31
Cuando al día siguiente me despierto no encuentro a Héctor en la cama. Durante unos minutos me entra ansiedad: imagino que al final Aarón lo llamó y le contó lo ocurrido. Sin embargo, una vez que mi ruidoso corazón me permite oír algo que no sean sus estruendosos latidos, adivino que se encuentra en la cocina. Echo un vistazo al reloj de la mesilla y descubro que son las diez de la mañana. Vaya, pensaba que sería mucho más tarde.
Un ruido me hace dar un brinco en la cama. Se trata del móvil, y me da pánico cogerlo, pero como no deja de vibrar al final alargo la mano. Es Aarón. Espero a que desista y cuando lo hace descubro que tengo numerosas llamadas suyas. Entro en la aplicación de WhatsApp. Cuarenta mensajes suyos. Temo abrirlos; lo hago, no obstante, y lo que me encuentro son un montón de disculpas que, en este momento, no puedo aceptar.
El encuentro con Ian de anoche y el posterior descubrimiento de lo de Aarón me han dejado hecha polvo. Al darme la vuelta en la cama noto que me duelen las piernas y los riñones como si hubiera estado toda la noche de fiesta. También me da vueltas la cabeza, a pesar de que apenas bebí.
—¿Estás despierta?
Vuelvo la cara en dirección a la voz. Héctor está en el umbral de la puerta con una bandeja. Me ha traído el desayuno a la cama y, en otras circunstancias, me parecería un gesto precioso. Me gusta que lo haga. Pero hoy no, hoy no hay nada luminoso en mí.
Se acerca en silencio y, con tiento, se sienta a mi lado. Esperaba una sonrisa calmada, pero en su rostro tan sólo veo inquietud. Yo misma empiezo a preocuparme y me incorporo apoyando la espalda en la pared. Nos miramos durante unos segundos, hasta que él me tiende el vaso de zumo. En la bandeja también hay té, café, fruta y galletas, pero no creo que me entre nada.
Doy un par de sorbos al jugo sin apartar la vista de Héctor. ¿Por qué me mira así? Sus ojos se desvían a mi dedo, con el anillo, y por un momento me entran unas ganas tremendas de llorar.
—He hablado con Aarón —dice de repente, dejándome la boca seca.
Espera a que conteste algo, pero como se me han quedado atascadas las palabras continúa él.
—Me lo ha contado todo, Mel. —En su voz hay un ligero reproche que me paraliza.
—Yo… —murmuro, sin encontrar una frase o una palabra adecuadas.
Para mi sorpresa se inclina hacia delante y me acaricia el pelo. Su mirada cambia y se torna dulce. Abro la boca para decir algo, pero continúo con la garganta seca, así que me apresuro a dar otro trago al zumo.
—Me ha dicho que anoche lo pillaste en plena… faena. —Carraspea, como si le costase hablar de ello. Quizá sea así debido a su adicción—. Y que se puso como un loco contigo. —Suelta un suspiro. Sus dedos se enredan con suavidad en mi pelo—. Sé que está fatal lo que hizo y cómo reaccionó, pero ya sabes que…
—Lo sé, pero ahora mismo no quiero hablar con él —murmuro.
—No pretendo que lo hagas. Te entiendo perfectamente, y él también, aunque está muy arrepentido. —Me coloca un mechón rebelde detrás de la oreja y me mira fijamente—. Quiere dejarlo.
—No creo que sea verdad —niego, recordando sus palabras de anoche—. Me dijo que podía detenerse cuando quisiera, pero no es cierto.
—Esta vez parece que sí, Melissa. Va a contárselo a Alice.
—¡¿Qué?!
Me pongo tan nerviosa que derramo un poco de zumo en la sábana. Héctor se apresura a cogerme el vaso y lo deja en la bandeja. Después la deposita en la mesilla de noche y vuelve a sentarse a mi lado. Me coge una mano y me la acaricia con un dedo.
—Ella merece saberlo.
—Pero ¿y si… y si no lo entiende, Héctor? ¿Y si lo deja? —Estoy enfadada por lo que Aarón me hizo anoche, pero, al mismo tiempo, estoy muy preocupada por él. Joder, lo quiero tanto—. ¿Qué hará si Alice se va? —He alzado la voz sin darme cuenta.
—Esto es así, mi amor. —Héctor me acaricia la barbilla con una ternura increíble—. Debe decírselo, ¿lo entiendes? Quizá es ella la que puede ayudarlo de verdad.
Me recuesto en la cama, apartando la vista para mirar por la ventana. Héctor se levanta y sube la persiana. Ni siquiera los fantásticos rayos de sol me hacen sentir mejor.
—No te digo que lo hagas ahora, ni mañana. Ni siquiera en persona… Pero algún día tienes que contestar a Aarón. Decirle que lo perdonas, porque sé que lo harás, Melissa.
No respondo. Me tapo la cara con el brazo. En cuestión de segundos rompo a llorar. Héctor se apresura a abrazarme. Me mece entre sus brazos como si fuera una chiquilla. Y lo peor es que piensa que estoy así sólo por lo de Aarón. Se me pasa por la cabeza que debería ser como nuestro amigo y contarle toda la verdad, tal como él va a hacer con Alice. Sin embargo, mientras Héctor se pasa un buen rato intentando que coma algo más, comprendo que no puedo.
—Aarón saldrá de ésta. Es fuerte. Y nosotros vamos a estar con él.
Héctor trabaja todo el día en su despacho y yo tan sólo me levanto para ir al baño. En alguna ocasión viene al dormitorio, se me queda mirando desde el umbral de la puerta y sonríe. Luego se acerca y me besa en la frente con una ternura que me sacude. Con cada minuto voy odiando un poco más a Ian por haberme hecho sentir así, por haber propiciado que desconfiara de este hombre que está intentando ser lo mejor que puede. Y también me repugno un poco más a mí misma por haber caído en su terrible juego.
Los días pasan y mi móvil no cesa de sonar. Una vez es Ana, que me cuenta que está muy ilusionada y, al mismo tiempo, un poco asustada. Otra es Dania, que está contentísima porque Diego le ha comprado ropita para el bebé. También me llama mi editora para decirme que ya ha leído la novela en su totalidad y que en breve me reenviará el documento con anotaciones y correcciones. Todo se me hace una montaña. Todas sus palabras me parecen cuestas enormes.
Cada vez que la melodía del móvil suena doy un brinco pensando que será él, susurrándome con su ronca voz y pidiéndome esa noche. No, más bien, exigiéndomela. «Tan sólo está jugando contigo. Lo dijo para inquietarte, nada más. Que él estuviera en el local fue una coincidencia. Horrible, pero lo fue». Eso es de lo que intento convencerme.
Héctor no ha vuelto a contarme nada acerca de Naima, aunque tampoco le pregunto porque no estoy en condiciones de escuchar. Cuando llega del trabajo se mete en la cama conmigo y me abraza muy fuerte. Eso me hace pensar en los días en los que era él quien se sentía mal, quien no lograba encontrar el camino. Creo que puedo entenderlo, al menos en parte.
Al quinto día de reclusión decido escribir un whatsapp a Aarón con manos temblorosas. No recibo respuesta hasta dos horas después, y su mensaje no es demasiado alentador.
Gracias, Mel. En serio, no sabes cuánto te agradezco que me concedas tu perdón. Sé lo que hice. Estuvo demasiado mal. Ya no más, Mel, ya no más. No quiero volver a ese mundo. Voy a traspasar el Dreams. En cuanto a Alice… Le conté lo mío y, bueno, está asimilándolo. Hace un par de días que no sé de ella. Noto puñales clavados en el alma, pero sé que es lo mejor. Espero que nos veamos pronto y que estés bien.
El resto del día me siento mucho peor. Quizá haya sido yo quien ha propiciado ese desencuentro entre Aarón y Alice. Puede que él hubiera conseguido acabar con todo sin tener que contárselo. ¿Por qué fui tan dura con él? ¿Por qué me cuesta tanto aceptar los errores de los demás si yo misma soy una equivocación andante?
A pesar de mis oscuros pensamientos, el sexto día me despierto un poco más tranquila. Me siento como si Ian no hubiera existido nunca. Héctor y yo decidimos pasar el fin de semana tranquilos en casa. Vemos una película de acción, comemos palomitas y pedimos comida china. No me atosiga, no me juzga, tan sólo me abraza cuando le pido que no deje de hacerlo nunca.
Al llegar el lunes me animo a salir a la calle. Decido ir al mercado de Ruzafa y comprar productos frescos para prepararle una buena cena. Es lo mejor: centrar la mente en otras cosas. Hace una mañana estupenda y, por primera vez en todos estos días, noto que los rayos de sol me calientan. En el mercado disfruto como una chiquilla con todo lo que veo. Compro hortalizas, lechuga, huevos, un poco de carne y de pescado, y regreso a casa cargada de bolsas. Subo directamente sin detenerme a mirar el correo. Es algo que nunca me ha gustado hacer. Me preparo una deliciosa comida y, por la tarde, soy yo la que telefonea a Ana para preguntarle cómo se siente. Está deseando que el bebé salga ya porque dice que va a explotar. Consigue hacerme reír.
A las seis y media recibo un mensaje al móvil que oscurece mi día. Creía que se había marchado. Qué ilusa he sido. Jamás lo hará. No al menos si yo no… Dios, no puedo pensar en eso.
¿Te has decidido ya? Querida, soy un hombre con poca paciencia. Y permíteme decirte que me siento utilizado. No te he pedido mucho, ¿sabes? En cambio, te he dado todo. ¿Cómo puedes ser tan egoísta?
Me sorprende que me hable con tanta confianza, con tanto descaro. Está claro que o no está muy cuerdo, o se divierte muchísimo con todo esto. Me repito que fui una estúpida por haberlo llamado sin ocultar mi número. Si vuelve a enviarme un mensaje, tendré que cambiarlo. Y si se atreve a dar un paso más, avisaré a la policía.
Al poco rato me llega otro. La curiosidad me vence y lo abro, a pesar de saber perfectamente que es suyo.
Sé lo que estás pensando. Y créeme, no es una buena idea. Te lo dije la otra noche, querida: comprar a la gente, teniendo dinero, es realmente fácil. Y hacer daño… también.
Esta vez el mensaje me inquieta demasiado. Esa penúltima palabra hace que mi corazón salga disparado por la boca. Estamos hablando de amenazas verbales, y no me gusta ni un pelo toda esta situación. Realmente no conozco a ese hombre, no sé de lo que es capaz. ¿Y si es un buen momento para contar a Héctor lo sucedido? Necesito que me diga quién es Ian y cuáles pueden ser sus intenciones, pero me provoca mucho más miedo su reacción.
La cabeza me da tantas vueltas que parece que vaya a desmayarme de un momento a otro. Gemidos, jadeos, gritos. Pieles desnudas. Bocas húmedas. Los ojos de Ian. Los de Héctor. Los labios de Naima. El lugar aquel al que me llevó Ian para darme pruebas. Todo eso pasa por mi mente en cuestión de segundos, y me abruma tanto que me levanto del sofá y doy unas cuantas vueltas por el salón. Lanzo miradas al móvil una y otra vez, valorando mi situación. ¿Qué puede hacernos él? Nada. Me lo dijo claramente, que no se arriesgaría puesto que es bastante conocido. Pero, por otra parte, acaba de enviarme un mensaje en el que asegura que es muy fácil sobornar a la gente. ¿Está insinuando que…?
Cuando el teléfono vibra de nuevo lanzo un grito de frustración.
—¡Déjame en paz! —chillo a la nada del piso.
No abro el mensaje, sino que tecleo como una loca dispuesta a llamar a la policía. Antes de que pueda hacerlo, una llamada entrante me paraliza. Es él. Las manos me tiemblan tanto que el móvil está a punto de caérseme, por lo que tengo que hacer malabares hasta atraparlo en mis manos. Cojo aire, aunque el corazón me martillea desbocado, y descuelgo con la intención de cantarle las cuarenta al hombre que está acosándome.
—¡Oye, gilipollas! ¡Si no dejas de llamarme…! —empiezo a decir, pero él me corta en un tono de voz tan peligroso que las piernas me fallan.
—No, oye tú. No me amenaces, querida. —No parece ni un poco inquieto, a diferencia de mí, que estoy a punto de echarme a llorar, hiperventilar o lo que sea—. Que yo sepa, no te he hecho nada —dice, y puedo adivinar que sonríe al otro lado de la línea. ¿Cómo puede pensar que no está haciendo nada? ¿Esto le parece normal?
—Por favor, ¿qué quieres para dejarnos en paz? —Mi voz es demasiado temblorosa. Estoy mostrándome débil.
—Ya te lo he dicho. Una noche. Tú. Yo. Mi cuerpo sobre el tuyo.
—No me pidas eso… —Se me escapa un sollozo. No quiero hacerlo. No lo haré.
—Vamos, nena… —Y ese «nena» en su boca me parece repugnante y me provoca náuseas—. ¿Qué es sólo una noche cuando él va a tenerte todas las otras? —Suelta una risita.
—No lo metas a él en esto —siseo.
—¿Ah, no? Bueno, es que creo que debería estar en esto, ¿sabes? Al fin y al cabo, es tu pareja. Según tú, lo amas.
—Por favor… Puedes tener todo lo que quieras…
—A ti. Te quiero a ti. —Y noto en su voz cierta desesperación malsana.
—No puedo hacerlo.
—Quizá pueda conseguir que quieras hacerlo… —murmura.
Abro mucho los ojos al oír el mecanismo del ascensor. Se detiene y se abren las puertas. Es Héctor. No vive nadie más en esta planta. No puede saber con quién estoy hablando. Me dispongo a colgar aunque eso signifique enfadar a Ian.
—Eh, querida, ¿sigues ahí? —Su tono de voz ya no es amenazador, sino divertido—. No te gusta mirar el correo, ¿cierto? Tal vez tendrías que hacerlo a partir de ahora. —Me cuelga sin darme opción a contestar.
El corazón topa contra mi pecho cuando la puerta se abre y Héctor entra con una sonrisa en los labios, curioseando las cartas que lleva en las manos. Y, por instinto, sé que hay una que no debería ver. No tengo ni idea de lo que habrá hecho Ian, pero seguro que no será nada bueno. Meto el móvil en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
—Hola, cariño —me saluda, y se acerca para darme un beso. Lo recibo rígida, aturdida, con el cuerpo tembloroso—. ¿Pasa algo? —Me mira con el ceño arrugado.
Distingo un sobre diferente de los demás. Es de color cremoso, muy elegante y de aspecto antiguo. Héctor también se fija en él y lo alza con curiosidad.
—Es bonito, ¿no? —Le da la vuelta, pero no hay nada escrito—. No lleva remitente. ¡Ya estamos con la publicidad…!
—Lo tiraré —me apresuro a decir. En el bolsillo el móvil me vibra, arrancándome un gemido silencioso.
—¿Por qué? Déjame ver de qué se trata.
Héctor echa el brazo atrás para que no se lo quite. Estoy actuando de manera impropia y soy consciente de que está dándose cuenta. Dios, esto va a ser mucho peor, pero no sé qué coño hacer…
—Héctor… —digo en un tono de voz demasiado agudo.
Rasga el papel, y siento que mi corazón también se ha agrietado. Saca algo del sobre y, al instante, tengo claro que ya no hay marcha atrás.
Otra vibración en mi móvil. El horror en la cara de Héctor al descubrir lo que contiene el sobre. Después la incomprensión, el dolor y, por último, la decepción y el desdén. Se cree traicionado. Todos esos sentimientos que advierto en los gestos de su rostro me destrozan la carne. Las manos le tiemblan tanto como a mí y, con la cara más pálida que nunca y los ojos rabiosos, me enseña lo que ha recibido.
Se me escapa un gritito.
Una foto. Una en la que salgo con Ian la primera vez que hablamos en la cafetería.