LAS BODAS BORGIA
Desde su llegada al solio pontificio, Alejandro VI se empeñó en no desatender el cuidado de su familia. De hecho era hombre amante de la vida hogareña y disfrutaba con profusión cualquier actividad relacionada con los suyos. Es por ello que no tardó en preparar estancias íntimas que le permitieran acompañarse por su nutrida parentela, incluida una corte de féminas integrada por sobrinas tuteladas y demás mujeres de su ámbito privado. El lugar elegido para dichos encuentros fue Santa Maria in Portico, un bello recinto levantado en 1484 por el cardenal Zeno y que había sido cedido generosamente al Borgia para su uso particular. Al parecer, el palacio de Santa Maria in Portico estaba conectado mediante un pasillo con la mismísima Capilla Sixtina vaticana, con lo que el pontífice español accedía de inmediato a la privacidad de su clan siempre que lo precisase.
En 1493 Alejandro VI se puso a la difícil tarea de enlazar el futuro de sus hijos con situaciones que beneficiasen a los Estados Pontificios. Vástagos, la verdad, no faltaban para cuantas alianzas se trazasen en ese sentido. Mientras esto ocurría el papa procuró encontrar apoyos para sus cuitas internas e internacionales. El 25 de abril se rubricaron los protocolos de una liga conformada por milaneses, venecianos y los propios Estados Pontificios. De esa forma, Alejandro VI protegía su frontera norte a la espera de ver qué pasaba en su marca sur con Nápoles. Para mayor reforzamiento de este nuevo escenario se pensó en un compromiso nupcial que uniera los intereses del papado con los de la poderosa casa Sforza, que se mantenía hegemónica en Milán. Con tal motivo el pontífice pensó en su querida hija Lucrecia, de tan sólo trece años de edad y portadora de una belleza que algunos catalogaban de única, virtud que, sumada al poder que representaba su apellido, la convertía en un inmejorable partido para cualquier pretendiente con aspiraciones más allá de su heredad. La delicada muchacha, que ya había pasado por compromisos infructuosos anteriores, se ilusionó al conocer que Giovanni Sforza era su nuevo prometido. Este joven aristócrata era sobrino del todopoderoso Ludovico el Moro, señor de Milán, y del cardenal Ascanio Sforza, fiel aliado de Rodrigo Borgia desde los tiempos del cónclave en el que el valenciano salió elegido papa. Giovanni contaba con veintiséis años de edad y era viudo tras la muerte en un malogrado parto de su primera esposa Magdalena de Gonzaga. Pero a pesar del dolor por la reciente pérdida, no opuso ningún inconveniente a este enlace de conveniencia entre los Borgia y los Sforza. Él mismo era señor de la ciudad de Pésaro, uno de los dominios cercanos a Milán, y sabía que no podía ni debía defraudar a su linaje, y menos ante una oportunidad como la que se presentaba de unirse a los designios del influyente poder vaticano. La boda se celebró en Milán el 12 de junio de 1493, y durante los siguientes cuatro años poco más aconteció en la vida de la joven, salvo que no terminaba de quedarse embarazada, asunto que despertó las sospechas de muchos.
Torre del castillo de los Sforza, en Milán. La familia de los Sforza, señores del Milanesado, fue aliada y rival de los Borgia.
¿Qué ocurría? ¿No se amaban lo suficiente? Lo cierto es que no había ningún inconveniente para generar prole, los esposos eran sanos y parecían enamorados, por lo menos ella. Giovanni se mostraba retraído ante las peticiones amatorias de su joven y virgen esposa. Él doblaba en edad a su cónyuge, pero es posible que guardara secreto amor al recuerdo de su primera mujer. Esto, sumado a la imposición familiar, desvirtuó enormemente el matrimonio y pronto surgieron mil rumores sobre una hipotética homosexualidad de Giovanni, a los que siguieron las habituales habladurías infundadas que certificaban su impotencia viril. Acaso lo más seguro con lo que podamos especular sea que, tras las nupcias entre Giovanni y Lucrecia, los milaneses comenzaron a derivar hacia sus antiguos aliados franceses, situación que provocó el lógico malestar de Alejandro VI, quien no había entregado a su hija favorita para una traición de semejante calado. Por otra parte, el inestable Giovanni mostró desde el primer momento un evidente desasosiego personal siempre que se encontraba en Roma con su nueva familia, lo que le empujó a viajar con demasiada frecuencia a sus posesiones señoriales dejando sola a su esposa durante largas temporadas. Finalmente, milaneses y franceses no ocultaron más sus simpatías y firmaron el enésimo documento de apoyo mutuo. El enfado papal por esta nueva alianza norteña realizada sin su consentimiento desató su enérgica personalidad, y en 1497 declaraba la nulidad del matrimonio entre Giovanni y Lucrecia por la no consumación del mismo. Fue entonces cuando el humillado Sforza dijo la famosa frase que abonó el capítulo más terrible en la leyenda negra de los Borgia: «Si se me quita a mi mujer es porque el papa desea tener la libertad de gozar él mismo de su hija». Lo cierto es que estas palabras, pronunciadas desde el más profundo despecho, fueron creídas desde entonces por todos aquellos que se consideraban enemigos del papa. Y se aferraron a ellas como a un hierro ígneo para relanzar la ofensiva de injurias, difamaciones y libelos que al fin logró sepultar la excelente trayectoria de este buen papa español. A decir verdad, la disolución matrimonial entre Giovanni y Lucrecia fue un auténtico escándalo generador de mil sospechas que inundaron Roma y aún más allá. Pero poco se dijo entonces que Lucrecia estaba enamorada profundamente de Giovanni, llegando incluso a salvarle la vida gracias a un mensaje que envió a Milán en el que le advertía sobre el peligro real que se cernía sobre él en caso de acercarse a Roma dispuesto a reivindicar su matrimonio ante el papa. Sea como fuere, Giovanni Sforza quedó apartado definitivamente de la vida de Lucrecia después de cuatro años estériles en los que ambos jóvenes desperdiciaron lo mejor de su juventud.
El siguiente en concurrir ante un altar para sellar una nueva alianza entre los Estados Pontificios y España fue Juan Borgia —el primogénito de la prole oficial, según defendemos en este libro—. En 1493 ya se había culminado la reconquista de la península Ibérica, y a esto se añadía el gozoso hito del descubrimiento americano a cargo del almirante genovés Cristóbal Colón. Era desde luego un momento digno de ser aprovechado por el personaje más influyente del orbe cristiano, y Alejandro VI no perdió un minuto en fortalecer su relación con España mediante el matrimonio de su querido hijo Juan con María Enríquez de Luna, prima de Fernando II de Aragón y antigua prometida del fallecido primer duque de Gandía, Pedro Luis Borgia. Juan, en el que su padre había depositado todas las esperanzas para la continuidad oficial del linaje, salió de Roma a principios del verano de 1493 y el 24 de agosto de dicho año contrajo nupcias con María en la catedral de Barcelona. La llegada previa del heredero Borgia supuso una conmoción social en la capital condal: la galanura del contrayente, sus vistosos ropajes y su opulenta comitiva no pasaron de incógnito para los barceloneses, que vieron en el guapo Borgia la imagen característica de aquella estirpe llamada a prevalecer.
Como ya sabemos, el orgulloso César Borgia no había sido reclamado por su progenitor para ningún matrimonio y sí, en cambio, muy a su pesar, para la ostentación de una variada gama de cargos eclesiásticos, culminados en septiembre de este año con la entrega del capelo cardenalicio.
Quedaba pues el frágil e infantil Jofré para cerrar el círculo de alianzas establecidas por su lúcido progenitor, quien se fijó en el incómodo reino de Nápoles a petición expresa de su rey Ferrante, siempre amenazado por una hipotética invasión francesa, asunto que tampoco deseaba el papa, más preocupado por mantener al vecino sureño sumido en la inestabilidad que tutelado por una gran potencia extranjera. En consecuencia se iniciaron las negociaciones entre ambos Estados con el anhelo de reforzar sus posiciones en esta región tan estratégica de Italia. Los embajadores recorrieron muchos kilómetros en esos días portando promesas, ideas, intenciones... El rey Ferrante destapó el deseo de ver a César Borgia casado con su nieta Sancha de Aragón, hija natural de Alfonso de Calabria, el heredero al trono napolitano. Pero Alejandro VI no estaba por la labor de que su hijo más preparado abandonara las obligaciones eclesiásticas para desposarse con una aragonesa de incierto futuro y peor fama. Finalmente, Nápoles aceptó la candidatura de Jofré, de apenas doce años de edad, como prometido de Sancha, una bella y fogosa joven de quince años con fama de precoz en las lides del amor carnal. El 12 de agosto de 1493 se celebró en los palacios vaticanos la boda por poderes. En representación de la novia ausente compareció su tío Federico de Aragón, quien desató la risa de los concurrentes, incluido el propio papa, al tratar de imitar los gestos y la presunta emoción de la muchacha ante semejante evento. El acto quedó ratificado mediante auténticos esponsales el 7 de mayo de 1494. Para entonces ya había fallecido el rey Ferrante y había ocupado el trono napolitano el duque de Calabria bajo el nombre de Alfonso II, quien asistió a las nupcias de su hija concediendo gustoso al novio los títulos de príncipe de Esquilache y conde de Cariati. La relación entre Sancha y Jofré no fue desde luego paradigma ejemplar, si bien a pesar de las constantes aventuras extramaritales de la incontenible princesa, el matrimonio se desarrolló en un contexto que podemos tildar de moderada felicidad.