IX

El Agua, El Derecho Marítimo

Y “¿Qué Clase De Abogado Es Usted?”

 

Han llegado mis puertos idos tras de los barcos

Como queriendo huir de su nostalgia.

Han vuelto a mi destello las lunas apagadas

Que dejé con mi nombre vociferando duelos

Hasta que fueran mías todas las sombras mudas.

             

Poema perdido en pocos versos

Julia de Burgos

 

 

EL CONTACTO DE JOHN BROWN en los puertos de Virginia, era Levi Baker. Le conoció varios años atrás, acometiendo una de sus primeras gestiones para el underground. Partieron ambos, desde el puerto de Portsmouth en la fragata Nymphus C. Hall. La red rentaba embarcaciones, con o sin tripulación, para el transporte de mercaderías con mucha demanda en los estados del norte. Su tarea, abiertamente comercial, escondía en las docenas de toneles de agua vacíos, esclavos clandestinos camino a territorios libres. Hasta verano de 1826, operando como capitán y propietario de la fragata, las operaciones para introducir esclavos libres hasta el puerto de Boston habían resultado exitosas. El gobierno de Virginia también lo reconocía como un triunfo de la ilegalidad rampante. El gobernador del Estado denunció la situación en su exposición sobre el estado de situación de Virginia ante el poder legislativo.

—Nuestra economía agro dependiente está en crisis. Hace apenas unos años el valor acumulado de nuestras tierras productivas excedía los doscientos millones de dólares y los negros se vendían a un promedio de trescientos dólares cada uno. Ahora los valores de las primeras han decaído a cerca de noventa millones de dólares y a ciento cincuenta por esclavo. Para enfrentar esta crisis nuestros comerciantes han encontrado un nicho en la venta de esclavos para los territorios de Luisiana cuyas tierras ofrecen mejores suelos y múltiples cosechas anuales. A fin de evitar el sabotaje a este comercio y a nuestra seguridad, tenemos que atajar todos los medios logísticos para el acarreo, terrero o marítimo que facilita y promueve el escape de esclavos a estados que atentan contra la unidad nacional   —sostuvo Henry A. Wise, gobernador del Estado, en su mensaje a la Cámara de Delegados virginiana.

A estos fines, hizo aprobar, mediante decretos, medidas requiriendo a las embarcaciones marítimas, cuyos propietarios no fueren ciudadanos de estados al sur del Compromiso de Misuri y bajo el paralelo 30° 36' N, obtener un certificado de autorización de salida, antes de poder abandonar las aguas territoriales del Estado o zarpar de sus puertos. El capitán quedaba obligado a pagar cinco dólares y permitir el examen minucioso de la embarcación. Las autoridades portuarias podrían buscar, no solo carga esclava escondida, sino parafernalia relacionada con esta actividad ilegal, en referencia directa a la asistencia y apoyo a esclavos cimarrones. Los toneles vacíos de agua eran parte de este arsenal ilegal.

Sin sospecharlo, Levi Baker se convirtió en la primera víctima de esta ley. Desesperado, Baker localizó esa mañana al reverendo Brown en las oficinas de la Virginia Water and Steamship Company y se dirigió en su compañía hasta una barra donde oficiales y marinos de mar ahogaban sus angustias y sumergían sus alegrías en güisqui. El marinero ocupó la mesa del fondo, con sus desanimados amigos de las desgracias. Levi Baker, con su cuerpo de cintura amplia, pecho velludo, cabellos revueltos, botas escuálidas de cuero marrón, camisa de color crema la cual lucía más consumida por los mares que las velas de su fragata, permaneció cabizbajo, silencioso y pensativo hasta la primera mitad de su botella de güisqui. Luego descargó sus quejas entre los presentes, quienes las escucharon brindando, en cada incidente, con un trago por su bienestar y éxito futuro.

En la madrugada del 4 de agosto de 1826, la Nymphus C. Hall cruzó las aguas de la bahía de Hampton Roads con todo menos este certificado. Hasta ese momento, en su capacidad de capitán y propietario, desconocía el riesgo asumido por esta omisión. El decreto había sido aprobado la semana anterior, y publicado en los espacios edictales de la ciudad de Norfolk. El correo del soterrado no pudo advertirle de la aprobación de la medida pues la copia del decreto arribó al puerto dos horas después de que la nave zarpara. La nave fue abordada por la patrulla de puertos, apenas el sol comenzaba a dejar escapar sus rayos en el horizonte, al cruzar las aguas protegidas de la bahía de Hampton Roads. Una vez aseguraron su bergantín a la Nymphus Hall, reclamaron del capitán la certificación de inspección de salida para embarcaciones extranjeras.

—Usted carece de autoridad para detener mi fragata. No sé de qué me habla usted. Además, cómo me llama usted extranjero, si soy natural de Massachusetts que es hacia donde nos dirigimos.

—Este no es el momento oportuno para discutir. Precisamente, si fuera usted ciudadano de Virginia haciendo el mismo viaje que usted anuncia, no requeriríamos el certificado de inspección pues el decreto no le aplicaría. Muéstrenos el documento que le autoriza partir del muelle —replicó el funcionario.

—No sabía que necesitaba permiso alguno para salir de las aguas de mi país hacia otro puerto nacional —contestó.

La embarcación fue incautada, regresada a puerto e inspeccionada. No encontraron carga ilegal, pero ya era un hecho consumado. Los fardos, ciento setenta sacos de arroz y de azúcar dirigidos al puerto de Boston, fueron lanzados al mar luego de entregarle un recibo inventariado de los activos, unido al pliego en el que imponían la máxima penalidad del recién aprobado decreto.

—¿Quinientos dólares? ¡Pero ustedes me están enviando a la ruina!

—”Ustedes” es mucha gente. Usted ha sido quien ha violado la ley. Si quiere impugnar la medida puede presentar un recurso legal.

La nave arrestada, la mercancía destruida, a pesar de no haber hallado cimarrón alguno en la fragata, dejaría a Levi Baker en la penuria. Nunca había necesitado ayuda legal y ahora no podría costearla.

—Propongo otro trago a la memoria de este gran ex capitán Levi Baker —gritó un marino empinando el codo para acelerar el trago—. Todos hicieron lo propio.

Tras una larga ronda de bebidas y palabras, Baker parloteaba ya con lengua tartamudeante su desasosiego por la confiscación de su único medio de vida. El ambiente olía a marisma, escamas, algas y gaviotas. Una brisa mohosa a su vez traía olor a oxígeno de costas portuarias, cadenas enmohecidas y a barrunto de lloviznas.

—Alguien tiene que habernos delatado —confesaba a sí mismo John Brown, intentando captar la atención de Baker.

Desde la barra pero sobrio, uno de ellos, un joven abogado recién arribado del norte con un marcado acento sureño, se le acercó.

—Yo puedo ayudarle —le dijo—. Acabo de arribar a la ciudad. Total no tengo trabajo todavía. Usted será mi primer cliente. Me llamo Edgard M. Kneehigh.

—Gracias —replicaron al unísono Brown y Baker.

Estrecharon las manos y, con ánimo despreocupado, ya por los tragos o por haber encontrado asistencia, Baker y Brown le repitieron las causas verdaderas del infortunio marino.

El tonelaje de arroz y azúcar serviría para disimular el peso adicional que representaban los diez y nueve barriles de agua que fueron embarcados vacíos. A las afueras de la bahía de Hampton Roads, muy cerca de donde fueron abordados, les esperaban los libertos que serían escondidos en cada uno de los envases hasta cruzar las aguas jurisdiccionales de Maryland.

—Nadie nos delató —dijo Baker replicando tardíamente al comentario anterior de Brown. Para mí era muy sencillo haber obtenido el documento. En P-Town todo se compra y se vende. ¿Por qué nadie me advirtió de semejante requisito?

—Aquí, ahora, todo pasa muy rápido. Cada día aprueban más normas, más prohibiciones que hacen nuestra actividad más difícil —replicó Brown.

—¿Ustedes están involucrados en el tráfico ilegal de esclavos? —intervino Kneehigh atónito y con indicios de nerviosismo.

—¿Pero qué clase de abogado es usted? ¿No sabe distinguir entre el tráfico ilegal que no es otra cosa que la importación y el continuo envío de seres humanos de un Estado esclavista a otro? ¿Acaso Moisés tenía visado para cruzar el Mar Rojo? No ose comparar semejante práctica con el transporte marítimo y moral de seres humanos a su estado natural —replicó en tono airado Brown.

El abogado Kneehigh se introdujo el meñique al oído, un gesto instintivo para asegurarse de que había escuchado bien las palabras de Brown. "¿Qué clase de abogado es usted?", —repetía para sí. Seis palabras que le hicieron recordar las ilusiones de justicia e igualdad con las que ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale en Connecticut. Veintidós años, lampiño aún, cabello oscuro, ojos tristes y saltones. A esa edad hizo su primer viaje fuera de Georgia. Ingresaba con la idea de ser electo para algún cargo público o educarse para imponer con imparcialidad la razón conforme a sus méritos. Al mes de su ingreso, fue reclutado por la asociación estudiantil Calíope fundada por y para amantes de la poesía y de las historias épicas, aunque el primer acercamiento que rechazó, lo recibió de la Brothers in Unity Society organizada para el desarrollo académico de los debates clásicos. En su segundo año de derecho, habiendo escalado posiciones en la dirección de Calíope, inició un agrio debate por la adjudicación del premio anual Alpha Beta Kappa. Lo que aparentaba ser una nimia controversia interna, se transformó en una contienda pública, en la que los diarios, incluyendo The Herald, se hicieron eco en sus tabloides. "Una verdad académica, puede resultar una falsedad histórica. Pero, una verdad histórica, no puede ser falseada," sostenía el diario respaldando la otorgación del premio Phi Beta Kappa al estudiante Berford Moore por su tesis en la que culpaba a los judíos por el mal juicio electoral al inclinar la balanza de votos en favor de Barrabás. En su escrito sustentó, con documentación y crónicas de la época, que el conteo de electores fue amañado, votaron algunos extranjeros sin documentos válidos que visitaban la ciudad de Jerusalén por motivo de los eventos comerciales que generaban las fiestas religiosas. Expuso además, los detalles jurídicos que confirmaban las rupturas con el debido proceso de ley en su veta electoral. "Votantes, que no eran titulares, ni propietarios de bienes, y hasta analfabetos, ejercieron sus opciones confirmando la nulidad de sus actos. Hasta mujeres pudieron haber ejercido el voto, desde la muchedumbre, sin derecho alguno", rezaba el texto que justificaba el premio conferido. Los debates internos entre las organizaciones, no salvaron la unidad del proyecto estudiantil. "Solo calaveras y huesos dejaremos los que en una sociedad plural y laica, sustenten en la religión, proyectos divisionistas disfrazados de neutralidad", concluía el edicto publicado bajo la firma de Kneehigh. Aludía, sin mencionarlo, a la determinación de los estados que favorecían fueran los ciudadanos residentes quienes determinaran si los nuevos territorios aceptaban o no la esclavitud en sus fronteras.

"Este premio oculta abiertamente este debate, esto es inaceptable, rechazo el abolicionismo, pero si abrimos el debate a las decisiones tomadas previamente por el Congreso, el revisionismo no tendrá límites", concluía, citando a Kneehigh, la nota periodística en The Herald.

Dos semanas después, se unió al grupo dirigido por William Russell y Alfonso Taft abandonando la fraternidad. Una parte de los fraternos agotó en estas disputas su nivel de interés por las controversias. Entre los restantes, la mitad cortó su relación con la organización base para fundar la Order of the Skull and Bones Society. Cada entidad agrupó la misma cantidad de socios en las filas de sus integrantes.

La agrupación estudiantil, fundada por Russell, Taft y Kneehigh, entre otros, fue organizada, a manera de logia, sobre una tumba de piedra. Su juramento resumía las bases de su idea del mundo y su universo. La tarja forjada sobre la roca expresaba su sustento en "los principios inamovibles de una sociedad estable, el punto donde las fuerzas de gravedad social encuentran en un punto singular su equilibrio". No en vano la nueva entidad determinó colgarían en la recepción de la entrada principal un cuadro en óleo del matemático francés Joseph Lewis Larange, junto al del suizo Leonard Euler, fundadores de la hipótesis numeraria que fundamentaba su teoría social. Este principio, rezaba su documento constituyente, secreto de honor para los integrantes, promueve la estabilidad social, solidez a la estructura política y rigidez a los principios y valores de la moral de quienes la dirigen.

Kneehigh propuso como símbolo y sello de la logia una calavera descansando en dos fémures cruzados sobre los números tres, dos, dos. Los numerales no eran más que el desglose del número siete. Para ellos, el número perfecto. Además, era la garantía de la indivisión. El numeral no podría dividirse en partes pares e iguales como había ocurrido con sus fraternidades predecesoras. El aniversario de su fundación, el 15 de abril, quedó establecido como la fecha en la que seleccionarían, en adelante, los nuevos candidatos a integrar la Orden.

En su último año académico, Kneehigh se reunió con sus fraternos en la sede de la organización, también construida de piedra. La estructura, a la que llamaron "La tumba", los recibía todos los martes y jueves en la noche. Conversaban mucho sobre pocas cosas. Divagaban principalmente sobre el peligro que acecha a América con la inmigración de católicos irlandeses y alemanes, la constitucionalidad de imponer restricciones a los esclavistas para el traslado de bienes muebles en el comercio interestatal, y el descalabro humano que representa para los esclavos la abolición de la institución. Participando en el último de los foros estudiantiles de la sociedad Kneehigh cuestionó a los presentes:

—Pregunto señores, si nuestra nación, fundada en el "derecho común" y los principios evangélicos y morales del protestantismo, claudicaría como una nación única y poderosa, admitiendo un solo Estado que favorezca la abolición o la permanencia de la institución. Romperíamos el balance interestatal existente entre los que favorecen la esclavitud y sus estados opositores, lo cual será inaceptable  —dijo.

Proviniendo de una familia de un estado esclavista, aunque sin propiedad esclava, no anticipó el agrio debate generado por sus interrogantes y conclusiones. Los insultos altisonantes y soeces que cruzaron entre uno y otro lado de La Tumba, se extendieron más allá del foro. Como resultado de la controversia, la directiva solicitó a Kneehigh que se abstuviera de asistir a las reuniones de la entidad en su último semestre de vida universitaria. Así lo hizo. Al recibirse en derecho, prefirió ir a una ciudad cosmopolita y consideró dirigirse a Nueva Orleans, la única urbe portuaria que había visitado en Luisiana.

"La he pasado muy bien las ocasiones que la he visitado", pensó. Aunque decidido, carecía de una oferta segura de empleo para su pasantía legal. Empacó sus cosas, pero las lluvias tormentosas de septiembre hicieron que la diligencia cancelara su salida. Mientras esperó inútilmente su salida, leyó el diario local. Un anuncio captó su atención: "Empresa portuaria busca practicante legal, exige dedicación e inteligencia a cambio de paga apropiada, entrevistas disponibles". Quedó convencido. Al menos temporeramente, le convenía un clima menos caluroso. Cambió su boleto, y partió a la ciudad portuaria de Boston. Se ubicó en un edificio de alquiler cerca del trabajo, donde rentó un cuarto. Nada especial con los atributos básicos de la modernidad. Una cama, un espejo, una mesa, dos sillas, tres ventanas y espacio para colocar su maleta. Trabajaba hasta el aburrimiento por lo que buscó en qué cosas agotaría su poco tiempo libre. Lo encontró. Tomó clases de violín tres veces por semana. Así fue introducido a la música compuesta por el gran maestro de su profesor irlandés, Nicolo Paganini. Su música lo hizo enmudecer por su fuerza, vigor, velocidad y entonación.

—Cada vez que la escucho siento mi cerebro vibrar y la velocidad de esas notas me hacen sentir poderosamente hombre —le dijo en alguna ocasión a su maestro, quien asentía con su cabeza mientras replicaba cada comentario, con un rudo dicho popular irlandés.

Adoraba los grandes clásicos griegos y latinos de la literatura. Como socio de la biblioteca, los pudo leer en las versiones en inglés que mantenían y cuya colección fue donada como muestra de que "Las bases de un gran imperio se construyen sobre la roca", leía la placa conmemorativa.

En la ciudad de Boston se empleó como practicante legal de la Massachusetts Ports Authority. En ella hizo realidad su deseo de hacer del derecho marítimo su primera especialidad. Cuando completó la pasantía, comprendió que ya estaba agotado por los simples planteamientos y alegatos rutinarios de esa práctica. Consideró que era hora de un cambio. Solicitó y fue aceptado como asistente legal del juez de la corte del Condado. Era una posición con cierto prestigio. El tribunal estaba presidido por un jurista ampliamente reconocido en el estado como magnífico académico, excelente tratadista y jurista integral. Su nombre: Augusto Rod. En muy poco tiempo Kneehigh ganó la confianza del magistrado en su desempeño. A tal extremo confió, que el honorable Augusto Rod reinició sus giras de pesca con los integrantes de su clase graduada. Práctica que había visto entorpecida por la abrumadora demanda del calendario judicial y rutina del litigio diario. Dado el fiel desempeño profesional de Kneehigh, el juez Rod regresaba a su despacho tan solo a estampar su firma, con sus manos hediondas a pescado, en los proyectos de sentencia redactados por su asistente. Desde entonces, todas sus opiniones y sentencias tenían que ser aireadas al sol antes de ser notificadas a las partes y publicadas en las ediciones jurídicas de la época.

Esta limitación no significó gran cosa para Kneehigh, hasta que le tocó intervenir en el caso de Jack, un hombre negro, contra su propietaria, Mary Martin. Jack fue devuelto a su ama con la vehemente colaboración de las autoridades estatales en el arresto, procesamiento y entrega a su titular.

—No comprendo las razones por las que ustedes los norteños se oponen a la esclavitud, pero defienden a ultranza la extradición de cimarrones —le dijo a los abogados de la oficina del procurador del Estado de Massachusetts.

Sus comentarios, o la pesca intensiva del Juez Rod, provocaron una orden administrativa transfiriendo la jurisdicción de todos los asuntos y materias del Condado distribuyendo los casos a otros distritos del Estado. Ante la ausencia de litigios suficientes en la bitácora para justificar la existencia del distrito judicial, la corte fue trasladada, con muebles, estrado y mallete, a otro municipio al norte de la demarcación. Edgard M. Kneehigh, consideró que ya había dedicado mucho tiempo a la judicatura y aprovechando como excusa la mudanza, justificó su retorno al sur.

—Hasta aquí llego yo vuestro honor, creo que es hora de iniciar mi regreso —le confesó al magistrado Rod.

—Lo voy a echar de menos, no sé si más por la pesca que por su acento sureño —le dijo en medio de una estruendosa risa.

Juntó sus bártulos, y partió el 23 de enero de 1826 hacia el sur sin saber cuánto del norte llevaba dentro de sí. En el camino reflexionó que antes de llegar a su Georgia natal, habiendo desarrollado una especialidad en derecho marítimo, no debía desperdiciarla. Por ello, en la parada de relevo para sustituir los caballos de la diligencia, detuvo su brújula en Portsmouth, Virginia, una ciudad costera, con una práctica virgen en la materia. Constructores de embarcaciones con un gran tráfico de comercio marítimo con la ciudad de Boston, eran un buen punto de partida. Además, durante su trabajo con el juez Rod, logró establecer una amplia gama de contactos con asociaciones mercantiles, abogados y empresas del mar. Decidió así establecer su despacho en una ciudad portuaria y costera.

Era esa la razón por la que había entrado ese día en la barra donde marinos, hombres de mar y navegantes se hacían presentes a diario. También fue la causa que lo hizo meditar en la pregunta que le acababa de hacer John Brown "¿Qué clase de abogado es usted?" Todos le miraron esperando su respuesta.

—Señor Kneehigh, ¿puede usted contestar mi pregunta? —reiteró Brown—. ¿O es que ya ha decidido renunciar a su recién contratado primer cliente?

Sacudió su cabeza, los miró a todos, puso su mano sobre el brazo de Levi Baker y contestó.

—No señor Brown. No voy a renunciar por causa de la naturaleza del caso. No tengo que ser paladín de las causas que selecciono. Seré solo su representante. Ahora bien, mire, yo no seré un hombre bueno, pero soy una persona ética y consecuente con mis valores. No sé cuál será mi límite en la representación de asuntos con los cuales no comulgo, pero todavía no he llegado a él. Le he dado mi palabra profesional, y está empeñada. Solo cuestiono si ustedes tienen claras las consecuencias de enfrentar la ley en asuntos que no le afectan a ustedes directamente —afirmó Kneehigh.

—Pues déjenos esa preocupación a nosotros y usted ocúpese de recuperar el bergantín de Baker. Muchas vidas dependen de ello —contestó Brown.

La embarcación era el único medio real de subsistencia de Levi Baker y el instrumento mediante el cual transportaba a la libertad vidas obligadas a la servidumbre involuntaria. Cavilaba sobre ello cuando el alguacil de la corte del condado, el mismo que le había entregado la citación y la orden de confiscación, entró a la barra llena de bullicio y alcohol. Le miró hasta que se detuvo frente a la mesa dirigiéndose a él.

—Baker, le entrego la acusación al amparo de la cual queda bajo arresto por delitos de naturaleza grave. Solo si a esta hora consigue un ciudadano de respetable moralidad que garantice su presencia durante todas las etapas del proceso judicial, podrá usted quedar en libertad condicional —concluyó certificando la entrega al dorso del documento.

No fue al azar que el funcionario esperó pacientemente para diligenciar el pliego legal en la cantina del puerto. Era el último lugar de la ciudad donde un acusado podía obtener un fiador sobrio y que, en su sano juicio, sirviera de garantía legal a la presencia de un acusado a la corte.

Los marinos de mar removieron las sillas provocando un gran estruendo. Se pusieron de pie con evidentes signos de tormenta en sus rostros y marea alta en sus miradas. Kneehigh, sorprendido por la reacción, no reaccionó ni se había movido de su banqueta. Miró a su alrededor y arrancó el documento de las manos del funcionario.

—Deme ese documento, este hombre es mi cliente, y como tal, queda bajo mi custodia y responsabilidad —advirtió Edgard M. Kneehigh, ante la mirada sorprendida del burócrata judicial.

Baker, mostró sus escasos dientes en una amplia sonrisa. Miró al plafón moviendo sus ojos de un lado a otro. Estiró su brazo derecho y, con un apretón de manos, agradeció al abogado su intervención. Kneehigh sintió la fortaleza del mar en la mano de Levi Baker y le dijo contra todo pronóstico:

—Usted regresará muy pronto en su propia fragata.

No fue éste su peor argumento, sino los que se escuchó a sí mismo plantear en defensa del marino ante la corte de reclamaciones marítimas del condado.

—Su Señoría, no puedo entender cómo la legislación para evitar efectos colaterales a la propiedad de bienes esclavizados atente contra la propiedad de hombres libres.

—Pues esto es muy sencillo, toda legislación tiene muchas raíces y ésta, que lleva siglos, tiene más fuerza que las esperanzas de Jonás de salir de la ballena y las expectativas del joven David de vencer a Goliat —sostuvo la corte, confirmando el decreto confiscatorio de la fragata.

—Ningún ciudadano del sur esclavista tiene que cumplir con el certificado de inspección previo a zarpar de los muelles de Portsmouth —argumentó Kneehigh—, solo los residentes del sur están exentos. Se han creado dos ciudadanías, una de primera clase para Misuri y los estados al sur del paralelo 30° 36' N, y una de segunda para los residentes sobre esta línea divisoria. —Sin duda, era una versión del debate que anticipaba cuando era estudiante de derecho.

Levi Baker tenía las de perder. No era residente del Estado de Virginia, era ciudadano de Massachusetts y tenía allá registrada la embarcación. Tras largos meses de juicios y apelaciones a las cortes del Estado Libre Asociado de Virginia, en marzo de 1827, vio perdidas sus impugnaciones a una acción que la ley sancionaba como legítima.

La multa de quinientos dólares y el bergantín confiscado, concluyeron con la radicación, por parte del gobernador del Estado, de una acción en cobro de dinero contra Levi Baker. La Corte Suprema de Apelaciones del Estado de Virginia, ratificó las medidas validando sus fundamentos en el caso de Baker versus Wise. Como resultado de este dictamen, fue vendida en subasta pública la fragata Nymphus Hall. La empresa Jonhson & Eperson, dedicada al comercio costero de personas obligadas a trabajo y servidumbre, ofreció un valor de remate. Con este pago, el Estado de Virginia recuperó los costos del litigio. Solo restaba recuperar las penalidades que impuso a Baker.

El underground asumió la tarea de recolectar los fondos y enviar las remesas para el pago de la penalidad pues de lo contrario, sería remitido a la cárcel por tiempo indeterminado o hasta que pagase. William Lloyd Garrison asumió la tarea de búsqueda de fondos para remitirlos con una nota al abogado Kneehigh.

—La sociedad agradece con creces la lucha jurídica que usted ha desplegado en defensa de los derechos de Levi Baker, su derecho constitucional a moverse libremente entre los estados que fundaron esta unión de estados federados libres pero constituyendo un solo país —leía la misiva con el último pago recolectado en abono de la multa impuesta a Baker.

A lo largo del proceso judicial, Edgard M. Kneehigh agotó todos los recursos legales a su alcance, mucho después de que se le agotaran todos los fondos disponibles a Levi Baker para el pago de honorarios, gastos y penalidades. Tal vez por ello, Baker no escatimaba esfuerzos para concertar referidos de clientes a Kneehigh sin acreditar cada caso en calidad de abono a su deuda. El abogado no tenía asistente ni despacho. Utilizaba el vestíbulo de la corte como su oficina. Cuando tuvo que entrevistar sus clientes en confidencia, la barra portuaria proveía una reducida área para ello, pagando el consumo de alguna cerveza o güisqui.

—No me agradan algunos de sus referidos Baker, pero no tengo otra alternativa que atenderlos.

—¿Y eso porqué, señor Kneehigh? —preguntó dirigiendo su mirada a la ventana.

—Son los clientes los que especializan al jurista —afirmó— y esta especialidad me está costando.

Claro está, Baker conocía con detalles las razones para la aprehensión pesimista de los casos que le habían dado una reputación y presencia en las cortes que no era del todo agradable para el letrado. Apenas impugnó la confiscación de la fragata de Baker mediante radicación del proceso especial, entraron a su "despacho", uno tras otro, la más variada lista de reclamantes.

—Señor Kneehigh —le dijo Mason Poetry—, solo hice publicar un artículo afirmando que lo que la Creación de Dios ha preparado, no debe ser tocado por hombres, para concluir que en el principio, la humanidad no fue creada para que unos sometieran a otros. —La acusación imputaba la comisión de un delito de lesa humanidad, contra la integridad del Estado y la República, punible con cincuenta años de prisión.

Una predicación fue suficiente para que el Estado presentara otra acusación contra un ministro por el cargo de hablar con la intención de persuadir al abandono del servicio y el trabajo adeudado al amo.

—Señor Kneehigh, su cliente ha actuado con toda la malicia premeditada —sostuvo el fiscal—. Es como rentar una casa a una mujer de malas inclinaciones. El que lo hace es tan culpable de su prostitución como ella.

La práctica del derecho marítimo fue cediendo sus espacios ante la marea de casos en los que impugnó derechos reconocidos por las leyes estatales en protección de los títulos esclavistas, acreciendo la demanda de la especialidad en servicios de esta naturaleza legal. Edgard M. Kneehigh reputó su práctica en la defensa de acusaciones que ningún otro abogado se mostraba dispuesto a asumir por temor a represalias en su contra. Sin embargo, sus destrezas tras haberse iniciado en el mundo legal como asistente desde el estrado, y la falta de elementos técnicos en algunas acusaciones, y en los estatutos por los cuales presentaba los cargos, le brindaron el fundamento necesario para reclamar el archivo de las acusaciones. Hasta su dominio del diccionario le sirvió de respaldo más que el mismo código de enjuiciamiento criminal.

Lo demostró en el caso del acusado Goldwater. Se presentaron acusaciones por ayudar a un negro a abandonar los servicios de su amo.

—La acusación no procede —reclamó a la corte—, ayudar no es lo mismo que asistir pues lo segundo requiere un mayor involucramiento que el primero. Interpretar el estatuto de tal manera significa o equivale a incorporar un delito que no estaba contemplado en la ley.

—Tiene usted razón Sr. Kneehigh. Si la legislatura lo quiere hacer delito tiene que crearlo de manera clara y convincente —sostuvo el magistrado.

Uno tras otro, cada caso archivado por lagunas en la redacción de la ley y sus interpretaciones, ocasionó enmiendas en la siguiente sesión legislativa del Estado de Virginia, reclamando la reinterpretación de la ley a la luz de los principios esclavistas. Al cabo de los años, consideró que su opinión personal sobre la esclavitud no pareció modificarse tras cada triunfo o derrota judicial.

Sin embargo, el haber asumido la representación legal y abogar por las consecuencias de una causa con la que no comulgaba del todo, lo transformó en otro personaje muy distinto al Kneehigh que había salido de Boston.

Para la segunda semana de septiembre de ese año, cuando ya tenía una oficina que rentó como despacho, recibió una comunicación desde la ciudad de Richmond en la cual la Virginia Water and Steamship Company le referió para su contratación a la compañía de servicios marítimos Johnson & Eperson. Dicha empresa, asociada a las sociedades comerciales de Lockett, Andrews, Hagan, y al magnate Thomas McCargo, realizarían un importante embarque institucional costero. A pesar de considerarlo demasiado cerca de la zona social de conflictos para atender sus asuntos legales, la naviera contrató a Kneehigh al concluir que, dedicado a la defensa de acusados que abogaban contra la institución, era ya un experto en todas las medidas jurídicas aprobadas para proteger el tráfico esclavista. Fue así que la fragata "Creole" quedó puesta al servicio de la exportación de carga de los mercaderes de esclavos. Era una embarcación de reciente construcción y registrada bajo bandera norteamericana. La "Creole" partiría con una carga de 135 esclavos desde Norfolk hasta sus almacenes en el puerto de Nueva Orleans, Luisiana. Kneehigh, tendría la responsabilidad de verificar todos los aspectos legales de las transacciones de carga de bienes muebles, la recomendación de los seguros en caso de pérdida de la propiedad, la correspondiente documentación de embarque, así como el cumplimiento con los requisitos de la Coastal Lines Slave Cargo Act de 1807. A raíz de sus recomendaciones legales, varias empresas consideraron adquirir pólizas para asegurar la carga en el tránsito marítimo, pero solo Johnson & Eperson, propietaria de la embarcación y de la mayor parte de la carga, pagó el costo adicional del endoso al seguro para el caso por pérdida debido a insurrección o motín.

Cuando John Hewell, representante apoderado de los bienes de Thomas McCargo, visitó las oficinas de la Virginia Water and Steamship Company, rechazó la sugerencia legal de adquirir el seguro. Era un hombre de ojos intimidantes y achinados con los cuales, a pesar de ello, daba la imagen exterior de todo un exótico caballero. Contrario a la primera impresión y la fachada, su esencia lo dominaba. La mirada impregnaba dominio, y sus mangas de camisa asemejaban eslabones atados al cuello de un toro. Sus botas, lucían inicializadas y marcadas por el dolor de otros: 2M. Hasta la hebilla de su correa de cervatillo, hedía a la esclavitud de la cual, con mucha naturalidad, recibía pingües beneficios.

—Mi experiencia y el costo no lo justifica —explicó Hewell—. Llevo en este trámite hace más de dieciocho años y nunca hemos confrontado conflictos de amotinamiento. Los negros no representan contingencias con una posibilidad de alarma. Esas empresas de seguros se lo quieren ganar todo. Además, esa deducción es un costo significativo en el que no empeño parte de mi ganancia, ya que como custodio de los bienes y sus costos, aumenta mi comisión —sostuvo Hewell al colocar su firma en el documento de embarque. Kneehigh, una vez acordada la encomienda, suscribió la documentación para la partida y transporte a nombre de la empresa marítima de los veintiséis esclavos que McCargo transportaba en este otoño. La mayoría de los restantes esclavos, así como parte de la carga de tabaco y güisqui, era propiedad de Johnson & Eperson.

Fue esta misma embarcación para la cual, la red del soterrado en su reunión en el chalet de John Brown, aprobó la moción presentada por Mariette Tubman. Durante el trámite de la partida de la Creole, el underground inició sus labores dirigidas a colocar en la fragata, para exportación interestatal, catorce hombres y Margaret Reilly, todos cimarrones. Serían embarcados como esclavos a cargo de un destinatario ficticio en el puerto de llegada. En vista de que los costos habrían de ser pagados a la entrega, Brown no tuvo problemas en lograr la autorización del capitán de la nave.

—Cualquier problema consulte con el abogado Kneehigh —dijo Brown al estrechar su mano.

Sin embargo, la consulta legal fue innecesaria pues si bien una mano enlazaba las diestras, la otra colocó un pequeño bolso de monedas en oro y plata en el bolsillo del capitán Robert Ensor. Como parte de estas gestiones, Brown incluyó, en el precio de la componenda, la contratación gratuita de Levi Baker como alférez de la Creole. Era otro costo ahorrado ya que aunque registrado como gasto de transporte, se sumaría a la recompensa recibida por el capitán al hacer el transporte. Ya en su cabina, el capitán Ensor anotó en la bitácora: "ciento cincuenta esclavos en la fragata Creole". Sin embargo, en la anotación de carga escribió: "ciento treinta y cinco esclavos". Justificó de esta forma el descuadre al pago real total recibido en el puerto de salida, pues el transporte de los quince que representaban la diferencia, serían pagados cuando "se desmonte la carga en el puerto consignado".

A tres días antes de su partida, el documento de embarque adicional de catorce esclavos masculinos describía a uno de los esclavos anotados en el registro como Yaoul Vidéh, un negro mandinga embarcado desde Puerto Rico. La factura de carga describía también a una mujer esclava de complexión cobriza, pelo negro como sus ojos, manos en buena condición, dentadura perfecta, inscrita como Margaret Reilly. La mujer estaba consignada hasta Nueva Orleans, a nombre de William Pepperell. El talón de cargo prescribió específicamente: "Para ser entregada en buenas condiciones en el susodicho puerto, excepción hecha de los peligros inherentes al mar y el océano".

El documento, justo al lado de los sellos de embarque e impuestos marítimos cancelados, contenía una nota de cierre, bajo la firma del abogado Edgard M. Kneehigh: "Que Dios remita esta embarcación, su tripulación y su carga en buenas condiciones, al puerto consignado".

Esa misma noche, la Creole partió, con una parte de su carga, en dirección a Nueva Orleans, ciudad costera de Luisiana.