I
"Ninguna persona obligada a servir o trabajar en un estado, a tenor con las leyes allí vigentes, que huyere a otro estado, será dispensada de prestar dicho servicio o trabajo amparándose en leyes o reglamentos del estado al cual se acogiere, sino que será entregada a petición de la parte que tuviere derecho al susodicho servicio o trabajo."
Artículo IV, sección 2, tercer párrafo,
Constitución de los
Estados Unidos.
ESA MAÑANA DE INVIERNO, sacudida por un viento mistral, ante la Corte Suprema de los Estados Unidos, se argumentaría la apelación de Edward Cooper versus Pensilvania. Un carruaje de dos caballos se detuvo frente a las escalinatas del capitolio federal en Washington, D. C. El conductor, con el fuete en su mano derecha, bajó de la calesa con un rápido movimiento de piernas sin hacer uso de la escalerilla lateral. Luego, después de un sencillo gesto ceremonioso, abrió con su otra mano, la pequeña puerta del transporte. Uno tras otro bajaron, en orden jerárquico, cinco hombres. El más alto de ellos, salió primero dando instrucciones a todos mientras sacudía la manga derecha de su chaqueta y la acomodaba a su brazo desde el puño.
—Hagan el favor de asegurarse que no se quede documento alguno —afirmó el abogado Meredith—, no quiero a nadie intentando localizar tontamente un cochero por toda la ciudad.
Asintieron sus directrices con la cabeza, mientras el último de ellos daba la última mirada dentro del coche. Gesticulaba el señor Meredith a uno de ellos,
—¿Dónde está el expediente? ¿Por qué no me ha sido entregado? Bedford, ¡cuántas veces tengo que repetir lo mismo! —le gritaba mientras subían las escalinatas de mármol blanco en dirección a la entrada del lado norte del edificio, cuando se percató de que entre el nutrido grupo de personas agrupadas al lado de una de las corintias, estaban los abogados y simpatizantes de la causa del estado libre de Pensilvania.
Se detuvo, por protocolo y cortesía. Saludó a sus adversarios. El señor Wilbert Bedford, abogado en pasantía, le seguía distraído y nervioso, a toda prisa. No pudo detenerse e impactó al señor Meredith en el preciso instante en el que saludaba al Procurador de Pensilvania, el Estado apelado. Su distracción provocó que varios documentos que portaba, sobres y papeles con anotaciones del expediente incluidos, cayeran al suelo. Intentó, a toda prisa, abarcarlos con sus dos manos, pero la fuerte brisa, con mayor empeño, resistió sus esfuerzos. Entre estos documentos, un sobre abierto escapó su voluntad. Como si tuviera vida propia, fue arrastrado sin que se percatara Bedford. Uno de los integrantes de la defensa de Pensilvania, se dirigió al sobre del cual un documento manuscrito saltó a la vista fuera del mismo. Se inclinó y lo tomó en sus manos para devolverlo a su portador. Antes de que pudiera entregarlo, el señor Meredith, en un tono sobresaltado, gritó a su asistente.
—Apresúrese señor Bedford.
El joven practicante le miró, mientras mal sostenía los documentos recuperados, y le siguió por la puerta de entrada en dirección al sótano en el que está ubicado el tribunal, sin percatarse de que faltara algún documento. Su poseedor, el abogado Edgard M. Kneehigh, aprovechando la oportunidad para limpiar a la ligera sus botas, sus pantalones y chaqueta enlodados luego de haber caído sobre un promontorio de nieve oscura, tuvo ocasión de revisar su contenido.
Al llegar al sótano, cada parte ocupó el lugar correspondiente en las mesas de la sala de argumentaciones. Era la primera vez que el joven abogado Kneehigh ingresaba en la sala. Disimulando su asombro, tomó asiento y examinó detenidamente el lugar. La sala de audiencias de la Suprema Corte, es un salón monumental, sobrio y semicircular. Las cortinas rojas que cubren varias de sus paredes, como un telón, la asemeja a un escenario teatral apropiado para esta gesta, tal y como Kneehigh lo imaginó. Tres filas de asientos, colocadas paralelamente frente al estrado judicial, se dividen proporcionalmente, a cada lado, del área en la que se ubican los abogados de cada una de las partes del litigio. El Procurador Johnson, tomó el maletín que había puesto sobre una de las sillas cercanas y lo colocó sobre la mesa. Kneehigh movió algunos de sus papeles haciendo espacio a la intrusión, mientras siguió observando la sala judicial. Al lado izquierdo del estrado, vio un pequeño escritorio sobre el cual yace una talla rectangular en madera en la cual se lee el título de identificación de su ocupante: Secretario de la Corte. En el otro extremo de la sala identificó el pupitre del alguacil. El mismo sostenía una pequeña escultura de una mujer en bronce, con el cabello sobre los hombros, los ojos vendados, una espada empuñada con su mano izquierda y una balanza en la otra. Sobre la piedra que le sirve de base a la estatuilla aparece labrado su nombre: Justicia. Levantándose de su asiento, miró hacia detrás, y observó los puestos en las butacas de la sala que serían ocupados por el limitado público al que se le autorizó escuchar las argumentaciones.
Los abogados que representan a las partes de la apelación, estaban ubicados a cada lado del podio desde el cual expondrían los remedios solicitados y las defensas planteadas en sus escritos. Sobre las mesas, los abogados colocaron algunos de los documentos que portaban en apoyo de sus respectivos clientes. Los escritorios de la defensa apelante y los acusadores apelados estaban totalmente ocupadas por los abogados de cada parte del proceso judicial. El señor Johnson, Procurador del Estado de Pensilvania, Edgard M. Kneehigh, asesor legal de la víctima, acompañados de dos asistentes de la oficina del ministerio de justicia estatal, ocupaban el lado derecho. Tan pronto terminó de examinar el lugar y ambientarse, el secretario de la corte le requirió a Edgard M. Kneehigh que se acercara al estrado. Sorprendido, aunque con el mismo disimulo que examinó los alrededores, se puso de pie y, dejando sus documentos sobre la mesa, se dirigió al secretario.
—¿Usted es el señor Edgard M. Kneehigh?
—Sí.
—Es mi deber informarle que usted no está adecuadamente vestido para comparecer a este Foro. Le ruego que abandone la sala y regrese cuando lo esté —indicó el Secretario.
Kneehigh sintió que su rostro se enrojecía de indignación e ira ante el señalamiento del funcionario. Nunca antes en sus años de práctica legal se había sentido tan ofendido por un comentario tan banal. Miró a la mesa ocupada por los representantes de Pensilvania, pero no hizo contacto visual con el Procurador quien en ese momento dialogaba de espaldas a él con una persona del público que acababa de hacer su entrada al salón de audiencias. Volvió su atención al secretario de la corte, apretó sus labios y le dijo:
—Soy un abogado postulante admitido a este Foro y no veo razón alguna para irme.
—Tal vez, pero escoja usted —respondió el funcionario—. O se va porque yo le sugiero que se arregle, limpie sus ropas y su calzado, y que regrese más tarde, o espera a que la corte en pleno lo remueva, sin posibilidad de retorno para la argumentación del caso.
Kneehigh miró una vez más al Procurador Johnson en espera de instrucciones, pero éste ni había escuchado la instrucción de acercarse al estrado, mucho menos el motivo o las razones indicadas. Estaba solo para tomar la decisión. Se retiró del estrado dirigiéndose a su mesa.
—Señor Procurador, he gastado el dinero que no tengo en esta vestimenta y este burócrata me ha ordenado retirarme tan solo porque ofende a la corte el sucio en las botas y las manchas en la ropa. ¡Esto no tiene nombre!
Sin esperar respuestas o alternativas, extrajo del bolsillo de su chaqueta el sobre que el viento puso a sus pies y había recogido a la entrada de la corte. Lo devolvió colocándolo sobre el borde de la mesa de argumentaciones asignada al Estado de Maryland. Eran representantes legales del apelante Edward Cooper. Salió a toda prisa del aula judicial. El Procurador Johnson, tomó un trozo de papel, hizo unas anotaciones y buscó, con la mirada, una mano amiga entre el público presente. Como representante del Estado acusador, no tenía muchas opciones en una capital esclavista. Aun así lo divisó. Era la misma persona con la que había estado conversando mientras Kneehigh fue llamado por el secretario de la corte. Tenía los brazos alargados, dedos delgados e infinitos, aptos para el violín, como lo fueron los de Nicolo Paganini, orejas amplias, más la izquierda que la derecha, y una estatura presidenciable. Con un gesto le entregó una nota manuscrita.
El otro extendió su brazo derecho, y, entre el dedo medio y el anular, tomó la nota. La abrió leyéndola detenidamente. "Abe, dame una mano. Mi asociado legal, Edgard M. Kneehigh, fue expulsado de la sala de audiencias de la corte por no estar apropiadamente vestido. ¿Podrás encargarte de resolver este problema? Gracias J.M.J." - Post data: Recuerda la cita con Giddins y el Hon. Accidencia". El abogado se puso en pie y, con el sombrero de copa en su mano izquierda, salió de la sala de audiencias en busca de Kneehigh.
Dentro de la sala de audiencias se escucharon dos malletazos sobre el escritorio del señor alguacilde la corte. Era el preámbulo del inicio de la sesión con la entrada de los nueve jueces que integran la Corte Suprema y la lectura de la agenda judicial correspondiente.
—Todos de pie, Dios Bendiga a los Estados Unidos de América, y a esta Honorable Corte. Honorable juez Roger Taney, Preside la Corte integrada por los señores jueces asociados Joseph Story, Smith Thompson, John McLean, Henry Baldwin, James M. Wayne, John Catron, John McKinley, y Peter Daniel. Se abre la sesión.
Cada uno de los jueces de la corte de más alta jerarquía legal de los Estados Unidos hizo su entrada a la sala de audiencias públicas al ser nombrado, tomando su asiento asignado. El juez Taney, Presidente del foro, revisó la agenda que había hecho colocar el funcionario sobre su lugar en el estrado judicial. Leída de una vez, puso el papel en la mesa girando su atención al secretario.
—Señor secretario favor de llamar el caso asignado en calendario para hoy —indicó el juez Presidente Roger Taney.
El secretario procedió a dar lectura al calendario judicial del día.
—Se llama la apelación número 62, Edward Cooper versus Estado Libre y Asociado de Pensilvania. Hoy martes 8 de febrero de 1841 y hasta el día jueves 10 de febrero del año en curso, escucharemos los argumentos en esta sesión del caso. Sr. J. Meredith, abogado de la parte apelante, Estado de Maryland a nombre y en representación del convicto Edward Cooper, Señor. Johnson, Procurador General del Estado de Pensilvania, y señor Kneehigh parte apelada.
El señor Meredith, representante legal del convicto apelante, se puso de pie frente al podio, sacó su mano derecha del bolsillo, y, con gestos de manos y cabeza, solicitó autorización para dar comienzo a la argumentación por el Estado de Maryland y en representación del convicto.
—Con la venia de la corte —dijo.
—Adelante Sr. Meredith —indicó el Juez Presidente Taney.
—Veintidós años después de nuestra independencia y seis años previos a la fuga de la esclava que atañe a este proceso en el 1832, el Estado de Pensilvania, el apelado en este recurso, aprobó legislación ilegalizando la recuperación de bienes personales fugitivos. Señores jueces de esta Honorable Corte, el Estado de Maryland, en defensa de la integridad de la Unión, y los derechos del convicto Edward Cooper afirma que el Dedo de Dios apunta contra esta ley porque atenta contra la garantía constitucional de recuperación de bienes, la deferencia debida de un Estado de la Unión a otro, y choca contra el Fugitive Slave Act, aprobado por el Congreso federal el 12 de febrero del año de Nuestro Señor de 1793 —expuso, de manera pausada, con voz gruesa, ronca y temblorosa.
Apenas concluyó la segunda oración de su alocución cuando fue interrumpido por el juez asociado Joseph Story.
—Señor Meredith, permítame interrumpir su línea de argumentación —sostuvo el magistrado—. La corte ha provisto tres días de argumentos y queremos que en este primer día se concentren usted y el señor Johnson, Procurador General de Pensilvania, en la razón de ser y justificación histórica del tercer párrafo de la sección segunda del artículo cuarto de la constitución federal que usted cita en el párrafo introductorio de su alegato. Teniendo esto como punto de partida, no tengo problema que discuta usted toda la legislación aprobada posteriormente por el Congreso y los estados. ¿Le parece?
El abogado no tuvo oportunidad de responder. Solo movió su cabeza ligeramente a su derecha antes de ser interrumpido por otro de los magistrados de la corte.
—No quiero parecer una voz disidente entre los integrantes de este foro, pero considerando que en este caso se plantean asuntos interesantes, sino esenciales, para la permanencia de la unión de los estados, creo que es vital que ambas partes nos expongan los hechos con detalle. Si los hechos no lo justifican, tal vez podamos evitar declarar, como se nos pide por una de las partes, que el Estado de Pensilvania se ha excedido en sus facultades y deberes para con la unión al aprobar la legislación al amparo de la cual ha sido convicto el apelante Cooper —sostuvo el juez John McLean—. Si bien toda legislación, incluyendo nuestra constitución federal, puede entenderse mejor si conocemos en primer lugar los males que motivaron su existencia, los hechos que dieron origen a la acusación por parte del Estado acusador son necesarios tenerlos a la mano y con suficiente claridad —concluyó el magistrado.
Asió sus brazos al lado derecho e izquierdo del podio, y carraspeó levemente sin que considerara necesaria la cortesía de taparse la boca. Miró a todos los jueces en el estrado y procedió a replicar la pregunta.
—Si le parece bien a la corte, estoy de acuerdo con su propuesta de orden en la argumentación —afirmó el abogado del apelante Cooper, mientras se hacía a un lado dejando algún espacio en el podio al abogado de Pensilvania quien se había puesto en pie para dejar saber a la corte su parecer.
—Estoy conforme —sostuvo el Procurador Johnson, de pie frente al podio colocado al lado del señor Meredith.
—En estas circunstancias —sostuvo— solicito al compañero abogado del convicto apelante que, con la venia de la corte, me permita comenzar por exponer los hechos.
El abogado de Edward Cooper, acusado y sentenciado por el delito del secuestro de una esclava cimarrona, levantó su brazo, giró su mano derecha en dirección del abogado Johnson, cediendo el espacio, se hizo a un lado, y se sentó.
—Puede proceder —sostuvo el señor presidente Taney, luego de mirar a ambos lados del estrado y conseguir el consentimiento visual de todos los integrantes de la curia al pedido del Procurador del Estado de Pensilvania.
—Gracias señor Presidente —sostuvo el abogado y de esta forma, con la autorización de la corte, inició la exposición de los hechos pertinentes del caso.