30
Rojo Sangriento
Martes al mediodía
Betty permanecía parada bajo la lluvia con su paraguas amarillo. Había estado allí durante las últimas dos horas. Michael no había aparecido. A esta altura, largas filas de personas ya habían descendido del barco. Primero la primera clase, luego la segunda y finalmente la tercera. Solo cuando el personal de cocina comenzó a dejar el barco fue que Betty se dio cuenta de lo que debía haber pasado. Esta era la razón por la cual Michael le había pedido que descendiera tan temprano. Él debía haber sabido.
El Diamond Royale se balanceaba de atrás hacia adelante, como una bestia enojada y encadenada a la potestad de los hombres durante demasiado tiempo. ¿Estaba Michael adentro? ¿Se estaba pudriendo en un armario o habían sacado su cuerpo escondido en el baúl de uno de los automóviles? Gimiendo junto con la tormenta, Betty dio rienda suelta a sus emociones.
Podía haber esperado ahí todo el día, y él no habría aparecido. Dondequiera que Michael estuviera ahora, no era un lugar adonde ella quisiera ir. Petrificada ante este pensamiento, ante lo que esto significaba para ella, cayó de rodillas en el barro, arruinando su vestido con margaritas estampadas.
El dolor de la herida se agudizó nuevamente, y se llevó la mano sucia de barro al abdomen, mientras continuaba llorando. El paraguas cayó hacia un costado, boca para arriba, y el agua comenzó a juntarse en su interior. Las valijas de ambos permanecían a un costado, indiferentes bajo la lluvia.
Betty siempre había sido sensible a la opinión de las demás personas. Cuando correspondía, trataba siempre de adherirse a los códigos de la sociedad, incluso a costa de su propia felicidad. Pero ahora no podía controlar sus emociones. Se agitaban en su interior como las aguas tumultuosas del mar abierto.
Sentía una mezcla de amor y odio hacia Michael. Era el padre de sus hijos y había provisto el sustento que disfrutaban en el hogar. Si bien deseaba haberse casado con un hombre con mejores valores, se había encariñado con ese hombre imperfecto que había parecido ser tan perfecto años atrás.
—Cásate conmigo — dijo Michael, arrodillándose frente a ella. Se había puesto su mejor traje y se había peinado cuidadosamente el cabello hacia un costado. Betty no pudo menos que reír nerviosamente, de pura felicidad. —Desde el primer día en que te vi, supe que tenías que ser mía. Te haré feliz, Betty.
—Esto es demasiado apresurado — respondió Betty, con una gran sonrisa en el rostro. Pero luego, su sonrisa se desvaneció cuando se dio cuenta de que sólo habían estado saliendo durante ocho semanas. —¿Y Sarah?
—¿Qué pasa con ella? — contestó Michael, con un aire de confusión en el rostro. Se encogió de hombros y continuó: —Ya pasaron varios meses de eso.
—Todavía me siento mal por ello. Ella realmente gustaba de ti — respondió Betty. Sarah era la mejor amiga de Betty y había sido la primera novia de Michael. Betty recién estaba volviendo a recuperar su amistad después del incidente. —Deberíamos haber esperado a que ustedes dos rompieran el noviazgo... — Betty sabía que no debía haber dejado que Michael la besara mientras él y Sarah era novios, pero no había podido resistirse. Y bien que valió la pena, ¿no? Amaba a Michael. Y Michael la amaba a ella. Mirando el panorama general, el incidente era irrelevante.
—Betty, me estás matando — dijo Michael, cambiando de rodilla. Le guiñó un ojo y continuó diciendo: —Las mujeres siempre me han querido, pero tú eres la dueña de mi corazón. Te elijo entre todas las demás mujeres. Por favor, hazme el hombre más afortunado de la tierra.
Finalmente, le entregó una pequeña caja donde se lucía un hermoso y sencillo anillo de compromiso.
¿Sería capaz de mantener a su familia? Sí, Betty sabía que trabajaba en el banco de la ciudad. ¿Sería un buen padre para los hijos que tendrían? No lo sabía, pero sabía lo mucho que apreciaba la idea de formar una familia. El amor que demostraba hacia sus sobrinos y sobrinas era incalculable.
Michael sonrió tímidamente antes de pasarse una mano por el cabello y despeinárselo sobre el rostro.
Betty emitió una risa nerviosa, tomó el anillo y asintió fervorosamente: —Sí, sí, sí.
—¡Bien, esa es mi chica! — Michael se puso de pie y tomó el rostro de Betty entre sus manos para luego besarla apasionadamente. —Sabía que serías mía.
Betty sintió que alguien le tocaba el hombro y se sobresaltó. Se dio vuelta rápidamente, sintiendo una nueva punzada de dolor. Era el señor Phillips.
Mirando desde abajo, atemorizada y luchando con la lluvia que le empañaba los ojos, apenas si pudo ver a la señora Phillips al lado de su marido. Estaba tiesa como una vara y sostenía un paraguas negro.
—Por favor, Betty. Déjeme ayudarla — dijo el señor Phillips con aparente y sincera tristeza.
El anciano tembló al agacharse y tenderle la mano para ayudarla.
—Por favor — insistió.
Betty tomó su mano y se puso de pie, con una mueca de dolor.
Frente una señora Phillips estilizada y soberbia como un elegante gato persa, Betty debía haber parecido un suave, y mojado gato atigrado.
—¿Dón...dónde está Michael? — osó preguntar.
El señor Phillips se apoyó en su bastón, con los ojos y los labios entrecerrados, y dijo:
—Recibió un disparo persiguiendo a ese ladrón. Era un hombre muy valiente.
Betty asintió con la cabeza, escéptica pero bastante asustada como para dudar del señor Phillips. Después de todo, él y Michael habían trabajado juntos, ¿no?
—Entonces, él es—tá—
—Sí, sí, está muerto, señora Jones.
—¡Déjeme entrar a buscarlo! — chilló Betty. — ¡Podría estar adentro, y necesitar mi ayuda!
De manera solemne, el señor Phillips extendió su mano y le tocó el hombro. Con los ojos húmedos, sacudió la cabeza lentamente.
Llevándose la mano a la boca, Betty sollozó. Aun cuando había considerado la idea de una vida sin él, el señor Phillips había dado en el clavo. Michael estaba muerto. Se había ido.
—Permita que la ayudemos a cambiarse de ropa y la llevemos a su casa. Nos estamos ocupando del cuerpo de Michael.
—¿Cómo puede alguien matar así? — preguntó Betty, con lágrimas en el rostro. ¡Michael era un buen hombre!
—Sí, sí, lo era — murmuró el anciano. —Puede ser difícil entender la mente de un asesino, señora Jones. A los ojos de un asesino, los hombres son simplemente carne... un obstáculo a superar.
Por miedo a quedarse sola y deseando un poco de consuelo, siguió al matrimonio Phillips. Las lágrimas que caían del cielo se mezclaron con las suyas.
*
Benjamin miraba fijamente la hermosa tormenta a través de las ventanas de vidrio que rodeaban el salón comedor del barco. Ansiosa por invadirlo, la furia de la tormenta chocaba contra los vidrios con sus oleadas de agua. El salón vacío se estremecía con el balanceo del barco. Otrora, este salón había estado repleto de personas bailando, deliciosas comidas y embriagadores vinos. Ahora, no había quedado nada más que una cáscara vacía de glamour.
Desviando la mirada de la escena, terminó de embalar las cajas llenas de platos y cubiertos. Sylvia jugaba en su mente. Recordó haberla admirado mientras se deslizaba bailando con su marido y el brillo dorado de su cabello. Recordó cómo se encontraron sus miradas en un momento y ya no pudieron apartarse. Pero eso era todo lo que ella podía ser ahora, un dulce recuerdo.
Una vez que terminó su tarea, se dirigió a su camarote. Arrojó las pocas ropas que había traído en su mochila. Una vez finalizado este trabajo y con el dinero en el bolsillo, se preguntó cuánto tiempo le llevaría encontrar otro trabajo.
El tiempo transcurrido en el Diamond Royale no había sido una vacación precisamente, pero definitivamente había sido algo más que simplemente un trabajo. Un romance inesperado le había provocado más dolor de lo que había deseado. Sin dejar de mencionar el asesinato de personas inocentes. Si bien se sentía contento ante el final del viaje, extrañaría las vistas espectaculares del océano.
Al cerrar la puerta de su camarote, el lugar donde había dormido durante siete noches, sintió una punzada de nostalgia. Una vez en el corredor, se quedó esperando a Mary. Los minutos pasaban pero ella no aparecía. No pudo evitar preocuparse por ella. Dejando la mochila en el piso, se dirigió hacia su camarote y golpeó la puerta frenéticamente.
—¿Mary?
No hubo respuesta.
Intentó con la manija de la puerta, y vio que estaba sin llave. Abrió la puerta de par en par.
Mary estaba parada, inmóvil, frente a su cama. Estaba de espaldas a él, así que no podía ver qué era lo que estaba mirando. Estaba viva, porque estaba de pie, pero su inmovilidad lo hizo dudar.
—¿Mary?
Indeciso, Benjamin se dirigió hacia ella y colocó una mano sobre su hombro. Ella ni siquiera pestañeó. Estaba tan tiesa como un cadáver. Miró su rostro y vio que tenía los ojos y la boca bien abiertos.
Dirigiendo su mirada hacia la cama, para ver qué era lo que la tenía tan obnubilada, vio un reloj de bolsillo. No era un reloj cualquiera; esta joya exudaba riqueza desde cada filón de oro hasta cada corte de sus diamantes. Un torbellino de miedo surgió en su interior. Aferró con mayor fuerza el hombro de Mary.
—¿De dón—de sacaste esto? ¿Lo robaste?
De prisa, Benjamin cerró la puerta. Intentó controlar su errática respiración. Eso era. Lo iban a poner preso. Por muy buena que Mary fuera para ahorrar, era imposible que hubiera podido comprar ese reloj.
—Mierda. Pensé que el plan había si—do cancelado.
Sus palabras lo petrificaron aún más. —¿Qué plan? ¿Sabes lo que pueden hacernos?
—Yo... yo... pero Helen murió — murmuró Mary para sus adentros.
Perdido, Benjamin hizo que Mary lo mirara a la cara. —Es mejor que me des algunas respuesta rápido, Mary. Yo no voy a ir a la cárcel por esto — le dijo, haciendo un gesto hacia el reloj.
Aun así, Mary no podía apartar los ojos de la fulgurante joya. Su débil tic tac llenaba las pausas entre ellos.
—Pero Helen...
—¿Qué pasa con Helen? ¿Qué tiene ella que ver en todo esto?
—Ella lo robó.
Conmocionado, Benjamin soltó a Mary. —¿Por qué?
—Era demasiado valioso. Entre nosotras tres...ya no tendríamos necesidad de trabajar por años.
—¿Nosotras tres? ¿Tú también estabas en esto?
—Helen conoció a esta chica. Una amiga de ella. Se llamaba Patricia. Ella ideó todo esto. Necesitaba el dinero, pero nosotros queríamos nuestra parte.
—Patricia... — murmuró Benjamin. El nombre le sonaba extrañamente familiar. —¿La chica que estaban persiguiendo desde el viernes? ¿La fugitiva?
—No sé lo que hizo. Pensé que la habían descubierto. Con Helen muerta, no creí que alguien habría robado el reloj. El plan estaba cancelado. Me convencí de ello el viernes. Pero...regresé a mi habitación y encontré una bolsa con esto adentro.
—¿Es genuino?
—Maldición, Benjamin. Por supuesto que sí. Míralo.
—¿Y Patricia?
—Esa es la cuestión. No sé nada de ella.
—¿Por qué necesitaba el dinero?
—Algo relacionado con su madre — respondió Mary pasándose la mano por el cabello rizado. —Si de alguna manera se las arregló para tenerlo con ella todo este tiempo... ¿Por qué me lo dejó a mí?
Ambos quedaron en silencio.
Benjamin pensó que conocía a Mary. Pensó que sabía lo que la vida tenía preparado para él. Pero qué pronto se dio cuenta de que estaba equivocado.
—¿Qué tenían que hacer? — susurró Benjamin, intentando concentrarse en una pregunta entre las cien preguntas que daban vueltas en su cabeza.
—Era simple. Tenía que encontrarme con Helen en la cubierta y tomar el reloj que ella iba a darme. Estábamos intercambiando unas pocas palabras cuando un hombre apareció y se llevó hacia un costado del barco. Parecía enojado. Era una maldita bestia. Después, la escuché gritar, y yo desaparecí rápidamente del lugar. Patricia estaba cerca de nosotras y confié en que ella pudiera salvarla.
—¿Desde cuándo eres una ladrona?
Girando finalmente su rostro para confrontarlo, Mary le respondió con ira: —¿Una ladrona? Estos bastardos nos pagan la mitad del salario de un blanco. ¿Y yo soy la ladrona? Vete a la mierda. Este es un mundo de todos contra todos y yo quería mi parte de él.
De un tirón, tomó el reloj que estaba sobre la cama, y lo enterró bien adentro de su bolso. Arrojó el resto de sus pertenencias en su interior, ocultándolo bajo las ropas usadas. De algún modo, Benjamin sintió un miedo paranoico de que el fulgor del reloj se vería a través de todo ello.
—¿Adónde vas? — preguntó Benjamin.
—Al muelle. La esperaré por una hora. Si no está allí, como habíamos hablado anteriormente, asumiré que está muerta.
—Voy contigo — insistió Benjamin.
Una risa sorprendentemente dulce escapó de los labios de Mary. —¿Y qué te hace pensar que puedes venir conmigo?
—Yo sé lo que te llevas contigo. Y sé que no te pertenece.
Mary frunció el ceño y apretó los labios con furia: —¿Me estás chantajeando, hijo de p—
—Puedo protegerte, Mary. Allí afuera, en Nueva York. Podemos llevar a cabo esto juntos. Nos subimos a este barco los dos juntos, y ahora nos vamos juntos.
—Y pensar que fui yo la que te habló de este trabajo, mierda— dijo Mary, echándose a reír y buscando algo en su bolsillo. —Yo no te debo nada. Tú me debes a mí.
—Yo sé que eres fuerte. Eres una de las mujeres más fuertes que conozco. Pero este es todavía un mundo de hombres. Conocemos Londres, pero no conocemos Nueva York. Una mujer, una mujer negra, tendrá problemas si la encuentran con algo tan valioso. Incluso si te las ingenias para venderlo, ¿cómo vas a administrar tanto dinero? Yo no quiero todo el dinero. Ni siquiera quiero la mitad.
Benjamin se detuvo un momento para respirar y Mary lo estudió con atención.
—Puedes pagarme por mis servicios. Págame día por día. Me ganaré mi parte. Puedo ayudarte. Ya no la tienes a Helen, y ni siquiera sabemos si Patricia está viva. Necesitas otro socio en este negocio.
Mary frunció sus gruesos labios. Sus ojos seductores ojos oscuros, se estrecharon, analizando las palabras de Benjamin.
—Bien, veremos día a día entonces— respondió Mary, sacando la mano del bolsillo y relajándose.
Una vez en el muelle, esperaron. Benjamin sostuvo el paraguas para ambos. Observaron a los pasajeros y a los marineros que abordaban y descendían de otros barcos. El Diamond Royale se balanceaba sobre las aguas turbulentas. Benjamin pudo oír la sirena de una ambulancia que se alejaba con su carga.
Nadie llegó. El corazón de Benjamin latía con fuerza ante cada mujer que coincidía con una vaga descripción de Patricia. Mary estaba parada rígida a su lado, con una expresión tensa en el rostro.
Una parte de Benjamin deseaba devolver el reloj a las autoridades. Si bien la ganancia que obtendrían probablemente significara mucho más para Mary y para él, unas humildes personas, pensaba que aun así todavía podía tener algún valor para sus ricos propietarios.
La decisión correcta era obvia pero el aliento sensual de la codicia lo estaba acariciando. Se sintió avergonzado de tan solo pensarlo, pero Mary tenía razón. La gente los había estafado a ambos durante años. Ahora simplemente estaban jugando de acuerdo a las reglas del juego a las que habían sido obligados a jugar. Dos errores no hacían un acierto, pero este error pondría comida en la mesa durante años.
Cuando incluso la lluvia se había dado por vencida, Benjamin se acomodó el bolso en la espalda.
—Mary... — murmuró, temeroso de disgustarla.
—Ya sé — respondió Mary con voz ronca. — Ahora estamos por nuestra cuenta.
Mientras se alejaban, Benjamin iba cargando con los bolsos de ambos. Aunque sabía que su mente le estaba haciendo una jugarreta, le parecía que el bolso de Mary era el más pesado. Había mucho más que un reloj de oro tachonado de joyas en su interior. Había una multitud de historias y de vidas almacenadas en el intrincado talento artístico de la joya...y la sangre era más pesada que el oro.
*
Sobre una camilla, el cuerpo de Patricia se retorcía de dolor. No podía emitir ningún quejido o lamento de dolor, ya no tenía energías para ello. La vida se le estaba yendo de las manos, escapándose con su sangre.
Aun cuando Michael la había abandonado, dejándola a su propia suerte, la pesadilla estuvo lejos de terminar. Esperar que su cuerpo finalmente se diera por vencido le llevó un tiempo insoportablemente largo. Los hombres que estaban descargando los automóviles del garaje aparecieron una vez que Michael la dejó, cansado de golpear a una mujer poco dispuesta e imposibilitada de hablar.
Podía escuchar que ellos gritaban pero solo un leve sonido llegaba hasta sus oídos. Abrir los ojos la hacía sentir más desorientada todavía. Los rostros de los hombres se arremolinaban y mezclaban en una desastrosa acuarela. Vio que uno de los hombres llegó a morderse el puño, conmocionado ante el estado de su cuerpo.
Algo húmedo le rozaba la cabeza. ¿Era la lluvia o su propia sangre? No estaba segura, y tampoco estaba segura de querer saberlo. Cuando cerró nuevamente los ojos, vio a Helen. El recuerdo del peso del cuerpo muerto en sus brazos volvió a su mente. Esto la hundió más todavía.
—Lo siento — pensó Patricia para sus adentros.
—¿Helen?— murmuró Patricia, con los ojos llenos de lágrimas.
Helen intentó responder pero no pudo. La certeza de que Helen iba a morir en sus brazos la golpeó. Patricia gritó. Pidió por ayuda, por seguridad, y para que alguien la salvara. Las lágrimas caían sobre la mujer moribunda.
—¿Lo tienes? — preguntó Patricia.
Con dedos temblorosos, Helen extrajo el reloj de bolsillo de su escote. Arrancándoselo de sus dedos, Patricia prácticamente pudo saborear el gusto de los dólares que este tesoro le traería. Tener que dividir el botín entre tres la enfurecía. Ella había planeado el atraco. Era su madre la que necesitaba los ahorros. Ella había soportado la aplastante pobreza durante décadas. La diferencia entre repartir las ganancias entre dos personas a hacerlo tres personas no era en absoluto atractiva.
La visión del cuchillo le despertó un terrible acto de compasión. El corazón le latía salvajemente. Se irguió levemente para ocultar el reloj. No ejerció presión en la herida. En cambio, apoyó todo su peso sobre el cuchillo, hundiéndolo más profundamente en el cuerpo de Helen.
Era inútil negar su papel en la muerte de Helen. Pudo no haberla iniciado, pero ella le había asestado la estocada final. Patricia pensó que estaba ayudando a su amiga a terminar con el sufrimiento. Pero viendo las cosas en perspectiva, ¿podía haber intentado ayudarla a salvarse? Avergonzada por su codicia, Patricia logró llorar en su estado de semi—inconsciencia.
Se preguntó qué habría pasado con la persona que había encontrado el cuchillo debajo de la almohada. Cuando regresó a su habitación para ocultar el reloj, tuvo que buscar un lugar para deshacerse del cuchillo. Fue una elección al azar. Vio una habitación y forzó la cerradura. Debía haberse dado el susto de su vida cuando vio el cuchillo. Ella solamente necesitaba sacarse a las autoridades de encima. Esperaba que no le hubiera pasado nada malo a esa persona. La última cosa decente que había hecho fue dejarle el reloj a la pobre Mary.
Alguien movió el cuerpo de Patricia. Cuando abrió los ojos nuevamente, se encontraba en una camioneta. El hombre que la estaba cuidando vestía de blanco. El ensordecedor ulular de la sirena de la ambulancia la fastidió.
Entrando y saliendo de su estado de inconsciencia, logró aferrar la mano del hombre.
—No se ve para nada bien. ¿Qué le pasó? ¿La atropelló un tren? — preguntó el hombre.
—Un hombre la golpeó brutalmente. Bienvenida a América, señorita Rosewood — agregó otro hombre con sarcasmo.
—No embromes con eso, hombre. Mírala. ¿Puede escucharme, señorita Rosewood? — preguntó el hombre de blanco.
Patricia ni siquiera intentó hablar porque sabía que no podía. ¿Es esto todo? ¿Voy a morir?
Algo que había aprendido en su corta vida era que nadie era inocente. Cuanto más intachable parecía una persona, mayor era la corrupción que corría por debajo de ella. Desde una perspectiva amplia, Patricia no estaba segura dónde estaba parada. Yo lo intenté. ¿Cuáles eran las acciones que importaban, las honorables o las indignas? Todo lo que sabía era que todos eran capaces de hacer las cosas que ella había hecho.
Los hombres ricos se ufanaban sobre su orgullo y su dignidad, sentados en sus almohadones de pluma de ganso, protegidos por pobres soldaditos, y bañados en dinero. Muchos, como Patricia, no habían podido darse nunca el lujo de aferrarse a algo tan caro como la dignidad. La humanidad era como cualquier animal bajo presión, que lucha por amor, por dinero o por su vida. En algún momento, los oscuros monstruos que residían en nuestro interior —esa parte que nosotros negábamos— nos despojarían de nuestra compasión, se solazarían con la sangre, y consumirían nuestros corazones.
Patricia abrió los ojos, hasta que sus párpados hinchados se lo impidieron. Quizás, solo quizás, mamá pueda estar bien. Se imaginó la hermosa casa que habría comprado en Londres y a sí misma aprendiendo finalmente a tocar el piano. Con una oleada de extraña calma, se dejó hundir en la oscuridad, sin tener la certeza de que alguna vez regresaría.
FIN