32
Su silencio está desgarrándome las entrañas. Sostiene la foto mirándome fijamente, con la nuez bailándole en el cuello. Es más que evidente que sí conoce a Ian; puedo notarlo por cómo se le tensan las mandíbulas y se le dilatan las pupilas.
La he jodido bien. He sido yo la culpable de todo esto. Soy yo la que ha removido las arenas del pasado, y ahora vamos a pagarlo caro. Descubro en la mirada de Héctor algo que me tortura: decepción. Dios, no, no… No permitas que crea que he hecho algo que no es. Haz que deje que me explique.
Voy a hablar, pero se me adelanta alzando la otra mano y negando con la cabeza. Se le ha congestionado el rostro a causa de la ira que lo invade. Trago saliva, me paso la lengua por los labios, trato de controlar la respiración, pero todo es en vano.
—¿Qué coño significa esto, Melissa? —me pregunta por fin, en un tono de voz mucho más frío del que me esperaba.
—No es lo que parece.
—¿Estás oyéndote? Claro, nunca es lo que parece.
—Héctor, te lo juro, yo… —Las lágrimas empiezan a brotarme sin poder remediarlo. Me mira imperturbable, con los ojos convertidos en rendijas que echan chispas—. De verdad, no es lo que piensas.
—¿Qué es lo que pienso?
—Él… —Las palabras se me atragantan y me sale una tos.
—¡Dime, Melissa! ¡¿Puedes explicarme por qué sales con el cabrón que destrozó mi vida y la de Naima?! —Su explosión me pilla desprevenida. Me encojo, sollozando sin parar—. ¡No te calles, hostia puta! ¡¿Qué significa esta maldita foto, eh?!
La blande delante de mí, y niego con la cabeza una y otra vez.
—Es… pe… ra… —respondo con dificultad. Me falta el aire en los pulmones.
—¿Que espere? —Me mira con los ojos fuera de las órbitas y, abriendo los brazos, suelta una carcajada—. ¿A qué tengo que esperar? ¿A que me cuentes que te lo has follado? ¿A que me digas que estás enamorada de él? —Sé que está rememorando todo el pasado por mi culpa.
—No he… hecho… nada… de eso…
Me llevo una mano al pecho y luego me dirijo al sofá para tomar asiento, pero me alcanza del brazo y me da la vuelta. Su furia me aterra.
—¡Dime de una puñetera vez por qué estás con ese hijo de puta! —me grita a la cara, regándome con su saliva.
La foto cae al suelo, y me hago chiquitita al ver que su mano se alza sobre mi cabeza. Esta vez estoy segura de que me llevaré la bofetada que, en más de una ocasión, he esperado recibir. Suelto un chillido cuando descarga el puño en la pared. Lo hace una y otra vez, hasta que cuento cinco puñetazos y descubro el rojo brillante en sus nudillos.
—¡No!
Me abalanzo sobre él para separarlo. Me da un empujón sin apenas darse cuenta de lo que hace. Choco contra la otra pared.
Se lleva las manos al cabello y se lo estira, totalmente fuera de control. Pero lo que me hace morir es ver las lágrimas que se acumulan en su rostro, el comprender que ahora mismo no me ve como antes, que ese desprecio que advierto en sus ojos es real. Acabo de destrozar todo lo que habíamos conseguido tirar hacia delante. Todo por mi impaciencia, por mi maldita curiosidad, por mi desconfianza. He querido protegerlo de Ian y al final lo he dañado yo.
—No lo entiendo, Melissa, no lo entiendo… —repite incansable y de forma atolondrada.
Comprendo que su mente está yéndose, como otras veces, y me asusto. ¿Y si en esta ocasión ya no logro traerlo de vuelta?
—Por favor, escúchame, Héctor…
Me acerco a él con cuidado. Me mira con los ojos muy abiertos. Hay una tremenda pena en ellos. Luego observa sus nudillos ensangrentados como si no comprendiera muy bien lo que ha ocurrido.
Le cojo la mano y se la beso. No me importa nada mancharme los labios con su sangre. Alzo los ojos y los clavo en él, intentando acercarlo a mí de nuevo. Parece ido, hasta que parpadea y dice:
—Esto es una pesadilla… Una jodida pesadilla… —Se revuelve el cabello otra vez y apoya la espalda en la pared.
—Héctor, él y yo no… no tenemos nada. Fue una maldita casualidad. Me llamó Naima y… caí. Me arrepiento, ¿entiendes? Ojalá no hubiera ocurrido nunca. Jamás tendría que haber hablado con él, pero tenía dudas, y tú… —Decido callar y no reprocharle nada. No es el momento oportuno—. Fui una inconsciente. No pensé que ese hombre querría hacernos daño. Por favor, Héctor, tienes que creerme. Sólo lo he visto una vez, sólo para preguntarle alguna cosa… —Miento como una bellaca y me entran unas ganas irrefrenables de llorar.
—No logro comprender. No consigo centrar mis pensamientos —susurra. Apoya también la cabeza en la pared y cierra los ojos. Su pecho sube y baja sin control alguno.
Lo abrazo, pero se mantiene rígido. Poso la cabeza en su pecho, me froto la cara en su camisa para abarcar todo su olor. «Por favor, que no sea ésta la última vez que aspire su aroma. Por favor, que me perdone. Otra oportunidad más, aunque no me la merezca. Soy egoísta, soy desconfiada, estúpida, infantil, caprichosa. ¿Por qué no fui capaz de esperar a que se abriera él? ¿Cómo me atreví a escuchar a un desconocido?».
—Tienes que creerme. Por favor, hazlo —sollozo contra su camisa, manchándosela de mocos, saliva y lágrimas.
Recuerdo la vez anterior en la que me sacó de su vida. Y ahora… Lo he hecho yo. Así somos: dos almas desenfrenadas que no consiguen poner calma en su vida, que no encuentran la forma de ser felices, que se dañan y se curan, que no saben vivir separados pero tampoco juntos. Me dijo que éramos Héctor y Melissa, y que precisamente por eso todo nos unía, que estábamos hechos el uno para el otro. No atino a comprender por qué nos hacemos esto, por qué vivimos con la oscuridad pisándonos los talones, por qué nos guardamos aquello que nos avergüenza cuando tendríamos que confiarlo el uno al otro.
—Héctor… —Me paso la lengua por los labios, salados a causa de las lágrimas. Niega con la cabeza y trata de apartarme, pero me aferro con más fuerza a él—. Dime que me perdonarás. Da igual que no sea ahora, pero dime que lo harás.
—No puedo pensar, Melissa. No puedo. Recordarlo acaba de matarme. Creía que se había ido de mi vida —responde con voz temblorosa.
Alzo el rostro y descubro miedo en sus ojos. Pero ¿qué he hecho? ¿Qué es lo que sucedió en realidad?
—Sólo fue una vez, te lo prometo. Fue una locura, lo sé, fui gilipollas. Es mi culpa. Y ese hombre no es nada, no me encontré con él por nada de lo que estás pensando. No es la misma historia, aunque tu mente te diga que sí. No está repitiéndose. Él sólo quería hacernos daño, pero no va a conseguirlo… —Las palabras me salen atropelladas.
—No es verdad. Ian siempre hace daño.
Sus ojos se clavan en el vacío, y se me escapa otro sollozo. ¿Qué estará recordando para que su rostro se contraiga de esta forma?
—¡No lo permitiré, en serio!
Y entonces su gesto cambia de nuevo. Esta vez sí me aparta. Lo hace con brusquedad, aunque sé que no es a propósito. Me aferro a las mangas de su camisa y observo sus nudillos dañados, y creo que me volveré un poco más loca a causa de ese brillante color rojizo. Se suelta del todo por fin y de nuevo golpea la pared con la mano magullada. Chillo, me desgarro casi la garganta intentando separarlo para que no se la rompa. Cuando lo consigo, la tiene hinchada y ya está apareciéndole un horrible moratón.
—Voy a matarlo —rechina entre dientes—. Tendría que haberlo hecho hace mucho tiempo.
Y le creo. Ahora mismo ya no es el Héctor que conocí, sino quizá aquel otro del que quería protegerme. Vuelvo a aferrarme a él, desgañitándome.
—¡No! ¿Qué vas a hacer? Por favor… —sollozo, y recuerdo lo que Ian me contó sobre aquella noche en la que Naima suplicó como yo.
Pero esta vez, ésta… Héctor no tendrá piedad de Ian. O quizá sea éste quien no la tenga de Héctor. Me asusta muchísimo más ese hombre, por supuesto. He conocido al Héctor tierno, cariñoso, buen hijo y buen novio. Con Ian, en cambio, sólo he compartido experiencias inquietantes.
—Voy a arreglarlo, Melissa. Lo solucionaré de una vez por todas. Desenterraré mi puto pasado.
Y tengo claro que no lograré que entre en razón. Abre la puerta furibundo, y por poco me caigo al suelo cuando se aparta de mí. Trastabillo confundida, mareada, y corre escalera abajo sin decir nada y sin atender a mis llamadas. Lo persigo, consciente de que los vecinos van a oírnos. De hecho, me parece que una puerta se ha abierto. Pero no veo más que a Héctor delante de mí, saliendo del vestíbulo del edificio y echando a correr por la calle como un loco, y yo tras él tratando de alcanzarlo en vano. Sus pies se separan más de los míos, su figura va alejándose más y más y, al final, lo único que tengo delante son las gotas rojizas que han dejado sus nudillos.
Me empapo en llanto, escondiéndome en un callejón para que nadie me vea. El móvil no deja de vibrarme en el trasero, pero no quiero cogerlo. No puedo leer los mensajes. No me atrevo a descubrir lo que Ian estará diciéndome. ¿Y si Héctor está en peligro?
Cuando logro acallar el llanto salgo de mi escondrijo y miro a un lado y a otro, desesperada. Una pareja de ancianos pasa por delante de mí y me observa con confusión. Evito su mirada y echo a andar para disimular, sin tener muy claro adónde ir. No sé dónde vive Ian. No sé, sinceramente, si Héctor ha ido allí. No sé qué es lo que pretende ni cómo quiere arreglarlo.
Camino aturdida, notando las piernas pesadas. Apenas pueden responderme. Siento que floto, que avanzo sin un destino exacto y que todo alrededor es falso, que lo son las luces brillantes, los cláxones de los coches o las chicas que pasan riéndose y que, al verme, callan de repente. No sé qué aspecto tengo, pero debe de ser horrible. Y ando, ando, y me pierdo más. Me culpo a mí misma una y otra vez, me baño en el dolor que me causa el saber que he sido quien ha provocado esta terrible situación.
Mi móvil vibra de nuevo y, esta vez, lo saco de mi bolsillo. Por un momento pienso en lanzarlo contra el suelo y que se rompa en cientos de pedacitos. Sin embargo, con una diminuta llama de esperanza en el pecho abro la aplicación suplicando por que sea Héctor el que esté intentando contactar conmigo. Pero no, es ese número al que ni siquiera puse un nombre.
Su mensaje me provoca un escalofrío.
Mira a tu izquierda, querida.
Alzo la cabeza un tanto aturdida. No reconozco la calle en la que estoy. Desierta, oscura, peligrosa. Al igual que el coche negro que se halla detenido a mi lado. Lo reconozco y el miedo se agolpa en mis intestinos. Cuando la puerta se abre sé que no tengo elección, que todo esto lo ha planeado él para conseguir lo que desea. Una palabra retumba en mi mente: traición.
—¿Subes, querida?
Me entran ganas de chillar al oír la voz que flota desde el interior del coche.
—¿Crees que no sé dónde está y que no hay alguien vigilando sus pasos? A cada segundo que dudas, uno de mis hombres se acerca más a él. —Los ojos de Ian se asoman en la oscuridad.
—De acuerdo, lo haré —respondo derrotada. Enseguida veo su sonrisa.
Una vez en el coche, todas mis creencias se derrumban. Ian pone una mano sobre la mía y sonríe con sarcasmo. Lo odio con toda mi alma. Creo que lo hice desde el primer día en que me encontré con él, pero quise acallar ese sentimiento en favor del otro con tal de satisfacer mi curiosidad.
Su mano se apoya en mi muslo y después sube por él. Contengo una arcada y cierro los ojos para no echarme a llorar. Me recuerdo que estoy aquí para desviar su atención y que se olvide de Héctor.
—¿Adónde vamos? —pregunto, aunque sé que no me dirá que a su casa.
No contesta, simplemente suelta una risita.
—Por favor, no hagas daño a Héctor —le pido en voz baja, sin apenas fuerzas—. Ahora ya me tienes a mí.
Tampoco dice nada, y eso me inquieta aún más y me dan ganas de bajar en marcha de este coche y olvidarme de todo. El resto del trayecto se me hace horrible, con esa mano suya sobre mi muslo que va subiendo cada vez más hasta rozar mi entrepierna.
El automóvil se detiene y, en cuanto salimos, descubro que me ha traído a una finca vieja, destartalada, alejada de la ciudad. El estómago se me contrae y me asusto. «Tan sólo tengo que acceder a su deseo, ¿no? No me hará nada más. Y Héctor estará bien. Lo hago por él, por él, sólo por él —me repito una y otra vez—. Traidora. Traidora. Maldita traidora».
Desconecto. Lo hago tanto que, cuando vuelvo a aterrizar en la realidad, nos encontramos en una habitación horrible que huele a humedad. Siento que todo avanza a trompicones, como secuencias sin sentido. Ian se encuentra a mi espalda y lo oigo exhalar en mi cuello. Segundos después sus dientes me lo acarician y me da un suave mordisco. La bilis que me sube por la garganta me hace reaccionar. ¿Qué hago aquí, por favor? No quiero que me toque otro hombre más que Héctor. Mucho menos que lo haga alguien como Ian. Es un pervertido, un sádico, un extorsionador que sólo busca venganza.
Me aparto bruscamente, provocando que se tense. Me mira con los ojos muy abiertos y una sonrisa burlona.
—¿Pasa algo, querida?
—No voy a hacerlo.
Se echa a reír. Tengo miedo, demasiado. Busco algo con la mirada para golpearlo, pero no encuentro nada. No hay ni un maldito jarrón ni un teléfono con el que hundir su puta cabeza. Se sitúa de nuevo ante mí y me rodea la cintura con las manos. Sus dedos se aferran a mi piel por encima de la ropa, y pienso que en cualquier momento le vomitaré encima.
—¿Qué dices? Has subido a mi coche y has venido hasta aquí conmigo, ¿lo recuerdas? —Me dedica una mirada inocente; quiero gritarle—. ¿Es que no te despierta nada este lugar?
¿Qué? Pero ¿cómo va a hacerlo, si es horrible y estoy aquí para ceder a un deseo mucho más terrible?
—No me has dejado otra opción. —Las palabras se me atragantan una vez más—. Por favor, no hagas daño a Héctor. He venido hasta aquí porque no deseo que le pase nada. Si necesitas desahogarte, yo…
—¿Qué coño quieres que hagamos? ¿Hablar? —Su risa es histérica—. ¿Estás diciéndome otra vez que no me darás esa puta noche? ¡Tan sólo una! —Cuando alza la voz me hago muy chiquita—. En cambio, pretendes que yo sí haga lo que tú me pides. ¿Qué es eso? Qué poco caritativa. No has cambiado nada.
Su respuesta me desconcierta. Al mirarlo a los ojos comprendo que no está muy cuerdo. Me llevo la mano al bolsillo trasero dispuesta a coger el móvil y hacer algo con él, aunque no sé si será de mucha ayuda. Ian capta mi movimiento y, antes de que pueda sacarlo, ya me lo está impidiendo apretándome las muñecas con una fuerza descomunal.
Suelto un grito, dos. Me tapa la boca. Me revuelvo. Forcejeo, trato de morderle. Veo que se saca algo de la americana.
De repente noto un dolor muy intenso en la sien. Después tan sólo hay oscuridad.