34
Lo primero que noto al despertar, sin haber abierto los ojos todavía, es un mareo terrible. Dolor de cabeza. Boca seca. Náuseas. Dios, ¿cuánto tiempo he dormido? Me siento aturdida. No sé dónde estoy y me duele la cabeza demasiado para pensar con claridad. Me encantaría beber algo. Joder, es como si tuviera resaca.
Abro los ojos. Trato de moverme, pero no puedo. Un pinchazo me atraviesa el corazón. Reparo en que estoy en una cama, tumbada de lado, pero hay algo que me impide incorporarme. En realidad ese algo ni siquiera me deja mover las manos. Entonces también percibo que tengo la boca tapada. Algo tira de mis labios. Unos segundos después comprendo que se trata de una cinta adhesiva. Cuando la mente se me aclara un poco, empiezo a entrar en pánico. Me viene una imagen tras otra, y me echo a temblar hasta que decido calmarme y hacer algo.
Repto por la cama como puedo y, entonces, lo veo: sentado en una silla frente a la cama, con algo en la mano que no atino a discernir qué es. Está manchado de rojo. Igual que sus dedos. Eso es sangre. No puede ser la mía, ¿verdad? ¿Por qué iba a hacerme daño? Sin embargo, recuerdo que ahora mismo estoy atada de manos, amordazada y tirada en una cama en este lugar al que me ha traído. Y me duele tanto la cabeza… Me golpeó antes, así que es más que probable que esa sangre sí sea mía.
En cuanto se levanta de la silla el corazón se me acelera. Cuando se acerca a mí me entran ganas de gritar. No puedo respirar bien con la cinta, así que en cuestión de segundos mis gemidos se convierten en jadeos. Me quedo muy quieta, encogida. Aunque lo que más me gustaría es darle una patada y salir corriendo de aquí, sé que está por encima de mí y que, ahora mismo, puede hacer conmigo lo que quiera. Soy su presa, y de lo que más me arrepiento es de no haber sido consciente de ello mucho antes.
—Querida, ¿cómo te sientes?
Se acuclilla ante la cama y me acaricia la frente. Un dolor punzante me hace cerrar los ojos. Cuando los abro su rostro está muy cerca, y eso me provoca más ganas de chillar.
—Seguro que te duele, ¿no es así? Ha sido un golpe fuerte —me dice. Tendría que haberme dado cuenta desde un principio de que no hay nada de sano en él—. Imagino que estás asustada, así que vamos a hacer un trato, ¿vale? Te quito la cinta si me prometes que no gritarás. —Calla en espera de mi respuesta. Lo observo con los ojos muy abiertos, entre cautelosa, aturdida y temerosa. Como ve que no respondo, me coge del pelo y tira de él. Se me escapa un chillido que queda acallado por la cinta—. Cuando te pregunte algo me respondes, ¿entiendes? —Me apresuro a asentir con la cabeza—. Entonces ¿gritarás si te la quito?
Esta vez niego, dejando escapar un par de lágrimas que me escuecen. Me suelta del cabello, y suspiro aliviada. Me arranca la cinta de manera violenta, pero consigo mantenerme callada para no molestarlo.
—Ian… —empiezo a decir.
Su mano se alza, y me encojo esperando un nuevo tirón de pelos o algo peor. Sin embargo, lo que hace es llevarse un dedo a los labios y pedirme silencio. A continuación me levanta, me sienta en el borde de la cama bruscamente y se va hacia la silla. Una vez que ha colocado el trasero en ella me sonríe. No es una sonrisa bonita. No es tranquilizadora. Es la de un hombre que lo perdió todo, incluso su cordura, y a quien ya no le importa nada.
—Melissa, Melissa… —canturrea con tono irónico inclinado hacia delante con los dedos cruzados—. Con lo fácil que habría sido que aceptaras lo que te propuse… ¿Qué te supone una noche? ¿Es que no le has dado a él una tras otra desde siempre? —En cuanto lo menciona, su sonrisa cambia a un gesto de asco.
Lo miro con la barbilla apoyada en el hombro, llorosa y aterrorizada. Me tiembla tanto todo y tengo el corazón tan acelerado que creo que en cualquier momento me dará algo. Quizá sea lo mejor; así no seré consciente de lo que me haga, sea lo que sea lo que haya pensado.
—¿Sabes? Es que no puedo entenderlo. —Niega con la cabeza—. ¿Qué es lo que ves en él? ¿Acaso no te convierte en un fantasma? ¡Claro que sí! Aun así, lo eliges a él, lo prefieres.
Vuelve a levantarse de la silla. Me encojo un poco más, pero suspiro de alivio al descubrir que lo único que hace es pasearse por la habitación.
—Naima me prometió que iba a estar conmigo siempre. ¡Y me engañó, joder! —Alza las manos como si aún no pudiera creerlo—. Le di todo… La escuchaba cuando venía a explicarme las peleas que tenía con Héctor y a contarme lo infeliz que a veces se sentía con él. ¡Pero luego regresaba a sus brazos! —Su tono de voz se eleva, y cuando quiero darme cuenta ya se ha cernido sobre mí y está cogiéndome de los brazos—. ¡Follaba conmigo, me pedía placer y comprensión, pero después se iba a dormir con él!
Me zarandea provocando que me maree. Trato de aguantar el grito que pugna por salir de mi garganta. Me encantaría cerrar los ojos y no encontrarme con los suyos, pero hay algo en mí que me obliga a mantenerlos abiertos.
Me da un empujón. Caigo de espaldas en la cama, sollozando, y esta vez sí cierro los ojos. No obstante, la calma me dura poco porque lo siguiente que noto es un terrible escozor en la cabeza. No puedo aguantar, así que el grito se me escapa. Una bofetada aterriza en mi cara, una tan bestial que me corta la voz de inmediato. Ian estira de mi cabello tanto que me obliga a incorporarme de nuevo. Me sienta en la cama como antes y me mira con esa sonrisa lunática. Me muerdo los labios, tratando de contener los sollozos.
—¿Sabes? Yo no quería hacerle daño —murmura con una voz desprovista de sentimientos. Sé que está mintiendo y, por eso precisamente, el miedo me retuerce las entrañas—. Pero ella me obligó. Incumplió sus promesas. Y por si fuera poco un día me dijo que en ocasiones le daba miedo. ¿Puedes creerlo? —Me agarra de la barbilla y lanza una carcajada totalmente forzada.
Se me escapa un sollozo y, una vez más, me llevo una bofetada. Los dedos de Ian duelen mucho, pero su forma de mirarme, con tanto desprecio, todavía me daña más.
—Déjame ir, por favor… —le suplico en un susurro.
Posa su oído junto a mi boca y le repito lo que acabo de decirle. Suelta otra risa despectiva.
—¿Y por qué cojones debería dejarte marchar? —Ladea la cabeza y me sonríe. Su mano se acerca de nuevo a mi cara, pero lo que hace ahora es acariciarme la mejilla. Mi estómago se contrae con ese simple roce—. Yo te quiero para mí. Es lo que he deseado durante mucho tiempo… Y por fin puedo tenerte de nuevo.
—¿Qué? —Lo miro incrédula, sin comprender del todo sus palabras.
—Lo supe desde el día que te vi en la solapa de ese libro. —Mueve la cabeza sin borrar su tétrica sonrisa—. Pensabas que no iba a enterarme, ¿eh? —Su caricia se hace más dura, hasta que me clava las uñas en la mejilla. Se me escapa otro sollozo y su semblante cambia una vez más—. Has vuelto para hacerme la vida imposible, ¿no es así, Naima? ¡Basta ya de tantos jueguecitos! Me cuesta llamarte Melissa… Por cierto, me parece nombre de puta. ¿Por qué lo elegiste?
Contengo la respiración y niego al comprender qué sucede. En realidad no sé muy bien qué es lo que tiene este hombre en la cabeza, pero estoy más que segura de que no hay ni rastro de cordura en ella. Ian está loco y, por algún extraño motivo, piensa que soy Naima.
—No moriste, ¿no? Él consiguió salvarte… o qué sé yo. —Hincha las aletas de la nariz y me observa con los ojos abiertos, aunque no parece estar mirándome—. Creíais que me engañaríais. La verdad es que eso del entierro, lo compungidos que estaban todos… ¡Qué buenos actores! Y tú, que tanto amabas la vida… Debió de ser duro para ti estar en ese feo ataúd, ¿eh? ¡Qué buena actriz fuiste también…! O quizá ni te metieron en él, y estabas tomándote una copita de vino y riéndote de mí. —Su labio superior se curva hacia arriba como si sintiera mucho asco—. ¿Por qué quisiste huir de mí, eh? Eso no estuvo nada bien, Naima. ¡Joder, eso fue una puta mierda!
Sus dedos, una vez más, me azotan la mejilla. Tan fuerte que me hace volver la cara. No le doy la satisfacción de verme llorar. Aguanto el tipo como puedo, y por suerte el pelo me cubre la cara. Lo cierto es que estoy muerta de miedo. No sé qué me hará. Me arrepiento tanto de haberme acercado a él, de haber conversado, de haber confiado. Ahora mismo, lo que más desearía es estar entre los brazos de Héctor. Me digo que si quiero evitar caer en la desesperación lo mejor es centrar la mente en él. No obstante, Ian no me lo permite. Sus dedos se hincan en la carne de mi rostro como garras. Me obliga a mirarlo y, durante unos segundos, lo que más deseo es escupirle y dejarle claro lo que pienso de él. Sin embargo, logro contenerme. «Esto no es el final, Melissa. Todavía puedes salir de aquí».
Quizá lo único que pretende es asustarme. Pero borro esta idea de mi mente cuando, sin previo aviso, sus manos se cierran en torno a mi garganta. Me asusto tanto que el corazón me da un salto en el pecho. Jamás pensé que me encontraría en esta situación. A medida que Ian aprieta, el miedo me cubre más y más. Ni siquiera puedo manotear al estar atada. Abro la boca, pugnando por coger aire, pero me falta, me falta demasiado. Pasan un montón de pensamientos inconexos por mi cabeza, entre ellos que no quiero morir sin ver los ojos de Héctor por última vez. Caigo de espaldas sobre la cama, con la rodilla de Ian al lado de mi cuerpo. Empiezo a marearme. Su rostro se me desdibuja. Dios mío, ¿en realidad merezco lo que está pasándome?
La presión cede. Los dedos de Ian sueltan mi cuello. Ladeo la cara entre toses y lágrimas que corren por mis mejillas. Me arde la garganta y me duele la piel, pero al menos estoy viva. Tengo que pensar, por mucho que me cueste, en cómo escapar de este hombre.
Para mi sorpresa pasa las manos por mi cintura, me coge en volandas y me lleva a la silla en la que estaba sentado. Me coloca encima de ella y me deja ahí, temblando como una niñita abandonada. Me obligo a mantener la cabeza bien alta, a no permitirle que olisquee el miedo que me atenaza. Se acuclilla ante mí y me mira de una forma que no logro comprender. Hay una niebla en sus ojos que no me permite ir más allá. Por unos segundos advierto tristeza en ellos, pero al momento siguiente me parece que está burlándose de mí o que me odia.
—Eras muy inteligente, Naima… Bueno, para unas cosas. No con los hombres. —Su índice se desliza por una de mis mejillas hasta los labios. Me sobreviene una arcada que apenas logro contener. Los ojos de Ian devoran mi boca y temo que sea después la suya la que lo haga—. Fue fácil engañarte, aunque también a Héctor. Parece que la ingenuidad se pega.
Me sonríe con los ojos muy abiertos, y casi me dan ganas de contestar que es cierto, que he sido la más ingenua del mundo.
—Cuando mi querido amigo vino a verme aquella noche, pensé que todo se acababa. Pero el muy gilipollas había bebido, ¿sabes? Me resultó bastante sencillo hacerle creer que él también tenía su parte de culpa en todo esto. —Su gesto se contrae en señal de repugnancia y enfado—. Le dije: «Naima nos necesita a los dos. Naima quiere que seamos tres en la cama. Se marchará de nuestras vidas si no aceptamos». Y lo creyó porque, al fin y al cabo, yo era tu mejor amigo y también el suyo, ¿no? ¿Cómo iba a inventarme esas cosas horribles? Y después fuiste tú quien se lo confirmó, así que…
Se queda callado unos instantes y me observa con esa sonrisa ladeada.
—Eres un monstruo —se me escapa antes de que pueda comprender las consecuencias.
—¿Perdona? —Se lleva una mano a una oreja—. Creo que no te he oído bien.
Ni siquiera me permite repetir la frase. El puñetazo que recibo en el rostro me deja muda. Incluso tiene que agarrarnos a la silla y a mí para que ambas no caigamos al suelo.
Abro la boca, aturdida, dolorida y aterrorizada. Me doy cuenta de que la nariz me gotea. Oh, Dios mío… El corazón empieza a latirme desbocado y hasta eso me da miedo. Me da pánico que Ian oiga mis latidos y se cabree. ¿Fue así como se sintió Naima aquella vez que le confesó que lo temía? ¿La golpeó en alguna ocasión? Todo son dudas que están carcomiéndome.
—Quizá yo sea un monstruo, pero tú fuiste una puta. Y aun así te aceptaba. —Lo ha dicho con tanto desprecio que se me encoge el estómago. Está tan convencido de que soy Naima y yo estoy tan aturdida que empiezo a creer que esto es una jodida broma del destino—. ¡Llegó un momento en que te volviste una maldita viciosa, hostia! —De nuevo alza la voz y a mí se me escapa un sollozo—. Aunque he de reconocer que me divertía. No tanto a él, y lo sabes… Héctor es demasiado tradicional para todo eso, e imagino que continuará así. ¡No sabes lo que me reía por dentro cuando me pedías que te golpeara o que fingiera que te violaba! ¡Joder, Naima, es que eso era de psicólogo! —Se le escapa una carcajada.
No puedo soportar todo lo que me está confesando. ¿Héctor también accedía a esos deseos? No es algo que me agrade, pero lo cierto es que si todo era consentido, ¿quién soy yo para juzgarlos? ¿Y quién es Ian para despreciar de esa forma a la mujer que supuestamente amó y que ahora está muerta?
De nuevo mi instinto actúa más rápido que mi razón. Reúno saliva en la boca y, segundos después, se la lanzo a la cara. Ian se echa hacia atrás, totalmente sorprendido, y luego se lleva una mano al rostro como si no creyera lo que he hecho. Me mira con una ira tremenda, y cierro los ojos preparada para recibir el golpe que se avecina. No llega. Entreabro un ojo y lo veo limpiándose el escupitajo con la manga de la americana.
Se va hacia una puerta, a nuestra derecha, en la que yo no había reparado antes. El miedo vuelve a ensañarse con mi cuerpo y, antes de que pueda darme cuenta, se me ha escapado un grito. Ian sale corriendo de la habitación en la que está ahora —imagino que será el cuarto de baño— y se apresura a colocarme una nueva cinta en la boca. Me revuelvo, suelto un par de gritos más que quedan amortiguados y, al fin, me quedo callada y lo observo con la respiración agitada. Está muy cabreado, y me lo he buscado yo solita, pero al menos habré actuado como me pedía el alma.
—Eres una zorra, querida. —Se acuclilla una vez más ante mí, posando sus manos en mis muslos. Mi respiración se agita, y la cinta adhesiva lo empeora todo—. Podría habernos ido tan bien… ¿Sabes que llegué a entender que quisieras todas esas cosas? Al fin y al cabo, con mi amiguito te sentías muy frustrada. De adolescente eras una mosquita muerta… Eso es algo que me ponía tremendamente cachondo, y tú lo sabías. Pero después te empeñaste en probar todo eso que él no sabía darte. Yo estaba dispuesto a dártelas. Lo hice, ¿o no? ¿No te acuerdas? —Me agarra de la barbilla y me echa la cabeza hacia atrás. Su respiración también se acelera—. Porque yo sí me acuerdo de las veces en las que estuviste ante mí como ahora, con una soga entre los dientes y otra alrededor de las manos. Disfrutabas como una perra. ¡Y luego empezaste a recriminarme que a veces te hacía más daño del que debía! —Se encoge de hombros como si le pareciera algo increíble—. ¡Claro que sí, joder! ¿Cómo no iba a hacértelo si siempre regresabas con él, eh?
Me zarandea en la silla y a mí se me escapa un gritito.
—Tú y yo estábamos hechos el uno para el otro —continúa—. Yo podía darte todas esas cosas enfermizas que querías. Él no. Ni siquiera te daba amor; eso, al menos, era lo que siempre me decías entre lágrimas. —Niega con la cabeza, incrédulo—. Entonces ¡¿qué cojones hacías con él, eh?! ¡¿Por qué hostias no te quedabas a dormir conmigo ninguna noche?!
De no tener la cinta en la boca le preguntaría si no se le ha pasado por la cabeza que Naima estuviera enamorada de Héctor a pesar de lo que hizo. Ahora mismo no sé qué pensar. Me siento demasiado confusa.
—Te quería muchísimo, Naima. Aún lo hago, ¿eh? Tranquila, que todavía estoy yo para hacerlo. —Me separa las piernas y se coloca entre ellas—. Porque está claro que nuestro queridito Héctor te abandonará como a un perro. No sería la primera vez que lo hace. Entonces vendrás a mí, llorarás en mi hombro, me pedirás que te folle y, antes de que amanezca, te irás.
Sus manos vuelven a posarse en mis muslos, pero ahora no las deja quietas sino que las desliza hacia mi entrepierna. El estómago me da un vuelco cuando me aprieta el sexo por encima del pantalón. Se me escapa un jadeo impregnado de pánico y asco. Al agachar la vista descubro el bulto en su entrepierna y el llanto vuelve a apoderarse de mí.
—Esta vez he decidido que no permitiré que suceda eso. Por esa razón estás aquí, Naima. —Sus dedos presionan mi sexo haciéndome daño—. Me costó seguirte ese jueguito de «jiji, soy Melissa, soy tan distinta a Naima, no te conozco, cuéntame cosas». Cada vez que te veía sentada ante mí en la cafetería quería llevarte al baño, tirarte del pelo y follarte contra la pared mientras repetía tu nombre. No pudiste mantenerte alejada de Ian, ¿eh? Aunque te atemorizo, siempre vuelves a mí. —Acerca su rostro al mío con los ojos muy abiertos y su sonrisa de depredador en los labios—. Esta vez no te dejaré escapar. Te daré todo lo que quieras para que desees quedarte conmigo.
Sin previo aviso pasa las manos por debajo de mis muslos y se levanta conmigo en brazos. Pataleo; trato de golpearlo con las piernas, que es lo único que tengo libre; me sacudo todo lo posible… Pero es en vano. Me tira sobre la cama como si fuera una muñeca rota. En realidad, así es como me siento. Y estoy segura de que ésa era la forma en la que Naima se sintió durante mucho tiempo. Por eso no puedo evitar caer en el llanto.
Ian me coloca boca abajo a pesar de mis protestas. Me baja el pantalón con malas maneras y me da un doloroso cachete en el culo. Grito contra la cinta, me revuelco en la cama y lloro. Este hombre va a violarme y no podré hacer nada para evitarlo. Después, si tengo suerte, me matará… Así no tendré que llevar conmigo esta vergüenza el resto de mi vida.
—¿No es esto lo que te gustaba, eh? —Otro azote en el trasero que hace que mi espalda se curve.
Niego con la cabeza, desesperada, pero lo único que hago es provocarlo más, con lo que me llevo un golpe tras otro.
Cuando se detiene me siento exhausta y con las nalgas ardiendo. Es un dolor sordo que está traspasándome y que me provoca más terror. Me arranca las bragas de un tirón. Oigo un sonido que no presagia nada bueno y al intuir de qué se trata estoy a punto de desmayarme. Me acerco aún más a la inconsciencia cuando su cinturón se clava en mi carne, desgarrándomela un poquito más con cada uno de los golpes.
—Lo siento, querida, lo siento tanto… —Se coloca sobre mí, aplastándome con su peso y haciéndome ver las estrellas en el trasero. Está llorando, y su humedad cae en mi rostro uniéndose a mis lágrimas—. A mí también me jode hacerte esto, ¿sabes? Pero es un pequeño castigo, un poco de dolor por todo el que me causaste.
Quiero gritarle a la cara que está loco, que es un ser despreciable, un auténtico monstruo. No puedo, y eso hace que todavía me sienta peor. Apoyo la frente empapada en sudor en las sábanas, consciente de que si sobrevivo a esto jamás seré la misma. Ninguna mujer puede serlo cuando la despojan de su alma.
Al momento siguiente me veo tumbada boca arriba, sin comprender bien lo que está sucediendo. Ian reparte un montón de besos húmedos por mi frente, mis ojos, mi rostro, mi barbilla, incluso en mi boca, a pesar de que me la tapa la cinta. Sus dedos se pierden por mi sexo, y me obligo a volar muy lejos de aquí. Ya ni siquiera lloro. Trato de alcanzar un estado en el que no note nada, en el que tan sólo haya buenas sensaciones. Pienso en Héctor y en su manera de mirarme, en cómo se curvan sus labios al susurrarme un «te quiero» o uno de sus «aburrida», en el modo en que me acaricia con cada una de las partes de su ser. Recuerdo cómo nos conocimos, lo diferentes e iguales que éramos a ahora, el pánico que nos daba amar, lo atados que estábamos a los secretos.
Y por eso estoy aquí. Por ese motivo mi alma va a morir de un momento a otro, y quizá también lo haga mi cuerpo. No me casaré tal como teníamos previsto. No tendré hijos y no sabré cómo es Héctor como padre. ¿Quién llorará por mí? Seguramente mi familia y mis amigos. ¿Y qué sucederá con él? ¿Será tan grande su dolor que tampoco podrá continuar con su vida?
Jamás había pensado en la muerte. Aunque bien es cierto que jamás la había tenido tan cerca. Y supongo que es esto que estoy sintiendo ahora mismo mientras las manos de Ian me atenazan la garganta. Imagino que morir es esta oscuridad que se acerca galopando y ese frío que está invadiendo cada una de mis extremidades.
Ian está hablando… Trato de concentrar mi atención en él, aunque sólo atino a captar alguna frase que otra.
—Me enfadaste tanto aquella noche… —Sus dedos aprietan más, tanto que me parece oír un crujido en mi cuello—. No podía creer que me dijeras aquello, que no quisieras que nos viéramos más. Me explicaste que te habías dado cuenta de que era yo el que estaba destrozándote. Pero ¡¿cómo coño pudiste soltar esas cosas?! —Me zarandea contra la cama con los dedos clavados en mi nuez—. No sé qué fue lo que te dijo él, pero te comió la cabeza, como siempre. No podía dejarte marchar, Naima. Lo entiendes, ¿no? Si no eras para mí, no ibas a serlo para nadie. Si no eras mía, te prefería muerta.
Al entender sus palabras algo se quiebra en mí. Mi cuerpo instintivamente reacciona, tratando de aferrarse a la vida. Se me está escapando por cada uno de los poros de la piel, pero no quiero, no puedo dejarla marchar. No después de todo lo que ha ocurrido, después de lo que hemos tenido que luchar Héctor y yo para amarnos. No voy a permitir que este hombre me separe del hogar que he creado. Está en mi pecho, en mi corazón, en mi alma. Cada gesto, cada palabra, cada susurro, cada mirada, cada jadeo, cada momento que Héctor me ha regalado los tengo guardados y son los que ahora mismo están luchando conmigo.
Ian aprieta los dientes y el ruido que hace con ellos me trastorna. Quiero vivir, pero no puedo respirar. Me siento tan débil… Y tan terrible. Yo he sido la culpable de esto. Me gustaría ver a mis padres por última vez. Me encantaría oír el llanto de mi sobrino, al que no conoceré. Desearía volver a sentarme con Héctor, agarrarlo de la mano y confesarle todas mis dudas, exponerle mis errores. Y amarlo. Sobre todo amarlo, nada más. Ahora me doy cuenta de que es lo único que necesito. Qué curiosa es la vida. Y la muerte. Comprendes lo que significa vivir cuando estás a punto de dejar de hacerlo.
Las lágrimas recorren mi rostro. El rostro de Ian se desdibuja ante mí. Él continúa hablando, y yo lo que hago es caer en una oscuridad que, en el fondo, no es tan mala. No, porque en ella diviso los ojos de Héctor. Quiero que me abrace, que me susurre con su cálida voz que todo estará bien.
Desearía haberle dicho por última vez lo mucho que lo he amado.
—¡Melissa! ¡¡¡Melissa!!! —Es una voz familiar. Es la de Héctor. Está llamándome. ¿Cómo es posible? ¿Es que ha muerto también?
Atisbo entre la niebla el rostro atemorizado de Ian. A continuación oigo más voces que no reconozco. Golpes, gritos, movimientos que suceden delante de mis ojos y no atino a ver.
La oscuridad se cierne sobre mí, más y más.
Y, en el centro, la mirada del hombre que más amo. Gracias, Dios, gracias por traérmelo. Gracias por dejarme contemplar de nuevo esos ojos antes de irme de aquí.