LA MUERTE DE JUAN BORGIA
La vergüenza sufrida por las tropas vaticanas a manos Orsini en la llamada guerra de la Romaña puso en solfa la figura del duque de Gandía, muchacho de indiscutible brillantez intelectual aunque presa de los placeres mundanos, por lo que desviaba su atención constante a estos menesteres en lugar de enfocar su talante conciliador hacia retos políticos de mayor calado. A estos signos de su personalidad unía su indiscutible belleza física y su ascendiente social, lo que provocaba un visible recelo por parte de su hermano César, quien pensaba que Juan era favorito ante los ojos de su progenitor. Por añadidura, ni siquiera la guapa Lucrecia ocultaba su predilección por el hermano mayor cuyo carácter y morfología eran los más parecidos a ella. Sin embargo, el primogénito Borgia era, a pesar de los apoyos familiares, el auténtico perdedor en esos días inciertos, sin saber, tras su derrota en la guerra, cuál sería la posición que debería asumir en un mundo que sólo admitía vencedores sin escrúpulos. Precisamente, César estaba convencido en su fuero interno de que él pertenecía al selecto grupo de los supervivientes, y que por tanto había llegado su particular hora de avanzar hacia la obtención total del poder en los Estados vaticanos. Como ya hemos apuntado, despreciaba su condición de eclesiástico por creer que su clase le empujaba a otras misiones de mayor gloria y alabanza. César Borgia se creía, y en efecto lo era, modelo de príncipe renacentista, y ese grado reñía abiertamente con la impedimenta cardenalicia.
El 8 de junio de 1497, Alejandro VI concedía entre otras prebendas a su hijo Juan el ducado de Benevento, con la secreta ambición de verle algún día ocupando el trono napolitano.
Esta concesión nobiliaria venía dada gracias al gentil traspaso que del señorío hizo Federico, heredero al trono napolitano tras el fallecimiento sin descendencia del anterior monarca Ferrante II. El papado ejercía poder nominal sobre Nápoles y, según la costumbre, cada nuevo rey debía ser coronado con la bendición expresa del Vaticano. Por tanto, Federico, quien era tío del soberano difunto, no reparó en agasajos hacia Alejandro VI con tal de verse coronado en un reino deseado por todas las potencias del momento. El propio papa, consciente de su alianza napolitana mantenida a sangre y fuego desde la fallida invasión francesa, no dudo en destacar a sus dos hijos Juan y César como testigos en la proclamación que ungiría a Federico como rey de Nápoles. A esas alturas, César entendió que su hermano, lejos de la reprobación papal, mantendría su prestigioso cargo de gonfalonero vaticano reforzado con una interminable sucesión de títulos aristocráticos y señoríos feudatarios, lo que enervó aún más si cabe el ánimo del Borgia más perverso.
Tan sólo seis días más tarde, los dos hermanos participaron en un copioso banquete celebrado en Roma. Nadie sabe lo que ocurrió con certeza y únicamente se pudo atestiguar que Juan y César se marcharon del convite en medio de una animada conversación más propia de jóvenes que de altos dirigentes vaticanos. Más tarde, Juan se despidió de su hermano y algunos supusieron que con la intención de seguir la celebración por su cuenta en brazos de alguna damisela, acaso la propia Sancha de Aragón. Pero lo cierto es que la princesa de Esquilache no recibió esa noche la visita de su amante, el cual apareció flotando muerto en las aguas del río Tíber en la mañana del 15 de junio de 1497.
¿Qué había ocurrido? Los escasos datos que se barajan sobre este oscuro suceso son más propios de una novela detectivesca que de una narración histórica con hechos constatados. Según parece, Vanozza Catanei, madre de Juan y César, quiso reunir a sus hijos para celebrar el nombramiento ducal de Juan antes de su inminente marcha a Nápoles. Algunos autores apuntan a que a dicha reunión también estaban invitados Jofré y Sancha, además de significados cargos españoles del Vaticano, incluido el cardenal de Monreal, primo de los Borgia. Al anochecer, Juan y César se despidieron de los asistentes y, acompañados por una mínima escolta, abandonaron la casa de su madre para cabalgar rumbo al Vaticano. Sin embargo, en mitad del recorrido Juan Borgia detuvo su caballo justo cuando la comitiva se encontraba cerca del palacio que ahora regentaba el vicecanciller Ascanio Sforza. El lugar se situaba a la entrada del puente del Ángel, una vía que atravesaba el río Tíber para introducirse en la plaza de los Judíos, sitio al que pretendía dirigirse el inquieto duque so pretexto de visitar a una hermosa dama que, según él, le estaba esperando en el lecho. César le conminó entonces a no realizar ese camino en solitario, dados los múltiples peligros que se esparcían por la Roma nocturna. El díscolo Borgia aceptó la sugerencia de su hermano y se llevó con él a un criado, aunque prescindió raudo de los servicios de éste nada más llegar a la mencionada plaza de los Judíos. Según reza en los textos de la época, se sabe que además de este servidor Juan Borgia fue acompañado por un misterioso hombre enmascarado que había permanecido junto a él en los últimos días y que algunos investigadores intuyen pudiera ser un simple amigo de altas correrías que no quiso dar a conocer su verdadera identidad. Sea como fuere, el duque ordenó a su único escolta que le esperase hasta las doce de la medianoche y, si a esa hora no había regresado, se podía marchar tranquilo al Vaticano, pues él se encontraría seguro en buena compañía. Y así fue como este servidor se convirtió en la última persona conocida que vio con vida al aventurero Juan Borgia.
Al día siguiente, la prolongada ausencia del duque comenzó a inquietar a los habitantes del Vaticano, y Alejandro VI ordenó, siguiendo una nefasta intuición, que se buscase sin demora a su hijo. Lo que se sabe con seguridad, por la investigación que se abrió, es que sobre las doce de la noche del 14 al 15 un hombre llamado Giorgio Schiavone, quien vigilaba junto al Tíber un barco maderero, vio acercarse a dos personas por el tramo que iba del castillo de Sant Angelo a la iglesia de Santa Maria del Popolo. Los dos individuos observaron cuidadosos la zona para constatar que no había nadie más por allí y, al poco, se les unieron otros dos hombres, acompañados por un tercero a caballo que llevaba un pesado bulto que arrojaron al río en la parte donde se vertían las basuras. Esta indicación puso sobre la pista a las diferentes patrullas que buscaban al desaparecido y las batidas comenzaron a peinar las riberas del Tíber, justo en el lugar indicado por el testigo. Al poco se recuperó un cadáver cubierto de barro que resultó ser el infortunado duque de Gandía, quien había sido cosido por nueve puñaladas, una de ellas mortal de necesidad en la garganta.
El rescate del cuerpo y la constatación de su identidad dio paso a una alarma generalizada que acabó expugnando los muros vaticanos con el consiguiente abatimiento de Alejandro VI, quien, tras recuperarse de un desmayo inicial, ordenó una exhaustiva investigación a fin de averiguar qué conjurados se encontraban en la autoría intelectual y práctica del asesinato que acabó con la vida de su querido hijo. Como es obvio, los mentideros sociales empezaron a funcionar y pronto se señaló a César Borgia como el verdadero instigador de aquel crimen tan terrible, aunque esta hipótesis homicida no se concretó por el momento y tuvieron que pasar decenios para que los enemigos de los Borgia formulasen una firme acusación contra César, incriminándole en el asesinato de su hermano. No faltaron otras voces que hablaron del cornudo Jofré, quien, enterado de los líos entre su mujer y el duque de Gandía, habría organizado su particular vendetta. Asimismo, también se especuló con la posibilidad de un simple ajuste de cuentas por causa del juego o de las mujeres. Y en ese sentido la única detención que se llevó a cabo fue la del noble de origen francés Antonio Maria della Mirandola, cuyo palacio estaba ubicado muy cerca de donde se encontró el cuerpo del Borgia, por lo que se llegó a sospechar que el aristócrata había vengado en carne de Juan el mancillado honor de su hija seducida por el duque. No obstante, estas suposiciones no gozaban de sustento alguno, y con la evidente falta de pruebas el conde Della Mirandola fue puesto en libertad. Por concluir con la ristra de posibles culpables, añadiremos que también se habló en esos días de una posible implicación de los eternos oponentes: los Sforza, Colonna y Orsini, pero tampoco se pudo comprobar ningún hecho fehaciente que los incriminara en esta cuestión. Al fin, cómo no, no faltó quien acusó al mismísimo papa de haber eliminado a un vástago muy incómodo por sus constantes debilidades y escándalos públicos.
La verdad es que nunca sabremos quién fue el autor real del homicidio. Lo único constatado en esta historia es que, sorprendentemente, Alejandro VI, a pesar de su visible dolor, suspendió a los pocos días cualquier investigación realizada sobre la muerte de Juan Borgia en el supuesto intento de olvidar lo antes posible el sangriento trance. En cuanto al tratamiento que recibió el castigado cuerpo de Juan Borgia, diremos que fue pulcramente aseado y vestido con sus mejores galas de comandante en jefe de los ejércitos vaticanos. Tenía veintitrés años de edad y atrás dejaba viuda, dos hijos y una estela vital cuajada de momentos frugales, títulos nobiliarios y la única relevancia de haber pertenecido a la familia más poderosa de su tiempo. Más tarde, las paradojas históricas posibilitarían que su primogénito, llamado también Juan y tercer duque de Gandía, engendrase a Francisco de Borja, quien llegaría a convertirse en santo de la Iglesia católica, acaso como signo de redención para la vida azarosa y frívola que tuvo su singular abuelo.
El cadáver de Juan Borgia fue colocado en unas simples parihuelas para ser transportado a la iglesia de Santa Maria del Popolo, donde su madre Vanozza Catanei poseía un panteón en el que ya había sido enterrado Pedro Luis, el primer duque de Gandía. A decir de los testigos, la belleza post mortem del joven era aún mayor que la disfrutada en vida, lo que impregnó de cierto romanticismo una escena funeraria iluminada por cientos de antorchas acompañantes del cortejo. Una vez sepultado con el llanto y el cariño de los suyos, los Borgia intentaron regresar a la normalidad, pues cuestiones de difícil resolución no faltaban en aquel año crucial para la familia valenciana. El propio Alejandro VI creyó ver en la muerte de su hijo una especie de castigo divino por sus desmanes en la tierra, y pensó muy seriamente en la posibilidad de una reforma de la Iglesia mientras recibía el pésame de la consternada cristiandad. En lo que respecta a su prole oficial superviviente, diremos que encajaron de diferente forma la pérdida de su hermano. César, posiblemente, fue el menos afectado, ya que por fin veía despejado el camino para el abandono definitivo de su oficio eclesiástico. Sin embargo, aún debía cumplir con algunas obligaciones adquiridas, y el 22 de julio de ese año asistió como legado papal a la coronación de Federico de Nápoles. Según se cree, de la visita al sur de Italia se trajo consigo la sífilis, un mal que le acompañaría hasta su muerte. Por su parte, Jofré seguía instalado en su triste existencia y tampoco expresó grandes pesares por la desaparición de Juan, al que apenas llegó a tratar. Todo lo contrario de Lucrecia, quien comenzaba a mostrar síntomas evidentes de profunda melancolía, bien por la desaparición de su hermano y amor platónico, o bien por las constantes manipulaciones a las que era sometida por parte de su parentela. Precisamente, su angustiosa situación sería para Alejandro VI el nuevo problema a resolver.