5
—¡Dios…! Mel, éstas son preciosas, ¿no crees? —Ana se vuelve hacia mí con los ojos brillando como dos estrellas.
Estamos mirando cortinas en Leroy Merlin para la casa que Félix y ella han comprado en una de las mejores urbanizaciones de su pueblo. Prefieren que el bebé crezca en un ambiente más sano, a pesar de que el lugar donde viven ahora también es tranquilo y para nada contaminado.
Observo las cortinas con los labios apretados, sin saber qué decir. La verdad es que a mí me parecen horribles todas por las que se encapricha mi hermana. Parecen sacadas de la época de Matusalén. ¿Es que esta mujer no va a ser nunca un poco más moderna? Tampoco es que quiera que sea la más fashion de Valencia, pero ¡por favor!, que abandone ese pensamiento de que el gotelé es bonito.
—¿Te gustan o no? —insiste mirándome con el ceño fruncido.
—Pues… —No quiero herir sus sentimientos, ya que desde que se quedó embarazada está mucho más sensible, pero tampoco quiero que haga de su casa un desastre—. Mira, voy a serte sincera: me recuerdan a las que tenía nuestra abuela.
Ana se me queda mirando con expresión horrorizada. A continuación echa otro vistazo a las cortinas de flores —¡qué horror!, en serio— y luego sus ojos vuelven a posarse en mí.
—¿Estás insinuando que soy una vieja?
Hala, ya se ha enfadado. ¡Madre mía con las hormonas!
—Claro que no, Ana. Pero… reconoce que esas cortinas son feas.
Un matrimonio que pasa por nuestro lado las mira con disimulo. Mi hermana alza la barbilla con expresión orgullosa y ellos se alejan apresuradamente.
—Quizá el embarazo haya cambiado mis gustos —se excusa, y se aparta de las cortinas.
Me dan ganas de decirle que no, que siempre los ha tenido así, pero me callo para no desanimarla más.
—Venga, vamos a ver otras.
Le dedico una sonrisa y continuamos caminando por los pasillos.
Voy mostrándole algunas que me gustan y que me parecen perfectas para su casa, pero pone peros a todas. Que si una es «demasiado colorida» —la de las flores parecía el arcoíris, por favor—, que si otra parece «sacada de un puticlub», que si la siguiente no les pega a Félix y a ella.
—Mira, Ana… —Me detengo al final del pasillo, con poca paciencia ya en el cuerpo—. No sé para qué me pides que venga a darte consejos si no te gusta nada de lo que te propongo. —Arruga el entrecejo de nuevo y me mira un poco molesta—. Ahora podría estar adelantando la novela.
—Ay, chica, qué pesada con eso…
Se vuelve y se larga por donde hemos venido. Suelto una exclamación y la sigo, un tanto indignada.
—¡Oye, que tengo plazos de entrega!
—¡Deberías empezar tú también a mirar cosas para la casa! —me regaña como a una niña chica.
Vale, ya me parecía extraño que Ana no lo sacara a relucir.
Todavía no he contestado a la propuesta que Héctor me hizo hace cuatro semanas. Le dije que claro que me casaría con él, pero no todavía. Hace apenas tres meses que subía los escalones del altar dispuesta a casarme con otro hombre, aunque claro, todo era una farsa. Me engañé a mí misma por completo. Y ahora la proposición de Héctor me ha asustado muchísimo. Ésta será mi tercera boda. Vale, no: las dos anteriores fueron intentos —y encima con el mismo hombre— que no llegaron a buen puerto. A mi cabeza le ha dado por pensar que soy un imán para las bodas gafadas. Sin embargo, cuando se lo dije a Ana se puso a llorar como una histérica. Alegó que eran las hormonas, pero lo que le pasaba es que estaba más entusiasmada que yo.
—Ana, ¿recuerdas que apenas hace tres meses ocurrió lo de Novia a la fuga II? —le dije. Así es como mis amigos graciosillos han querido denominar el incidente.
—Es que, a ver, es Héctor con quien tendrías que haberte casado desde un principio. De ser tú, yo habría celebrado la boda en ese momento. Si, total, ya lo tenías todo preparado. Habríamos sustituido el nombre de Germán por el de Héctor y ya está.
—Eso sólo pasa en las películas.
Mis amigos están locos perdidos y por lo que se ve piensan que el amor es para chiflados que se arriesgan. Ana se lo contó a Aarón, éste a Dania… y la pelirroja ya estaba llamándome tres días después para gritarme que le dijera a Héctor que sí. Como si fuera tan fácil. A ver, yo estoy enamoradísima de él, y que volvamos a estar juntos es para mí un sueño. Entiendo que me lo haya pedido porque es algo perfectamente lógico entre dos personas que se aman. Y supongo que él desea, después de todo lo que hemos sufrido, poner algo de normalidad en nuestra relación. Pero necesito pensar y, al fin y al cabo, para mí casarse no es algo necesario. Es decir, que amo a Héctor sin tener que firmar un papel.
—Mel, ¿me escuchas? —Mi hermana está zarandeándome como si no hubiera un mañana.
—¡Dime! —exclamo apartando el brazo por el que me tiene atrapada. ¡Que me va a desmontar!
—¿Qué te parecen éstas? —Ana señala unas cortinas de tela fresca y color crema. ¡Son maravillosas!
—Me parecen perfectas para el salón —respondo asintiendo con la cabeza.
—¿Crees que a Félix le gustarán?
—A cualquiera le gustarían, en serio. —Incluso a mí me apetece comprarlas y colocarlas en el amplio ventanal del apartamento de Héctor.
Al final se decide por ésas. Suelto un suspiro aliviado porque ya me había hecho a la idea de pasar otra hora caminando por estos pasillos. Y encima todavía quiere que miremos alfombras para el salón, para el comedor y para la habitación de matrimonio. Me va a dar algo. A mí que esto de la decoración nunca me ha gustado. Mi pisito era de lo más sencillo.
Son casi las dos —y llevamos por el mundo, es decir, por Leroy Merlin, desde las diez— cuando terminamos la sesión de compras. Evidentemente, faltan muchísimas más cosas, pero lo dejamos para otro día, que Ana ya ha empezado a cansarse. ¡Cuatro horas después, leches! Y eso que va con la panza. A mí que me duelen las piernas y los riñones casi desde que llegamos.
—¿A qué hora hemos quedado con esa gente? —me pregunta mientras esperamos a que le tomen la dirección para enviarle las compras.
—En quince minutos.
Como es sábado hemos aprovechado para comer todo el grupete en el polígono industrial de Alfafar. Bueno, Félix esta vez no puede acompañarnos porque se reúne con un futuro cliente bastante importante. Ya que Aarón no paraba de decirme que estoy perdidísima con lo de la novela, preparé la cita con tal de que se callara. También aprovecharé y pediré a Dania que nos quedemos nosotras dos un rato más. A pesar de que me prometió que nos veríamos, se ha mostrado más esquiva desde su cumple. No he dejado de llamarla, de proponerle planes, y a todos me ha dicho que no. Incluso a los de irnos de marcha. Eso no es para nada normal en ella. ¿Y si hoy tampoco viene?
Escribo un mensaje en el chat del grupo de WhatsApp para informar a los amiguetes de que Ana y yo ya nos dirigimos a por el coche para ir a Alfafar. Mientras conduzco suena el inconfundible pitido de la aplicación. Ana saca su móvil del bolso para mirar si es un mensaje del grupo.
—Aarón pregunta que dónde comeremos.
—Por mí en el Foster’s.
Mi hermana me mira de reojo y chasquea la lengua. Le pregunto qué pasa, pero no me contesta porque está tecleando.
—No cuidas tu alimentación —me dice en cuanto termina, y guarda el móvil.
—¿Perdona? Es sábado y me apetece comer alguna tontería.
—La verdad es que me muero de hambre, pero no quiero una de esas hamburguesas grasientas.
—Pues te pides una ensalada.
Me mira otra vez de reojo como si estuviera loca. Unos minutos después llegamos al polígono de Alfafar. Me cuesta un poco encontrar aparcamiento, y cuando atisbo uno está lejos del restaurante, pero ¡qué se le va a hacer! Observo los coches por si reconozco el de mi novio o el de mis amigos, pero la verdad es que no. ¿Aún no habrán llegado? Sin embargo, cuando nos acercamos al Foster’s descubro a Héctor y a Aarón en la puerta. El segundo alza la mano y nos saluda.
—¡Perdida! —exclama a modo de saludo.
Me da un achuchón bien cariñoso. Aunque, bueno, a Héctor también se los da. Él es así: le gusta el contacto. Es más, hace lo mismo con Ana, que, tímida, agacha la cabeza porque está claro que le recuerda la especie de rollete que tuvieron.
Héctor alarga el brazo y me tiende la mano. Me encanta cuando me besa ahí, como un caballero. Me vuelvo otra vez hacia Aarón y le pregunto:
—¿Va a venir Dania?
—Nena, y yo qué sé. No ha escrito nada en el chat del grupo. —Se encoge de hombros. En ese momento le suenan las tripas y todos nos echamos a reír—. Podríamos esperar dentro, ¿no? Y vamos pidiendo algo.
Los tres estamos conformes con su propuesta. Soy yo quien avisa a Dania de que estamos en el Foster’s, le suplico que venga y le pido, por favor, que no tarde. Suele contestar bastante rápido porque siempre tiene el móvil en las manos. Sin embargo, quince minutos después, cuando ya tenemos nuestras bebidas en la mesa y también un plato con algo para picar, todavía no ha roto su silencio. Decidimos pedir los platos principales, y acto seguido amenazo a Dania por WhatsApp con que si se retrasa se perderá una de sus hamburguesas favoritas.
Mientras devoro un costillar a la miel que está para morirse de placer, y Ana y Aarón charlan sobre sus trabajos, me fijo en la mirada de Héctor. La verdad es que desde que me hizo aquella pregunta me observa más que de costumbre, y siempre lo hace con una sonrisa que se me antoja un poco insistente. Quizá es sólo mi imaginación y lo único que pasa es que le gusta mirarme. No ha vuelto a preguntármelo ni ha mencionado nada sobre el asunto, pero tampoco dijo que se tratara de una broma ni nada por el estilo. Y es que esas miraditas a mí me parecen interrogantes, como si tratara de descubrir qué estoy pensando.
—Oye, Aarón… —interrumpo su charla con mi hermana con tal de que Héctor desvíe su atención de mí—. En su fiesta de cumple, Dania me comentó algo sobre una chica…
Nuestro amigo se queda callado, con la boca entreabierta y una sonrisita ladeada. Así pues, es verdad lo que Dania me explicó. ¡Lo he pillado! Me pongo seria y finjo más enfado del que tengo.
—Se supone que somos amigos. ¿Por qué no me has contado nada?
—¿Qué es lo que quieres que te cuente?
Se inclina hacia delante, todavía con su enorme hamburguesa entre las manos. Durante unos segundos lanza una mirada a Héctor y ambos sonríen. ¡Será posible!
—¿Así que hasta mi novio sabe más que yo? No me gustan nada los secretitos.
Dejo el costillar a medias y me limpio las manos con la servilleta. Ana continúa comiendo su ensalada César; está en ascuas.
—No hay secretitos ni nada de lo que estás pensando. —Aarón da un bocado a su hamburguesa y mastica más fuerte que de costumbre, observándome con expresión divertida.
—No es lo que Dania me dijo. No sé lo que os lleváis entre manos, pero es como si pasarais de mí.
—Pero tú estás muy liada con tus historias… —continúa Aarón después de haberse tragado la carne.
—¿Así que es eso? —Arqueo una ceja y esta vez sí que lo miro con un enfado real—. ¿Me estáis apartando un poco sólo porque tengo trabajo que hacer y quedo menos con vosotros?
Héctor y Aarón se miran, y luego el segundo se encoge de hombros. Mi novio me coge una mano y me la acaricia con suavidad, pero la aparto y me cruzo de brazos bastante molesta.
—Que no, preciosa, de verdad. —Aarón se inclina más e intenta acariciarme la barbilla—. Que es una broma. No te estamos haciendo de lado. —Se echa hacia atrás y apoya la espalda en la silla, estirándose. Ana y yo contemplamos embelesadas sus músculos marcados bajo el jersey—. Lo que pasa es que no he encontrado el momento para contarte nada. Y tampoco es que haya nada que decir.
—Bueno, tanto como que no hay nada… —lo interrumpe Héctor en ese instante. Los miro alternativamente, incluso escruto a mi hermana por si sabe algo y está ocultándomelo también, pero ella se encoge de hombros. Mi novio mira a Aarón como pidiéndole permiso para decir algo—. Chicas, que nuestro Aarón está coladito.
—Eh, eh, perdona, ¡de eso nada! —Niega con la cabeza como si estar enamorado fuera algo terrible.
—Pero ¡eso es fantástico! —Mi hermana, que está a su lado, le da unos cachetitos en el hombro.
—No adelantemos acontecimientos. —Aarón alza una mano para pedirnos silencio—. Yo no me enamoro con tanta rapidez como otros. No soy tan ñoño. —Dedica una sonrisa burlona a Héctor.
—¡Oye! —exclamo todavía un poco molesta.
—Déjalo. —Héctor también está riéndose—. Se comporta así porque sabe que es la verdad y eso lo asusta.
—A ver —nos interrumpe Aarón, muy serio—, la chica me gusta. Es preciosa, inteligente, simpática, cariñosa…
—¡Madre mía, cuántos halagos! —Me echo a reír y mi amigo me lanza una mirada mortífera.
—… Pero eso no quiere decir que ya esté loco por ella.
—Sólo un poquito. —Héctor continúa pinchándolo, y le doy un golpecito en la mano para que se calle.
—Y si es todas esas cosas tan maravillosas, ¿por qué no habéis quedado todavía? —pregunto a Aarón, recordando lo que Dania me dijo.
Él guarda silencio y me mira con los ojos entrecerrados.
—Le da miedo. —Otra vez Héctor respondiendo por él. Joder, ¡sí que sabe cosas! Voy a tener que enfrascarme menos en las novelas y salir más al mundo real—. Resulta que aún no ha pensado en tirársela.
—¿Cómo? No entiendo… —Parpadeo confundida.
—A ver, evidentemente la tía le gusta y algún día se acostará con ella —prosigue mi novio con esa sonrisita que no se le borra. Aarón ha agachado la cabeza. ¡No puede ser que se comporte así, por favor!—. De todos modos, lo que quiero decir y lo que siente él es que Alice no es sólo un polvo. Vamos, que le gusta de verdad aunque no lo reconozca.
—Pero ¡eso es maravilloso, en serio! —repite mi hermana dando palmaditas. Sí, con el embarazo también demuestra sus alegrías de manera efusiva—. Sentirte así significa que esa chica te ha llegado hondo.
—No nos equivoquemos —dice en ese momento nuestro amigo alzando el rostro—. Lo que sucede es que Alice es diferente de otras mujeres. Me ha contado algo sobre su situación personal y no es buena. Está pasándolo mal y no quiero joderla —nos explica con un brillo en los ojos. En serio, ¿por qué le brillan tanto? Vamos, es que ni conmigo se comportó así. Qué tío, está coladito por los huesos de esa chica y aún tiene la cara dura de negarlo.
—Pero tú eres un hombre sensible también —le dice Ana en ese momento. Aarón se vuelve hacia ella y le dedica una sonrisa agradecida—. Aunque pienses que no, sabes cómo tratar a las mujeres de todas las formas posibles. A mí me ayudaste mucho.
—Doy fe —intervengo con mi costillar grasiento entre los dedos.
—En mi humilde opinión, deberías tener una cita con esa chica para conocerla mejor —prosigue Ana.
—Hemos hablado mucho en el Dreams. Antes acudía únicamente los sábados, y lo hacía sola porque esa situación difícil la ha llevado a no tener muchos amigos, pero ahora también se pasa algún viernes que otro.
—No entiendo qué es lo que te asusta tanto, Aarón. —Me limpio la grasa de los dedos con la servilleta y la dejo en la mesa—. No es la primera vez que sientes algo por alguien, y sé que estás deseando una relación duradera.
Mi amigo esboza una sonrisa un tanto melancólica.
—El problema es que la situación de Alice no es nada fácil, como os digo. —Se queda callado unos instantes porque el camarero ha acudido a preguntarnos si queremos postre. ¡Vaya que sí! Si casi es lo mejor de aquí. Yo me pido un brownie, Ana unas tortitas, y Héctor y Aarón cafés. En cuanto el chico se marcha, conmino con un gesto a Aarón a que continúe. Estoy ansiosa por saber—. Se separó de su marido. Él… bueno, él no es que esté muy contento con eso. Y luego está el hecho de que Alice tiene dos hijos.
—Vaya —murmuro desviando la vista hacia otro lado. Ahora entiendo un poquito más que Aarón se muestre dubitativo.
—¿Y qué? —Es Ana quien lanza esa pregunta, por supuesto. Aarón se vuelve hacia ella y la mira con el ceño fruncido—. Precisamente si esa mujer te gusta tanto, deberías intentar ayudarla a ser feliz de nuevo. Las separaciones son tan terribles… —Suelta un suspiro—. Todavía recuerdo lo mal que lo pasé cuando Félix y yo casi lo dejamos. En serio, tú me ayudaste muchísimo —le dice otra vez—. Y, por lo que cuentas, la tal Alice necesita ahora una mano. Aunque sólo sea una amiga, pero le vendría muy bien. Y encima con dos hijos… Pobrecita.
—Pues parece muy joven para tener dos hijos. ¿Cuántos años tienen? —pregunto llena de curiosidad apartando los brazos de la mesa para que el camarero deje mi maravilloso postre.
—La niña tiene cinco y el niño ocho.
—¿En serio? —Abro mucho los ojos—. ¿Y ella?
—No lo sé. Seguramente los mismos que yo, o puede que uno más.
—Y nosotros aún aquí, sin casarnos, sin familia… —dice Héctor en ese momento.
¿Eso ha sido una pullita? Me vuelvo hacia él y lo miro con gesto asustado.
—Oye, cariño, habla por ti. Yo ya estoy bien casadita y con familia de camino. —Ana apoya la espalda en la silla y su panza aparece en todo su esplendor. Se la acaricia unos segundos bajo nuestra atenta mirada. Un poco más y soltamos un «¡ooooooh!» ñoñete en toda regla.
—A mí siempre me has dicho que no tenga miedo —recuerdo a mi amigo señalándolo con la cuchara manchada de chocolate—. Así que eso es lo que te digo yo a ti. Por una cita que tengáis, no pasará nada.
En ese momento descubro una melena familiar acercándose hacia nosotros. ¡Es Dania! Alzo la mano y la saludo con alegría. Vaya, al menos ha venido aunque sea para los cafés. Aarón y Ana se dan la vuelta para ver a quién estoy saludando.
—¡Hombre, menos mal! —exclama él.
—Hola, chicos… —La voz de Dania es ronca y está impregnada de cansancio.
Héctor pregunta a una pareja que está a nuestro lado si puede coger una silla que no utilizan. Cuando ellos asienten, se la acerca a Dania, quien se deja caer como si estuviera agotada.
—¿Estuviste anoche de fiesta? —le pregunto un poco enfadada—. Sabías que habíamos quedado para comer todos juntos.
Alza una mano pidiéndome silencio. Luego se la lleva a la boca y ahoga una arcada. Pero ¿qué le pasa?
—¿Estás bien? ¿Quieres un poco de agua? —Le tiendo mi vaso, en el que queda un culito. Ella niega con la cabeza.
—Creo que las resacas ya no te sientan muy bien —le dice Aarón en plan de broma.
—No hables de lo que ignoras —le corta nuestra amiga de muy mal humor.
Todos nos miramos con gesto sorprendido. Si ella siempre ha sido la primera en bromear, ¿qué le pasa?
Mientras nos terminamos el postre me dedico a observarla por si saco algo en claro. No tiene buena cara. Se nota que ha dormido poco y mal, pero la verdad es que no creo que esté así por la resaca; más bien la veo nerviosa. Ha cogido el sobrecito del azúcar del café de Héctor y no deja de agitarlo sin llegar a rasgarlo, por no mencionar que su pierna se mueve como si fuera a darle un telele.
Una vez que hemos acabado de comer salimos del Foster’s para charlar un rato más. Félix ha enviado un mensaje a Ana preguntándole si quiere que venga a por ella para ir a mirar ropita para el bebé. Cuando nos lo dice se nos vuelve a caer la baba. Aarón nos informa de que debe irse al local porque hoy ha organizado una fiesta temática: la gente tiene que entrar disfrazada como en una mascarada.
—Cómo te lo curras, ¿no? —Le acaricio la mejilla con una sonrisa y luego le susurro al oído—: Si hoy va esa chica… Alice, ¿verdad? —Él asiente—. Proponle ir a tomar algo otro día. Seguro que se alegra. —Le guiño un ojo.
Estoy volviéndome hacia Héctor para preguntarle qué es lo que le apetece hacer cuando Dania me agarra del brazo para hablarme en un aparte. La miro sin comprender.
—¿Puedes quedarte un rato más y charlamos? —Parece ansiosa y asustada.
—Claro… —Aprieto su mano demostrándole que estoy aquí. ¿Qué es lo que le sucede?—. Cariño… —Llamo a Héctor y él se acerca con su magnífica sonrisa—. Voy a tomar algo con Dania, ¿vale? —Como él también sabe que nuestra amiga ha estado rara, entiende que es para hablar y asiente con la cabeza.
—Aprovecho y hago una visitita a mis padres —me dice dándome un suave beso en la mejilla. Ladeo el rostro para que termine en los labios.
—Nos vemos esta noche —murmuro aferrada a su nuca.
Después nos despedimos de Aarón y de Ana, que se va hacia el centro comercial MN4 para esperar a Félix.
—¿Podemos ir a una cafetería en la que no haya mucha gente? —me pregunta Dania de camino a los coches.
—Claro. En nuestra barriada hay una que está bien y es bastante tranquila.
—Te sigo. —Dania me señala su automóvil, que está aparcado no muy lejos del mío.
—Ahora vengo.
Voy hacia mi coche con la cabeza hecha un lío. Entre lo del enamoramiento de Aarón, lo misteriosa que está mi amiga y Héctor lanzándome miraditas insistentes, no sé qué pensar ni cómo sentirme. La verdad, tengo un poco de agobio. Y ni siquiera sé qué esperar de Dania. Lo único que se me ocurre es que todavía se siente triste por la ruptura con su ex. Pero ¡lo dejó ella como hizo con Aarón!
Salgo del hueco donde he aparcado y voy hacia la calle en la que está mi amiga, que ya me espera en su vehículo para dirigirnos a la capital. Tardamos unos veinte minutos en llegar al barrio donde vivimos Héctor y yo porque hay un tráfico para morirse. Salgo del coche y me acerco al de Dania. Está sentada con gesto pensativo. En la radio suena Chandelier, de Sia.
—Es triste —me dice de repente refiriéndose a la canción.
La he oído otras veces, pero ésta es la primera que atiendo a la letra. «Sun is up, I’m a mess. Gotta get out now, gotta run from this. Here comes the shame, here comes the shame…». («El sol ha salido, soy un desastre. Tengo que salir de esto, tengo que correr. Aquí viene la vergüenza, aquí viene la vergüenza…»).
Dania alza el rostro y me mira. Tiene lágrimas en los ojos.
—Yo también soy un desastre, ¿verdad?
Me asusto al verla de esa forma porque ella nunca se ha comportado así.
Rodeo el coche a toda prisa, abro la puerta y me meto en él, sentándome a su lado. Ella se lanza a mis brazos y descarga todo lo que lleva dentro. La dejo llorar y llorar, hasta que los hipidos casi le impiden respirar. Entonces le propongo ir a tomar una tila para que se tranquilice, a lo que se niega una y otra vez.
—No puedo. No puedo salir. No quiero. Me da todo miedo… —solloza con los ojos y los labios hinchados.
—Chis… —Le acaricio su pelo de fuego e intento calmarla, pero está de los nervios—. ¿Qué sucede? ¿Por qué no me has dicho antes que estabas tan mal?
—No podía.
—¿Por qué no? —La cojo de la barbilla y le levanto el rostro para mirarla fijamente—. Oye, si es porque pensabas que no iba a importarme lo tuyo… —Me quedo callada, un tanto avergonzada—. Sé que he estado muy centrada en lo de los libros y quizá no os he prestado la atención suficiente, pero eres una de mis mejores amigas y siempre estaré aquí para ti.
—Lo sé, Mel. —Asiente. Rebusco en mi bolso, saco un paquete de pañuelos y le tiendo uno—. Pero es que, en serio, me siento tan horrible…
—Pero ¿qué es lo que pasa? ¿Es por lo de tu ex? —Le aparto un mechón de pelo húmedo que está a punto de metérsele en la boca.
—Hay algo de eso, sí…
—No quisiste explicarnos lo que había sucedido —le recuerdo.
—¡Porque había herido mi orgullo! Lo pillé con su exnovia en casa, Mel… —Sus ojos desprenden tristeza—. Lo quería, ¿sabes? Realmente había empezado a enamorarme de él.
—Lo siento, cielo —respondo, totalmente sorprendida. Dania apoya la cabeza en mi pecho una vez más y vuelve a echarse a llorar—. Tendrías que habérnoslo dicho. Sabes que yo también he pasado por algo así. Pensaba que habías sido tú quien había terminado con la relación.
—No sabía qué hacer y me encerré en mí. Estaba tan dolida… —Niega con la cabeza y luego la alza para mirarme con una sonrisa triste—. Ya ves, Dania hecha una mierda, la que siempre aconsejaba jugar con los hombres.
Le acaricio la barbilla. En realidad, ya tenía claro que mi amiga, al igual que cualquier persona, también ha deseado más de una vez encontrar el amor. Lo que pasaba era que se refugiaba tras ese escudo de mujer dura que se había creado, y ahora se está dando cuenta de lo que quiere de verdad.
—¿Y no sería posible hablar con él si tanto lo echas de menos?
—No, Mel. Él ya me da igual. Me demostró que le importo un carajo y, además, volvió con su ex. Lo pasé muy mal, por eso intenté olvidarlo con fiestas, alcohol y… otros hombres. Menuda gilipollez.
—Entonces ¿por qué estás así si te da igual?
Dania guarda silencio unos instantes durante los cuales me observa con cautela. Con un gesto le pido que hable, pero aún está más nerviosa que antes. Al poco agacha la cabeza, un tanto avergonzada, y susurra:
—Estoy embarazada.
—¿Qué? ¿De él? —pregunto totalmente sorprendida.
—No, Mel. —Niega con la cabeza, y de nuevo las lágrimas corren por sus mejillas.
—¿Entonces…?
—No sé quién es el padre.
Abro la boca, sin saber qué contestar. El secreto de mi amiga me ha dejado descolocada, y lo único que puedo hacer es acariciar su hermoso cabello y susurrarle palabras cariñosas mientras desborda su dolor y vergüenza sobre mi pecho.