IV
A cada paso adelantado
en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas
el aleteo desesperado
de los troncos viejos.
Yo misma fui mi ruta
Julia de Burgos
EN EL MERCADO de esclavos se desarrollaba una sesión agitada. Los precios de la mercancía parecían desplomarse. Los negreros rechazaban las ofertas en precios exageradamente bajos para sus bienes importados. En el almacén, centenares de hombres y mujeres permanecían apiñados en cadenas y encerrados en bodegas húmedas con pisos de tierra cubiertos de paja seca. Las puertas eran barrotes verticales de una pulgada de grosor con una cerradura sobre la cual colgaba un inmenso candado. Esa mañana, el capataz de la Hacienda Ratcliff observaba las propiedades en venta ante la gestión encomendada por su amo para la adquisición de ciento veintitrés esclavos adicionales entre los cuales debía de encontrar una nana para su hija por nacer. En los pasados cinco años las subastas del mercado negrero de la ciudad de Anápolis resultaban en la compra y venta de los mejores ejemplares del Sur.
—Si se mantiene esta sequía perderemos toda la producción agrícola —sostuvo un mercader.
—Me tiene sin cuidado, mientras los esclavos se enfermen con síntomas de lepra y tuberculosis obliga a los hacendados a la compra de material sustituto.
—Esto sí es un buen augurio —respondió el otro.
Entre estos compradores estaban los Ratcliff. Para su hacienda, aunque necesitaban mano de obra, solo lo harían a precios de quemarropa, aunque fueran esclavos cuya condición de salud fuera desconocida. Por el precio pagado, podría reflejar una ganancia en la reventa para el caso de que la falta de lluvia continuara haciendo estragos en la zona. La polvareda hacía bailar las hojas secas que circulaban a todas horas por cada una de las celdas en las que almacenaron los esclavos. Una niña que corría de lado a lado de la celda, captó la atención del capataz cuando agitaba con risas su persecución de las hojas que aparentaban escapar del polvo y de las bodegas que asemejaban una prisión. Llamando la atención del subastador que atendía a otros compradores le dijo:
—¿Esa niña está a la venta? ¿Qué valor tiene?
—Le corroboro el precio al instante —replicó el subastador.
Abrió una libreta de notas repleta de números e identificaciones con la lógica de fórmulas algebraicas, líneas paralelas y varios círculos. Verificaba en las columnas de diversas páginas, regresaba a las anotaciones previas con el índice de su mano derecha y el lapicero en su boca pillándolo con los pocos dientes que restaban en sus encías. Finalmente la localizó en su registro.
—Esta es una buena pieza —sostuvo—. Acaba de llegar hace tres días en el carguero directamente de Nueva Orleans. La niña no está infectada de ninguna de las enfermedades que han hecho mella en estas tierras. Allá está prohibido comer armadillo pues las autoridades sanitarias han concluido que ese animal es la fuente de origen del tipo de lepra que les afecta. ¿Usted come armadillo? —preguntó en tono burlón al capataz, quien siquiera hizo ademán de contestar.
El subastador era un mulato de mediana estatura, ojos caídos, tatuado en las espaldas con dibujos trazados en tinta sobre al menos siete cicatrices que sobresalían de sus costillas de esclavo. Dos de ellas medían cerca de tres pulgadas de grosor y serpenteaban las espaldas en perfecta armonía con su tatuaje de cascabeles con ojos verdes y rabo colorado que se entrelazaban y les daba vida y movimiento. Revisó los datos anotados y confirmó los datos de embarque.
—La niña nació el 7 de agosto de 1811, por lo que estaba próxima a cumplir los cinco años la única limitación —sostuvo el subastador— es que no habla inglés. La dejaron amamantando con su madre hasta hace apenas dos meses —concluía revisando los datos de la libreta contable.
La madre había arribado a Nueva Orleans procedente de Costa de Marfil en 1809. Dos años antes solo se permitían las importaciones interestatales marítimas de esclavos entre los estados del sur. La producción de negros, en los estados reproductores era más que suficiente para suplir la demanda, conforme a los pronósticos del mercado.
—La niña se reproducirá en pocos años y su amo recuperará su inversión —indicó el subastador.
—No es para eso que la quieren. Podría ser hasta estéril mejor —dijo el capataz—. Le ofrezco ciento cuarenta dólares. Lo toma o lo deja.
El debate no duró mucho. Apenas hizo la oferta que no fue aceptada el capataz hizo ademán de retirarse. El gesto fue suficiente para que el subastador se retractara.
—Se la lleva, pero no acepto devoluciones y se la lleva sin garantía alguna sobre su estado de salud.
—Acepto —contestó el capataz—, pero a usted le corresponde el transporte hasta la hacienda.
Así fue como antes de cumplir los cinco años, Margaret Reilly llegó a la Hacienda Ratcliff.
Robert Ratcliff y su esposa habían procreado cinco hembras entre las edades de diez a cinco años. En el sexto embarazo de su mujer, había pedido a Dios que le regalara un varón, y, que si le concedía este favor, prometía, ante todos los santos, que concedería dos días libres al mes a sus esclavos, permitiría la educación de uno de ellos, mejoraría su alimentación, concedería instrucción religiosa a todos, les bautizaría como miembros de la santa iglesia y, en su testamento cerrado, concedería la libertad al que se educase. Al cabo de seis meses la promesa se hizo carne y los Ratcliff recibieron en su hogar al heredero a quien su padre bautizó, ocho días después en la parroquia católica de la comarca, con el nombre del santo del día 3 de abril: Ricardo. Doscientos negros, hombres mujeres y niños fueron bautizados a la memoria del santo jesuita Pedro Clavell quien bautizó miles de negros africanos en su decidida vocación de imponer el cristianismo en África. La última de las bautizadas fue una niña de ojos saltones, delgada y largas piernas para su corta edad.
—¿Qué nombre ha escogido para esta niña? —preguntó el sacerdote.
—Se llamará Margaret, Margaret Reilly. Quiero que lleve el apellido de un solado casado con una poetisa admirada llamada Sylvia —afirmó el hacendado.
Con el agua sobre su cabeza y la invocación trinitaria, colocó un pequeño trozo de tela blanca sobre su hombro y dijo:
—Te bautizo Margaret Reilly. Hoy has nacido a la comunidad de los hijos del cielo —sostuvo mientras ungía los santos óleos en su frente haciendo la señal de la Santa Cruz.
A partir de ese momento, la niña Margaret le fue asignada la tarea de cuidar del niño Richard en todas las tareas y deberes que le fueron asignados por la nana que le alimentaba y le atendía en su regazo. Cuando el niño dormía, Margaret debía acompañar a dos de las hermanas Ratcliff al curso del catecismo, lecturas bíblicas, cursos sobre la antigua Grecia, y las clases de música, violín y cello que las monjas Carmelitas Descalzas impartían en su cenobio. Margaret cargaba los libros y el instrumento de cuerdas de las hermanas Ratcliff.
El niño Richard Ratcliff nació con una vida muy corta y una noche, mientras dormía, desapareció en los brazos de un ángel, contaba la señora Ratcliff a sus hijas mientras la niña Margaret escuchaba desde lejos y lloraba de muy cerca la partida.
—No sabía que los blancos mueren. Diosito cuídales mucho, te lo pido —rezaba Margaret todas las noches al acostarse en su camastro siempre de espaldas contra la pared.
El convento de las carmelitas fue construido de rocas arrastradas por el río desde las montañas de la cordillera Apalache. Allí fueron depositadas por las inmensas capas de hielo que en eras pasadas arrastraron y demolieron a su paso por la zona. Con la misma fuerza con que llegaron estas rocas, en las orillas de la vía fluvial, cuatro religiosas, arribaron a la región con la fe cargada sobre las mulas en las que transportaron sus votos, sus hábitos monacales, libros de oración y oficios sagrados. También cargaron con la Santa Biblia en latín e inglés, y cuatro pares de sandalias adicionales. El voto de castidad, obediencia y descalcez, facilitaba las labores desarrolladas, pues el voto de la obediencia y los pies descalzos eran fielmente cumplidos por los esclavos designados por los algodoneros propietarios que proveyeron los recursos para educar en la fe católica sus jóvenes retoños. La promesa de castidad, además del voto religioso, discurría imperceptible por la absoluta escasez de hombres en la región.
La presencia del convento carmelita había sido requerida a Roma por el obispo católico con sede en la capital arquidiocesana en Washington, D.C. El obispo John Caroll tramitó la solicitud de forma que las hijas e hijos de los hacendados recibieran la dedicada educación cristiana católica, una minoría en la joven federación de estados. El propietario de las tierras aledañas, Robert Ratcliff, peticionó al obispo se ubicara el monasterio religioso en las tierras que para esos propósitos donó a pocos kilómetros de la ciudad de Port Tobbaco, aunque realmente pertenecía a la zona de la jurisdicción de La Plata.
La transferencia de tierras a la orden religiosa estaba a su vez condicionada a que las monjas requirieran una dispensa a los votos de la Orden para impartir educación religiosa ya que ello implicaba violar el juramento de silencio carmelitano. Claro está, el silencio era solo de palabra. Las monjas querían transmitir con su vida y ejemplo el mensaje que aprendieron, al único estado católico de América del Norte, e instruían así a sus discípulas.
—La miseria humana fue causada por el pecado original, lo cual indica que los problemas de la humanidad contienen un origen muy preciso —indicó la superiora—. La mujer debe ser educada, pero tiene que obedecer y seguir al hombre; porque cada hombre y mujer tiene un puesto asignado desde el comienzo de los tiempos siendo esta la voluntad invariable de Dios.
Las vísperas y los laudes, intercalados mañana y tarde con la educación primaria, sostenían los pilares de la sociedad misionera de forma tal que la moral y nuevos valores del mundo americano echaran raíces por el mundo entero. La orden había hecho construir, previo a su arribo, una estructura de dos pisos. La misma, además de ser el albergue de su vida solitaria en el segundo piso, acogía a los estudiantes durante ocho horas al día en la sala que a estos propósitos habían construido en el primer plano de la vivienda. En un pequeño salón se erguía un comedor en cuyo centro colocaron una mesa rectangular. Fija, a cada lado de la mesa, se hallaba una tabla que fungía de asientos empotrados. Hacia el norte se sentaban las chicas mayores mientras que las de menor edad se colocaban en dirección al sur. En el segundo nivel del convento, un pequeño cuarto con un altar, sobre el cual descansaban dos velas colocadas dentro de un vaso rojo de cristal a cada lado. Un crucifijo sin Cristo clavado al madero, dividía la pared. Frente al altar, dos bancos de madera, uno de los cuales tenía un reclinatorio. Este cuarto, hacía las veces de capilla, rústica, tanto en dimensiones como apariencia y ocupaba la dirección este del monasterio.
La hermana Josephine Cloud, natural de Baltimore, era la monja de mayor edad y, a sus veintisiete años y ocho tras los hábitos, fungía de bedela y madre superiora e impartía la educación religiosa a las Siervas del Carmelo y a los estudiantes. Las hermanas Sor Claire Baltimore, descendiente directa del Lord que fundó el territorio dedicado al santo nombre de María Santísima, Sor Madeleine O'Farrel y la novicia Melanie Thudor completaban el cuarteto. Impartían, respectivamente, los cursos de lengua, matemáticas, historia y buenos modales. Las estudiantes arribaban diariamente, seis días a la semana, en compañía de las nanas esclavas a cargo de su hambre, su sueño, su limpieza, sus morriñas, buenas y malas crianzas, así como de todas sus necesidades físicas. Fuera de las horas alimentarias, el comedor operaba como salón de clases y sala de música del convento. En él, la Hermana Josephine Cloud impartía los sábados clases de latín para atender a la santa misa en su ritual romano, y griego para leer los evangelios en su versión original. A pesar de los esfuerzos monacales, las Ratcliff no querían entender otra cosa que el inglés. Apenas descifraban estos idiomas extraños.
Cuando las Ratcliff fueron incorporadas a su primer grado de educación formal, Margaret Reilly, en su rol asignado por el amo Ratcliff, se sentaba en el suelo en el extremo sur del salón. Desde allí, miraba a la Hermana Cloud, al pizarrón en el cual inundaba las anotaciones de cada curso, las letras y numerales que a diario la monja anotaba y borraba en él. Al cabo de seis años, dado que los cursos eran para sus pequeñas amas, las religiosas no prestaban atención al hecho de que Margaret Reilly daba la apariencia de no comprender nada de lo que allí se escribía. Parecía solo prestar toda su atención a las niñas cuando requerían hacer sus necesidades acompañándolas a la letrina instalada al lado de una quebrada que tributaba en los días de lluvia en dirección al río Potomac.
Margaret Reilly regresaba a la Hacienda Ratcliff con la carga de libros y libretas de las Ratcliff cuando llegaron a la Hacienda y encontraron al patriarca sentado en el balcón de su residencia. El amo, Robert Ratcliff, un hombre de estatura ilimitada, bigote ancho, amplias barbas laterales, y escasa cabellera, descansaba en una silla que había hecho colocar en la esquina del balcón que circulaba la vivienda, cuando vio a sus hijas regresar a su hogar.
—Vengan acá ustedes tres —ordenó a sus hijas quienes corrieron a su encuentro colocándose frente a él mientras les interrogaba sobre las materias aprendidas.
—Tú que eres la mayor, quiero me leas el primer párrafo de la página del libro que estabas leyendo con la Hermana Cloud antes de concluir el curso esta tarde.
La mayor titubeó tartamudeando, más por la figura apabullante de su padre y su tono de voz enérgico, que por la dificultad de la lectura. Buscó el libro, localizó la página cuyas páginas flaqueaban en sus dedos y procedió obedeciendo al amo Ratcliff. Al concluir la lectura, el padre preguntó a todas el significado de aquello que había leído. Ninguna abrió la boca ni hizo comentario alguno. Permanecieron en silencio mientras los penetrantes ojos marrones de Ratcliff recorrían a cada una de ellas.
—¡Las quiero a todas en su cuarto ahora mismo! ¡Ninguna de ustedes cenará hoy!
Las niñas corrieron como en estampida de bisontes perseguidos. Solo Margaret Reilly permaneció en su lugar, cabizbaja, en silencio, con ambos pies en el escalón justo al frente del lugar donde estaba sentado Robert Ratcliff y desde donde había enviado la orden de castigo a sus hijas. Cuando abrió los ojos y levantó el rostro, vio al amo Ratcliff con su cabeza entre las manos y el libro sobre su falda. “Luce tan apenado —pensó— que no es justo que un hombre tan bueno sufra”.
—Amo Ratcliff, sus hijas pueden leerlo todo y comprender. Ellas se ponen nerviosas ante usted.
—¿Quién eres tú para decir eso? —le increpó.
—Soy su esclava amo Ratcliff. Obedezco su mandato. Las cuido y acompaño diariamente. Escucho y veo lo que le enseñan las monjas y oigo las respuestas de sus hijas. Por eso se lo digo amo Ratcliff.
—Acaso sabes tú o tienes alguna idea de lo que quiere decir el párrafo que ninguna de ellas me ha podido o querido explicar.
—Sí, amo Ratcliff. El autor nos dice en la escritura que ha hecho la niña que…
Fueron las últimas palabras pronunciadas cuando Ratcliff tomó el libro en sus manos lo cerró con fuerza lanzándolo contra la cabeza de Margaret. Recibió el impacto, cayó y rodó por las escaleras. Cuando se levantó del suelo, sangraba por el oído derecho, le temblaban sus rodillas y permaneció inmóvil.
—¡Vete! ¿Cómo es posible que una esclava absorba la educación de mis hijas y que éstas sean incapaces de demostrar? —gritó Ratcliff.
Se puso de pie, tiró con todas sus fuerzas la silla, abrió la puerta principal, buscó un papel en su escritorio y escribió una nota amenazante a la Hermana Cloud. "Si bien hice la promesa al Divino Pastor de educar mis esclavos en la religión, le prohibí terminantemente, conforme a las disposiciones legales del Estado de Maryland, que ninguno de mis negros aprendiera a leer ni a escribir. Esto, no solo es ilegal, es una blasfemia." La niña nana con el desconocimiento de todos, no solo fue capaz de aprender a leer y escribir inglés, los oficios de la misa, y recitar de memoria las vísperas y laudes en latín canónico, sino que logró descifrar el pentagrama y el misterioso mundo escondido dentro de las cuatro cuerdas del violín.
La hermana Cloud recibió la anota de Ratcliff en la que le indicó cortaría toda la ayuda económica al monasterio. Cuestionó a todas las hermanas sobre esta violación. Ninguna reconocía haber incurrido en la ilegalidad imputada por el benefactor. Unos días después la monja habló a Margaret Reilly:
—¿No sabes que las Sagradas Escrituras indican que los negros no deben aprender estas cosas?
—No, no lo sabía —le respondió—. Pero si lo he aprendido, el Buen Señor querrá algo de mí —contestó.
—Cállate legión de demonios. De ahora en adelante esperarás fuera del salón mientras dure la educación académica y religiosa de las Ratcliff —sostuvo la madre superiora—. Prométeme que si logras escuchar de alguna manera alguna de las tareas impartidas, en ese momento rezarás a la Virgen Santísima, para que aleje de ti la tentación de aprender que el maligno ha depositado en tu corazón. ¡Jura ante Dios que así lo harás!
—Lo juro Hermana Cloud. ¡Lo juro por el Santo Poder de Dios Altísimo que dominaré mis instintos y mi voluntad jamás será aprender!
—Si tu amo lo decide, toda la obra papal en este estado se irá a pique. El señor Ratcliff es un convencido colaborador de las obras pontificias en este país. Tienes que prometer que no volverás a cometer este pecado, sostuvo agarrando a la niña con sus dos manos. “Pero —se preguntó a sí misma la Hermana Cloud—, ¿cuánto puede valer la promesa de una negra ante el amo Ratcliff?”, mientras resolvía el problema prometiéndose a sí misma que hablaría con el párroco en su próxima visita pastoral. Exigirá le administre el sacramento de la confesión, imponga una penitencia y ruegue a Dios por las niñas Ratcliff.
A partir de ese día, la Hermana Cloud dispuso que la educación religiosa quedara terminantemente prohibida en el convento para todos los mulatos y negros esclavos atemperando así las normas conventuales a la legislación del Estado. El amo Ratcliff estuvo conforme, cambiando su promesa de educación religiosa a los esclavos por el compromiso personal de ayuno y abstinencia desde el miércoles de ceniza hasta la Pascua de Resurrección.
Una vez terminada la época de cuaresma, Margaret esperaba a las niñas en la capilla del convento mientras las hermanas Ratcliff tomaban sus cursos diarios. A pesar de su expulsión del salón de clases, mientras esperaba, Margaret escuchaba a Sor Claire Baltimore, Sor Madeleine O'Farrel y la novicia Melanie Thudor impartir sus cursos. Desde allí confirmó que no le era necesario estar dentro de la sala para aprender. En su mente, cada nota del curso de musical tenía colores específicos. Todos los sonidos de cada tonalidad y agudeza, que la presión de los dedos provocaba y entonaba por la música producida por el violín, policromaban en decenas de fragmentos de combinaciones de colores a manera de pacto post diluviano. Los sonidos de las letras también los olía como la fragancia de diversas frutas y perfumes. Eran para ella remolachas, fresas y manzanas. Las notas, sin importar la clave, tomaban el sabor de los más diversos alimentos. Era un mercado andante en el cual su cerebro ofrecía un variopinto de tonalidades y un extraño sabor imborrable. De tal agudeza eran estas sensaciones de sabores y colores volcándose sobre su memoria, que sin jamás haber tenido un violín en sus manos, ni la partitura frente a ella, su mente reproducía melodías enteras que sus dedos cerebrales en movimiento, extraían de las cuerdas tonalidades multiformes.
Los diez años que llevaba en la Hacienda de los Ratcliff, habían hecho desaparecer de su memoria, su idioma y su nombre materno. Por el contrario, los nuevos valores aprendidos con sus amos sustituyeron sus recuerdos.
—Margaret, un negro tiene su sitio siempre detrás del blanco.
—Sí amo —respondió.
—Margaret, tú comes en la cocina, solo cuando se te indique que lo puedes hacer. De lo contrario, comes fuera de la casa.
—Sí ama.
—La negritud es una maldición del diablo a la humanidad y ustedes son descendientes de los demonios que fueron apartados del paraíso celestial del que fueron expulsados.
—Sí amo —contestaba visualizando los miles de ángeles caídos en las fosas de la Tierra desde la cual surgían en cada negro que nacía.
—En nuestra casa, todos las negras tienen que cubrirse la cabeza pues el pelo rizo es un reflejo del castigo impuesto por el cielo.
—Claro que sí amo —contestaba cubriendo su cabeza con un paño rojo y azul que tenía en sus manos, para que la vergüenza de su cabello rizado se ocultara.
—Margaret, ¿para qué sirve un negro?
—Para cortarle la cabeza y cocinarlo mi amo —contestó con la cabeza mirando al suelo y las manos cruzadas a sus espaldas.
Convencido de su pedagogía, Ratcliff asistió a los oficios pascuales presididos por el padre Ignatius McCutchen en el templo de san Ignacio de Loyola. El padre McCutchen ayudaba al párroco, el sacerdote Francis Neale quien fue encargado de una amplia diócesis católica que cubría los estados de Maryland, Virginia y Pensilvania. La misión fue fundada por la primera camada de sacerdotes jesuitas enviados por la orden para mantener con vida la fe católica en este lado del mundo. McCutchen, hijo de un prominente y devoto inmigrante irlandés, siguió los pasos de cuatro de sus hermanos en el llamado al servicio para los demás de la orden religiosa. Su formación se vio interrumpida por la bula del 21 de julio de 1773 emitida por el Papa Clemente XIV. El documento de cuarenta y cinco páginas en francés y latín, dispuso la ilegalización de la orden jesuita, tras haber hecho lo propio los reyes de Portugal, Francia y España. Los religiosos que tuvieron mejor suerte, fueron forzados a pasar al clandestinaje o renunciar a la Orden para ejercer su vocación. El padre McCutchen apenas comenzaba su formación en la ciudad de Liege, provincia de Wallonia, Bélgica, cuando el decreto fue implantado en el territorio católico. Completó sus estudios en la Rusia ortodoxa donde fueron refugiados centenares de novicios y religiosos jesuitas para protegerse de la ira papal pues ni el Zar, ni su iglesia, reconocían la autoridad occidental romana en materias políticas ni teológicas. Durante una breve visita a la ciudad de Brujas en Bélgica, mientras cursaba su primer año de filosofía, conoció al padre Francis Neale con quien posteriormente, junto a otros ex jesuitas, restablecieron la orden en el Estado de Maryland en el año de 1805. Restauraron la Orden y su iglesia en el templo de san Ignacio, localizado en la ciudad de Port Tobacco.
—La ausencia de instituciones de nivel superior para instruir jóvenes católicos universitarios y la ilegalización de la Compañía de Jesús decretada por el Papa, consolidó mi proyecto de vida —dijo el padre McCutchen al amo Robert Ratcliff mientras compartían el almuerzo dominical en el salón comedor habilitado por los jesuitas en la iglesia parroquial. Era un evento simple, pero singular. Cada feligrés aportaba una parte de los alimentos, pero el padre McCutchen no permitía que fuesen cocidos por manos esclavas. El padre McCutchen dirigía a las mujeres que, aglomeradas en la cocina, se aprestaban a asistirle en el servicio sagrado de dar de comer. Solo cuando se aseguraba que todas las personas presentes habían sido servidas, era que McCutchen hacía lo propio.
—Desde el antiguo testamento se daba libre un día a los amos y a la servidumbre. En nuestra parroquia no será diferente —afirmaba.
El templo jesuita, construido en madera de roble, fue la primera sede católica establecida en la época de las trece colonias. Como encargado de la misión jesuita en Maryland, el padre Francis Neal se ocupaba de la formación de novicios, por lo que responsabilizó a McCutchen de las tareas pastorales de la misión. El trabajo del evangelizador lo llevaba de condado en poblado, y vice versa, por todo el Estado de Maryland y los estados vecinos. Con particular énfasis laboraba el padre McCutchen en los territorios fronterizos.
—Esa zona siempre me requiere dedicarle más tiempo. Es como si todos los problemas del país se concentraran allí —solía decir con énfasis al padre Superior de la orden.
—Considero providencial que el padre Neale fuera removido del cargo de Vice Presidente de la universidad católica del Potomac en Georgetown. La diócesis se ha beneficiado con las labores del padre Neal, pues el trabajo, al menos de su parte, ya no es clandestino —comentó Ratcliff al padre McCutchen mientras engullía un trozo de pan con pavo silvestre asado.
—¿Y qué trabajo clandestino hacemos en este Estado?
—Padre, no lo tome a mal, me refería a aquellos años duros y penosos en los que la Compañía de Jesús estuvo prohibida. Yo no viví esa época, pero usted sí. A esta fecha apenas hace unos quince años que recuperaron aquí la legalidad —aclaró, mientras McCutchen, nerviosamente, limpiaba sus labios con la servilleta.
Las visitas pastorales dentro del Estado de Maryland y los estados fronterizos del norte y del sur tomaban a McCutchen unos cuatro meses al año. Una vez legalizaron la Orden, no todos los jesuitas reingresaron a la Compañía de Jesús. A pesar de ello, todavía componían la mayoría del clero católico en el territorio colonial. En su recorrido, el padre McCutchen recogía todas las donaciones que podía para mantener la misión, aunque siempre regresaba con una ínfima cantidad de los recaudos proyectados y muy por debajo de las donaciones necesarias para el sustento de la parroquia.
—Hay muchos pobres en este Estado que necesitan ayuda. No solo nosotros pedimos —aclaraba al ser cuestionado por la Orden en cuanto a las causas del recorrido anual deficitario.
Sin embargo, los Ratcliff suplían una buena parte de los costos de las actividades misioneras jesuitas en sus recorridos a pie, en caballo y el templo.
McCutchen, comentó a Ratcliff, una vez más esta colaboración, cuando se sintió interrumpido en su agradecimiento.
—Padre, usted como yo, nació en América —le dijo Ratcliff mirándolo fijamente y con cierto sarcasmo—. Pero ustedes han sido expulsados de tantos lugares que temo que asistir a los oficios que presiden sea pecado.
—No tema Ratcliff, que si eso llega a ocurrir, yo mismo lo absolveré de tan gravísima conducta —contestó McCutchen a la vez que dejaba escapar una risotada que apreció no hizo mucha gracia al feligrés. Recordó que, desde que se fundó el templo de san Ignacio en Port Tobacco, Ratcliff y su familia visitaban, con regularidad cuaresmática el templo para asistir al santo oficio de la misa de resurrección. Nunca se hacía acompañar por ninguno de sus esclavos, pues la presencia pública de éstos en los oficios podría ser interpretado como una violación a los dictados legales del estado laico de Maryland. A pesar de ello, ese domingo de Pascua, hizo que tres esclavas se unieran a la comitiva. Había sido informado por las hermanas carmelitas de que el señor arzobispo presidiría los servicios en visita pastoral. Lo consideró como una buena oportunidad para proyectar su presencia y autoridad social ante la jerarquía eclesial de la provincia; haría que la joven esclava Margaret tocara el violín, para deleite de todos, durante la celebración. A esa fecha, todavía culpaba a las carmelitas de esta transgresión, pero todas las noches la música de la joven esclava le asistía en su digestión. Ese Domingo de Pascua, quiso lucir este talento ante la jerarquía diocesana, pero las lluvias que inundaron el Potomac impidieron el paso al obispo, y el templo, lleno de feligreses, esperó en vano su llegada.
Para borrar toda sombra de duda sobre la posible transgresión a los principios de su fe en la iglesia y su compromiso ciudadano, por la presencia de sus esclavas, Ratcliff interrogó a Margaret Reilly sobre la inferioridad de su negritud. Lo hizo ante la presencia del jesuita después de que las negras le sirvieron a su amo el almuerzo, y antes de ordenar a la niña que tocase el violín para el deleite de los presentes. Lo que Ratcliff no alcanzó a interpretar correctamente fue el impacto de su arrogancia racial en el movimiento de ojos, manos y dedos del padre jesuita, al interpretarlo como un gesto instintivo por el amor a la música que sabía tenía el padre McCutchen. Esa tarde, familiares de McCutchen participaban en los oficios religiosos y compartieron durante la cena. Asiduo a vivir en primera persona, Ratcliff tampoco se percató de la reacción de Eleanor, la hermana del sacerdote McCutchen, quien le visitaba desde Massachusetts con su esposo Paul Holmes. Tampoco prestó atención prestó Ratcliff a los gestos del hermano de Francis Neale, el padre Leonard Neale.
Una vez terminada la velada Pascual, los Ratcliff, sus esclavas y demás feligreses partieron a sus casas, no sin antes de recibir la bendición del padre para el camino. McCutchen sacó aparte a la niña Margaret, tomó sus manos entre las suyas, levantó los ojos al cielo e hizo una invocación especial. Hizo sobre ellas la señal de la cruz y las bendijo en latín e inició el salmo 42.
—In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Introibo ad altare Dei.
—Ad Deum qui letificat juventutem meam— contestó ella.
—¿Sabes lo que has dicho?
—Sí padre McCutchen lo sé dos veces. Primero, porque entiendo el poco latín que he aprendido de las hermanas Carmelitas, y, segundo, porque lo sabe mi corazón —le respondió la joven esclava con un tenue y pausado tono de voz.
Vio alejarse a los Ratcliff y el violín montados en un carruaje, dos de las esclavas tras ellos en dos burros, y la niña Margaret Reilly haciendo el recorrido a pie. Su hermana observaba junto a él la escena.
—No sé cómo puedes tolerar esto Ignatius —cuestionó Eleanor contemplando el suceso y presintiendo que la permanencia en un estado del sur le había cercenado su oposición a la institución.
—Eleanor, no hay mucho que discutir. La vida que he jurado vivir se dirige solo por un principio. Nada de teologías, nada de jerarquías, los jesuitas amamos y cumplimos basados en un código de honor 'en todo amar y servir'. La erradicación de la esclavitud en el único estado que profesa la fe vaticana, es un asunto que aquí en Maryland ningún católico se plantea ni discute. Sencillamente eso está al margen de su iglesia y de la práctica de su religión. Se sostiene que éste es un estado laico y la separación iglesia/estado obliga a no intervenir en un asunto que ni siquiera el Congreso interviene —afirmó el padre McCutchen mientras cerraba la puerta de entrada del templo.
—Para liberar al negro tenemos que educarle. Después, al blanco racista. Tú lo sabes, no hay otra —sostuvo alzando el tono de voz.
La miró con los mismos ojos que observaba cuando niño a su hermana mayor y confesaba sus desobediencias a ella, su confidente. Ahora, era él en quien todos se confiaban. McCutchen, como último escalón de la escalera, no tenía a quien contar sus propias delaciones. La salvación de muchos cuerpos y el paso inmediato a la vida eterna de muchas almas dependían de ello. Aunque los McCutchen se habían educado en un estado esclavista, su padre, con paciencia de irlandés, se encargó de grabar en su genética el repudio visceral a la institución. Las dudas que la fe en la catolicidad americana instauró en su formación irlandesa, sin embargo, en opinión de su hermana Eleanor, fueron suficientes para derrotar la combatividad ignaciana en la lucha contra el mal, dentro y fuera de la Iglesia. El padre McCutchen levantó ambos brazos al aire, los dejó caer a la vez sobre sus muslos y bajando la cabeza sin mirar a su hermana, le habló.
—Eleanor, no sé qué otra cosa hacer —contestó Ignatius.
—Pues creo que se te está haciendo algo tarde. ¿Por qué no has transmitido ese germen crítico, pensante y educador de ustedes los jesuitas? No veo que tengan un solo negro en la academia de Georgetown y aquí en Port Tobacco siquiera tienen una primaria —respondía Eleanor al comentario de su hermano.
—Si la Orden asumiera una postura afín con lo que indicas hace tiempo que hubiéramos sido ilegalizados nuevamente.
—Pues prefiero eso a lo que no hacen ahora —sostuvo mirando fijamente a su hermano y de reojo a los hermanos Neale.
—¿Por qué hacen votos y promesas que no cumplen?
—Eleanor, ¿qué te pasa? ¿Quién te ha nombrado jueza de nuestros proyectos?
—Yo misma. No veo cuántos dioses alabamos los cristianos de este país. Tienen aquí un gobernador episcopal esclavista mientras que en nuestro estado de Massachusetts, la iglesia episcopal es antiesclavista. Tenemos en este estado una iglesia católica que le importa un bledo denunciar la institución mientras que en Massachusetts se desvive en su apoyo a los proyectos abolicionistas. ¡De eso es que estamos hablando! ¡No entiendo cómo no ves que la esclavitud es el discrimen y la opresión hecha carne y habitando entre nosotros!
Mientras hablaba, transitaba de un lado a otro de la sala, taconeando fuertemente contra el suelo de madera, hasta que, gesticulando con la misma fuerza de sus palabras, se dejó caer sentada en la butaca mayor ante la mirada de todos.
—Al menos el Señor les proveerá la salvación —dijo en voz pausada y tímida su hermano.
Agarrándose con ambas manos de los brazos del sillón se puso de pie y se dirigió rápidamente en dirección al interlocutor que acaba de replicar su denuncia.
—Pero…, ¿en quién te has convertido Ignacio? Eso que llamas salvación es para seres humanos vivos. Si no rompes las cadenas de los vivos, ¿cómo se te ocurre siquiera pensar que la fe transformada en fantasma lo logrará? —le dijo en alta voz con el dedo acusador directamente apuntando al rostro y sus ojos fijos en las pupilas del sacerdote.
El padre McCutchen, persignándose, quedó cabizbajo. Eleanor enderezó el torso, cruzó los brazos a la cintura, gesticuló hacia atrás con su cabeza, miró a todos lentamente con desdén, y se retiró a su cuarto. Aunque esa noche había luna llena, fue la más oscura de todas las que el jesuita recordó haber vivido desde su ingreso a la Orden. Su hermana y su cuñado no volvieron a dirigirle la palabra.
Tres días después, los Holmes partían de regreso a Boston. El padre Francis Neale se despidió de ellos en la parroquia pues salía en su caballo a la atención sacramental de la comunidad católica en el Potomac. Era su turno de atender y servir a otra zona de la diócesis distinta a la zona parroquial que la que el padre McCutchen había recorrido. Ahora, ya que no estuvo presente al arribo de su hermana y cuñado, Ignatius McCutchen preparó las mulas, una carreta y montó con ellos, en silencio, hasta el muelle de transbordo de la ciudad de Port Tobacco. Llegaron al puerto con seis horas de anticipación. La fragata Hope estaba atracada al mismo muelle del desembarco cuando llegaron en ella sus pasajeros. En el muelle, no había nadie que recogiera su equipaje para colocarlo en la sección de carga o para indicarles la cabina que les correspondía.
El padre McCutchen subió primero por la escalera de madera que permitía acceso a la embarcación desde la popa. Ninguno de sus saludos recibió respuesta por lo que decidió llegar hasta la cabina del capitán. Caminó por la cubierta hasta muy cerca de la popa desde la que conducía la embarcación el timonel. Sobre una sólida base de madera de cedro, descansaba de sus travesías una enorme rueda con doce manivelas que permitía controlar la resistencia del timón a la corriente durante su recorrido por las aguas. La escalera que daba acceso al interior del bergantín, requería abrir una pequeña puerta que controlaba el área de las claraboyas que iluminaban el camino a los aposentos de los oficiales y el comedor. Estaba construida en espiral, con escalones estrechos hacia el poste central y se ensanchaban hacia la derecha. No se construyeron al azar. En caso de motín el capitán no quiere un acceso fácil a la zona en la que está situado su camarote.
McCutchen bajó una por una las gradas de la escalerilla. Al alcanzar el nivel medio, dio la vuelta a la escalera hacia el lado derecho e identificó la habitación. Tocó varias veces a su puerta. Como no obtuvo respuesta, empujó suavemente la puerta divisando una pierna descalza sobre el camastro y la otra, todavía con la bota puesta, rozando el piso. Emergía poco a poco la figura del capitán. Su brazo derecho hacia el costado de la embarcación y la mano izquierda todavía sosteniendo sobre la panza, una botella de güisqui abierta y vacía. El capitán yacía sin sentido con los evidentes resabios de la borrachera solitaria de la noche anterior. Ignatius quitó la botella de sus manos y la puso sobre la mesa de trabajo en la que el capitán aparentemente se proponía preparar su plan de embarque. En sus notas, la tinta temblorosa sobre las páginas de la bitácora, resaltaba como evidencia de la desesperación. "6:30 a.m. atracamos en Port Tobacco, Maryland. 22 pasajeros descienden con permiso de aduanas. Noventa fardos de tabaco descargados. {No tenemos contacto visual con el conductor (tachadura ilegible)}. La oficina de aduanas envió a su funcionario e hizo las advertencias de rigor a la tripulación negra (tachadura con línea diagonal e insertó la palabra 'negra'). Ninguno puede desembarcar. Desagrada la noticia pues mostré los papeles que certifican la contratación de cada negro. Tres bahameses, dos negros de Canadá y uno natural de Massachusetts. Mantuve la orden de cuarentena. Ni un solo negro a tierra a pesar de que tenemos que estar dos semanas sin levar anclas". En la nota del siguiente día, salpicados con los detalles de la hora del evento, exponía otros detalles.
El alguacil de la corte de Port Tobbaco, requirió al secretario de la corte del condado una certificación que le autorizaba a intervenir con toda embarcación que atracara en el puerto procedente de cualquiera de los puertos de los estados libres. Todos los negros tenían que mostrar un certificado expedido por autoridad estatal competente indicando su condición de esclavo o liberto. De no poseer el certificado, o de negarse a mostrarlo al ser requerido, se dispondría su encarcelamiento. La multa por estas violaciones tendría que pagarlas el capitán o, en su defecto, el propietario de la fragata. Desde que entró en vigor la ordenanza ninguna embarcación había violado la misma. El cumplimiento con la ley atentaba contra la seguridad económica del alguacil pues cobraba su sueldo de las multas impuestas. La tripulación blanca subía y bajaba la carga de la fragata, cuando el alguacil, acompañado por la policía de puerto fuertemente armada, solicitó al capitán la documentación.
—No sé de qué me habla.
—El encargado de aduanas informó que usted tiene ocho negros en este bergantín, siete como parte de su tripulación y uno como pasajero, replicó, el funcionario. Muestre los papeles. De lo contrario, usted será responsable del costo de su mantenimiento mientras estén bajo nuestra custodia. El pasajero será puesto a disposición judicial y, ante la falta de papeles, será vendido como esclavo en un mercado fuera del estado.
Las manos temblorosas apenas sostenían los contratos de empleo de sus marinos y la evidencia de pago del transporte marítimo del pasajero. Cuando el alguacil le entregó la orden para asumir la custodia, simplemente le indicó que, el arresto de todos los negros a bordo, será un asunto temporero "mientras la fragata Hope permanezca en puerto." El mandamiento legal exigía además el pago obligatorio de las costas de prisión, "previo a su excarcelación, el día que zarpe la Hope". El pasajero negro, no tripulante, fue detenido en condición todavía más precaria. Tendría diez días laborables para presentar la documentación correspondiente a su estado civil, certificado de buena conducta expedido por autoridad religiosa del estado natal, o en el de su residencia, si fuere distinto, y demostrar, a satisfacción de la autoridad aduanera, ausencia total de adeudar labor y servidumbre a un tercero, previo a expedir mandato de excarcelación.
El padre McCutchen cerró la bitácora, miró a su alrededor y se sentó en el taburete frente al escritorio de trabajo del capitán. Paseó su mirada sobre la mesa. Un frasco de tinta negra dentro del cual descansaba una pluma estilográfica. Un compás. Varias monedas de plata y oro. Un mapa marítimo, un mapa de Maryland hasta el Estado de Florida. El plano destacaba algunos lugares con pequeños signos sobre las montañas Apalaches y los puertos de acceso a las ciudades de Wilmington, Charleston, Savannah, San Agustín y Pensacola. Sobre el planisferio se distinguían varias rutas de ferrocarril dibujadas en tinta, y varios papeles en blanco sujetos bajo un pisapapeles. Era todo lo que había colocado sobre la madera. Buscó dentro de cada gaveta del mueble, dentro del jarro y por cada madera de las paredes de la habitación. Era evidente en su rostro la expresión de no encontrar algo que ansiosamente buscaba. Miró fijamente el cuerpo del capitán y corroboró que respiraba. Se sentó en la butaca, apretó sus dos manos una contra la otra. Dejándolas libres otra vez, dejó caer su cara sobre sus puños, los estrujó contra su faz y suspiró. Al enderezarse, observó la bota del pie que pendía sobre el piso. Vio dentro del calzado un pedazo de papel que sobresalía del mismo. Se levantó, caminó hasta el camastro, se inclinó ligeramente e introdujo su mano en el espacio entre la bota y la piel extrayendo la nota. Era el documento que buscaba. Estaba dirigido a Lorenzo Ganganelli y la referencia en latín: "Dominus ac Redemptor". La colocó dentro de su bolsillo. Miró al hombre acostado en su lecho y se dijo:
—No es fácil. Nada es fácil.
La camisa desabrochada, la mitad de ella dentro de los pantalones, por su cabello y su cara deducía que llevaba varios días con la misma ropa, aunque bajo el efecto de distintas botellas. Su cuarto, con excepción de la bitácora abierta y la pluma sobre ella, evidenciaba el decoro de su responsabilidad. El jesuita salió de la recámara, caminó por el estrecho pasillo que daba acceso a las escaleras de proa, subió el primer escalón y creyó escuchar un ruido procedente de las cabinas de la tripulación localizadas en un nivel inferior de la fragata. Bajó nuevamente el escalón, abrió la parte superior de la puerta de dos hojas horizontales que estaba a su derecha. Giró su cabeza inclinándola ligeramente hacia los peldaños inferiores con la intención de escuchar. Percibió el ahogado maullido de una gata. No escuchó nada más. Cerró la puerta colocando la aldaba que la aseguraba tímidamente al marco. Subió a la cubierta y la consideró ahora más desolada. Recordó, mientras frotaba su rostro con su mano izquierda, que la noche anterior había soñado que fue condenado a la hoguera por heresiarca.
Se sentó sobre el retenedor fijo en el suelo de cubierta. Sacó la nota de su bolsillo y la abrió para leer su contenido. La carta estaba dirigida a él, con una caligrafía impecable, cuidadosamente redactada en latín.
"Amadísimo Maquinista y Conductor hermano en Cristo Nuestro Señor Don Lorenzo Ganganelli: Reciba usted nuestro caluroso abrazo de afecto y admiración. La gravedad de la situación por razón de los pasados eventos requiere de nuestra parte proteger a las personas que, poseyendo el más elevado carácter, estimulados por la más grande y sin par de las causas que crucifican nuestro país, tienen que tomar urgentes medidas protectoras. Su seguridad ha sido gravemente comprometida con el arresto y captura del maquinista Elías O'Neill cuando, en una costosa y atrevida operación, intentó el traslado de ochenta y cinco almas retenidas en las cadenas diabólicas. La embarcación, llevaba un peso que excedía su capacidad. Se vio impedida de avanzar en las aguas del Potomac, antes de que sus maderas tocaran las sales del mar en la ruta hacia el norte, siendo capturada. Una vez atracada, las turbas asesinaron siete cimarrones ahorcándolos en el acto ante la presencia cómplice de las autoridades. El conductor, quien ha estado a cargo de más de ciento veinte traslados, permanece encarcelado, sin acceso a asistencia legal de clase alguna. La multa de sesenta mil dólares oro que le ha sido impuesta excede la capacidad de la 'eclesia'. Usando la autoridad que Dios Padre Todopoderoso ha depositado en mis manos, he determinado dedicar los esfuerzos presentes para su excarcelación. Conociendo que los recursos que usted ha recaudado y remitido a nosotros proceden de su trabajo apostólico, le instruyo cesar operaciones en las actividades del férreo soterrado, hasta que el momento efectivo, pronto y tranquilo, sea llegado. Recuerde que llegaremos todos a la misma Verdad por la lucha que por la Fe. Proceda con el mayor discernimiento, 'Ad Majorem Dei Gloriam', en la ejecución de nuestro mandato. Suyo en María Virgen Santísima, Clemente Octavio, X-IV-MDCCCXXII. A. C."
Aunque su cuerpo permanecía sentado en cubierta, el documento que cancelaba su actividad como conductor del sistema clandestino para transportar esclavos cimarrones que en su jerga llamaban el "underground" o ferrocarril soterrado, le paralizó hasta su última vertebra. De hecho, tampoco su mente estaba en la Hope, sino en las noches y mañanas durante las que había recorrido todo el territorio del estado. Lo hizo por espacio de más de trece años identificando y educando almas que se dispusieran a liberar sus cuerpos. Había dedicado días, tardes, noches, semanas y meses, tomado muchos riesgos, durante las cuatro estaciones del año, para mantener activa, útil y segura esta vía del soterrado. Como conductor de esa ruta, logró transportar a cuatrocientos diez y siete negros, hombres, mujeres y niños. Llevaba una detallada contabilidad de estas gestiones anotada en una bitácora de bautismos que guardaba en el templo de San Ignacio. En la misma anotaba nombre del “bautizado”, sus padres, que en realidad eran los nombres de los amos de los cuales huían, y sus padrinos, quienes no eran otros que el “maquinista” a cargo del traslado del bautizado y el responsable de la célula clandestina que lo recibiría en la frontera. Cerraba la anotación con la fecha en que se confirmó el arribo del bautizado a un estado libre.
—Tengo que llegar a la parroquia y destruir el documento —pensó, cuando oyó la voz de su hermana y su cuñado.
Sintió que le llamaron desde muy lejos, aunque en realidad, junto a otros pasajeros, estaban todavía parados al lado de su equipaje en el mismo lugar que los había ubicado junto al muelle antes de subir a la Hope. Caminó hasta la escalera de desembarque. Los vio hablar con una chiquilla que les entregaba una cesta de frutas. La reconoció. Era la niña del violín propiedad de los Ratcliff: Margaret Reilly.