Dedicatoria
A veces, cruzamos paisajes sombríos en el devenir de la existencia, perdemos el rumbo y no sabemos por dónde cae el norte, el viento, la lluvia y la escarcha de la desolación interior nos desarraiga tanto que caminamos hacia el pozo sombrío de la angustia y no encontramos la salida, es más ni la buscamos.
La tristeza y la soledad se hacen inseparables amigas que comparten cada suspiro y cada latido del corazón cansado y la pesadez de las piernas, los sentidos embotados, la mente confusa y la espalda doblada por el lumbago y el lastre del pasado nos hunde y nos humilla recordándonos nuestra miseria y nadidad humana.
Solo acertamos a atisbar un rayo de luz y una bocanada de aire fresco que nos revive el ánimo, despeja la mente y despierta el alma, cuando algún ser querido te abraza, acepta y comprende incondicionalmente, aunque no esté de acuerdo con el rumbo que ha tomado tu vida.
En ese abrazo nos reconocemos en sus ojos y en sus lágrimas, en su respiración y en su aliento, y nos damos cuenta de que su dolor y tristeza es nuestro dolor y nuestra angustia, entonces comprendemos que hemos sido tremendamente cobardes y lastimosamente egoístas, ellos no se merecen que los hayamos hecho sufrir con nuestros desvaríos.
Y mil veces que caiga, mil y una veces me levanto.
Te devuelvo: Un batallón de querencias y una sonrisa... un corazón que late vigoroso, una mente despejada y una voz clara que te dice: gracias por estar ahí cuando más te necesitaba.
Ahora se que vivo por ti y para ti, si tu no estuvieras ahí yo no podría reconocerme aquí.
Porque cuando leas este escrito y te reconozcas, entonces, con tu sonrisa sabrás que me estoy refiriendo a ti.
Gracias.