XIII

Sus Enemigos Serán Los Nuestros

Y Sus Amigos Serán Sentados

A La Mesa Y Observados

 

Pero la rama estaba desprendida

para siempre y,

a cada nuevo azote,

la mirada mía se alejaba más

de los lejanos horizontes aprendidos.

 

Yo misma fui mi ruta

Julia de Burgos

 

 

AL ALBA, dos de los ocho vigilantes apostados por Telémaco en la copa de varios árboles de gran tamaño, regresaron al campamento a toda prisa. Informaron al dirigente haber avistado una gran nube de polvo en la meseta del norte y delante de ella, unos trescientos indios que iniciaban su ascenso a los montes Apalaches. No sabían si eran tropas de cazarrecompensas, o traficantes ilegales de esclavos traídos del Caribe antillano o del África ardiente. La avanzada de seguridad, una vez entró en contacto con el primer negro adelantado capturado, descifró el enigma y lo informó.

—Son indígenas de la tribu Cherokee que persiguen a unos negros sublevados —le dijo el dirigente del vigilante a Telémaco. Su respuesta no se hizo esperar.

—Yo personalmente me adelantaré a su encuentro. Si hay peligro, lo sabremos con tiempo suficiente para que el Pueblo huya a salvo. Pediré el Auxilio del Señor y nada me pasará —informó Telémaco a sus peregrinos reunidos ante la incertidumbre.

—Es inútil. Los Cherokees no tardarán en darles alcance a quien sea que persiguen —sostuvo Squanto Guarnerius—, los conozco bien.

Conocía, por haber convivido con ellos, sus prácticas de comercio en el intercambio de la mejor calidad de pieles de reptiles y venados. Aprendió sus señas, su lenguaje verbal y no verbal, costumbres, estructura familiar, ambiciones y divisiones internas. Terminó casándose con una de ellas. Conoció en esta intimidad, que los Cherokee desconocían al hombre que les designó con tal gentilicio. A sí mismos se identificaban como los Tsalagi. Para unas tribus del norte eran los Oyata'ge'roñon y para otras que conocían su fiereza y su sagacidad en el intercambio de bienes, eran los Chilukikbi. El nombre que quedó grabado en las mentes y bolsillos de los blancos fue el que le estamparon los europeos colonizadores. Para ellos y su comercio, los Cherokee eran una de las Cinco Tribus Civilizadas. La civilización primero se demostró por la relativa facilidad con la cual aceptaron abolir la propiedad colectiva de la tierra y otros bienes. Era inconcebible para un Cherokee, hasta que fueran civilizados, poseer la tierra a título personal pues si alguno olvidaba que la tierra era de todos y de ninguno, se lo hacían recordar con su muerte. La vida nómada transitoria, la estancia temporal en territorios que hacían descansar con el cambio de las cuatro estaciones, cedieron a la costumbre civilizada de la estabilidad habitacional mediante la construcción de viviendas, y, si de piedra, mejor. La agricultura se alimentó de los pastos por los que antes rumiaban el búfalo y el venado cuya piel encontró el mejor precio y demanda en los mercados ingleses. Al aceptar la imposición de los blancos para enviar sus hijos a la escuela, sellaron la imposibilidad de regresar al pasado indómito. Con las escuelas abrieron las puertas a los misioneros cristianos para quienes las prácticas idólatras eran terreno fértil para la semilla de una nueva religión.

La conversión de los Cherokees, civilizando su manera de ver el mundo sagrado, y el abandono de sus tradiciones fueron tan exitosos que se cristianizaron hasta el extremo de adoptar su fatalidad religiosa y sus modos de marginar a Dios de su mundo real. Entre estos prosperó maravillosamente el derecho de imponer labor y servidumbre a los negros. De estos hombres y mujeres, su inferioridad racial era tan evidente, que solo ellos fueron designados desde antiguo, según consta en los textos sagrados, para las tareas inhumanas que demandaban las nuevas prácticas agrícolas cuyo mercado de exportación suplicaba excedentes. Adaptados a estas prácticas, los Cherokees determinaron que los negros no eran capaces de acoger su modo de vida indígena, sus valores nativos y su moral matriarcal. Para afianzar la transformación, su relación con los Estados Unidos quedó plasmada bajo una encina, con la firma de un pacto de unión permanente. El texto celebraba que, “mientras los pastos crezcan y el agua fluya”, se garantizaría gobierno propio, y un sistema de defensa único y común en el cual “sus enemigos serán los nuestros y sus amigos serán sentados a la mesa y observados”. Asumieron control sobre su comercio interno proveyendo una educación bilingüe, siendo el inglés el idioma escolar. Constituyeron un sistema judicial integrado, un poder ejecutivo electo conforme a los usos de sangre Cherokee, y jurisdicción exclusiva para determinar las condiciones en las que se ostente la ciudadanía Cherokee.

A John Ross, principal jefe indígena de las tribus del este, correspondió el beneficio de la primera compra de esclavos para el cultivo de sus extensas tierras agrícolas. En ellas, producía algodón, maíz y otros bienes de consumo exportables para sustituir gradualmente el comercio de pieles con la Gran Bretaña. Adquirió, en el Estado de Virginia, por la suma de doce mil quinientos dólares, ciento cincuenta esclavos varones y cinco niñas en el mercado esclavista de Maryland. Seis meses después pudo adquirir a la banda de Paul Drew, por un valor depreciado, treinta y cinco negros cimarrones capturados por el cazarrecompensas en los territorios británicos al norte de Maine. Uno de estos cimarrones había matado a un hombre blanco, pero era un excelente cocinero.

Ya tarde en la noche, Telémaco regresó al campamento en las Smokey Mountains. Vino acompañado de un negro del grupo cimarrón capturado por los negros que seguían al predicador instalados en las atalayas instaladas por Telémaco. Era un magnífico matarife y cocinero. Por él supieron cuál fue la razón de su estampida y que no eran trescientos, sino treinta y siete esclavos los que huían de la tribu Cherokee.

—Una revuelta ocurrida hace dos semanas, provocó la huida de los esclavos y su escapada en dirección de la montaña —añadió.

Su esperanza no era otra que arribar, antes de ser capturados, a los territorios mexicanos donde la esclavitud era ilegal. En la persecución que se había prolongado por cuarenta días, los sublevados dieron muerte a tres escuchas indígenas que les perseguían. Solo entonces decidieron virar el rumbo en dirección del refugio de la sierra de los Apalaches. Como resultado de este alzamiento, John Ross, hijo de un escocés y una matriarca indígena de la cual heredó el poder político, convocó al poder legislativo Cherokee en Tablequah. Ante la asamblea conjunta de cámara y senado, requirió: “omar medidas como lo hacen los estados civilizados del Sur para imponer el orden público pues desde que en el año de 1690 nuestros ancestros vendieron cinco negros como esclavos a Dority, un blanco agricultor del Estado de Virginia, nuestro pueblo se erigió como nación civilizada escogida para modelar la armonía y la estabilidad entre los nativos de América” adujo en su mensaje.

“El asesinato a mansalva de tres ciudadanos Cherokees, por una ganga de negros esclavos en escapada, constituye una cadena de crímenes que debe hacerse pagar de manera ejemplar evitando futuros incidentes similares” sostuvo Ross en su alocución a la sesión conjunta legislativa.

El periódico de la nación, Cherokee Phoenix, reseñó la noticia catalogando el incidente como “una provocación injustificable”, un “crimen salvaje”, una “masacre jamás vista, castigable bajo nuestra Constitución y las leyes penales de la nación Cherokee”. “En los estados del Norte —leía el parte del diario —no se respeta la propiedad privada, ni la vida. Nuestro pueblo clama que se mire al valeroso Estado de Virginia el cual, cansado de esta conducta perversa, ha tomado medidas duras, pero necesarias, para atajar el problema inmediato, así como a largo plazo”. Haciéndose eco del clamor popular, el diario informó que el Jefe John Ross propuso la aprobación de las mismas medidas de emergencia implantadas por Virginia. Todas fueron validadas por unanimidad. Primero, los tres negros esclavos dirigentes del alzamiento fueron condenados por ley, a ejecución sumaria “en el lugar en que sean capturados”. En segundo lugar, los negros libertos, a partir de la fecha de vigencia de la legislación, serán removidos forzosamente de territorio Cherokee dejando atrás sus residencias, bienes y propiedades, incluyendo hijos habidos en matrimonios con mujeres de la nación Cherokee. Como secuela de lo anterior, los matrimonios de hombres o mujeres con personas que no fueran Cherokee quedaron prohibidos. Se castigaron como delito grave punible con cárcel o muerte si como producto de la ilegalidad procreaban algún retoño. Los negros y sus descendientes, no siendo ciudadanos Cherokees, tampoco tendrían derecho a propiedad privada. “Los amos que permitan a sus esclavos elaborar, vender o consumir bebidas embriagantes, serán multados, tan pronto sean arrestados, con una pena máxima de quinientos dólares, o seis meses de cárcel, o ambas penas a discreción del juzgador”. Finalmente, la legislación dispuso que las milicias Cherokee dirigidas por el miliciano Paul Drew fueran transformadas en la policía federal de la nación indígena, con autoridad suficiente para imponer todas las medidas sin necesidad de ser tramitada o validada por tribunal alguno.

Squanto Guarnerius y el abogado Kneehigh mientras escucharon de la boca del negro capturado las medidas aprobadas por los indígenas, dialogaban sobre las consecuencias de las mismas al comercio y control fronterizo de sus reservaciones. De entre las pocas fogatas que restaban encendidas, vieron llegar y dirigirse hacia ellos a Telémaco y sus acompañantes.

—Señor Kneehigh —dijo Telémaco reclamando su atención. Quiero que conozca a este hombre. Es el cabecilla de los sublevados.

—Mucho gusto —dijo el abogado estrechando la mano del recién llegado.

—Le presento a Squanto Guarnerius —dijo Kneehigh mientras ambos hombres se saludaron con un gesto de cabeza.

—Mucho gusto, mi nombre es Yaoul Vidéh —le escuchó decir Kneehigh quien reaccionó entreabriendo los labios y frunciendo el ceño con asombro.