A las ideas les cuesta morir (1957)

«Ideas Die Hard»

Los ataron contra la aceleración del despegue, rodearon sus ingeniosamente diseñados asientos con líquido, y fortalecieron sus cuerpos con medicamentos.

Luego, cuando llegó el momento de retirar las correas, se encontraron con apenas un poco más de espacio que antes.

Las simples y ligeras ropas que llevaban les daban una ilusión de libertad, pero tan sólo una ilusión. Podían mover libremente los brazos, pero las piernas sólo hasta un punto limitado. Solamente podían extender por completo una, no las dos a la vez.

Podían variar su posición medio reclinándose a la derecha o a la izquierda, pero no podían abandonar sus asientos. Los asientos eran todo lo que tenían. Podían comer, dormir, ocuparse de sus necesidades corporales de forma más o menos adecuada mientras permanecieran sentados allí, y sentados allí debían permanecer.

Durante una semana (un poco más, en realidad), estaban condenados a una tumba. En aquel momento, no importaba que la tumba estuviera rodeada por todo el espacio.

La aceleración había sido superada y había desaparecido. Ahora habían iniciado el silencioso y uniforme trayecto a través del espacio que separaba la Tierra de la Luna, y ese era el gran horror.

—¿De qué vamos a hablar? —preguntó Bruce G. Davis, Jr., sordamente.

—No lo sé —repuso Marvin Oldbury.

De nuevo reinó el silencio.

No eran amigos. Hasta haría muy poco ni siquiera se conocían. Pero estaban aprisionados juntos. Los dos se habían presentado voluntarios. Los dos habían cumplido todos los requisitos. Eran solteros, inteligentes, y gozaban de buena salud.

Además, los dos se habían sometido durante meses a una intensa psicoterapia.

Y el gran consejo de los psiquiatras había sido: «¡Hablen!».

—Hablen constantemente, si es necesario —les habían dicho—. No dejen que la sensación de estar solos les invada.

—¿Cómo pueden saberlo? —dijo Oldbury.

Era el más alto y delgado de los dos, fuerte y de rostro cuadrado. Tenía un mechón de pelo justo encima del puente de la nariz, que formaba una especie de coma entre sus dos negras cejas.

Davis tenía el cabello color arena y era pecoso, con una sonrisa tenaz y unas ligeras sombras debajo de los ojos. Quizá eran esas sombras lo que daba a sus ojos una expresión agorera.

—¿Cómo pueden saber el qué, y quiénes?

—Los psiquiatras. Dicen que hablemos. ¿Cómo pueden saber que eso nos hará algún bien?

—¿Y a quién le importa? —dijo Davis secamente—. Esto es tan sólo un experimento. Si no funciona, le dirán a la siguiente pareja: «Ni una palabra».

Oldbury estiró los brazos, y sus dedos tocaron la gran semiesfera de dispositivos de información que les rodeaba. Podían accionar los controles, manejar el equipo acondicionador del aire, atenazar los tubos de plástico de los que chupar la blanda mezcla nutritiva, activar con el codo la unidad de expulsión de desechos, y rozar los diales que controlaban el videoscopio.

Todo aquello estaba bañado por el suave resplandor de las luces, que eran alimentadas por la electricidad de las baterías solares, expuestas en el casco de la nave a una luz solar que nunca fallaba.

Menos mal que habían decidido conferirle una rotación a la nave, pensó Oldbury. Producía una fuerza centrífuga que lo empujaba contra su asiento, dándole así una sensación de peso. Sin ese toque de gravedad para hacerle sentir como en la Tierra, las cosas hubieran sido realmente malas.

Sin embargo, hubieran podido reservar un poco más de espacio dentro de la nave, ahorrándolo de las necesidades del equipo, y así los dos hombres no habrían quedado tan encajonados.

Trasladó el pensamiento a palabras y dijo:

—Podían habernos dejado un poco más de espacio.

—¿Para qué? —preguntó Davis.

—Para poder ponernos de pie.

Davis gruñó. Era realmente toda la respuesta que podía dar.

—¿Por qué te presentaste voluntario? —dijo Oldbury.

—Eso hubieras debido preguntármelo antes de partir. Entonces lo sabía. Iba a ser uno de los primeros hombres que dieran la vuelta a la Luna y regresaran. Iba a ser un gran héroe a mis veinticinco años. Colón y yo, ya sabes. —Volvió inquieto la cabeza a uno y otro lado, luego dio un par de chupadas al tubo del agua. Prosiguió diciendo—: Sin embargo, pese a todo eso, me he pasado los dos últimos meses intentando echarme atrás. Cada noche me iba a la cama sudando, jurándome a mí mismo que renunciaría a la mañana siguiente.

—Pero no lo hiciste.

—No, no lo hice. Porque no podía. Porque era demasiado cobarde para admitir que era un cobarde. Incluso mientras me ataban a esta silla, estaba dispuesto a ponerme a gritar: «¡No! ¡Busquen a algún otro!». Pero no pude hacerlo, ni siquiera entonces.

Oldbury sonrió.

—Yo ni siquiera pensaba decírselos —comentó—. Escribí una carta comunicándoles que no iba a hacerlo. Pensaba echarla al correo y desaparecer en el desierto. ¿Sabes dónde está ahora esa carta?

—¿Dónde?

—En el bolsillo de mi camisa. Aquí.

—No importa —dijo Davis—. Cuando volvamos, seremos unos héroes…, unos grandes, famosos y temblorosos héroes.

Lars Nilsson era un hombre pálido de ojos tristes, con nudillos prominentes y delgados dedos. Era el director civil del Proyecto Espacio Profundo desde hacía tres años. Había gozado con el trabajo, incluso con la tensión y los fracasos…, hasta ahora. Hasta el momento en que dos hombres habían sido finalmente atados a sus puestos dentro de la máquina.

—Me siento como un vivisector —dijo.

El doctor Godfrey Mayer, que dirigía el grupo de psicólogos, mostró una expresión apenada.

—Hay que arriesgar tanto hombres como naves. Hemos hecho todo lo que hemos podido para prepararlos y protegerlos, hasta los límites de lo humanamente realizable. Después de todo, esos hombres son voluntarios.

—Lo sé —dijo Nilsson apagadamente.

El hecho no le consoló en lo más mínimo.

Observando los controles, Oldbury se preguntó cuándo —si alguna vez llegaba a ocurrir—, alguno de los diales iba a exhibir el color rojo indicativo de peligro, en qué momento empezaría a sonar una sirena de alarma.

Les habían asegurado que, con toda probabilidad, nada de aquello iba a ocurrir, pero los dos habían sido entrenados de manera precisa en la forma exacta de ajustar, manualmente, cada uno de los controles.

Y con razón. La automatización había avanzado hasta tal punto que la nave era un organismo que se regulaba a sí mismo, casi como algo vivo. Sin embargo, en tres ocasiones había sido enviada una nave no tripulada, casi tan complicada como aquella en cuyo interior se hallaban sepultados ahora, a recorrer una trayectoria de bumerán en torno a la Luna, y ninguna de las tres naves había regresado.

Además, en cada ocasión, los aparatos de información que transmitían los datos de vuelta a la Tierra habían fallado antes incluso de alcanzar la órbita de la Luna en el camino de ida.

La opinión pública estaba impaciente, y los hombres que trabajaban en el Proyecto Espacio Profundo habían decidido no aguardar al éxito de un vehículo no tripulado antes de arriesgar vidas humanas. Se decidió que era necesario un vehículo tripulado a fin que pudieran introducirse correcciones manuales para compensar los pequeños fallos acumulativos de la imperfecta automatización.

Una tripulación de dos hombres… Temían por la cordura de un hombre solo.

—¡Davis! —llamó Oldbury—. ¡Eh, Davis!

Davis salió de un introvertido silencio.

—¿Qué?

—Echemos un vistazo al aspecto que tiene la Tierra.

—¿Por qué? —quiso saber Davis.

—¿Por qué no? Estamos aquí afuera. Al menos, gocemos de la vista.

Se reclinó hacia atrás. El videoscopio era un ejemplo de automatización. El impacto de las radiaciones de onda corta le daban opacidad. El Sol no podía verse a su través bajo ninguna circunstancia. En vez de ello, el videoscopio se orientaba de modo automático hacia la fuente de iluminación más brillante del espacio, compensando, mientras lo haría, todos los movimientos propios de la nave, como habían explicado repetidamente los ingenieros. Pequeñas células fotoeléctricas localizadas en los cuatro lados de la nave giraban incansablemente, rastreando el cielo. Y si el foco de iluminación más brillante no era el deseado, siempre podía recurrirse al control manual.

Davis accionó el contacto, y el videoscopio se iluminó. Apagó las luces artificiales del cubículo, y la vista ofrecida por el videoscopio ganó en brillo contra el contraste de la oscuridad.

No era un globo, por supuesto, con continentes en él. Lo que vieron fue una brumosa mezcla de blanco y verde azulado que llenaba la pantalla.

El dial que medía la distancia a la Tierra, determinando el valor de la constante gravitatoria, les situó a algo menos de cincuenta mil kilómetros.

—Buscaré el borde —dijo Davis.

Adelantó una mano para ajustar los mandos, y la imagen osciló.

Una curva de negrura cruzó la pantalla. No había estrellas en ella.

—Es la sombra nocturna —dijo Oldbury.

La imagen retrocedió bruscamente. La oscuridad avanzó por el otro lado y se curvó más cerradamente y en sentido opuesto. Esta vez, la oscuridad mostraba los brillantes puntos de las estrellas.

Oldbury tragó saliva.

—Desearía estar de vuelta allí —dijo solemnemente.

—Al menos podemos ver que la Tierra es redonda —comentó Davis.

—¿Constituye eso un descubrimiento?

Davis pareció inmediatamente molesto por la forma en que Oldbury había tomado su observación.

—Sí —afirmó—, constituye un descubrimiento, si lo ves de este modo: sólo una pequeña parte de la población de la Tierra ha estado siempre convencida de la redondez de la Tierra.

Conectó las luces interiores de la nave, frunciendo el ceño, y desconectó el videoscopio.

—No desde el mil quinientos —objetó Oldbury.

—Si tienes en cuenta las tribus de Nueva Guinea, seguíamos creyendo que la Tierra era plana pasado el año mil novecientos cincuenta. Y había sectas religiosas en Estados Unidos en los años treinta que creían que la Tierra era plana. Incluso ofrecían recompensas a quien pudiera probar que era redonda. ¡A las ideas les cuesta morir!

—Chiflados —gruñó Oldbury.

Davis se suavizó un tanto.

—¿Puedes tú acaso probar que es redonda? —preguntó—. Quiero decir, independientemente del hecho que acabes de comprobarlo por ti mismo.

—No seas ridículo.

—¿Lo soy? ¿O más bien estás tomando la palabra de tu maestra de cuarto grado como el Evangelio? ¿Qué pruebas te han dado? ¿Que la sombra de la Tierra sobre la Luna durante un eclipse lunar es redonda, y que tan sólo una esfera puede arrojar una sombra redonda? ¡Eso es una absoluta tontería! Un disco circular puede arrojar una sombra redonda. E igual puede hacerlo un huevo o cualquier otra forma, por irregular que sea, con una intersección circular. ¿Vas a decir que los hombres han viajado rodeando la Tierra? Podrían simplemente haber estado trazando círculos en torno al punto central de una Tierra plana a una distancia fija. El efecto sería el mismo. ¿La parte superior de un barco es lo primero que aparece en el horizonte? Sabes muy bien que se trata de una ilusión óptica. Hay otras más sorprendentes aún.

—El péndulo de Foucault —dijo Oldbury brevemente.

Se sentía intimidado por la vehemencia del otro.

—Te refieres a un péndulo instalado sobre un plano y girando a medida que la Tierra se mueve bajo él, a una velocidad y con una amplitud que dependen de la latitud del lugar donde se esté realizando el experimento. ¡Seguro! Eso si un péndulo se limita a un plano, y si las teorías implicadas son correctas. ¿Cómo puede eso satisfacer al hombre de la calle, que no es físico, a menos que esté dispuesto a creer ciegamente en la palabra de los físicos? ¡Te diré una cosa! No hubo ninguna prueba satisfactoria afirmando que la Tierra fuera redonda hasta que los cohetes pudieron elevarse lo suficiente para tomar fotos que mostraran su curvatura.

—Tonterías —dijo Oldbury—. La geografía de Argentina estaría completamente distorsionada si la Tierra fuera plana, con el Polo Norte como centro. Cualquier otro centro distorsionaría la geografía de cualquier otra porción de tierra. La corteza terrestre no tendría la forma que tiene si no fuera casi esférica. No puedes refutar eso.

Davis guardó silencio durante unos instantes, luego dijo malhumoradamente:

—¿Por qué demonios estamos discutiendo? Al diablo con todo eso.

Ver la Tierra y hablar de ella, aunque fuera tan sólo de su esfericidad, había arrastrado a Oldbury a una aguda nostalgia. Empezó a hablar de su hogar en voz muy baja. Habló de su juventud en Trenton, Nueva Jersey, y contó anécdotas de su familia tan triviales que no había pensado en ellas desde hacía años, echándose a reír ante cosas que apenas eran divertidas, y sintiendo las punzadas de un dolor infantil que había creído curado hacía años.

En un momento determinado, Oldbury se adormeció; luego se despertó con un sobresalto y se sintió confuso al encontrarse bañado por una fría y azulada luz. Instintivamente, fue a ponerse en pie, y volvió a dejarse caer con un gruñido cuando su codo golpeó contra duro metal.

El videoscopio estaba brillando de nuevo. La luz teñida de azul que lo había sobresaltado en el momento de despertar era el reflejo de la Tierra.

La curva del borde de la Tierra era mucho más pronunciada ahora. Estaban a unos ochenta mil kilómetros.

Davis se había vuelto ante el brusco y fútil movimiento del otro, y dijo beligerante:

—La redondez de la Tierra no es una prueba de nada. Después de todo, el hombre podía arrastrarse sobre su superficie y deducir su forma por su geografía, como tú has dicho. Pero hay otras cosas en las que actuamos como si realmente supiéramos, y con mucha menos justificación.

Oldbury se frotó el dolorido codo y dijo:

—De acuerdo, de acuerdo.

Pero Davis no se sentía aplacado.

—Ahí está la Tierra. Mírala. ¿Qué edad tiene?

—Unos cuantos miles de millones de años, supongo —dijo Oldbury cautelosamente.

—¿Supones? ¿Qué derecho tienes a suponer? ¿Por qué no unos cuantos miles de años? Tu bisabuelo probablemente creía que la Tierra tenía seis mil años de edad, a contar desde el Génesis. Sé que el mío lo creía así. ¿Qué te hace estar tan seguro que ellos estaban equivocados?

—Hay una buena cantidad de pruebas geológicas.

—¿El tiempo que necesita el océano para volverse tan salado como es? ¿El tiempo que necesita para formar un estrato de una roca sedimentaria? ¿El tiempo que necesita para formar una determinada cantidad de plomo un mineral de uranio?

Oldbury se reclinó hacia atrás en su asiento y contempló la Tierra con cierta distancia. Casi no oía a Davis. Un poco más y podrían verla entera en el videoscopio. Con la curva planetaria contra el límite de visión de uno de los lados del videoscopio, la sombra nocturna casi encajaba con el otro.

La sombra nocturna no cambiaba de posición, por supuesto. La Tierra giraba, pero para los hombres a bordo de la nave seguía recibiendo la luz desde la misma dirección.

—¿Y bien? —preguntó Davis.

—¿Qué? —dijo Oldbury, sobresaltado.

—¿Qué hay acerca de tus malditas pruebas geológicas?

—Bueno, está la degradación del uranio…

—Ya lo he mencionado. Eres un estúpido, ¿lo sabías?

Oldbury contó hasta diez para sí mismo antes de responder.

—Yo no lo creo así.

—Entonces escucha. Supón que la Tierra nació a la existencia hace unos seis mil años, tal como la Biblia lo describe. ¿Por qué no fue creada entonces con una cierta cantidad de plomo existente ya en el uranio? Si el uranio pudo ser creado, ¿por qué no el plomo con él? ¿Por qué no crear el océano tan salado como es ahora, y las rocas sedimentarias tan comprimidas en estratos como las hallamos? ¿Por qué no crear los fósiles exactamente tal como existen ahora?

—En otras palabras, ¿por qué no crear la Tierra completa, con pruebas internas que ella tiene varios miles de millones de años de edad?

—Exacto —dijo Davis—. ¿Por qué no?

—Déjame hacer la pregunta opuesta. ¿Por qué sí?

—No me importan los porqués. Sólo intento demostrarte que todas las pretendidas pruebas de la edad de la Tierra no invalidan necesariamente la creación de la Tierra hace seis mil años.

—Supongo que tú consideras todo esto como una especie de juego…, un rompecabezas científico para comprobar la ingeniosidad de la Humanidad, o ejercitar tu mente…; una gimnasia mental para el intelecto.

—Te crees muy gracioso, Oldbury, pero en realidad, ¿qué hay de imposible en todo eso? Podría ser así. No puedes probar que no lo sea.

—No intento probar nada.

—No, te sientes satisfecho tomando las cosas tal como se te ofrecen. Por eso he dicho que eres un estúpido. Si pudiéramos retroceder en el tiempo y comprobarlo por nosotros mismos, entonces sería otro asunto. Si pudiéramos retroceder en el tiempo hasta antes del cuatro mil cuatro antes de Cristo y ver el Egipto predinástico, o antes aún, y cazar un tigre de dientes de sable…

—O un tiranosaurio.

—O un tiranosaurio, sí. Hasta que podamos hacer eso, lo único que podemos hacer es especular, y no hay forma de decir cuándo la especulación es correcta y cuándo no. Toda la ciencia está basada en la fe en las premisas originales, y en la fe en la validez de los métodos deductivo e inductivo.

—No hay ningún crimen en eso.

—¡En sí mismo ya es un crimen! —exclamó Davis con vehemencia—. Empiezas a creer, y una vez empiezas a creer cierras las puertas de tu mente. Tienes ya tu idea, y no la reemplazas por otra. Galileo comprobó en sus propias carnes cuánto les cuesta morir a las ideas.

—Colón también —señaló, soñoliento, Oldbury.

Mirar hacia la Tierra, teñida de azul, con los lentos y girantes cambios de las formaciones nubosas, tenía un efecto casi hipnótico.

Davis recibió el comentario con obvia alegría.

—¡Colón! Supongo que crees que afirmó que la Tierra era redonda cuando todos los demás pensaban que era plana.

—Más o menos.

—Ese es el resultado de escuchar a tu maestra de cuarto grado, la cual a su vez escuchó a su maestra de cuarto grado, y así sucesivamente. Cualquier hombre inteligente y culto de la época de Colón hubiera estado dispuesto a aceptar sin reservas que la Tierra era redonda. El punto a discutir era el tamaño de la Tierra.

—¿Es eso un hecho?

—Absolutamente. Colón seguía los mapas de un geógrafo italiano que había dado a la Tierra unos veinticinco mil kilómetros de circunferencia, con el borde oriental de Asia a tan sólo unos cinco o seis mil kilómetros de Europa. Los geógrafos de la corte del rey Juan de Portugal insistían en que eso era erróneo, que la Tierra tenía unos cuarenta mil kilómetros de circunferencia, que el borde oriental de Asia estaba al menos a veinte mil kilómetros del borde occidental de Europa, y que el rey Juan haría mejor en seguir intentándolo por la ruta que rodeaba África. Los geógrafos portugueses, por supuesto, estaban en lo cierto en un ciento por ciento, y Colón estaba equivocado en un ciento por ciento. Los portugueses alcanzaron la India, y Colón nunca lo logró.

—Pero descubrió América. No puedes negar ese hecho.

—Eso no tuvo nada que ver con sus ideas. Fue estrictamente accidental. Fue un fraude intelectual tan grande que, cuando su viaje demostró que su mapa estaba equivocado, falsificó su diario de a bordo antes que cambiar sus ideas. A sus ideas les costó morir. De hecho, no lo hicieron hasta que él no murió también. Y lo mismo ocurre con las tuyas. Puedo estar hablándote horas y horas, y tú seguirás convencido que Colón fue un gran hombre porque pensaba que la Tierra era redonda cuando todos los demás decían que era plana.

—Lo que tú quieras —murmuró Oldbury.

Se sentía atrapado por el cansancio, y por el recuerdo del caldo de pollo que su madre le hacía cuando era niño. Utilizaba cebada. Recordó el olor de la cocina el sábado por la mañana, con sus rebanadas de pan fritas y endulzadas, y el aspecto de las calles después de una tarde de lluvia, y…

Lars Nilsson tenía las transcripciones ante sí, con las partes más significativas señaladas en la cinta por los psicólogos.

—¿Seguimos recibiéndoles claramente? —preguntó.

Le aseguraron que los aparatos de recepción estaban funcionando perfectamente.

—Me gustaría que hubiera alguna forma de evitar escuchar su conversación sin que ellos lo supieran —dijo—. Supongo que es una tontería por mi parte.

Godfrey Mayer no vio ninguna utilidad en negar el diagnóstico del otro.

—Lo es —admitió—. Una completa tontería. Considérelo simplemente como una información adicional, necesaria para el estudio de las reacciones humanas en el espacio. Cuando estábamos comprobando las respuestas humanas a las altas aceleraciones, ¿se sintió usted molesto al contemplar los indicadores de las variaciones de su presión sanguínea?

—¿Qué opina usted de Davis y de sus extrañas teorías? Es algo que me preocupa.

Mayer meneó la cabeza.

—Aún no sabemos de qué debemos preocuparnos. Davis está elaborando agresiones contra la ciencia que lo ha situado en la posición en que se encuentra.

—¿Es esa su teoría?

—Es una teoría. Expresar las agresiones puede ser bueno. Puede mantenerlo estable. Pero también puede ir demasiado lejos. Es demasiado pronto para decirlo. Ahora bien, es posible que sea Oldbury quien esté en mayor peligro. Se muestra más pasivo cada vez.

—¿Supone usted, Mayer, que todo esto puede llevarnos a concluir que el hombre no está preparado para el espacio? ¿Ningún hombre?

—Si pudiéramos construir naves capaces de transportar a un centenar de hombres en un entorno de tipo terrestre, no tendríamos ningún problema. Mientras sólo podamos construir naves como esta —dijo, señalando con el dedo por encima de su hombro, en un vago gesto direccional, puede que tengamos muchos problemas.

Nilsson se sintió vagamente insatisfecho. Dijo:

—Bien, se hallan en su tercer día de viaje, y hasta el momento siguen sanos y salvos.

—Estamos en el tercer día —dijo Davis ásperamente—. A más de la mitad del camino.

—Hummm. Tenía un primo que era propietario de una maderería. El primo Raymond. Solía visitarle a veces a mí regreso de la escuela —recordó Oldbury.

Inesperadamente, sus pensamientos se vieron interrumpidos por el fugaz recuerdo de El Herrero del Pueblo, de Longfellow; recordó que contenía una frase acerca de «los niños regresando de la escuela», y se preguntó cuánta gente de entre aquella que sabía recitar de corrido «Bajo el frondoso castaño se extiende el pueblo del herrero» sabría que el herrero que mencionaba no era el dueño de la herrería, sino tan sólo el hombre que trabajaba en ella.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó.

—No lo sé —respondió Davis—. Yo he dicho que estábamos a más de medio camino, y que aún no le hemos echado ninguna mirada a la Luna.

—Entonces miremos a la Luna.

—De acuerdo, pero ajusta tú el videoscopio esta vez. Yo lo he hecho ya demasiadas veces. Maldita sea, me han salido ampollas en la columna.

Se agitó bruscamente en los reducidos confines de su envolvente asiento, como si así esperara conseguir que una nueva sección de su trasero entrara en contacto con el almohadillado metal.

—No sé a quién se le ocurrió la estúpida idea de hacer girar esta maldita nave y conseguir así que la gravedad tirara de nosotros hacia abajo —se quejó—. Flotar un poco nos hubiera quitado un peso de encima, y hubiera sido relajador.

—No hay espacio para flotar —dijo Oldbury con un suspiro—, y si estuviéramos en caída libre, te quejarías de las náuseas.

Oldbury accionaba los controles del videoscopio mientras hablaba. Las estrellas se deslizaron fuera de la línea de visión.

No fue difícil. Los ingenieros allá en Trenton —no, en realidad en Nuevo México; bueno, en la Tierra— les habían adiestrado cuidadosamente. «Manténganlo directamente al frente, apuntado lejos de la Tierra, en un ángulo de ciento ochenta grados».

«Una vez apuntado al frente, dejen que los medidores de luz hagan su trabajo. La Luna será el objeto más brillante de las inmediaciones, y el videoscopio quedará centrado en ella en un equilibrio inestable. Los medidores necesitarán unos cuantos segundos para rastrear el resto del cielo y girar el videoscopio de vuelta hacia la Tierra, pero en esos segundos uno puede cambiar los mandos a manual, y ya está».

La Luna estaba en creciente. Estaría en fase opuesta a la Tierra durante todo el tiempo en que la nave aceleraría siguiendo un rumbo que era casi como una línea que conectase ambos mundos.

Pero el creciente estaba hinchado, como si formara parte de una ilustración para un calendario barato. Oldbury pensó que debería haber dos cabezas, la una inclinada hacia la otra, pelo corto y recio contra pelo largo y ondulado, silueteadas en la Luna. Sin embargo, para eso tendría que haber Luna llena.

Davis resopló.

—Ahí está, como siempre.

—¿Acaso esperabas que no estuviera?

—No espero nada en el espacio. Ni afirmativo, ni negativo. Nadie ha estado en el espacio, nadie sabe nada. Pero al menos veo la Luna.

—También la ves desde la Tierra, si lo miras así.

—No estés tan seguro de lo que ves desde la Tierra. Desde allí, la Luna es tan sólo un círculo amarillo pintado sobre un fondo azul, con una zona oscura, y que cruza el cielo movido por un mecanismo de relojería.

—¿También las estrellas y los planetas se mueven según un mecanismo de relojería?

—Igual que si estuvieran en un planetario. ¿Por qué no? Y un telescopio muestra más estrellas sobre…

—¿Con un viraje al rojo incorporado?

—¿Por qué no? —insistió Davis, desafiador—. Estamos tan sólo a mitad de camino de la Luna, y parece mayor, y quizá descubramos si existe realmente. Me reservo mi opinión sobre los planetas y las estrellas.

Oldbury miró hacia la Luna y suspiró. Dentro de unos pocos días estarían orbitándola, pasando por encima de su cara oculta.

—Nunca he creído la historia del hombre de la Luna —dijo—. Nunca lo he visto. Lo que sí he visto es el rostro de una mujer…, dos ojos, más bien sesgados, pero muy tristes. Podía ver la Luna llena desde la ventana de mi dormitorio, y siempre me hacía sentirme triste, aunque también amistoso. Cuando las nubes pasaban por delante de ella, era la Luna la que parecía moverse, no las nubes, pero pese a todo no se apartaba de la ventana. Y podías verla por entre las nubes, mientras que nunca puedes ver al Sol por entre las nubes, ni siquiera por entre las nubes pequeñas, y eso que es mucho más brillante. ¿Por qué es eso, papá…, esto…, Davis?

—¿Qué le ocurre a tu voz? —dijo Davis.

—No le ocurre nada a mi voz.

—Se ha vuelto aguda.

Con un esfuerzo de voluntad, Oldbury obligó a su voz a descender una octava.

—¡No es cierto! —exclamó.

Miró a los dos pequeños relojes en el tablero de instrumentos. No era la primera vez que lo hacía. Uno de ellos indicaba la hora estándar de Mountain, y no estaba interesado en él. Era el otro, el que medía el número de horas transcurridas en el espacio, el que le atraía periódicamente. Marcaba sesenta y cuatro y una fracción, y en rojo, yendo hacia atrás, estaban las horas que faltaban antes que ellos aterrizaran de nuevo en la Tierra. El rojo marcaba ahora ciento cuarenta y cuatro y una fracción.

Oldbury lamentaba que el tiempo que faltaba estuviera señalado también. Le hubiera gustado calcularlo él mismo. Allá en Trenton solía contar las horas que faltaban para sus vacaciones de verano, calculándolas mentalmente con esfuerzo durante la clase de geografía: tantos días, luego tantas horas. Escribía el resultado en números pequeños en su cuaderno de deberes. Cada día el número se hacía un poco más pequeño. La mitad de la excitación por la proximidad de las vacaciones de verano residía en observar cómo esa cifra iba haciéndose día a día más pequeña.

Pero ahora la cifra se hacía más pequeña por sí misma, mientras el segundero daba vueltas y vueltas, rebanando el tiempo minuto a minuto, secciones de tiempo delgadas como hojas de papel, parecidas a lonjas de jamón cortadas en el potente cortafiambres de la salchichería.

La voz de Davis golpeó bruscamente su oído.

—Parece que todo va bien, por el momento.

—Nada puede ir mal —dijo Oldbury con confianza.

—¿Qué te hace sentirte tan seguro?

—Los números están disminuyendo.

—¿Eh? ¿De qué estás hablando?

Por un momento Oldbury pareció confuso. Luego dijo:

—De nada.

El interior de la nave estaba casi a oscuras, iluminado tan sólo por la Luna creciente. Volvió a adormecerse, a la manera de un buceador, semiconsciente de la Luna real y semisoñando en una Luna llena, con un rostro triste de mujer, al otro lado de una ventana, derivando con el viento sin moverse de su sitio.

—Trescientos veinte mil kilómetros —dijo Davis—. Eso supone casi el ochenta y cinco por ciento del camino.

La porción iluminada de la Luna estaba llena de pecas y granos, y sus cuernos ocupaban casi toda la pantalla. El Mare Crisium era un óvalo oscuro, distorsionado por la visión oblicua, pero lo bastante grande como para introducir un puño en él.

—Y todo va bien —prosiguió Davis—. Ninguna lucecita roja en los indicadores de los instrumentos.

—Estupendo —dijo Oldbury.

—¿Estupendo? —Davis miró a Oldbury, y sus ojos se entrecerraron con suspicacia—. En cada uno de los anteriores intentos, todo fue bien hasta que llegaron más o menos a esta altura del viaje, así que no es estupendo todavía.

—No creo que nada pueda ir mal ya.

—Pues yo creo que algo irá mal. Se supone que la Tierra no lo sabe.

—¿Se supone que no sabe qué?

Davis se echó a reír, y Oldbury lo miró cansadamente. Se sentía extrañamente asustado ante la creciente monomanía del otro. Davis no se parecía en absoluto al padre que Oldbury recordaba tan vívidamente (sólo lo recordaba joven como él era ahora, con todo su pelo y un sonoro corazón).

El perfil de Davis era afilado a la luz lunar. Dijo:

—Puede que haya muchas cosas en el espacio que se supone que no sabemos. Hay mil millones de años luz delante de nosotros. Sólo que es posible que lo que haya en realidad sea una sólida pared negra justo al otro lado de la Luna, con estrellas pintadas en ella y planetas moviéndose por delante, para que todos los chicos listos de la Tierra puedan concebir todo tipo de ilusorias órbitas y teorías gravitatorias a partir de ello.

—¿Un juego para probar nuestras mentes? —preguntó Oldbury.

Sus recuerdos le trajeron observaciones anteriores de Davis —¿o eran suyas?—, y sufrió un sobresalto. Todo aquel asunto de la nave parecía tan distante…

—¿Por qué no?

—Todo marcha perfectamente —exclamó Oldbury con ansiedad—. Al menos hasta el momento. Y algún día todo marchará perfectamente durante todo el trayecto.

—Entonces, ¿por qué todos los instrumentos de registro empiezan a ir mal pasados los trescientos veinte mil kilómetros? ¿Por qué? ¡Respóndeme a eso!

—Ahora nosotros estamos aquí. Los ajustaremos.

—No, no lo haremos —dijo Davis.

Un vívido recuerdo de una historia que había leído cuando tenía poco más de diez años trajo la excitación a la mente de Oldbury.

—¿Sabes? —empezó—, una vez leí un libro acerca de la Luna. Los marcianos habían instalado una base en la cara oculta. No podíamos verles, por supuesto. Estaban ocultos, pero ellos sí podían observarnos…

—¿Cómo? —preguntó Davis sombríamente—. Hay más de tres mil kilómetros de espesor de Luna entre la cara oculta de esta y la Tierra.

—Déjame empezar por el principio. —Oldbury se dio cuenta que su voz era aguda de nuevo, pero no le importó. Deseaba poder liberarse de su asiento para poder saltar arriba y abajo, ya que recordar aquella historia le haría sentirse bien, pero por alguna razón no pudo hacerlo—. Entiéndelo, era el futuro, y lo que la Tierra no sabía era…

—¿Por qué no te callas?

La voz de Oldbury se cortó en seco ante la interrupción. Se sintió dolido, asfixiado. Luego, reprimiéndose, dijo:

—Has dicho que se suponía que la Tierra no sabía nada del porqué los instrumentos dejan de funcionar correctamente, y lo único nuevo que vamos a ver es la cara oculta de la Luna, y si los marcianos…

—¿Quieres callarte de una vez con tus estúpidos marcianos?

Oldbury calló. Se sentía tremendamente resentido contra Davis. El hecho que Davis hubiera crecido y se hubiera convertido en un adulto no le daba derecho a vociferarle de aquella manera.

Sus ojos volvieron al reloj. Las vacaciones de verano estaban tan sólo a ciento diez horas de distancia.

Ahora estaban cayendo en dirección a la Luna. Caída libre. Acelerando su caída a una velocidad cataclísmica. La gravedad lunar era débil, pero caían desde una gran altura. Ahora, finalmente, la vista de la Luna empezó a girar y, muy despacio, nuevos cráteres fueron apareciendo ante sus ojos.

Por supuesto, eludirían la masa de la Luna, y su velocidad los arrastraría sanos y salvos en torno a ella. Avanzarían sobre la mitad de la superficie de la Luna, casi cinco mil kilómetros, en una hora; luego volverían a acelerar de regreso hacia la Tierra.

Pero Oldbury se sintió triste al darse cuenta que no podía descubrir el familiar rostro de la Luna. No había ningún rostro estando tan cerca, solamente una devastada superficie. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas mientras miraba malhumorado.

Entonces, de repente, el pequeño y atestado espacio dentro de la nave se llenó con un intenso zumbido, y la mitad de los diales del panel empezaron a llamear en rojo desordenadamente ante sus ojos.

Oldbury se echó hacia atrás, pero Davis aulló casi triunfalmente:

—¡Te lo dije! ¡Todo empieza a ir mal!

Accionó inútilmente los mandos manuales.

—No volverá ninguna información a la Tierra. ¡Secretos! ¡Secretos!

Pero Oldbury seguía mirando a la Luna. Estaba terriblemente cerca, y ahora la superficie se movía con rapidez bajo ellos. Estaban iniciando la maniobra de salida de la órbita, y el grito de Oldbury fue un agudo chillido.

—¡Mira! ¡Mira eso!

El dedo con el que señalaba estaba rígido por el terror.

Davis alzó la vista y exclamó:

—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!

Lo dijo una y otra vez, hasta que finalmente la imagen del videoscopio desapareció y los diales que controlaban el aparato brillaron todos rojos.

Lars Nilsson no podía ponerse más pálido de lo que ya estaba, pero sus manos temblaban cuando las cerró convirtiéndolas en dos puños.

—¡Otra vez! Es una maldita mala suerte. Durante diez años, los automatismos no han resistido. Ni en los vuelos no tripulados. Ni en este. ¿Quién es el responsable?

No servía de nada intentar buscar responsabilidades. Nadie era responsable, como Nilsson admitió casi inmediatamente con un gruñido. Era tan sólo que en el momento crucial —de nuevo—, las cosas habían fallado.

—Tenemos que sacarlos de allí de alguna manera —dijo, sabiendo que el resultado de la experiencia era discutible a partir de aquel momento.

Sin embargo, se puso en marcha todo lo que se creyó que podía hacerse.

—Tú también lo viste, ¿verdad? —preguntó Davis.

—Estoy asustado —gimoteó Oldbury.

—Lo viste. Viste la cara oculta de la Luna mientras pasamos sobre ella, ¡y viste que no había nada! Buen Dios, sólo postes de madera, sólo un gran andamiaje sujetando quince millones de kilómetros cuadrados de lona. ¡Te lo juro, lona!

Se echó a reír alocadamente hasta ahogarse, falto de aliento.

—Durante un millón de años —dijo roncamente—, la Humanidad ha estado contemplando el mayor decorado que jamás hubiera podido soñar. Los amantes se acaramelaban bajo un trozo de lona del tamaño de un mundo, y le llamaban la Luna. Las estrellas están pintadas; tienen que estarlo. Si pudiéramos ir lo suficientemente lejos, podríamos arrancar alguna y llevarla de vuelta a la Tierra. Es todo tan divertido…

Se echó a reír de nuevo.

Oldbury deseaba preguntarle a aquel adulto por qué estaba riendo, pero sólo conseguía pronunciar un «¿Por qué…, por qué…?», debido a que la risa del otro era tan estentórea que helaba las palabras en su garganta.

—¿Por qué? —aulló Davis—. ¿Cómo demonios quieres que lo sepa? ¿Por qué los estudios cinematográficos levantan decorados de las fachadas de unas cuantas casas para filmar escenas de una calle en sus producciones? Quizá somos simplemente un espectáculo, y nosotros dos hemos salido de los estudios en vez de quedarnos en el centro del escenario, como se suponía que debíamos hacer. Se supone que la Humanidad no debe saber que está en un decorado. Por eso los aparatos dejan de funcionar pasados los trescientos veinte mil kilómetros. Pero, por supuesto, nosotros lo hemos visto.

Miró de soslayo al hombre que tenía a su lado.

—¿Sabes por qué no importa el hecho que lo hayamos visto?

Oldbury se secó las lágrimas para mirarle.

—No. ¿Por qué?

—Porque no importa lo que hayamos visto. Si volvemos a la Tierra y decimos que la Luna es simplemente una lona sujeta por un andamiaje de madera, nos matarán. O quizá nos encierren en un asilo psiquiátrico para el resto de nuestras vidas, si se sienten generosos. Por eso no vamos a decir nada al respecto.

De pronto, su voz se hizo más profunda, y casi amenazadora.

—¿Comprendes? ¡Ni una sola palabra!

—Quiero a mi mamá —gimoteó Oldbury, lloriqueando.

—¿Has comprendido? No diremos nada. Es nuestra única esperanza de ser tratados como cuerdos. Dejemos que algún otro siga nuestros pasos y descubra la verdad y sea muerto por ello.

¡Júrame que te mantendrás callado! ¡Júralo, y que te caigas muerto si revelas algo!

Davis respiraba pesadamente cuando alzó un brazo amenazador.

Oldbury se acurrucó hacia atrás tanto como se lo permitía su asiento-prisión.

—No me pegues. ¡No me pegues!

Pero Davis, furioso más allá de toda razón, gritó:

—Sólo hay una forma segura —dijo.

Y golpeó a la acurrucada figura, y golpeó, y golpeó de nuevo…

Godfrey Mayer se sentó junto a la cabecera de la cama de Oldbury y dijo:

—¿Le resulta todo claro ahora?

Oldbury llevaba casi un mes en observación.

Lars Nilsson permanecía sentado en el otro extremo de la habitación, escuchando y observando. Recordaba a Oldbury con el aspecto que tenía antes de subir a la nave. El rostro era aún cuadrado, pero sus mejillas estaban hundidas y había perdido toda su fuerza.

La voz de Oldbury era firme, pero apenas un susurro.

—No había ninguna nave. No estábamos en el espacio.

—Pero recuerde que no sólo se lo dijimos. Le mostramos la nave y los controles que gobernaban las imágenes de la Tierra y de la Luna. Usted lo vio.

—Sí. Lo sé.

—Mayer prosiguió rápidamente, con un tono definitivo:

—Fue un ensayo, una reproducción completa de las condiciones para probar cómo reaccionarían los hombres. Naturalmente, a usted y a Davis no podíamos decírselo, porque la prueba no hubiera servido para nada. Si las cosas no iban bien, podíamos detener el ensayo en cualquier momento. Así aprenderíamos gracias a la experiencia y podríamos efectuar los cambios que fueran necesarios, e intentarlo de nuevo con otra pareja.

Le había explicado aquello una y otra vez. Oldbury tenía que comprenderlo si quería aprender a vivir de nuevo.

—¿Ha sido elegida ya una nueva pareja? —preguntó Oldbury con añoranza.

—Todavía no. Pronto lo será. Hay que hacer algunos cambios.

—Yo fracasé.

—Aprendimos mucho con usted, de modo que el experimento fue un éxito en ese sentido. Ahora escuche… Los controles de la nave estaban diseñados para empezar a ir mal cuando lo hicieron, a fin de comprobar su reacción ante unas condiciones de emergencia después de varios días de tensión del viaje. La interrupción estaba programada para el vuelo simulado en torno a la Luna, y estaba previsto que volvieran a funcionar en el viaje de regreso. Se suponía que ustedes no verían el otro lado de la Luna, así que no lo construimos. Llámelo economía. Esta prueba ha costado cincuenta millones de dólares, y no es fácil conseguir fondos.

—Sólo que el interruptor automático del videoscopio no actuó a tiempo —añadió Nilsson amargamente—. Falló una válvula. Vieron ustedes la parte no terminada de la Luna, y tuvimos que detener la nave para impedir…

—Eso es —le interrumpió Mayer—. Ahora repítalo usted, Oldbury. Repítalo todo.

Caminaron pensativamente por el pasillo. Nilsson dijo:

—Hoy casi parecía él mismo. ¿No lo cree usted así?

—Está mejorando —admitió Mayer—. Mucho. Pero tenemos que seguir con la terapia, de todos modos.

—¿Alguna esperanza con Davis?

Mayer meneó lentamente la cabeza.

—Ese es un caso distinto. Se ha encerrado completamente en sí mismo. No habla. Y eso nos impide llegar hasta él. Hemos intentado la aldosterona, la ergoterapia, la contraelectroencefalografía, y todo eso. Nada ha funcionado. Cree que, si habla, lo meteremos en un asilo psiquiátrico o lo mataremos. No es posible pedir una paranoia más desarrollada.

—¿Le ha dicho usted que sabemos?

—Si lo hiciéramos, lo empujaríamos nuevamente a un ataque homicida, y quizá no fuéramos tan afortunados como la otra vez, cuando salvamos a Oldbury. Creo más bien que es incurable. Según me ha dicho el enfermero, a veces, cuando la Luna está en el cielo, Davis se queda mirándola y murmura para sí mismo: «Lona».

—Esto me recuerda lo que dijo el propio Davis en la primera parte del viaje —dijo Nilsson seriamente—. A las ideas les cuesta morir. Es cierto, ¿verdad?

—Esa es la tragedia del mundo. Sin embargo…

Mayer dudó.

—¿Sin embargo qué? —le apremió el otro.

—Nuestros cohetes no tripulados, tres de ellos…, los aparatos de transmisión dejando de emitir siempre justo antes de rodear la Luna, y los tres perdidos para siempre… A veces me pregunto…

—¡Cállese! —le atajó Nilsson furiosamente.

Asimov: Cuentos Completos
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