XVII
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban,
en el regio desfile de los troncos viejos,
se me torció el deseo de seguir
a los hombres.
Yo misma fui mi ruta.
Julia de Burgos
LA DELEGACIÓN de los representantes de Estados Unidos a los trabajos preparatorios para la asamblea general y constitución de la British and Foreign Anti-Slavery Society, arribó dos meses previo al inicio de la conferencia. Como resultado de la invitación, su agenda era amplia pero específica. Su primer objetivo fue tener acceso a los centros de poder económico de los mercaderes que negociaban el algodón americano. Los accionistas de las instituciones bancarias que concedían miles de dólares en préstamos garantizados con hipotecas sobre las mercancías transportadas, eran una pieza clave para el sustento de la esclavitud humana en América. A su vez, querían tener acceso a los compradores de algodón producto de labor esclavista del sur norteamericano. Para el abolicionismo, era indispensable lograr un bloqueo a las compras del producto que suplía la materia prima para los grandes productores de textiles británicos. El acercamiento a las iglesias para evitar el envío de todo tipo de apoyo a religiosos que no denunciaran la institución evitando la propagación, y los sustentos ideológicos de la institución era el tercer y último punto de la agenda de trabajos de la delegación. Para lograrlo, tendrían que, en primer lugar, discutirlo con sus homólogos británicos y determinar si dicha agenda era realista. En segundo lugar, informarse y recabar su asistencia identificando las puertas que ellos recomendaban tocar para hacerla viable.
Margaret Reilly, William Lloyd Garrison y James Birney tuvieron a su cargo la presentación de las propuestas a los directivos británicos. La reunión se llevó a cabo en la residencia de la familia Wilberforce, en Londres. Lord Wilberforce había fallecido el 29 de julio de 1833. Un político conservador cuyos principios religiosos le hicieron el portaestandarte de la causa por ilegalizar la institución en el Reino Unido. Como integrante del parlamento británico logró, en el 1807, la aprobación del primer estatuto que hizo delito el uso de naves inglesas para el transporte de esclavos. Diecisiete años más tarde convenció al parlamento legislar convirtiendo la trata de esclavos una ofensa punible como delito grave.
—Finalmente, apenas vigente hace dos años, mi esposo logró que el Rey Guillermo IV extendiera su aprobación al decreto aboliendo la esclavitud en el Imperio Británico —sostuvo la viuda Wilberforce, mientras apuntaba con su mano al cuadro de su esposo pintado al óleo, sostenido en un marco de madera tallada en ondas y flores doradas que lo hacía lucir erguido y moralmente orgulloso de sus logros—. Por eso no les voy a decir que lo que ustedes pretenden será una tarea ingente —concluyó diciendo mientras absorbía un poco de té importado al país desde la India.
Antes de servirlo, hizo mostrar a los presentes el envase de importación del azúcar. Era una vasija de metal, redonda y gris, cubierta con una tapa del mismo material, marcado con la inscripción que la campaña de los abolicionistas británicos había logrado hacer estampar como advertencia a los consumidores: “Azúcar de la India Oriental No Fabricada por Manos Esclavas”.
Los delegados estaban acompañados por mujeres pertenecientes a la Bristol and Clifton Ladies Anti-Slavery Society. Un detalle, desconocido para ellos hasta su llegada al país, fue que el Comité Británico contra la esclavitud no aceptaba mujeres entre sus integrantes. Promovían la integración de la mujer a las luchas abolicionistas, pero solo si lo hacían en su propia organización de féminas. Por tanto, si los delegados integraban una representación que incluyera alguna de las féminas, tenían que entrar en acción las mujeres de Bristol y Clifton. Eran esposas de una variopinta muestra de funcionarios gubernamentales, religiosos e integrantes de la realeza las que constituían el grueso de la organización.
Ante ellas, Margaret Reilly pudo presentar una exposición detallada, no solo de su propia y única experiencia como víctima de la institución, sino de los datos informados de más de diez millones de personas afectadas por el secuestro forzoso y el trato deshumanizado de personas, recopilados por la American Anti-Slavery Society.
—Necesitamos ampliar estos datos para las presentaciones de los diversos comités de trabajo que nos hemos propuesto constituir. No hemos tenido acceso a la información que hay en los archivos y registros supuestamente públicos en Gran Bretaña —sostuvo Garrison.
La sugerencia inmediatamente aceptada, fue ponerles en contacto con el Comité de Abolicionistas de Plymouth pues, en materia de documentación, siempre les habían dado la mano. Acordaron también que Garrison redactara un documento dirigido al Master of Rolls, un magistrado y funcionario designado por el parlamento para estar a cargo de los registros y documentos históricos. A pesar de las normas que los clasificaban como “documentos públicos”, la información recopilada, no se mantenía apropiadamente guardada o catalogada para facilitar su estudio. Mucho menos se permitía el acceso público al depósito de inscripciones, registros, impuestos, recaudos, y reclamaciones de seguros marítimos compensados. El depósito estaba situado en la Abadía de Westminster. La carta de Garrison, publicada en el semanario dominical The Observer, requería “la posibilidad de dar entrada al estudio de la información debidamente anotada en los catálogos, la cual se encuentra coartada de todas las maneras posibles, primero, por su evidente estado de descuido y deterioro que ahoga en humedad la historia del Reino Unido y, segundo, por hallarse cubierta por una diversidad burocrática de filtros que la convierte en la peor cuidada e inutilizada gama de información histórica... por tanto, debe instituirse una oficina de récords públicos para su preservación y mantenimiento, y, evadiendo circunloquios, brindar inmediato acceso para su examen, consideración y uso por todas las personas interesadas en su contenido”. Entre las ochenta y tres personalidades por las que fue endosada, aparecían las firmas del novelista inglés Charles Dickens, el ensayista escocés Thomas Carlyle y el educador para la India, Thomas Macaulay.
Tres semanas después, las damas de Bristol y Clifton recibieron una comunicación oficial informando que los documentos estarían accesibles, con ciertas restricciones, para ser consultados por abogados, historiadores y personas con interés acreditado. Los delegados norteamericanos obtuvieron suficiente información de los archivos para requerir la colaboración de los sectores sociales más implicados en el comercio indirecto esclavista prohibido por ley. A Margaret Reilly y la abolicionista británica Ellen Richardson, correspondió atender a la señora Christine Duckensfield, heredera de un mercader que amasó una gran fortuna en Bristol con la trata africana. Ahora viuda, actuaba como apoderada de las acciones de su esposo John Duckensfield en la East India Company. Duckensfield mudó sus oficinas a la India, como empleado de su otrora competidora, luego de que el fuerte cabildeo parlamentario a favor de la abolición de la esclavitud prohibió el uso de barcos ingleses en el tráfico de esclavos. Esta determinación liquidó parte de las operaciones que la familia había establecido en Bristol para la construcción de embarcaciones diseñadas y equipadas para el transporte negrero. Dos años después de su arribo a la India, Duckensfield ascendió al puesto de jefe de las concesiones mineras de oro que la empresa explotaba en la India. La empresa administraba, como gobierno colonial privatizado, la producción de algodón, seda, sal, té y opio. Un ejército privado se encargaba de ejercer el poder militar respaldando la implantación de todos y cada uno de los decretos reales que le fueron delegados imponer. Educadores, banqueros, abogados, religiosos, y burócratas fueron designados en los miles para la explotación de millones de súbditos británicos en la India imperial.
—La East India Company mantiene una academia militar muy cerca de aquí, en Addiscombe, próximo a Croydon donde forma oficiales para su ejército privado. Mantiene también una academia civil para la formación de funcionarios, localizada en Hertford Heath, Hertfordshire —sostuvo la viuda mientras absorbía lentamente su té.
—¿Porqué usted nos brinda toda esta información señora Duckensfield? —preguntó Margaret Reilly—. ¿Qué podemos hacer con ella?
La viuda, colocó el pocillo sobre el plato reacomodando antes el limoncillo para asegurar que no quedara en desbalance. Secó sus labios apenas humedecidos con la servilleta, la miró, y le dijo:
—Perdí a mi marido por culpa de las gestiones de la East India Company, quienes cabildearon, y lo han logrado hasta el día de hoy, para que todos los estatutos abolicionistas no apliquen a oriente. Toda la India está excluida de las leyes que prohíben el tráfico y el trabajo esclavista. Las denuncias de ustedes del tráfico ilegal de esclavos del que se benefician España, Portugal y los Estados Unidos, tienen que ser sentidos por la East India. Espero que más temprano que tarde, el apellido de mi esposo fallecido de tifus, sea vindicado.
—Pero su esposo no era abolicionista ni luchó por ello —sostuvo con cierto asombro Ellen Richardson.
—El no, pero yo sí.
Puestas sus manos en la documentación de la empresa, en múltiples sesiones públicas por toda Gran Bretaña, Escocia e Irlanda, los delegados ofrecieron, no solo los testimonios desgarradores y culpantes, sino los datos de las propias fuentes británicas para desnudar a los cómplices con citas textuales y cifras oficiales.
Así pudo evidenciar la denuncia James Birney, como delegado a la audiencia reunida en asamblea en el Freemason's Hall de Londres. Demostró que, desde 1826 a esa fecha, barcos involucrados en la trata negrera respaldados por capital inglés traficaron a América quinientos cuarenta y dos mil quinientos noventa y nueve esclavos.
—Las embarcaciones británicas que vigilan desde las costas del suroeste de África, y las sanciones de cien libras de esterlinas por cada esclavo capturado, no han rendido fruto, pues la corrupción hace ciegos a los vigilantes —concluyó.
El reverendo W. Knibbs, delegado británico, tuvo acceso en su investigación, a los datos provistos por la Casa Lloyd de Londres. Dicha entidad, luego de un extenso cabildeo, cedió a las demandas presentadas por la Bristol and Clifton Ladies, de manera que la empresa proveyera toda la información de los seguros de compensación y cubierta de reaseguros por pérdida, a los embarques involucrados en el tráfico humano. La Casa Lloyd insistió en que, al negarse a proveer cubierta de seguros por pérdidas producto de levantamientos y sublevaciones ocurridas en altamar o en aguas internacionales, se había situado a una distancia prudente de la institución puesto que las tormentas o naufragios ocurridos, por los cuales sí compensaba, eran ‘actos de Dios’. La jurisprudencia —sostenía la aseguradora— le daba la razón en este punto.
Una visita de Margaret Reilly con las damas de Bristol y Clifton, a una sesión de té vespertino con la Princesa Alejandrina Victoria, hija del duque de Kent, colmó la taza que desbordó para siempre de la cartera de Lloyds, el aseguramiento de tráfico humano.
—Su Alteza Real —sostuvo Margaret— permítame exponerle brevemente. Solo entre los años de 1817 a 1830 la empresa tiene inscrito en sus registros 1,201 embarques de tráfico humano partiendo desde lugares tan diversos como Malasia, Madagascar y el continente africano, hasta territorios tan lejanos como Brasil, las Antillas y los Estados Unidos. La carga humana declarada por estos comerciantes, asciende, en los últimos treinta años, a un millón seiscientos setenta mil ochocientos setenta y cuatro personas.
—Excúseme, ¿podría repetirme esa cifra? —dijo la princesa.
—Tengo todo anotado para usted —dijo entregando a su asistente copia con los detalles de todas las cifras recuperadas de los archivos.
La información provista reveló que estos traficantes presentaron reclamos a la aseguradora, para recuperar como pérdida compensable para el mismo período el dieciséis punto seis porciento de sus embarques al Caribe. Los pagos estaban corroborados como efectuados por la Casa Lloyd. De los embarques del imperio español compensaron la pérdida del veintiún porciento de sus traslados al territorio continental americano y, de la carga destinada a África y Brasil, el veintitrés porciento.
—Si bien el tráfico no depende de las compensaciones de la Casa Lloyd, sin duda la ganancias de estas primas excede por mucho, el valor de las pérdidas compensadas después de aplicada la fórmula para la depreciación de activos extraviados en el océano —expuso Margaret ante el rostro asombrado de la princesa.
La información suministrada fue provista por la princesa a ciertos medios y publicada en el Times de Londres y por el diario The Guardian. Las reseñas no pasaron desapercibidas. Las publicaciones daban cuenta de la visita y del rostro de la princesa conforme adelantaba en su presentación de datos, acompañada de dibujos de las embarcaciones cargadas de negros, grabados de niños, niñas y mujeres encadenadas a las flotillas aseguradas mostrando el sello de la Casa Lloyd al dorso, como alguna vez mostraron el sello del duque de York. La reacción no se hizo esperar, la aseguradora Lloyd hizo anunciar en una nota explicativa publicada en los mismos medios en la sección comercial de los diarios:
“A todos nuestros clientes y amigos, así como todo el Pueblo de las Islas Británicas que, efectivo en esta fecha, con excepción de los barcos que se encuentren en altamar o hubieren sido previamente asegurados antes del embarque, la Casa Lloyd cesará de proveer seguros y reaseguros a las embarcaciones británicas directamente relacionadas con el tráfico humano de esclavos de África conforme a las normas establecidas en el Slave Abolition Bill de 1833”.
Margaret Reilly estaba sola en su habitación cuando leyó la noticia reseñada. Al concluir su lectura, dobló la página, se levantó de la cama, buscó la libreta de notas que había tomado en las pasadas semanas durante la revisión de los documentos históricos, y se encaminó a la Abadía de Westminster. La estructura gótica, que alguna vez había albergado la fe y esperanza de muchos religiosos británicos, era ahora una parte archivo histórico nacional y, de otra, archivo de tumbas de ingleses ilustres en su derredor. Sus pequeños pasos se marcaban en el eco de la catedral. Saludó al encargado de los archivos de embarcaciones, quien en los días anteriores le había suministrado registros, correspondencia, recibos y materiales aduaneros. Mantenía sobre el escritorio que utilizaba, el remanente de toda la documentación que había verificado. La documentación le permitió poco a poco, clasificar los datos del tráfico. Desglosaba el país de origen de los traficantes, el puerto hacia el cual se dirigía a buscar su mercancía esclava, la cantidad de esclavos que cargaba identificando sexo y edad, el valor declarado de los bienes traídos a bordo, la ruta seguida en dirección al mercado al cual se dirigía y, a los fines del manejo de las reclamaciones contra las aseguradoras de la propiedad, la cantidad de esclavos que no lograron sobrevivir el viaje. Logró colegir que el puerto de Bristol y, en general, los muelles de la Bretaña, fueron fuente inagotable de la riqueza generada por el desangramiento africano. Confirmó los datos provistos por las damas de Bristol de que en algunas temporadas, partieron de los muelles de Bristol cerca de trescientas fragatas, construidas en Inglaterra, cargadas de bienes manufacturados en la Gran Bretaña, para intercambiarlos a los secuestradores africanos, por negros. Durante el período más prospero, la mayor parte de las embarcaciones se dirigieron al África Occidental, de ahí al Caribe desde donde se dirigían con otras especies y menos esclavos, a las costas norteamericanas en las que depositaban su carga retornando a Bristol cargados de azúcar. El Rey Ghezo, del reino de Dahomey e Igba, hasta el momento de sus cálculos, había amasado una inmensa fortuna supliendo negros de todas las edades y sexos al tráfico británico. Anotó el nombre de los barcos transportistas, el nombre de los puertos de partida y de llegada, así como las fechas de embarque y de arribo. Al hacerlo, se topó con varias que captaron su interés: La Hermosa, registro 2727, capitaneada por Joachim Aureycochea, partida desde Virginia, Estados Unidos, con una carga de esclavos detenida en Bahamas, y la fragata Le Madeleine, registro 2-marzo-Igbo-1806, a cargo de João Batista Coelho partida del Golfo de Nueva Guinea con 296 esclavos a bordo, atracada en la Isla de Santa Helena, Carolina del Sur el 22 de marzo de 1806. Le Madeleine había sido suplida de esclavos por un hombre llamado Sheiik Hamed bin Muhammed el Murhen, también identificado en los registros con el alias de TippuTip. Era el mismo apodo que en la Hacienda Moore el negro Mariohn le había advertido. Recordaba cuando le apercibió: “Cuídese de TippuTip, de la tierra de donde vengo, es el negro esclavista que nos vendió a los traficantes ingleses”.
En aquel entonces, la réplica, tan malo como el original, resultó ser el hijo del hacendado Moore. En este caso, los documentos se referían al original, único y sanguinario secuestrador africano. Fueron dos registros documentados los cuales, desde la tinta de sus inscripciones, aparentemente seca, marcaron su vida.
La Hermosa, después de desviar su ruta de Alexandria hasta Charleston a causa del mal tiempo, encalló en la isla de Ábaco en Bahamas, donde todos los esclavos fueron liberados por las autoridades británicas. Los propietarios de la embarcación reclamaron ser compensados por la totalidad de la pérdida a su aseguradora. La empresa Lloyd pagó todos menos uno de los negros. Después de liberar la carga esclava, un niño negro de tres años de edad fue el único que permaneció varado en la isla. Los restantes hombres y mujeres liberados se encarrilaron en dirección a Liberia y Sierra Leona. Pensaban que permanecer tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados del Sur constituía un mayor riesgo a su seguridad que la travesía atlántica del retorno. Surgía de los registro de pandectas que el señor Gobernador, dispuso el envío del menor Yomás “al orfanato localizado en Ashley Downs, en la ciudad portuaria de Bristol”. Lloyd de Londres no podía compensar por la ‘pérdida’ de un esclavo residente en la Gran Bretaña porque no siendo legal la esclavitud en el territorio, sería una compensación contraria a las leyes británicas. La empresa, sostuvo en el documento denegatorio, no tenía interés alguno en perder su licencia operacional. El acuerdo de la reclamación de La Hermosa apareció registrado bajo “Bahamas Reference Claim BH-Hope” y se pagó en libras de esterlina. El Registro de Aduanas en el que se certificó “el arribo del niño el 2 de marzo del año en curso”, indicaba la edad del menor, seis años, y, en la columna de muertes u otras ocurrencias, “recogido en el puerto de Bristol por el señor George Müller, Director del orfanato. 1 de agosto de 1834”.
“La nota de la embarcación procedente de Nueva Guinea, que atracó en la Isla de Santa Elena, Carolina del Norte, en el año de 1806, pienso que me acerca a mis raíces”, acotó en su libreta Margaret Reilly.
“Nací en agosto de 1807 y, según me contó el padre McCutchen, fui registrada como hija de Igba, padre desconocido, y nacida en Santa Helena, Carolina del Sur. Tal vez mi madre fue traída en esa fragata”, pensó.
“Margaret, en esa isla todavía se habla Gulah, una especie de lengua babélica producida por los esclavos para hacerse entender ante la mezcla de las diversas lenguas africanas habladas por todos ellos” recordó Margaret que le explicaba el padre McCutchen.
“Si algún día puedes llegar allí, tal vez comprendas algo de tu origen”.
En su libreta de anotaciones anotó:
“Creo que tal vez sea evidente que este registro evidencia el origen de la carga. Solo tengo que saber dónde queda Igbo, si es que es algún lugar, o cómo se habla, si es que es una lengua hablada”.
Terminó de hacer sus anotaciones, cerró los libros y colocó los demás documentos examinados en el estante correspondiente. Siendo viernes, como se le hizo habitual todos los fines de semana, se dirigió de regreso a la residencia Schimmelpennick en Bristol. Una vez allí, en su habitación tomó un pedazo de papel y escribió una carta al señor Müller. “La que la presente carta escribe, es una mujer que estuvo sometida a la esclavitud en América por más de veinte años”— comenzaba la nota. Describió todos los detalles hasta llegar a la huida del Creole, la estancia en Bahamas, la permanencia de Yaoul Vidéh, su posterior retorno al territorio continental y su asesinato por indígenas esclavistas. Terminó su escrito indicando su deseo e interés de verificar si en su orfanato se encontraba un niño expósito que respondía al nombre de Yomás.
Tres semanas después, un lunes para ser preciso, se encaminó al número 6 de la calle Wilson en el sector de Saint Paul de la ciudad de Bristol, siguiendo las instrucciones dadas por George Müller en su respuesta. El albergue consistía en unas estructuras residenciales de carácter monumental alquiladas por Müller para hospedar cientos de huérfanos de ambos sexos. La señora Wells, quien conocía la obra de Müller aunque nunca la había visitado, le acompañó en su visita. Todos conocían muy poco del señor Müller. Sabían que era un ministro de origen alemán y que tuvo a su cargo una capilla en la calle Great George. Fuera de eso, nada más. Bueno, sí sabían que era un hombre piadoso, con una fe tan ciega, que no hacía gestión alguna en la búsqueda de recursos para mantener el orfanato, ni pedía limosna.
—Ya Dios proveerá —repetía.
Se desconocía cómo lo hacía, pero al menos a esos niños no les faltó comida o maestros para el pan de la enseñanza. No mas doblaron la cuadra, cuando había transcurrido al menos una hora de camino, divisó los edificios residenciales del orfanato.
Cuando se detuvieron a la puerta principal, era una mole maciza de madera pintada de blanco, debidamente tallada con diseños uniformemente distribuidos en su fachada. La campanilla para anunciar la presencia pendía de la pared y un súbito halón de la cadena la hizo resonar. Como si hubiera estado sentada detrás de la puerta esperando la llegada, una joven blanca, delgaducha, de pelo largo, recogido y oculto tras un sombrero de flores azules, las recibió luego de abrir el madero.
—¿Es éste el nuevo orfanato? —preguntó pues el silencio no delataba la presencia ni el ruido usual que produce la aglomeración de chiquillos.
—Buenos días, mi nombre es Dido Belle. Bienvenidas al Nuevo Orfanato ¿en qué puedo servirles? —dijo con una sonrisa a flor de labios.
—Venimos a reunirnos con el señor Müller.
Las llevó a la sala de espera, requirió el paraguas colocándolo en el cesto al lado de la escalera. Tuvieron la sensación de que era el único que había sido colocado en todos los años que llevaba allí. Luego, extendió sus pequeñas manos y, con su índice derecho apuntó al sombrero y al abrigo. Los colocó, cada uno, en la varilla de madera que sobresalía de manera angular de un palo vertical sostenido en tres patas con garras de león. Antes de retirarse la niña aclaró, sin que recibiera pregunta alguna:
—El silencio se debe a que es la hora de la siesta, nuestro día comienza muy temprano, --dijo y despareció escaleras arriba.
Esperaron sentadas. Mientras lo hacían, echaron una ojeada a las instalaciones. Era una sala sobria, sencilla y elegante, en cuyas paredes colgaban varias pinturas. Un óleo de su Majestad el Rey Guillermo IV, otro del Kaiser Frederick William I de Prusia, y una tercera pieza, de mayor tamaño, mostrando un hermoso caballo alazano montado por una doncella, adornaban las paredes. Una estatua en miniatura del Moisés de Rafael, reposaba sobre una mesa de madera y nácar en la esquina donde se unían las dos paredes laterales de la habitación justo antes de una de las ventanas. Por ella, entraba una masa de luz, suficiente para iluminar la sala, a pesar de que era una mañana gris.
—Si el cielo tiene ventanas para mirar, éste es el lugar. Tiene más de trescientas de ellas a lo largo y lo ancho de la residencia. No le falta luz en ningún momento —comentó Margaret.
No tenían un tema previsto sobre el cual dialogar mientras esperaban ser atendidas. Así que la señora Ida Wells preguntó primero aprovechando el silencio.
—Margaret, ¿no teme usted que a su regreso a América le pase algo, o la capturen?
—Señora, no hay un solo día que no lo piense. Pero eso no puede dirigir mi futuro. Tengo que vivir. Tengo derecho a vivir.
Voces de niños y pisadas menudas interrumpieron el diálogo. Un hombre de estatura goliática, espesa cabellera rubia, y una intensa claridad de ojos, labios extendidos como reflejando una sonrisa permanente, hizo su entrada al salón. Le seguía de cerca un quinteto de niños vestidos de pantalón corto y una especie de sotana blanca de mangas largas en algodón. Uno de ellos tenía los ojos negros, tan oscuros como su piel. Eran inconfundiblemente heredados de su padre Vidéh, quien más lo quería. Sus cejas, sus pestañas y su nariz lo delataban. Era el niño que había sido arrancado de los brazos de su padre y embarcado como propiedad en la fragata La Hermosa, que la naturaleza arrastró a Las Bahamas y desde allí, privado de paternidad y maternidad, embarcado a un orfanato en la Gran Bretaña. Margaret lo miró extasiada.
—Si Yaoul Vidéh lo pudiera ver en este momento, sabría lo hermoso que está su niño Yomás —dijo a la señora Wells.
Al identificarlo, Margaret sintió su corazón latir aceleradamente. Tan extasiada estaba en sus sentimientos, que no se había dado cuenta que a los niños, quienes se habían acomodado en dos filas paralelas, se le unieron tres niñas, dos de ellas con un bonete azul sobre su cabeza, la otra, la más pequeña, tan hermosa como el azabache, se cubría con un bonete rosa tenue. Las tres ocuparon la línea frontal.
A una señal de manos de George Müller cantaron himnos en inglés británico saludando a la primavera. Antes de cantar el quinto y último himno, Yomás se acomodó al frente justo al lado de la niña negra, le dijo algo al oído y se colocó a la derecha de la niña. Un gesto de manos de George Müller, mantuvo en vilo a los cantantes.
—Quiero que sepan que esta canción es una melodía nativa de las tierras ecuatoriales del África, lugar de donde nuestra pequeña artista es oriunda —sostuvo Müller.
Acto seguido, la niña asintió con un gesto de su cabeza.
—La niña, fue vendida a la edad de cinco años y transportada forzosamente en un navío portugués. Los traficantes fueron intervenidos por la flotilla británica movilizada con el propósito de bloquear el tráfico en la bahía de Guinea. La bitácora reflejó que todo el día se sentaba en la cubierta muy cerca de la rueda con la que guiaban la fragata y en la noche, solo recostaba su cabeza sobre una masa serpenteada de sogas hasta que en no sé cuántos días llegaron a este país. En esas condiciones el capitán la trajo al orfanato —explicó George Müller.
Pero antes de entender su travesía, el cántico de su voz azotó a Margaret Reilly como un rayo de dulzura.
“Duérmase mi flor, descansen tus pétalos, que el sol que te alimenta pronto volverá; cierra tus ojos para que la luz se apague y en tus oídos ningún ruido te alarme; duérmase, descanse, que aquel de lo alto vendrá, vendrá, vendrá, mañana” cantaban los versos.
Cuando tuvo conciencia de lo que había pasado, sus ojos no cesaban de llorar. Se puso de pie cuando pudo hacerlo y la abrazó. La niña, sin saberlo, cantó para ella la misma canción que en Igbo cantaba su madre, a quien apenas recordaba. Luego, tomó al niño besando una y otra vez el rostro de Yomás. La señora Wells le sostenía con sus brazos sobre los hombros para evitar que colapsara abatida, extenuada de la felicidad.
En su oficina George Müller mostró los documentos de embarque y secuestro de la niña inscrita como Ashley Downs. Era una de las tres embarcaciones que le habían llamado la atención a Margaret cuando examinó los datos en Westminster Abbey. En el registro 2747 del puerto de embarque de Le Madelaine, no indicaba el destino de los restantes 388 esclavos. El capitán Francois Theabaud fue liberado mediante el pago de una multa. El pago lo hizo el Estado español por conducto de su señor embajador en Londres, certificando en su nota diplomática que “los fondos utilizados para el pago no tuvo su origen ni provinieron de fuentes relacionadas al tráfico esclavista”.
Pudo verificar en las notas que había tomado de la bitácora original, que se documentaba la edad de la niña, cinco años, natural de Igba, nación Yoruba, Dahomey. Müller dejó el documento en las manos de Margaret para que lo palpara. Abrió un gabinete de madera rojiza con la llave que extrajo de su bolsillo. Del mueble sacó un planisferio. Era muy parecido a cualquiera otro de los que había visto alguna vez en su vida, solo que éste tenía más colores y divisiones en toda África que los anteriores. Lo colocó sobre la consola.
—Mire, aquí queda Biafra y toda esta zona occidental africana constituye el reino de Ghezo el rey de Dahomey. No tengo que decirle que amasó una gran fortuna vendiendo negros a los esclavistas —me dijo.
—¿Un negro vendiendo otro negro? —preguntó.
—Sí, así comenzó: hermano contra hermano, está escrito en la Biblia, y así terminará todo —contestó Müller.
—La otra embarcación que usted me indica, la fragata Bomfim, registro 12-Igbo-1806, partió de alguna de estas islas en el golfo de Nueva Guinea.
—¿Cuál era su destino? —preguntó Müller.
—No era otro que la isla de Santa Elena, es este punto en la costa de Carolina del Sur en mi país —señalando con su índice en el mapa que había abierto.
—¿Pequeñita, no?
—Pues debe saber usted, que aunque pequeña, según los registros era el puerto de entrada de más del sesenta por ciento de los esclavos que la trata secuestraba de distintos lugares del continente. Allí tenía que haber habido una mezcla impresionante de lenguas —declaró bajando el tono de su voz, como si presintiera que alguien les escuchaba, mientras sostenía los dedos entrelazados desplazándolos en rápidos movimientos, a todas direcciones.
—No soy lingüista, pero uno de nuestros benefactores lo es y me ha explicado alguna vez que el encuentro de tantas lenguas, así como en nuestro caso, forjó un medio común de comunicación en la que los distintos idiomas prestaron algo de sí para crear un medio único. Precisamente en Carolina del Sur, en esa zona, le llaman Gulah, es todo lo que sé, y no es mucho —explicó cruzando las piernas, la izquierda sobre la derecha. Palmeó con la mano su propia falda, arrugó la frente y juntó las cejas, ratificando con el gesto su afirmación. Confirmaba Müller la misma explicación que le dio el padre McCutchen sobre el islote babélico.
—¿Señor Müller, cómo se llama la niña? —preguntó.
—La cristianizaron con el primer nombre que ella pudo pronunciar en inglés. No fue otro que el de la localidad donde se sitúa el orfanato —contestó.
—George Müller, usted es un hombre en el cielo y un ángel en la tierra, no habrá manera alguna de agradecerle —le dijo mientras firmaba la documentación que debía presentar el orfanato a las autoridades migratorias para permitirle partir del país, con Yomás y Ashley Downs.
—¿Cuál apellido quiere usted para su hijo señora Reilly?
—Su apellido será Locquería, Yomás Locquería se llamará.
Al siguiente día, de regreso a Londres, pensativa en el coche, no sentía sus pies, las manos ni la cabeza. Solo el deslizamiento de una rueda en una cuneta del camino, le sacó del letargo. La travesía, que a la llegada le lució como cualquiera otra, monótona e incolora, ahora lucía retante, hermosa y distinta. Tampoco escuchó los ruidos, ni sufrió los saltos provocados por los desniveles y los huecos de la calzada. Los colores, internos y externos, la lluvia, los vientos mistrales todo le resultaba indiferente. Acababa de descubrir lo que la esclavitud le había robado: ser, tener y sentir el amor de una madre.