8
Flor Ardiente
Sábado a la noche
La tos seca de Michael quebró el silencio. Se apretó el pecho hasta que cesó el ataque.
—Lo siento mucho, Harold — dijo Michael, con los ojos llorosos. — Parece que somos dos las personas enfermas en esta habitación.
Michael notó que el hombre parecía más viejo de lo que era, con sus ojos cansados y hundidos y el rostro sin afeitar. Harold estaba sentado en un costado de la cama con los pies sobre el suelo. Tenía los ojos brillosos y se mojaba continuamente los labios con la lengua. Tenía un aspecto impávido y apagado y raramente hacía contacto visual con Michael.
Aparte de la bata blanca que llevaba y el vendaje en la cabeza, Harold no parecía particularmente extraño o loco. Michael supuso que no todos los hombres con enfermedades mentales andaban vagando desnudos, atacaban o golpeaban a la gente. Harold había sido un renombrado consultor de empresas en Londres antes de la muerte de su esposa. Este hombre todavía mantenía un aspecto digno.
Michael se estiró los impecables puños de su camisa mientras hacía un bollo con el pañuelo con la mano libre.
—Debo tener esto a mano — dijo Michael en voz alta.
—¿Fumador? — preguntó Harold, con tono monocorde.
—Culpable.
—Me vendría bien un cigarrillo.
Michael hurgó en sus bolsillos y extrajo un cigarrillo y un encendedor.
—Si no le importa, no voy a acompañarlo. Mi esposa me ha estado implorando que me cuide más, por el bien de la familia.
Harold tomó el cigarrillo y lo encendió.
—Entonces, ¿es usted un hombre de familia?
Michael deseaba llevar la conversación hacia la investigación que estaba realizando, pero se sentía obligado a responder la pregunta de Harold. El médico le había pedido que fuera delicado y considerado con Harold. No solamente porque se estaba recuperando de lo que podría haber sido un golpe mortal en la cabeza, sino también porque se trataba de un hombre con problemas mentales.
—Por cierto que sí— respondió Michael — amo a mi esposa y a mis hijos. Mi esposa está conmigo en el crucero. Dejamos a los niños en América con sus abuelos. Mi viaje a Inglaterra ha sido estrictamente de negocios así que ellos no han podido acompañarnos. Dios bendiga a esos angelitos.
Por un momento, la mirada de Harold se cruzó con la de Michael antes de desviar nuevamente sus misteriosos ojos verde esmeralda. Harold arrojó la ceniza del cigarrillo al suelo.
—Cuídelos mucho.
La suave respuesta de Harold hizo que los pensamientos de Michael se detuvieran en seco.
¿Qué se suponía que Michael dijera ahora? ¿Cuide de su esposa muerta? ¿De los hijos que nunca tuvo? ¿De usted? Intentó no pensar en Betty cubriéndose desesperadamente la mejilla con maquillaje esta tarde.
—Gracias, Harold — respondió Michael, con las únicas palabras que parecían apropiadas.
—¿Qué lo trae de viaje en el Diamond Royale? Si es que puedo preguntarle...
Se hizo una larga pausa.
—Mi padre pensó que necesitaba unas vacaciones. Respirar aire fresco.
—Hay mucho aire fresco en una cubierta— dijo Michael suavemente. Luego se arrepintió de haber usado esas palabras. Se había derramado sangre fresca ayer.
—Ahora, volvamos a nuestro asunto, ¿le parece? — agregó rápidamente.
—¿Quiere hacerme unas preguntas?
—Sí, así es — dijo Michael. Tosió dentro de su pañuelo antes de sacar la libreta de anotaciones y una lapicera.
—¿Me puede decir qué recuerda antes de su caída?
Harold se llevó el cigarrillo a los labios y dio una pitada.
—Estaba en la cubierta.
Michael lo miraba fijo, instándolo a continuar.
—Me cuesta recordar.
—¿Había alguien más allí afuera? — preguntó Michael escribiendo el nombre de Harold en el comienzo de una página nueva.
Michael observó que los ojos de Harold se pusieron vidriosos, como si estuviera pensando.
—Había alguien conmigo.
—¿Algún amigo, alguna novia? — Michael preguntó.
De pronto, los ojos de Harold lo miraron con una furia inesperada, pero respondió con calma: — No.
Michael sacudió la cabeza y suspiró. Miró hacia la libreta de anotaciones. Solo tenía tres marcas de tinta. ¿Hablar con este hombre lo conduciría simplemente a un punto muerto? ¿Qué podría saber un loco?
—Creo... — hizo una pausa — creo haber escuchado la voz de una mujer a la distancia... — dijo Harold soltando el humo del cigarrillo por la nariz.
—Y a un hombre. Sonaban como si estuvieran...íntimamente involucrados.
—¿Recuerda algo más? — Michael escribía apresuradamente: ¿Amantes involucrados? ¿Quién era la pareja en la cubierta?
Se hizo un silencio y todo lo que podía escucharse era a Harold dando pitadas a su cigarrillo.
—Y luego...otra mujer gritó pidiendo ayuda. Creo...
—Ah, sí — dijo Michael — la señorita Helen Gardener. Qué pena terrible.
Harold asintió lentamente, tiró la colilla del cigarrillo en el suelo, enfrente de su cama, y la apagó con el pie.
*
Los gemidos sofocados de los amantes llenaban la habitación. Sylvia tomó las manos de Benjamin y las colocó sobre su cintura, muslos y nalgas mientras se balanceaba contra su cuerpo. Se tiró el cabello hacia atrás para impedir que cayera sobre la cara del joven. Benjamin cerró los ojos. Sus manos se apretaron alrededor del cuerpo de Sylvia que se retorcía sensualmente sobre él. La mujer, con una mano apoyada sobre el pecho de Benjamin para hacer equilibrio y la otra en su punto de placer, se movió rítmicamente hasta que ambos llegaron al clímax. Luego, Sylvia rodó sobre su cuerpo y buscó un cigarrillo.
Una vez que se disiparon los cálidos estremecimientos de placer, los temores de Benjamin regresaron. Sus músculos se tensaron incómodamente. Los cuerpos de ambos brillaban de sudor. Los latidos del corazón de Benjamin aumentaron. ¿Qué había hecho? Miró hacia Sylvia que fumaba un cigarrillo con expresión relajada.
—Señora — dijo Benjamin con voz ronca. Él estaba tendido en la cama donde Sylvia y su marido dormían. Habían tenido sexo dentro de las sábanas del matrimonio.
—Es Sylvia — ella suspiró — ¿Cuán íntimos tenemos que ser para que dejes de llamarme así?
Benjamin no logró sonreír.
—Vete — dijo Sylvia de golpe.
Rápidamente, Benjamin saltó de la cama, se lavó y envolvió las pruebas con papel para tirarlas una vez que abandonara el camarote. Sin demora, se colocó la ropa que se había quitado no hacía mucho rato atrás. La ansiedad y el miedo de no saber qué estaba pasando con Sylvia lo estaban volviendo loco.
Cuando salió del baño, se quedó hipnotizado ante la vista de los senos desnudos de Sylvia y la curva de su cintura. El brillante vestido rojo estaba desparramado sobre los pies de la cama, recordándole que Sylvia había planificado pasar la noche con su esposo.
—Esto no está bien — atinó a susurrar Benjamin. No era solamente lo que habían hecho lo que no estaba bien.
Sylvia puso los ojos en blanco, apagó el cigarrillo, y se cubrió con su camisón.
—Sigo...sigo pensando en aquella noche — dijo Benjamin cubriéndose los ojos.
—Vete. Si Markus te encuentra aquí, nos matará.
De pronto, como si recordara la existencia de su esposo, Sylvia rápidamente ocultó el vestido e hizo la cama.
—Sylvia... esa mujer fue asesinada. Tenemos que contárselo a alguien.
Furiosa, Sylvia lo miró fijamente.
—¿Eres idiota?
—No, pero mi conciencia—
—Y eso, ¿A quién le importa un carajo? ¿Crees que simplemente podemos contarles a las autoridades que vimos a alguien atacar a una mujer y que no nos preguntarán qué hacíamos en la cubierta? Eres un insignificante mozo que se supone que habías pedido permiso para ir al baño. Yo soy la honorable esposa del señor Wrinkler. ¿Por qué demonios algunos de nosotros, o ambos, estaríamos en la cubierta?
Benjamin gimoteó.
—Si les dices algo, ellos querrán saber todo. Descubrirán que estábamos juntos en la cubierta. ¿Crees que nos creerán si les decimos que salimos simplemente para fumar? Markus es un demonio celoso. Sabrá que estabas entre mis piernas.
—Fue un asesinato, y nosotros sabemos...
—¿Quieres que nos maten? — dijo Sylvia.
Después de un momento de silencio, Benjamin, derrotado, negó con la cabeza.
—Nosotros no sabemos nada. Ahora, sal de aquí y mantente tan silencioso como un ratón — dijo Sylvia, tapándole los labios con su dedo.
*
Rodrigo se masajeó las sienes. ¿Para qué lo habían contratado cuando aceptó la invitación del crucero? No sólo había fracasado en salvar la vida de una mujer, sino que ahora también sabía que había otra mujer prisionera. Su primer pensamiento fue informar al señor Phillips sobre esta injusticia, pero de pronto tuvo el mal presentimiento de que él estaba involucrado en cierta forma con el cautiverio de la joven dama. Todo lo que sabía era que tenía que regresar y recabar más información.
Rodrigo recorrió los elegantes corredores hasta que se encontró nuevamente con las deslucidas paredes de la sección inferior del crucero. Una vez que llegó al pasillo donde había escuchado llorar a la joven, se detuvo enfrente de la puerta. Temblaba de los nervios. ¿Y si aparecían los custodios? Podía simplemente fingir ignorancia y pretender que estaba perdido. Ahora no podía echarse atrás.
Con pocas esperanzas, Rodrigo intentó abrir la puerta. Estaba cerrada.
—¿Hola? — la voz pertenecía a una voz femenina y familiar.
—¿Te encuentras bien?
Rodrigo se arrodilló y miró por el agujero de la cerradura. No pudo ver mucho. Se tiró al suelo y miró por debajo de la puerta.
Sólo pudo vislumbrar una desgreñada mujer sentada en el extremo más alejado de la habitación, mirando hacia la puerta. El cabello negro enmarcaba su expresión estoica. Su mirada era vacía. La visión lo angustió. Con suerte, ella podría darle mayor información sobre la situación.
—¿Cómo te llamas? — le preguntó.
—Patricia.
—¿Por qué está la puerta cerrada?
—Los custodios la cierran cada vez que se van.
—¿Por qué te mantienen encerrada aquí?
De pronto, Patricia se echó a reír. Tomado por sorpresa, Rodrigo vaciló.
—Soy el chivo expiatorio — dijo. — Es el agradecimiento que recibo por intentar ayudar a esa mujer moribunda.
Entonces, este incidente tenía que ver con el asesinato de Helen. Rodrigo no tenía razones para creer en esta mujer encerrada, pero le creyó. Quizás era una loca fanática encerrada para su propio bien, pero tenía la extraña sensación de que no era culpable.
—Quiero ayudarte a escapar de aquí.
—Así y todo, ellos me encontrarán.
Rodrigo suspiró. Ella tenía razón.
—¿Te están....haciendo daño? — preguntó vacilante.
—No — dijo con voz apagada. — Todavía no.
Rodrigo no podía soportar esta injusticia. ¿Cómo podía volver a beber sus piñas coladas y a disfrutar del sol en la cubierta? No había podido salvar a Helen, pero quizás podía salvar a Patricia de su destino. Rodrigo había sido siempre un hombre de fuerte conciencia, y ahora le estaba gritando que tenía que hacer lo correcto.
—Mantente fuerte, Patricia — dijo Rodrigo, intentando imbuirle su espíritu. Sus ojos deslucidos le recordaron los últimos momentos de Helen. Era evidente que el encierro estaba haciendo estragos en ella.
—Haré el intento y regresaré pronto...con algo.
—Libérame... — gimió Patricia.
Rodrigo vio cómo ella se acurrucaba en sí misma, y que su cabello oscuro le caía como plumas sobre la espalda.