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Me detengo ante la lápida de esa mujer a la que no he conocido y que, sin embargo, ocupa un hueco doloroso entre nosotros. Su sombra se me antoja cada vez más alargada. Contemplo las palabras grabadas en la losa de mármol y, durante un momento, me pregunto —una vez más— si lo poco que él me ha contado acerca de su historia es real. Leo: «Naima Safont. Cariñosa hija, amante novia, excelente profesional y carismática mujer. Jamás te olvidaremos. Nos dejaste demasiado pronto…».
Un escalofrío más helador de lo normal me recorre la espalda, y tengo que contenerme para no echarme a temblar ante el rostro de esa fotografía que me devuelve la mirada. Deduzco que Naima era apreciada por todo el mundo. Incluso sus compañeros de trabajo quisieron participar en su afectuosa despedida. También Héctor, por supuesto. No parece que estuviera enfadado con ella por lo que le hizo.
Introduzco las manos en los bolsillos de la chaqueta y niego con la cabeza, arrepentida de haber venido hasta el cementerio. ¿Qué pretendo obtener de esta visita? Aquí nadie va a obsequiarme con las respuestas que, últimamente, mi corazón necesita.
—¿Quién eras en realidad, Naima? —pregunto a la mujer de la foto como si pudiese contestarme. Me acerco un poco más a la losa y constato el asombroso parecido que existe entre nosotras, y eso a pesar de que Naima está muy joven en ese retrato—. Te habría traído unas flores, pero no sé cuáles te gustaban. De hecho, no sé nada de ti. Ni siquiera a qué te dedicabas exactamente. Es extraño, ¿no? Con lo mucho que tu recuerdo nos ha afectado y, aun así, eres una completa desconocida para mí.
Me quedo callada unos segundos con la mente en otra parte, hasta que reparo en una familia que llora un par de lápidas más allá; en especial me fijo en la niña pequeña, que no puede controlar unos gemidos cargados de pena. Ante esa imagen un pinchazo me atraviesa el corazón y decido que ya es hora de marchame. No me gustan nada los cementerios, menos aún la tristeza que emana de todo en ellos, incluso de los cipreses. Además, Héctor está a punto de llegar del trabajo, y se preguntará por qué no estoy en casa escribiendo.
Avanzo hacia la familia con timidez y un tanto nerviosa. Debo pasar por su lado necesariamente para salir. Cuando estoy a escasos metros, una mujer se separa del grupo y echa a andar. No sé los motivos, pero hay algo en su modo de caminar —rápido, pero al mismo tiempo elegante— que me provoca una gran inquietud. Yo también ando con premura, dispuesta a alcanzar a esa figura que parece huir. Ignoro con qué me encontraré, y tampoco entiendo las voces de mi cabeza que me dicen que continúe hacia delante.
A medida que me aproximo esa mujer me resulta tremendamente familiar. Tiene el cabello muy oscuro, largo hasta la mitad de la espalda. Va vestida con un elegante abrigo negro que le llega hasta las rodillas y, a pesar de sus altos tacones, avanza resuelta. La verdad es que casi está corriendo; incluso tengo que apretar el paso para alcanzarla. De repente aprecio que se le cae algo blanco del bolsillo, y pienso que es la oportunidad perfecta para llamar su atención.
—¡Eh, señora! —exclamo justo en el momento en que dobla una esquina.
Llego hasta el objeto y lo recojo. Se trata de un inmaculado pañuelo con unas iniciales bordadas en color dorado en uno de los bordes: «N. S». El corazón me brinca en el pecho ante esas dos simples letras que, por algún extraño motivo, se me antojan una premonición. Trato de convencerme de que tan sólo es una coincidencia, así que continúo avanzando hasta la esquina por la que la mujer ha desaparecido. Lo hago más despacio, un poco asustada.
Asomo la cabeza con cuidado porque no quiero que nadie me vea, a pesar de que hace unos segundos anhelaba encontrarme con ella. Para mi sorpresa, esa calle del cementerio está completamente vacía. Ni rastro de la dueña del pañuelo. Doy un par de pasos más y entrecierro los ojos, no sea que estén jugándome una mala pasada. Pero no, aquí no hay nadie. ¿Cómo es posible que la mujer de cabellos oscuros se haya esfumado? La calle no tiene salida; termina en el muro, por lo que la única opción es trepar por él y después saltar al otro lado. Creo que está demasiado alto para que ella lo haya intentado. Además, ¿qué motivos tendría para hacer esa tontería?
—Me estoy volviendo loca —murmuro con una sonrisa nerviosa.
Y entonces noto a mi espalda un vientecillo helador, como si alguien se hubiera colocado detrás de mí. Al darme la vuelta me topo con los inexpresivos ojos de la mujer que, tiempo atrás, Héctor amó. Un grito se me congela en la garganta y me echo a temblar.
Naima me observa como una muñeca, sin reflejar ningún tipo de sentimiento en los ojos o en el rostro. En la foto que Héctor me enseñó, era una mujer muy expresiva, de mirada despierta y seductora; sin embargo, la figura que tengo delante parece haber perdido todo rastro de vida. «¡Y es que así es!», pienso. Tengo delante a una persona que murió años atrás en un accidente de tráfico.
—Hace tanto tiempo que él no viene… —susurra en ese momento la triste copia de Naima con una voz hueca y sin apenas separar los labios—. Dime, Melissa, ¿por qué dejó de visitarme? ¿Es que no nos merecemos, todos, un perdón?
Me llevo una temblorosa mano a la boca y niego con la cabeza, sin poder articular palabra. No sé qué debo contestarle. Es que no puedo hablar. Me he quedado sin palabras. Naima me mira sin parpadear y acerca su rostro al mío.
—Yo era culpable, pero él también lo fue —añade la Naima que tengo delante—. Y ninguno de los dos supimos perdonarnos. —A pesar de estar contando algo triste y doloroso, su tono y sus gestos son anodinos—. Pero tú, Melissa, ¿sabrás perdonarlo a él?
—¿Melissa?
Me sobresalto al notar una mano en mi hombro. No es la de Naima, sino la de Héctor, que me observa preocupado.
—¿Una pesadilla?
Parpadeo atontada y me doy cuenta de que me he quedado dormida con la cabeza apoyada en el escritorio. El Word todavía está abierto, a mitad de capítulo de la nueva novela que estoy escribiendo. Últimamente no descanso mucho con tal de cumplir los plazos, así que doy cabezadas en cualquier parte.
—¿Por qué me miras así? —le pregunto con una terrible sensación de malestar en todo el cuerpo a causa del maldito sueño.
—Estabas muy agitada, murmurando palabras incoherentes.
—¿De verdad?
Abro mucho los ojos, totalmente sorprendida. Recuerdo los últimos segundos del sueño, la pregunta de Naima. Sacudo la cabeza con tal de alejarlos de mí.
Héctor y yo nos quedamos en silencio. Aparto la mirada y la dirijo a la pantalla del ordenador. Descubro algo entre las frases escritas que me paraliza el corazón: me he dirigido a uno de los personajes con el nombre de Naima. Si Héctor se da cuenta se preguntará qué sucede, así que con toda la rapidez del mundo cierro el portátil y me vuelvo hacia él esbozando una sonrisa falsa.
—¿En serio estás bien?
—Lo estoy —asiento, tratando de mostrarme segura.
—¿Qué soñabas para gritar así?
Me coge de las manos y las cubre con las suyas, aún frías. Supongo que acaba de llegar a casa.
—Pues… ahora mismo no lo recuerdo. —Miento, ya que todas las escenas del sueño están fijas en mi mente.
—Trabajas demasiado. —Me mira con severidad—. No permitas que te supere, como me pasó a mí.
Sus palabras me dejan helada. La verdad es que parece que se hayan cambiado las tornas. Héctor se muestra mucho más fuerte y, aunque ambos sabemos que todavía no se ha recuperado por completo de su última recaída, todo marcha mucho mejor. El psiquiatra le redujo la dosis de pastillas y ahora tan sólo va un día al mes a la consulta, la mayoría de las veces únicamente para someterse a un control o para desahogarse si está estresado a causa del trabajo. Me está demostrando día a día que lo de Naima ya pasó. Hace dos meses que retomamos nuestra relación, y creo que ha superado esos dolorosos recuerdos. Yo, por el contrario… No sé lo que me pasa. No es que esté todo el día pensando en esa mujer, pero hay algo que ha cambiado en mí, y no para bien.
Tres semanas después de mi fallida boda con Germán y de mi regreso a los brazos de Héctor decidimos tomarnos unas merecidas vacaciones para relajarnos, lejos de cuanto aquí nos rodeaba. Nos fuimos a México dos semanas y, sin duda, fueron las mejores de mi vida. No tuve en la cabeza nada más que a Héctor, sus almendrados y enamorados ojos deslizándose por mi piel y sus manos creando en ella nuevas huellas.
Naima no apareció en mi mente ni por un segundo. Tampoco Germán. Y me parece que a Héctor le ocurrió lo mismo. Tan sólo estábamos nosotros dos, nuestros cuerpos deseosos el uno del otro, nuestras manos perdiéndose en las expectantes pieles. Sin embargo, al instalarme en su apartamento una vez más sentí que caían sobre mí recuerdos que no me pertenecían. Me propuse hacer caso omiso. Y lo logré. Bueno, al menos eso creía, hasta que hace un mes tuve mi primer sueño. Éste ha sido el tercero. Hablé con Dania y con Ana acerca de lo que me pasaba, pero no estaban de acuerdo. La primera insistió en que tenía que poner a Héctor entre la espada y la pared para que me contara todo lo que quisiera saber acerca de ella; Ana, por su parte, se mostró reacia.
—¿Estás loca, Dania? —Ana miró a mi amiga como a una extraterrestre—. Héctor es un hombre sensible que lo ha pasado muy mal. ¿Cómo quieres que le hable a la que es la mujer de su vida de otra que lo destrozó? —Después volvió los ojos hacia mí y me dirigió un gesto severo—. No te entiendo, Mel. Pensaba que todo eso ya te daba igual, que habíais hablado de ello para superarlo. Si él lo está haciendo, ¿por qué tú no?
—Sí lo hago. Sólo ha sido un sueño. Mi subconsciente, no yo —me excusé.
Y después de esa vez ya no volví a hablar de Naima con ninguna de las dos. Al fin y al cabo, hasta hoy no había vuelto a tener otra pesadilla. Además, estoy segura de que la causa es el estrés, y reconozco que mi subconsciente de verdad está alterado.
—Mel, quizá necesites mantener una charla con mi psiquiatra. —La voz de Héctor me saca de mis pensamientos.
—¿Qué? Ni hablar. —Niego con la cabeza poniendo morros.
—Sé lo importantes que son tus novelas para ti y todo lo que tienes que conseguir, y luego está la constante atención que debes prestar a tus lectoras en las redes sociales —continúa él—. Todo eso es muy duro.
—No necesito a tu psiquiatra. Sabes que no me cae bien. —Me cruzo de brazos como una niña.
—¿Todavía crees que fue él quien me convenció de que te dejara? —Suelta una risita y me acaricia la mano—. Vamos, ya te dije que era una mentira. La decisión la tomé yo. Ya lo hemos hablado.
—Aun así, no me gusta. Lo aguanto porque, en parte, te ha ayudado.
Héctor sacude la cabeza al tiempo que chasquea la lengua. Mientras lo observo se me ocurre algo, una idea que pasa de manera muy fugaz por mi mente, aunque la suelto sin pensarlo.
—¿Y si buscamos otro piso?
Héctor me mira con el ceño arrugado. Inclino la cabeza hacia delante, fingiendo indiferencia.
—¿No te gusta éste?
—No es eso… Es que quizá se nos quede pequeño.
—¿Pequeño? ¿Para qué? —Parpadea un tanto confundido.
—Es un apartamento muy bonito, con tu toque personal, pero me gustaría algo más grande…
—¿Me estás diciendo que quieres que dejemos de ser dos, Melissa?
Esboza una sonrisa que me provoca sorpresa. No me había parado a pensar que pudiera hacerle ilusión empezar a crear una familia.
—No… Quiero decir, ¡claro que sí! Pero no en este momento. —Me hago un lío yo misma. Por supuesto que quiero hijos, pero justo ahora, con lo ocupada que estoy con las novelas, no es buena idea.
—Entonces no necesitamos mudarnos aún, ¿no? Si no hay nada que te moleste de este apartamento, está bien para nosotros dos. —Se queda callado al decir esa última frase. Al cabo de unos segundos aparece en sus ojos un brillo de entendimiento.
—Creo que iré a hacer la cena —anuncio, y me levanto como si me hubieran puesto un muelle en el trasero.
Héctor se me queda mirando con los ojos muy abiertos y, antes de que pueda dar dos pasos, me ha cogido de la mano otra vez.
—¿Qué es lo que no te gusta de este piso, Melissa? —Me escruta con sus ojos almendrados, provocando que regrese la molesta sensación que he tenido por culpa del sueño.
—No es nada. Me gusta, pero prefiero las casas antes que los pisos.
—Tú vivías en uno…
—¡Eso me recuerda que debo poner un anuncio para alquilarlo!
Me mantengo en mi propósito de llevar la conversación a otro terreno. Sin embargo, Héctor se ha dado cuenta de que algo sucede y sus siguientes palabras me lo confirman.
—Ella no vivió aquí, si es lo que te preocupa.
El silencio nos envuelve. Inquietante y pesado, tanto que me parece notarlo en la piel. Abro la boca con tal de decir algo, pero tampoco tengo claro qué. Mis preguntas no son demasiado convenientes para él. Y no quiero remover sus recuerdos con ellas. Soy yo quien tiene que olvidar todo ese asunto. ¿Cómo voy a preguntarle si Naima mantuvo una relación amorosa o sexual con su padre? Porque desde luego que es un asunto que me reconcome desde que conocí a Álvaro. Héctor contestó que no, pero luego se desdijo y planteó que tenía dudas. ¿Y cómo cuestionar su actitud? ¿Cómo interrogarlo acerca de los motivos por los que aguantó esa situación durante tanto tiempo? No quiso contarme apenas nada y, cuando empezó a pensar sobre ello, todo se fue al traste. Y no, no puede volver a ocurrir. Debo evitarlo. Aun así, al final mi garganta suelta las palabras que le da la gana.
—¿Ah, no?
—Este piso lo compré hacia el final de nuestra relación. Lo hice para cambiar de aires y revivir lo nuestro. Además, a Naima le gustaba esta zona. Pero no nos dio tiempo a mudarnos… Murió antes. —Se le quiebra la voz. Todavía siente dolor cuando habla de ella y, aunque me pone nerviosa, supongo que es normal—. Pasamos alguna noche aquí, pero nada más. No pudimos crear un hogar.
Me quedo callada. La verdad es que la primera vez que entré en el apartamento no hallé en él ninguna huella de mujer, ni siquiera esos rastros del pasado que, por mucho que intenten borrarse, se quedan.
Me apoyo en el respaldo de la silla y procuro disimular mi inquietud. «Venga, Mel… Tan sólo estás así por el maldito sueño. Luego se te pasará porque tienes muchas más cosas en las que centrar tu cabecita, y más importantes».
En serio, normalmente no me acuerdo de Naima; puedo vivir aquí, podría hacerlo incluso si Héctor y ella hubieran compartido la vida en cada uno de estos rincones. Ya me quedé en este piso algunos meses. Tengo que pensar que estamos construyendo un hogar. El nuestro y de nadie más.
—Sabes que en otras circunstancias te hablaría de… —dice, pero no le dejo terminar.
Alzo una mano al tiempo que me acerco a él. Le paso los brazos alrededor del cuello en un gesto cariñoso.
—En realidad no necesito que hables. ¿Para qué? Estamos intentando labrarnos nuestro camino y de momento nos va bien, ¿no? —Le sonrío. Me estoy animando solita.
Héctor me devuelve la sonrisa y se muerde el labio inferior, un tanto pensativo. De repente su mano se posa en mi trasero. Lo miro como si fuera un descarado.
—¡Oiga! —exclamo bromeando—. ¿Qué se supone que está haciendo?
—¿No hablábamos antes de niños…?
—¿Qué niños? —Me hago la tonta.
—Digo yo que podríamos ponernos manos a la obra, ¿no?
Le doy un cachete en el hombro, y luego me hago la remolona, me zafo de él y echo a correr por el pasillo. Me sigue el juego y trota en pos de mí, hasta que me alcanza ante la puerta de la cocina y me empuja suavemente contra la pared. Suelto una risita que Héctor me acalla con un beso lento impregnado de ternura y adoración. Esta vez su mano no viaja hasta mi trasero sino que se queda en mi vientre y lo acaricia. Es una hermosa sensación, pero me pone nerviosa y se me escapa otra risa. Cuando se aparta tiene una mirada diferente.
—¿No te da un poco de envidia la tripita de Ana?
—Pues no, porque como no se le nota nada…
—¡No me seas tan mala!
Me abraza de forma cariñosa, y ladeo el rostro sonriendo para eludir su mirada. Me parece increíble que estemos hablando de hijos, así de repente, como quien no quiere la cosa. A ver, está claro que ambos tenemos una edad más que perfecta y que nuestra situación económica no es mala —por no decir que es mejor que buena—, pero no es algo que debamos decidir a lo loco.
—¡Oye! —exclamo de pronto—. ¿Tienes ya el regalo de Dania? —Acabo de recordar que la próxima semana es su cumpleaños y que vamos a celebrarlo a lo grande (en el Dreams, cómo no) con muchos de sus amigos.
—Me lo traen mañana —me anuncia Héctor—. Y pedí uno también para tu hermana.
—¿En serio? —Me da la risa—. No le hará gracia.
—Cuando lo use, verás si se ríe o no. —Esboza una mueca pícara. Sus manos, de nuevo, recorriendo mi cuerpo y despertándolo—. ¿Por qué no lo probamos tú y yo ahora?
Me echo a reír. Y esta vez corro en sentido contrario, hacia nuestra habitación. Me encanta provocar a Héctor, que no duda ni un segundo en lanzarse a por mí. Antes de llegar a la puerta ya tengo sus manos enganchadas a mi cintura. Con tan sólo ese roce, un agradable cosquilleo invade mi vientre. Él lo masajea y, a continuación, desliza una mano hasta mi pubis, acariciándolo por encima de la ropa.
—Hoy tengo tantas ganas de ti… —susurra en mi oído.
Me encojo de hombros con una risita. Notar su pecho contra mi espalda es algo que siempre me pone a cien.
—¿Sólo hoy? —pregunto haciéndome la coqueta.
—Hoy y cada día. Cada minuto, cada segundo… Me paso las horas pensando en mil maneras de follarte.
Me chupetea el lóbulo de la oreja. Logro soltarme de su abrazo y entro en la habitación. Corre tras de mí y, sin previo aviso, me empuja contra la cama. Caigo boca abajo con una enorme sonrisa en el rostro, y se me escapa un jadeo en cuanto se coloca sobre mí, aplastándome con su peso.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de hacer bebés? —me pregunta.
—¿Otra vez con eso? —murmuro con la voz ahogada por las sábanas.
—Lo que más me gusta es todo lo de antes. Todo lo que voy a hacerte ahora mismo… —Su voz es tan sensual que el cosquilleo que había aparecido en mi vientre camina hacia mi sexo.
Héctor me da la vuelta y me coloca de cara a él. Me veo reflejada en sus ojos brillantes y oscurecidos por la excitación. Se aprieta contra mi cuerpo para rozarse. Está durísimo, y me excita hasta límites insospechados. Me contoneo con la intención de conseguir más placer. Dios mío, notar su polla contra mi cadera es una sensación sublime.
—Hoy haré que toques el cielo —exhala depositando un beso en la comisura de mis labios.
Lo abrazo sin poder contenerme. Sus músculos se mueven bajo mis dedos, y los recorro al tiempo que flexiono las rodillas y con las piernas le rodeo la cintura. Esboza una sonrisa orgullosa. De inmediato me ha subido la falda y aparta a un lado mis braguitas.
—¿Ni siquiera vas a quitarme la ropa? —susurro picarona.
—Estoy tan cachondo que lo único que quiero hacer es meterme en ti.
Abro la boca para protestar, pero la suya no me da tregua. Me devora con todas sus ganas, y lo cierto es que son muchas. Su lengua me busca, y cuando me encuentra ambos jadeamos acosados por el placer. Tampoco yo quiero que me desnude. Lo que quiero es que me folle aquí, ahora, sin preámbulos, con esas palabras sucias que tanto me gustan en muchas ocasiones. Arqueo la espalda con tal de rozarme más.
—Tú también estás juguetona…
—¡No sabes cuánto…!
Héctor se muerde el labio inferior al tiempo que niega con la cabeza.
—Y pensar que antes eras una recatada aburrida…
—Hace mucho que no lo soy.
—Lo sé, y me alegro. —Suelta una risita.
Me quita las bragas sin más demora. Se recrea unos segundos en mi humedad, observándome con una mirada de lo más caliente. Gimo al notar sus dedos en mis pliegues, que toca de manera experta. Tan sólo sus caricias son capaces de hacerme creer que no existe nada más que él y yo.
—¿Lo quieres fuerte, Melissa? —me pregunta mientras se desabrocha los pantalones y se los baja.
—Lo quiero como tú me lo das —lo provoco, moviendo las caderas.
Su bóxer vuela por la habitación. Héctor me agarra de los muslos y tira de mí hasta que mi trasero queda fuera de la cama. Me alza las piernas y las apoya en sus hombros. Se me escapa otra risita, pero ésta acaba ahogada por su embestida.
—¡Dios! —exclamo cerrando los ojos.
Me ha dolido. Me ha dado placer. Me ha hecho desear más.
—¿Te… gusta… así? —Se le entrecorta la voz a causa de la agitación.
Asiento con la cabeza y le dedico una mirada bañada por la excitación. Héctor sale de mí. Hace que me sienta vacía, pero un segundo después lo tengo otra vez dentro con una nueva estocada. Jadeo. Me aferro a las sábanas y libero mi mente para centrarme sólo en las sensaciones que me provoca. Casi me parece que su polla roza mis entrañas. Es tan sucio, tan excitante, tan sexy hacerlo en esta posición que las oleadas de placer me recorren entera.
—¿Quieres más?
—Todo, Héctor… Lo quiero todo —gimo.
Su sexo me devora. Poco a poco mis paredes se acostumbran a las violentas sacudidas y me abandono por completo. Si sigue follándome con esta dureza, acabaré por correrme antes de tiempo. Sin embargo, su siguiente movimiento es salir de mí y cambiarme de postura. Me coge como una pluma y me coloca sobre la cama a cuatro patas. Me sube la falda por encima del trasero y me da una suave palmadita que me pone tremendamente cachonda.
A continuación me está explorando con la lengua. Me roza el clítoris, lo succiona y le da un pequeño mordisquito. Me contoneo, sin poder dejar de gemir. Cierro los ojos y me muerdo el labio inferior. Me siento como la mujer más sexy del mundo, y eso sólo lo logra él.
—Tu sabor me vuelve loco —gruñe con los labios pegados a mi sexo. Pasa un dedo por él, extendiendo toda mi humedad.
Se aparta y se sitúa detrás de mí. Su pene roza mi entrada, y me remuevo ansiosa por que se adentre de nuevo en mi intimidad y la conquiste. Lleva una mano hasta el borde de mi camiseta y me la sube, dejando al descubierto mis pechos. Me aprieta uno, tira del pezón. Y de repente se cuela en mi interior otra vez. Mi gemido resuena en la habitación y me divierto pensando en que los vecinos hablarán sobre nuestros juegos.
Héctor se balancea adelante y atrás, con unas embestidas tan potentes que a punto está de dejarme sin respiración. Para mi sorpresa, me atrapa un mechón de cabello, lo enreda en su mano y tira de él. Se me escapa otro jadeo y tengo la sensación de que, en cualquier momento, me desharé.
—¡Dios…! Melissa, eres preciosa —jadea con la otra mano clavada en mis caderas para ayudarse en los movimientos.
Lo único que puedo hacer es gemir, morderme el labio inferior y cerrar los ojos. Héctor no me da tregua, y mi sexo cada vez está más húmedo. Una nueva cachetada me hace sonreír. La presión en el cuero cabelludo me excita más si cabe. Los gruñidos y jadeos de Héctor me provocan cosquillas en el vientre, en las extremidades, en el sexo.
—Joder, me voy… —Apenas puedo componer la frase.
Acelera las embestidas, empujándome hacia el colchón. Tengo que agarrarme con fuerza a las sábanas para no caer de la cama, pero al final me dejo ir hacia delante con una mejilla apoyada en la almohada. Se inclina sobre mí. Su peso en mi espalda me hace sentir que no existe nada más maravilloso que esto.
—Tampoco me queda mucho… —me avisa.
Me muevo yo también con tal de alcanzar el orgasmo lo más pronto posible. Su polla se incrusta en mí una vez más y suelto otro chillido. Acabamos los dos tumbados, yo aplastada contra la cama y él encima de mí. Me recorre todo el cuerpo con las manos, me coge de una mejilla y me ladea la cara hacia él para poder besarme. Es un beso repleto de ganas, de excitación, de deseo, de lujuria, pero también de amor. Jadeo contra su boca, bebiéndome el sabor de su excitación. Acelera los movimientos, y todo mi cuerpo se tensa.
—Héctor, por favor… —le suplico—. Tú conmigo…
—Espera, espera…
Un increíble grito se me escapa cuando alcanzo el orgasmo. Mi sexo se contrae, apresando el suyo, que palpita. Mientras me corro con todo el cuerpo, la mente y el alma, noto la tibieza de Héctor en mi interior. Suelta un par de palabrotas y apoya los labios en mi mejilla. Es un gesto que me provoca una ternura infinita.
—¡Dios! Ha sido… —murmura sin respiración.
—Ha sido brutal —termino por él.
Se echa a reír y apura las últimas sacudidas acariciándome la piel desnuda del costado. Deposita un beso en mi mejilla y, segundos después, se tumba boca arriba con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Me pego a él, me apretujo contra su cuerpo.
—¿Y esto es lo que se hace para buscar bebés? —pregunto haciéndome la tonta.
Héctor vuelve a reír.
—No sé si tan sucio…
—Pues me gusta así.
Lo beso en el hombro, y aprieto los muslos para retener el placer que he sentido. Mi sexo todavía palpita y, para mi sorpresa, reparo en que tengo unas ganas enormes de continuar jugando.
—¿Melissa? —Héctor me observa con una sonrisa.
Sin darme tiempo a responder, me sube sobre él. Empiezo a moverme hacia delante y hacia atrás, rozando nuestros sexos desnudos. El suyo va endureciéndose poco a poco. Me sujeta de las caderas.
—¿No te has quedado satisfecha?
Me inclino y le doy un mordisquito en el labio inferior. Reacciona de inmediato y apoya una mano en mi nuca para besarme con fruición.
—Me has prometido que tocaría el cielo. Y lo he rozado, pero… —le digo juguetona.
Héctor sonríe.
Y el resto de la noche lo pasamos memorizando nuestros cuerpos, impregnando las sábanas de gemidos y placer, y matándonos de amor.