XV
Taney, El Perdón Y Los Indultos
¿De qué llevas tu cetro?
¿De qué sol te alimentas?
De los hombres que muerden
tu nombre cada día,
Del dolor que un gran lecho
te prepara en tus brazos,
Pero no de la espiga
Himno de sangre
Julia de Burgos
LA EXPULSIÓN DEL ABOGADO Edgard M. Kneehigh de la sala del Tribunal Supremo, el primer día de sesiones y antes de iniciar la argumentación oral de Cooper versus Pensilvania, sentaba un precedente. Fue la primera orden pronunciada en esos términos. La reglamentación de la corte no establecía protocolo alguno para determinar cuándo un abogado estaba ‘apropiadamente vestido’ para presentarse ante el foro judicial. La chaqueta un poco ajada, el lazo al cuello de la camisa un tanto suelto y caído ligeramente hacia un lado, sus botas totalmente cubiertas de lodo, como consecuencia de su carrera al bajar del coche y cruzar por el césped intentando alcanzar al Procurador General de Pensilvania. Para el señor Secretario de la Corte su ajuar atentaba contra los usos y costumbres. Lo había visto, mientras hacía su entrada al plantel, en la entrada del edificio sacudiendo las botas contra el último de los escalones exteriores. El gesto fue suficientemente desagradable para el secretario del tribunal. El incidente se sumó a las referencias que había recibido de las andanzas de Kneehigh. Las mismas estuvieron a punto de impedir su admisión como abogado postulante ante el Foro Supremo. Dos meses antes, Kneehigh tuvo que entregar personalmente al secretario una carta de endoso ético, suscrita por el abogado y congresista del Estado de Illinois, Joshua Giddins. Con ello, impidió que su admisión para postular ante dicha corte fuera sepultada en la secretaría judicial, logrando ser admitido en las etapas apelativas del caso. En esta apelación, se documentarían, solo por escrito, todos los hechos según fueron considerados por los tribunales de todas las instancias previas en el Estado de Pensilvania.
Johnson, Procurador del estado apelado, era el representante legal de Pensilvania ante la Corte Suprema y fue quien solicitó a Lincoln localizar a Edgard M. Kneehigh luego de su expulsión de la sala judicial. El abogado lo encontró, mientras iba de camino a las oficinas del diputado Giddins, en la sala dedicada a las sesiones de la Cámara de Representantes. Allí vio detenido a Kneehigh observando el hemiciclo en el cual doscientos cuarenta y dos funcionarios electos, y tres comisionados residentes por los territorios no incorporados a la Unión, debatían. Sin embargo, no era esto lo que atrajo su atención sino el ‘Carro de la historia’ escultura tallada por el italiano Carlo Franzzoni que presidía el salón de sesiones. Fijó su mirada justo al lado contrario de la que muestra a la musa viajando en un coche alado. Miró las manecillas del reloj incorporado en la rueda del coche de la musa. Con su mano izquierda tocó el bolsillo de su chaqueta, sintió la leontina y haló de la misma sin prisa. Extrajo el reloj y lo abrió. Al mirarlo fijamente, corroboró que el suyo y las manecillas de la estatua, marcaban la misma hora. De pronto, se sintió interrumpido por una voz a sus espaldas.
—¿Qué le parece señor Kneehigh? A mí también me impresiona —le dijo sin esperar respuesta.
—La musa fue construida por el artista y relojero Simon Willard hace cuatro años y todavía sigue marcando la hora correcta —sostuvo Lincoln, mientras, siguiendo el ritual de su interlocutor, introdujo sus manos largas en el bolsillo interior de su chaquetón y confirmó la hora indicada por su reloj y el de la musa. Escuchó su tic tac y lo guardó. Miró al abogado Kneehigh y reclamando, con un comentario, su atención.
—Siento mucho lo ocurrido. He tenido pésimas experiencias en otras cortes, aunque jamás pensé que una expulsión tan banal como ésta ocurriera en la Corte Suprema.
—Señor Lincoln. No debe preocuparse por mí, sino por el país que permite que esto ocurra. Usted que es legislador estatal del estado libre de Illinois debe saberlo. En esta etapa de mi vida, me avergüenza ser sureño. Esa Corte Suprema es mayoritariamente del sur y dudo que mi expulsión tenga algo que ver con mis vestimentas exteriores.
Caminaban sin prisa, las paredes marcando el eco de sus zapatos, al ritmo del diálogo amistoso. Kneehigh hizo un breve pero amplio recuento de la vida de Margaret Reilly antes y después de su secuestro. Lincoln, con una mano en su bolsillo derecho, con el sombrero de copa sobre su cabeza, asentía y mostraba su interés moviendo su brazo y girando la mano izquierda. Parecía que fuera él quien narraba los eventos, reflejando así su genuina preocupación ante las peripecias y los enfrentamientos legales a los que la sometieron antes de que la convicción del secuestrador fuera apelada a la Corte Suprema.
Todavía conversando sobre el tema, arribaron a la oficina congresional a la cual se dirigían. Al centro de la puerta, en un pequeño cuadro rectangular de madera, se identificaba al ocupante de la oficina legislativa: Hon. Joshua Giddins. El abogado, natural de Pensilvania, estaba en su tercer término como congresista y representante del Estado de Ohio. Sus posturas abolicionistas, con amplio apoyo entre sus constituyentes, no generaban muchas simpatías entre sus colegas congresistas. En el recibidor de su despacho, colgaba un facsímil de la Declaración de Independencia. Kneehigh la observó con detenimiento y preguntó al legislador:
—¿El original de este documento debe estar fuertemente protegido?
—Francamente no. Desde que la regresaron a la capital la han mudado ya tres veces. Ahora está expuesta dentro de un frágil escaparate, en el salón central de la antigua sede provisional del Congreso, muy cerca de aquí en el Old Brick Capitol. Pero tengo una copia disponible para usted si le interesa —replicó mientras Kneehigh regocijado, apretó sus labios y, tras variados gestos faciales de agradecimiento, extendió sus manos para recibirla e inmediatamente partieron a la casa del presidente.
A solicitud del Procurador de Pensilvania, amigo cercano del abogado Lincoln, Giddins había logrado concertar una cita con el Presidente Tyler. Al ser requerido por el Ejecutivo que notificara la agenda de la reunión, éste informó que la misma contenía un solo tema.
—Su Excelencia, Pensilvania requerirá de usted rechazar cualquier solicitud para otorgar un decreto de indulto presidencial a Edward Cooper dado el caso de que la Corte Suprema confirme su convicción por el delito de secuestro contra Margaret Reilly.
Se informó además que asistirían el abogado Lincoln, el Representante Giddins y el Procurador de Pensilvania señor Johnson quien fue sustituido a última hora por el señor Kneehigh. La sustitución se justificó ante el anuncio, el día previo al inicio de las vistas de la Corte Suprema, de que los argumentos orales tomarían más tiempo del que ellos previeron.
Giddins se mostró preocupado ante el incidente provocado por la expulsión de Kneehigh de la sala judicial, discutida mientras los tres se dirigían hacia la residencia oficial de Tyler. Arribaron justo en tiempo a la entrada principal de la estructura de mármol blanco. Tocaron la campana dos, tres y hasta cuatro veces sin respuesta alguna. Por ello, sin esperar más, abrieron la puerta y entraron al salón terrero cuyo piso estaba cubierto de la misma piedra blanca de las paredes, pero intercalada con mármol rosa. Dos ujieres llegaron a su encuentro, acompañados por un caballero que mantenía su sombrero colocado sobre su cabeza y ambas manos en el bolsillo de su chaqueta. La habitación tenía forma cuadrada, y dimensiones muy amplias. Al centro de la sala yacía un escritorio de madera francesa, colocado por el Presidente Monroe, del cual sobresalían cabezas de cisnes talladas en caoba oscura. En el local se divisaban además algunos cuernos de animales, pieles diversas, y trajes indígenas producto de algunas de las expediciones a los territorios comprados de Francia, a precio de quemarropa. Lincoln y Kneehigh visitaban la residencia por primera vez por lo que se dedicaron durante todo el trayecto a observar detenidamente todos los detalles desplegados en el salón, en los frisos, los marcos de las puertas y hasta las ventanas. Los ujieres detuvieron su marcha informando que debían esperar para un cambio de acompañamiento. Al cabo de unos minutos, otras dos personas, desde uno de los salones contiguos al lugar donde fueron ordenados esperar, les escoltaron hasta el aula principal de audiencias públicas donde se reunirían con el Presidente Tyler.
Mientras repasaban el mobiliario, dos hombres claramente identificados como oficiales de protocolo, se acercaron haciendo indicaciones a los tres letrados para que les siguieran. Con ellos, arribaron al recibidor donde pendía sobre todo lo ancho y largo de la pared, un cuadro de George Washington. El hombre aparece de pie, en actitud presidencial, con su brazo derecho gesticulando en ángulo perpendicular al piso, la mano abierta hacia arriba y el brazo izquierdo totalmente relajado. Frente a él se detuvieron los tres y permanecieron un rato en actitud reflexiva. El líder rebelde lucía erguido, mostrando una sonrisa diplomática. Para el mítico Padre de la Patria, la llegada de los invitados parecía ser de su entera incumbencia. La escolta les hizo una breve descripción del salón, sus usos pasados y presentes, invitándolos a tomar asiento en espera del Presidente.
—No puedo creer que algunas de las cortinas y muebles de este salón le hayan sido arrancados pedazos —sostuvo Lincoln.
—En realidad las partes que faltan han sido retiradas por los amigos del Primer Ejecutivo. En actitud de coleccionistas, se los llevan como memorabilia para ufanarse de tener un pedazo de la Casa del Presidente en su hogar —sostuvo Giddins.
—Pues ya sabe usted qué clase de amigos tiene —comentó, Kneehigh provocando sonrisas discretas entre sus colegas.
En espera de ser atendidos, repasaron los enfoques sugeridos para abordar la agenda. Consideraron si era necesario presentar la cantidad de litigios de extradición pendientes ante los foros judiciales de todos los quince Estados; del tratamiento legal que se le daba al mismo problema en los territorios no incorporados, y del carácter exponencial de esta situación si se tomaba en consideración la población esclava en los estados del sur.
—Señor Lincoln, creo que los números del séptimo censo son vitales para esta discusión, pero si ustedes pudieran ordenar la construcción de un documento, una especie de mapa poblacional que refleje la verdadera distribución de la esclavitud en los estados del sur, será más manejable la discusión del asunto de los secuestros en el futuro —sostuvo Kneehigh.
—¿Qué sugiere usted? —preguntó Lincoln.
—Conozco un cartógrafo agrimensor llamado F. Hergesheimer quien ha preparado para su uso personal un mapa como el que le digo, donde cualquier observador neutral puede ver el contraste entre las zonas oscurecidas en el plano, con las zonas blancas y los datos estadísticos recopilados. Le aseguro que le será de gran utilidad —sostuvo.
Mientras lo escuchaba, Lincoln asintió con un lento movimiento de cabeza, y, levantando ligeramente su mano izquierda, requirió poner fin a la conversación. Desde su silla, con la pierna derecha reposando sobre la izquierda, el codo derecho en la pierna cruzada y la barbilla descansando sobre la mano ligeramente inclinada, reconoció las figuras que se acercaban a su entorno.
Los primeros ujieres hicieron su entrada al salón, se detuvieron ante los abogados, y uno de ellos anunció a viva voz: “Señores, Dios Bendiga a los Estados Unidos de América y a su Presidente. De pie por favor”.
El primer ejecutivo, John Tyler, hizo su entrada al salón. Era un hombre cuya altura se exacerbaba por su delgadez, su pelo canoso y abundante. Su manerismo delataba su afición por la etiqueta como una forma superficial para comunicar fineza, elegancia y cultura. Estrechó fuertemente las manos de cada uno de los hombres en el orden establecido y conforme al protocolo oficial. Primero al señor Giddins con quien había debatido controversias de naturaleza diversa, algunas muy recientes como la creación de un banco nacional estatal, y enmiendas al Coastal Line Slavery Act. La más grave, costó a Giddins un voto de confianza y su expulsión de la Cámara solo para ser electo nuevamente al cargo por sus constituyentes. Por su parte, al estrechar la mano de Lincoln, le recordaba la suya propia pues ambos padecían del síndrome de marfán, aunque era lo único que tenían en común. Al estrechar la mano de Kneehigh, confirmó en sus ojos la información que la inteligencia ejecutiva le había provisto. “Es un hombre conocedor del derecho marítimo, gran litigante, funda sus principios para las principales controversias legales en los Padres de la República, pero sus posturas ante la esclavitud le merecen el calificativo de un ‘republicano negro”’.
Tyler les invitó a tomar asiento.
—Si no tienen inconveniente necesito que mi asistente permanezca para tomar nota de la reunión y de los asuntos que discutamos. Como saben estoy haciendo arreglos en esta residencia y no quiero confundir la demanda de todos los detalles de la obra, con esta conversación —les dijo riendo en tono grave y levantando su pierna derecha mientras azotaba ligeramente su mano derecha contra el muslo.
Apenas estaba en el proceso de completar la remodelación de la Casa del Presidente, tras haber llegado a ella por azares del destino. El fallecimiento del presidente electo William Harrison, tan solo un mes después de su inauguración, dejaba a su partido con proyectos inconclusos para los cuales Tyler no brindaba apoyo alguno. El Congreso tampoco le proveyó los fondos que solicitó para las reparaciones del hogar. El debate legal sobre quién hereda el poder cuando muere un Presidente, acaparó los medios periodísticos y los debates congresionales. Cada sector impulsaba su interpretación legal en consideración al candidato de su preferencia sucesoral. Sin embargo, Tyler logró ser designado, por una opinión legal del Secretario de Justicia mediante la que se determinó la línea de acceso a la vacante presidencial. Era la primera vez que fallecía, siendo incumbente, el Primer Ejecutivo del país por lo que de presidente del Senado federal y vice presidente, se vio con la encomienda, por mero accidente del destino, de dirigir una nación en vías de expansión y división.
Giddins agradeció la oportunidad concedida y propuso al señor Kneehigh que relatara de manera general los asuntos planteados en el caso Cooper a fin de enmarcar el pedido: que el poder ejecutivo no intervenga de forma alguna con la apelación de la convicción de Edward Cooper. El señor Tyler, con sus ojos fijos en Giddins le interrumpió proponiendo que en su lugar quisiera escuchar a Kneehigh explicar con qué autoridad puede el ejecutivo intervenir en un proceso judicial habiendo un sistema republicano de gobierno.
—Los representantes del convicto, en este caso el estado del cual es oriundo, pueden reclamar clemencia ejecutiva a su favor.
—Interesante señor Kneehigh. Primero quiero saber con qué autoridad puedo rechazar un pedido de clemencia presidencial bajo el fundamento de que el mismo sea promovido por el Estado de Maryland, y, en segundo lugar, ¿no considera usted propio que se conceda un indulto evitando así que el tribunal de mayor jerarquía del país tenga que decidir que la legislación de Pensilvania es contraria a la constitución federal?
Los tres abogados se cruzaron entre sí miradas de incredulidad ante la admisión de Tyler confirmando su preocupación. Era cierto. El Presidente tenía en su despacho la petición del estado esclavista de Maryland para que otorgara el indulto al secuestrador. La pregunta del Presidente no era mera retórica jurídica. Tyler tenía sobre su escritorio una opinión legal contraria a la política de “cero indultos” reclamada por Pensilvania. Venía acompañada del borrador final, a manera de un decreto, concediendo el indulto federal al convicto de un delito estatal. No había precedente alguno para un perdón de esa naturaleza, más aun viniendo de un ejecutivo que abogaba por plenos derechos a los estados sin intervencionismo federal en sus asuntos internos. La aprobación de un decreto de esta naturaleza sería otro accidente más en su corta carrera presidencial. No en vano se referían a Tyler, en privado, como “Su Accidencia”’. Tyler no veía necesidad alguna de esperar por una decisión de la Corte Suprema bajo cualquiera de los dos escenarios. Lincoln, un joven abogado con más de diez años de experiencia en la práctica de la profesión, intervino sin esperar la réplica de Kneehigh a la pregunta presidencial.
—¿No nos ayudaría saber si estos poderes han sido delegados al gobierno federal?
—No —respondió el Presidente—. Solo ayudaría saber que los poderes en discusión, no se han entregado ni renunciado. Léase a Madison en sus artículos sobre el Federalismo —sostuvo Tyler recorriendo su mirada por cada uno de sus detractores.
Regresó su atención a Lincoln afirmando:
—Lo que concierne a la vida, el orden interno y propiedades es de la sola incumbencia de los estados y no tengo intención alguna de anular esa doctrina. Si lo hago, pondría en peligro la existencia misma de la Unión que juré defender. Es la Constitución sobre la cual puse mi mano al asumir el cargo, la que protege los derechos de los estados esclavistas y sus ciudadanos, no a la inversa.
—Señor Presidente, nuestra Constitución no indica qué poderes son retenidos por los estados miembros sean o no esclavistas. La ley de Maryland no es más soberana en Pensilvania que la de ese estado sobre Maryland —afirmó el letrado en tono enérgico.
—Señor Lincoln —sostuvo Tyler acomodándose en su silla y apuntando con su dedo al abogado—, si de la Constitución no surgiera lo que usted rechaza, nuestro país tendría un nombre en tercera persona singular y no lo tiene. Nos llamamos los Estados Unidos, no de otra forma —afirmó subiendo el tono de su voz—. La unidad es de los estados que la integran no de un gobierno central único. Los gobiernos estatales tienen plenos poderes. En esto soy discípulo del ex Presidente Andrew Jackson. Ni siquiera creo que el comercio, e incluyo el tráfico interestatal de esclavos, puede ser regulado del todo por el poder ejecutivo federal.
—Señor Tyler —dijo Giddins adelantando su criterio—, la esclavitud es diferente. No es comercio que concierne al gobierno federal. Esto es materia totalmente interna que no le compete intervenir de forma alguna, ni al legislativo, como tampoco al ejecutivo y mucho menos al poder judicial federal.
—Pero usted como letrado conoce que la Corte Suprema por voz del Juez John Marshall sostuvo que el término ‘comercio’ es amplio —apuntó el Presidente mientras hacía señas a uno de los negros sirvientes solicitándole un vaso de agua.
—Aun si lo fuera —contestó —el juez Marshall afirmó sin lugar a dudas que el comercio interno entre un hombre y otro solo le compete al estado. No le incumbe al gobierno federal sin importar las consecuencias —afirmó Giddins.
—Mire, usted y yo hemos discutido esto antes, la diferencia entre usted y mi interés en defender los Estados Unidos consiste en que para mí, el bien común es primero que los derechos individuales. Para usted, el bien común es lo que sobra. No creo en incorporar derechos que no fueron establecidos por los padres fundadores. Soy, en un sentido, fundamentalista y punto. Antes de que alguno contestara lo que a todas luces consideraba una insolencia presidencial, Lincoln se interpuso.
—Señor Tyler, usted es propietario de esclavos por lo que sabe muy bien la fuente de la autoridad para regular esta actividad. Sé que tiene usted aprehensión por el efecto de una confirmación de la convicción de Cooper a la causa esclavista. Pero le reitero, no hay base o fundamento alguno para su preocupación. Yo no soy opositor a la esclavitud tal y como existe en los estados del sur de donde usted proviene. Me opongo a su expansión y a conceder autoridad adicional al gobierno federal que exceda el poder reservado por el pueblo. Ahora bien, si usted carece de autoridad para imponerla donde no existe, tampoco la tiene para condonar actos encaminados a mutilar el poder de cada Estado.
Tyler hizo ademán de contestar el argumento, pero Lincoln se apresuró a continuar.
—No me opongo a la devolución de esclavos que huyan ilegalmente. Lo que sí me opongo es a interpretar que el secuestro es un arma legítima, como lo ha hecho el apelante Cooper apoyado por el Estado de Maryland. Ello promueve la anarquía. Si las fuerzas centrífugas se aíslan de las que se le oponen, nuestra Unión se vendrá abajo.
El tono de la argumentación se tornó hostil, agresivo y acalorado. Para el Presidente resultaba irrelevante el hecho de que la esclavitud no resultaba un impacto económico relevante en los estados que se le oponen, puesto que no era un acto de comercio legal para ellos. Sin embargo, comparando la esclavitud como el grano y la legislación interventora con la cizaña, presentó estadísticas de agricultura y comercio para sustentar que en aquellos en los que permanecía como una actividad legítima, su vitalidad seguía siendo determinante. Se opuso, a través de confusos argumentos, a todo tipo de decisión estatal que afectase los derechos que el artículo cuarto de la Constitución federal concedió a los propietarios titulares de bienes para recuperarlos en cualquier estado o territorio que se encuentren.
—¿Pero cómo se le ocurre a usted decir eso? —sostuvo con asombro Giddins consternado por el giro de la conversación.
—Porque soy el Presidente. Yo no voy a promover legislación para regular una actividad que no es comercial para el norte, pero que sí lo es para el sur. No es para eso que existe el gobierno federal. Prohibir el tráfico esclavista mediante leyes aprobadas por los Estados, sería como aprobar un estatuto para impedir comer zanahorias. Una ley aislada, imposible de aprobar, absurda y contraria al orden natural. Mucho menos voy a federalizar criminalmente una actividad intraestatal que los estados del sur consideran legítima.
El señor Giddins sacó unas notas de su bolsillo e intervino para requerir aferrarse a la limitada agenda que los llevó allí. Le reiteró al Presidente el interés de Pensilvania de que Cooper no fuese indultado, ni antes ni después de una decisión adversa.
—No conozco precedente alguno en que el Primer Ejecutivo hubiese intervenido perdonando crímenes relacionados con la institución a nivel estatal —respondió Tyler sorprendido mientras frotaba su quijada entre los dedos de su mano derecha.
Giddins, repasando sus anotaciones en el papel que antes extrajo de su bolsillo, detalló los decretos de clemencias presidenciales por año, incluyendo la pena impuesta y los crímenes esclavistas indultados por diversos presidentes anteriores. Explicó como Thomas Jefferson indultó a LaCoste y a Phillip Tophan —a este último en dos ocasiones, enfatizó—; James Madison a John Hopkins, Lewis Le Roy, William Sewall y William Babbit; James Monroe a Thomas Shields y a J. F. Smith; John Quincy Adams a Robert Perry, Jesse Perry, Zenas Winston, John Tucker, William Borbon, Joseph Badger y L. R. Wallace. Todas las especificaciones anotadas fueron escuchadas con mucho interés por el presidente Tyler hasta que su secretario advirtió a los presentes que el tiempo programado para esta conversación había expirado. Haciéndose eco de la misma, Tyler se puso de pie, estrechó y soltó rápidamente las manos de los presentes y se despidió.
—Ustedes me excusan, pero tengo una reunión en mi calendario que no puedo posponer. Tendré muy presente su pedido y sobre todo sus argumentos en torno a los indultos —dijo mientras agradecía al congresista Giddins la entrega del papel con la lista de indultos que le había detallado. La refirió a su secretario.
Con un gesto de ojos, el Presidente dispuso que fueran escoltados a través de los salones hasta la salida norte en dirección al Departamento del Tesoro. Viendo a los tres hombres retirarse, se dirigió al Salón Rojo donde esperaba a Tyler su asesor financiero personal y representante de negocios. El mismo que varios meses atrás advirtió a Tyler la necesidad de disponer de varias de sus propiedades a fin de poder sostener el vertiginoso aumento de sus gastos personales y protocolares desde que asumió la presidencia. Siete de sus hijos residían con él. Una vez al mes celebraba las recepciones públicas en la Casa del Presidente. Para asistir, ninguno de los que se hicieran presentes requería invitación. Tampoco a las cenas formales mientras el Congreso estuviera en sesión. El protocolo, y las remodelaciones a la estructura, drenaban el presupuesto personal que había separado para el sostenimiento de la Casa del Presidente. Para cubrir el déficit, recomendó a Tyler la venta de varios de sus esclavos. Con alguna tímida reticencia, aceptó. Entre estos, se cotizaron a la venta algunos que eran sus hijos habidos en relaciones con la esclava a quien prefería sobre todas, incluyendo a su enfermiza esposa. El valor adquirido en el mercado del sur por bienes esclavos presidenciales resultó más atractivo que cualquier otro vínculo y más que suficiente para cubrir el desbalance de gastos. Luego de examinar la situación financiera, titubeó sobre la necesidad de vender a sus hijos, y consideró la posibilidad de solicitar al Congreso fondos suficientes para el mantenimiento de la casa presidencial. Su asesor disipó las posibilidades de esta opción.
—Desde que el Congreso autorizó el aumento de salario al Presidente Washington, los gastos de la presidencia ha sido un tema ausente en todo debate. Además, usted acaba de ser expulsado del partido por el cual corrió su candidatura. Eso no será una opción para los Whigs en los años que restan. Eso lo resolverá otro Congreso, con usted, y si me lo permite, u otro Presidente —concluyó.
—Tal vez tenga usted razón —dijo Tyler, mirando el documento que había redactado su asesor.
Leído, cerró el trato para la venta de sus hijos con la imposición de sus iniciales en todos los folios de la escritura de compraventa y su firma en la última página. Una vez formalizado el acuerdo, el Presidente recibió, en el Salón Comedor Presidencial, a los nuevos titulares de sus esclavos. Eran nativos del Estado de Maryland. Mientras cenaban, un cuarteto de cuerdas les deleitó ejecutando la Opus 8, RV 269, la Opus 8, RV 315, la Opus 8, RV 2993 y la Opus 8, RV 297, también conocidas como “Las cuatro estaciones” del sacerdote italiano Antonio Vivaldi. Durante la interpretación melódica de ‘El Invierno’ miró a su secretario e hizo un corto movimiento con sus largos brazos. El funcionario reconoció el gesto como una llamada presidencial. Tyler le solicitó y recibió en sus grandes manos, la lista de indultos provista por Giddins.
—Nuestros amigos ‘abolicionistas’ nos han adelantado el trabajo. Haga llegar este documento al Procurador General inmediatamente —le dijo el Presidente.
Los tres abogados fueron escoltados hasta el patio de salida de la Casa Presidencial. Caminaban sin rumbo fijo, mientras discutían el resultado de la visita. Se detuvieron en la calle 10, entre las calles E y F. En su análisis, concluyeron de forma unánime, que la Corte Suprema presidida por el Juez Taney e integrada mayoritariamente por jueces sureños, difícilmente confirmaría la convicción de Cooper. Tampoco mantuvieron duda alguna de que Tyler podría suscribir un indulto presidencial en cualquier momento, ya fuera antes, o después de la decisión judicial. Acordaron un encuentro posterior, sin fecha, para dilucidar opciones. Giddins se despidió de ambos dirigiéndose a su oficina congresional. Kneehigh, al despedirse de Lincoln, le sugirió se postulara para un cargo en el Congreso por el Estado de Illinois.
—No creo que el señor Giddins resista solo mucho tiempo. Además, usted ya tiene experiencia en la legislatura estatal. No coincidimos en la solución del problema esclavista, pero el país se merece hombres como usted.
—Mire Kneehigh —le dijo acercando su mirada— para mi todas las derrotas son un gran aprendizaje. La primera vez que me postulé a un puesto electivo, perdí. Decidí entonces estudiar derecho, me postulé nuevamente y gané. Pensaré sobre la situación nacional, su sugerencia y créame que tomaré la determinación que considere más conveniente.
Miró a los ojos a sus acompañantes de camino, hizo un ligero movimiento de cabeza inclinándola hacia el frente tocando su sombrero con el índice de su mano derecha sin intención alguna de removerlo de su cabeza.
—Señor Kneehigh —dijo.
—¿Sí señor Lincoln?
—Me hubiera gustado conocer a esta joven Margaret Reilly.
—Todavía está a tiempo señor Lincoln. Todavía.
Un estrechón de manos despidió a los dos hombres. Lincoln, mientras cruzaba la calle para llegar hasta la habitación que ocupaba en la hostería Petersen donde se hospedaba, miró al viejo edificio abandonado frente a su hotel. Recordó haber soñado que, en lugar de esa estructura maltrecha, se construía un edificio para las artes teatrales en ese solar de la calle capitalina.
Kneehigh por su parte, partió cabizbajo más por el viento helado que soplaba sin piedad, que por la expulsión de la Corte o el resultado de la gestión realizada ante Tyler. Se dirigió a su hotel para reunirse con el Procurador de Pensilvania y conocer el balance del caso luego de los debates del día. Esa noche prepararían los argumentos y réplicas de la siguiente sesión ante la Corte Suprema. De pronto, se detuvo y pensó “Buscaré el texto original de la Declaración de Independencia. Tenemos que encontrar su verdadera intención”. Desvió su camino y se dirigió al edificio del Old Brick Capitol, el cual esa noche no tenía un solo custodio. Luego, reanimado con su hallazgo, caminó sin prisa su recorrido en dirección al hotel, recordando los días agitados que vivió Margaret Reilly luego de que arribó a territorio libre e inició la peregrinación de denuncias por el país y la Gran Bretaña.