XII
Ya definido mi rumbo en el presente
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas,
de todos los hombres y
de todas las épocas.
Yo misma fui mi ruta
Julia de Burgos
A LA MAÑANA SIGUIENTE, al bajar al atrio central del vestíbulo del hotel donde se hospedaba todavía bajo el alias de Pepperell, Kneehigh fue notificado del arribo de una carta. Al tenerla en sus manos, observó que había sido enviada del Estado de Virginia, desde una dirección desconocida. Al leer el remitente tuvo una extraña sensación. Parecía que habían transcurrido siglos desde que partió de Norfolk. Si bien la red había previsto algunos inconvenientes, no les fue posible prever la naturaleza de los eventos acaecidos una vez zarpó el Creole con destino a la ciudad de Nueva Orleans. La oficina de alguaciles, por encomienda de la autoridad municipal en Norfolk, hizo publicar un aviso edictal en el que advertía severamente a los integrantes del soterrado la naturaleza de los actos delatados a la inteligencia militar antiabolicionista y sus opciones. El edicto textualmente, iba dirigido al público en general y a las personas específicamente identificadas. “A las ciudades pertinentes de Accomack, Alleghany, Botetourt, Bukingham, Cabell, Charles, Chesterfield, Culpeper, Fayattte, Floyd, Henrico, Hampshire, Isle of Wight, King George, King William, Louisa, Loundon, Norfolk, Monroe, Richmond, Tyler, Wood, Washington y Condados de toda Virginia en general, amigos y compatriotas: Mediante proclamación gubernamental, y por otras instrucciones recibidas, se hace obligatorio que ustedes dispersen su asociación ilícita y retornen a sus hogares pues están impedidos de evadir la vigilancia de nuestros cuerpos de seguridad marítima por violar la paz de nuestro Estado y las relaciones con otros Estados de nuestra gran nación entre los cuales el comercio es la vena vital de su desarrollo. Reitero, que estoy seguro se dispersarán y dedicarán a actividades y labores honestas. Primero: la secretividad de sus movimientos y acciones evidencian la ilegalidad de las mismas; Segundo: tenemos evidencia de que sus planes son intervenir con el comercio de esclavos, redirigiendo las mercancías hacia un estado al norte del paralelo 30° 36' N, donde algunos sujetos se dedican a concertar acciones contra los bienes de ciudadanos libres; Tercero, todos ustedes son declarados vagabundos de conformidad con la Ordenanza 17 de 1 de julio de 1816 y cesarán en sus empleos, si es que alguno lo tuviere, y quedan declarados incapaces para todo propósito legal incluyendo la tenencia de títulos y bienes; Cuarto: evitaremos que su banda de delincuentes, entre las cuales se encuentran honorables mujeres del pasado, se comuniquen entre sí y tengan acceso a puertos marítimos del Estado de Virginia; Finalmente, y con mucho placer, proveeremos transportación marítima gratuita a todas las personas aquí designadas y descritas para abandonar el estado a la brevedad. Henry A. Wise, Gobernador del Estado de Virginia.”
El edicto publicado en todas las oficinas públicas y la prensa del Estado, llegó a manos de Kneehigh acompañado de una nota explicativa en la cual John Brown detallaba la zozobra en que se hallaba la red a solo días después de su partida hacia Nueva Orleans para atender la secuela del Creole. Kneehigh apretó con sus manos el documento. Miró a todos lados confirmando que nadie le observaba, caminó hasta un salón biblioteca ubicándose en un amplio sillón francés. Abrió el documento que tenía en sus manos y leyó con asombro: “Una vez hubo confirmación del arribo de la fragata sin su cargamento, oficiales policíacos del Estado procedieron a la publicación de las notificaciones antes aludidas en todos los lugares públicos de las ciudades y poblados aledaños. Varios integrantes del underground, confiando en la legalidad de la publicación, se presentaron a las autoridades con sus familias, los que la tenían, y sus bártulos, los que los habían empacado. En las oficinas de la Virginia Water and Steamship Company tomaron nota las autoridades que los nombres correspondían a los indicados en el edicto, incluían en otro registro los parientes y bienes con los que partían y los embarcaron a todos, unos seiscientos, en la fragata Nymphus C. Hall, ahora propiedad de la empresa Johnson & Eperson. La embarcación retornó a puerto, dos semanas después, con un cargamento de esclavos, y sin rastros de los abolicionistas. Desde entonces se dieron por desaparecidos y no se han comunicado ni presentado a los domicilios informados como su destino final.”
Mordió sus labios y recostó su cabeza sin rumbo en el sillón que ocupaba. Esta vez tomó la nota en sus manos apretándola hasta hacer de ella una pequeña bola de papel. Miró una vez más a su alrededor y la echó en su bolsillo. Subió las escaleras hasta su habitación empacando a toda prisa sus pertenencias. Salió con la intención de partir de la ciudad, sin despedirse de amigos y conocidos, al igual que hizo la misma tarde en que zarpó la fragata Creole desde Norfolk, pero esta vez en dirección al norte. Antes, se dirigió al prostíbulo, y llegó hasta la sala de oración en la que localizó a Margaret Reilly. Apenas acababa de concluir su curso matutino de música y lectura.
—Si usted estima en algo su proyecto, y la razón de su regreso a América, debe recoger sus pertenencias y venir conmigo. Nos están pisando los talones —dijo, explicando en detalle las razones para su desasosiego.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—Al norte, por la ruta de los montes Apalaches que es la menos vigilada por ellos. Primero, sepa usted que por los estados que transitaremos, se castiga la huida con sigilo. En la medida que nos mantengamos en caminos públicos, no hay presunción de delito pues no hemos tratado de esconder nada ilegal.
—¡Lo tiene muy bien pensado Kneehigh!
—No. En realidad el sistema se ahoga a sí mismo. El que hace la ley, hace la ley. No tiene que violarla, solo enmendarla y ya ha podido usted darse cuenta de que lo pueden hacer.
—Debo hacerle una sugerencia. En las clases de alfabetización y música, un hombre que ha dedicado su vida al comercio de pieles, hablaba de sus travesías anuales por esa cordillera hasta llegar a Maine e indicaba que partiría mañana a primera hora. Sugiero que lo contactemos. Es de fiar.
Margaret Reilly tomó su pequeño bulto de cuero obscuro, y echó en él sus pertenencias: cuatro libros, dos en latín, uno en griego y la Biblia en inglés, un folleto de hojas sueltas con la música de Paganini, el violín, su arco y dos vestidos. El instrumento lo colocó entre la ropa y los libros. Se arrodilló persignándose y orando al Buen Señor para que la dirigiera en el camino y lo llenara de arena sobre la cual El marcaría primero los pasos que ella luego seguiría.
—No deseo nada más —oró.
Se despidió de todas sus discípulas en el infortunio, con un beso en la mejilla y abrazándolas una por una.
—Espero no verla más —dijo la una.
—Nunca regrese —se apresuró a decir entre sollozos la otra.
—No vuelva su mirada a estas tierras Báthika, si Dios desaparece otra vez en el trayecto, recuerde que es solo un eclipse —le reiteró la matrona aferrándose a su cuello.
Esa tarde, Margaret Reilly, Edgard M. Kneehigh y Squanto Guarnerius, que así se llamaba el guía, partieron en comitiva desde la ciudad de los pantanos en dirección noreste, en busca de la sierra de los Apalaches.
Squanto Guarnerius, tenía los ojos azules de su padre y el color marrón oscuro de su madre. Era un ciudadano de madre apalache y padre francés. Su cabellera negra era materna y la escualidez, paterna. Era gacho de su oreja izquierda, al haberla perdido tras una mordida de armadillo. Conocía al dedillo la zona, hablaba el apalache y conocía muy bien el idioma Cherokee con cuya nación mantenía estrechas relaciones en el comercio de pieles. Eran los idiomas útiles y necesarios para las diversas etapas del recorrido. Fue él, y no ellos, quien había aceptado que le acompañaran en la ruta en la que se encaminaba. Puso una sola condición:
—Usted Kneehigh, una vez los deje ubicados en territorio libre, me dará contactos en la ciudad de Boston para contratar el regreso marítimo de mis productos a un costo menor que el vigente.
—Trato hecho —respondió el abogado— tiene usted su comercio de transporte garantizado.
Squanto, conocía muy bien la esclavitud y la repudiaba.
—Mi madre fue capturada por los Cherokee siendo muy niña. La llevaron a sus territorios y allí fue vendida a los Apalaches. Cuando éstos fueron expulsados por los blancos de sus territorios, lo único que no se llevaron fueron sus tierras ni el estiércol del bisonte. Mi madre era parte de la carga.
—Pero, ¿dónde conoció a su padre? —preguntó Margaret.
—Fue muy pronto. Tras varios meses de travesía, la cambiaron a un colono francés de la ruta del Misisipi por dos escopetas, un espejo y una navaja. Ese colono fue mi padre.
Fue así que la llevó a la Luisiana, donde se estableció. Se casó con ella en ritual Apalache, ante un sacerdote franciscano, y Squanto Guarnerius vino a la vida. Creció aprendiendo de camino ‘la boca’, como le llamaban al idioma francés de su padre, el apalache de su madre, el inglés de los recientes compradores del territorio y el idioma de sus clientes Cherokees. Su padre le enseñó a tocar la mandolina y de su madre aprendió el amor por el arco, un instrumento del cual decía su madre en su apalache vernáculo: lo usan los espíritus para hablar al alma de algunos hombres que saben escuchar e interpretar lo que su boca habla. Sus dotes comerciales le abrieron no solo las puertas para el intercambio, sino que le rompieron las cerraduras del amor. A la edad de veintidós años contrajo nupcias con la única hija del miliciano Cherokee Paul Drew, por lo que sus hijos mantendrían toda la autoridad y riqueza a heredar, conforme a la tradición Cherokee, de los genes maternos.
En pleno tránsito de su ruta a pie por las montañas Apalaches encontraron que la misma no era tan solitaria e intransitada como la figuró Kneehigh y la había descrita Squanto Guarnerius. Una columna de centenares de negros dirigidos por un tal Telémaco, se hallaba detenida en la región montañosa en espera de una señal del cielo que le indicara la salida de este laberinto. El hambre y la enfermedad hacían estragos entre los cimarrones, por lo que el retraso de la respuesta divina no era un indicador bien visto por la masa que había salido en estampida. Según pudo verificar Margaret Reilly, el tal Telémaco era un negro predicador quien, partiendo de la educación evangélica recibida de sus antiguos amos, proclamaba entre sus seguidores que los hombres tienen un derecho natural a la libertad y a no someterse como bienes de comercio. Fanático conocedor de la música de cuerdas, y, aunque no apreciaba al compositor por la conducta libertina en su vida personal, era admirador de la música de Paganini. Tocaba, a tres cuerdas, con las únicas tripas que le restaban a su instrumento, la obra “Variaciones en una cuerda” del compositor. Sus dedos cortos agravaban la dificultad de la pieza que ejecuta como un gran maestro.
Pero fueron varios sueños los que despertaron en Telémaco la ansiedad de vivir. En una noche de parrandas en las que con varios compinches se tomaron casi la totalidad del ron clandestino producido, se lanzó en su covacha sobre el catre de madera en el que descansaba sus faenas y borracheras diarias. A los pocos minutos, o al menos Telémaco lo recordaba así, escuchó una voz que le llamaba por su nombre. A la tercera llamada, cuando consideró que en realidad alguien quería hablar con él a esa hora de la noche, se levantó del suelo con gran dificultad respondiendo:
—Sí amo, dígame. ¿Qué se le ofrece?
Nadie respondió, hasta que la voz le hizo comprender que quien tenía que dar una respuesta era él mismo haciéndole jurar que compraría un billete de la lotería. A la semana siguiente, Telémaco se hizo liberto al ganar el tercer premio de la lotería del Estado. Con el sobrante, pagó su libertad.
Una vez se hizo hombre libre, Telémaco hizo suyas las enseñanzas del predicador que fuera su amo, quien se tomó el encargo de enseñarle la música de cuerdas y a leer y escribir siendo niño, solo para que tuviera acceso directo a la Palabra.
A partir de los sueños, retomó la lectura de la Biblia que había abandonado por mucho tiempo. Decidió además que si su cuerpo ayunaba, oraba y meditaba en las lecturas divinas, Dios le hablaría para explicarle la razón por la que había regresado al Camino. Fue entonces cuando tuvo una visión que interpretó claramente como un mensaje. Vio a un hombre negro, de estatura sin par, que leía para Telémaco el Libro de Isaías, capítulo once, versículos del uno al diez. Mientras el predicador hablaba, el Espíritu del Señor transmitía la Palabra que Telémaco debía escuchar. Le dijo así, “Habitará el lobo blanco con el negro, el oso con el indio y un negro comerá melaza junto al que fuera su amo. Los hijos de indios, blancos y negros jugarán como ovejas en el valle, saltarán en cuevas de víboras sin que ningún daño caiga sobre ellos. Esto dice el Señor, nadie dirá nada contra nadie por el solo hecho del color de su sangre. La Luz del Espíritu iluminará sus mentes como el sol se pasea sobre la Tierra”. Tal cambio produjo en el hombre su experiencia, que comenzó a predicar el evangelio hasta el agotamiento, pero hablando solo si era absolutamente necesario. La Palabra le mostró un libro abierto en otro sueño escrito con letras que no comprendía. Pero, al mirarlas dormido, provocó que su lengua se agitara gritando en alta voz su contenido. Comprendió así que el Buen Pastor le ordenaba enseñar y educar a esclavos y libertos. Oraba por campos y ciudades el Salmo 71. A pesar de haberse ordenado ministro episcopal le fueron presentados cargos “por conspiración y subversión, educador de facinerosos”. Temiendo ser convicto sin un juicio imparcial, proclamó que el dolor de los negros había llegado a su fin, porque eso lo dice el Señor. Anunció la gran noticia de que había llegado la hora de negros esclavos para peregrinar, como pueblo escogido, por las montañas. Cuando varios esclavos le siguieron, levantó sus ojos al cielo y dijo:
—Hay júbilo, hay contentamiento porque nos hemos convertido en instrumentos de Dios. Pero si bien Dios es Uno, ha permanecido oculto para los blancos quienes diciendo que creen, solo huyen de Él.
Una luna más tarde, una docena de negros le siguió y clamó al Cielo diciendo:
—Permite que todo nuestro quehacer sea el Todopoderoso y la inspiración de su Palabra. Nos humillamos ante El porque nos ha dado la luz de su Palabra anunciando a los negros la salvación. A los blancos despide vacíos, y, en la hora del Señor, a los negros todavía esclavos nos llena de bienes —predicaba.
En poco tiempo, centenares de negros se le unieron en este recorrido de optimismo, aclamando que la libertad había llegado y las cadenas se habían roto, porque la hora en la cual el demonio ha de ser encadenado es la hora presente. Trescientos cimarrones huyeron con Telémaco a la Sierra de los Apalaches. En esas tierras solo padecían hambre y desamparo. La mayoría de sus discípulos eran hombres. Pero algunas mujeres le seguían.
Cuando sus caminos se cruzaron con los de Guarnerius, Kneehigh y Margaret, increpó al abogado exigiendo la libertad de la mujer.
—No es mi propiedad —respondió.
—Es una mujer libre. Vamos a un Estado en el que pueda vivir como tal —respondió.
Telémaco se acercó a la mujer, puso su mano sobre ella y le dijo:
—Dime tu nombre, mujer.
—Margaret, Margaret Reilly.
—No creo que ese sea tu nombre verdadero. Dime, anda y dime, ¿cuál es tu nombre?
—Mi madre me llamó Báthika.
—Pues Báthika es tu nombre y te bendigo en el nombre del Dios Vivo como Báthika —le dijo sacudiéndola al extremo de hacerle perder el conocimiento y caer al suelo mientras la feligresía que le seguía se alborotó en movimientos, danzas y gritos de alabanzas.
La mujer se levantó rápidamente, sacudió el polvo de sus ropas, y dijo a Kneehigh:
—Mirando todas estas cosas, no veo que me equivocara al decidir regresar a mi país. Es evidente que ha llegado de la hora para nosotros señor Kneehigh.
—Tal vez, pero su Dios ha perdido la brújula porque los ha traído a morir de hambre a las montañas —sostuvo Kneehigh.
Margaret buscó y localizó con su mirada a Squanto Guarnerius entre la muchedumbre.
—Venga —le dijo al predicador, llevándolo hasta quien era su guía en este paso.
—Usted me ha indicado cómo su madre le contaba que los Apalaches guardaban sus alimentos en las orillas del camino, enterrados a los pies de árboles centenarios como garantía para sobrevivir los largos viajes. Vaya con Telémaco y busque comida para toda esta gente. Sería una vergüenza verlos morir sabiendo que hay comida debajo de estas tierras.
Antes del amanecer, Squanto Guarnerius se hizo acompañar de Báthika marcando tres zonas alimentarias en las redes subterráneas Apalaches. Había suficiente bastimento para centenares de hombres, mujeres y niños, como lo hubo cuando los invasores españoles los utilizaron para alimentarse durante la conquista y aniquilación de las tribus Apalaches. Apenas hubo luz en la montaña, una densa neblina cubrió la geografía. Al desaparecer la nube por el calor de la mañana, dejó al descubierto la carne seca y los tubérculos que habían descubierto para todos.
—¡No hay Dios más grande que tú Buen Señor! —gritaba al cielo con emoción el negro Telémaco siendo respondido en los mismos términos por la masa de seguidores.
Todos comieron hasta
saciarse ese día y restaba suficiente comida para un mes. Comieron
doscientos cincuenta hombres, ochenta mujeres y catorce niños. Esa
noche, alrededor de varias fogatas, reunidos en el culto, todos
dieron gracias, pidiendo al Dios de los Ejércitos que les enviara
granos y alimentos para los días venideros. La respuesta a su
clamor no se hizo esperar. Una gran sorpresa les esperaba al
siguiente día y no era maná del cielo.