XXI

1 De Marzo De 1842

 

Ay, ay, ay que el esclavo fue mi abuelo

es mi pena, es mi pena.

Si hubiera sido el amo sería mi vergüenza;

Que en los hombres,

igual que en las naciones,

si el ser el siervo es no tener derechos,

El ser el amo es no tener conciencia.

 

Ay, ay, ay de la grifa negra

Julia de Burgos

 

 

TRECE MESES MÁS TARDE, el primero de marzo de 1842, el Secretario de la Corte Suprema llamó el caso en el calendario para anunciar la determinación judicial. En sala se encontraban los abogados de las partes y, en las sillas dispuestas para el público, procuradores de diversos estados del sur, representantes de la American Colonization Society, la American Abolition Society, el delegado al Congreso Joshua Giddins, y el dirigente abolicionista William Lloyd Garrison, entre otros.

—Todos de pie. Dios bendiga a los Estados Unidos de América y a este Honorable Tribunal. Preside esta sesión el señor juez asociado Joseph Story, quien procederá a dar lectura a la determinación mayoritaria de la corte. Otros magistrados concurrirán por escritos separados y el señor juez McLean emitirá su opinión disidente. Pueden sentarse —afirmó el Secretario de la Corte Suprema.

—El Estado de Pensilvania ha violado la Constitución de los Estados Unidos, afectando derechos humanos fundamentales. Edward Cooper, convicto del secuestro de la mujer obligada a prestar servicios en el Estado de Maryland, es inocente y no ha cometido delito alguno. Se ordena su absolución y archivo de todos los cargos —comenzó indicando el Juez Story en la lectura de la decisión judicial.

El señor Kneehigh no salía de su asombro y movía su cabeza de lado a lado mientras escuchaba con atención la determinación de los jueces. Estaba congelado en la silla al lado del Procurador de Pensilvania desde que antes de la opinión de la corte, le escuchó adelantar para el récord, que su cliente, el Estado Libre Asociado de Pensilvania, acataría el dictamen judicial cualquiera que fuese. Completada la lectura de la opinión mayoritaria, el señor Kneehigh se puso de pie sobre el banquillo dando lectura en voz airada, al texto original de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Año y medio atrás lo había removido de la vitrina en la que lo exponían sustituyéndolo por la copia que recibió de las manos del legislador Giddins. Al ser compelido a abandonar la corte por interrumpir los procedimientos, más subía el tono de su voz. Antes de que fuese arrestado, otro de los letrados se le acercó convenciéndole abandonar juntos la corte. Abrió la puerta de salida del Tribunal y se escuchó a Kneehigh gritar desde su atrio:

—Esta corte, con su decisión, ha legalizado el delito y criminalizado la moral. Tanto dolor no puede tener espacio en esta sala de injusticias. ¡Con gusto me pueden excluir de practicar en esta corte permanentemente! —agarró la puerta y la tiró con todas sus fuerzas.

A las afueras del capitolio, sede de la Corte Suprema, ante un nutrido grupo de seguidores, el abolicionista Wiliam Lloyd Garrison se dirigió a uno de los fogones callejeros provistos para que los pobres evadieran de alguna forma congelarse en el invierno crudo y asfixiante. Abrió el original de la Declaración de Independencia que Kneehigh había extraído de la exposición oficial, dejando en su lugar una copia fiel y exacta para la posteridad. William Lloyd Garrison se dirigió a los presentes:

—No quiero ser ciudadano de un país como éste. Esta no fue la República soñada por los Padres de la Patria cuyo mensaje, patentemente claro, con esta determinación judicial, ha sido demolido con horribles consecuencias para todos. Leo este documento para que lo escuche la Corte Suprema de los Estados Unidos y lo recuerden las futuras generaciones inscribiéndolo en sus corazones pues su letra y espíritu han sido borrados de sus textos de derecho:

Sostenemos que… todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad;… que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”. Al resolver como hoy lo ha hecho, la Corte Suprema confirma que un ser humano puede esclavizar a otro y que, legitimando el secuestro, la libertad consagrada no existe. Este documento no es real y debe ser consumido por el fuego.

Al concluir, William Lloyd Garrison, entre los aplausos de los presentes, lanzó el documento a las llamas, para ser purificado en la hoguera.