3
Diamante Imperfecto
Viernes a la noche
Los senos de Sylvia se aplastaban contra el pecho de Markus mientras bailaban. La rigidez de su cuerpo no decayó mientras la conducía por el salón de baile. Sylvia trató de no bostezar a pesar del aburrimiento. Markus era un pésimo bailarín; sólo sabía los pasos básicos que había aprendido para el día de su casamiento.
Jacobus los observaba desde un costado con una sonrisa burlona. Para su frustración, ella no podía apartar su mirada de la de él. Cuanto más se esforzaba, sucedía lo contrario.
Ya en otra oportunidad Markus le había hablado brevemente sobre Jacobus. Lo único que sabía de él era que lo había ayudado a mantenerse a flote con sus negocios. Incluso con Markus presente en la pista de baile, Jacobus no se avergonzaba por la determinación con que la miraba. Al principio ella pensó que el fervor de su mirada tenía que ver con el deseo, pero ahora no estaba segura. Había algo más en sus ojos. ¿Odio?
—¿Por qué estás tan distraída, Sylvia? — preguntó Markus.
—Tú sabes cuánto me gusta la música — trató sin esfuerzos de inventar una mentira. — Mi cabeza vuela con estas melodías.
—Ha sido una gran noche.
—Sí, liebling, ha sido maravillosa.
Sylvia ocultó el sarcasmo en su tono. Recordando algo que escuchara mientras se dirigía al baño, dijo: —¿Qué crees que pudo haber sido esa conmoción allí afuera?
—No lo sé. Quizás una pelea.
Markus se encogió de hombros y dio un rápido y brusco giro. El cabello de Sylvia revoloteó por un breve instante. Ella tomó aire, intentando no poner en palabras lo que se le venía a la mente; él sabía que a ella no le gustaba que hiciera eso.
—¿No sientes curiosidad?
Sylvia miró hacia las grandes puertas que llevaban al exterior. Ahora estaban cerradas.
—¿Por qué habría de tenerla? Probablemente fue sólo una ramera. Nada por lo que debamos preocuparnos — le gruño al oído.
—Escuché que alguien dijo haber escuchado el grito de una mujer.
—Quizás su marido estaba en la trifulca.
Sylvia se detuvo para mirar los turbios ojos verdosos de Markus.
—No me siento segura. Un rato antes fui al baño. ¿Y si hubiera sido yo la mujer atacada?
—Estás bien, Sylvia. Eres mi esposa. Nadie te tocará — Sus manos le recorrieron la espalda. Para distraer la atención de su incesante manoseo, Sylvia miró para otro lado, sólo para volver a encontrarse con la decidida mirada de Jacobus.
*
Con los ojos anegados por las lágrimas, Patricia caminaba trastabillando por los corredores. ¿Qué había pasado? Le temblaban las manos, cubiertas por la sangre de Helen. Alguien a quien había conocido, aunque sólo brevemente, ahora había muerto a manos de un asesino.
Cuando aquellos fornidos hombres la arrancaron de sus brazos, Patricia sintió la necesidad de alejarse. La gente estaba demasiado borracha o demasiado insensibilizada como para preocuparse por su estado y sus manos ensangrentadas. Cuando llegó a su camarote, cerró la puerta de un portazo. Después de quitarse todos los costosos accesorios que llevaba, se apoyó sobre el lavabo. Las lágrimas todavía corrían por su rostro mientras no podía dejar de mirar sus temblorosas y ensangrentadas manos.
Alguien golpeaba fuerte e insistentemente contra la puerta del camarote. De pronto, un hombre a quien no había visto antes irrumpió en la habitación y la sujetó agresivamente del hombro.
—¿Estaba usted con Helen esta noche, no es cierto?
—Sí — respondió Patricia con un chillido.
—Venga conmigo.
*
La nuca de Harold le latía dolorosamente. Las agudas puntadas de agonía lo paralizaban. Alcanzó a escuchar que unas personas murmuraban y luego, algo pesado cayó al océano. El sonido de las pisadas comenzó a alejarse. Harold quiso tocar el aire con los dedos, en un intento por recobrar su sentido del tacto.
Alguien debió haberlo visto, porque eventualmente sintió los fríos dedos de un extraño sobre él. Cuando la mujer comenzó a gritar por ayuda, él intentó formular las palabras “más despacio, por favor”, pero no pudo. El grito de ayuda le partió la cabeza por la mitad.
No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado, pero no podía recordar qué había sucedido entre el frío contacto de los dedos de su salvador y el aroma de la lejía. Ya no se encontraba en la cubierta del crucero sino en una sala médica. Un hombre cincuentón le habló. Al principio la voz le sonó confusa, pero lentamente se fue aclarando. Tenía un fuerte acento mediterráneo. Lucía una barba espesa y oscura, y sus ojos castaños irradiaban calidez.
—¿Puede escucharme, señor?
—Ahora sí, pero hable despacio por favor — suplicó Harold con voz chillona. El médico pareció sorprendentemente aliviado por su respuesta.
—Soy el doctor Rodrigo Gorrin. ¿Qué le sucedió?
—Yo...yo... me caí. El piso afuera estaba resbaladizo, no miré por dónde pisaba...
La cara de Harold se desfiguró de dolor. — Mi cabeza, el dolor... ¿Puede detener el dolor?
—Trataré de hacer todo lo posible. Voy a aplicarle un sedante, ¿está bien?
Harold asintió con la cabeza. Hubiera accedido a cualquier cosa con tal de que el dolor desapareciera.
La cara de Rodrigo comenzó a oscurecerse. Antes de que la habitación se volviera completamente negra, Harold escuchó unas palabras. Lo que sea que Rodrigo había dicho lo había hecho en español, y Harold no lo entendió. Lo que sí supo era que sonaba como una plegaria.
*
Patricia temblaba sin poder contenerse. El sonido de sus dientes rechinando llenaba la habitación. Estaba sentada en una frágil y esquelética silla mientras un hombre alto y amenazante se encontraba parado en la puerta. Solamente llevaba puesto su vestido de noche azul marino y zapatos de tacón aguja. Cómo ansiaba tener sobre sus espaldas el espeso abrigo que llevaba puesto el custodio...
La sangre de la mujer que había sostenido entre sus brazos hacía apenas una hora atrás se había secado sobre su vestido y su piel. Tenía un aroma fétido y hubiera deseado darse un baño. Pero no tuvo tiempo. El hombre la había llevado a rastras hacia la parte posterior del barco, habían bajado unas escaleras, y la había arrojado en esta diminuta habitación donde sólo había una cama simple sobre una estructura de metal.
—No tienen derecho a dejarme encerrada aquí. ¡Yo no maté a Helen! — gritó Patricia. Tenía los nervios exaltados. ¿Era esto una especie de sala de encierro?
—El señor Phillips pronto estará aquí — le dijo el hombre, revelando sus dientes desparejos y manchados.
Al pasar una mano por sus ojos, Patricia pudo sentir los grumos que la máscara para pestañas había dejado al deslizarse por sus mejillas. La punzante sensación de llanto inminente no la había abandonado. El deseo de llorar la había envuelto desde el principio, pero ahora, una hora después, contuvo las lágrimas para fastidiar al custodio. Intentó controlar la agitación en su cuerpo pero sólo logró temblar aún más, y no por causa del frío.
El señor Phillips ingresó y le dio un golpecito al custodio con su bastón. De inmediato, el hombre los dejó a solas en la habitación.
—¿Qué es todo esto, señor Phillips? No tienen derecho a mantenerme aquí. No tengo nada que ver con el ataque a esa chica. Si sobrevive, ¡es porque yo la salvé! Nadie más vino en su rescate.
Patricia nunca pudo actuar en forma pasiva frente a aquellos que ostentaban autoridad.
—Tranquila, niña — murmuró el señor Phillips, masajeándose la sien. Los nudosos dedos le temblaban. Su habilidad para actuar con condescendencia frente a una mujer de casi treinta años la frustraba, pero ella ahora tenía asuntos más importantes donde centrar la atención.
—Todo...todo este asunto no ha funcionado de la manera en que esperábamos.
—¿A qué se refiere con este asunto? Dígame que están investigando al autor de ese delito, en vez de detenerme a mí.
—No fue un intento de asesinato, sino un asesinato. La mujer murió — aclaró en su monótona voz.
—Ella—ella— la voz de Patricia flaqueó. El brillo fluorescente de la única lamparita hacía que el señor Phillips, con gesto sombrío, pareciera enfermo.
—Así es, ella está muerta.
Una hora atrás había sostenido en sus brazos a una mujer cuya vida se le estaba escapando. Esa misma mujer ya no existía más. Su alma había abandonado el barco. ¿Acaso se habría hundido en el fondo del océano o habría elegido cabalgar sobre las olas?
—Yo sólo...
—Nos estamos ocupando del asunto.
La furia de Patricia resurgió. —¿Por qué estoy todavía aquí?
—Te encontraron junto a una mujer moribunda, Patricia.
Patricia sintió que el mundo se le venía encima. ¿Qué estaba insinuando? ¿La acusarían de asesinato? Su cuerpo entero se paralizó y los temblores cesaron.
—Debemos retenerte aquí durante un tiempo más.
El señor Phillips se dirigió hacia ella con tambaleantes pasos. Pasó sus prolijamente arreglados dedos por la mejilla sucia de la mujer. Patricia se echó hacia atrás.
—Esto no puede estar sucediendo. Usted sabe que yo no hice nada. Por favor, señor Phillips — suplicó Patricia.
¿Qué quería él de ella? Yo soy desechable. Aquellas palabras hicieron eco en su mente, rebotaron dentro de ella como si fuera simplemente un cascarón vacío. Las lágrimas amenazaron con fluir nuevamente de sus ojos.
En la boca de labios finos del señor Phillips se esbozó una sonrisa.
—Le diré a Robinson que te traiga frazadas y comida de la cocina — le dijo, rozando sus labios con sus temblorosos dedos. — No intentes escaparte, Patricia. Encontraremos al autor de todo esto, pero hasta ese entonces, debes quedarte aquí.