de la corona gala. El rey francés obtuvo otras concesiones, como la imposición del capelo cardenalicio para el arzobispo de Ruán, George d'Amboise, uno de sus mejores consejeros y amigos, y el no menos importante apoyo de la bendición papal en la más que probable ofensiva sobre el ducado milanés.

El 12 de octubre de 1498, el flamante duque de Valentinois puso pie en tierras francesas desembarcando en el puerto de Marsella. Su llegada recibió honores de Estado y varias salvas de cañón fueron disparadas para rendirle un homenaje propio de soberanos. La imagen del Borgia impactó sobremanera a los testigos del fulgente evento, y según se dejó escrito el noble renacentista compareció ante los que le recibieron con un magnífico traje de damasco blanco, adornado por capa y toca de terciopelo negro. Era sin duda una excelsa vestimenta que no ocultaba, sin embargo, su cuerpo estilizado y musculoso de sobresaliente porte; aquella representativa estampa se convirtió en la primera baza ganada por César en tierra franca. En la parafernalia desplegada por el duque comparecían un centenar de hombres gentiles que poco diferían de lo alardeado por su señor. De los buques franceses bajaron a suelo firme varias decenas de caballos del séquito, doce carros de arreos y de equipajes y setenta muías drapeadas con los colores rojo y amarillo del rey de Francia. Una vez dispuesta la comitiva, se emprendió el camino hacia la corte. Previamente la columna pasó por Aviñón, donde César fue recibido con entusiasmo por Giuliano della Rovere, ahora transformado en leal amigo de los Borgia por mor de los acontecimientos políticos. Al cabo de unos días, el propio Luis XII fue el encargado de abrazar a César Borgia como si se tratase de un recuperado hijo pródigo. El monarca cumplió sus promesas y concedió a su nuevo súbdito la ciudadanía francesa y la importante Orden Real de San Miguel, sólo reservada para ilustres personalidades. Asimismo, en aquellos días los condados de Valence y de Diois fueron unificados bajo el ducado de Valentinois, concedido al hijo de Alejandro VI. Es curioso comentar que, al igual que Borja fue italianizado por Borgia, el nombre Valentinois sufrió igual suerte, por lo que en Italia César fue conocido desde entonces como el duque Valentino.

Quedaba pues, una vez solventados todos los trámites aristocráticos, casar al duque con una dama que garantizase sustanciosos intereses para todas las partes en juego. La primera elegida fue Carlota de Aragón, hija natural del rey Federico de Nápoles, quien se negó en rotundo al enlace al constatar que ni Francia ni los Estados Pontificios le garantizaban con esta unión la tranquilidad política de su reino, sino más bien lo contrario. Una vez descartada la aragonesa surgió la figura de Carlota d'Albret, una guapa adolescente de tan sólo dieciséis años de edad que era hermana del rey navarro Juan III. En esta oportunidad sí se pudieron concretar los esponsales, celebrados mediante gran ceremonia en la ciudad de Blois el 10 de mayo de 1499. Trece días más tarde, un emisario ponía en conocimiento del papa no sólo el feliz acontecimiento, sino también que su vigoroso hijo había consumado el matrimonio ocho veces durante la noche de bodas. La encantada pareja fijó su residencia en el coqueto castillo de Nérac, donde César dedicó un tiempo a reorganizar las emociones vividas en esta etapa seglar de su vida. Los regalos cruzados en aquellas nupcias por ambas familias fueron, desde luego, dignos de su clase. César hizo entrega a la novia de 20.000 ducados en joyas y la imposición al hermano de ésta, Amadeo d'Albret, del capelo cardenalicio otorgado por Su Santidad el papa. Por su lado, Alain, duque de Guyena y padre de la muchacha, no pudo ofrecer más dote que 30.000 libras tornesas a pagar en cómodos plazos durante dieciséis años. Pero esta cifra sufrió un notable incremento con la intervención del rey Luis XII, quien aportó a la suma inicial otras 100.000 libras provenientes del tesoro real. Tal era el interés por agradar a los Borgia en aquella etapa amable.

Una semana después de su boda, el rey francés siguió con sus agasajos e impuso al Valentino la cinta de moiré de la que colgaba la cruz de oro de ocho puntas coronada por cuatro flores de lis, también de oro, y abrochó alrededor de su cuello el mencionado collar de la Orden de San Miguel. Desde entonces, César Borgia incluiría en su escudo, al lado del característico buey rojo con tres franjas de arena, las flores de lis en oro. Tantas gozosas noticias sobre el sólido discurrir de la alianza franco-vaticana animaron al papa a ordenar que se levantasen hogueras por toda Roma para festejar aquellas nuevas tan gratas. El propio pontífice extrajo de sus cofres más preciados una selección de alhajas que envió a su nuera como signo de alegría.

Lo cierto es que la unión entre César y Carlota fue efímera, pues apenas estuvieron juntos tres meses, justo lo necesario para que la joven quedase embarazada de una niña que llevaría por nombre Luisa en homenaje al rey de Francia que tanto respetaban los cónyuges. Por desgracia, César nunca llegó a conocer a su primogénita oficial, ya que los rigores de la guerra le separarían de su esposa para no volver a verse jamás. Si bien la memoria del Valentino fue respetada en todos los términos por su mujer, la cual inculcó a su hija, desde el primer momento, el sentido de la familia y el respeto a la figura de su padre e incluso cuando éste falleció en combate en 1507, una desconsolada Carlota vistió estricto luto recordando acaso los días más felices de su vida en compañía de tan singular marido. Como decimos, César fue requerido por las cuestiones guerreras para las que tanto se había preparado en la intimidad de su ser. Luis XII, ya casado desde enero con la guapa Ana de Bretaña y a la espera de un hijo, decidió poner en marcha el engranaje bélico francés y en julio ordenaba a su ejército que pusiese rumbo hacia Italia. César regresaba a casa.