Capítulo 10
Estaban paseando por el jardín que había entre los dormitorios, las momias se mantenían a una distancia prudencial de los vivos cuando algo blanco y veloz cruzó borroso por la vista de Gary e impactó en su sien, haciendo que le temblaran los ojos en las cuencas. Su cerebro se retorcía mientras él enviaba doce órdenes a la vez, llamó soldados por docenas para que cubrieran su ángulo ciego, envió al hombre sin nariz a lo alto del broch para tener una perspectiva despejada, mandó a la mujer sin rostro a los puntos en los que el muro no estaba del todo terminado.
No obstante, sus propios ojos resolvieron el misterio. Al bajar la vista, todavía alterado por el golpe, vio el proyectil que lo había golpeado con tanta violencia. Era una pelota de sóftbol estropeada y deformada por el uso. Al levantar la vista otra vez vio a una niña pequeña paralizada a unos cuantos metros de distancia, con los ojos abiertos de par en par. Llevaba un guante para atrapar la pelota y le chorreaba la nariz. La deslumbrante energía palpitaba en su interior a causa de la adrenalina que corría por sus venas.
Gary se arrodilló delante de la aterrorizada criatura de ocho años e intentó sonreír. Teniendo en cuenta el estado de sus dientes, quizá no era la mejor de las ideas. La niña comenzó a temblar notablemente, las oleadas de miedo atravesaban su carne tierna.
—Ven aquí, pequeña. No te voy a morder. —Por lo menos, a ésta no. Tenía muchos años por delante como reproductora antes de que fuera sacrificada.
Si era una amenaza, se tendría que comer a su padre o cualquier otra persona para darle una lección.
Notaba a Marisol a su lado, apenas capaz de controlarse. Ella quería hacerle daño, lo sabía. Él había sido objeto de un acto violento y ella se sentía como si tuviera que interpretarlo como una señal para iniciar una rebelión violenta contra su cautiverio. Él también sabía que ella no era estúpida. Los otros que estaban a su alrededor formando un amplio círculo parecían preparados para escapar ante la mínima provocación. Ese día no tendría lugar un motín.
—¿Has sido tú quien ha tirado esto? —le preguntó, sujetando la pelota de sóftbol. Necesitó las dos manos para que no se le cayera—. ¿Me lo has tirado a propósito? No te preocupes, no estoy enfadado. ¿Lo has tirado a propósito?
Quizá demasiado de prisa, la cabeza de la niña fue de derecha a izquierda, negando. Gary sonrió otra vez.
—Jugar a la pelota es divertido, pero tenemos que ser cuidadosos —dijo—. Tal vez te acuerdas de que antes había médicos y hospitales, pero ya no hay. Si uno de nosotros resulta herido o se pone enfermo, no hay nadie que pueda cuidar de nosotros. ¿Sabías…?
Gary se detuvo a media idea. Sus adormecidos sentidos muertos habían captado algo, algo lejano y sutil, una especie de resonancia que notaba más que oía. Como un terremoto a lo lejos. Gary preguntó a los taibhsearan colgados de los muros del broch y a sus exploradores del exterior del parque. Había un sentimiento general de agitación entre la multitud de muertos que estaban fuera, pero no le daban información de verdad.
Un hombre vivo se apartó de la muchedumbre y se llevó a la niña a toda prisa. La educación de la criatura tendría que esperar hasta que Gary averiguase qué estaba sucediendo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Marisol. Los vivos que los rodeaban sacudieron la cabeza, confusos. Gary no estaba perdiendo la razón, sin duda se había oído un ruido. Tocó la mente del hombre sin nariz y le hizo estudiar los árboles muertos de Central Park, las lápidas del cementerio que había más allá. Una nube de polvo marrón y gris se elevaba sobre las copas de los árboles del extremo oeste del parque. Al lado del Museo de Historia Natural, casi al otro lado del parque, delante del Met, donde Mael había vuelto a la vida. Gary se conectó a la eididh y envió una orden para que sus soldados muertos se dirigieran allí. Los más cercanos al museo estaban envueltos en la nube de polvo que se disipó rápidamente. Se tambalearon en los alrededores del museo y tropezaron con los trozos de piedra y ladrillo que se habían desprendido. Lo que tampoco era muy sorprendente; los muertos habían demolido casi la mitad del Museo de Historia Natural en sus expediciones en busca de ladrillos con los que construir la torre de Mael. Era más que probable que el resto del edificio estuviese a punto de derrumbarse.
El atronador sonido agudo de una sirena se extendió por el parque. Los muertos más próximos al museo se taparon las orejas para protegerse del ruido. El volumen del sonido oscilaba y se convertía en un chirrido que a Gary le produjo un intenso dolor en el cráneo. Cuando al fin se detuvo, ordenó a sus muertos que se acercaran, que rodearan el museo. Eso era un sonido producido por un humano. Quizá el ruido estático de un altavoz. O de un megáfono. —¡Hola, señor gilipollas xaaraan!
Esa palabra no era inglesa pero le resultaba familiar. Oh, sí, claro. Una de las chicas somalíes la había empleado para describirlo. En aquel momento tenía su bayoneta clavada en el pecho de Gary. —¡Hola, hombre muerto! ¿Estás ahí?
Todavía había polvo en suspensión cerca del Museo de Historia Natural. Cada vez que la chica hablaba, el polvo se agitaba. Gary tomó las gargantas de su ejército.
—Síííí —les hizo decir entre dientes con sus cuerdas vocales putrefactas—. Esssstoy aquíííí.
Una figura apareció en el tejado del Museo de Historia Natural, en lo alto del Planetario Hayden de paredes de cristal. El hombre sin nariz logró divisarla con sus ojos empañados: falda plisada, chaqueta y pañuelo en la cabeza. La chica soldado volvió a levantar el megáfono hasta la boca y sus palabras reverberaron sobre Central Park, rebotando en el barro endurecido, repicando sobre las farolas torcidas.
—Dijiste que me tomarías como pago por los medicamentos. He venido. Ayaan, era Ayaan, la puta que le había disparado. Gary sintió que sus glándulas salivales disecadas se hinchaban por la excitación. En realidad, no había esperado que Dekalb aceptara su oferta. Urgió a sus exploradores muertos a avanzar en el terreno del museo destrozado. En el interior, a la sombra, se acumulaban nubes ingentes de polvo caliente que mermaban la visibilidad. Las montañas de escombros cerraban el paso en los pasillos y en las amplias salas de exposición. Ayaan debía de haber derribado todas las escaleras; por lo que Gary veía, ya no había forma de llegar al tejado. La única parte indemne del museo era el propio planetario, una esfera de metal suspendida dentro de una estructura estanca de cristal de seguridad. No había manera de llegar al interior del cubo de cristal sin pasar por el museo, y el cristal era de los que no se astillaban.
Gary sacó a sus tropas del edificio en ruinas y les hizo repartirse por los alrededores. Treparon sobre el cristal, pero no encontraban agarres para las manos, ni nada con lo que ayudarse a escalar. Ayaan había escogido una localización con una defensa increíble para ofrecer su última resistencia. No había forma de subir, pero ella tampoco tenía escapatoria.
—¡Aquí estoy! —gritó la chica. Sus palabras fueron seguidas por el eco. ¡Ven y cógeme!
Era evidente que no pretendía bajar por las buenas. De acuerdo, pensó Gary. De acuerdo. Esto podía ser divertido. Ordenó a su ejército avanzar, a toda la agitada masa que lo componía. Se movían silenciosos como el viento soplando sobre la hierba crecida, pero sus pisadas hacían temblar la tierra. Gary, que estaba entusiasmado por el poder que controlaba, estaba a punto de recibir un golpe en el ego un momento más tarde.
Desde detrás de las columnas de ventilación y las salas de los ascensores, apareció el resto de la compañía de Ayaan, una docena, dos docenas de chicas con mochilas enormes a la espalda y rifles de asalto en las manos. Algunas sujetaban grandes cajas de cartón. Ésas corrieron hasta el borde del tejado del planetario y vaciaron los contenidos sobre las cabezas del fantasmagórico ejército invasor.
Las cajas estaban llenas de granadas de mano. Cayeron como frutas de un árbol durante una tormenta, dando vueltas durante quince metros hasta rebotar a los pies de los soldados de Gary. Estallaron rítmicamente como» fuentes de humo blanco que ocultaron el ejército de la vista del hombre sin nariz y que hicieron retorcerse de dolor a Gary al sentir el sufrimiento lejano de cada uno de los hombres muertos al volar en pedazos.
—¡Maldita sea! —aulló Gary. Se encaminó al broch y ordenó a las momias que lo siguieran. Parecía que, después de todo, Dekalb le había reservado algunas sorpresas.